miércoles, 15 de abril de 2026

Nostalgia guerrillera

 

Petro y la bandera del M-19 | EL ESPECTADOR


El presidente Petro ha entrado en una fase de exaltación marcada por el ocaso de su presidencia, el alza en su favorabilidad y la adrenalina de campaña que es una de sus grandes debilidades. Los desafíos e insultos a funcionarios que se oponen a sus designios, la descalificación cada vez más agresiva a sus subalternos, las amenazas a la autonomía de alcaldes y gobernadores y el paso de los simbolismos para llamar al poder popular a las órdenes cada vez más marciales a sus seguidores demuestran un cierto desequilibrio emocional y un riesgo democrático.

Toda esa cólera renovada tiene el marco de una nostalgia guerrillera que ha comenzado a ser cada vez más patente. Siempre percibí a Petro como un político orgulloso de su regreso a la democracia, del acuerdo firmado por el M-19 que marcó un impulso más a la Constitución del 91. Pero la nostalgia del monte, del impulso revolucionario armado, de la lealtad de los combatientes ha comenzado a ser cada vez más visible. Su discurso ha pasado del pacto democrático al pacto de sangre.

En marzo del año pasado habló de su marca indeleble: “Los que fuimos del M-19 no aprendimos a hablar carreta. Fuimos oficiales de Bolívar y ese es un juramento que se lleva hasta el final, como una marca…”, le hablaba desde la Plaza de Bolívar al Congreso que había negado la reforma laboral. Cuando creíamos que la izquierda democrática y el Pacto Histórico tenían presidente, Petro salió con una novedad: “…al final dejamos las armas porque se nos dio la gana, nunca nos derrotaron y de ahí surgió un proceso civil de cambio del país, que dejó la nueva Constitución de Colombia, derogamos una de un siglo y ahora el M-19 tiene presidente”. También ha dicho que su vida en la guerrilla fue “mágica e histórica” y que allí lo protegían “los afectos y los amores”. En enero de este año en un evento sobre sustitución de cultivos dejó ver a su jaguar interior: “Yo sé cómo irme por las montañas... he ganado un tiempo para Colombia, no para mí”. Y luego de la operación que sacó a Maduro de Venezuela vino el delirante llamado a su pueblo: “Confío en el soldado que sabe que es hijo de Bolívar y su bandera tricolor. Así que sepa que se enfrenta a un comandante del pueblo. Colombia libre por siempre. Oficiales de Bolívar: rompan filas y a paso de vencedores”. Ahí ya no era claro si estábamos frente a la película del Almirante Padilla.

Todo comenzó con su arrebato con la bandera de la guerra a muerte. Para el presidente era una simple disyuntiva entre libertad y muerte. Ese día, enguantado, dijo: “El pueblo está listo para el sacrificio por su libertad frente a las instituciones”. El presidente llamando a sus seguidores al sacrificio frente a decisiones institucionales que considera ilegítimas. El lunes de esta semana fue un poco más allá en uno de sus mensajes en X. Su arrebato húngaro tuvo un momento revelador y preocupante. En medio de sus distinciones entre revolucionarios y rebeldes, después de decir que Colombia ha iniciado una revolución, el presidente escribió: “La espada libertaria es nuestra unidad y somos mayoría y ejército del pueblo.”

Ese “ejército del pueblo” trae dolorosos recuerdos. Pero además de esa referencia, tal vez involuntaria, a las Farc, decir que sus mayorías, que están por verse, son un ejército es una amenaza. Es obligatorio pensar en los “colectivos chavistas” y en Maduro y su muy pregonada “fusión perfecta” entre la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, la policía y el pueblo organizado. Luego de perder las elecciones Maduro habló de la “Máxima unión y movilización popular, militar, policial perfecta”.

Preocupante que al final de su más importante ejercicio democrático, el presidente de Colombia haga tantos alardes de su vida armada, tan reiterados reclamos marciales y tan repetidos cantos a un ejército de copartidarios. Petro se ha vuelto un pacifista muy guerrero.

miércoles, 8 de abril de 2026

El lado oscuro de la tierra

 

LOS PARAÍSOS POSIBLES. NOTICIAS DEL OTRO DEL MUNDO

 

Viaje alrededor de la luna – Tecni-ciencia libros

Tiene mucho de sueño esa imagen de la tierra que nos llega desde la escotilla de la nave Orión recién empujada hacia la luna. El silencio, la oscuridad, el movimiento convertido en una extraña quietud. “En el sueño somos el ser de un Cosmos”, escribe Gaston Bachelard, quien interpreta la ingravidez como una necesidad onírica y poética, un vuelo siempre dulce y difuso. La furia del incendio del despegue nos lleva a una noche nueva, embriagante.

Estando un poco más cerca de las estrellas, puntos que los hombres han unido creando seres que les ayuden a la memoria y la superstición, aparece otro milagro señalado por el mismo Bachelard: la nebulosa que forman las estrellas, la leche derramada de la vía láctea, “este requesón aéreo que forma una vida imaginaria. La leche de la luna cae y baña la tierra…”

Pero los tripulantes de Orión están en la oficina, deben dejar la filosofía para el regreso. Dijeron estar deslumbrados por la hermosa vista de la tierra, pero unos minutos después tuvieron que aterrizar en sus pantallas para cotejar datos y transmitir valores hasta la tierra que parece ajena a sus estragos.

Viendo las imágenes de los astronautas, algunas veces concentrados, otras risueños ante las cámaras, otras cavilosos por las ventanillas, pensé en algunos viajes que nos ha dejado la literatura. Los cuatro tripulantes de la Misión Artemis II tienen algo de los tres viajeros de la enorme bala cilíndrica impulsada por un cañón de 900 pies de largo que viaja en Alrededor de la luna de Julio Verne.  Un francés y dos americanos que por una pequeña desviación en el camino no llegaron hasta el centro del satélite y debieron contentarse con mirar por la ventanilla. Viven la misma ingravidez a la que llaman “física recreativa”: “en el mismo instante varios objetos, armas, botellas, abandonados a sí mismos, se sostuvieron como por milagro…” También hablan de afán del “contemplar el globo donde hormiguean nuestros semejantes” y quieren mandar cables hasta la tierra. La diferencia es que almuerzan con conservas y buen vino francés, discuten sobre la existencia de los selenitas y van acompañados por dos perros –Diana y Satélite– que orbitan alrededor de su nave. Y una no menor, no tienen idea de cómo regresarán a la tierra. Posiblemente el impulso de un volcán lunar, piensan. El libro de Verne es un intento de divulgación científica envuelto en el papel aluminio de una nave de ficción.

El Viaje a la luna de Cyrano de Bergerac, publicado en 1657, tiene intenciones muy distintas aunque el mismo combustible para el despegue. Ahora es un solo hombre quién acude a la pólvora partiendo desde Canadá. Al apagarse los cohetes, el impulso final lo entrega el cuarto menguante de la luna que chupa la médula de los animales. El viajero había cubierto du cuerpo de tuétano luego de la caída en un despegue fallido. Al llegar a ese paraíso perdido comienza la descripción de un mundo contrario a la tierra. Sus habitantes lo hacen pregonar que la tierra es luna y la luna es tierra. En las cantinas se paga con poemas, los hombres llevan penes de cobre colgados al cinto en vez de espadas. No pueden creer que en la tierra los “instrumentos de generación pasan por ignominiosos y los de destrucción por honorables”. La vida en la luna es una caricatura para avergonzar a los hombres. Al discutir, los selenitas suenan como una sinfonía, la voces son violines, violas, contrabajos. Y hasta los más jóvenes son sabios, llevan consigo instrumentos como relojes que entregan los libros en la voz de sus autores: “decidí poner los libros como pendientes de las orejas y salir a caminar”, dice el terrícola.

Esperemos que el actual reality cósmico nos entregue las ensoñaciones y divertimentos del lado oscuro de la luna. Ya que no tenemos a nadie en el satélite para mostrar nuestro lado oscuro.

 

 

miércoles, 1 de abril de 2026

Capitán cavernícola

 

Capitán Cavernícola | Doblaje Wiki | Fandom 

Le llueven críticas a concejal de Medellín que salió con un bate en la mano  a “declararles la guerra” a manifestantes


Andrés Felipe Rodríguez, alias El Gury, concejal de Medellín, es el espécimen perfecto para definir la política como una rama de la vileza y la intimidación. No podemos exigirles grandes ideas a los políticos, ni ser ingenuos respecto a sus intenciones, ni mucho menos pretender su bondad y su prudencia. Tampoco esperamos de su parte templanza y razón. Pero al menos tendrían que disimular un poco su agresividad, no exhibir sus cóleras como si fueran grandes doctrinas, no mostrar sus amenazas como argumentos. Dejar la escueta brutalidad para sus horas de ocio y sus diligencias privadas.

Pero El Gury quiere hacernos saber que la política es en realidad matoneo y alardes de violencia. Viéndolo en sus “debates” y declaraciones no puedo dejar de pensar en los boxeadores que se carean de forma teatral en el pesaje antes de los combates. Para el concejal Rodríguez no es suficiente la violencia verbal, los insultos son oratoria innecesaria, de modo que él prefiere la acción. Eligió entonces un bate, adornado con la palabra Diálogo, como enseña de su inteligente cinismo. Y se ha erigido como el defensor de la ciudad de Medellín, frente a lo que él considera peligros y lacras, luego de sacar 6.000 votos para el Concejo. El Gury es en verdad un usurpador del antiguo ESMAD, la Unidad de Diálogo y Mantenimiento del Orden (UNDMO). Un privatizador de las fuerzas de choque, un copartidario del pistolero caleño Andrés Escobar. Rodríguez es un caso de estudio del político que quiere saltarse los pasos democráticos para llegar directamente a la agresión. No quiere la política y la democracia como un mecanismo de contención ciudadana, una canalización del estado de naturaleza, sino como una herramienta para usar el instinto y la enajenación.

Pero no solo de bate vive el hombre de neardental. Rodríguez ha demostrado ser un edil con todos los fierros. Dos incidentes con sus guardaespaldas dejan bastantes dudas. El concejal es bravero pero siempre lleva un hombre armado a la espalda. En diciembre del año pasado su conductor mató de un disparo en la cabeza a un presunto ladrón en una licorera en El Poblado. Las versiones a la policía en la noche y a la prensa en la mañana dejaron muchas preguntas como lo demostró una investigación de El Armadillo. Unos meses antes una investigación de Vorágine dejó en evidencia la contratación de un extraño “gestor comunitario” como parte del equipo del concejal: un exmilitar que andaba de chaleco antibalas, en actitud alerta a su espalda y con permiso vigente para porte de armas. El “gestor” había trabajado meses atrás con una mujer conocida como La Madrina, capturada por secuestro extorsivo en mayo del 2025.

Pero ahí no quedan las señales particulares de alias El Gury, alborotador amateur y fanfarrón profesional. Revisando la página de consulta de procesos de de la Rama Judicial hay tres largas páginas con su nombre. En al menos 27 procesos aparece como demandado o denunciado. Tiene causas por restitución de un vehículo por falta de pago a Bancolombia, múltiples pleitos laborales por no reconocimiento de derechos a trabajadores, tutelas variadas por casos similares y tres procesos penales precluidos o cerrados por decisión de la fiscalía. Procesos por tráfico de estupefacientes y otras infracciones de 2009 y 2010, y un proceso por violencia contra servidor público (no se habla del bate) en el año 2016.

El Gury usa su silueta con una máscara de Batman y el bate en la mano en sus stickers de respuesta a periodistas. Un chiste para mostrar su lado caricaturesco. Tal vez haya algo detrás de esas posturas de luchador libre, de esa política de máscara contra cabellera. Quien tanto levanta un bate termina ponchado tarde que temprano.