lunes, 25 de noviembre de 2024

El pacto del Eme

"Gustavo Petro se va a radicalizar cada día más": María Fernanda Cabal  sobre el uso de la bandera del M-19 en las marchas del Día Internacional de  los Trabajadores

 

Al final de la pasada campaña presidencial, en una correría en el departamento de Caldas, un simpatizante le preguntó al candidato Gustavo Petro sobre la posibilidad de revivir el M-19: "Yo no sé si revivirlo, porque eso es como los Beatles. Queda el espíritu ahí, pero también reiniciarlo se vuelve problemático, porque ya no es lo mismo. Es otra historia, otra vida", respondió el líder del Pacto Histórico. El movimiento político desapareció hace más de veinte años y Petro parecía tener claro que no era tiempo para las nostalgias.

Pero el Eme siempre ha estado en las ideas y los recuerdos del presidente, en sus certezas y su inspiración, en sus frustraciones frente a las posibilidades de las revoluciones desde el Palacio de Nariño. Hace poco, durante un acto en el colegio donde se graduó en Zipaquirá, el presidente reivindicó la bandera de sus primeras militancias: “Compañero, traiga esa bandera porque estamos hoy de fiesta. No les gusta que la saquemos, ¿cierto? Pero no va a estar debajo de los colchones”, dijo al llamar a la tarima a dos espontáneos que extendían la bandera. Ahora los vendedores ambulantes ofrecen las banderas del Eme en las marchas convocadas por el gobierno y el presidente repite que la oligarquía la quiere prohibir.

Más allá de si se trata de un símbolo que evoca la violencia guerrillera o, por el contrario, recuerda la reconciliación, parece que Petro está cada vez más cerca de la nostalgia, los compañeros y el ansia de revolución por decreto. Y sus excompañeros de armas más cerca de sus decisiones y compromisos. Parece innegable que el Eme se tomó el Palacio. El creciente poder de Augusto Rodríguez, en detrimento de Laura Sarabia, deja algunas evidencias. También el papel de Otty Patiño y Vera Grabe en los retos de la Paz Total.

Un libro de Ángel Beccassino, llamado El heavy metal latinoamericano, que recoge conversaciones de Carlos Pizarro y otros miembros del M-19 a finales de los ochenta, muestra que Petro nunca ha dejado ser fiel a las ideas de Bateman y compañía. El aura de apóstol es uno de sus distintivos y podría decir con Pizarro: “Claro que el M-19 tiene que ser mesiánico, como Colón, como José Antonio Galán, como Gaitán (…) Por eso hay un apostolado en esa dirección, tú tienes la misión de dibujar tus sueños y llevarlos a los demás.” Petro comparte la necesidad de las “locuras sísmicas” de las que hablaba Pizarro, el valor de la audacia, de intentar “las hazañas que nos desequilibren”. Eso marca su desprecio por la burocracia, por el estado paquidérmico que no deja soñar. También Pizarro hablaba del realismo como ausencia de grandeza, de la mediocridad que implica no dar “grandes saltos históricos”.

Y aunque parezca increíble, tenía los mismos alcances cósmicos del Presidente: Los desafíos del hombre están hoy en el espacio, en la inmensidad que tenemos por delante (…) la expansión del hombre sobre el universo. El ‘solle’ del que habla Pizarro, un tanto místico y un tris esotérico, también está en la cabeza de Gustavo Francisco. No es Petro un adelantado cuando habla de salvar la selva amazónica y buscar recursos para que el pueblo brasilero no tenga que talar la selva, también Pizarro proponía, cambiar deuda por servicios ambientales.

Pero todo esto tiene una contradicción. Petro se vuelve más Eme pero más cerrado, la idea del acuerdo nacional es solo palabrería de Cristo para menudear en el Congreso. Petro cierra su círculo y es cada vez más Pacto y menos Alianza Democrática. Todo lo contrario a lo que decía Pizarro en vísperas de su desmovilización. Quería ser un factor de unidad nacional y hablaba del Eme como esencial para evitar la polarización. Cuando Beccassino le preguntó por un posible gobierno del M-19, Pizarro habló de “una revolución abierta en todos los sentidos, un gobierno colectivo”. La lista del Eme a la constituyente lo confirmó y marcó su principal logro político. Después, cerraron el círculo hasta desaparecer.

 

 

miércoles, 13 de noviembre de 2024

El perreo moral

 

Nueva versión de '+57': modificaron verso que sexualiza a las niñas de 14  años

 

Le temo a esa escrupulosa crítica a la vulgaridad. La misma que prende sus alertas, según preferencias estéticas, regionales o generacionales, para ejercer el linchamiento, proponer la censura y condenar el mal gusto y la inconsciencia de algunos perdidos. La vieja tendencia a señalar la decadencia del mundo y la cultura cuando las listas de lo más visto no nos acompañan. El mundo suena tan mal hoy, los jóvenes no se concentran, lloran día de por medio y adoran a unos desadaptados que recuerdan nuestros peores tiempos: ¡Nuestros hijos o sobrinos o indeseados adolescentes visten y cantan como los pillos! Y consumen drogas y se atreven hasta a cantarlo. Le hacen coro a las pepas y al moño y al tusi. Necesitamos hablar de las drogas, pero tampoco así sin filtro.

Mi cédula deja claro que no soy guardián del reguetón. Pero tengo una hija de 17 años que me ha “inculcado” su estridencia alardosa, sus bambas y su flow adornado de billete. Y esos porno compositores que mueve al perreo. Pero todos sabemos que no es una experiencia doméstica, el reguetón es omnipresente en nuestros días. Y se resiste a claudicar. No importa lo básico, explícito, tonto o repetitivo que nos puede parecer.

Pero quiero ejercer una defensa mínima de sus miserias. Inspirada en las críticas inquisitoriales del fin de semana contra +57 como contraposición a las ideas de cómo se debe “vender” el país. El vocalista de Doctor Krapula dijo este fin de semana que invitaba a los artistas a cambiar la visión y la historia que tenía el mundo de este país. Los rockeros en busca de la promoción nacional suenan muy Procolombia. Algo así como “aquí no se habla de Bruno”. Leí a históricos del rock hablando del deber de cantar a las mujeres trabajadoras.

Algunos resaltan la estética narca del género. Mucha de nuestra música no ha estado lejos de lo ilegal, bien sea de frente o cañando, por amistad o por estética. El vallenato le cantó de sobra a la bonanza marimbera, la salsa ha gustado del puñal, la música popular sabe de sobra de la sangre de casa y cantina. Creo que el reguetón es el más impostor de los géneros que cantan a los escenarios de la violencia. Más en el cuento que en el rollo. Pero igual, hace su semblanza criolla.

Otra crítica tiene que ver con el consumo de drogas en plena letra. Apología al consumo y hasta al narcotráfico dijeron algunos. Los amigos incondicionales de Diomedes y el Joe están aterrados. Las drogas están en las calles, en los bolsillos, en el menú diario en las páginas, pero en las canciones es el colmo. El rock que invitaba a las drogas era inspirador, revolucionario y el sexo libre era otra cosa. Consumir pero sin consumismo.

El abuso a menores. El centro del asunto. Algunos han llegado a decir que es incitación y que podría haber un delito. No pocos han recomendado la censura. Unos más piden la clasificación moral de las canciones como en el cine de los ochenta. “Una mamacita desde los ‘fourteen’”. La línea de la discordia. ¿Un llamado al abuso, una justificación? ¿Se puede hablar del tema? ¿Solo en los foros de protección? ¿Las canciones deben omitir esa realidad, cantar solo en clave prevención?

Estoy seguro que esa satanización de un género musical es inútil para proteger a los menores. Y que responde más a juicios estéticos, gustos generacionales y pruritos morales. Muchos quieren canciones edificantes, que nos hagan presentables bajo el +57, que muestren lo bueno del país, que no mencionen la realidad sexual cada vez más temprana de nuestros adolescentes. Taparse lo oídos. Por momentos la indignación se parece a la que se hizo a la aberración del mambo en los años treinta. Cantar a las discotecas del siglo XXI puede ser muy preocupante. Gente muy variada en el karaoke de la condena y la irrealidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 30 de octubre de 2024

Barrer bajo del tapete

 

 



 

Las cosas empezaron con los primeros alardes de limpieza. Las fotos oficiales daban cuenta de rincones inmundos de la ciudad ahora convertidos en esquinas respetables. Incluso se mostraban muros antes “vandalizados” que ahora lucían el gris oficial. Para la administración actual de Medellín tapar los grafitis significa recuperar el espacio público. Todos es mugre menos los logos institucionales.

Luego comenzaron a publicitar su tarea de levantar los cambuches de los habitantes de calle como un triunfo institucional. Mostraban las fotos de los cartones, las tablas, el reciclaje, todo ese menaje de miserias, arrumado en una volqueta y celebraban la victoria contra el mugre. Un útil sinónimo de la maldad. Es la pelea más fácil y más rentable para el poder municipal: una cuadrilla de funcionarios de chaleco, un grupo de policías, dos comunicadores y comienza el rodaje. Un triunfo para la histeria de las redes y la favorabilidad, pero inútil para la sociedad y peligroso para quienes viven en la calle bajo su propia sombra. Desde esas primeras fotos fue muy claro un señalamiento a los habitantes de calle como usurpadores, “no tienen absolutamente nada, pero nos roban el espacio y ensucian el aire”, parecía ser la consigna.

Medellín tiene una larga y triste historia de “limpieza social”. Tal vez el ejemplo más macabro llegó con el grupo “amor por Medellín” entre 1987 y 1993. La campaña cívica que había sido orgullo a comienzos de los ochenta fue apropiada por un grupo paramilitar, acompañado de agentes estatales, para nombrar sus purgas. El año pasado el artista Santiago Rodas mostró en una exposición esas coincidencias involuntarias que dicen tantas cosas de nuestros esfuerzos cívicos y asépticos.

El año pasado fueron asesinados 49 habitantes de calle en la ciudad. Eso es el 13% del total de homicidios de 2023. El crecimiento con respecto al 2022 fue del 116%. Este año, según datos oficiales, han sido asesinados 22 habitantes de calle, un 9% del total de homicidios hasta la fecha. En Medellín sobreviven 8.000 personas en las calles, un número creciente como en todas nuestras ciudades, y las autoridades están obligadas, muy a su pesar, a hacer esfuerzos para al menos impedir que sus declaraciones y señalamientos aumenten los riesgos sobre sus vidas. El paso de levantar el cambuche a levantar el cadáver puede ser muy corto.

Las cosas empeoraron con los ataques de habitantes de calle a carros y motos lanzando piedras desde algunos puentes. Cuatro personas han sido asesinadas este año en medio de esas agresiones terribles. La alcaldía tiene la obligación de actuar contra esos asesinos, sin duda, y de ejercer controles frente a una población vulnerable que muchas veces implica problemas de convivencia e inseguridad.

Pero las campañas oficiales que asocian automáticamente a drogas y delito a los habitantes de calle, que los criminalizan y los levantan en medio de la noche con ejército y policía, solo podrán lograr violencia indiscriminada contra las personas más vulnerables de la ciudad. Asociar toda la “economía de subsistencia” con las drogas muestra ignorancia además de una gran injusticia. La alcaldía de Gutiérrez recuerda nuestro código penal de 1936 cuando la mendicidad y la vagancia era delitos. Así como el hábito no hace al monje, la cobija roñosa no hace al asesino.

El alcalde Gutiérrez debería pensar que sus palabras y campañas pueden alentar la limpieza social como ya lo hemos visto en algunos videos. Exponer unas vidas con un discurso y unas acciones que resultan ineficaces para proteger a otras, es el más grande fracaso de quienes ejercen el poder público.

 

 

miércoles, 16 de octubre de 2024

Perder la carga

 

 

Todo depende del nivel de energía de nuestros aparatos: teléfonos, computadores, vapos, carros, bicis asistidas… Los cables son nuestro polo a tierra, “he visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, cabezas de ángel abrasadas por una antigua conexión” para cargar sus teléfonos.

Los aeropuertos son campos de batalla por los tomacorrientes, se cambian tres sillas por un enchufe, los pasajeros se acuestan en el suelo en busca algo de batería. Se ven algunos refugiados en las capillas de El Dorado o Palma Seca cerca de las paredes y lejos de Señor. Una nueva secta. Y ese pavor a perder el cable, la gente guarda su seguro de pila en bolsitas de algodón, los ladrones piden rescate por cables robados y se venden como cigarrillos menudeados en chazas, centros comerciales, caspetes, clínicas, colegios, cementerios, peluquerías… No hay establecimiento de comercio donde no se venda un cable para el celular.

Todos nos hemos visto en la angustia de mirarnos en el espejo negro del celular muerto, hundiendo el botón de encendido de manera compulsiva, en un intento de reanimación, con la necesidad urgente de un capítulo, una conversación, una tarea, un chisme, una pelea… No olvido el relato de unas niñas españolas de quince años, angustiadas cuando Instagram perdió su vida durante casi un día. No encontraban a sus amigas, no podían ver las historias de la vida imaginada, ni siquiera ellas podían definirse muy bien con sus historias suspendidas. Cuando estamos sin carga, todos somos un poco esas adolescentes a tientas con su Instagram en pausa, con su cable roto y sus ventanas cerradas, encerradas en el maldito mundo fuera de la pantalla, esa realidad tan indescifrable, tal difícil de abarcar sin guías y sin likes. Al mundo exterior es muy duro darle me gusta.

Mi teléfono se apagó por un descuido en la mañana. El trabajo en ocasiones nos lleva a la irresponsabilidad de olvidar la carga. Era la una de la tarde y estaba en ceros. Me había tomado dos tintos, mi carga estaba en 70% y el teléfono apagado. Lo conecté y lo abandoné luego de tener la absoluta certeza del rayito que indica estamos en camino de reestablecer nuestra relación. Y tomé el sucedáneo de un libro aplazado. Una mente bien ajardinada, se llama esa mezcla de ensayo e historia personal de una psiquiatra con tijeras y regadera. Un encomio de los tiempos y la lógica de las plantas, de su crecimiento y muerte, de su floración y sus caprichos solares. Raíces y redes neuronales, algo de autoayuda bien abonada, si se quiere, pero mucho de buenas historias vegetales.

Cuando volví a mirar, mi teléfono estaba en el 33%. Había leído cerca de 25 páginas y me dio por regar las matas del modesto jardín del balcón. La manguera, me perdonarán en tiempos de sequía, es una de las mejores terapias que existen. En fin, regué las matas, aunque debí escribir plantas, y arranqué algunas hojas secas y limpié la palomilla insoportable en las hojas de un croto en recuperación. Ahora la carga estaba en 46%. Decidí dejarlo apagado y me fui a preparar el tercer tinto del día y a lavar algunos platos que mi miraban con sus ojos de agua grasosa. La carga daba por 69%, tal vez debo comprar un nuevo cable, y ya estaba un poco ansioso por la riña de X y la avalancha del WhatsApp. Pero me resistí a prenderlo y me aburrí un rato en el balcón. Ahí, sin tinto, sin libro, sin manguera, sin celular. El teléfono llegó a 100% y lo prendí, me alumbró con sus colores deslumbrantes, con la foto de unos tréboles rojos que tengo de fondo de pantalla. Su tiempo de carga me había dado un nuevo tiempo.