miércoles, 4 de marzo de 2026

La toma del pacto

 

En la tarima de Minsalud montaron el cierre de campaña del Pacto Histórico

 

El presidente Petro y el pleno del Pacto Histórico han insistido en la necesidad de “tomarse” el Congreso, lograr mayorías holgadas para hacer las reformas urgentes que el “establecimiento” no ha permitido. Petro incluso ha insinuado una y mil veces que su elección es mandato suficiente para dar órdenes al Congreso. Alguien debió decirle, y se lo creyó, que la silla de la Casa de Nariño sumaba diez curules. La frustración presidencial por las derrotas en el legislativo llevó al discurso del “golpe blando” y la “constituyente”. El presidente, quien creyera, parece añorar la curul que ocupó en el  senado por más de una década. Su fetichismo legal, muy santanderista, lo hace creer en la sanción presidencial como principal logro del ejecutivo. También los triunfos políticos en el Congreso lo embelesan, el pulso por la reforma a la salud lo demostró, ganar en plenaria sin importar qué pasa en los hospitales. Además de su afición por los simbolismos, una ley “progresista” así sea para enmarcar.

De otro lado la oposición ha dicho que el Congreso fue una barrera efectiva para las reformas dudosas, los arrebatos autocráticos y el equilibrio en Cortes y órganos de control. Las encuestas sobre favorabilidad del legislativo lo siguen ubicando muy abajo entre las instituciones colombianas, pero ha llegado al 29% en este cuatrenio. Cifra que no se veía desde finales del primer gobierno de Santos. Cuando aprobó la reelección, en tiempos de Uribe, llegó a tener el 54% de favorabilidad.

La votación para las elecciones de Congreso ha crecido en las dos últimas elecciones lo que puede indicar mayor conciencia de su importancia o una mayor eficiencia del clientelismo, o ambas. Pero no parece fácil seguir creciendo. Se pasó de un promedio de 42% en 2002 al 48% en el 2022.

El gobierno tiene su mayor fortín en Bogotá, ahí está su gran reto teniendo en cuenta que su candidato a la alcaldía fue tercero en las elecciones y que sostener una votación del 30% del total a Congreso, sin Petro en consultas, asusta a cualquiera. La consulta del Pacto sacó casi 1’200.000 votos hace cuatro años y ahora no estarán Petro y Francia en la foto que jaló mucho en 2022. La vicepresidente sacó 230.000 votos en la capital en la consulta del Pacto.

En la Costa Atlántica donde Petro barrió en primera y segunda vuelta las cosas son más difíciles en Congreso. La clientela tiene todo el peso. Es en la única zona del país donde vota más gente en las legislativas que en las presidenciales. Las microempresas electorales aceitan para lo propio. En todos los departamentos de la Costa Atlántica los partidos tradicionales fueran ganadores. En el Atlántico, por ejemplo, Petro sacó 54% en primera vuelta y el Pacto 11% en las elecciones para Senado.

En Antioquia la pregunta es qué dejó la herencia negra de Quintero. En el gran fortín Uribista Petro tuvo resultados sorprendentes hace 4 años. El 25% de los votantes de consulta marcaron el tarjetón del Pacto Histórico. Francia Márquez sacó más votos que Fajardo en Medellín y su consulta sacó 160.000 votos más que la consulta Centro Esperanza. Las listas del Pacto lograron el 8% de los votos al Congreso y doblaron a La U y Cambio Radical.

En el Valle las listas del progresismo ganaron de largo con el 23%. Ese podría ser el techo teniendo en cuenta la clientela fija de La U y la dispersión en las demás opciones. Tampoco se ve muchas posibilidades de sumar más.

Veremos si el discurso del presidente para tener un Congreso con mayorías, sumado a su repunte de popularidad, puede significar nuevas curules. Un aumento en la participación en la zona rural podría ser la carta del Pacto. También podrá mostrar que supo incorporar clientelas con la ayuda de Benedetti y fichas de los partidos tradicionales que han acompañado al gobierno. La nómina tiene que servir. Veremos si al presidente se le cumple el sueño de dirigir al Congreso desde la silla de expresidente, a la usanza de Uribe recién salido en 2010.

 

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Elecciones inconsultas

 

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Las consultas del próximo 8 de marzo muestran un panorama deprimente. En el tarjetón de los tres grupos no está ninguno de los candidatos que puntean en las encuestas, ninguno de los partidos tradicionales y el presidente, jefe de combate en estas elecciones, ha instruido a sus seguidores para que no pidan ese papel con 16 caras. Las consultas son entonces improbables tablas de salvación antes del ahogo definitivo, apuestas desesperadas, papeles secundarios.

En las últimas dos presidenciales el ganador estuvo en el tarjetón de las consultas: en 2018 Duque sumó más de cuatro millones de votos ganándole a Martha Lucía Ramírez, y en 2022 Petro logró cuatro millones y medio de votos y consolidó la fuerza de su candidatura con la sorpresa de los casi ochocientos mil votos de Francia Márquez. Además, hace cuatro años las consultas marcaron la inviabilidad de la candidatura de Fajardo luego del hundimiento del Centro Esperanza, lograron que Fico sepultara a Óscar Iván bajo sus dos millones de votos que sumaban cuatro si se recogían los de sus compañeros de consulta.

La vuelta cero, además de impulsar las listas de Congreso, casi dejaron listo el tarjetón de la segunda vuelta. Rodolfo, el renegado del momento, rompió la regla para no untarse de los políticos y jugar con los insultos a diestra y siniestra. Mientras todos competían, él despotricaba. Filtro, consolidación, roles individuales en las coaliciones partidistas y unidad entre alternativas heterogéneas fueron los fines que desaparecieron en las consultas de este año.

Abelardo decidió seguir la ruta de RH, en parte por rechazo de quienes habían hecho la fila en el CD y en parte por una voluntad alentada por encuestas. Al contrario de Rodolfo ha dejado los insultos y amenazas solo para la izquierda y le guiña a lo que se mueva con su aire zalamero. Cepeda quedó por fuera por una decisión que en el fondo pareció alegrarlo, desde la consulta de octubre sabía que muy seguramente tendría que saltar hasta mayo. Su votación lo dejó tranquilo para esas cantadas “vacaciones”. Fajardo ha preferido siempre la resta a la suma y unos números llamativos hace meses lo convencieron de acudir directo a su cuarta primera vuelta. De modo que tenemos a Claudia López y su amigo imaginario, a Roy probando su maquinita frente a tres extras y frente a Quintero que se lanzó para enmarcar el tarjetón. Roy no puede conspirar en el vacío. Y tenemos a Paloma para la dura labor de demostrar que el Centro Democrático puede volver a tener candidato viable y no es la punta de lanza de Abelardo. Los demás corren por deporte, exhiben la garra de los partidos amistosos.

No parece que las consultas puedan tener la fuerza suficiente para mover las piezas que han ido fijando las pocas encuestas y mucho menos arrastrar listas para Congreso donde no tienen representación. Hace ocho años las consultas sumaron nueve millones y medio de votos, el 53% de la participación de las elecciones de congreso. Hace cuatro fueron más de doce millones, el 68% de quienes fueron a votar ese día pidieron tarjetón de consulta. Paradójicamente el año de la gran dispersión de candidatos las consultas perdieron su función primordial. El ejercicio temprano del Pacto, la espera estratégica de los partidos y la aparición de Abelardo enfriaron la campaña y nos pusieron en lo que parece una muy temprana segunda vuelta cantada ¿Pasamos del calentamiento a la definición a penales?

Estamos condenados a la pasma estratégica de Cepeda, candidato en pausa, la estridencia de Abelardo, candidato en cámara rápida, la inundación retórica de Petro, presidente de pancarta y megáfono, los intentos de un Uribe afónico que busca volver a tener voz de mando y rienda templada a un posible finalista. Al menos estamos a cuatro meses del Mundial.

 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Pesadilla americana

 

 

 

De no acabar la carrera a magnate: así gestó su fortuna Jeffrey Epstein

La trama Epstein nos ha enseñado que el secreto es tal vez el más codiciado de los lujos. Hablamos de la corrupción política pero siempre estamos al tanto de sus resbalones y caídas. Su trabajo los obliga a exponerse, a mentir mirando a la cámara. El escarnio es parte de su trabajo. La farándula, bien sea de Hollywood o de la casa de los famosos, vive en buena parte de sus desgracias, es necesario llorar un poco para facturar. Los deportistas ganan casi lo mismo fuera de las canchas que en el área, de modo que sus arrebatos de discoteca, también son comentados en los periódicos del lunes.

Pero para algunos multimillonarios está reservado el privilegio de representar la figura inescrutable y misteriosa, un velo social para mantener una simulación personal. Epstein es un caso extraño, logró desde sus comienzos, siendo un trabajador llegado desde la periferia de Nueva York, ese poder que cubrió sus primeros timos. Un hombre que mintió sobre su título académico al entrar a Wall Street y robó millones a su segundo empleador, fundador de The Limited, una gran empresa de ropa, y siguió avanzando. La ganzúa del embrujo personal abrió una puerta de seguridad. Tampoco J.P. Morgan rompió sus relaciones corporativas con Epstein luego de su condena en 2008 por pagar a una menor por “servicios sexuales”.

Era el momento de usar los millones que había ido recaudando como una tarjeta de validación. Alguien con la mansión más grande de Manhattan, una isla, un jet privado y grandes negocios con J.P. Morgan tenía que ser brillante. El misterio de su fortuna se omitió, era imposible ver las huellas de ese camino al éxito pero el resultado era suficiente. Trump tuvo un camino similar aunque más desfachatado, la estafa fue casi su orgullo.

La red de contactos alrededor de su figura fue una protección suficiente cuando dejó de ser invisible. La diversidad es lo más llamativo: políticos republicanos y demócratas, académicos silenciosos y banqueros de todos los ceros, actores y filántropos, activistas de derecha e izquierda, príncipes y abogados corporativos, artistas y automovilistas. Epstein era un genio del trato personal, se preocupaba por los gustos culinarios de sus invitados, hacía de psicólogo de millonarios tristes y consejero sentimental de académicos despechados. Ayudaba a suplir carencias de entretenimiento y atención. Y tenía el gran poder de conectar poderosos que se miraban con recelo o distancia, era un facilitador. Las mujeres eran otra de sus enseñas, la palabra harem aparece en algunos de los documentos de su caso. Las menores era la carta intuida de su mesa de póker.

Una podcast para The New York Times entre los periodistas Ezra Klein y Anand Giridharadas, entrega un gran retrato de la red que hizo posible las sombras que cubrieron el primer momento de Epstein como “corredor de la élite”, y la inmunidad luego de su primera condena. Una vez terminó la invisibilidad se cerró el cerco de la solidaridad. En algunos casos por compartir los delitos en su primer círculo, en otros por sostener una amistad rentable, unos más por la inercia de adular a un hombre exitoso y algunos por la cobardía de retar al poder: “el poder actúa como un hecho en sí mismo y cambia lo que otros hechos significan para otras personas”, dice Giridharadas. Su red creó un círculo vicioso, “si tantas y tan diversas personas siguen rodeándolo cómo es posible que esté mal”. Si el presidente de Harvard y la principal abogada del gobierno Obama siguen a su lado es porque es correcto. No se juzgaba su carácter criminal sino su poder de influencia. Epstein era el malo de un curso sin ningún reparo ético, el chico popular que manejaba los teléfonos, el director del recreo con acceso a los profesores y el rector. Y nunca se graduó.