miércoles, 23 de junio de 2021

Noticia de un paciente

 





 

Un reino anunciado durante más de un año, un reino de puertas abiertas, con las invitaciones silenciosas y ocultas que se entregan todos los días, un reino plagado de advertencias y fantasmas y condenas ¡Qué digo un reino! Mejor una fortaleza, una prisión. A ese lugar fui invitado hace un poco más de quince días por un anfitrión desconocido. Y llegué sin mayores asombros, siguiendo los dolores indicados, aceptando muy pronto que la fiebre era una garantía de estar en sus habitaciones, que no era un asunto de imaginación. En apenas veinte horas me entregaron la confirmación de mi llegada: la prueba médica como llave, un pequeño instrumento para medir el oxígeno y la presión arterial, treinta pastillas y consejos acompañados de compasión.

Un chuzón en el pecho había sido una primera advertencia, como el índice que nos señala de una culpa con golpes secos en el esternón. Luego las piernas para advertir la debilidad que viene y más tarde la presión en las cuencas de los ojos, no se sabe si con intensión de sacarlos o hundirlos. El efecto en los ojos tal vez tenga que ver con el necesario llamado a ocultarse, a vivir en el claustro de los apestados. El único contacto que se mantuvo siempre fue el de la vigilancia tortuosa que entrega el teléfono. En esta instancia las enfermeras y los médicos no hablan, solo titilan. Cuando me sentía como el más triste de los pájaros, en pijama, abriendo y cerrando los brazos para respirar hondo y alejar la presión del pecho, justo en ese momento algo vergonzoso frente al espejo, timbraba el teléfono: “¿Podría enviarme sus signos vitales?”. “sin voluntad ni para lavarme los dientes”, hubiera sido siempre la respuesta apropiada.

En medio de la clausura se impone una especie de diadema que hace presión sobre la cabeza para dosificar los mareos y sacudir el mundo. Imagino que esa misma presión es la que entrega una sensibilidad exacerbada al inquilino. Recuerdos inesperados, resignaciones que parecían olvidadas, las ansias de resarcir algunas ofensas ya caducas… Todo viene en medio de la fiebre y parece tan irreversible, tan poderoso. La peor televisión me hacía llorar generando el doble castigo de la sensiblería y la falta de voluntad para si quiera cambiar el canal. Pero para el descanso estaba la noche: un nado desconcertante entre sudores y escalofríos en las piernas. Solo el agua servía como salvación, el agua que se agotaba en las noches y al mismo tiempo obligaba al baño donde la talla de la taza era cada vez un poco más amplia frente al cuerpo. Pero no todo era sensibilidad a flor de piel, también estuvo la privación de los sentidos. Sin previo aviso la fruta salvadora de la mañana ahora era una papilla insípida y la sopa un potaje para la supervivencia. Masticar como un acto de fe, como un ejercicio tan triste como ese de respirar y levantar los brazos.

El despertar, o mejor, el amanecer, era sobre todo un sobresalto acerca de las posibilidades de la mejoría. Casi siempre un alivio, algo de ánimo, pero la estadía iba pesando hora a hora y luego de la siesta, más imposición que descanso, era el momento de las nuevas fiebres y el abatimiento. Una burla sin duda, una manera de vencer también la mente y la confianza. La música sonaba afuera como algo extraño, cómo algo ajeno y lejano. No apta para la gente en la fortaleza.

La suerte quiso, además, que en la mesa de noche estuviera dispuesta La montaña mágica, novela de apestados que viven en un elegante desahucio. Tembloroso pasé más de 400 de sus páginas, casi viviendo entre esos personajes que tosen para existir, llevan su tabla de temperatura, ven admoniciones en las sombras de sus pulmones y terminan por apreciar su enfermedad como lo único que los hace singulares. La novela va por la mitad, y parece que yo he logrado salir del Sanatorio Berghof. 

miércoles, 16 de junio de 2021

Lecciones brasileras

 



Durante siete años Brasil celebró una campaña anticorrupción con visos de carnaval y entregó aires de justicia y revancha a una mayoría de la población. La política ya no aportaba ninguna credibilidad así que era hora de que los jueces, su investidura y su severidad, cargaran con las emociones extinguidas de las campañas políticas. Las primeras del caso Lava Jato se dieron en 2014 e involucraron a 46 personas por delitos de soborno por parte de la estatal Petrobras y lavado de dinero. Un año más tarde el ministerio público había construido un portal con información abierta sobre el proceso que unos meses después ya tenía más de un millón de visitas. Ya en el 2017 el expresidente Lula da Silva había sido condenado a nueve años de prisión por recibir sobornos de Odebrecht y perdía así la oportunidad de participar en las elecciones presidenciales de 2018.

Sergio Moro fue desde el comienzo el líder y la cara visible de la ofensiva, un moralizador que se fue entusiasmando con su tarea y con la sociedad civil que lo aclamaba. Sus declaraciones sobre la vanidad judicial parecían calcadas de los políticos: “¡Siempre he dicho públicamente que lo importante es el trabajo institucional, el poder judicial y sus instituciones. Entonces, debemos enfocarnos en el fortalecimiento de las instituciones porque esto también implica el fortalecimiento de nuestra democracia!”. Pero comenzaron a aparecer las fotos sociales con la gente de la Social Democracia que al mismo tiempo eran llamados a declarar contra sus rivales políticos. Las advertencias de los juristas más serios y garantistas fueron desestimados como un afán de tapar a los poderosos. Desde 2014 un magistrado del Tribunal Federal dejaba claros los peligros: “Es un juez que presta un servicio público relevante, pero tiene que tener cuidado de no transformarse en un Estado policíaco". Moro conminaba a Lula a declarar con la policía antes de notificarlo, filtraba a la prensa las piezas que consideraba fundamentales así no tuvieran respaldo legal. Por ejemplo, las interceptaciones de conversaciones con Dilma Rousseff que justificó citando como precedente el Watergate gringo del 1974.

Moro recibía premios internacionales, era aplaudido a rabiar en sus visitas a capitales latinoamericanas y su capa de súperjuez cubría casos y condenas un muchos países. La falta de un contrincante de peso por la “descalificación” de Lula sumada al impulso anticorrupción llevaron a Bolsonaro al poder. Moro que había negado de plano la posibilidad de estar en la política llegó al ministerio de justicia del nuevo presidente alegando que era un cargo técnico para impulsar reformas claves. Un año y cuatro meses duró antes de salir disparando del gobierno por las injerencias de Bolsonaro en el despido del jefe nacional de policía.

Pero faltaba lo peor. Las comunicaciones por Telegram de Moro y los fiscales se filtraron y fue claro que el juez hacía también de fiscal y daba órdenes y consejos a los acusadores. Ahora sí las filtraciones le parecían injustificables. En marzo pasado el Tribunal Supremo de Brasil confirmó la libertad de Lula y anuló los fallos en su contra decidiendo que el fallo de Moro había sido parcializado. Ahora muchas de las causas penales de Lava Jato tambalean y no de los magistrados del tribunal habló de la Stasi brasilera.

En Colombia esos juegos de justicia suelen ser mucho más mediocres. Impulsados por Margarita Cabello o Carlos Felipe Córdoba, simples rondadores de curules con encargos partidistas e ínfulas justicieras. Moro, la procuradora y el contralor demuestran que la aparente lucha contra la corrupción puede encarnar tantos peligros como la corrupción.

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 2 de junio de 2021

Detrás de la placa

 

 



Leer el diario de un policía, su minuta de registros, riesgos, violencia, corrupción y frustraciones, fue un ejercicio paradójico: nada me sorprendió pero cada página me dejó detalles aterradores. El libro, a la vez el retrato de algunos municipios y de una institución en mora de reformas, se llama Detrás de la placa y fue escrito por Andrés Acosta Romero hace unos cuatro años. El agente Acosta llegó a la policía en abril de 2003 y vistió el uniforme por más de 10 años. Tiene algo especial ese agente con gustos rockeros y horas libres al lado de Poe y Camus “para no penar güevonadas”.

Nunca quiso ser policía, su vocación estaba lejos de ese “servicio” en el que lo inscribió su madre aburrida de ver sus ocios de billarista en su natal Villavicencio. Él solo puso la huella y la firma en el formulario diligenciado. El primer contacto con la policía lo había tenido a los 19 años cuando una palmada en la espalda lo despertó de su “vuelto” en patineta oyendo a los Illia Kuryaky and the Valderramas. Un policía lo esculcó hasta los huesos preguntándole dónde tenía la marihuana y luego pasó más de 12 horas en una celda de castigo por su pantaloneta camuflada. Un abuso de rutina para miles de jóvenes en Colombia.

Pero el uniforme lo esperaba luego de cansarse de llevar hojas de vida siguiendo la ruta de la bolsa de empleos del Sena. Antes unos vecinos le habían propuesto irse al Caquetá al próspero negocio de raspar y cocinar. Para eso no necesitaba entrevista de trabajo. Eran los tiempos del Plan 10.000 en la primera presidencia de Uribe y la formación de los agentes había pasado de un año a seis meses. “De uniforme colegial a uniforme policial, de muchacho de barrio a autoridad, de cuadernos a revólverl…” Antes de jurar lealtad a la patria y besar la bandera, Acosta aprendió a marchar como muñeco de cuerda, a ser sumiso y agachar la cabeza, a gritar para ganar respeto frente a los ciudadanos, a brillar sus botas y templar las cuatro esquinas del catre. “Salí sin saber la diferencia entre un policía y un militar…”

Solo unas semanas después de salir a las calles y entrar a las estaciones fue testigo del primer abuso policial. En Mosquera, Cundinamarca, municipio de bautizo, un sargento mayor les partió 3 tablas de un camarote a dos detenidos que habían peleado en una celda: “Parecía una escena de Guantánamo”. Más tarde, trabajando en Chía, sería testigo de cómo un subteniente casi mata a un borracho en un calabozo a puta de puños y patadas. Acosta no quiso atestiguar a su favor en la investigación y fue castigado a una caseta polar para cuidar la casa finca de un congresista: “Un policía prestando servicio como vigilante privado”.

El patrullero también sufrió los acosos por demostrar “operatividad”, es decir por incautar drogas, armas o llevar detenidos. Una simple estadística para las celdas. Así llegó a un acuerdo para recibir informes de una jíbara jefe a cambio de dejarla trabajar mientras ella le entregaba a sus rivales de plaza. También cuadró caja con sobornos de rutina a carros y camiones y aprendió que los restaurantes de carretera son un paraíso para almorzar gratis y levantar meseras. Y sufrió la discriminación de los oficiales sobre sus subalternos, la imposibilidad de ascender, la segregación interior que es incluso peor que la que se acostumbró a sostener en las calles.

El libro tiene algo de alegato y desengaño. Ahí están las burlas de sus vecinos cuando llegó rapado, los insultos en las marchas y el desprecio de alguna novia que le dejó claro su valor: “Estoy saliendo con un ingeniero industrial… Tu tan solo eres un patrullero que apenas terminó bachillerato”. Esa placa que es un escudo y una afrenta.

 

 

miércoles, 26 de mayo de 2021

Borrar el muro

 



En 1935 un acuerdo del Concejo de Medellín encargó a Pedro Nel Gómez diez frescos para acompañar desde los muros del cabildo las discusiones públicas. En Colombia las polémicas artísticas comenzaban a hablar de “conciencia social” y representación de las “pulsaciones emocionales del pueblo”. La política había llegado a los primeros salones de arte y los muros en los edificios públicos emblemáticos (Teatro Colón, Capitolio, alcaldías, Universidades) eran parte de la lucha partidista. Los frescos de Pedro Nel en el Concejo tenían algunos títulos sugestivos: “La muerte del minero”, “La sopa de los pobres”, “Maternidad americana”. Ni los colores, ni los temas, ni las figuras les gustaron a los políticos más conservadores y a la sociedad más pacata. Estaban acostumbrados a la exaltación de lo que ellos consideraban los valores y no a la crítica “repugnante”.

Unos años después, cuando ya los frescos presidían el Concejo de la ciudad, Laureano Gómez dejaba clara su indignación por la manera como se habían “embadurnado” los muros de un edificio público: “Sin duda mayor desconocimiento del dibujo y más garrafales adefesios en la pintura de los miembros humanos. Una ignorancia casi total de las leyes fundamentales del diseño y una gran vulgaridad en los temas, que ni por un momento intentan producir en el espectador una impresión noble y delicada.” Además, ese arte vergonzoso era una copia del muralismo mexicano (siempre el miedo a esos enemigos que adoctrinan desde afuera) y representaba sobre todo la pereza y el “disfraz de la inhabilidad”. Más tarde, el Concejo de Bogotá aprobó una moción pidiendo que se borraran los murales de Ignacio Gómez Jaramillo que “afean las escaleras del capitolio nacional”. Lo que en principio era una crítica estética terminaba en términos políticos: “¿O es que a los pintores y artistas se les premian entre nosotros sus ideas izquierdistas pero no el mérito intrínseco de sus obras?”

El fin de semana pasado hubo polémica en Medellín por un muro pintado en el barrio El Poblado. El colectivo más grande de grafiteros de la ciudad ha intervenido más de veinte muros, muchos de ellos con mensajes referentes al abuso policial que el paro no ha hecho más que confirmar. La leyenda era sencilla y sugestiva: “Convivir con el Estado”. Era de grandes dimensiones, como el hecho que buscaba señalar y condenar. Esa larga convivencia entre grupos paramilitares y agentes del Estado.

Al día siguiente algunos vecinos del barrio salieron a borrar ese titular callejero a doce columnas que les pareció ofensivo y violento. No podían entender por qué alguien venía a “rayar su barrio”. Su lógica se parece un poco a la de las bandas que imponen fronteras invisibles a los territorios que controlan. Para ellos la ciudad está compartimentada, no solo ideológica y socialmente sino en sus límites “geográficos”. “Medellín es nuestra”, decían mientras oían en himno antioqueño en una escena falangista. También sorprende cómo una leyenda que recuerda crímenes de Estado en alianza con políticos, mercenarios y empresarios les sentó tan mal. La ofensa que les produjo el menaje tiene algo de autoinculpación. Los “buenos” (así se llamaban en su estribillo de calle) deciden entonces cuáles son los mensajes que deben ir en los muros de la ciudad, se han elegido curadores eméritos. Y no sólo eso, consideran que borrar la opinión ajena e incómoda a sus ideas es un acto de paz. Ir acompañados de niños y policías con pintura blanca y verde es para ellos una muestra suficiente de concordia. Ven sombras en los muros, le temen a las letras, pretenden dictar la estética e imponer su política. Habitan en viejos tiempos y en carros nuevos.


miércoles, 19 de mayo de 2021

Zonas francas

 





Hace cincuenta años, cuando Cali descansaba del “deber cumplido” por la realización de los VI Juegos Panamericanos, el alcalde de la ciudad ya hablaba de una idea que se ha hecho lugar común en nuestros diagnósticos sociales: “Un deseo por unir a las dos grandes ciudades que coexisten en Cali”. El plan continuemos era la campaña para seguir con la avanzada “cívica y de progreso” que llevaba más de seis meses marcando la prensa y los mensajes oficiales. Los recién llegados por las migraciones debían sumarse, aprender, asimilar los valores asentados en la ciudad. Quince años después, en 1986, cuando Cali celebraba sus 450 años de fundación y se recordaban los días de la ciudad recién bañada por los Panamericanos, un columnista de El País volvía con la idea: la llegada de personas que solo traían “su miseria y su anhelo” hacía necesarios “elementos de unidad entre la clase dirigente educada, precursora, consciente de sus responsabilidades sociales, y esa gran masa sin educación y sin bienes de fortuna…” El civismo era la respuesta para lograr ese encuentro entre las dos ciudades.

Apenas un año de los Panamericanos, algunos barrios de la Comuna 16, nacidos de invasiones y comités de vivienda popular, eran incluidos en los mapas oficiales de la ciudad por los acuerdos del Concejo Municipal. A comienzos de los sesenta se habían dado las primeras invasiones y los enfrentamientos con la policía dejaron en su momento una muerte que marcó la primera historia del barrio: Juana María García murió por un disparo de un agente. Con una caseta comunitaria con su nombre comenzaba otra historia de la zona. Luego vendría la pelea por tener servicios públicos y las luchas con la policía a causa de las conexiones ilegales.

Uno de esos barrios peleados en los sesenta y legalizados en los setenta se llama República de Israel. Ahí muy cerca está ese amplio cruce de calles que se ha hecho famoso durante el reciente paro y que pasó de Puerto Rellena a Puerto Resistencia. Allí estuvo una de las primeras pilas públicas de agua cuando los lotes se repartieron. Ahora es una especie de república independiente defendida a piedra y fuego de llantas por varios cientos de jóvenes. Muchos de ellos sienten que por primera vez pertenecen a un proyecto común, que su escudo y su capucha se justifican. Uno de los habitantes del sector intentaba explicarme, la semana pasada, las particularidades de ese espacio listo para el tropel, que en la noche parece un parque de barrio con ventas callejeras, visitas de familias, música y algo de cerveza fría, pero que está rodeado siempre de la tensión y el recelo de la “primera línea”. Decía que desde noviembre de 2019 se decidió protestar en los barrios, no salir de caminata para ser gaseados en la ciudad sino resistir en casa. Ese cambió táctico hizo que la gente del barrio haya comenzado a reconocer la lucha de los pelaos, que los alimente y los aliente; y ha logrado, además, unir a los perfiles más diversos, hacer que los pillos menores oyeran la historia de los jóvenes con discurso político y pliego de peticiones, que los universitarios hicieran plante con la gente de la esquina, que el regente de una plaza se interese en un punto improvisado de “atención médica”. Todos están seguros de librar la batalla de sus vidas. 

Un hombre de unos 55 años, en bicicleta, con un atao de leña al hombro, descarga su aporte al lado de una de las ollas comunitarias que alimentan a los pelaos: “Llegó la primera leña”, dicen entre risas. El hombre del fuego nos ve los micrófonos y nos dice con voz recia: “Cuenten la verdá, lo que se vive aquí”. Es parte de la desconfianza frente a todo el que llega al barrio sin compartir las señales de su historia. La herencia de pelea es muy larga y los abusos de la policía han dado cohesión y firmeza a muchos puntos de resistencia en Cali. Las dos ciudades parecen más divididas que nunca.

 

 

 

 

 

Abuso judicial

 



Legalizar el abuso parece ser la nueva estrategia del gobierno nacional y la fiscalía. Un tándem cada vez más parecido al ya famoso “matrimonio” que se mueve en moto con la chaqueta verde de quien va al volante y armadura negra para el parrillero. La idea se pretende inteligente a pesar de lo perversa. Tiene el doble objetivo de limpiar el primer abuso, la captura ilegal y la golpiza, y aplicar un segundo atropello aún más grave, el sometimiento a un juicio y una larga detención preventiva. La estructura de defensa pública de nuestra justicia y la discriminación de la policía a la hora de aprehender y aporrear se encargan de completar el cuadro: los cazados generalmente no tienen cómo pagar un abogado y los defensores de oficio cargan hasta con ochenta acusados y difícilmente pueden siquiera contestar el WhatsApp de las madres desesperadas.

En Medellín, durante los primeros días del paro, se vieron varios casos que ejemplifican muy bien la felonía. Y me perdonan el tono abogadil que va tomando esta nota. Jóvenes capturados al azar, en medio del tropel, por lo general jóvenes que huían ante las primeras escaramuzas, terminaron asistiendo a una audiencia de imputación con la cabeza rota. Antes de la audiencia fiscales y policías estaban concertando a ver cuál era el delito más apropiado para hacer valer su mentira, como si estuvieran llenando un crucigrama. Otra vez el “matrimonio” en acción.

El caso más sonoro fue el de cuatro jóvenes capturados en el parque de El Poblado. Se escampaban debajo de una cornisa cuando llegaron los policías a cumplir con su cuota de captura y bolillo. Los atacaron sin mediar palabra, los capturaron y fueron acusados de violencia contra servidor público, un delito que da entre cuatro y ocho años de cárcel. Ese atropello normalmente se quedaba en los Centros de Traslado por Protección, donde la policía lleva a quien deambule en estado de alteración grave de conciencia, presente comportamientos agresivos o realice actividades peligrosas, o sea cuando a un agente le dé la regalada gana. El tiempo máximo de “estadía” en esas bodegas es de doce horas. Ahora las cosas han escalado y una cuota de los capturados está pasando del código de policía al código penal. No pregunten por la Defensoría que ahora está dedicada a agachar la cabeza.

Afortunadamente hay penalistas que salen a ofrecer y prestar sus servicios ante los atropellos de policía y fiscalía y el desgano del ministerio público. La expresión declamatoria de luchar por la libertad encuentra de vez en cuando a algunos que logran hacerla literal. Pero los peligros no se quedan en las actuaciones de los funcionarios mencionados. Algunos jueces vienen a aportar su granito de arbitrariedad. En el caso en Medellín la palabra de los policías, que dijeron haber sido golpeados con piedras y botellas y estar muy cerca de ser “acribillados”, terminó siendo prueba incontrovertible. No valieron los testimonios de los capturados ni de al menos diez personas más entre ellos defensores de Derechos Humanos: “Por qué los agentes van a estar diciendo mentiras”, dijo el juez. Y si la policía no miente pues sobra el juicio. Basta su testimonio. Fue necesario que apareciera un video que mostraba la escena completa para que el juez decretara la libertad. Sin esa cámara en el sitio y el momento preciso esos cuatro jóvenes golpeados estarían en la cárcel. Antes, el juez les había dicho que si eran educados y de buenas familias qué estaban haciendo allá. Y luego de liberarlos, les prohibió participar en nuevas protestas. Hay que aceptar que el Estado va puliendo sus formas de abuso.


miércoles, 5 de mayo de 2021

Tributar violencia

 





La protesta la iniciaron los más jóvenes. No tenían mucho que perder. La rabia contenida, la necesidad de gritar, el sentimiento de exclusión, un aplazado espíritu común logró una rápida cohesión entre los manifestantes. Las autoridades, en la paranoia inicial y la necesidad de descalificar la totalidad de la movilización, hablaron de delincuentes concertados. Entonces llegó la policía y empezó el tropel. En solo cuarenta días los hospitales habían atendido a más de once mil personas heridas durante las protestas y se denunciaron más de quince mil detenciones con su larga lista de abusos. En la lista de víctimas mortales había 26 personas y las investigaciones iniciales señalaban a policías y militares como responsables de al menos ocho asesinatos por culpa o dolo. Ahora la consigna principal era “Basta de abuso”. Vinieron los saqueos, los enfrentamientos entre civiles y la destrucción de bienes públicos y comercios. El origen de las protestas casi se había olvidado, ahora se marchaba y se peleaba por las condiciones de pobreza, por los bajos salarios, el creciente desempleo, la corrupción y, por supuesto, por la brutalidad de las fuerzas militares y de policía. Entonces, el presidente ordenó a los militares salir a las calles y decretó el toque de queda. Pero las marchas siguieron sin tomar en cuenta camuflados ni decretos y la medida que causó la indignación inicial fue archivada con algo de vergüenza.

Esa pequeña cronología no abarca cuatro días de paros en Colombia durante la semana pasada sino cuarenta días de agitación y abuso en Chile entre octubre y noviembre de 2019. Los recursos de respuesta a los reclamos ciudadanos son muy similares en nuestras democracias, limitados, acostumbrados a la violencia, seguros de la impunidad, arrogantes desde las oficinas y criminales en las calles.

En el país muchos descalificaron la inconformidad general frente a la reforma tributaria por ser demasiado primaria. No entendía los mínimos conceptos de la hacienda pública ni su carácter técnico y hasta redistributivo. Pero los motivos se han ido acumulando lejos de los proyectos de ley. La desproporción de las restricciones por la pandemia, esa tiranía cotidiana que se ha hecho viral, la ceguera que solo ve los riesgos del Covid mientras desconoce los estragos de ese “estamos salvando vidas” que ya no solo suena vacío sino ofensivo. El resentimiento y la desconfianza que dejó la actuación asesina de la policía durante septiembre pasado en Bogotá. Chille llegó a una reforma constitucional impulsada en parte por el abuso de los uniformados que dejó cuatro muertos por disparos oficiales en los primeros cuarenta días de protestas. Colombia ha sumado cerca de cuarenta muertos a plomo por parte de la policía en dos jornadas de protesta.

“Marchar es la única salida”. Esa parece ser la consigna de miles de jóvenes en el país. La única salida a la calle, el desfogue a la mano, la posibilidad de sentir que hay comunidad, que se puede exigir con una cuchara un perol, que no se necesita wifi para conectarse. No se trata de impuestos sino de imposiciones, de una violencia repetida, del cansancio del destierro en su propia suelo, del desasosiego en las esquinas donde o se vende algo o se sufre de hambre o atropellos.

El paro recoge muchas historias, entre ellas el desprecio que muchas veces han sentido los jóvenes por su manera de vestir, de andar, de fumar, de hablar… Una necesidad de hacerse a un lado y “vivir a la enemiga”. Lo peor es que la política, sea de gobierno o de oposición, está cada vez menos preparada para gestionar la desilusión y las expectativas de cacerolas, piedras y consignas.

 


miércoles, 28 de abril de 2021

Vicios de la memoria

 





La costumbre ha comenzado a borrar algunas de las escenas y las reflexiones que creíamos iban a marcar la pandemia. Dramas que parecían ofensas al sentido de humanidad y ahora son certezas cotidianas, palabras que definían supuestamente un momento asombroso hoy son lugares comunes para resaltar ingenuidades o desvaríos, filosofías de cuarentena que no resistieron ni los cuarenta días de rigor. Las películas, las novelas, los documentales del futuro se centrarán en los terrores más sonados en periódicos y noticieros. Lo que será el teatro perdurable de la pandemia no es exclusivo de ciudades más frías, más pobres, más hacinadas, más dadas al desafuero. Estalla cada tanto en la prensa local de Suecia o India.

Esta semana se anunció en Medellín una escasez de oxígeno y al mismo tiempo la necesidad de usar contenedores refrigerados para dar tiempo suficiente a los crematorios. Esas alarmas recuerdan lo peor que ha pasado en Manaos y Guayaquil. En enero se acabó el oxígeno en la capital del Amazonas en Brasil y las pipetas comenzaron a viajar por rutas fluviales desde Venezuela y algunos estados brasileros. Cuatro días siguiendo la ruta de los barcos desde los hospitales mientas un mercado negro de cilindros comenzaba a rodar por la ciudad y los familiares atendían a los pacientes en las casas con sus provisiones recién compradas. Los cilindros se vigilaban por los guardas que acostumbramos ver acompañando a los carros de valores. El alcalde de Manaos, hasta hace poco el presentador de un programa sensacionalista de la televisión local, se escondía en las alocuciones. Luego de la primera noche sin oxígeno la ciudad enterró 213 personas por Covid. La crónica de un periódico brasilero dice que los enterradores compararon la jornada con las vividas luego de grandes motines carcelarios. Ahora varias ciudades de la India viven días parecidos en busca de oxígeno. Y en los hospitales se cierra un poco la llave para todos los pacientes en espera de la producción prometida para el día siguiente.

Los ataúdes de cartón marcaron el peor momento de Guayaquil en abril de 2020. Tal vez la primera ciudad de los horrores en América Latina. Los cuerpos con un letrero en las afueras de las casas y los funerarios apurando las recogidas y las familias pagando los servicios lo más rápido posible para evitar la pérdida de las cenizas. Pero la confusión en cuatro hospitales deja un saldo, hoy, un año después, de 227 cuerpos sin identificación en contenedores. Los familiares se hacían pasar por trabajadores funerarios para intentar comprobar la identidad de sus muertos. La escena de la película está en la reciente crónica de la BBC: una foto de la piyama vía WhatsApp fue la prueba que un forense le envió a una mujer con incertidumbre sobre el cuerpo de su mamá. Con la promesa de que la borraría.

Las novelas europeas tendrán los ambientes de las casas de ancianos: “Las cosas terribles ocurren en silencio”. En ciudades de Suecia, Inglaterra, Italia, Bélgica… Los primeros meses de la pandemia asolaron los ancianatos, allí vivían cerca de la mitad de los muertos por Covid en los primeros meses. Salvar los hospitales con atención improvisada en los hogares de ancianos fue el pecado original en Europa. Asilos abandonados por “cuidadores” con contratos recientes y abrumados por las muertes.

La memoria tiene ese viejo vicio de guardar lo peor, y si por casualidad lo olvidamos, ya vendrá recreado con lujo de detalles. Lloraremos frente a la película el llanto ahorrado en las noticias.


miércoles, 21 de abril de 2021

Naturalia

 




La escena podría suceder en uno de esos dramas animados que recrean rivalidades y apegos humanos en el cuero de algunos cuadrúpedos. Hace un año vimos las imágenes de animales salvajes olfateando con curiosidad las cavernas de los metros y recorriendo los cotos de caza de algunas avenidas. Un jabalí disputa los restos de una basura esquinera con dos gatos aprendices en las lides callejeras. Un gato tuerto como uno más de la manada que se ha duplicado en cercanías de la Acrópolis en Atenas. Las cifras de los voluntarios griegos que los alimentan a falta de las sobras restauranteras hablan de mil felinos que deben tener a las ratas en retirada. El cierre de las puertas a las casas trajo desamparos imprevistos para los humanos, espacios para los animales silvestres y sobrecarga de trabajo y abandono para las mascotas.

Muchos citadinos comenzaron a buscar un compañero de jaula. Lealtad y dulzura son dos cualidades que suelen asociarse con las macotas como especie de juguete incondicional. Pero muchas veces se olvida que sus dueños deben darles cuerda con comedimientos y cariños recíprocos, así sean fingidos en forma de galletas. Imaginen a un alemán bien cebado, primo segundo de un jabalí, para no cambiar de ejemplo, comprando un labrador cachorro por internet después de una maldita reunión en Zoom ¿Es posible pensar en algo más patético? Un titular de la Deutsche Welle en marzo pasado hace las cuentas del momento: “Según la Asociación Canina Alemana (VDH), en 2020 se compraron alrededor de un 20% más de perros que en años anteriores.” Cifras similares se han visto en Estados Unidos y por toda Europa. En Inglaterra desde hace unos meses se habla de “pandemic puppies” para referirse a los cachorros recién llegados a cuartos, casas y apartamentos.

Pero las cosas deben volver a la normalidad y muchos de los humanos comienzan a salir a sus cubículos (jaulas un poco más estrechas) y a cansarse de los juguetes y sus deposiciones. De modo que los animales silvestres retroceden y muchos de los domésticos van a las calles para conocer el hábitat salvaje que les ha correspondido entregar en pago por un miedo y un tedio que no comprenden. El titular de un periódico inglés hace las cuentas de lo que podríamos llamar el crecimiento de una vieja especie: “Según Battersea Cats and Dogs, los perros callejeros en el Reino Unido podrían aumentar hasta un 27 % en los próximos cinco años.” En Madrid se autorizó a un grupo de voluntarios, durante los confinamientos, para salir al parque de El Retiro a alimentar a la manada de gatos callejeros que crece. Unos humanos salen corriendo de sus casas, solo permiten una hora tres días a la semana, para alimentar a muchos de los gatos que otros humanos han sacado de las suyas. Sería un capítulo interesante para Nat Geo ya que unos de sus fotógrafos se han dedicado a enfocar loros en el espaldar de sillas y serpientes en el brazo de algún veterano envenenado con Whisky en las tardes. Y para que no crean que todo pasa tan lejos es necesario recordar la cifra que entregó en septiembre pasado Nicolás García, el gobernador de Cundinamarca, al declarar la alerta sanitaria: más de doce mil mascotas abandonadas en los 116 municipios del departamento.

Durante algunas correrías por la ciudad quieta que dejan los confinamientos he visto el auge de los campamentos de recicladores y habitantes de calle. Muchas animales domésticos pasan de un brinco a la vida salvaje de sus carretas. Campamentos con tres y cuatro perros que se van curtiendo en vigilancia extrema, duetos de compañía en una sola carreta y jaurías cartoneras en las bodegas de entrega. El perro como el mejor amigo del hambre. 

 

jueves, 15 de abril de 2021

Culpa contagiosa

 




Parece inevitable, las olas de culpa y contagio son coincidentes en todas partes. Y el plural se usa de forma automática para los golpes de pecho: “por nuestra culpa, por nuestra culpa, por nuestra gran culpa…” Hace unos días escribía Martín Caparros que si algo se recordará de esta pandemia es la forma en que la ciencia doblegó a la religión en asuntos de vida o muerte por primera vez en siglos. Reseñaba que el látigo se guardó para dar paso a los modelos epidemiológicos. El Vaticano recomendó abrir a medias en Semana Santa y dejar las representaciones de la pasión de Cristo para la televisión: “Llóralo en casa”, parecía decir el anuncio episcopal.

Pero quedó claro que la culpa no se resigna y se ejerce desde el discurso científico, político o social. Y pronto convierte el mea culpa en acusaciones. Presidentes, alcaldes, policías, médicos y la responsable infantería de las redes sociales han señalado a los causantes del desastre, bien sea libertarios o adolescentes, frívolos de fin de semanas disfrazados de liberales, jóvenes egoístas sin seso, individualistas que solo creen en sus derechos. También el capitalismo inmisericorde lleva a la gente hasta el trabajo en una infame disyuntiva cercana a aquella de la “bolsa o la vida”. “Somos una plaga”, concluyen desilusionados quienes no pueden creer que los humanos no teman a los modelos ni atiendan durante más de un año los cercos epidemiológicos. Bien podrían dejar caer una maldición y un comparendo.

Este fin de semana vimos como unos turistas salieron esposados de una playa en Santa Marta por violar las cuarentenas. Y fue noticia la incautación de cuarenta cajas de cerveza en Luruaco, y la alcaldía de Barranquilla muestra con orgullo escenas cercanas al abuso policial por los “controles” a quienes se escampan del calor en los quicios de las puertas. Una buena parte de la gente celebra el rigor y los médicos han comenzado a insinuar que tal vez solo valga la pena arriesgarse por los enfermos íntegros y responsables. Una sencilla novelita de poca ciencia y algo de ficción podría aventurar una pandemia en tres años en la que se les niega atención en UCI a los ciudadanos que registren más de dos comparendos.

También a mediados de año pasado, cuando Barranquilla afrontaba la primera gran crisis de muertes y contagios, el alcalde Pumarejo, la gobernadora Noguera y el presidente Duque hablaron de la “indisciplina social” como la gran culpable. Era fácil grabar diez fiestas un fin de semana y desconocer lógicas sociales o de propagación algo más complejas. No importaba que en todas partes del mundo los indicadores mostraran que las condiciones de pobreza y las urgencias laborales hacían más vulnerables a unos que a otros, no les sirvió la evidencia de mayores contagios entre los informales que precisamente viven en espacios más pequeños y peor ventilados, era mejor señalar, ganar un poco de poder, castigar y pararse detrás de los policías durante los operativos nocturnos. Ahora vuelve el pico y se repiten los señalamientos, la culpa cala, termina por darle la razón al poder que señala e implica una resignación y una expiación colectiva frente al dolor inevitable.

También Mike Pence culpaba a los jóvenes de Estados Unidos en noviembre pasado y la OMS los señalaba de relajamiento durante el verano de 2020. No importaron los estudios que demostraban que fueron los que menos contacto social tuvieron durante la cuarenta estricta en varios países de Europa. Y la cantaleta da resultado, el 40% de los menores de 29 años en España siente que es culpable de los rebrotes en este año. Y mientras tanto el virus sigue igualando a los países virtuosos y las ciudades obedientes con los territorios del desorden y los excesos egoístas.

 

 

 

miércoles, 7 de abril de 2021

Un genio asintomático

 


 

Frente a la pandemia la política se ha visto pequeña, reducida a los pleitos frente a la imposibilidad de las soluciones ciertas, dedicada a los alardes médicos o tecnológicos a falta de una conexión real con la gente más allá del miedo y la imposición. Dedicada, además, a la argucia máxima de quienes se nombran salvadores de vidas, con esa postura y ese tono capellanesco que pide sacrificios para evitar dolores.

Hace un poco más de diez meses Medellín se vendía como la ciudad ejemplo en América Latina para enfrentar el virus. El alcalde Daniel Quintero lo decía de forma categórica en una entrevista en El País de España: “… esta es la ciudad de América Latina con menor de número de fallecimientos por millón de habitantes y una de las de menor número de casos por millón de habitantes”. La gran herramienta era la plataforma Medellín Me Cuida que “incorporaba el uso masivo y sofisticado de la tecnología para reducir la incertidumbre”.

La plataforma captó datos de más de un millón de familias sin claridades legales sobre su uso, seguridad y posterior destrucción. Nunca fue claro el verdadero papel en la contención del virus: ni una sola cifra de contagios evitados, ni una anécdota que diera claridad sobre cómo funcionaba en el terreno como cerco epidemiológico. Solo instrumento para el abuso. La alcaldía llegó a decir que habían puesto un policía en la puerta “de la gente que creía que la cosa era charlando". Luego encerraron durante quince días El Sinaí, un barrio de tres mil personas, por un simple capricho, usando a sus habitantes como ratones para el escarmiento de sus vecinos en la comuna Santa Cruz. Llevaron caballería, ESMAD y ejército con fusiles y pusieron una cerca para que nadie pudiera entrar ni salir. Eran 42 casos activos y a la gente nunca le hablaron de cuidados y aislamientos al interior, se trataba de maltratar para mostrar poder y meter miedo en la Nororiental. Hoy en día Medellín Me Cuida es una plataforma que reparte SMS a dos manos sin ningún criterio médico, como quien ofrece freidoras o un paquete de cervezas frente a un inminente partido.

Daniel Quintero se parece mucho al gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, que fue héroe en los primeros meses de pandemia y hoy es un político oportunista amparado por algunas mentiras. Promocionó su plan de las 1.000 UCI y lo inauguró hace más de seis meses. Nunca logró cumplir esa meta, solo puso un número y se tomó una foto. Lo más grave es que ha sostenido ese cañazo, mintiendo de frente sobre el indicador más sensible de cualquier ciudad en estos momentos: la disponibilidad de unidades de Cuidado Intensivo. Y falta decir que algo así como la mitad de las cerca de 400 UCI que la ciudad sumó a su sistema fueron dotadas con plata y esfuerzos privados. El acalde inaugura y sus enemigos declarados ponen los recursos y el conocimiento. Un ejemplo, los 15.700 millones de Sura, Corbeta, Nutresa y Fraternidad Medellín para montar 75 unidades nuevas en Medellín mientras el alcalde prometía 300 en la clínica de La 80, en la que invirtió más de 25.000 millones de pesos y no logró montar ni una sola. Y cómo olvidar los ventiladores de Innspiramed que ampliarían la capacidad de atención. El anuncio se hizo en junio del 2020 y hace unos días se entregaron al INVIMA las pruebas de quince de ellos.

Hoy Medellín está en su tercer pico y el alcalde convoca intensivistas por Twitter. Ya no puede culpar a los municipios vecinos de la ocupación porque los pacientes de Medellín se han comenzado a atender en Urabá, Bajo Cauca, Eje Cafetero y Bogotá. Las buenas cifrasen letalidad que aún se ven en la ciudad están relacionadas sobre todo con estrategias impulsadas por EPS privadas. El antiguo salvador de vidas que antes peleaba por tomar las medidas, ahora agacha la cabeza y dice en voz baja al gobernador encargado que se encargue. Definitivamente Quintero es un genio asintomático.

domingo, 4 de abril de 2021

Inmunidad forzada



En el principio fue la superstición. Las vacunas tenían algo de magia, debían inspirar una extraña confianza espirituosa para que la gente dejara acercar a la peste, casi la tragarla, como una manera eficaz para defender el cuerpo de sus estragos. Se dice que los chinos en el siglo X fueron los primeros en usar la “viriolización” contra la viruela. Más que un método de sabios era un experimento de las clases populares que necesitaba algo de respaldo espiritual. De modo que un Taoista “inmortal” figura como uno de sus primeros “predicadores”. No era fácil inhalar el polvo de las costras producidas por la viruela.

Durante más de cien años la ciencia de occidente ha ido cubriendo ese milagro con estudios, fiascos y certezas. Pero la superstición va y viene, cambia de bando según los temores y las desconfianzas. La magia que hace siglos permitía una bendición por parte de la sociedad acorralada por una enfermedad, hoy causa desconfianza en una población creciente en los países más educados del mundo. Desde hace tres décadas en Europa crece un movimiento antivacunas que ha llevado a muchos países del continente – 28 de 53 según un estudio de 2018– a hacer obligatoria la aplicación de al menos una vacuna: multas a los padres e imposibilidad de matrícula a guarderías y colegios de menores no vacunados son algunas de las medidas habituales. Sin embargo, hace un mes una resolución del Consejo de Europa recomendó por amplias mayorías no darle carácter obligatorio a la aplicación de la vacuna contra el Coronavirus. La resolución del Consejo, del que hacen parte 47 países de Europa, propone a los estados “asegurarse de que los ciudadanos están informados de que la vacunación NO es obligatoria y nadie está política, social o de ninguna otra manera presionado para ser vacunado”.

La discusión ha llegado a América Latina con el burdo disfraz de la política. A mediados de diciembre el presidente Bolsonaro en uno de sus discursos que combinan el humor y la severidad clamaba contra los riesgos de la vacuna. Aclaró que Pfizer no se haría cargo de posibles efectos secundarios y luego soltó las probables consecuencias: “…si te conviertes en un caimán es tu problema (...) si te conviertes en superhombre, si a una mujer le sale barba o algún hombre empieza a hablar fino, no tengo nada que ver con eso.” A finales del año pasado el alcalde de Sao Paulo dijo que la vacuna será obligatoria en la ciudad, y un fallo reciente del Tribunal Supremo de Brasil (con amplia mayoría diez contra uno) dictó que la vacuna puede ser obligatoria, aclarando que la imposición no es posible, “nadie puede ser llevado del pelo a vacunarse”, dijo el presidente del supremo, pero sí se pueden imponer sanciones a quienes se nieguen a recibir sus dosis.

En Colombia, según una encuesta del Dane de diciembre del año pasado, el 40% de la población no tiene intenciones de vacunarse. La cifra ha bajado con el inicio de la vacunación pero hay departamentos donde cerca del 50% de la gente se niega a recibir la vacuna. Ya comenzaron voces diversas a hablar de obligatoriedad y con algo de reproche superior mencionan la decisión de algunos consejos indígenas contra el Plan Nacional de Vacunación. Forzar contra la desconfianza solo traerá nuevos recelos y señalamiento a trabajadores de la salud. No crecerá mucho la vacunación contra el Coronavirus y seguro bajará en los demás esquemas. El Estado terapéutico debería ser la más repudiable de las enfermedades del poder. Ya hemos visto los abusos en aras de la mitigación, ojala no lleguen unos nuevos, con sello solidario, en busca de la inmunidad. 

 


miércoles, 24 de marzo de 2021

Aniversario indeseable

 






Se ha cumplido un año exacto de las primeras visitas a la ciudad desolada. Salimos a la calle en busca de las escenas en los tiempos muertos y expectantes. El virus era todavía una amenaza prometida en las noticias desde Europa. Apenas habían pasado quince días desde el primer caso confirmado en Colombia. Afuera todo hablaba de una manera distinta, no había cotidianidad, todos los comportamientos y lugares parecían nuevos, estábamos frente al brillo de los tiempos oscuros. La ciudad limpia era propiedad de los más humildes: habitantes de calle, barrenderos, recicladores, barequeros de acera, domiciliarios. El silencio no era apocalíptico, había algo de deliciosa extrañeza, de tensión y descubrimiento en el gorjeo de las palomas desamparadas sobres las mesas  

Ese primer día apareció el dilema que todavía ocupa las discusiones en parlamentos, informes académicos, estudios médicos y redes sociales. Dos hombres, parados a unos pocos metros, con una edad similar, entregaron sus opiniones contrarias. Uno de ellos, empleado de la empresa municipal de aseo, barría las hojas de un almendro que eran la única basura en las calles. Respondió con el ceño fruncido cuando le preguntamos por la obediencia a la cuarentena en su barrio: “Allá la gente no obedece, se necesita es una ley marcial”, dijo y empuñó su escoba. Al otro lado estaba un reciclador en pinta dominguera. Venía recién bañado y buscando algo para pagar los quince mil de la pieza. Todavía estaba bajo techo porque le tenían algo de confianza en el inquilinato: “Hay que salir, toca buscar algo, como decía mi abuela: ‘al que no sale, no le da el viento’”. Y se llevó dos billetes como multa de los reporteros.

En otra esquina, una semana después, encontramos un drama que apenas comenzaba, un lío doméstico con aires de desplazamiento y abandono. Una pareja de ancianos pasaba la tarde del domingo en la cabina de una camioneta Luv de estaca. Ella acababa de llegar a llevarle algo de comida a su esposo, un latonero en tiempos de quietud, que estaba escondido en ese carro desahuciado. Huían del cerco epidemiológico a los adultos mayores y del ruido y la fiesta de hijos y sobrinos en su propia casa. Un viaje imaginario en esa tarde lenta, los dos de tapabocas, mirando la panorámica de un mundo que los amenazaba de todas las formas. No había ni un partido para pasar la tarde. Ni radio, ni viento, ni ruta. 

También las canchas estaban clausuradas, esas parrillas que producen una buena parte del calor del barrio. En Castilla, por ejemplo, todo estaba cerrado excepto las panaderías y las escotillas de algunos restaurantes chinos. Pero los barrios seguían azarando, guardados pero vigilantes. Todo el voltaje en las casas: La televisión, los celulares, las rejas de las ventanas, el moño en la terraza, los perros, las cervezas y el guaro en la sala, las cartas y el parqués, la loza acumulada, el sexo a escondidas de los hijos. Y los balcones sin distanciamiento y las zonas comunes de las escalas como un privilegio para el chisme que el miedo no vence.

Las ollas comunales fueron las hogueras visibles de esa primera y estricta cuarentena. Leña y caldo en las orejas de los puentes, en las mangas al pie de las autopistas abandonadas, en los parques como campamentos. Hervían a borbotones alimentadas por los carretilleros que no dejaron de empujar sus tubérculos y sus obligaciones.

Parece imposible no mirar con algo de nostalgia y compasión esos días de ingenuidad frente al enemigo ahora más conocido e igual de amenazante. Esas horas en las que todavía las ventanas eran aliadas y cerrábamos con gusto las puertas. Llegaron las nuevas cepas y vendrán los nuevos cepos. 

  

 

 

miércoles, 17 de marzo de 2021

Menores en fila

 



En Colombia la mayoría de los menores llegan a las armas en un tránsito normal, comunitario podría decirse, familiar algunas veces, que implica incluso una especie de proceso educativo, de paso a paso hasta encontrar un papel en el frente de guerra. En las zonas claves de reclutamiento los menores han vivido el conflicto en una cotidianidad en la que las armas son la herramienta natural desde muy temprano. En realidad no han sido convertidos en “máquinas de guerra”, simplemente han nacido en unos contextos donde muchas veces es imposible no ser engranajes de guerras continuadas.

En 2017 el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) publicó un informe llamado Una guerra sin edad. Son más de seiscientas páginas que dan cuenta de casi cincuenta años de menores y fierros. El análisis se da sobre “16.879 registros de reclutamiento y utilización de niños, niñas y adolescentes”. Las relaciones comunitarias o familiares con los grupos armados, el impulso de las venganzas que dejan sus cortas historias de vida, las simpatías ideológicas, los referentes del poder, el prestigio social, las necesidades económicas son señaladas como algunos de los caminos a las filas.

En esa historia las Farc son los mayores reclutadores y un testimonio de uno de sus comandantes deja clara la naturalidad de ese tránsito. Oliverio Merchán, un jefe del Bloque Oriental conocido como el Loco Iván, cuenta su experiencia estudiantil: “Me encontré a un profesor que había sido profesor mío (…). Siendo él guerrillero me explicó y me gustó lo que me dijo que era luchar contra la pobreza, contra el hambre, la miseria, entonces decidí irme.”

El estudio del CNMH deja claro que por momentos los menores tuvieron un papel protagónico en crecimientos, consolidaciones o nacimientos de algunas estructuras. Los que empezaban como vigilantes o mensajeros en pequeñas tareas también fueron punta de lanza. Las ACCU los usaron como la principal “mano de obra” para sus primeras incursiones en Urabá donde a mediados de los noventa mandaban las Farc. Raúl Hasbún lo contaba con toda naturalidad en 1998: “Si existiera la vacante, inmediatamente se les hubiera dado trabajo, no le hubiera negado su ingreso al frente, porque no había ninguna restricción... Estábamos en una guerra y yo no me fijé en ese tema.”

El ELN armó una parte de su estructura en el sur de Bolívar con hijos de sus bases sociales. Los primeros paras del Magdalena Medio tuvieron a los niños como “provisión” indispensable: el trabajo bien pago y la “seguridad común” era visto como un activo en la región. En las Farc fueron claves los menores en el Tolima cuando se pretendió cercar a Bogotá e indispensable su base más que joven en el Ariari Guayabero y el Caguán. Ahí estuvieron algunas canteras de guerreros. Tanto que en un momento Manuel Marulanda culpa al “mal reclutamiento” de los golpes a las Farc a comienzos de los 2000. El triunfalismo había convertido sus frentes en un carrusel de menores (unos llegaban y otros se desmovilizaban) al estilo “campamentos de verano”. En el año 2003 el pico de reclutamientos por diferentes actores armados llegó a 7.136 niñas, niños y adolescentes.

Con semejante historia patria la lógica simplista del ministro de defensa, cercana a la teoría de los daños colaterales, resulta increíble. No solo muestra la mínima memoria, una triste indolencia por parte de quién fue director del ICBF; sino un craso desconocimiento de la ruta de los menores a las armas, de su condición de víctimas. “Los han convertido, nos toca eliminarlos”, parece decir el ministro. Olvida es que es el país, su historia, las zonas donde crecieron, el que ha hecho imposible una infancia o adolescencia fuera del alcance de la guerra.

 

 

 


miércoles, 10 de marzo de 2021

La muerte de la verdad

 




 

El expresidente Donald Trump demostró cómo la política y la realidad pueden habitar mundos distintos. Los discursos y los hechos no necesitan puntos de contacto para conseguir nuevos votantes y hacer más fieles a los antiguos. El estilo Trump logró que su personalidad levantara un muro –ese sí se pudo alzar– para impedir la posibilidad de un debate medianamente informado y alentar hacia la adhesión a un estilo y una colección de prejuicios: hizo más importante defender ciertos modos de desprecio que señalar políticas económicas, más clave exhibir gustos de consumo que respetar mínimas costumbres democráticas, más emocionante el nacionalismo ramplón que el liderazgo científico.

Pero hay que admitir que Trump no es ningún original, solo es el modelo más reciente de los mitómanos seductores y persuasivos. Hace 75 años, en un ensayo sobre la Guerra Civil Española, George Orwell hablaba de las mentiras deliberadas, del colorido que se añade a la verdad propia y de los errores posibles en su búsqueda: “Pero en todos los casos creyeron que existían unos hechos que podía descubrirse, con mayor o menor dificultar”. Ese mínimo consenso se fue perdiendo y ahora no solo hay derecho a una opinión sino a una realidad propia. Esa posibilidad es la que impulsó Trump con sus 2.140 declaraciones que tenían falsedades o equívocos durante su primer año de gobierno según cuentas de The Washington Post. El exhibicionismo como forma de gobierno puede llevar a una consecuencia con la que termina Orwell su ensayo: “Si el líder dice que tal o cual cosa nunca sucedió, pues nunca sucedió”.

La muerte de la verdad, un libro de la escritora y crítica literaria estadounidense Michiko Kakutani publicado hace poco menos de dos años, le da una mirada reveladora al mandato de Trump y sus repercusiones más allá de las luchas bipartidistas en Estados Unidos. Kakutani muestra que el despreció por la verdad dejó de ser soterrado para convertirse en un orgullo y una estrategia abierta. Durante la campaña de 2016 Newt Gingrich, expresidente a la Cámara que para muchos abrió la senda del estilo Trump, dijo tranquilamente, cuando una periodista rebatió sus datos sobre criminalidad en Estados Unidos, que no miraba con mucha atención los hechos: “Como candidato que soy, me atengo a lo que la gente siente. La dejo a usted con los teóricos”.  

La lógica de las últimas elecciones en Estados Unidos y en muchos países del mundo (Colombia tuvo su rayo homosexualizador y su impulso al voto berraco) busca que los ciudadanos no puedan encontrarse ni en la manera de recibir información ni en un posible debate lejos de la descalificación absoluta. Cada bando escoge su manera de construir la realidad. Las elecciones y las agresiones físicas o en redes son las únicas maneras de encuentro. Y los algoritmos han terminado decidiendo que le entregan a cada usuario: un poco más de intoxicación ideológica, indignación, suspicacia y paranoia para que permanezca “concentrado” un rato más en sus certezas.

Trump acabó su mandato como uno de los presidentes más impopulares de la historia de Estados Unidos pero no estuvo lejos de mantenerse en la presidencia. La gran mayoría de sus votantes se sienten despojados y respecto a las elecciones 2016 ganó adeptos entre los afros y los latinos que despreció durante cuatro años con sus políticas y declaraciones. Su historia todavía está por escribir así los demócratas tengan ahora el ejecutivo y la mayoría en las dos cámaras. No serán los hechos los que le den la razón, eso lo sabe muy bien, confía en sus furias, su llamado a la revancha y su verdad airada, en mayúscula y con mala ortografía. Ni las reglas del lenguaje básico son ahora una certeza.

 


miércoles, 3 de marzo de 2021

Cubrir las placas

 




En Colombia podemos estar tranquilos respecto a la imparcialidad política de la Policía Nacional. Los tiempos de pájaros y chulavitas son historia patria y estamos lejos del SEBIN, la policía política que creo Chávez mirando la efectividad del Servicio de Inteligencia Peruano de Fujimori en los noventa. La policía colombiana por el contrario responde a una lógica de autoprotección, de encubrimiento institucional más allá de lealtades partidistas o ideológicas. Se podría decir que son un cuerpo autónomo, una muestra exitosa de “descentralización” en medio del Estado, y un ejemplo de compromiso colectivo con 148.000 placas.

Dos casos emblemáticos de menores de edad asesinados por policías en Bogotá, muestran lo que puede significar la búsqueda justicia contra los uniformados, hechos mafia cuando advierten una amenaza penal.

El 25 de febrero pasado se declaró culpable a Néstor Julio Rodríguez Rúa, miembro del Esmad, por el asesinato de Nicolás Neira hace poco menos de 16 años. Nicolás tenía 15 años e iba por primera vez a una manifestación ciudadana para conmemorar el primero de mayo. Rodríguez Rúa le disparó por la espalda el proyectil que contiene un gas lacrimógeno. Una semana después el joven murió por el golpe en la base del cráneo. Yuri Neira, su padre, ha dado una batalla legal que implicó veinticuatro detenciones, dos golpizas, un allanamiento, tres atentados y el exilio. Recogiendo el cadáver de su hijo, el siete de mayo en Medelina legal, dos camionetas de la policía con civiles intentaron llevárselo, seguro pretendían darle más el paseo que el pésame. La cadena de mando de Rodríguez Rúa intervino en los intentos de encubrimiento y la Fiscalía buscó y llegó a acuerdos intentado beneficiar al victimario. Entre los principales parapetos están Fabián Mauricio Infante Pinzón, formador del Esmad, y el mayor retirado Julio Cesar Torrijos.

El próximo 19 de agosto se cumplen diez años del asesinato de Diego Felipe Becerra a manos del agente Wilmer Antonio Alarcón. Al joven de dieciséis años se le impuso la pena de muerte por portar dos aerosoles en su morral, uno azul y uno naranja fosforescente. Al lugar donde quedó el cuerpo llegaron muy rápido, admirable su sentido de urgencia, tres coroneles, un teniente, tres abogados y seis agentes. Llevaron un arma y consiguieron dos testigos para inculpar a Diego Felipe en el supuesto robo a una buseta. Gustavo Trejos, el padre de crianza del menor, comenzó su lucha contra la manipulación y las pruebas falsas. Dos generales (incluido el subcomandante de la Metropolitana del momento), seis coroneles, cuatro tenientes, doce agentes y seis civiles se comprometieron en la farsa que buscaba justificar el homicidio. El policía que disparó fue condenado seis años después de los hechos pero el mismo día un juez lo dejó libre por vencimiento de términos y sigue prófugo. Las amenazas y los seguimientos han sido las compañías del Estado durante el duelo, tanto que Gustavo Trejos habla como un hombre que mira el miedo con desaires: “Desgraciadamente el día de mañana algo puede pasar, uno tiene que estar preparado”.

Un dato publicado hace poco por La silla vacía confirma que para lograr condenas contra la policía se necesita la coraza de dolor que deja un hijo muerto y el aguante de largo aliento de quienes encuentran una causa imposible de abandonar. Entre 2016 y 2020 se presentaron 7491 denuncias ante la fiscalía por delitos supuestamente cometidos por uniformados de la policía. Hasta el momento no hay una sola imputación y el 70% de los casos están inactivos. No hay duda de que la policía se cuida muy bien.

 

 

 

 

 

 


miércoles, 24 de febrero de 2021

Oda a la vacuna

 



 

Las vacunas se han visto desde hace cientos de años como un milagro temerario y sorprendente. A América llegaron en 1804 a Puerto Rico en la corbeta María Pico que había partido tres meses antes desde el puerto de La Coruña. El experimento filantrópico tenía mucho de viaje de terror. Veintidós huérfanos entre los cuatro y los diez años, acompañados de su tutora, sirvieron como contenedores vivos para “conservar el fluido vacuno fresco y sin alteración”. Cada semana de dos en dos los niños eran inoculados con la viruela, las pústulas ofrecían el hábitat natural para las sucesivas vacunaciones. La expedición fue marcada con las bendiciones del rey Carlos IV y pretendía proteger los habitantes lejanos del imperio. En su momento Humboldt calificó la Real Expedición de la Vacuna como el “más memorable viaje en los anales de la historia”.

Pero las cosas no fueron fáciles para el director de la proeza. Francisco Balmis, médico personal de rey, se encontró con la reserva y la descalificación de muchas de las autoridades en América. En Puerto Rico fue un segundón que llevó un remedio ya probado por un médico danés. En Cuba debió comprar esclavos para probar su método ya que los padres no dejaron que sus hijos se contagiaran para protegerse. Muy pocos, entre ellos Tomás Romay, un médico cubano adelantado, creían en esa mezcla de “brujería y ciencia”. También algún virrey juzgó inapropiado ese ensayo en medio de una creciente desconfianza a las autoridades españolas.

Por nuestras tierras la campaña pasó con serias dificultades de navegación. Balmis dividió su empeño en dos correrías y terminó naufragando en el Magdalena, cerca de su desembocadura, cuando pretendía llegar a Cartagena. El bergantín San Luis y naufragó con su carga de niños caraqueños donde por fin había sido recibido como héroe. Una de las cartas de Balmis enviadas desde Caracas deja ver el tono de pesadilla que de vez en cuando requiere el ojo de los médicos para salvar a sus pacientes: “Los granos de los indios son más hermosos”. Ya remontando el Magdalena contrae tuberculosis y pierde un ojo, como un pirata salvador fue recibido en Bogotá por el Virrey Amar y Borbón. Dicen que logró vacunar a casi todos los niños en la capital.

El esfuerzo de Balmis fue alabado por Andrés Bello que era un el momento un funcionario de la corona que ejercía desde Caracas. La larga Oda a la vacuna es también una zalema al rey por atender esa maldita plaga traída “De la marina costa a las ciudades” y que acechaba “Al palacio igualmente que a la choza”. El poema de Bello también tenía algo de campaña de vacunación y de manera increíble está cerca de las grandes discusiones de nuestros tiempos de pandemia: “Admirable y pasmosa en tus recursos, / tú diste al hombre medicina, hiriendo / de contagiosa plaga los rebaños; / tú nos abriste manantiales nuevos / de salud en llagas, y estampaste / en nuestra carne un sello milagroso / que las negras viruelas respetaron”.

Disuenan esos versos de clínica, esos cantos al control de las pústulas y al triunfo sobre la parca que es protagonista en cada estrofa. Pero también comparte con nuestro tiempos días el deseo y la esperanza del regreso del tráfico y el final del miedo al “aire ciudadano”: …Ya no teme esta tierra que el comercio / entre sus ricos dones le conduzca / el mayor de los males europeos; y a los bajeles extranjeros, abre / con presuroso júbilo sus puertos.”

No son tiempos para los poemas y la filantropía, es la hora de los regateos y los tropeles, de los contratos a sobre cerrado y las vacunas bajo cuerda. La ciencia es menos primitiva, pero el aire primario se impone en nuestros reinos.