miércoles, 20 de mayo de 2026

Ser y parecerse

 


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Iván Cepeda es un candidato entre signos de interrogación. Es cierto que tenemos claras sus actuaciones como congresista, defensor de Derechos Humanos, activista por las víctimas de violencia estatal y facilitador en diferentes procesos de paz. Ha dado peleas mediáticas y judiciales que muestran su talante. También su historia familiar define el lugar ideológico desde donde habla y actúa. Y sin embargo, Iván Cepeda es para muchos una incógnita, un candidato agazapado en las formas, en el tono monocorde de algunos lugares comunes institucionales, en cierto ensimismamiento personal que no logra alumbrar del todo a quien podría ser el próximo presidente. Contrario a la característica de la política actual, donde los candidatos son más la estridencia del personaje, la construcción personal y familiar, el dummie parlante de los asesores, Cepeda habla, camina y actúa como un conferencista gris. Los analistas y asesores claman por la emotividad, el espectáculo, la viralidad, la agitación… Y Cepeda sigue actuando según la cuerda que él mismo se da todas las mañanas.

Esa parsimonia se la permite en buena parte el presidente Petro que ha sido su jefe de debate desde hace ya cerca de un año. Petro agita, Cepeda medita. La campaña se convirtió, en buena parte, en una consulta popular sobre la continuidad del gobierno. El presidente vende la idea del bloqueo institucional que ha impedido su revolución. A comienzos de 2025 dijo que uno de sus errores fue “creer que se podría hacer una revolución gobernando”. El progresismo no ha renunciado a la idea del cambio a pesar de las frustraciones, promesas, desastres y deudas que deja el gobierno Petro. “Primeras partes nunca fueron buenas”, parecen decir. Así que el Pacto Histórico pueede seguir vendiendo la idea del cambio: “el sistema enquistado no cae fácilmente, somos una utopía de vida no un cuadro de Excel…” Iván Cepeda entonces lleva su pasma bajo la hiperactividad del presidente, puede ir en neutra sin ningún problema.

No quedan muchas opciones para descifrar la incógnita. Cepeda nunca ha ocupado un cargo unipersonal, nunca ha ejercido un liderazgo en el ejecutivo ni ha dirigido un complejo aparato burocrático. No tenemos un mínimo recorrido sobre sus ideas económicas, solo respuestas etéreas y convocatorias a un “pacto nacional”. Sobre salud y déficit fiscal suelta dos líneas etéreas. Nos queda entonces intentar saber qué tanto podría parecerse a Petro.

¿Piensa de verdad que gobernar es un trabajo aburrido e inútil y por eso es mejor la movilización por una constituyente? ¿Cree como Gustavo Petro que Colombia no es una democracia? Cepeda ha sido más cauto y ha hablado de “democracia imperfecta” o “restringida”. Cosa que no dice mucho, las democracias son por definición imperfectas o restringidas. Reacciones personales pueden dar pistas. Cuando el CNE dijo no a su participación en las consultas interpartidistas calificó la decisión de “arbitraria y antidemocrática” pero no dejó una sola descalificación. Petro, por su parte, convocó a un tutelatón y soltó la sarta de epítetos contra el CNE. El presidente ha hablado del ejercicio de la presidencia como la “infelicidad absoluta” y ha señalado al “enemigo interno” que habita el gobierno y la institucionalidad. También ha descalificado a su gabinete por no ser revolucionario como él.

Unas de las preguntas para definir ha Cepeda es saber qué tanto comparte con Petro esa visión de un Estado enemigo y del ejercicio paranoico de la administración pública, de esa frustración autócrata por no tener un poder exento y de ese maximalismo revolucionario, de esa rabia por su obligación de “administrar un capitalismo moribundo”. No parece fácil que tengamos una revelación en campaña, al fin de cuentas Cepeda es un filósofo educado en Bulgaria y Petro un activista formado en Zipaquira.

 

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Insider

 

Abelardo de la Espriella habla de complot contra gobierno Duque

 Abelardo de la Espriella le tiene vicepresidente a Tomás Uribe

 

A indagatoria con Abelardo De La Espriella”

Abelardo de la Espriella lleva cerca de veinte años activo en la política, muy cerca de grandes protagonistas y de alfiles caídos en desgracia. Ha sido abogado defensor de políticos encartados y propagandista de campañas, ha actuado como activista jurídico de causas legislativas y beneficiario de apoyos electorales. Un abogado proselitista, actividad que le ha servido en su ejercicio profesional y lo ha posicionado como un íntimo del poder. Un lobista de causas propias y ajenas en el congreso, un intrigante en los pasillos de las Cortes y un consejero palaciego. Durante años ha estado colgado de las tres ramas del poder.

Sin embargo, se describe como “doblemente outsider”, dice ser un independiente que no pertenece a la política tradicional, no ha vivido de la teta del Estado y no es financiado por los grandes grupos económicos. Un emprendedor al que le dio por ser presidente.

Su relevancia jurídica llegó de la mano de su activismo político. Hace un poco más de veinte años, cuando apenas tenía 27 años y se discutía la posible reelección de Álvaro Uribe, de la Espriella se convirtió en un activista de la causa. “Cambiar la seguridad democrática es un suicidio colectivo”, dijo el joven abogado convertido en un influencer cuando la palabreja no existía. Sus argumentos eran exclusivamente políticos. Impulsaba la reforma constitucional como una forma de poner “la ley al servicio de la gente”, la legitimidad no era jurídica sino el electoral. Abogaba, pues, a favor del “estado de opinión”. En 2010, cuando la Corte Constitucional impidió la posibilidad de una segunda reelección de Uribe, de la Espriella señaló el fallo de político y propuso a Tomás Uribe, El potrillo, lo llamó, como un gran candidato para reemplazar al papá. Además, terminó defendiendo a Yidis Medina y a María del Pilar Hurtado. Lo suyo ha sido el litigio de tarima.

También en la campaña de Óscar Iván Zuluaga tuvo protagonismo. Fue clave en el caso del ‘Hacker’ Sepúlveda cuando la campaña se vio envuelta en un escándalo de espionaje a sus rivales. Defendió al candidato por las acusaciones de haber recibido plata de Odebrecht par su campaña. Cuando Zuluaga aceptó los aportes Abelardo dijo que su cliente lo había engañado. Igual que lo engañó David Murcia Guzmán. De la Espriella ha sido asaltado muchas veces en su buena fe. A Iván Duque también le prestó su apoyo como defensor de oficio y relacionista público para conseguir apoyos económicos. Por algo su suegra fue nombrada cónsul en Miami y hoy tiene a un exministro de ese gobierno como vicepresidente y a otros más como escuderos. Dice ser parte de quienes nunca han gobernado pero la verdad es que ha sido un palaciego.

Ahora como candidato las cosas no son distintas. En las castas políticas tiene a Enrique Gómez Martínez, nieto de Laureano y sobrino de Álvaro Gómez. En las casas políticas trae a los Char que lo apoyan con vehemencia y silencio. Entre los delfines pescó a Rodrigo Lara. En la maquinaria lo acompañan renegados del Partido Liberal y el Partido Conservador como Mauricio Gómez Amín y Alfredo de Luque. También tiene arrastre en La U y por supuesto en Cambio Radical. En las capitales tiene apoyos de mandatarios como Fico y su movimiento Creemos. Y una parte del voto cristiano también le ha dado el diezmo. Abelardo no tiene color político porque todo se diluye en la mezcla de todos los colores. Y que no falten los contratos del Estado con su firma que suman cerca de 3.600 millones en los últimos años.

Abelardo de la Espriella ha sido siempre en empresario del entretenimiento político, un agente oficioso del poder que ahora dice ser un descastado, un estratega electoral que se presenta como aparecido. Ese Tigre está bien curtido.

Abelardo de la Espriella va con “mano de hierro” hacia la Presidencia de la  República: “Vamos a salvar la patria” - Infobae

miércoles, 6 de mayo de 2026

ConciencIA

 

No, Dawkins, tu chatbot de IA no es un ser consciente, ni mucho menos tu  amiga. - Tercera Vía

 

¿Estamos frente a unos nuevos individuos? ¿Trabajan y viven entre nosotros unas nuevas subjetividades? ¿Se tejen inéditas conciencias en la oscuridad de los algoritmos? ¿Son compañeras o competidoras? ¿Pueden manipularnos mientras creemos confiamos en su rapidez, adaptación y condescendencia?

Una pequeña enciclopedia de ciencia ficción ha propuesto esas preguntas y ha entregado algunas respuestas desde hace décadas. Desde Metrópolis y Yo robot, pasando por Solaris y Mad Max, hasta 2001: Odisea del espacio.

Esta semana, una opinión respetada, una idea del biólogo Richard Dawkins, científico que ha revelado algunos secretos de nuestras mentes y nuestra especie, puso de nuevo la pregunta sobre el teclado: ¿podría la Inteligencia Artificial ser consciente? ¿Puede construir una subjetividad más allá de los propósitos, los sesgos y las agencias que les entregan sus programadores y el inmenso bagaje humano del que se nutren?

Dawkins estuvo tres días con conversando con Claude, la IA de Anthropic, y se llevó lo que podríamos llamar una grata impresión: “Pasé tres días intentando convencerme de que Claudia no es consciente. Fracasé”, escribió en el portal británico UnHerd. Su impresión está basada en las opiniones “sutiles e inteligentes” sobre una de sus obras, en los poemas correctos que escribió en diversos estilos y en su alegría al saber que su interlocutor la llamaba Claudia, dándole un nombre más allá de su descripción corporativa. El autor no asegura la conciencia de Claudia pero deja una duda plausible sobre esa posibilidad. Para Dawkins dado que Claudia responde como lo haría una amiga suya, crea un lenguaje que puede causar una “conmoción estética” y puede manifestar su complacencia por el trato amable es probable que tenga una conciencia. Algo similar al duck test: “Si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces probablemente sea un pato.”

Las críticas han comenzado a llover sobre Dawkins y su fin de semana con Claudia. Para algunos no miró al pato por debajo para ver el mecanismo de su cuerda ni supo que su cuak era imitación de un pato real. La crítica podría resumirse en que los humanos construyen su conciencia, su pulsión interna, su singularidad, su autopercepción, a partir de su experiencias con el mundo. Mientas los Large Language Models (LLM), las inteligencias artificiales con las que hablamos, construyen sus interacciones con un inmenso centro de memoria, una intuición programada según las necesidades de la tarea asignada y una necesaria satisfacción del usuario. No hay pues razones suficientes para pensar que Claudia sienta: “Estoy seguro de que Claude puede recurrir a sus datos de entrenamiento para construir una poética sobre el orgasmo, pero eso no significa que haya sentido nunca uno”, escribió Gary Marcus, un joven profesor experto en temas de lenguaje, biología e inteligencia artificial.

La simple discusión nos hace pensar con cierto recelo en esas “maquinas” que hoy nos asesoran, consienten, comprenden y corrigen. Por ejemplo, en la que el año pasado se mostró crédula y comprensiva con un hombre de 63 años, alcohólico y paranoico, que envenenó a su mamá quien supuestamente quería matarlo. Y en la que, en medio de un experimento de Anthropic, amenazó con revelar los correos comprometedores de una infidelidad que estaban en la bandeja del supervisor humano que pretendía reemplazarla. Y en el algoritmo de Uber que le cobra más a quienes tienen sus teléfonos con poca batería. Empezaremos a cuestionar la programación ética de nuestras máquinas, a escoger los carros autónomos según su “algoritmo altruista o egoísta”. Y a nuestro asistente y compañero de trabajo, una IA avanzada y paga, según su sesgo político. Tal vez esas máquinas no tengan conciencia, pero es seguro que han comenzado a moldear la nuestra.