jueves, 4 de junio de 2026

Mirando la vuelta

 

El showman, Abelardo De La Espriella: los actos de su campaña - La Silla  Vacía

Consejo Gremial rechaza invitación de Cepeda a dialogar con el sector  empresarial: “Ha cuestionado los resultados electorales sin pruebas”

Luego de la primera vuelta de 2022 el progresismo quedó descorazonado. Parecía claro que serían cuatro años más sin que la izquierda pudiera gobernar en el corazón del mundo. Gustavo Petro, encabezando con el 40.3% de los votos, entregó un lamento sin hilo y sin tono. Las candidaturas de Rodolfo y Fico, sus rivales en la derecha, sumaron 52.1 % y la ventaja llegaba a los dos millones y medio de votos sobre el candidato del Pacto Histórico. Parecía imposible.

Pero Rodolfo abandonó esa boleta ganadora que se había encontrado en una rifa insospechada. El difunto quería ser un simple fanfarrón y se asustó al notar que era posible vencer con la farsa. Eso posibilitó la victoria de Petro. Además, una parte significativa del centro decidió darle una oportunidad a la izquierda, era hora de la alternancia democrática y el cambio volvía a ser una fórmula esperanzadora. Petro sumó más de dos millones y medio de votos entre primera y segunda vuelta. Fue una hazaña. Mientras tanto, Rodolfo le restó cuatrocientos mil votos a la derecha. No creció ni en el consulado de Miami.

En buena medida la primera vuelta del 2026 fue un calco de lo sucedido el domingo. El mapa geográfico es el mismo, las costas y el sur votan a la izquierda y el centro del país a la derecha, con la excepción de Bogotá que ha sido bastión del Pacto, al menos en las elecciones nacionales. Esa foto se consolidó desde el plebiscito por la paz hace 10 años. También los números de los bloques de izquierda y derecha, nuestro nuevo “bipartidismo”, se repitieron casi exactos. Cepeda sacó el mismo 40% de Petro en 2022, las dos candidaturas de derecha repitieron su 51% y Fajardo, representando el conjunto vacío de centro, consiguió su mismo 4%.

Vamos a los cambios. Uribe encontró la derrota definitiva en sus toldas. Paloma Valencia pagó el ocaso del patriarca. El expresidente lució tibio y gastado para la nueva derecha que pide garra y espectáculo. Paloma dijo que era su papá, pero pareció su abuelo. La paradoja es que Uribe, vía judicial, también eligió al candidato de la izquierda y al parecer quemó dos pájaros en su última campaña.

Bogotá fue otra novedad. Una caída de seis puntos para el Pacto. Votantes de centro decepcionados con el gobierno. Fue la más grande derrota del petrismo Pasó algo parecido en Cauca y Nariño, entusiasmo desgastado y gobierno ineficaz. El fervor del cambio ahora está en la derecha. La rabia está de su lado. La arrogancia y la corrupción en el gobierno ayudaron al giro. La izquierda ganó en maquinaria pero curtió su imagen.

La personalidad de los candidatos. Petro es un discursero profesional, un político con fiebre, mientras Cepeda es un hombre frío y taimado. Rodolfo era un tegua con una cólera instintiva, un cascarrabias sin norte. Abelardo es un producto bien producido: el abogado juglar, el empresario pastor, el soldado bacano, el polemista implacable.

Algunos errores que tienen al progresismo muy cerca de salir del palacio frío. La plaza pública como fetiche hizo que descuidaran la tarima de las pantallas. Rodolfo lo avisó hace cuatro años y Abelardo fue un paso más allá mientras Cepeda se conformaba con el “se vive, se siente…” Petro, embelesado siempre consigo mismo, juró que su creciente popularidad era suficiente para ocultar el sonambulismo de Cepeda. Ni la burocracia desatada ni la publicidad desbordada ni la descarada participación en política hicieron el milagro. Parece imposible que la izquierda repita la hazaña de hace cuatro años.

Los dos bandos han convertido la política en cuestión de vida o muerte. El bate, el puñal, el arma traumática como parte de la discusión. Podemos estar avocados a una guerra callejera en la que los dos bandos vestirán la camisa de la selección Colombia.

 

 

 

 

miércoles, 27 de mayo de 2026

El Aberaldo

 

Para mayor transparencia informativa le sugeriría al Heraldo cambiar cuanto  antes su razón social. “El Abelardo” está mucho más ajustado a su enfoque  periodístico actual. ¿No creen? #barranquilla

 

A una semana de las elecciones presidenciales el diario El Heraldo voceó su candidato en un editorial. Escribieron que tal decisión se tomaba “en aras de garantizar máxima transparencia informativa”. “No queremos mentirles, vamos a impulsar la candidatura de El Tigre”, parece ser el argumento de la dirección. Paso seguido explica por qué de la Espriella es la mejor opción para evitar “la crispación inducida desde el resentimiento ideológico o la revancha política que nos ha enseñado a odiarnos para dividirnos”. Y señala a Abelardo como un hombre ideal para lograr la “serenidad institucional y retomar consensos”. También presentan al candidato como apto para combatir el sectarismo. El editorial resultó, además de humorístico, relevante para el eterno debate sobre el periodismo militante.

Desde el final del Frente Nacional los periódicos colombianos fueron dejando la tinta roja o azul. La violencia partidista terminaba y los medios aportaban para bajarle al sectarismo violento. La polarización de la época que incluía la pluma y el machete. A finales de los setenta los partidos fueron languideciendo y la prensa buscó otros entusiasmos. A mediados de los ochenta Enrique Santos, director de El Tiempo, lo tenía claro: “Los periódicos hoy en día se tienen que manejar con un criterio comercial, como una fábrica de carros o de jabones”. Con la Constitución del 91 y la apertura política quedó claro que la prensa miraba con desdén al viejo bipartidismo. Más análisis y menos militancia, menos adhesión automática, más escrutinio sobre los hechos, algún pudor frente al activismo y un poco más de respeto a la audiencia.

El Heraldo regresó a la militancia más frontal. Semana lleva ya tiempo con la lógica de los influercers, declarar su apoyo sería redundante. El asunto no es solo ideológico, o regional, como lo quiere pintar El Heraldo. La audiencia quiere identificarse, necesita comprobar que su excitación tiene razones, quiere subrayar sus propias ideas en “letras de molde”. De modo que el afán de supervivencia puede llevar a los medios a dejarse guiar por la opinión pública. Algo similar hizo En Tiempo en 2005 cuando se tramitaba la reelección de Uribe. Después de 18 editoriales sobre la iniciativa terminó por convencerse a sí mismo: “En la nómina figura, por supuesto, el presidente Álvaro Uribe. El líder que, sin restarles méritos a los demás, nos parecería el mejor calificado para gobernarnos en el cuatrienio que viene.”

La discusión en Colombia recuerda la reciente polémica en la BBC que le costó la renuncia a su director general Tim Davie, en noviembre pasado. Un memorando de un asesor externo dejó claro que temas sensibles (elecciones en Estados Unidos, conflicto Israel-Palestina, cuestiones de género) habían sido cubiertos con claros sesgos editoriales que llevaron a omitir información o editar convenientemente declaraciones oficiales. Los más críticos señalaron que la BBC se guiaba más por causas que por hechos, elegía una narrativa moral y la acompañaba de reportería y edición confirmatoria. Los más condescendientes hablaron de una inclinación involuntaria inducida por la homogeneidad en su sala de redacción. Los peligros de la adhesión moral de los reporteros, del llamado periodismo de compromiso, de la idea de persuadir antes de informar, de la convicción de no ser imparcial entre el bien y el mal.

Las únicas opciones no pueden ser el activismo frentero o taimado. Ni el cinismo de disfraz de periodista. Tampoco el llamado al ideal de la imparcialidad, nadie es el fiel de la balanza. Lo peor sería dejarse reclutar por la horda de las redes. Tal vez algo de lealtad con los hechos, de sinceridad frente a la postura ideológica, de diversidad política al interior y de sarcasmo autocrítico podría servir.

 

 

 

miércoles, 20 de mayo de 2026

Ser y parecerse

 


Imagen

Iván Cepeda es un candidato entre signos de interrogación. Es cierto que tenemos claras sus actuaciones como congresista, defensor de Derechos Humanos, activista por las víctimas de violencia estatal y facilitador en diferentes procesos de paz. Ha dado peleas mediáticas y judiciales que muestran su talante. También su historia familiar define el lugar ideológico desde donde habla y actúa. Y sin embargo, Iván Cepeda es para muchos una incógnita, un candidato agazapado en las formas, en el tono monocorde de algunos lugares comunes institucionales, en cierto ensimismamiento personal que no logra alumbrar del todo a quien podría ser el próximo presidente. Contrario a la característica de la política actual, donde los candidatos son más la estridencia del personaje, la construcción personal y familiar, el dummie parlante de los asesores, Cepeda habla, camina y actúa como un conferencista gris. Los analistas y asesores claman por la emotividad, el espectáculo, la viralidad, la agitación… Y Cepeda sigue actuando según la cuerda que él mismo se da todas las mañanas.

Esa parsimonia se la permite en buena parte el presidente Petro que ha sido su jefe de debate desde hace ya cerca de un año. Petro agita, Cepeda medita. La campaña se convirtió, en buena parte, en una consulta popular sobre la continuidad del gobierno. El presidente vende la idea del bloqueo institucional que ha impedido su revolución. A comienzos de 2025 dijo que uno de sus errores fue “creer que se podría hacer una revolución gobernando”. El progresismo no ha renunciado a la idea del cambio a pesar de las frustraciones, promesas, desastres y deudas que deja el gobierno Petro. “Primeras partes nunca fueron buenas”, parecen decir. Así que el Pacto Histórico pueede seguir vendiendo la idea del cambio: “el sistema enquistado no cae fácilmente, somos una utopía de vida no un cuadro de Excel…” Iván Cepeda entonces lleva su pasma bajo la hiperactividad del presidente, puede ir en neutra sin ningún problema.

No quedan muchas opciones para descifrar la incógnita. Cepeda nunca ha ocupado un cargo unipersonal, nunca ha ejercido un liderazgo en el ejecutivo ni ha dirigido un complejo aparato burocrático. No tenemos un mínimo recorrido sobre sus ideas económicas, solo respuestas etéreas y convocatorias a un “pacto nacional”. Sobre salud y déficit fiscal suelta dos líneas etéreas. Nos queda entonces intentar saber qué tanto podría parecerse a Petro.

¿Piensa de verdad que gobernar es un trabajo aburrido e inútil y por eso es mejor la movilización por una constituyente? ¿Cree como Gustavo Petro que Colombia no es una democracia? Cepeda ha sido más cauto y ha hablado de “democracia imperfecta” o “restringida”. Cosa que no dice mucho, las democracias son por definición imperfectas o restringidas. Reacciones personales pueden dar pistas. Cuando el CNE dijo no a su participación en las consultas interpartidistas calificó la decisión de “arbitraria y antidemocrática” pero no dejó una sola descalificación. Petro, por su parte, convocó a un tutelatón y soltó la sarta de epítetos contra el CNE. El presidente ha hablado del ejercicio de la presidencia como la “infelicidad absoluta” y ha señalado al “enemigo interno” que habita el gobierno y la institucionalidad. También ha descalificado a su gabinete por no ser revolucionario como él.

Unas de las preguntas para definir ha Cepeda es saber qué tanto comparte con Petro esa visión de un Estado enemigo y del ejercicio paranoico de la administración pública, de esa frustración autócrata por no tener un poder exento y de ese maximalismo revolucionario, de esa rabia por su obligación de “administrar un capitalismo moribundo”. No parece fácil que tengamos una revelación en campaña, al fin de cuentas Cepeda es un filósofo educado en Bulgaria y Petro un activista formado en Zipaquira.