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Algunas de las imprentas clandestinas del Paris del siglo XVIII, destinadas a publicar herejías y maledicencias, estaban ocultas en las barcazas fondeadas en las orillas del Sena. Las mismas guaridas se usaban para fermentar brebajes espirituosos y esconder delincuentes menores. El retrato de esa ciudad sórdida y vivaz lo hace Philipp Blom en su libro Encyclopedia, el triunfo de la razón en tiempos irracionales, publicado hace casi dos décadas. Una historia enciclopédica, cerca de quinientas páginas, de cómo se creó la empresa intelectual, la hazaña editorial y la revolución del conocimiento que empleó a miles de personas y sacó de quicio al ancien régime.
Por su parte los redactores más humildes de la enciclopedia vivían en las buhardillas como vigías de los barrios bajos. Estaban encargados de las entradas menos profundas, más del arte de hacer cuchillos que de la existencia del infierno. Vivían de los panfletos y los chismes y de pronto encontraron un trabajo para las letras más perdurables. Blom toma prestada una exageración de Sébastien Mercier para elogiar esos sudorosos escribientes y manchados pintores: “Es difícil encontrar un hombre afanado que no haya comenzado en una buhardilla”. Eran los bohemios antes de la pátina de exotismo, más gitanos que artistas con los bolsillos rotos.
Los líderes de la tarea, Diderot y D’ Alambert, Rousseau en menor medida, tenían en los cafés la escena para las discusiones que darían impulso a esa máquina que buscaba compilar y ordenar los saberes olvidados, los conocimientos sabidos, las especulaciones prohibidas. La idea no era original, se había intentado con algo de éxito en Alemania. Las ideas crecieron y el negocio también. Cuando iba a todo vapor la enciclopedia empleaba a mil personas entre impresores, grabadores, dibujantes, encuadernadores y demás. El carcelazo de Diderot luego del primer tomo hizo que los editores rogaran por la libertad del hombre que lideraba un desvelo que suponía una inversión de 250.000 libras francesas que Blom convierte en tres millones de euros de 2007.
La enciclopedia, con Valtaire, como invitado animaba los más intensos debates sobre el espíritu, la religión y la política. Llegó entonces la prohibición de su venta y la censura. Y los panfletos contra los enciclopedistas y la ordenada lista de sus herejías recogidas en ocho volúmenes cuando la enciclopedia apenas llevaba siete.
Varias élites se enfrentaban a la publicación, al monopolio del saber y la verdad, de la forma de entender el mundo y el poder. Cerca de ciento cincuenta redactores retaban al mundo conocido, muchas veces con disimulo, otras con inexactitudes, otras más con mansedumbre en unos temas para obtener licencia en otros.
Es un lugar común la comparación entre internet y Wikipedia con la enciclopedia del siglo XVIII. En su momento Blom habló de las similitudes: “La Encyclopédie fue la primera colección colectiva, de conocimientos que se hizo. Wikipedia tiene todo lo bueno y todas las faltas de la Encyclopédie… Ambas, la Encyclopédie y Wikipedia aparecen en momentos de la historia en que se cree que el conocimiento está muy fragmentado”.
Con la Inteligecia Artificial pueden surgir nuevas inquietudes sobre el saber y su dominio. Sobre el origen de una empresa “civilizadora”. Las buhardillas vs la gran industria tecnológica. Sobre el tamaño de los sesgos. La filiación al poder más que su desafío. Las voces más brillantes de la época enfrentadas a la tarea de los bots. Los controles de los que hoy se habla como la censura de ese tiempo. Al final del empeño, Diderot se dio cuenta que los impresores muchas veces habían mutilado y desordenado los grandes trabajos de los escritores. Las letras no obedecían a sus creadores. Tal vez ahí haya una inquietante similitud con los esfuerzos de la IA.


