miércoles, 7 de abril de 2021

Un genio asintomático

 


 

Frente a la pandemia la política se ha visto pequeña, reducida a los pleitos frente a la imposibilidad de las soluciones ciertas, dedicada a los alardes médicos o tecnológicos a falta de una conexión real con la gente más allá del miedo y la imposición. Dedicada, además, a la argucia máxima de quienes se nombran salvadores de vidas, con esa postura y ese tono capellanesco que pide sacrificios para evitar dolores.

Hace un poco más de diez meses Medellín se vendía como la ciudad ejemplo en América Latina para enfrentar el virus. El alcalde Daniel Quintero lo decía de forma categórica en una entrevista en El País de España: “… esta es la ciudad de América Latina con menor de número de fallecimientos por millón de habitantes y una de las de menor número de casos por millón de habitantes”. La gran herramienta era la plataforma Medellín Me Cuida que “incorporaba el uso masivo y sofisticado de la tecnología para reducir la incertidumbre”.

La plataforma captó datos de más de un millón de familias sin claridades legales sobre su uso, seguridad y posterior destrucción. Nunca fue claro el verdadero papel en la contención del virus: ni una sola cifra de contagios evitados, ni una anécdota que diera claridad sobre cómo funcionaba en el terreno como cerco epidemiológico. Solo instrumento para el abuso. La alcaldía llegó a decir que habían puesto un policía en la puerta “de la gente que creía que la cosa era charlando". Luego encerraron durante quince días El Sinaí, un barrio de tres mil personas, por un simple capricho, usando a sus habitantes como ratones para el escarmiento de sus vecinos en la comuna Santa Cruz. Llevaron caballería, ESMAD y ejército con fusiles y pusieron una cerca para que nadie pudiera entrar ni salir. Eran 42 casos activos y a la gente nunca le hablaron de cuidados y aislamientos al interior, se trataba de maltratar para mostrar poder y meter miedo en la Nororiental. Hoy en día Medellín Me Cuida es una plataforma que reparte SMS a dos manos sin ningún criterio médico, como quien ofrece freidoras o un paquete de cervezas frente a un inminente partido.

Daniel Quintero se parece mucho al gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, que fue héroe en los primeros meses de pandemia y hoy es un político oportunista amparado por algunas mentiras. Promocionó su plan de las 1.000 UCI y lo inauguró hace más de seis meses. Nunca logró cumplir esa meta, solo puso un número y se tomó una foto. Lo más grave es que ha sostenido ese cañazo, mintiendo de frente sobre el indicador más sensible de cualquier ciudad en estos momentos: la disponibilidad de unidades de Cuidado Intensivo. Y falta decir que algo así como la mitad de las cerca de 400 UCI que la ciudad sumó a su sistema fueron dotadas con plata y esfuerzos privados. El acalde inaugura y sus enemigos declarados ponen los recursos y el conocimiento. Un ejemplo, los 15.700 millones de Sura, Corbeta, Nutresa y Fraternidad Medellín para montar 75 unidades nuevas en Medellín mientras el alcalde prometía 300 en la clínica de La 80, en la que invirtió más de 25.000 millones de pesos y no logró montar ni una sola. Y cómo olvidar los ventiladores de Innspiramed que ampliarían la capacidad de atención. El anuncio se hizo en junio del 2020 y hace unos días se entregaron al INVIMA las pruebas de quince de ellos.

Hoy Medellín está en su tercer pico y el alcalde convoca intensivistas por Twitter. Ya no puede culpar a los municipios vecinos de la ocupación porque los pacientes de Medellín se han comenzado a atender en Urabá, Bajo Cauca, Eje Cafetero y Bogotá. Las buenas cifrasen letalidad que aún se ven en la ciudad están relacionadas sobre todo con estrategias impulsadas por EPS privadas. El antiguo salvador de vidas que antes peleaba por tomar las medidas, ahora agacha la cabeza y dice en voz baja al gobernador encargado que se encargue. Definitivamente Quintero es un genio asintomático.

domingo, 4 de abril de 2021

Inmunidad forzada



En el principio fue la superstición. Las vacunas tenían algo de magia, debían inspirar una extraña confianza espirituosa para que la gente dejara acercar a la peste, casi la tragarla, como una manera eficaz para defender el cuerpo de sus estragos. Se dice que los chinos en el siglo X fueron los primeros en usar la “viriolización” contra la viruela. Más que un método de sabios era un experimento de las clases populares que necesitaba algo de respaldo espiritual. De modo que un Taoista “inmortal” figura como uno de sus primeros “predicadores”. No era fácil inhalar el polvo de las costras producidas por la viruela.

Durante más de cien años la ciencia de occidente ha ido cubriendo ese milagro con estudios, fiascos y certezas. Pero la superstición va y viene, cambia de bando según los temores y las desconfianzas. La magia que hace siglos permitía una bendición por parte de la sociedad acorralada por una enfermedad, hoy causa desconfianza en una población creciente en los países más educados del mundo. Desde hace tres décadas en Europa crece un movimiento antivacunas que ha llevado a muchos países del continente – 28 de 53 según un estudio de 2018– a hacer obligatoria la aplicación de al menos una vacuna: multas a los padres e imposibilidad de matrícula a guarderías y colegios de menores no vacunados son algunas de las medidas habituales. Sin embargo, hace un mes una resolución del Consejo de Europa recomendó por amplias mayorías no darle carácter obligatorio a la aplicación de la vacuna contra el Coronavirus. La resolución del Consejo, del que hacen parte 47 países de Europa, propone a los estados “asegurarse de que los ciudadanos están informados de que la vacunación NO es obligatoria y nadie está política, social o de ninguna otra manera presionado para ser vacunado”.

La discusión ha llegado a América Latina con el burdo disfraz de la política. A mediados de diciembre el presidente Bolsonaro en uno de sus discursos que combinan el humor y la severidad clamaba contra los riesgos de la vacuna. Aclaró que Pfizer no se haría cargo de posibles efectos secundarios y luego soltó las probables consecuencias: “…si te conviertes en un caimán es tu problema (...) si te conviertes en superhombre, si a una mujer le sale barba o algún hombre empieza a hablar fino, no tengo nada que ver con eso.” A finales del año pasado el alcalde de Sao Paulo dijo que la vacuna será obligatoria en la ciudad, y un fallo reciente del Tribunal Supremo de Brasil (con amplia mayoría diez contra uno) dictó que la vacuna puede ser obligatoria, aclarando que la imposición no es posible, “nadie puede ser llevado del pelo a vacunarse”, dijo el presidente del supremo, pero sí se pueden imponer sanciones a quienes se nieguen a recibir sus dosis.

En Colombia, según una encuesta del Dane de diciembre del año pasado, el 40% de la población no tiene intenciones de vacunarse. La cifra ha bajado con el inicio de la vacunación pero hay departamentos donde cerca del 50% de la gente se niega a recibir la vacuna. Ya comenzaron voces diversas a hablar de obligatoriedad y con algo de reproche superior mencionan la decisión de algunos consejos indígenas contra el Plan Nacional de Vacunación. Forzar contra la desconfianza solo traerá nuevos recelos y señalamiento a trabajadores de la salud. No crecerá mucho la vacunación contra el Coronavirus y seguro bajará en los demás esquemas. El Estado terapéutico debería ser la más repudiable de las enfermedades del poder. Ya hemos visto los abusos en aras de la mitigación, ojala no lleguen unos nuevos, con sello solidario, en busca de la inmunidad. 

 


miércoles, 24 de marzo de 2021

Aniversario indeseable

 






Se ha cumplido un año exacto de las primeras visitas a la ciudad desolada. Salimos a la calle en busca de las escenas en los tiempos muertos y expectantes. El virus era todavía una amenaza prometida en las noticias desde Europa. Apenas habían pasado quince días desde el primer caso confirmado en Colombia. Afuera todo hablaba de una manera distinta, no había cotidianidad, todos los comportamientos y lugares parecían nuevos, estábamos frente al brillo de los tiempos oscuros. La ciudad limpia era propiedad de los más humildes: habitantes de calle, barrenderos, recicladores, barequeros de acera, domiciliarios. El silencio no era apocalíptico, había algo de deliciosa extrañeza, de tensión y descubrimiento en el gorjeo de las palomas desamparadas sobres las mesas  

Ese primer día apareció el dilema que todavía ocupa las discusiones en parlamentos, informes académicos, estudios médicos y redes sociales. Dos hombres, parados a unos pocos metros, con una edad similar, entregaron sus opiniones contrarias. Uno de ellos, empleado de la empresa municipal de aseo, barría las hojas de un almendro que eran la única basura en las calles. Respondió con el ceño fruncido cuando le preguntamos por la obediencia a la cuarentena en su barrio: “Allá la gente no obedece, se necesita es una ley marcial”, dijo y empuñó su escoba. Al otro lado estaba un reciclador en pinta dominguera. Venía recién bañado y buscando algo para pagar los quince mil de la pieza. Todavía estaba bajo techo porque le tenían algo de confianza en el inquilinato: “Hay que salir, toca buscar algo, como decía mi abuela: ‘al que no sale, no le da el viento’”. Y se llevó dos billetes como multa de los reporteros.

En otra esquina, una semana después, encontramos un drama que apenas comenzaba, un lío doméstico con aires de desplazamiento y abandono. Una pareja de ancianos pasaba la tarde del domingo en la cabina de una camioneta Luv de estaca. Ella acababa de llegar a llevarle algo de comida a su esposo, un latonero en tiempos de quietud, que estaba escondido en ese carro desahuciado. Huían del cerco epidemiológico a los adultos mayores y del ruido y la fiesta de hijos y sobrinos en su propia casa. Un viaje imaginario en esa tarde lenta, los dos de tapabocas, mirando la panorámica de un mundo que los amenazaba de todas las formas. No había ni un partido para pasar la tarde. Ni radio, ni viento, ni ruta. 

También las canchas estaban clausuradas, esas parrillas que producen una buena parte del calor del barrio. En Castilla, por ejemplo, todo estaba cerrado excepto las panaderías y las escotillas de algunos restaurantes chinos. Pero los barrios seguían azarando, guardados pero vigilantes. Todo el voltaje en las casas: La televisión, los celulares, las rejas de las ventanas, el moño en la terraza, los perros, las cervezas y el guaro en la sala, las cartas y el parqués, la loza acumulada, el sexo a escondidas de los hijos. Y los balcones sin distanciamiento y las zonas comunes de las escalas como un privilegio para el chisme que el miedo no vence.

Las ollas comunales fueron las hogueras visibles de esa primera y estricta cuarentena. Leña y caldo en las orejas de los puentes, en las mangas al pie de las autopistas abandonadas, en los parques como campamentos. Hervían a borbotones alimentadas por los carretilleros que no dejaron de empujar sus tubérculos y sus obligaciones.

Parece imposible no mirar con algo de nostalgia y compasión esos días de ingenuidad frente al enemigo ahora más conocido e igual de amenazante. Esas horas en las que todavía las ventanas eran aliadas y cerrábamos con gusto las puertas. Llegaron las nuevas cepas y vendrán los nuevos cepos. 

  

 

 

miércoles, 17 de marzo de 2021

Menores en fila

 



En Colombia la mayoría de los menores llegan a las armas en un tránsito normal, comunitario podría decirse, familiar algunas veces, que implica incluso una especie de proceso educativo, de paso a paso hasta encontrar un papel en el frente de guerra. En las zonas claves de reclutamiento los menores han vivido el conflicto en una cotidianidad en la que las armas son la herramienta natural desde muy temprano. En realidad no han sido convertidos en “máquinas de guerra”, simplemente han nacido en unos contextos donde muchas veces es imposible no ser engranajes de guerras continuadas.

En 2017 el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) publicó un informe llamado Una guerra sin edad. Son más de seiscientas páginas que dan cuenta de casi cincuenta años de menores y fierros. El análisis se da sobre “16.879 registros de reclutamiento y utilización de niños, niñas y adolescentes”. Las relaciones comunitarias o familiares con los grupos armados, el impulso de las venganzas que dejan sus cortas historias de vida, las simpatías ideológicas, los referentes del poder, el prestigio social, las necesidades económicas son señaladas como algunos de los caminos a las filas.

En esa historia las Farc son los mayores reclutadores y un testimonio de uno de sus comandantes deja clara la naturalidad de ese tránsito. Oliverio Merchán, un jefe del Bloque Oriental conocido como el Loco Iván, cuenta su experiencia estudiantil: “Me encontré a un profesor que había sido profesor mío (…). Siendo él guerrillero me explicó y me gustó lo que me dijo que era luchar contra la pobreza, contra el hambre, la miseria, entonces decidí irme.”

El estudio del CNMH deja claro que por momentos los menores tuvieron un papel protagónico en crecimientos, consolidaciones o nacimientos de algunas estructuras. Los que empezaban como vigilantes o mensajeros en pequeñas tareas también fueron punta de lanza. Las ACCU los usaron como la principal “mano de obra” para sus primeras incursiones en Urabá donde a mediados de los noventa mandaban las Farc. Raúl Hasbún lo contaba con toda naturalidad en 1998: “Si existiera la vacante, inmediatamente se les hubiera dado trabajo, no le hubiera negado su ingreso al frente, porque no había ninguna restricción... Estábamos en una guerra y yo no me fijé en ese tema.”

El ELN armó una parte de su estructura en el sur de Bolívar con hijos de sus bases sociales. Los primeros paras del Magdalena Medio tuvieron a los niños como “provisión” indispensable: el trabajo bien pago y la “seguridad común” era visto como un activo en la región. En las Farc fueron claves los menores en el Tolima cuando se pretendió cercar a Bogotá e indispensable su base más que joven en el Ariari Guayabero y el Caguán. Ahí estuvieron algunas canteras de guerreros. Tanto que en un momento Manuel Marulanda culpa al “mal reclutamiento” de los golpes a las Farc a comienzos de los 2000. El triunfalismo había convertido sus frentes en un carrusel de menores (unos llegaban y otros se desmovilizaban) al estilo “campamentos de verano”. En el año 2003 el pico de reclutamientos por diferentes actores armados llegó a 7.136 niñas, niños y adolescentes.

Con semejante historia patria la lógica simplista del ministro de defensa, cercana a la teoría de los daños colaterales, resulta increíble. No solo muestra la mínima memoria, una triste indolencia por parte de quién fue director del ICBF; sino un craso desconocimiento de la ruta de los menores a las armas, de su condición de víctimas. “Los han convertido, nos toca eliminarlos”, parece decir el ministro. Olvida es que es el país, su historia, las zonas donde crecieron, el que ha hecho imposible una infancia o adolescencia fuera del alcance de la guerra.

 

 

 


miércoles, 10 de marzo de 2021

La muerte de la verdad

 




 

El expresidente Donald Trump demostró cómo la política y la realidad pueden habitar mundos distintos. Los discursos y los hechos no necesitan puntos de contacto para conseguir nuevos votantes y hacer más fieles a los antiguos. El estilo Trump logró que su personalidad levantara un muro –ese sí se pudo alzar– para impedir la posibilidad de un debate medianamente informado y alentar hacia la adhesión a un estilo y una colección de prejuicios: hizo más importante defender ciertos modos de desprecio que señalar políticas económicas, más clave exhibir gustos de consumo que respetar mínimas costumbres democráticas, más emocionante el nacionalismo ramplón que el liderazgo científico.

Pero hay que admitir que Trump no es ningún original, solo es el modelo más reciente de los mitómanos seductores y persuasivos. Hace 75 años, en un ensayo sobre la Guerra Civil Española, George Orwell hablaba de las mentiras deliberadas, del colorido que se añade a la verdad propia y de los errores posibles en su búsqueda: “Pero en todos los casos creyeron que existían unos hechos que podía descubrirse, con mayor o menor dificultar”. Ese mínimo consenso se fue perdiendo y ahora no solo hay derecho a una opinión sino a una realidad propia. Esa posibilidad es la que impulsó Trump con sus 2.140 declaraciones que tenían falsedades o equívocos durante su primer año de gobierno según cuentas de The Washington Post. El exhibicionismo como forma de gobierno puede llevar a una consecuencia con la que termina Orwell su ensayo: “Si el líder dice que tal o cual cosa nunca sucedió, pues nunca sucedió”.

La muerte de la verdad, un libro de la escritora y crítica literaria estadounidense Michiko Kakutani publicado hace poco menos de dos años, le da una mirada reveladora al mandato de Trump y sus repercusiones más allá de las luchas bipartidistas en Estados Unidos. Kakutani muestra que el despreció por la verdad dejó de ser soterrado para convertirse en un orgullo y una estrategia abierta. Durante la campaña de 2016 Newt Gingrich, expresidente a la Cámara que para muchos abrió la senda del estilo Trump, dijo tranquilamente, cuando una periodista rebatió sus datos sobre criminalidad en Estados Unidos, que no miraba con mucha atención los hechos: “Como candidato que soy, me atengo a lo que la gente siente. La dejo a usted con los teóricos”.  

La lógica de las últimas elecciones en Estados Unidos y en muchos países del mundo (Colombia tuvo su rayo homosexualizador y su impulso al voto berraco) busca que los ciudadanos no puedan encontrarse ni en la manera de recibir información ni en un posible debate lejos de la descalificación absoluta. Cada bando escoge su manera de construir la realidad. Las elecciones y las agresiones físicas o en redes son las únicas maneras de encuentro. Y los algoritmos han terminado decidiendo que le entregan a cada usuario: un poco más de intoxicación ideológica, indignación, suspicacia y paranoia para que permanezca “concentrado” un rato más en sus certezas.

Trump acabó su mandato como uno de los presidentes más impopulares de la historia de Estados Unidos pero no estuvo lejos de mantenerse en la presidencia. La gran mayoría de sus votantes se sienten despojados y respecto a las elecciones 2016 ganó adeptos entre los afros y los latinos que despreció durante cuatro años con sus políticas y declaraciones. Su historia todavía está por escribir así los demócratas tengan ahora el ejecutivo y la mayoría en las dos cámaras. No serán los hechos los que le den la razón, eso lo sabe muy bien, confía en sus furias, su llamado a la revancha y su verdad airada, en mayúscula y con mala ortografía. Ni las reglas del lenguaje básico son ahora una certeza.

 


miércoles, 3 de marzo de 2021

Cubrir las placas

 




En Colombia podemos estar tranquilos respecto a la imparcialidad política de la Policía Nacional. Los tiempos de pájaros y chulavitas son historia patria y estamos lejos del SEBIN, la policía política que creo Chávez mirando la efectividad del Servicio de Inteligencia Peruano de Fujimori en los noventa. La policía colombiana por el contrario responde a una lógica de autoprotección, de encubrimiento institucional más allá de lealtades partidistas o ideológicas. Se podría decir que son un cuerpo autónomo, una muestra exitosa de “descentralización” en medio del Estado, y un ejemplo de compromiso colectivo con 148.000 placas.

Dos casos emblemáticos de menores de edad asesinados por policías en Bogotá, muestran lo que puede significar la búsqueda justicia contra los uniformados, hechos mafia cuando advierten una amenaza penal.

El 25 de febrero pasado se declaró culpable a Néstor Julio Rodríguez Rúa, miembro del Esmad, por el asesinato de Nicolás Neira hace poco menos de 16 años. Nicolás tenía 15 años e iba por primera vez a una manifestación ciudadana para conmemorar el primero de mayo. Rodríguez Rúa le disparó por la espalda el proyectil que contiene un gas lacrimógeno. Una semana después el joven murió por el golpe en la base del cráneo. Yuri Neira, su padre, ha dado una batalla legal que implicó veinticuatro detenciones, dos golpizas, un allanamiento, tres atentados y el exilio. Recogiendo el cadáver de su hijo, el siete de mayo en Medelina legal, dos camionetas de la policía con civiles intentaron llevárselo, seguro pretendían darle más el paseo que el pésame. La cadena de mando de Rodríguez Rúa intervino en los intentos de encubrimiento y la Fiscalía buscó y llegó a acuerdos intentado beneficiar al victimario. Entre los principales parapetos están Fabián Mauricio Infante Pinzón, formador del Esmad, y el mayor retirado Julio Cesar Torrijos.

El próximo 19 de agosto se cumplen diez años del asesinato de Diego Felipe Becerra a manos del agente Wilmer Antonio Alarcón. Al joven de dieciséis años se le impuso la pena de muerte por portar dos aerosoles en su morral, uno azul y uno naranja fosforescente. Al lugar donde quedó el cuerpo llegaron muy rápido, admirable su sentido de urgencia, tres coroneles, un teniente, tres abogados y seis agentes. Llevaron un arma y consiguieron dos testigos para inculpar a Diego Felipe en el supuesto robo a una buseta. Gustavo Trejos, el padre de crianza del menor, comenzó su lucha contra la manipulación y las pruebas falsas. Dos generales (incluido el subcomandante de la Metropolitana del momento), seis coroneles, cuatro tenientes, doce agentes y seis civiles se comprometieron en la farsa que buscaba justificar el homicidio. El policía que disparó fue condenado seis años después de los hechos pero el mismo día un juez lo dejó libre por vencimiento de términos y sigue prófugo. Las amenazas y los seguimientos han sido las compañías del Estado durante el duelo, tanto que Gustavo Trejos habla como un hombre que mira el miedo con desaires: “Desgraciadamente el día de mañana algo puede pasar, uno tiene que estar preparado”.

Un dato publicado hace poco por La silla vacía confirma que para lograr condenas contra la policía se necesita la coraza de dolor que deja un hijo muerto y el aguante de largo aliento de quienes encuentran una causa imposible de abandonar. Entre 2016 y 2020 se presentaron 7491 denuncias ante la fiscalía por delitos supuestamente cometidos por uniformados de la policía. Hasta el momento no hay una sola imputación y el 70% de los casos están inactivos. No hay duda de que la policía se cuida muy bien.

 

 

 

 

 

 


miércoles, 24 de febrero de 2021

Oda a la vacuna

 



 

Las vacunas se han visto desde hace cientos de años como un milagro temerario y sorprendente. A América llegaron en 1804 a Puerto Rico en la corbeta María Pico que había partido tres meses antes desde el puerto de La Coruña. El experimento filantrópico tenía mucho de viaje de terror. Veintidós huérfanos entre los cuatro y los diez años, acompañados de su tutora, sirvieron como contenedores vivos para “conservar el fluido vacuno fresco y sin alteración”. Cada semana de dos en dos los niños eran inoculados con la viruela, las pústulas ofrecían el hábitat natural para las sucesivas vacunaciones. La expedición fue marcada con las bendiciones del rey Carlos IV y pretendía proteger los habitantes lejanos del imperio. En su momento Humboldt calificó la Real Expedición de la Vacuna como el “más memorable viaje en los anales de la historia”.

Pero las cosas no fueron fáciles para el director de la proeza. Francisco Balmis, médico personal de rey, se encontró con la reserva y la descalificación de muchas de las autoridades en América. En Puerto Rico fue un segundón que llevó un remedio ya probado por un médico danés. En Cuba debió comprar esclavos para probar su método ya que los padres no dejaron que sus hijos se contagiaran para protegerse. Muy pocos, entre ellos Tomás Romay, un médico cubano adelantado, creían en esa mezcla de “brujería y ciencia”. También algún virrey juzgó inapropiado ese ensayo en medio de una creciente desconfianza a las autoridades españolas.

Por nuestras tierras la campaña pasó con serias dificultades de navegación. Balmis dividió su empeño en dos correrías y terminó naufragando en el Magdalena, cerca de su desembocadura, cuando pretendía llegar a Cartagena. El bergantín San Luis y naufragó con su carga de niños caraqueños donde por fin había sido recibido como héroe. Una de las cartas de Balmis enviadas desde Caracas deja ver el tono de pesadilla que de vez en cuando requiere el ojo de los médicos para salvar a sus pacientes: “Los granos de los indios son más hermosos”. Ya remontando el Magdalena contrae tuberculosis y pierde un ojo, como un pirata salvador fue recibido en Bogotá por el Virrey Amar y Borbón. Dicen que logró vacunar a casi todos los niños en la capital.

El esfuerzo de Balmis fue alabado por Andrés Bello que era un el momento un funcionario de la corona que ejercía desde Caracas. La larga Oda a la vacuna es también una zalema al rey por atender esa maldita plaga traída “De la marina costa a las ciudades” y que acechaba “Al palacio igualmente que a la choza”. El poema de Bello también tenía algo de campaña de vacunación y de manera increíble está cerca de las grandes discusiones de nuestros tiempos de pandemia: “Admirable y pasmosa en tus recursos, / tú diste al hombre medicina, hiriendo / de contagiosa plaga los rebaños; / tú nos abriste manantiales nuevos / de salud en llagas, y estampaste / en nuestra carne un sello milagroso / que las negras viruelas respetaron”.

Disuenan esos versos de clínica, esos cantos al control de las pústulas y al triunfo sobre la parca que es protagonista en cada estrofa. Pero también comparte con nuestro tiempos días el deseo y la esperanza del regreso del tráfico y el final del miedo al “aire ciudadano”: …Ya no teme esta tierra que el comercio / entre sus ricos dones le conduzca / el mayor de los males europeos; y a los bajeles extranjeros, abre / con presuroso júbilo sus puertos.”

No son tiempos para los poemas y la filantropía, es la hora de los regateos y los tropeles, de los contratos a sobre cerrado y las vacunas bajo cuerda. La ciencia es menos primitiva, pero el aire primario se impone en nuestros reinos.