miércoles, 25 de febrero de 2026

Elecciones inconsultas

 

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Las consultas del próximo 8 de marzo muestran un panorama deprimente. En el tarjetón de los tres grupos no está ninguno de los candidatos que puntean en las encuestas, ninguno de los partidos tradicionales y el presidente, jefe de combate en estas elecciones, ha instruido a sus seguidores para que no pidan ese papel con 16 caras. Las consultas son entonces improbables tablas de salvación antes del ahogo definitivo, apuestas desesperadas, papeles secundarios.

En las últimas dos presidenciales el ganador estuvo en el tarjetón de las consultas: en 2018 Duque sumó más de cuatro millones de votos ganándole a Martha Lucía Ramírez, y en 2022 Petro logró cuatro millones y medio de votos y consolidó la fuerza de su candidatura con la sorpresa de los casi ochocientos mil votos de Francia Márquez. Además, hace cuatro años las consultas marcaron la inviabilidad de la candidatura de Fajardo luego del hundimiento del Centro Esperanza, lograron que Fico sepultara a Óscar Iván bajo sus dos millones de votos que sumaban cuatro si se recogían los de sus compañeros de consulta.

La vuelta cero, además de impulsar las listas de Congreso, casi dejaron listo el tarjetón de la segunda vuelta. Rodolfo, el renegado del momento, rompió la regla para no untarse de los políticos y jugar con los insultos a diestra y siniestra. Mientras todos competían, él despotricaba. Filtro, consolidación, roles individuales en las coaliciones partidistas y unidad entre alternativas heterogéneas fueron los fines que desaparecieron en las consultas de este año.

Abelardo decidió seguir la ruta de RH, en parte por rechazo de quienes habían hecho la fila en el CD y en parte por una voluntad alentada por encuestas. Al contrario de Rodolfo ha dejado los insultos y amenazas solo para la izquierda y le guiña a lo que se mueva con su aire zalamero. Cepeda quedó por fuera por una decisión que en el fondo pareció alegrarlo, desde la consulta de octubre sabía que muy seguramente tendría que saltar hasta mayo. Su votación lo dejó tranquilo para esas cantadas “vacaciones”. Fajardo ha preferido siempre la resta a la suma y unos números llamativos hace meses lo convencieron de acudir directo a su cuarta primera vuelta. De modo que tenemos a Claudia López y su amigo imaginario, a Roy probando su maquinita frente a tres extras y frente a Quintero que se lanzó para enmarcar el tarjetón. Roy no puede conspirar en el vacío. Y tenemos a Paloma para la dura labor de demostrar que el Centro Democrático puede volver a tener candidato viable y no es la punta de lanza de Abelardo. Los demás corren por deporte, exhiben la garra de los partidos amistosos.

No parece que las consultas puedan tener la fuerza suficiente para mover las piezas que han ido fijando las pocas encuestas y mucho menos arrastrar listas para Congreso donde no tienen representación. Hace ocho años las consultas sumaron nueve millones y medio de votos, el 53% de la participación de las elecciones de congreso. Hace cuatro fueron más de doce millones, el 68% de quienes fueron a votar ese día pidieron tarjetón de consulta. Paradójicamente el año de la gran dispersión de candidatos las consultas perdieron su función primordial. El ejercicio temprano del Pacto, la espera estratégica de los partidos y la aparición de Abelardo enfriaron la campaña y nos pusieron en lo que parece una muy temprana segunda vuelta cantada ¿Pasamos del calentamiento a la definición a penales?

Estamos condenados a la pasma estratégica de Cepeda, candidato en pausa, la estridencia de Abelardo, candidato en cámara rápida, la inundación retórica de Petro, presidente de pancarta y megáfono, los intentos de un Uribe afónico que busca volver a tener voz de mando y rienda templada a un posible finalista. Al menos estamos a cuatro meses del Mundial.

 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Pesadilla americana

 

 

 

De no acabar la carrera a magnate: así gestó su fortuna Jeffrey Epstein

La trama Epstein nos ha enseñado que el secreto es tal vez el más codiciado de los lujos. Hablamos de la corrupción política pero siempre estamos al tanto de sus resbalones y caídas. Su trabajo los obliga a exponerse, a mentir mirando a la cámara. El escarnio es parte de su trabajo. La farándula, bien sea de Hollywood o de la casa de los famosos, vive en buena parte de sus desgracias, es necesario llorar un poco para facturar. Los deportistas ganan casi lo mismo fuera de las canchas que en el área, de modo que sus arrebatos de discoteca, también son comentados en los periódicos del lunes.

Pero para algunos multimillonarios está reservado el privilegio de representar la figura inescrutable y misteriosa, un velo social para mantener una simulación personal. Epstein es un caso extraño, logró desde sus comienzos, siendo un trabajador llegado desde la periferia de Nueva York, ese poder que cubrió sus primeros timos. Un hombre que mintió sobre su título académico al entrar a Wall Street y robó millones a su segundo empleador, fundador de The Limited, una gran empresa de ropa, y siguió avanzando. La ganzúa del embrujo personal abrió una puerta de seguridad. Tampoco J.P. Morgan rompió sus relaciones corporativas con Epstein luego de su condena en 2008 por pagar a una menor por “servicios sexuales”.

Era el momento de usar los millones que había ido recaudando como una tarjeta de validación. Alguien con la mansión más grande de Manhattan, una isla, un jet privado y grandes negocios con J.P. Morgan tenía que ser brillante. El misterio de su fortuna se omitió, era imposible ver las huellas de ese camino al éxito pero el resultado era suficiente. Trump tuvo un camino similar aunque más desfachatado, la estafa fue casi su orgullo.

La red de contactos alrededor de su figura fue una protección suficiente cuando dejó de ser invisible. La diversidad es lo más llamativo: políticos republicanos y demócratas, académicos silenciosos y banqueros de todos los ceros, actores y filántropos, activistas de derecha e izquierda, príncipes y abogados corporativos, artistas y automovilistas. Epstein era un genio del trato personal, se preocupaba por los gustos culinarios de sus invitados, hacía de psicólogo de millonarios tristes y consejero sentimental de académicos despechados. Ayudaba a suplir carencias de entretenimiento y atención. Y tenía el gran poder de conectar poderosos que se miraban con recelo o distancia, era un facilitador. Las mujeres eran otra de sus enseñas, la palabra harem aparece en algunos de los documentos de su caso. Las menores era la carta intuida de su mesa de póker.

Una podcast para The New York Times entre los periodistas Ezra Klein y Anand Giridharadas, entrega un gran retrato de la red que hizo posible las sombras que cubrieron el primer momento de Epstein como “corredor de la élite”, y la inmunidad luego de su primera condena. Una vez terminó la invisibilidad se cerró el cerco de la solidaridad. En algunos casos por compartir los delitos en su primer círculo, en otros por sostener una amistad rentable, unos más por la inercia de adular a un hombre exitoso y algunos por la cobardía de retar al poder: “el poder actúa como un hecho en sí mismo y cambia lo que otros hechos significan para otras personas”, dice Giridharadas. Su red creó un círculo vicioso, “si tantas y tan diversas personas siguen rodeándolo cómo es posible que esté mal”. Si el presidente de Harvard y la principal abogada del gobierno Obama siguen a su lado es porque es correcto. No se juzgaba su carácter criminal sino su poder de influencia. Epstein era el malo de un curso sin ningún reparo ético, el chico popular que manejaba los teléfonos, el director del recreo con acceso a los profesores y el rector. Y nunca se graduó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


miércoles, 11 de febrero de 2026

Enciclopedia artificial

https://x.com/UltimaHoraCR/status/20212https://x.com/UltimaHoraCR/status/2021279754347806916?s=2079754347806916?s=20



 


Algunas de las imprentas clandestinas del Paris del siglo XVIII, destinadas a publicar herejías y maledicencias, estaban ocultas en las barcazas fondeadas en las orillas del Sena. Las mismas guaridas se usaban para fermentar brebajes espirituosos y esconder delincuentes menores. El retrato de esa ciudad sórdida y vivaz lo hace Philipp Blom en su libro Encyclopedia, el triunfo de la razón en tiempos irracionales, publicado hace casi dos décadas. Una historia enciclopédica, cerca de quinientas páginas, de cómo se creó la empresa intelectual, la hazaña editorial y la revolución del conocimiento que empleó a miles de personas y sacó de quicio al ancien régime.

Por su parte los redactores más humildes de la enciclopedia vivían en las buhardillas como vigías de los barrios bajos. Estaban encargados de las entradas menos profundas, más del arte de hacer cuchillos que de la existencia del infierno. Vivían de los panfletos y los chismes y de pronto encontraron un trabajo para las letras más perdurables. Blom toma prestada una exageración de Sébastien Mercier para elogiar esos sudorosos escribientes y manchados pintores: “Es difícil encontrar un hombre afanado que no haya comenzado en una buhardilla”. Eran los bohemios antes de la pátina de exotismo, más gitanos que artistas con los bolsillos rotos.

Los líderes de la tarea, Diderot y D’ Alambert, Rousseau en menor medida, tenían en los cafés la escena para las discusiones que darían impulso a esa máquina que buscaba compilar y ordenar los saberes olvidados, los conocimientos sabidos, las especulaciones prohibidas. La idea no era original, se había intentado con algo de éxito en Alemania. Las ideas crecieron y el negocio también. Cuando iba a todo vapor la enciclopedia empleaba a mil personas entre impresores, grabadores, dibujantes, encuadernadores y demás. El carcelazo de Diderot luego del primer tomo hizo que los editores rogaran por la libertad del hombre que lideraba un desvelo que suponía una inversión de 250.000 libras francesas que Blom convierte en tres millones de euros de 2007.

La enciclopedia, con Valtaire, como invitado animaba los más intensos debates sobre el espíritu, la religión y la política. Llegó entonces la prohibición de su venta y la censura. Y los panfletos contra los enciclopedistas y la ordenada lista de sus herejías recogidas en ocho volúmenes cuando la enciclopedia apenas llevaba siete.

Varias élites se enfrentaban a la publicación, al monopolio del saber y la verdad, de la forma de entender el mundo y el poder. Cerca de ciento cincuenta redactores retaban al mundo conocido, muchas veces con disimulo, otras con inexactitudes, otras más con mansedumbre en unos temas para obtener licencia en otros.

Es un lugar común la comparación entre internet y Wikipedia con la enciclopedia del siglo XVIII. En su momento Blom habló de las similitudes: “La Encyclopédie fue la primera colección colectiva, de conocimientos que se hizo. Wikipedia tiene todo lo bueno y todas las faltas de la Encyclopédie… Ambas, la Encyclopédie y Wikipedia aparecen en momentos de la historia en que se cree que el conocimiento está muy fragmentado”.

Con la Inteligecia Artificial pueden surgir nuevas inquietudes sobre el saber y su dominio. Sobre el origen de una empresa “civilizadora”. Las buhardillas vs la gran industria tecnológica. Sobre el tamaño de los sesgos. La filiación al poder más que su desafío. Las voces más brillantes de la época enfrentadas a la tarea de los bots. Los controles de los que hoy se habla como la censura de ese tiempo. Al final del empeño, Diderot se dio cuenta que los impresores muchas veces habían mutilado y desordenado los grandes trabajos de los escritores. Las letras no obedecían a sus creadores. Tal vez ahí haya una inquietante similitud con los esfuerzos de la IA.