martes, 30 de enero de 2018

Cuates y pillos





A mediados de los setenta algunos emprendedores colombianos en la costa norte convirtieron las anécdotas de unos hippies llegados desde Estados Unidos con los Cuerpos de Paz en una gran industria exportadora. La bonanza marimbera en Magdalena y La Guajira pasó por la revista Time y por la televisión nacional con las hazañas del Cacique Miranda. Los viejos aprendizajes del contrabando entregaron grandes ventajas logísticas. Las recuas que bajaban las pacas de hierba desde las estribaciones de La Sierra Nevada hasta los puertos improvisados en el Parque Tayrona llegaron a sumar 150 mulas. Los cachacos no se demoraron en aparecer y el negocio hacía que las cifras de exportación de café y banano fueran risibles. Colombia había desplazado a los narcos mexicanos inaugurando la ruta caribe y la Santa Marta Golden y la Colombian Gold eran el nuevo deleite de los gringos. Humo blanco y puro de La Sierra.
Ese salto que en los setenta parecía inofensivo y folklórico permitió que Colombia se convirtiera en el principal actor del narcotráfico mundial hasta mediados de los años noventa. De los marimberos que celebraban en el Cesar con López Michelsen a los carteles que financiaron la campaña de Samper hasta los Extraditables que por poco doblegan al Estado. Una historia larga y tortuosa. Con la caída de los grandes capos y el cierre de la vía caribe para el envío de coca y demás, Colombia se ha ido a convirtiendo en un simple proveedor de cocaína y pasta base. Ahora el salto es de patrones a lavaperros, de capos a cocineros. Los narcos mexicanos tomaron el control del negocio hace dos décadas y han comenzado a buscar acuerdos que cada vez parecen más desiguales. Sus proveedores han pasado a ser más pequeños y más vulnerables. Ahora los mexicanos pueden elegir a gusto sus contactos con algo de apoyo a pequeñas bandas: crecer narcos emergentes y doblegar a quienes se las tiran de meros machos. En el Bajo Cauca se habla de venta de franquicias a los mexicanos para soportar la presión hegemónica del Clan del Golfo. A mediano plazo los capos mexicanos podrán reconfigurar nuestros poderes ilegales con más facilidad que ejército o policía.
Guatemala, Honduras y El Salvador han vivido ese “desembarco” y la conexión entre las maras y los narcos. Las pandillas prestan servicios de sicariato y a cambio reciben armas y droga para sus negocios de tráfico local. Según un artículo de la revista mexicana Proceso la captura de Sebastián hizo que los narcos del norte perdieran el flujo necesario de coca y buscaran consolidar nuevos proveedores en Antioquia. Durante la captura de Sebastián la policía encontró 56 fusiles, 9 subametralladoras y 13 pistolas con una pequeña contramarca. La mayoría pertenecían a un lote que las autoridades de Estados Unidos filtraron a narcos mexicanos en la operación Rápido y Furioso con la idea de rastrearlos. El juego no funcionó muy bien y al parecer muchas de las armas terminaron fortaleciendo bandas y combos en Colombia. En los últimos dos años 148 mexicanos han sido capturados en el país por delitos relacionados con narcotráfico. En Tumaco, en Catatumbo, en Córdoba suenan los Zetas y Sinaloa, para algunos como alarde y para otros como certeza. Según la prensa ecuatoriana el carrobomba del fin de semana pasado contra un comando de policía en Esmeraldas tiene como protagonista a alias Guacho, ecuatoriano disidente de las Farc, aliado con narcos mexicanos.
Desde el norte han llegado a imponer “orden” a nuestros narcos modestos que se anotan en compañía para los grandes embarques. México tuvo el año pasado una cifra récord de homicidios, Colombia tiene todavía una tasa de homicidios por cien mil habitantes mayor a la de los mexicanos. Ojalá no se unan las peores prácticas de nuestros pillos y los delincuates.





miércoles, 24 de enero de 2018

Guerras íntimas







El escenario más brutal puede terminar entregando pistas sobre la violencia más silenciosa y más íntima. Las agresiones sexuales en medio del conflicto en Colombia delatan grandes perversidades sociales, terribles carencias familiares y, por supuesto, revelan un Estado indolente cuando no corrompido. Muchas veces el conflicto solo imponía a los victimarios, entregaba el poder a un determinado grupo de camuflados, mientras se repetían las prácticas de abuso cotidianas en tiempos tranquilos o agitados. El Informe Nacional de Violencia Sexual en el Conflicto Armado, publicado en noviembre del año anterior por el Centro Nacional de Memoria Histórica, hace un duro repaso de violencias sin ideología, de castigos primitivos, de lógicas corrientes en ciudades y pequeños municipios. Mercedes, una líder de Buenaventura, lo explica con resignada sencillez: “Eso no lo vamos a solucionar porque es que las violencias sexuales no llegaron con el conflicto, y qué pena, las violencias sexuales igual que las violencias físicas han estado allí del hombre a la mujer por su condición de ser mujer. Esa es mi inquietud. No hay que esperar a que se acabe el conflicto, esto es de siglos y siglos atrás, mientras a la mujer no se le respete no va a cambiar nada (…) por eso hay que sacar la violencia sexual y visibilizarla, ponerla en la mirada institucional, sacarla de lo privado y ponerla en lo público, esto es un problema de educación”.
Muchos de los testimonios de las mujeres hablan de abusos sucesivos: primero en la casa, luego en el primer círculo social (el colegio, el barrio) y por último con la llegada de los distintos poderes armados. Cifras de Medicina Legal muestran que todo comienza de puertas para adentro. El informe de 2015 reseña 21.115 exámenes practicados en todo el país por posibles delitos sexuales. En el 88% de los casos el agresor señalado es una persona cercana a la víctima: pareja, expareja, familiar, encargado de su cuidado, amigo. El Sistema de Información para la Seguridad y la Convivencia de Medellín da cifras que confirman los riesgos domésticos. El año pasado los principales agresores sexuales en la ciudad fueron los padres, 146 casos, y los padrastros, 115 casos. Entre padres y padrastros están cerca del 20% de los abusos sexuales denunciados en la ciudad.
Además, la denuncia sigue siendo una hazaña. Muchas veces la familia decide no creer para tapar viejos encontrones, la comunidad no oye nada por temores varios, las autoridades cuestionan y dificultan, y los victimarios encaran y amenazan. Entre todos se justifican y se le dan visos de normalidad a las pesadillas individuales. Lorena, una adolescente violada en 2014 en Nariño por un militar retirado: “Me cambió la vida, porque si el pueblo se diera cuenta o pensara en un momento que yo no digo mentiras sino él, todo sería diferente. Pero optaran por sacarlo, pero el pueblo se unió a esa persona”. Y cando las mujeres se rebelan no pasa nada muy distinto. La hermana de Narly, una niña de 7 años violada en 2008 en Buenaventura por un paramilitar, decidió denunciar y enfrentarse a todo el mundo: “Fuimos, pusimos la demanda, nos mandaron a la Policía de infancia y adolescencia, nos dijeron que fuéramos a Medicina Legal porque ahí ellos no atendían, que al otro día volviéramos. Fuimos a Medicina Legal: no había funcionarios, y entonces aprovechamos y fuimos por urgencias al hospital, el médico empezó a regañarla que ella por qué no había dicho, que nosotras éramos culpables: ‘Pero, ¿usted por qué no dijo?, pero usted está muy tranquila. No mija a usted le estaba como gustando la cosa, diga que sí es su novio’ (…) y por la televisión dicen ‘denuncie’, por la radio dicen ‘denuncie’, la policía dice ‘denuncie’, todo el mundo dice ‘denuncie’, pero cuando una logra denunciar todos como que se confabulan y no hacen justicia”.
La avalancha de testimonios en el mundo ha demostrado que lo que creíamos anomalía es una conducta frecuente. Que el abuso se puede está muy lejos y muy cerca. Lo cuentan las medallistas olímpicas, las estrellas de Hollywood, las promesas del pop, las putas curtidas de nuestros pueblos, las niñas que caminan al colegio y las menos pensadas.






martes, 16 de enero de 2018

Morir de joven





Medellín comenzó el 2018 con grandes titulares sobre fondo rojo en los diarios populares. Los cadáveres aparecen en maletas, quebradas, esquinas, hoteles. En solo 28 horas se presentaron 12 homicidios en el comienzo de esta semana. Para hacerse una idea de la magnitud de esa cifra vale decir que durante todo enero de 2017 se reportaron 32 asesinatos. Mientras se buscan las causas de los dos años consecutivos con aumento de los homicidios en Medellín, luego de seis años en línea con cifras a la baja, Medicina Legal ha tenido un trabajo duro en las primeras dos semanas de enero. “Reacomodo de estructuras criminales luego de la captura de Tom”, “Problemas de convivencia en algunas comunas”, “Enfrentamientos por rentas ilegales”, las razones se repiten y las preguntas quedan. Desde hace años nos acostumbramos a que los cambios en las cifras de homicidios año a año varíen según el clima de confianza y cordialidad entre sectores ilegales, y no tanto según las iniciativas del gobierno local.
Cerca de la mitad de los homicidios que se cometen en la ciudad dejan como víctimas a jóvenes entre los 14 y los 24 años. La “mano de obra” de la delincuencia se concentra en ese rango de edad. Los pillos con recorrido juegan a ser, al mismo tiempo, primeros empleadores, padrinos, prefectos de disciplina criminal y verdugos. La secretaría de la juventud habla de 60.000 pelados en riesgo. Medellín ha bajado su tasa de homicidios desde los 381 casos por 100.000 habitantes en el peor año de los noventa, hasta 22 por 100.000 habitantes según los cálculos al terminar 2017. La reducción habla sin duda de una ciudad distinta. Pero los más jóvenes en los barrios más complicados todavía enfrentan riesgos parecidos a los del tiempo del No futuro de Rodrigo D. La Corporación Casa de las Estrategias realizó hace tres años un estudio para establecer la tasa de homicidios entre los jóvenes en comunas y corregimientos con mayor criminalidad. Los resultados muestran que para muchos jóvenes todavía es difícil huir de la lotería de ajustes de cuentas y reclutamiento que imponen los combos. En San Javier la tasa de homicidios para los jóvenes era de 122 / 100.000 habitantes, en San Cristóbal 108, en Castilla 102, en Altavista 75. Una mirada a las cifras del año pasado mostraría tendencias muy similares en las comunas con más homicidios, casi las mismas que las reseñadas en 2014.
El gobernador Luis Pérez habla de la necesidad de sacar los militares a la calle y el alcalde anuncia dos mil nuevas cámaras de seguridad. Pero el arraigo ilegal en buena parte de la ciudad todavía hace ver al Estado impotente, repetitivo, torpe. La captura de 120 muñecos de año viejo en diciembre pasado es una buena caricatura sobre las prioridades y las posibilidades de la fuerza pública. A pesar de que Federico Gutiérrez sale con megáfono para llevar de nuevo a las clases a niños y jóvenes que dejan el colegio las cifras no ceden. La tasa de cobertura en educación secundaria cayó entre 2014 y 2016 según cifras del programa Medellín cómo vamos. Hay algo más de 9.000 jóvenes entre 15 y 16 años por fuera del sistema educativo y la tasa de deserción en educación secundaria es cercana al 5%. El salto de los 15 a los 16 años marca el gran momento para cambiar el salón por la esquina. A los 15 los matriculados son el 95% y a los 16 ya son apenas el 77%. Los profesores son tal vez el seguro más efectivo para evitar ese tránsito. La pelea es dura contra quienes ofrecen un celular, una moto o el estatus que da un fierro a cambio de matrícula condicional en una banda. Valdría la pena poner un poco más del 0.05% de los recursos de inversión municipales en su capacitación. Toca pensar menos en las cámaras de seguridad y en el estigma que dejan las series de narcos y dar peleas más complejas y más inteligentes.




miércoles, 10 de enero de 2018

Humo blanco





Hace un poco más de treinta años, siendo fiscal en Alabama, soltó una frase para divertir a sus amigos de banca en la iglesia y a sus leales en la oficina: “El Ku Klux Klan me parecía bien, hasta que supe que fumaban marihuana”. Jeff Sessions, el actual fiscal general de Estados Unidos, buscaba además burlarse de quienes lo acusaban de racismo por sus intentos de revertir el derecho al voto para los afroamericanos. En su momento el chiste le costó un veto del senado para ser juez federal, pero tuvo revancha y en febrero del año pasado el senado lo confirmó en su cargo con una votación de 52 contra 47. Es posible que Sessions haya cambiado en algo su posición frente a los negros, o que al menos haya entendido que esas gracias deben soltarse en un espacio más reservado. Lo que es claro es que su obsesión contra la marihuana sigue intacta.
Sessions dijo hace unos meses que la hierba es solo un “poco menos horrible que la heroína”. Sus prejuicios van en contra del creciente apoyo de los norteamericanos a la legalización. La más reciente encuesta de Gallup sobre el tema mostró que el 64% apoya la medida. Incluso la mayoría de los votantes republicanos creen que lo mejor sería la venta legal y regulada de marihuana. Hace solo quince años quienes se oponían eran mayoría dos a uno frente a quienes apoyaban la legalización. Sessions es una especie de rezago de los tiempos de Nixon viviendo, y mandando, en el mismo año en que California (además de otros siete estados y Washington D.C.) ha comenzado a vender legalmente marihuana con fines recreativos a un inmenso mercado que llevaba veinte años comprando bajo el manto medicinal. En 2015, como senador por Alabama, Sessions dijo en medio de un debate que “la gente buena no fuma marihuana”. Y parece dispuesto a trazar una línea entre buenos y malos siguiendo el humo y las semillas, aunque parece que es demasiado tarde.
La semana pasada, Sessions revocó una serie de memorandos firmados por el exfiscal general Eric Holder, durante el mandato presidencial de Obama, que instruían a los fiscales federales a no iniciar causas criminales por la siembra o venta de marihuana en estados que habían decidido su legalización con fines medicinales o recreativos. En Estados Unidos la ley federal todavía considera ilegal la marihuana, en contravía de las decisiones que han tomado veintinueve estados sobre usos recreativos o medicinales. Para Sessions las anteriores directrices socavan el Estado de derecho y la capacidad de hacer cumplir las leyes. Por tanto les abrió la puerta a los fiscales para que vayan tras quienes hasta hace poco creían actuar bajo una nueva legalidad. La decisión es más una amenaza que una realidad. Un pequeño chantaje, una sombra para que los nuevos empresarios del moño sepan que alguien los mira. Y se sabe, tanto entre sus perseguidores como entre sus consumidores, que la marihuana y la paranoia la van bien.
Pero así Sessions viva en los años sesenta y Trump en los ochenta las cosas no están fáciles. Ya los senadores de Colorado, California, Nevada, Oregon y otros han comenzado a hablar de un regreso al mercado negro. El presidente había prometido respetar las decisiones de los estados sobre la marihuana. Y un nuevo lobby verde comienza a hacer presión. Aunque parezca increíble la defensa creciente de la legalización es uno de los temas que hasta ahora logra mayor consenso bipartidista contra Trump. Han topado con los nuevos ricos de la industria cannabica, con los impuestos de los políticos locales, con la mayoría de los votantes y con el celo de los estados sobre sus competencias. Parece que deberán aguantarse el humo.








martes, 2 de enero de 2018

Elecciones típicas





El método es sencillo. Primero tensar un poco el ambiente a punta de retórica: “Vivimos un momento excepcional, enfrentamos conflictos históricos, son tiempos de grandes decisiones”. Se logra entonces una buena lupa sobre los miedos y las amenazas: “El abismo es una realidad, un camino cercano y apreciado por muchos. El error cunde, los enemigos crecen”. Una vez con las expectativas en su tope, cuando el público está en el borde del asiento, ensordecido por las sirenas, se señalan las dos opciones posibles, solo dos, un dilema que requiere adhesiones fuertes, una disyuntiva urgente que solo se salva con decisiones rápidas, que necesita más la intuición de quien es acechado que el razonamiento de quien puede sentarse a oír, preguntar y pensar. Con el escenario dispuesto no queda más que exhibir el candidato excepcional para los tiempos excepcionales. Si la política es muchas veces un ejercicio inquietante de medianía, una elección de grado entre males probados o por probar, es lógico que los competidores intenten crecer su valía, sus alcances y sus posibilidades ensalzando el certamen en el que participan. Y no tienen que fingirlo todo, ya sabemos que parte de su juego consiste en tomarse demasiado en serio y convencerse de que son indispensables.
Pero lo verdaderamente excepcional son sus intereses, lo insalvable son sus ambiciones y sus compromisos. Bertrand Russell decía que detrás de toda elección política hay cuatro grandes pasiones humanas: la codicia, la vanidad, la rivalidad y el apego al poder; no están en los tarjetones ni en los debates pero son el fondo de todas las carreras electorales. Quizá sea útil para los electores poner ese fondo tras la propaganda, las entrevistas, las encuestas y la agresividad que se viene. Tal vez nuestra tarea principal sea tomarnos menos en serio a los candidatos, moderar sus aires solemnes frente al posible desastre, descreer de sus posibilidades como mandatarios, poner sus atriles abajo del escenario y obligarlos a mirar de abajo hacia arriba. Y entender, como Tocqueville hace muchos años, que la adhesión a las causas políticas debe ser moderada, debe incluir preguntas y desconfianzas, y no convertirse en una pasión desbordante.
Las elecciones presidenciales del año que comienza son tan particulares e importantes como muchas de las que hemos sufrido en décadas anteriores. Incluso, tienen algunas características que las pueden ubicar como las elecciones más corrientes, menos decisivas de los últimos años. Lo primero, por hablar solo de tiempo, es que ya no existe la reelección presidencial y por ende el próximo presidente tendrá, con toda seguridad, un mandato más corto y precario. Deberá ser más certero en sus prioridades y menos ambicioso en sus planes. Lo segundo, es que el tema del conflicto armado, la disyuntiva negociación o arremetida sobre la que el presidente tenía casi total poder de decisión, ha dejado de ser un asunto relevante. Las Farc no existen como grupo armado y el ELN es una amenaza menor en términos militares. Respecto a la implementación hay muchos retos pero igual las responsabilidades son compartidas con el Congreso, las Cortes y las autoridades locales. El orden público, a pesar de los múltiples puntos rojos, muestra una señal constante que entrega confianza: ocho años consecutivos de reducción de homicidios. La gran amenaza regional, el coco ideológico del castro chavismo, es ahora una sombra decadente que solo asusta en Colombia. Y las cifras gruesas de la economía, según previsiones de observadores imparciales, mejorarán ligeramente en este año.

Vamos a calmarnos, entonces, y a repetir una frase de Karl Popper para dejar a los candidatos y su carrera a dos vueltas en el justo medio: “La creencia de que solo puede salvarnos un genio político –el Gran Estadista, el Gran líder– es la expresión de la desesperación. No es nada más que la fe en los milagros políticos, el suicidio de la razón humana”.