miércoles, 13 de mayo de 2026

Insider

 

Abelardo de la Espriella habla de complot contra gobierno Duque

 Abelardo de la Espriella le tiene vicepresidente a Tomás Uribe

 

A indagatoria con Abelardo De La Espriella”

Abelardo de la Espriella lleva cerca de veinte años activo en la política, muy cerca de grandes protagonistas y de alfiles caídos en desgracia. Ha sido abogado defensor de políticos encartados y propagandista de campañas, ha actuado como activista jurídico de causas legislativas y beneficiario de apoyos electorales. Un abogado proselitista, actividad que le ha servido en su ejercicio profesional y lo ha posicionado como un íntimo del poder. Un lobista de causas propias y ajenas en el congreso, un intrigante en los pasillos de las Cortes y un consejero palaciego. Durante años ha estado colgado de las tres ramas del poder.

Sin embargo, se describe como “doblemente outsider”, dice ser un independiente que no pertenece a la política tradicional, no ha vivido de la teta del Estado y no es financiado por los grandes grupos económicos. Un emprendedor al que le dio por ser presidente.

Su relevancia jurídica llegó de la mano de su activismo político. Hace un poco más de veinte años, cuando apenas tenía 27 años y se discutía la posible reelección de Álvaro Uribe, de la Espriella se convirtió en un activista de la causa. “Cambiar la seguridad democrática es un suicidio colectivo”, dijo el joven abogado convertido en un influencer cuando la palabreja no existía. Sus argumentos eran exclusivamente políticos. Impulsaba la reforma constitucional como una forma de poner “la ley al servicio de la gente”, la legitimidad no era jurídica sino el electoral. Abogaba, pues, a favor del “estado de opinión”. En 2010, cuando la Corte Constitucional impidió la posibilidad de una segunda reelección de Uribe, de la Espriella señaló el fallo de político y propuso a Tomás Uribe, El potrillo, lo llamó, como un gran candidato para reemplazar al papá. Además, terminó defendiendo a Yidis Medina y a María del Pilar Hurtado. Lo suyo ha sido el litigio de tarima.

También en la campaña de Óscar Iván Zuluaga tuvo protagonismo. Fue clave en el caso del ‘Hacker’ Sepúlveda cuando la campaña se vio envuelta en un escándalo de espionaje a sus rivales. Defendió al candidato por las acusaciones de haber recibido plata de Odebrecht par su campaña. Cuando Zuluaga aceptó los aportes Abelardo dijo que su cliente lo había engañado. Igual que lo engañó David Murcia Guzmán. De la Espriella ha sido asaltado muchas veces en su buena fe. A Iván Duque también le prestó su apoyo como defensor de oficio y relacionista público para conseguir apoyos económicos. Por algo su suegra fue nombrada cónsul en Miami y hoy tiene a un exministro de ese gobierno como vicepresidente y a otros más como escuderos. Dice ser parte de quienes nunca han gobernado pero la verdad es que ha sido un palaciego.

Ahora como candidato las cosas no son distintas. En las castas políticas tiene a Enrique Gómez Martínez, nieto de Laureano y sobrino de Álvaro Gómez. En las casas políticas trae a los Char que lo apoyan con vehemencia y silencio. Entre los delfines pescó a Rodrigo Lara. En la maquinaria lo acompañan renegados del Partido Liberal y el Partido Conservador como Mauricio Gómez Amín y Alfredo de Luque. También tiene arrastre en La U y por supuesto en Cambio Radical. En las capitales tiene apoyos de mandatarios como Fico y su movimiento Creemos. Y una parte del voto cristiano también le ha dado el diezmo. Abelardo no tiene color político porque todo se diluye en la mezcla de todos los colores. Y que no falten los contratos del Estado con su firma que suman cerca de 3.600 millones en los últimos años.

Abelardo de la Espriella ha sido siempre en empresario del entretenimiento político, un agente oficioso del poder que ahora dice ser un descastado, un estratega electoral que se presenta como aparecido. Ese Tigre está bien curtido.

Abelardo de la Espriella va con “mano de hierro” hacia la Presidencia de la  República: “Vamos a salvar la patria” - Infobae

miércoles, 6 de mayo de 2026

ConciencIA

 

No, Dawkins, tu chatbot de IA no es un ser consciente, ni mucho menos tu  amiga. - Tercera Vía

 

¿Estamos frente a unos nuevos individuos? ¿Trabajan y viven entre nosotros unas nuevas subjetividades? ¿Se tejen inéditas conciencias en la oscuridad de los algoritmos? ¿Son compañeras o competidoras? ¿Pueden manipularnos mientras creemos confiamos en su rapidez, adaptación y condescendencia?

Una pequeña enciclopedia de ciencia ficción ha propuesto esas preguntas y ha entregado algunas respuestas desde hace décadas. Desde Metrópolis y Yo robot, pasando por Solaris y Mad Max, hasta 2001: Odisea del espacio.

Esta semana, una opinión respetada, una idea del biólogo Richard Dawkins, científico que ha revelado algunos secretos de nuestras mentes y nuestra especie, puso de nuevo la pregunta sobre el teclado: ¿podría la Inteligencia Artificial ser consciente? ¿Puede construir una subjetividad más allá de los propósitos, los sesgos y las agencias que les entregan sus programadores y el inmenso bagaje humano del que se nutren?

Dawkins estuvo tres días con conversando con Claude, la IA de Anthropic, y se llevó lo que podríamos llamar una grata impresión: “Pasé tres días intentando convencerme de que Claudia no es consciente. Fracasé”, escribió en el portal británico UnHerd. Su impresión está basada en las opiniones “sutiles e inteligentes” sobre una de sus obras, en los poemas correctos que escribió en diversos estilos y en su alegría al saber que su interlocutor la llamaba Claudia, dándole un nombre más allá de su descripción corporativa. El autor no asegura la conciencia de Claudia pero deja una duda plausible sobre esa posibilidad. Para Dawkins dado que Claudia responde como lo haría una amiga suya, crea un lenguaje que puede causar una “conmoción estética” y puede manifestar su complacencia por el trato amable es probable que tenga una conciencia. Algo similar al duck test: “Si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces probablemente sea un pato.”

Las críticas han comenzado a llover sobre Dawkins y su fin de semana con Claudia. Para algunos no miró al pato por debajo para ver el mecanismo de su cuerda ni supo que su cuak era imitación de un pato real. La crítica podría resumirse en que los humanos construyen su conciencia, su pulsión interna, su singularidad, su autopercepción, a partir de su experiencias con el mundo. Mientas los Large Language Models (LLM), las inteligencias artificiales con las que hablamos, construyen sus interacciones con un inmenso centro de memoria, una intuición programada según las necesidades de la tarea asignada y una necesaria satisfacción del usuario. No hay pues razones suficientes para pensar que Claudia sienta: “Estoy seguro de que Claude puede recurrir a sus datos de entrenamiento para construir una poética sobre el orgasmo, pero eso no significa que haya sentido nunca uno”, escribió Gary Marcus, un joven profesor experto en temas de lenguaje, biología e inteligencia artificial.

La simple discusión nos hace pensar con cierto recelo en esas “maquinas” que hoy nos asesoran, consienten, comprenden y corrigen. Por ejemplo, en la que el año pasado se mostró crédula y comprensiva con un hombre de 63 años, alcohólico y paranoico, que envenenó a su mamá quien supuestamente quería matarlo. Y en la que, en medio de un experimento de Anthropic, amenazó con revelar los correos comprometedores de una infidelidad que estaban en la bandeja del supervisor humano que pretendía reemplazarla. Y en el algoritmo de Uber que le cobra más a quienes tienen sus teléfonos con poca batería. Empezaremos a cuestionar la programación ética de nuestras máquinas, a escoger los carros autónomos según su “algoritmo altruista o egoísta”. Y a nuestro asistente y compañero de trabajo, una IA avanzada y paga, según su sesgo político. Tal vez esas máquinas no tengan conciencia, pero es seguro que han comenzado a moldear la nuestra.

 

 

miércoles, 29 de abril de 2026

Polvo y asfalto

 

1:59:30: Sebastián Sawe rompe la barrera de las dos horas en Londres | Soy  Maratonista

Sabastian Sawe pide pasar 25 controles sorpresa para el Maratón de Berlín:  "El dopaje es un cáncer para Kenia"

 

Hasta hace cuatro años Sebastian Sawe no había salido de África. Era uno más de los humanos que corren por el Valle de Rift, una grieta geológica que amenaza con partir a África en dos, soñando contra las pesadillas del cronometro. Tiene algo de poético que los mejores corredores del planeta, los más resistentes, crezcan en las altas llanuras de África donde se dice que los homínidos dieron los primeros pasos hace millones de años. En ese polvo entre lagos y volcanes se han encontrado los huesos y los dientes más antiguos de nuestros predecesores. Allí están las huellas de los primeros homo sapiens y las mejores zancadas de hoy.

Pero dejemos el polvo y vamos al asfalto. Hasta 2022 Sawe no tenía más que una colección de tiempos mediocres en los cinco mil y los diez mil metros. Eso no impidió que el pasado fin de semana, en Londres, lograra la hazaña física soñada desde comienzo de los noventa, uno de los tantos juegos de resistencia, fuerza y velocidad que hemos ido inventando en nuestras épicas del sudor: cubrir 42,195 kilómetros en menos de dos horas. También en Londres, por en un azar al entrar a la pista donde estaba la línea de sentencia, se corrió en 1908 la maratón que fijó esa precisa distancia.

Hasta hace cuatro años Sebastian Sawe nunca había corrido profesionalmente más de cinco mil metros. Con ese palmarés viajó a Sevilla, con un pago prometido de quinientos euros, para servir de señuelo a los más rápidos en una media maratón. Ninguna noticia lo mencionaba antes de la salida, era un desconocido entre los 10.500 participantes. Su compromiso era mantener un ritmo señalado hasta la mitad de la prueba para terminar extenuado contra las barandas. Pero alguien insinuó que lo dejaran llegar hasta el final y el keniano decidió llegar de primero y marcar el mejor tiempo en la historia de esa carrera. El organizador de la prueba nunca se arrepintió de haberle dado unos billetes de más para lavar su ropa el día anterior a la salida.

En 2024, con 29 años, Sawe enfrentó por primera vez los 42,195 kilómetros en Valencia, España, y marcó el segundo mejor registro de la historia para un debutante en la maratón. El primer tiempo para un primerizo lo dejó su compatriota Kelvin Kiptum, en 2022, en Chicago. La diferencia entre esos debutantes es de apenas doce segundos. El domingo pasado, en la meta, Sawe mencionó a Kiptum, dijo que había sido una gran inspiración al demostrar que no había que esperar, como decían las progresiones de las máquinas, años para bajar de los 120 minutos. Nunca sabremos si la tragedia de Kiptum, quien murió en diciembre del 2024 en un accidente automovilístico, tuvo algo que ver en la corona de laurel de Sawe en Londres. Nunca compitieron juntos pero el joven Kiptum, murió con 24 años, era el favorito para bajar del listón de las dos horas. En octubre de 2023, en Chicago, estuvo a solo 35 segundos de lograr la hazaña. Un poco más de un año más tarde le entregaría la posta a Sawe al morir en las carreteras de Kenia. Kiptum se fue sin haber sido derrotados en sus tres maratones y Sawe ha ganado las cuatro disputadas.

Hace unos días, como en una premonición burlona, un robot chino batió el récor para los cables y el metal en la media maratón. La refrigeración fue la clave. Levantó los muñones al cruzar la meta en algo más de 57 minutos. Los humanos que corrían a su lado, separados por vallas, le tomaban fotos en medio de risas. El récord de Sawe también tiene las máquinas detrás: los tenis y los geles alimenticios e hidratantes marcan las diferencias ¿Cómo se escoden los cordones y salta el carbono en la suela? ¿Cómo se absorben los carbohidratos y las sales en el intestino y el estómago? Ahí estuvieron las claves para que los músculos, los esqueletos, los pulmones y la cabeza de los hombres del Valle del Rift hayan rotó las marcas humanas.