miércoles, 11 de febrero de 2026

Enciclopedia artificial

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Algunas de las imprentas clandestinas del Paris del siglo XVIII, destinadas a publicar herejías y maledicencias, estaban ocultas en las barcazas fondeadas en las orillas del Sena. Las mismas guaridas se usaban para fermentar brebajes espirituosos y esconder delincuentes menores. El retrato de esa ciudad sórdida y vivaz lo hace Philipp Blom en su libro Encyclopedia, el triunfo de la razón en tiempos irracionales, publicado hace casi dos décadas. Una historia enciclopédica, cerca de quinientas páginas, de cómo se creó la empresa intelectual, la hazaña editorial y la revolución del conocimiento que empleó a miles de personas y sacó de quicio al ancien régime.

Por su parte los redactores más humildes de la enciclopedia vivían en las buhardillas como vigías de los barrios bajos. Estaban encargados de las entradas menos profundas, más del arte de hacer cuchillos que de la existencia del infierno. Vivían de los panfletos y los chismes y de pronto encontraron un trabajo para las letras más perdurables. Blom toma prestada una exageración de Sébastien Mercier para elogiar esos sudorosos escribientes y manchados pintores: “Es difícil encontrar un hombre afanado que no haya comenzado en una buhardilla”. Eran los bohemios antes de la pátina de exotismo, más gitanos que artistas con los bolsillos rotos.

Los líderes de la tarea, Diderot y D’ Alambert, Rousseau en menor medida, tenían en los cafés la escena para las discusiones que darían impulso a esa máquina que buscaba compilar y ordenar los saberes olvidados, los conocimientos sabidos, las especulaciones prohibidas. La idea no era original, se había intentado con algo de éxito en Alemania. Las ideas crecieron y el negocio también. Cuando iba a todo vapor la enciclopedia empleaba a mil personas entre impresores, grabadores, dibujantes, encuadernadores y demás. El carcelazo de Diderot luego del primer tomo hizo que los editores rogaran por la libertad del hombre que lideraba un desvelo que suponía una inversión de 250.000 libras francesas que Blom convierte en tres millones de euros de 2007.

La enciclopedia, con Valtaire, como invitado animaba los más intensos debates sobre el espíritu, la religión y la política. Llegó entonces la prohibición de su venta y la censura. Y los panfletos contra los enciclopedistas y la ordenada lista de sus herejías recogidas en ocho volúmenes cuando la enciclopedia apenas llevaba siete.

Varias élites se enfrentaban a la publicación, al monopolio del saber y la verdad, de la forma de entender el mundo y el poder. Cerca de ciento cincuenta redactores retaban al mundo conocido, muchas veces con disimulo, otras con inexactitudes, otras más con mansedumbre en unos temas para obtener licencia en otros.

Es un lugar común la comparación entre internet y Wikipedia con la enciclopedia del siglo XVIII. En su momento Blom habló de las similitudes: “La Encyclopédie fue la primera colección colectiva, de conocimientos que se hizo. Wikipedia tiene todo lo bueno y todas las faltas de la Encyclopédie… Ambas, la Encyclopédie y Wikipedia aparecen en momentos de la historia en que se cree que el conocimiento está muy fragmentado”.

Con la Inteligecia Artificial pueden surgir nuevas inquietudes sobre el saber y su dominio. Sobre el origen de una empresa “civilizadora”. Las buhardillas vs la gran industria tecnológica. Sobre el tamaño de los sesgos. La filiación al poder más que su desafío. Las voces más brillantes de la época enfrentadas a la tarea de los bots. Los controles de los que hoy se habla como la censura de ese tiempo. Al final del empeño, Diderot se dio cuenta que los impresores muchas veces habían mutilado y desordenado los grandes trabajos de los escritores. Las letras no obedecían a sus creadores. Tal vez ahí haya una inquietante similitud con los esfuerzos de la IA.

 

 

 

 

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

Eco del pasado


 

El presidente Petro ha convertido la obra de García Márquez, particularmente Cien años de soledad, en un amuleto para sus discursos, un fetiche para sus campañas y una decoración para su retórica confusa y extravagante. Petro encarna la figura del bachiller intoxicado, el típico estudiante locuaz que no acaba de digerir todo lo que ha aprendido y arma un masacote con su “sabiduría”. Las chapuzas del presidente tienen al Nobel colombiano, junto a Bolívar, como su personaje preferido. Un talismán tan socorrido como su lápiz.

Un hallazgo reciente me hizo pensar en la posibilidad de un pequeño retrato de América Latina en el momento de la publicación de Cien años de soledad. El descubrimiento fue un ejemplar de la revista Eco publicada en febrero de 1967. En esas páginas asomó por primera vez Macondo, tres meses antes de la publicación de la novela. Un fragmento de 25 páginas fue el texto central de ese número de la revista que se imprimió en Bogotá, por la Librería Buchholz, desde 1960 hasta 1984. Tal vez los textos publicados en esa edición sirvieran como “semblanza” de una época.

Por supuesto estaban los escritores del Boom que renovaban la curiosidad mundial sobre América Latina. Un artículo sobre Vargas Llosa y la realidad en la novela acompañó el fragmento de Cien años que comienza con un retrato de Úrsula luego del diluvio. También aparece la figura de Carpentier, un progenitor del Boom, y un retrato de un Borges, el antiboom, apolillado y ajeno a la realidad latinoamericana. Witold Gombrowicz se encarga de esa diatriba involuntaria contra el argentino.

En esos Apuntes argentinos está la clave de la mirada sobre América Latina que trae la revista. Se retrata a Argentina como una nación adolescente, apenas en formación, de la que no había que mirar su cultura sino su vitalidad. El autor busca a Argentina en la inmadurez de la cultura popular mientras Borges y Bioy Casares van a los conciertos y las exposiciones. Algo similar se encuentra en el texto de Ernesto Volkening sobre Carpentier y su novela Los pasos perdidos. Dos campesinos acurrucados bajo las bóvedas de una gran plaza, con sus sombreros bajos tapando media cara, son el retrato de la “América arcaica” que se está perdiendo. Esas dos sombras tienen un gran valor: el tiempo, su vida impasible frente a los afanes que caminan a su lado. Pero este continente ha comenzado a moverse para crear una copia defectuosa de las grandes ciudades europeas, donde los trabajadores cuelgan de los buses en vez de sentarse en los metros. Pero también ha comenzado a despertar, a pensar en una “Revolución Permanente” y ahora los meseros de chaqueta blanca pueden tomar el fusil. Curiosamente Caracas parece ser la capital menos “imperfecta”, más cerca de Los Ángeles y Estocolmo que de Santiago o Bogotá.

Un artículo de Helena Araujo se pregunta por la izquierda colombiana, una “divinidad que está en todas partes y nadie puede ver”. El artículo toma a Eduardo Caballero Calderón para ir en busca de esa quimera colombiana. Da por sentado que los experimentos de López Pumarejo y Gaitán fracasaron, señala los aires fascistas de la Anapo y minimiza las guerrillas castristas como un fenómeno más sociológico que político.

Una América singular, vista desde Europa, lista para encontrarse y sublevarse, cansada de llamarse tercer mundo, queriendo darle un contenido propio al remoquete viejo del nuevo mundo. Es un poco lo que puede verse en ese modelo 1967 de América Latina.

Todos los protagonistas del boom están muertos, García Márquez ganó el Nobel en tiempos de Belisario, Bogotá pronto tendrá Metro, pero la narrativa del presidente está muy cerca de la mirada de esa América de los sesentas. Solo que la de Petro está apenas en boceto, es la América de los intelectuales de los sesenta en boca de un bachiller graduado en el 2022.

 

miércoles, 28 de enero de 2026

Campos de conducción

 


 

Son lugares perfectos para las clases de conducción, una especie de antesala de meditación antes del ingreso a la batalla de los carriles. Pequeñas esquinas olvidadas o calles que no llevan a ninguna parte o carreteras muertas en las afueras o retazos de pavimento cerca a una cancha. La mayoría de la gente ignora esos recodos donde la ciudad se detiene. Por algún azar han quedado en un punto muerto y ahora cunde el silencio, son las garitas para oír el ronroneo que entrega la ciudad de todos los días, el murmullo que dejan los giros de su motorcito de gasolina, de pilas, de cuerda, de ansiedades.

Visito con frecuencia una de esas pistas mudas, en el pie de un cerro, al norte de la ciudad. No tiene ese sitio una belleza particular. Solo que parece una antigüedad sin el lustre opaco del desgaste, si lo comparáramos con un hombre sería como esos adolescentes que se han graduado de templanza a temprana edad y se han convertido en ancianos prematuros.

Lo primero que me conmueve en el lugar de enseñanza son las clases en pareja. Casi siempre los hombres están enseñando a sus amigas, novias o esposas a manejar una moto. Son los tiempos delicados de las primeras lecciones, las horas de la comprensión. No verán ustedes a parejas peleando, no hay reproches, solo indicaciones mirando a los ojos, felicitaciones melosas, mansos llamados de atención. Y las risas que siempre acompañan las primeras torpezas. Es seguro que después de esas clases las parejas se entregan renovadas licencias. Si quieren ver ternura no vayan al cine ni a los parques ni a las ciudades de hierro, caminen al final de la mañana hasta esos secretos campo de conducción.

Pero no todo se queda en el romanticismo del freno, el clutch y el acelerador. Este parque involuntario tiene además una fauna variada de perros y gatos callejeros. Porque hay vida más allá de los talleres, las plazas de mercado y los basureros a cielo abierto. Los fines de semana las mascotas y los animales de campo tienen encuentros cercanos del tercer tipo e intercambian olores desconocidos: talcos contra pantano, almendras de los paños húmedos vs. cobijas de la carreta del reciclador. Los gritos de algunos amos son lo único que rompe la calma del lugar.

Allí nunca faltan los espectadores ensoñados que vigilan la pista desde unas terrazas construidas para der estabilidad a la base del cerro. Allá están siempre los solitarios. Hombres o mujeres en actitud de meditación. Algunos dejan ver el humo frondoso de la hierba o la fumada deshecha del tabaco. Piensan desde lo alto ¿Califican las lecciones, reprueban a los alumnos, envidian el candor de los profesores? “Cada hombre, en la noche, lleva un problema”, escribió Roberto Arlt pensando en los caminantes que desafían la oscuridad y el silencio en las ciudades. También he visto algo en la frente de esos silenciosos que parecen juzgarse recostados contra el cerro.

También son habituales en ese paraje los hombres que caminan empuñando un palo. Tienen algo de pastores sin rebaño, de pensadores sin mucho seso. No amenazan ni buscan defensa, llevan su bastón con total naturalidad. Si salieran de ese pequeño oasis, si caminaran doscientos metros, serían tenidos por locos y la gente se cambiaría de acera al verlos. Pero al lado del cerro parecen listos a soltar un pequeño sermón: “con la vara que midáis seréis medido”.

Corcovean los carros y las motos, todo transcurre muy despacio en la pista, quienes corren o patinan o caminan pasan de largo por ese lugar espeso, cubierto cada tanto con la plaga de pelusas que dejan los grandes balsos que dan sombra a lado y lado. A las seis de la tarde el lugar está vacío. No es un sitio apto para la oscuridad, nadie se atreve a averiguar las lecciones que podría dejar el cambio de humor de su noche.