miércoles, 22 de marzo de 2017

Repúblicas cocaleras






El monitoreo satelital de cultivos ilícitos nos acostumbró a la curiosidad entre las nubes que solo busca el verde encendido de la hoja de coca y cuenta hectáreas para arrojar una cifra cada año. Una cifra que es sobre todo una prueba de conducta frente a las exigencias de los Estados Unidos. El satélite, la avioneta de fumigación y el código penal son las tres aproximaciones básicas a los territorios cocaleros en Colombia. Sin embargo, durante cuarenta años la coca ha sido el insumo básico para la creación de comunidad y Estado en muchos de los territorios donde han cambiado los dueños, los intermediarios y las cifras de producción, pero no la lógica de los colonos más pobres ni la economía ilegal de subsistencia. Porque la realidad puede ser más terca que el veneno.
Un libro de María Clara Torres publicado en 2011 por el Cinep y Colciencias, entre otros, sirve para entender las dinámicas de nacimiento de municipios como Valle del Guamués, San Miguel, Puerto Caicedo y Puerto Guzmán, todos surgidos bajo el toldo de Puerto Asís como “capital” del Bajo Putumayo. Antes fue la bonanza petrolera entre 1964 y 1978 que llevó a un crecimiento de la población de casi 500%. Y luego llegó el auge cocalero que se convirtió en una costumbre con los altibajos que han traído las fumigaciones, los conflictos, las pirámides y los dueños sucesivos. Una de las tesis que sostiene el libro es que, a pesar de su economía ilegal, las comunidades no han rehuido ni rechazado al Estado y desde la década del noventa los pobladores buscaron, incluso enfrentando a las Farc, la llegada del Estado central con el intento de que sus pueblos fueran declarados municipios.
El gobierno, como siempre, lo hizo con lustre sobre el papel y con desgano sobre el terreno. Esto decía el decreto de la fundación del Valle del Guamués en 1985, cerca de un año después de la llegada de Rodríguez Gacha a la zona para levantar su gran entable llamado El Azul: “…el Gobierno Nacional desea atender las justas peticiones de una comunidad caracterizada por su laboriosidad, espíritu cívico y voluntad de progreso encuentra de alta conveniencia que La Hormiga (Valle del Guamués) centro vital y agrícola destacado del Putumayo, obtenga los beneficios de régimen administrativo municipal”.
En 1994 llegaría el turno municipal para San Miguel (La Dorada). El primer alcalde encargado llegó con los voladores, la fila de los niños estrenando, la bienvenida de la inspectora de policía y una casa arrendada por los comerciantes para su despacho. Henri Benavides, el primer alcalde electo, hijo de un pionero asesinado por las Farc que se oponían al aterrizaje del Estado, recuerda su primer día de ejercicio: “…Ya no había papelería, ni muebles, ni absolutamente nada, no había ni donde sentarse. Me senté en el piso, asustado. Yo sentía que era una responsabilidad muy dura, estaba temeroso de las leyes…”
Antes que el Estado la coca dio para las primeras plantas eléctricas, aljibes y trochas. Antes que el ejército los capos impusieron sus reglas, luego llegaron las Farc, quienes al mismo tiempo que desterraban a los intermediarios daban algo de protección a los cultivadores. Con las marchas cocaleras de 1996 llegaron los paramilitares y las Farc cambiaron la protección por el veto a las iniciativas políticas de los líderes cocaleros. Más tarde el Estado se comprometió a soltar las regalías y seguir mirando desde arriba. Los partidos, el Liberal sobre todo, llevaron a sus candidatos y el voto se convirtió en un débil salvoconducto legal. Una obligación para demostrar una voluntad de “derrotar las otras leyes”. Una mujer con certificado electoral lo dice muy claro: “Entonces uno dice ¿Pero qué es lo que les hace falta a los hijos de uno? Mis hijos tienen tarjeta de identidad, mis hijos tienen los papeles ¿entonces? Entonces uno dice, ‘no, pues el voto’. Uno tiene que votar a ver qué más le dicen después”.




martes, 14 de marzo de 2017

Política de campamento







La escena inaceptable para muchos de los críticos y enemigos del proceso con las Farc es la de Timochenko o Santrich exhibiendo sus dogmas, mezcla de comunicados desde las montañas y grafitis viejos, en el escenario azaroso del Congreso. No se puede negar que la retórica del secretariado es impotable y que veremos más justificaciones que gestos de contrición. Pero esa participación en política es más una especie de simbolismo que un ejercicio cierto de poder e influencia sobre las decisiones públicas. Las Farc serán marginales en el Congreso y la máquina de tedio, intrigas y desprestigio los irá moliendo poco a poco. En últimas, para los guerrilleros recién llegados será un difícil proceso de reinserción, no exento de algo de castigo por la animadversión y los señalamientos que encontrarán a cada paso.
La política de riesgos verdaderos ejercida por parte de una guerrilla recién desmovilizada y con un catálogo de condiciones bajo el brazo para el gobierno, estará en los alrededores de las Zonas Veredales Transitorias de Normalización (ZVTN). Lo primero es que las Farc pretenden convertir los campamentos de ocasión en vivienda permanente y circunscripción política. Lo segundo es que las veredas donde están hoy son puntos altamente inflamables, con cultivos de coca y minería ilegal en los alrededores, con el merodeo permanente de grupos ilegales, con una muy precaria presencia del Estado y una desconfianza histórica de los pobladores en autoridades locales y nacionales. Así como los jefes de las Farc serán mosco en leche ante los grifos del capitolio, los funcionarios seguirán siendo intrusos con intensiones dobles en los territorios históricos del conflicto.
El riesgo es que las Farc se conviertan en una especie de intermediario privilegiado de muchos de los conflictos sociales en las zonas más pobres y complejas del campo colombiano. Un tramitador que servirá como escudo y punta de lanza, que organizará los paros y redactará las peticiones, que meterá presión con los bloqueos y las capuchas en las carreteras y agendará las citas con las corbatas en la Casa de Nariño. Es la política que de verdad saben hacer y podrá traer algo más que desórdenes.
Lo que ha pasado en algunas ZVTN muestra que hacia allá van las cosas. Hace unos días los mineros de Segovia y Remedios bloquearon la entrada a la zona de Carrizal en Antioquia. Más de diez mil mineros trabajan en condiciones de informalidad o ilegalidad en los dos municipios y han encontrado en las Farc un aliado estratégico para negociar sus peticiones y su proceso de formalización. Dicen los mineros que desde agosto de 2016 el gobierno se comprometió a “no torpedear la actividad económica y social de las comunidades que estaban ubicadas cerca a las Zonas Veredales Transitorias de Normalización (ZVTN)” ¿Crece el componente de los acuerdos? Los mineros piden además que se implemente el Desarrollo Rural con Enfoque Territorial. Incluso señalan que la mención de participación del ELN en el bloqueo por parte de algunos funcionarios estaría violando las reglas del Cese al Fuego Bilateral y definitivo.  Mientras tanto el ELN se frota las manos. Algo similar pasó en el Catatumbo con la llegada a Caño Indio donde Ascamcat, asociación cercana a las Farc, al parecer quiere el monopolio de la atención y los recursos del Estado.
Las Farc hablaron toda la vida de igualdad, pero no dudarán en ejercer sus privilegios luego de la negociación, en convertir sus oficinas en las ZVTN en despachos con prácticas clientelistas, en alborotar avisperos y cobrar cabildeos. Muchos riesgos detrás de esos cambuches como despachos.




martes, 7 de marzo de 2017

Conjuro literario




Es difícil saber si en 2004, cuando publicó su novela La conjura contra América, Philip Roth pensaba como agorero o como historiador. Si simplemente quería rescatar un capitulo norteamericano previo a la Segunda Guerra Mundial cuando los simpatizantes nazis gritaban “America first” y señalaban a los judíos belicistas que querían llevar al país a una guerra europea; o si como un prestidigitador frente al techado trazó las líneas entre los vuelos heroicos de Charles A. Lindbergh, vocero del comité Estados Unidos Primero, y los recorridos de campaña de Donald J. Trump.
En la novela, un triunfo inesperado de Lindbergh sobre F. D. Roosevelt en las elecciones de 1940 hace que comience a rodar un nacionalismo agresivo y un rumor ronco de odio contra judíos y otras minorías.  Sea lo que sea la novela ha resultado un pálpito asombroso, un anticipo profundo e íntimo de las noticias que se publican a diario trece años más tarde de la aparición del libro. El retrato de una familia judía de clase a medias a la que un apellido se le convierte en una especie de hechizo maligno, una palabra como un conjuro suficiente para que el papá pierda la cabeza, la mamá pierda la seguridad, el hermano mayor pierda la devoción por sus padres y el hermano menor pierda sus ídolos y sus escazas certezas de infancia: “¡Aquel nombre de nuevo…! Habría preferido oír la explosión de una bomba que tener que oír una vez más el nombre que nos atormentaba a todos nosotros”. La frase la dice el menor de la familia, un niño de siete años acostumbrado a oír los discursos de Lindbergh, desde los radios de todas las casas del barrio judío, como si fueran el primer asalto de una emboscada.
El temor de las familias inmigrantes ante el discurso de Trump, las cien amenazas falsas de bombas contra escuelas y centros judíos en lo corrido del año en Estados Unidos, los ataques contra dos cementerios judíos, las arbitrariedades oficiales contra residentes legales de siete países árabes, el discurso del odio y la desconfianza que se propaga con facilidad en un país que decía enarbolar una llama para alumbrar en la oscuridad, y ahora la usa para incendiar y prender las mechas disponibles de la discriminación.
El libro de Roth tiene una escena dolorosa de la familia visitando los grandes monumentos y edificios oficiales en la capital, rindiendo homenaje a Lincoln y haciendo reverencias ante Washington. Luego de esas visitas conmovedoras la familia regresa al hotel y descubre que han sacado sus maletas al lobby alegando que la habitación donde los habían acomodado tenía una reserva previa. Todo con una amabilidad áspera que no pretende disimular del todo la discriminación. El padre evocó ante el hombre del mostrador una frase de un discurso de Lincoln que acaba de ver labrada sobre mármol: “Todos los hombres han sido creados iguales”, y los “espectadores” del pequeño incidente soltaron una risita burlona. La familia terminó en otro hotel empujada por la policía mientras la madre solo pudo decir que ya no vivían en un país normal, que nunca volverían a vivir en una casa normal.
Para Lindbergh, el verdadero y el de la novela, el gran peligro para su país era la influencia de la industria cinematográfica, la prensa, la radio y el gobierno de Washington. Sus sobrevuelos eran inspiradores, un sobrevuelo conmemorativo para los americanos de sangre europea y un bombardeo contra la “disolución de las razas extranjeras”. Sus palabras podrían ser un trino del siglo XXI: “Una fuerza demasiado grande para que las potencias extranjeras la desafíen, una muralla occidental de raza y armas que pueda frenar tanto a Genghis Khan como a una infiltración de sangre inferior…”