miércoles, 15 de septiembre de 2021

Cadáver exquisito

 






Abimael Guzmán Reinoso dejó testimonio en su celda de un último acto para poner en vilo al gobierno del Perú. Su cuerpo en la Base Naval del Callao es a la vez trofeo y ultraje para las fuerzas políticas más importantes del país. Parece que el ‘Presidente Gonzalo’ y la pulmonía que se lo llevó tenían muy buen sentido de la oportunidad. Falló por un día para morir en el aniversario 29 de su captura y revolvió a un gobierno recién llegado y a una oposición encabezada por el apellido de su principal verdugo. Y eligió un 11 de septiembre. Abimael siempre tuvo formas extremas, emparentadas con la muerte, para dejar sus mensajes y alentar sus delirios.

En la navidad de 1980, Sendero Luminoso comenzó a colgar perros muertos de los cables de la luz en el centro de Lima. Algunos estaban acompañados con carteles con el nombre de Deng Xiaoping a quien repudiaban por desconocer el legado de Mao. Otros venían con amenazas de bombas. Una demencia más para aterrorizar a la población. Los temores de hoy son mucho más sutiles y están inspirados por el fantasma de Guzmán Reinoso y los recuerdos que de las actuaciones, las biografías y las declaraciones de algunos de los funcionarios del presidente Pedro Castillo.

Muchos de los funcionarios de Castillo fueron en su momento simpatizantes de Sendero Luminoso. Se habla de al menos cinco ministros con vinculación directa al grupo guerrillero. Los casos más sonados son los del ministro de trabajo, ïber Maraví Olarte, y el primer ministro, Guido Bellido. Según testimonios de uno de sus camaradas, rendidos en 1981, Maraví era el responsable de una célula en Huamanga, al norte de Ayacucho donde nació el Senderismo. Esos primeros actos dan cuenta de un taque con bombas molotov a una empresa de servicios públicos y tres atentados contra la policía. Maraví ha dicho que repudia todos los actos de terror cometidos en el país. Igual ha puesto a disposición de Castillo su cargo. También tiene un proceso de 2014 por instigación al terrorismo por protestas en medio de una huelga. La muerte de Abimael desentierra de nuevo su vida como guerrillero y sus declaraciones públicas como líder del magisterio.

Por su parte, el primer ministro Bellido tiene desde 2017 una causa penal por el mismo delito. En su momento celebró un aniversario de la muerte de Edith Lagos, militante senderista dada de baja en 1.981. Bellido escribió: “Nuestro mejor homenaje a ti Edith Lagos”. Desde entonces ha defendido su declaración: “Yo estoy en la libertad de poder expresar lo que pienso… ¿No debo reconocer en las personas algunas características? O sea, ¿Dejamos de ser peruanos?

El problema es que luego de la muerte de Abimael Guzmán el gobierno ha salido a condenar ese pasado violento, el terror de dos décadas que dejaron setenta mil muertos. El destino del cadáver del líder de Sendero es ahora un asunto de Estado, y el ministro de justicia, Aníbal Torres, sacó la declaración más contundente: “Hay que hacer presente a la población que haga movilizaciones en memoria de Abimael, es apología al delito y pueden ser procesados por esa razón”. Un delito con quince años de cárcel según el código penal peruano. Deben ser interesantes esos consejos de ministros. Mientras tanto, Keiko Fujimori habla de un gobierno infiltrado por una “ideología sangrienta”. Y por supuesto han salido las respuestas sobre los métodos del terror del gobierno de su padre.

Un cadáver muestra que el conflicto peruano de hace veinte años sigue siendo protagonista. Y Vladimiro Montesinos vela desde su celda en la misma Base Naval del Callao. Tiene diez años menos que Guzmán Reinoso l morir, todavía no es tiempo para su última aparición.


miércoles, 1 de septiembre de 2021

Sin elección

 

 

La política electoral implica siempre un lente hecho para la distorsión. Incluso, siendo un poco más drástico, podría decirse que tiene siempre detrás un vidrio que impone la deformidad. Un lente ahumado con los sesgos propios, quebrado por la desconfianza, con el aumento que entrega el odio y los intereses propios y la ceguera que generan los miedos reales o imaginarios. Eso nos pasa cada que se vienen las elecciones y jugamos desde afuera, bien sea como simples votantes, como comentaristas desde los medios, como entusiastas de alguna causa. No se trata simplemente de que la puesta en escena de la campaña nos maquille el producto y los discursos sean un embozo. Es también que estamos condenados a ver esa ficción con los defectos propios de las gafas hechas a nuestra medida. El vaho de las redes y los medios termina de empañar los lentes.

Nunca había estado cerca de un candidato a un cargo de elección popular. Nunca he hecho parte de campaña alguna ni he repartido un volante o pedido un voto. Mi recuerdo más partidista está por allá a comienzos de los ochenta, con apenas diez años, cuando acompañé a mi papá a buscar una papeleta para votar por el movimiento Firmes que agrupaba algunos intelectuales y tenía a Gerardo Molina como su líder. Encontrar la papeleta amarilla requirió esfuerzos de casi toda la familia. Ahora me veo enfrentado a tener a mi hermano mayor como candidato a la presidencia y a mirar la política electoral desde una lógica desconocida.

El lente se ha invertido y la deformidad puede ser aun peor. Lo primero es que toda esta visibilidad, todo el escrutinio y las mentiras sobre un mundo familiar que creíamos propio, entrega algo de desamparo a nuestras vidas. Es inevitable que esa avalancha de miradas sobre el entorno privado nos muestre una dimensión penosa, un reflejo triste al que es imposible responder sin incurrir en cierto patetismo. Siempre será importante darnos cuenta de la mirada ajena sobre nuestras certezas personales y familiares, pero en este caso ese retrato, alentado muchas veces por la caricatura y la falsedad, debilita significados de nuestro pasado y pone interrogantes sobre las posibilidades futuras. Por eso pensé el fin de semana en una frase que hemos oído desde hace años en las películas de detectives, una sentencia antes de la condena: “Todo lo que diga será usado en su contra y tiene derecho a guardar silencio”.

Muy pronto comenzarán los reclamos por las obligaciones que suponen los entusiastas y los opositores. Mucha gente creerá que tengo que responder a los ataques o los halagos, y que el silencio ante los primeros es cobardía o confesión de culpa, y frente a los segundos es sencilla grosería. Tocará lidiar con la suposición de que soy jefe de debate o líder en la recolección de firmas y el trámite de las recomendaciones.

He pensado que lo mejor que puedo hacer es asumir cierto desinterés frente a lo que viene. Pensar que mi cuota de trabajo y respuesta está cumplida por solo asumir una posición que no busqué. Indiferencia, desgano, distracción pueden ser unas opciones interesantes para los próximos nueve meses. Aunque debo confesar que no he podido ejercer esa actitud en estos primeros embates. Por eso estoy escribiendo estos pensamientos sueltos luego de unos días agitados.

Seguir con los días de siempre aunque la memoria automática diga que hay cosas vedadas y la certeza diga que desde afuera toda opinión o todo comportamiento será visto como una afrenta, una pose o una apuesta proselitista. Por mi trabajo, por lo que he hecho durante 25 años, es imposible que esté por fuera del juego, pero siempre es posible pasar cuando la mano no nos corresponde.

 

 


domingo, 29 de agosto de 2021

Parque de Vacunación

 



 


En Colombia los caminos de la ciencia son misteriosos, muestran rutas extrañas para los éxitos y los fracasos. Hace poco vivimos la incoherencia de una ministra, bióloga molecular, defendiendo las virtudes curativas del hongo Ganoderma Lucidum luego de saltarse algunos pasos del método científico. Durante años hemos visto como un lobista de laboratorio ha recibido recursos y reconocimiento por sus intentos fallidos. Ha vacunado gobiernos y privados a punta de entrevistas y expectativas frustradas. Siempre con la misma fórmula: ensayo, error y presupuesto.

Pero no todas las paradojas científicas han apuntado al fracaso. A finales del siglo XIX y hasta cerca de la mitad del siglo XX, la ciencia colombiana celebró, en relativo silencio, uno de sus mayores éxitos: la fabricación masiva de la vacuna para la viruela. Una vez más la ruta fue misteriosa y un veterinario se convirtió en el protagonista de un trabajo que salvó miles de vidas humanas.

En 1897 Bogotá comenzó a sufrir una epidemia de viruela que avanzaba al paso de las carretas que llevaban los cadáveres a los cementerios marcadas por una bandera amarilla de advertencia. Aquí es donde aparece Jorge Lleras Parra, un veterinario con aires de inventor, amigo de los oficios manuales y que podía fungir como plomero, latonero o aprendiz de talabartería según las necesidades. El mismo año del inicio de la peste la Junta Central de Higiene lo nombró director de Parque de Vacunación. Lleras Parra acudió a Claude Varicel, su maestro en la Universidad Nacional, y comenzó a trabajar en la idea de producir la vacuna. Dos pesebreras sirvieron con “laboratorio” para sembrar la vacuna en las terneras, “ojalá coloradas y de pelo suave que son las que mejores cultivos entregan”. El mismo veterinario describe los inicios de la tarea: “sin elementos de ninguna clase, inventando y construyendo instrumentos y aparatos y utilizando herramientas viejas y cuantos objetos nos podían prestar algún servicio, principió el Parque a funcionar y el día diez de diciembre de 1897 se hizo la primera remesa de vacuna al Ministerio de Gobierno”.

Lleras Parra trabajó durante 42 años en el Parque de Vacunación que se movió por diferentes sedes en la capital. Según sus propias palabras el cultivo y la fabricación de la vacuna eran un trabajo que no tenía complicaciones de ninguna clase. Primero cultivar las pústulas en las ubres de las terneras, luego tomar las costras y trabajar para esterilizarlas sin que perdieran su poder de inmunización. Y al final llevarlas a la glicerina para administrarlas. Durante sus años de trabajo Lleras Parra produjo dosis suficientes para vacunar a 37 millones de personas. Además de artesano era una especie de virtuoso cocinero, cuidando temperaturas, tiempos, rutinas, procesos: “En realidad, la técnica consiste en ponerle cariño al trabajo y en no descuidar una serie de detalles que, a primera vista parecen pueriles y tontos”.

En América Latina solo México logró producir la vacuna contra la viruela para no quedar a merced de los laboratorios extranjeros. En Colombia se demostró que el trabajo de un hombre, y de su familia que ayudaba en la producción, fue suficiente para lograr esa “soberanía inmunológica” que hoy tanto se extraña. Lo que comenzó en un establo terminó como una hazaña nacional que mereció la Cruz de Boyacá para su personaje principal. En 1979 se cerró el laboratorio Jorge Lleras Parra en Bogotá. La viruela era una historia de horrores pasados, había desaparecido del país y del planeta.

 

 

 

 

miércoles, 11 de agosto de 2021

Lavar es un placer

 




En el principio es el caos. En la poceta se levantan varias torres desiguales en tamaño, forma y color. Los platos pandos son la estructura más sólida, apilados entre ojos de grasa tienen algunos pisos dobles por el efecto de una cuchara o un tenedor entreverados que inclinan la torre a lado y lado. Los platos hondos están coronados por un agua entintada de repollo morado en el último piso, un poco de café en el sexto, un pegote de salsa de tomate en el quinto y así hasta completar la paleta de colores y sabores en el primer piso, al lado del desagüé donde las pepas variadas, las hilachas irreconocibles y las brasas de lechuga y pasta impiden la salida del agua. Los cubiertos están sumergidos en un balde con una sopa que recoge la culinaria de dos días largos mientras los vasos y las copas peligran sobre el mesón mostrando los cunchos para el remordimiento.

El conjunto es repulsivo y seductor. Las esponjillas dispuestas y el jabón mostrando su verde tóxico e implacable. Comienza la función poniendo orden al mugre, haciendo un inventario y abriendo espacio para disponer las virtudes de la limpieza. Al comienzo, el movimiento circular sobre los platos ayuda a mover los pensamientos reiterativos, esas ideas que vuelven y nunca se concretan, esos problemas sin solución. El jabón ablanda un poco los mecanismos del cerebro y parece que hay salidas, y hasta se alcanza a ver el espejismo de una genialidad. El trabajo rinde y ya hay una sección donde los pozos de grasa se llenan de burbujas iridiscentes. Los cubiertos entregan algún riesgo, sierras, puntas, filos, hacen obligatoria la concentración. Entonces es hora de dedicarle un tiempo al sonsonete en el radio, una canción vieja, una discusión atascada sobre fútbol o política. Y de fondo ese sentimiento delicioso de estar avanzando en la tarea, de perder el tiempo haciendo una labor invaluable, de haber emprendido un heroísmo doméstico.

Para los vasos y las copas es necesario cambiar de esponjilla y cuidar los gustos futuros de olores atrevidos. Ahora se trata de llegar hasta el fondo para sacar el limo del vino, el pegote de la cerveza, los colores del te en la jarra, la arena del café, los restos del vaso que bebió las aguas de un sartén. Surgen entonces los pensamientos turbios. Pero es necesaria la destreza para juagar rápido sin desperdiciar agua. De modo que no hay tiempo de rumiar miserias. Mientras se pone un elemento en la rejilla de secado se debe dejar otro bajo el chorro de la llave. Todo coordinado con una canción fácil que entrega el dial. Para terminar, los sartenes y las ollas olvidados en el fogón. Hora de la esponjilla contra las costras geológicas: la tarea titánica para el final, cuando duele un poco la espalda y no queda más que recordar alguna rabia agazapada.

Pronto todo toma un aire despejado. Es hermoso el encarrilamiento de los platos y el goteo de los vasos, la montaña de sartenes se ve magnífica y los cuchillos punta abajo nos hablan del fin de la batalla. El trapo sobre el mesón es tal vez la mayor delicia, una labor tan suave y sencilla entrega ese brillo definitivo. Y uno quiere llamar a los habitantes de la casa para que vean semejante obra. Pero a nadie le importa. Así que no queda más que entrar a la cocina una y otra vez a admirar el paisaje y vigilar que todo esté en su sitio ¿Por qué no contar cada pieza para tener claro el tamaño de la faena? Y luego dicen algunos descreídos que es mejor meter todo a un lavaplatos y atenerse al zumbido de sus aguas calientes y al vaho que sale al abrir su puerta ¿Y dejar que la máquina piense por uno?

Para el final es necesaria una cerveza como medalla de honor. Eso sí, hay que tomarla en botella para no entregar una nueva mancha, ni una sola. 



 

 


miércoles, 4 de agosto de 2021

Altos de la Peste

 





 No se trata de un bando. No comparten muchas ideas más allá de una arraigada desconfianza. No son una secta y no tienen intenciones de ganar una batalla ni de imponer sus ideas. Solo tienen mayores posibilidades de portar y compartir un virus contagioso y mortal. Se alimentan de algunas mentiras comunes y de su desprecio por las mayorías que quieren imponerles el remedio contra el virus. Un desprecio mutuo que va llegando hasta el odio y las agresiones. El gobierno invoca el bien común para imponer el “tratamiento” y un poco más del 60% de los habitantes de la ciudad están de acuerdo con la exigencia de vacunarse: “No puede ser que la ignorancia y el individualismo de unos nos ponga en riesgo a todos”, es el argumento que se repite.

Los “pasaportes” obligatorios empezaron a pedirse en bares y discotecas, luego en oficinas públicas, en restaurantes y supermercados, más tarde en colegios y en algunos puestos de trabajo y, por último, en el transporte público. El carnet con nombre, cédula y constancia de vacunación cambió por un código QR en la parte anterior del brazo. “Un método sencillo y seguro”, reseña la prensa.

En los barrios del estrato 1 y 2 es donde menos gente se ha puesto la vacuna y el recelo contra las obligaciones del Estado y la “ciencia recién inventada” crece con el paso de los días: “De eso tan bueno no dan tanto”, dice los más desconfiados; “A mí esa maricada no me da”, repiten los más briosos; “Muchos se han muerto después de la vacuna”, susurran los descreídos. Algunos barrios se han convertido en reductos contra las exigencias profilácticas. Allá están sus propios supermercados, restaurantes, bares, iglesias…, y los rectores de los colegios son amigos de los padres antivacunas y los buseros son sobrinos. Es imposible un control real. Ese mundo informal y lejano a la ciudad oficial se ha ido consolidando, separando aún más: “Al fin y al cabo nosotros cuándo íbamos por allá, esa gante nunca se ha querido contagiar de pobreza”. Los barrios han comenzado a recibir visitas de algunos “forasteros” que no quieren vacunarse. La ciudad oficial reforzó fronteras pero al mismo tiempo los barrios sin agujas han tenido nuevos movimientos, clientes y negocios. “Nosotros qué hijueputas, somos la República Independiente de la Peste y tenemos hasta turismo estrato 4, 5 y 6”.

Las teorías conspirativas crecieron sustentadas por la vigilancia, algunos abusos, la exigencia de los datos en la muñeca, el anuncio de una tercera dosis. “Si ve, le dije que usted se pone la primera y esa gente ya no para”. En los barrios virales ha florecido la medicina alternativa, la gente incumple sus citas médicas y desatiende los dolores más tratables. El Estado amenaza con dejar de enviar subsidios a quienes no se vacunen. “Las ayudas estarán condicionadas a quienes atiendan la ciencia y el riesgo colectivo”, dicen las autoridades. Alguno recomiendan volver a las medidas pedagógicas y los incentivos pero la obligatoriedad ha marcado un punto de no retorno para lograr convencer a quienes decidieron no vacunarse. Hay familias divididas en los barrios con mayor porcentaje de “sin vacunas”: hijos que terminaron huyendo de la intransigencia de los padres por exigencias de su trabajo. No se contratan gente de barrios no confiables. No queda más que llevarles la “remesa” y visitarlos de lejitos.

Altos de la peste, Villa Covid, Plaza Contagio son los nombres que han comenzado a sonar en chistes y memes. Incluso algunos buseros los ponen en el letrero tras el parabrisas. El virus sigue subiendo y bajando, el miedo se mantiene y las medidas han creado un nuevo mapa de segregación.

miércoles, 28 de julio de 2021

Fiebre autoritaria

 


Hace un poco más de un año el gobierno chino ejercía controles a los ciudadanos basados en su estado de salud y sus riesgos asociados al Covid: vigilancia por códigos QR, limitaciones de acceso a lugares dependiendo del historial de viajes y contactos, controles virtuales al azar sobre síntomas. En el primer momento la medida se contempló en Europa y Estados Unidos y se pretendía ejercer mediante la exigencia de pruebas PCR negativas o la demostración de haber adquirido inmunidad natural. Luego las noticias chinas hicieron que las medidas se consideraron desproporcionadas y dignas de un régimen totalitario que mira a sus habitantes como ratones en sus compartimentos vigilados. La idea no le gustó a la OMS por la falta de certeza sobre la protección. La revista Nature expresó su preocupación en un artículo publicado en mayo de año pasado: “…cualquier documentación que limite las libertades individuales sobre la base de la biología corre el riesgo de convertirse en una plataforma para restringir los derechos humanos, aumentar la discriminación y amenazar, en lugar de proteger, la salud pública”.

Lo que hace un año parecía una herramienta totalitaria hoy es una realidad en Francia, Italia y Australia, y la presión para imponerlo en otros países viene creciendo. En Francia el 76% de los ciudadanos está de acuerdo con la exigencia pero las protestas del fin de semana contra la medida congregaron a 160.000 personas en diferentes ciudades. Emmanuel Macron anunció la obligatoriedad del “pasaporte de vacunación” para entrar a cafés, restaurantes, centros comerciales, hospitales y trenes de larga distancia a partir de agosto. Poco a poco los apestados que no se hayan puesto la vacuna tendrán la casa por cárcel. Además, aplicarse la vacuna será obligatorio para quienes trabajen en contacto con personas mayores o frágiles, así sea a domicilio. Los trabajos que en su mayoría realizan los inmigrantes estarán vetados para los “sin vacuna” ¿Van a encontrar quién cuide a sus ancianos? ¿Van a comenzar a buscar a los “propagadores” pidiendo documentos en las calles? Europa comienza a mirar a China como ejemplo.

Los historiadores nos han recordado la historia de la peste de fiebre amarilla en New Orleans en el siglo XIX. Los “aclimatados”, quienes se habían infectado y habían sobrevivido, se convirtieron en una casta con potestades extraordinarias. El precio de los esclavos aclimatados subió un 25%. Los trabajos, los créditos, el arriendo de las habitaciones se otorgaban solo a quienes reñían inmunidad. Los periódicos hablaban de un “bautizo de ciudadanía”. De modo que los ricos salían de la ciudad o se encerraban en sus casas mientras inmigrantes y esclavos tomaban el riesgo de infectarse para salvarse.

En las protestas recientes en Roma y otras ciudades se han visto carteles con las imágenes de Auschwitz y leyendas alusivas a la discriminación sobre los no vacunados. La comparación es sin duda exagerada, pero recuerda las consideraciones de los Nazis que vieron a la sociedad como un organismo vivo, una masa con deformidades que era necesario aislar y enfermedades que era necesario curar. Algunos han hablado desde entonces de una “Biocracia”. Por eso las esterilizaciones obligatorias y se practicaban ejercicio de higiene genética.

Los castigos que proponen los “pasaportes” solo radicalizarán a quienes no quieren vacunarse. Crearán burbujas de “sin vacunas” que los irán alejando del Estado y la sociedad. Encontrarán su manera de vivir y morir lejos de los controles y la atención del Estado. Los incentivos para alentar la vacunación nos acercan como humanidad, mientras los castigos no harán más que discriminar y separar a los ciudadanos.

 

 

 


miércoles, 21 de julio de 2021

Noches de Cartagena






 

Las zonas de tolerancia para el negocio de la prostitución o del proxenetismo han sido consideradas un instrumento necesario para “proteger” a la ciudadanía de actividades contrarias a la moralidad pública, una manera de evitar contagios de todo tipo; y al mismo tiempo, una posibilidad de señalar algunos sectores, de encerrar puntos de la ciudad para ejercer más fácil un control y reseñar algunas rutas non sanctas. En los sesenta se discutió mucho en varias ciudades sobre los beneficios de las zonas de tolerancia. Para algunos no era moral ni legal dar amparo a semejantes comportamientos, otros decían que era cuestión de alejarlos de iglesias y colegios, y los más pragmáticos las defendían como una forma sencilla de ubicar al “hampa” para su necesario castigo.

Las nuevas regulaciones han dejado de hablar de la moral para asumir un lenguaje más “neutro e innovador”. Ahora las zonas donde la prostitución es actividad principal son consideradas de “alto impacto” en los Planes de Ordenamiento Territorial. Eso significa, simplemente, que pueden ser poco compatibles con espacios residenciales. Asimilables a las zonas de talleres, por ejemplo, o a las bodegas de reciclaje.

Hace unos días el alcalde de Cartagena, William Dau, habló de la necesidad de una zona de tolerancia en Cartagena que saque la prostitución del centro histórico: “La idea que yo tenía era establecer una zona rosa, bien desarrollada, que haga parte del atractivo de la ciudad pero reglamentada, una zona que ofrezca seguridad e higiene”. Incluso dice que se podría hacer una Alianza Público Privada para financiar ese sector. Ya tenemos tres nombres: zona de tolerancia, zona de acto impacto y zona rosa, hace años las llamaban también zonas negras. La idea es compartida por algunos gremios, autoridades de policía, medios, comerciantes y habitantes del centro de la ciudad.

Parece increíble que en medio de los problemas de explotación sexual y trata de personas (principalmente de mujeres, niñas y niños) por el “comercio sexual” las autoridades hablen solo de proteger el patrimonio turístico. Las “noches de Cartagena”, el rumor de los coches, los curazaos florecidos en los balcones, las iglesias coloniales no pueden ser percudidas por la prostitución. Cuando las discusiones actuales en el mundo y los fallos de la Corte Constitucional hablan sobre la dudosa licitud del negocio de proxenetas, del abuso implícito que implica la prostitución, del consentimiento viciado de quienes “trabajan” –son sometidas– en condiciones de vulnerabilidad económica, de violencia o desplazamiento, el alcalde Cartagena quiere que el Estado participe en el negocio.

La Corte en Colombia ha fallado sobre la legalidad de la prostitución cuando se han intentado restricciones más allá de los Planes de Desarrollo. Pero al mismo tiempo ha dicho que “la prostitución suele estar asociada con el delito de trata de personas, expresamente condenado por la Organización de las Naciones Unidas (…) y la explotación de la prostitución tiene un efecto negativo y de gravedad considerable en la sociedad. En otras palabras, los Estados deben luchar por reducir su expansión, de modo que la Corte encuentra legítimo que el Estado dirija sus esfuerzos a desestimularla, a reducir sus efectos e, incluso a erradicarla”.

Los escenarios de prostitución en nuestro país hacen necesario que el Estado presuma la explotación sexual en medio de proxenetas que inducen, promueven y vinculan a mujeres sobre las que tienen un gran poder. Es preciso, como ha dicho la Corte, que los funcionarios judiciales y administrativos tengan de forma permanente la obligación de vigilancia para excluir el abuso y la trata que casi siempre implica la prostitución. No es cuestión de alejar el abuso sino de evitarlo.