Era normal que Medellín se tuviera miedo, que la ciudad recelara de sí misma, que fuera consciente de su propia perversidad. Las calles y las morgues lo decían a diario. Acababa de atravesar sus días de furia, un año con más de siete mil homicidios, las bandas imponiendo su control, los temores después de la muerte de Pablo Escobar. El Metro aparecía en los horizontes como el más importante símbolo para el optimismo ¿Pero tendría esa ciudad salvaje la capacidad de habitar la obra prometida durante más de doce años?
La campaña comenzó siete años antes de que rodara el primer vagón del Metro. Se llevó hasta cuatrocientos cincuenta mil estudiantes en los colegios, a las Juntas de Acción Comunal, a las empresas y las universidades: “El Metro soy yo”, fue la frase escogida para el inicio. Y comenzó el culto que hoy conocemos como la “Cultura Metro”. Humberto Pérez, el artista encargado de pensar en obras para “adornar” el Sistema Metro, le dijo al primer gerente Alberto Valencia (1993 – 1998) que las estaciones necesitarían protección contra posibles atentados: “La única figura que verdaderamente tenía autoridad era la virgen, que hasta los más pillos veneraban, entonces las pusimos para evitar que atacaran las estaciones. Hicimos del Metro una iglesia, que es el único lugar donde la gente se comporta”.
En el año 2000, cuando se estrenó La virgen de los sicarios, el alcalde Sergio Naranjo amenazó con acciones jurídicas por el atentado contra la imagen de la ciudad, pero sobre todo por haber mancillado el Metro con la escena de un homicidio. Eso no debía ocurrir ni en las pesadillas de la ficción. La hoja Metro, un periódico que se entregaba gratis en las estaciones, dejaba las oraciones para los usuarios: “Señor, perdona a los usuarios que se recuestan en las puertas cuando se cierran. Perdónalos porque no saben lo que hacen. Y porque provocan retrasos. Haz que no vuelvan a recaer en su pecado”. Y uno de los mandamientos de los trabajadores rezaba claro: “Soy Gente Metro y tengo presente cada mañana este compromiso con Dios, con los Usuarios, con mis compañeros y conmigo mismo”.
El Metro era la nueva catedral metropolitana, una obra colosal para el orgullo y el optimismo. Merecía un lugar en el himno, mostraba la “superioridad” de la ciudad, el empuje de la “raza”. La gente hablaba más pasito en las estaciones y apenas susurraba en los vagones, todo el mundo quería ceder la silla, las estaciones estaban llenas de objetos perdidos que los usuarios devolvían, las peleas se aplazaban como en el colegio: ‘afuera nos vemos que no quiero ensuciar en Metro’. El metro era zona de distención en la guerra entre a nororiental y la noroccidental, todos temían el encuentro en las estaciones de las dos comunas enfrentadas. Nada pasó. En los primeros dos años se reportó un delito en las estaciones del Metro. La iglesia mejor trapeada de la ciudad estaba a salvo.
Hasta hoy el Metro de Medellín conserva esa aura conservadora. Es una señora cantaletosa por los altoparlantes, regaña por anticipado, todo el día recuerda las buenas maneras, obliga a la compostura y no deja ni sentarse en las estaciones. Esa era la idea desde los tiempos de la construcción y se hizo el milagrito. Jairo Hoyos, gerente en 1988, lo vaticinó con éxito: “Un nuevo Carreño, en normas de aseo, educación y respeto, viene con el tren metropolitano”. La expresión “Cultura Metro” surgió de manera espontánea, más allá de las campañas oficiales. La gente bautizó ese nuevo orgullo, ya no solo era la gran obra sino una nueva devoción.
En noviembre el Metro de Medellín cumple treinta años y la “Cultura Metro” subsiste, es una marca que se ha afianzado con la memoria, regionalismo y la vigilancia. Un fervor social lejos de la violencia urbana, una disciplina autoimpuesta.