
Cartagena ha demostrado ser un ejemplo paradigmático de cómo se retuerce el clientelismo, entre zarpazos y espumarajos, luego de las derrotas electorales. Los comilones de la política barata no se resignan fácilmente, han probado las mieles de la intriga, las fantasías de la nómina oficial, la fiesta silenciosa de las licitaciones, y dedican la orfandad de poder a disfrazar el despecho con argucias legales o reproches chambones. En la heroica tomaron el camino de los tinterillos para objetar el triunfo de Judith Pinedo. En Medellín han comenzado a gritar contra la alcaldía de Alonso Salazar, dedicados al clientelismo de oposición desde algunos micrófonos súper estridentes, desde el supuesto civismo de última moda en facebook o desde algunas asambleas de salón comunal.
A falta de argumentos las críticas de los derrotados y sus pregoneros se dedican al agravio personal. Conscientes de nuestras viejas taras morales han comenzado a repetir la historia según la cual el alcalde goza de alegrías alcohólicas. Que el inquilino de la Alpujarra comparta la barra de un bar corriente con algunos ciudadanos, sin necesidad del escondijo y la copa labrada del club, es una rutina que merece más encomio que escarnio. La ciudad se ve mejor desde la calle que desde el carro blindado y el alcalde puede hacer un brindis contra la pacatería ambiente. Es mejor un trago que el veneno de la bilis.
También se ha despertado cierta histeria motorizada por la posibilidad de que el pico y placa rija para un día completo. Lo primero que hay que decir es que menos del 20% de la ciudad se mueve en vehículos particulares. Es cierto que está bien que la medida se discuta, que se miren sus efectos más allá del capricho y la comodidad de quienes tenemos el privilegio de cerrar puerta y ventanilla y olvidarnos del mundo. Medellín construyó un metro y sigue siendo una de las ciudades colombianas más alérgicas al transporte público. La discusión está abierta y las lecciones podrán ser interesantes.
La más recientes encuesta de aceptación de los mandatarios locales mostró un descenso en la popularidad de Alonso Salazar. Lo peor y lo más irresponsable que puede hacer un gobernante es obsesionarse con el espejo de las encuestas, tomar decisiones pensando en la veleta de la opinión pública. Ese es trabajo de los vanidosos y los demagogos.
La “encuesta” que el alcalde debe mirar con atención es la del número de homicidios en la ciudad. Ese es el verdadero gran problema de Medellín y por fortuna es el tema más fuerte del alcalde. Salazar conoce como ninguno las mareas de sangre de este valle, sabe de los pleitos sórdidos que se incuban debajo de la aparente normalidad y tiene credibilidad como académico y como político. No en vano fue el primero en diagnosticar los males que nos asolaron en los noventas y el último guía de la mejora en seguridad desde la secretaría de gobierno de la pasada administración. El alcalde debe ser líder en ese tema, debe hablarle a la ciudad de lo que más conoce y más le preocupa a todos sus habitantes.
Luego de ocho años será difícil que Medellín dé marcha atrás en su transformación política. El tiempo de los beneficios personales, del intercambio de favores y puestos tiene que ser una maquinaria archivada, que se pudre y suelta su oxido en forma de mentiras y críticas mezquinas. Esa política rapaz que salió derrotada en el terreno de las obras y los argumentos, deberá ser ignorada a la hora de su juego de inquinas. Así como perdieron gobernando, perderán graznando desde su rama.














