miércoles, 18 de febrero de 2026

Pesadilla americana

 

 

 

De no acabar la carrera a magnate: así gestó su fortuna Jeffrey Epstein

La trama Epstein nos ha enseñado que el secreto es tal vez el más codiciado de los lujos. Hablamos de la corrupción política pero siempre estamos al tanto de sus resbalones y caídas. Su trabajo los obliga a exponerse, a mentir mirando a la cámara. El escarnio es parte de su trabajo. La farándula, bien sea de Hollywood o de la casa de los famosos, vive en buena parte de sus desgracias, es necesario llorar un poco para facturar. Los deportistas ganan casi lo mismo fuera de las canchas que en el área, de modo que sus arrebatos de discoteca, también son comentados en los periódicos del lunes.

Pero para algunos multimillonarios está reservado el privilegio de representar la figura inescrutable y misteriosa, un velo social para mantener una simulación personal. Epstein es un caso extraño, logró desde sus comienzos, siendo un trabajador llegado desde la periferia de Nueva York, ese poder que cubrió sus primeros timos. Un hombre que mintió sobre su título académico entrar a Wall Street y robó millones a su segundo empleador, fundador de The Limited, una gran empresa de ropa, y siguió avanzando. La ganzúa del embrujo personal abrió una puerta de seguridad. Tampoco J.P. Morgan rompió sus relaciones corporativas con Epstein luego de su condena en 2008 por pagar a una menor por “servicios sexuales”.

Era el momento de usar los millones que había ido recaudando como una tarjeta de validación. Alguien con la mansión más grande de Manhattan, una isla, un jet privado y grandes negocios con J.P. Morgan tenía que ser brillante. El misterio de su fortuna se omitió, era imposible ver las huellas de ese camino al éxito pero el resultado era suficiente. Trump tuvo un camino similar aunque más desfachatado, la estafa fue casi su orgullo.

La red de contactos alrededor de su figura fue una protección suficiente cuando dejó de ser invisible. La diversidad es lo más llamativo: políticos republicanos y demócratas, académicos silenciosos y banqueros de todos los ceros, actores y filántropos, activistas de derecha e izquierda, príncipes y abogados corporativos, artistas y automovilistas. Epstein era un genio del trato personal, se preocupaba por los gustos culinarios de sus invitados, hacía de psicólogo de millonarios tristes y consejero sentimental de académicos despechados. Ayudaba a suplir carencias de entretenimiento y atención. Y tenía el gran poder de conectar poderosos que se miraban con recelo o distancia, era un facilitador. Las mujeres eran otra de sus enseñas, la palabra harem aparece en algunos de los documentos de su caso. Las menores era la carta intuida de su mesa de póker.

Una podcast para The New York Times entre los periodistas Ezra Klein y Anand Giridharadas, entrega un gran retrato de la red que hizo posible las sombras que cubrieron el primer momento de Epstein como “corredor de la élite”, y la inmunidad luego de su primera condena. Una vez terminó la invisibilidad se cerró el cerco de la solidaridad. En algunos casos por compartir los delitos en su primer círculo, en otros por sostener una amistad rentable, unos más por la inercia de adular a un hombre exitoso y algunos por la cobardía de retar al poder: “el poder actúa como un hecho en sí mismo y cambia lo que otros hechos significan para otras personas”, dice Giridharadas. Su red creó un círculo vicioso, “si tantas y tan diversas personas siguen rodeándolo cómo es posible que esté mal”. Si el presidente de Harvard y la principal abogada del gobierno Obama siguen su lado es porque es correcto. No se juzgaba su carácter criminal sino su poder de influencia. Epstein era el malo de un curso sin ningún reparo ético, el chico popular que manejaba los teléfonos, el director del recreo con acceso a los profesores y el rector. Y nunca se graduó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El argumento que se muerde la cola, si aún tiene la red es porque no es inapropiado seguir tratando con él, una manera de justificarse

Los círculos del infierno

miércoles, 11 de febrero de 2026

Enciclopedia artificial

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Algunas de las imprentas clandestinas del Paris del siglo XVIII, destinadas a publicar herejías y maledicencias, estaban ocultas en las barcazas fondeadas en las orillas del Sena. Las mismas guaridas se usaban para fermentar brebajes espirituosos y esconder delincuentes menores. El retrato de esa ciudad sórdida y vivaz lo hace Philipp Blom en su libro Encyclopedia, el triunfo de la razón en tiempos irracionales, publicado hace casi dos décadas. Una historia enciclopédica, cerca de quinientas páginas, de cómo se creó la empresa intelectual, la hazaña editorial y la revolución del conocimiento que empleó a miles de personas y sacó de quicio al ancien régime.

Por su parte los redactores más humildes de la enciclopedia vivían en las buhardillas como vigías de los barrios bajos. Estaban encargados de las entradas menos profundas, más del arte de hacer cuchillos que de la existencia del infierno. Vivían de los panfletos y los chismes y de pronto encontraron un trabajo para las letras más perdurables. Blom toma prestada una exageración de Sébastien Mercier para elogiar esos sudorosos escribientes y manchados pintores: “Es difícil encontrar un hombre afanado que no haya comenzado en una buhardilla”. Eran los bohemios antes de la pátina de exotismo, más gitanos que artistas con los bolsillos rotos.

Los líderes de la tarea, Diderot y D’ Alambert, Rousseau en menor medida, tenían en los cafés la escena para las discusiones que darían impulso a esa máquina que buscaba compilar y ordenar los saberes olvidados, los conocimientos sabidos, las especulaciones prohibidas. La idea no era original, se había intentado con algo de éxito en Alemania. Las ideas crecieron y el negocio también. Cuando iba a todo vapor la enciclopedia empleaba a mil personas entre impresores, grabadores, dibujantes, encuadernadores y demás. El carcelazo de Diderot luego del primer tomo hizo que los editores rogaran por la libertad del hombre que lideraba un desvelo que suponía una inversión de 250.000 libras francesas que Blom convierte en tres millones de euros de 2007.

La enciclopedia, con Valtaire, como invitado animaba los más intensos debates sobre el espíritu, la religión y la política. Llegó entonces la prohibición de su venta y la censura. Y los panfletos contra los enciclopedistas y la ordenada lista de sus herejías recogidas en ocho volúmenes cuando la enciclopedia apenas llevaba siete.

Varias élites se enfrentaban a la publicación, al monopolio del saber y la verdad, de la forma de entender el mundo y el poder. Cerca de ciento cincuenta redactores retaban al mundo conocido, muchas veces con disimulo, otras con inexactitudes, otras más con mansedumbre en unos temas para obtener licencia en otros.

Es un lugar común la comparación entre internet y Wikipedia con la enciclopedia del siglo XVIII. En su momento Blom habló de las similitudes: “La Encyclopédie fue la primera colección colectiva, de conocimientos que se hizo. Wikipedia tiene todo lo bueno y todas las faltas de la Encyclopédie… Ambas, la Encyclopédie y Wikipedia aparecen en momentos de la historia en que se cree que el conocimiento está muy fragmentado”.

Con la Inteligecia Artificial pueden surgir nuevas inquietudes sobre el saber y su dominio. Sobre el origen de una empresa “civilizadora”. Las buhardillas vs la gran industria tecnológica. Sobre el tamaño de los sesgos. La filiación al poder más que su desafío. Las voces más brillantes de la época enfrentadas a la tarea de los bots. Los controles de los que hoy se habla como la censura de ese tiempo. Al final del empeño, Diderot se dio cuenta que los impresores muchas veces habían mutilado y desordenado los grandes trabajos de los escritores. Las letras no obedecían a sus creadores. Tal vez ahí haya una inquietante similitud con los esfuerzos de la IA.

 

 

 

 

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

Eco del pasado


 

El presidente Petro ha convertido la obra de García Márquez, particularmente Cien años de soledad, en un amuleto para sus discursos, un fetiche para sus campañas y una decoración para su retórica confusa y extravagante. Petro encarna la figura del bachiller intoxicado, el típico estudiante locuaz que no acaba de digerir todo lo que ha aprendido y arma un masacote con su “sabiduría”. Las chapuzas del presidente tienen al Nobel colombiano, junto a Bolívar, como su personaje preferido. Un talismán tan socorrido como su lápiz.

Un hallazgo reciente me hizo pensar en la posibilidad de un pequeño retrato de América Latina en el momento de la publicación de Cien años de soledad. El descubrimiento fue un ejemplar de la revista Eco publicada en febrero de 1967. En esas páginas asomó por primera vez Macondo, tres meses antes de la publicación de la novela. Un fragmento de 25 páginas fue el texto central de ese número de la revista que se imprimió en Bogotá, por la Librería Buchholz, desde 1960 hasta 1984. Tal vez los textos publicados en esa edición sirvieran como “semblanza” de una época.

Por supuesto estaban los escritores del Boom que renovaban la curiosidad mundial sobre América Latina. Un artículo sobre Vargas Llosa y la realidad en la novela acompañó el fragmento de Cien años que comienza con un retrato de Úrsula luego del diluvio. También aparece la figura de Carpentier, un progenitor del Boom, y un retrato de un Borges, el antiboom, apolillado y ajeno a la realidad latinoamericana. Witold Gombrowicz se encarga de esa diatriba involuntaria contra el argentino.

En esos Apuntes argentinos está la clave de la mirada sobre América Latina que trae la revista. Se retrata a Argentina como una nación adolescente, apenas en formación, de la que no había que mirar su cultura sino su vitalidad. El autor busca a Argentina en la inmadurez de la cultura popular mientras Borges y Bioy Casares van a los conciertos y las exposiciones. Algo similar se encuentra en el texto de Ernesto Volkening sobre Carpentier y su novela Los pasos perdidos. Dos campesinos acurrucados bajo las bóvedas de una gran plaza, con sus sombreros bajos tapando media cara, son el retrato de la “América arcaica” que se está perdiendo. Esas dos sombras tienen un gran valor: el tiempo, su vida impasible frente a los afanes que caminan a su lado. Pero este continente ha comenzado a moverse para crear una copia defectuosa de las grandes ciudades europeas, donde los trabajadores cuelgan de los buses en vez de sentarse en los metros. Pero también ha comenzado a despertar, a pensar en una “Revolución Permanente” y ahora los meseros de chaqueta blanca pueden tomar el fusil. Curiosamente Caracas parece ser la capital menos “imperfecta”, más cerca de Los Ángeles y Estocolmo que de Santiago o Bogotá.

Un artículo de Helena Araujo se pregunta por la izquierda colombiana, una “divinidad que está en todas partes y nadie puede ver”. El artículo toma a Eduardo Caballero Calderón para ir en busca de esa quimera colombiana. Da por sentado que los experimentos de López Pumarejo y Gaitán fracasaron, señala los aires fascistas de la Anapo y minimiza las guerrillas castristas como un fenómeno más sociológico que político.

Una América singular, vista desde Europa, lista para encontrarse y sublevarse, cansada de llamarse tercer mundo, queriendo darle un contenido propio al remoquete viejo del nuevo mundo. Es un poco lo que puede verse en ese modelo 1967 de América Latina.

Todos los protagonistas del boom están muertos, García Márquez ganó el Nobel en tiempos de Belisario, Bogotá pronto tendrá Metro, pero la narrativa del presidente está muy cerca de la mirada de esa América de los sesentas. Solo que la de Petro está apenas en boceto, es la América de los intelectuales de los sesenta en boca de un bachiller graduado en el 2022.