martes, 25 de enero de 2011

El pobre Angelino




No queda más que compadecer a Angelino Garzón. Sale de gira rumbo a los Estados Unidos con la obligación de hablar de un país renovado, ajeno a las prácticas del miedo, más dado a traer a Baltazar Garzón como consejero que a luchar contra él, receptivo a las críticas de José Miguel Vivanco, dispuesto a devolver las tierras a los campesinos que los paras sacaron arriados, porque buenos vaqueros malos si eran. Está listo el discurso en el maletín y aparecen las noticias aguafiestas, los malditos recuerdos que hacen que los congresistas gringos nieguen con la cabeza, incrédulos, cavilosos.
Primero desaparece el mayor César Maldonado de la “cárcel” de Cuatro Bolas en Tolemaida. Hasta ese club de oficiales en desgracia lo había llevado la orden de un general de la república. No un descuido. Sin importar que Maldonado ya hubiera cortado la reja del bunker de la fiscalía en el 2004. Sin duda el delito por el que fue condenado les parecerá grave a los congresistas demócratas: Un atentado fallido contra un representante a la cámara de oposición. Una mujer que vendía tintos en una esquina y el sicario murieron. Al menos Garzón podrá mostrar la foto del mayor retirado en La Picota.
Pero la siguiente pregunta no será más sencilla. El señor José Miguel De Narváez, subdirector del principal organismo de inteligencia colombiano, es señalado por varios jefes paramilitares como pieza clave en el secuestro de otro congresista, en este caso una senadora de oposición. Los paramilitares lo señalan como miembro activo de su institución desde donde llegó a prestar servicios en el DAS dirigido por Jorge Noguera. La cúpula del gobierno de Álvaro Uribe podrá salvarse de responsabilidades penales, pero nunca de la responsabilidad política de haberle entregado el primer DAS a un grupo de paranoicos con negras intenciones. Angelino tendrá que decir que el de Santos es otro gobierno y que Uribe es un aliado en vías de separación.
Después le mostrarán las declaraciones de Cuco Vanoy desde una cárcel en Miami. Entre las masacres que reconoce habla de una ocurrida en 2004 en un edificio en Medellín. Vanoy le pagó 500 millones a la oficina de Envigado para que matara a Freddy Berrio, un comprador de pasta de coca con algún pecado comercial, y la oficina terminó subcontratando a un grupo del Pelotón Antiterrorista Urbano. Eran los más indicados por cuestiones de ubicación: el edificio donde estaba Berrio quedaba cerca de la IV Brigada. Al final los muertos fueron presentados como cuatro milicianos que pretendían atentar contra la brigada. Angelino dirá que están intentando forzar a los militares en sus tareas para que no tengan tiempo de buscar un trabajito en los ratos libres.
Hace dos años Salvatore Mancuso habló de treinta militares de alto rango, entre ellos nueve generales, que habrían colaborado con el ejército paramilitar. Es necesario dudar de las versiones paras que muchas veces buscaban meter a todo el mundo en su bando como una forma de disculparse. Pero hay noticias que se acumulan, que van sumando evidencias hasta dejar certezas, y uno termina obligado a seguir y entender los prejuicios y los juicios de quienes nos miran desde afuera con una mezcla de compasión y repugnancia. Pobre Angelino.

martes, 18 de enero de 2011

Política y pugilística





La política necesita siempre algo de agresividad, para disminuir los bandos posibles, para borrar matices, para levantar a los aletargados y enfebrecer a los convencidos. En últimas es más fácil encarnar la rabia que la inteligencia. Nuestras pasadas elecciones presidenciales demostraron que la mansedumbre es una virtud dudosa para los políticos: los votantes son más jueces debajo de un tinglado que espectadores susceptibles de una película. Y los políticos de todas las esquinas saben que es necesario soltar las manos.
Luego del atentado a la senadora Giffords en Tucson, Arizona, muchos en Estados Unidos han comenzado a pensar que el límite entre proselitismo e instigación se ha hecho muy difícil de diferenciar. Los anuncios electorales de Sarah Palin tenían a Giffords en el medio de una mirilla, y el veterano de Irak Jesse Kelly, su rival directo en Arizona, utilizaba un lenguaje digno de sus días tras las huellas de Sadam: “Ajusten el objetivo para la victoria en noviembre. Ayuden a sacar a Gabrielle Giffords del Congreso. Disparen una M16 automática con Jesse Kelly”. La oficina de Giffords se había convertido en un sitio de congregación para la gente del Tea Party. Hasta un comisario de Arizona podía darse cuenta de los riesgos: “Tenemos a candidatos políticos que dicen, ‘Si no podemos resolver estos problemas debemos considerar la Segunda Enmienda como la solución’. A mi juicio, este tipo de declaraciones son totalmente irresponsables y traen consecuencias.” La segunda enmienda de la constitución norteamericana habla del derecho a portar armas de fuego.
El entusiasmo inspirador que dejó la elección de Obama se convirtió primero en desilusión y luego en hojarasca perfecta para los pirómanos. Lo que hace dos años era una lección democrática, ayer era una inspiración para los extremistas y los trastornados. Pero no puede haber combate de más de 12 rounds y Estados Unidos parece haber llegado al límite del odio y el sectarismo. Un joven enloquecido dio el campanazo definitivo y es posible que de nuevo la iniciativa sea para los silenciosos y reflexivos. Obama fue elogiado por primera vez en dos años por los Republicanos por su discurso luego del atentado, que no fue más que un silencio y una negativa a buscar culpables en las toldas de sus rivales más enconados.
Entre nosotros hasta el mismísimo Hugo Chávez, genio de la discordia y el insulto, un bocaza que ha logrado que en su país se incendien por igual las haciendas y las oficinas encargadas de expropiarlas, salió esta semana a hablar de diálogo y concertación. Es imposible creerle pero hasta él mismo sabe que es necesario tomar aire luego de cada asalto y que los espectadores también se cansan de gritar por sus preferidos.
En nuestra casa el presidente Juan Manuel Santos también parece haber notado que el público estaba aburrido de alentar al guapo del barrio. Uribe peleó con periodistas, magistrados, presidentes, parlamentarios, fotógrafos de tercera, caminantes de primera, candidatos presidenciales, defensores de derechos humanos y demás. Señalar era su gesto más común, acusar era su vicio irreprimible. Santos, sin dar ninguna pelea por encima, apenas disputando su round de estudio, bailoteando alrededor de los problemas, ha logrado un clima político distinto y nos recuerda que con la cintura también se pueden ganar combates. Quizá con menos estragos.

martes, 11 de enero de 2011

Las puertas del paraíso





Yiyun Li es un inesperado descubrimiento, una especie de Susan Boyle de la literatura, guardadas todas las proporciones. La escritora china llegó a las letras en medio de un taller literario al que acudió para despejar su cabeza en los días finales de sus estudios de medicina. Hacía unos años había dejado China al igual que muchos de sus compañeros de universidad en Pekín: “En la era posterior a Tiananmen, el sueño de la democracia estaba rebasado, y las preocupaciones más inmediatas del bienestar personal habían tomado su lugar. Fue un triunfo para el gobierno también. Los integrantes de una generación joven se habían convertido en migrantes o en colaboradores.” Ya en Estados Unidos, en la universidad Iowa, uno de sus cuentos dejó asustado al profesor y muy pronto Lí estaba convertida en una cuentista destacada a la que por supuesto los reseñistas comparaban con Chéjov.
En los días muertos de enero terminé su primera novela, The vagrants, escrita en inglés y traducida al español como Las puertas del paraíso. La historia transcurre en un pueblo menor que comienza a disfrutar un tibio apogeo industrial. Los personajes, niños y ancianos en su mayoría, viven las dificultades y las sorpresas que uno imagina para una tribu de cazadores-recolectores. Todo el tiempo un ir y venir de granos y especias, de confites y ramas secas que es necesario guardar con celo; y por todas partes bolsillos falsos, cuencos ocultos y cajones dobles. Por encima de todo está la voz del partido comunista, sus noticias, sus canciones, los susurros que provocan las tensiones políticas, las miradas marciales de los maestros, el recelo de los vecinos.
La novela está llena de traiciones. Los niños sin darse cuenta delatan a sus padres, los padres condenan a sus hijos para protegerlos, los esposos se distancian dependiendo de que tan cerca estén del imán inevitable del partido: “Empezó un tiempo de cambio, pero era difícil confiar en los vecinos. Mi historia se inspira en la ejecución de dos mujeres de forma consecutiva que perdieron su vida por manifestar sus diferencias con el régimen comunista. Quería mostrar el comportamiento del ser humano en situaciones límite. Los susurros pueden asfixiarte”. Todo transcurre en un momento de incertidumbres luego de la muerte de Mao. Las facciones dentro del partido están en un pulso indescifrable y silencioso, algunos jóvenes sienten que es hora de hablar, algunos jefes comunistas piensan que es hora de apretar.
Fue inevitable pensar en Cuba. En la guardería Amiguitos de Martí, en los consejos de las señoras a los más jóvenes en medio de un camión convertido en bus para no hablar más de la cuenta, en los Comités de Defensa de la Revolución que sospechan desde casas de puertas y ventanas cerradas. El gobierno de Raúl Castro sacará de aquí a marzo a 500.000 trabajadores estatales para salvar a la isla del abismo según sus propias palabras. Las oficinas públicas cubanas son desde comienzos de este año un reino para las desconfianzas, las intrigas y el miedo. Al final todo se resolverá según las mezquindades personales. Lo dice claro un personaje de la novela de Yiyun Li, un viejo maestro desahuciado por contrarrevolucionarios y comunistas: “…no es la fuerza revolucionaria lo que impulsa la historia, sino el deseo de la gente de subirse en la giba del vecino y cagarse y mearse donde a uno le dé la gana”.

martes, 4 de enero de 2011

Un milagro imposible





Un año después del terremoto en Haití el palacio presidencial en Puerto Príncipe sigue tirado en el suelo, como una canasta de huevos que algún descuidado dejó caer. Lo rodea una malla de protección con propaganda política de las recientes elecciones de noviembre, una más de las calamidades que cayeron sobre el país en el 2010. Haití está todavía en ruinas, según los cálculos apenas se ha recogido el 5% de los escombros y uno de los candidatos propone que se nombre un zar para la limpieza de las ciudades, ya sabemos que es la denominación que se le entrega al encargado de las tareas imposibles. Aun hay más de un millón de personas viviendo en campamentos, el cólera ha dejado más de 3000 muertos, la política parece encaminarse a la violencia y hay cuatro extranjeros encargados de definir el resultado de la primera vuelta presidencial.
Luego del terremoto parecía que la solidaridad internacional podría lograr un milagro en el país que Graham Greene llamó república de pesadilla. Una cumbre en Nueva York comprometió recursos por cerca de 6.000 millones de dólares para armar un nuevo Haití en un plazo de dos años. Bill Clinton y el primer ministro haitiano serían los encargados de liderar los esfuerzos. Sean Peen se fue a vivir a una carpa en Puerto Príncipe y hasta Lionel Messi pasó por los campos de refugiados. Seis meses más tarde Clinton estaba haciendo de chepito internacional para que los países donantes “honraran sus compromisos, y los honraran de forma oportuna”. Hasta hace dos meses los aportes norteamericanos estaban estancados por zancadillas entre congresistas republicanos. Aunque no lo crean Colombia estuvo siempre entre los cinco países que cumplieron sus compromisos en el plazo previsto.
Pero el reto en Haití no es solo cuestión de escombros y buenas intenciones. Hace un año Ricardo Seitenfus, el ex representante especial de la OEA en el país, resumió en una frase el tamaño de la tarea: “No hay precedentes. Hay que inventar un Estado y hacer que los haitianos se responsabilicen de su país. Es muy fácil para ellos pedir, pedir y pedir porque siempre hay gente que trae cosas”. Seitenfus acaba de ser removido de su cargo por unas polémicas declaraciones sobre el papel de la ONU y su obsesión por llevar soldados a un país derruido: “En vez de hacer un balance, se enviaron aún más soldados. Hay que construir carreteras, elevar presas, participar en la organización del Estado, en el sistema judicial. La ONU dice que no tiene mandato para ello. Su mandato en Haití es mantener la paz del cementerio.”
En el balance de Seitenfus no solo la ONU sale mal librada. El trabajo de más de 10.000 ONGs que han convertido a Haití en su centro de tareas, formación y experimentos parece ser parte de la solución de urgencia y la epidemia permanente: “Existe una relación maléfica o perversa entre la fuerza de las ONGs y la debilidad del Estado haitiano. Algunas ONGs sólo existen debido a la desdicha haitiana.” Las ONGs hacen su trabajo con la ayuda de su país de origen y pasan por encima del inexistente Estado haitiano. Incluso la corrupción ha pasado de las oficinas públicas a las organizaciones no gubernamentales, cada político haitiano regenta al menos dos. Haití ha tenido 6 intervenciones extranjeras en los últimos 20 años y se ha convertido en una especie de protectorado al que el mundo le lleva sus ayudas y sus males, desde el cólera hasta los vicios inevitables de la mirada paternal y conmiserativa.

martes, 28 de diciembre de 2010

Recorderis





Entre nosotros será siempre una exageración hablar de terremotos políticos. Es mejor llamar caprichos, coincidencias, oportunismos, fatalidades, remordimientos o arrebatos de cordura a los sucesos que rodean a nuestros modestos palacios presidenciales. Me refiero a América Latina y sus presidentes duros y leves al mismo tiempo, a su opinión pública un poco más enamoradiza y más vengativa de lo normal, a sus partidos artríticos, a sus movimientos esperanzadores vistos desde arriba y peligrosos vistos desde abajo. Pero el año que termina tiene sin duda una marca especial. Seguro estará como principio o fin en los periodos que proponen los especialistas. El 2010 ha dejado algunos puntos finales, otros suspensivos, muchos signos de interrogación y no pocos de admiración, que pueden ser provocados por el miedo, la repugnancia, el dolor o… la admiración. Esta columna, como es obligación por las resacas de fin de año, intentará una pequeña lista de sucesos políticos.
Terminaron su mandato los tres presidentes más populares de Suramérica. Todos en medio de actitudes distintas. El de Colombia solo se dio cuenta de lo inconveniente de cambiar la Constitución para alargar su periodo luego de cuatro meses de abandonar la casa prestada: “Puede ser que la historia diga que esa fue una de mis equivocaciones”, dijo el ex presidente Uribe para sorpresa de todos, incluido Luis Guillermo Giraldo. Salió obligado por la Corte Constitucional y no por su convicción democrática. Será un año inolvidable para Álvaro Uribe: perdió el poder y el juicio, me refiero a la cordura no a ningún pleito judicial. En Chile Michelle Bachelet dejó su cargo con un 81% de popularidad y en medio de acusaciones de la oposición de usar la maquinaria estatal para entregar la presidencia a Eduardo Frei. La primera derrota desde 1988 de los partidos de la concertación honra a la presidenta chilena. Dijo e hizo lo que era inevitable en política pero no abusó de su posición para evitar el triunfo de Piñera. Y Chile mostró una extraña madurez democrática que para muchos puede ser sencilla inconsistencia. Una lección para los inventores del estado de opinión, quienes desprecian la alternancia apoyados en las encuestas. El pobre Piñera debutó en el vaivén de la política con dos episodios extravagantes: un accidente de minería como trampolín y la elección del técnico de fútbol de la selección nacional como problema de fondo.
Lula también se fue luego de ocho años de aplausos e indicadores favorables. Dejó a Brasil en una órbita distinta e hizo algo más que Bachelet para que ganara su pupila. Los brasileros no querían que se fuera pero Lula dejó todo en manos de la superstición: “Espiritistas intentan que el alma de Lula se incorpore al cuerpo de Dilma”. Según parece el cuerpo de la señora Rousseff ya está ocupado por un alma. Algo parecido a lo que pasó por aquí con el señor Santos.
Pero no fue solo eso. Chávez perdió el dominio absoluto de la Asamblea Nacional. En las recientes elecciones legislativas la oposición igualó los votos de su partido y demostró que la marea electoral está de su lado y no del de los rojos, rojitos: votaron el triple de ciudadanos que en las anteriores de congreso en la que solo se presentaron candidatos oficialistas. Pero Chávez ya le dio un manotazo al asunto con la ayuda de cuatro aguaceros. Ecuador demostró que sigue siendo tan frágil que hasta la policía antimotines puede tumbar al presidente con un motín. Correa se dio cuenta que la arrogancia y las arengas no funcionan jugando de local. En el sur Argentina perdió su presidente y por fin se vio obligada a elegir a Cristina, mientras las temperaturas de 36 grados incendian a Buenos Aires con pedreas y campamentos de los sin techo en parques y bienes privados. Y a Fernando Lugo se le diagnosticó un cáncer que seguro disminuirá sus fuerzas para gobernar y su apetito sexual. Raúl Castro por su parte dijo que si Cuba no cambia se hunde, una muestra admirable de autocrítica. Y Evo le disputó el puesto con sus declaraciones a Alicia Machado, y Alan García demostró que sin importar el tamaño se puede pasar desapercibido. Cuando Dios hizo el edén pensó en América.



martes, 21 de diciembre de 2010

Cadáver exquisito




En El guardián del muerto, un cuento negro y burlón escrito por Ambrose Bierce, unos médicos jugadores deciden apostar sobre la posibilidad de que un hombre resista toda una noche en la sola compañía de un cadáver. Le entregan una vela y lo encierran en un cuarto con barrotes para que vele un falso muerto. Cuando el cuerpo empieza a moverse, para burlar al guardia y a la muerte, el aterrado custodio no puede más que matarlo de verdad, para invocar la ayuda de las larvas definitivas. Hacía unos minutos el conejillo y guardián había pensado, alumbrando el cuerpo rígido, que nadie puede discutir “el derecho de los muertos de descansar en paz, exentos de cualquier violencia”; pero cuando el supuesto cadáver movió su pecho no pudo más que asfixiarlo.
Son los peligros de hacer una apuesta sobre la camilla de un cadáver. Ahora mismo el gobierno y la justicia colombiana libran su juego con el cuerpo refrigerado de Víctor Julio Suárez Rojas. Ayer durante una audiencia una juez de control de garantías le dijo al hermano medio de Jojoy, un campesino silencioso que empuña un bastón, que le entregarían el cuerpo pero con la condición de que sea enterrado en Bogotá y no en el municipio de Cabrera, como quiere su familia. La juez y el gobierno alegan que de ser enterrado en el pueblo se corre el riesgo de un ataque de las Farc, para recuperar la calavera y las dos tibias y erigirlas como blasón de guerra.
Cuando murió Luis Edgar Devia el gobierno también jugó sus cartas. Siguiendo la vieja lógica según la cual el vencedor es el dueño de los despojos mortales del vencido, escondió a Reyes detrás de la firma de su ex-mujer y logró que su último paradero fuera un misterio. Uno entiende que Bolivia haya ocultado los huesos de El Che durante 30 años. La superstición del momento hacía temer que un cadáver pudiera esparcir los alborotos comunistas. El Che era un ídolo y la venganza suponía que era mejor un santuario apócrifo. Ahora está en las banderas de todos los equipos de fútbol del continente. Pero quién además de su familia y algunos guerrilleros querrán venerar las tumbas de Reyes y Jojoy. Qué devoción tiene alguien en Colombia por los esqueletos de dos guerrilleros corrompidos y arrogantes. El Estado no debe temer al fantasma de Jojoy, si puede resguardar el cuartel de policía en Cabrera, si puede responder por su alcaldía pues debe hacer lo mismo con su cementerio ¿La seguridad del pueblo depende de la presencia de los huesos de Jojoy? En Medellín la tumba de Pablo Escobar es el santuario menor de algunos supersticiosos, algunos viciosos y algunos despistados. Cada quien invoca según sus tristes necesidades y angustias. Igual los muertos son duros de oído.
Una sentencia de la Corte Constitucional dictada en 1994 parece darle la razón a la familia de Jojoy. Según la Corte existe una “cuasi-posesión” de los familiares sobre el cuerpo del difunto, un derecho que implica “la custodia, la conservación del cadáver y el sitio de su inhumación”. De la sentencia parece derivarse que solo una amenaza sanitaria avalada por el ministerio de salud podría justificar órdenes para la disposición de cadáveres por encima de la voluntad de los familiares.
Es inevitable que se exhiba el cuerpo de los delincuentes abatidos, un ritual macabro que se han ido ganando con años de violencia y escondites. Pero pasar de la exhibición pública al ocultamiento a los familiares parece un precio desmedido. Recuerden que tenemos un ave carroñera en el escudo.

sábado, 18 de diciembre de 2010

En la boca del globo




Poco a poco algunos maniáticos de la seguridad, almas aprensivas dedicadas a cultivar el tedio e instalar bocinas de alarmas, nos han ido vendiendo la idea de que tirar un globo es un crimen. Odian esa manía de los faroles de papel de ser leves briznas al viento y al azar, no resisten que no tengan timón ni rienda ni itinerario y que puedan elegir para su aterrizaje, por simple curiosidad, la bendita claraboya de una bodega. Pero los globos siguen siendo las más entrañables estrellas de fin de año, y la gente sigue acariciando su papel luminoso y tibio antes de soltarlos entre aplausos y gritos. Frente a un decreto de 1920 que prohibía elevarlos reclamó Luis Tejada entre humos de pipa y añoranzas: "esplendor extraño de luces vivas, de colores radiantes, de fogatas encendidas en el patio, de papel de seda iluminado, de faroles rojos, de grato olor de alcohol y bencina, de algarabía de muchachos acumulados que ven subir sobre las tejas la bomba de papel, hinchada, lenta y policroma".
Brasil es uno los países donde elevar globos es una ciencia, un arte, un vicio, una tradición y un crimen. Los portugueses les dejaron la afición que se extendió según la desmesura de un país acostumbrado a decir: o mais grande do mundo. Tres años de cárcel puede llevarse un globero con buena mecha en Brasil. Con buena bucha, para decirlo en el lenguaje de los iniciados. Es por eso que un cuento de Rubem Fonseca, El globo fantasma, comienza así: “Un globo gigantesco, el más grande del mundo, dijo el informante.
¿Dónde?, pregunté.
Todo lo que sé es que ya compraron diez toneladas de papel de seda.”
El detective está encargado de impedir los lanzamientos en el mes de junio, en las fiestas dedicadas a San Juan y San Pedro, los santos coheteros. Pero la prohibición ha logrado sofisticar las aficiones globeras. Algunos lanzadores de ocasión se han ido contentando con seguir os baloes ajenos y señalarlos con nostalgia. Pero en cambio ha surgido una pequeña legión de especialistas que defienden su costumbre con celo religioso, con la paciencia de las tejedoras y el alboroto de los juerguistas decembrinos, con los números del científico autodidacta y las ambiciones del inventor. Sus grupos se llaman turmas y están dedicados a elevar globos inimaginables para que los demás mortales miremos hacia arriba con la boca abierta.





Lisandro Mesa es el jefe de la turma más importante que lanza sus globos desde este valle. Digo jefe por ponerlo un escalón por encima de sus compañeros pero podría decir profesor, pionero o líder. En Brasil llaman dentista al globero que dirige la operación de lanzamiento metido en la boca del globo, lidiando con la bucha y sus secretos de parafina, dirigiéndolo todo con una antorcha desde la candileja que Fernando Vallejo llama el corazón del globo. Digamos entonces que Lisandro Mesa es el dentista del movimiento de globeros que ha crecido en los últimos cinco años en Medellín y sobre todo en sus alrededores.
Hablo con él para ir al lanzamiento de una estrella de más de 2000 pliegos en un potrero de Envigado. En la página oficial de la Turma Tradición prohibida he leído cosas como estas: “Recibe el nombre de sólido de revolución, el sólido generado al girar alrededor del eje X, la región limitada por la gráfica de y = f (x), el eje X y la gráficas de "x = a" y "x =b". El eje X es un eje de simetría de dicho sólido y una sección recta perpendicular al eje X es un circulo.” Pero Lisandro usa también algunos lenguajes más cercanos a lo que siempre hemos asociado con el tumulto alrededor de un globo. Cuando lo llamo para cuadrar el encuentro su celular me suelta esta melodía: “Mostráme tu apachurrao que lo quiero conocer, para cuando yo me case por ahí darle a mi mujer, dele por ai, por ai es mejor; dele por ai, por ai es mejor…”
Llegamos al potrero rayando las siete de la mañana de un domingo. El ambiente y la concurrencia, unas 500 personas, confirman esa combinación de científicos teguas y amanecidos de diciembre. La guasca tronando en algunos carros, las garrafas de aguardiente embarradas en el potrero, dos sopletes alimentados por pipetas que inflarán el monstruo y una conversación sobre la tensión que soportan algunos vértices de la estrella. El globo está extendido sobre un plástico y los grillos, las arañas, las mariposas se mueven sobre los pliegos verdes, morados, blancos, amarillos. “Dele por ai, por ai es mejor”.
Los creadores de la gran estrella de Belén de cinco puntas son en realidad de Envigado. Jóvenes que han hablado de su creación desde febrero y que seguro han arrinconado a su familia durante meses para armar su experimento geométrico. Y echarlo a volar.
El globo comienza a levantarse, muy lentamente va alzando sus pliegos elevado por el buen consejo de los dos sopletes. Cinco personas se encargan de la candileja, veinte auxiliares sostienen las puntas y un revoloteo de cinco cinteros va haciendo los remiendos de última hora. La bucha es una especie de hornilla de aluminio con seis rollos de papel cocina cubiertos de parafina. Cuando el monstruo ha logrado estabilidad se le instala su corazón de fuego con un pequeño artificio de tornillos. Todo es gritería alrededor, una especie de operación urgente llevada a cabo por jóvenes amanecidos los unos, extasiados los otros, preocupados todos. “Relajaos, relajaos, relajaos”, es el grito de batalla durante los veinte minutos que dura el protocolo de lanzamiento. Siguiendo el lenguaje doble de estos aeromodelistas con inclinaciones al anís, también se le podría llamar el despelote de la tirada.
Se ha prendido la bucha, se ha gritado lo inimaginable, se han sacado los sopletes y el “suelten, suelten” le da la despedida al monstruo entre gritos, abrazos y voladores. Todos los fieles de esa ceremonia de domingo estamos de cara al cielo bendiciendo a la estrella. Pero antes de que se pueda levantar de nuevo el cáliz de las garrafas, cuando van apenas veinte segundos de vuelo, la bucha se recuesta sobre un costado del globo que se quema en silencio y deja caer su armazón ardiendo como un baldado de agua fría. Una exclamación común lo acompaña el estruendo. Dos de los artífices de la estrella fugaz quedan llorando su amargura sobre un plástico en medio del potrero. “Dele por ai, por ai es mejor”.





No quise quedar marcado por la mala estrella del lanzamiento en Envigado. Así que el domingo siguiente, también en la mañana para aprovechar el cielo sereno de vientos, me fui a ver el primer concurso de globos en el municipio de Caldas. Último refugio donde los globeros no son vistos como una plaga indolente. Hace un año un evento similar en Envigado terminó con mil personas enfrentadas a la policía, el ESMAD y el ejército. Fuerzas de choque contra el más deleznable de los materiales.
Las camisetas de los integrantes de las distintas turmas demuestran como la ilegalidad los ha empujado al activismo y al panfleto de papel globo: “Arte clandestina”, “Globero hasta la muerte”, “Yo amo a mi globero”, “Diga sí a los globos”. Cuando llegó están inflando el tercer ejemplar de la mañana. Es un globo de molde, construido según la ecuación que se leyó más arriba, dibujado por su creador. Muy distinto a los clásicos globos de corte recto: la caja, el cojín, el trompo. Estos globos que se deben inventar cada vez parecen bombones alargados o empuñaduras de bastón o gotas delicadas. “Son la perfección hecha papel”, me dice Lisandro Mesa que hoy hace las veces de juez y me ofrece una copa…de guaro.
Ya están inflando el bombón blanco con el gato Silvestre y el coyote dibujados con papel sobre papel. Una algarabía más ordenada rodea la boca del globo y las cuerdas que cuelgan de la candileja. Llevará un lastre de balso, una especie de viga de unos 8 metros que sostiene un dibujo adicional como una sábana ondeante. Ya la bucha está ardiendo y el globo se eleva contenido por los guías que lo sostienen con cuerdas amarradas a su candileja. A medida que sube, ya sin ataduras, va descubriendo otra versión del coyote en gran formato. El círculo de gallinazos celebra en lo alto y el tumulto de muchachos carga y sacude al artífice en tierra. Había quemado tres de tres de sus grandes creaciones. Le quitan la sal a palmadas y el se ríe con el gesto de los goleadores. Aprovecho y me sacudo mi cuota de sal por el fracaso del domingo anterior.
Los globos corrientes, cajitas y cojines clásicos, salen desapercibidos desde las orillas de la cancha que sirve de plataforma de lanzamiento. Serán uno más en las planillas de los apuntadores que patrullan los techos de las empresas del sur destinados a la estadística y la advertencia. Para ellos todos los globos son iguales. El pasado 8 de diciembre contaron 300 globos recorriendo el cielo cercano con su flama amenazante. Los globeros hablan de los avistadores con una sonrisa comprensiva, y hasta los llaman para averiguar por las últimas cifras. O para avisarles la próxima tanda.
Esa mañana salieron más de 20 globos de buen tamaño: isocaedros que parecen erizos de 20 púas, taxis, un bombón con Homero Simpson multiplicado por cuatro, extrañas tuercas, cruces enigmáticas, flechas, un cajón con una boca inmensa en la que se metieron más de 30 personas para verlo partir desde sus entrañas: bocudo, lo llaman en Brasil, y para mí fue el campeón de la jornada, por su vuelo larguísimo, casi tan largo como el de su constructor. Las hermosas coronas de los Molina, la familia globera que oficiaba de local, encallaron todas en tierra. Sus espinas fueron para fabricantes y asistentes.
El campeón según el jurado calificador fue el bombón de Homero. Construido con la maña del orfebre por Juan Diego Bolívar, otro de los socios fundadores de esta logia. El armazón para sostener la bucha parecía un banco antiguo con sus corroscos en las patas. En la parte baja de la circunferencia había dos hileras de orificios delicados para que el aire caliente se renueve. Subió risueño con la mueca insolente de Homero y una canastilla de pólvora que parecía una jaula de canarios. El último estallido dejó caer una lluvia de aleluyas para el júbilo de la concurrencia. Subió derecho, casi sin desviarse, y unas horas después estaba doblado en poder de una feliz pareja de motonetos. Juan Diego se asomó a mirar su hijo ya tiznado y ajeno: “Ese ya es de ellos”, dijo pensando en lo que sigue para el 25.
Los globeros de este valle son pupilos aventajados de los brasileros. Aprendieron su jerga, miran sus páginas, comparten sus diseños y sus maneras de pegar. Y hablan con la suficiencia de los iniciados. “Nosotros no somos iguales al borracho que tira su globo de media noche con una toalla higiénica y petróleo”, me dice Lisandro. Lo miro risueño, con la alegría de oír sus palabras coincidir con las Diogo Cao, el detective globero del cuento de Rubem Fonseca: “Diogo sabe todo sobre el globo. Me dijo que los incendios son causados por los globos pequeños. Los globos grandes son hechos por especialistas y se apagan cuando aún están en el cielo”. Volviendo de Caldas, por la autopista, todavía hay 4 globos reluciendo contra un sol que es un brasero. Que digan lo que quieran. Pero no hay placer igual al de perseguir globos…con la mirada.