martes, 19 de marzo de 2013

Cuidar bachilleres








Los adolescentes se han convertido en un gran desafío para los gobiernos de nuestras ciudades. Las esquinas turbias y prometedoras enfrentan con ventaja al incierto laberinto de escalas que lleva de la casa al colegio y del colegio a la casa. Muchas veces aburrirse estudiando no significa solo una anotación en las libretas de calificaciones sino una marca en los expedientes de los jueces de menores. Mantener a los alumnos en el colegio es ahora un desafío que implica aceptar el desgano para evitar la deserción. Los profesores se quejan de un sistema laxo, casi una guardería de hombrones mal encarados y mujeronas acicaladas, donde quienes no quieren estudiar impiden el avance de quienes sí piensan en los cuadernos. El látigo de las calificaciones ha perdido autoridad y los manuales de convivencia son catálogos inaplicables.
En Medellín, durante el primer mes del año, más de doscientos menores pasaron por el sistema penal para adolescentes. Eso significa ir donde los jueces, recibir amonestaciones, un listado de reglas de conducta, libertad vigilada o, en el peor de los casos, terminar en centros de reclusión donde de verdad aprenden algunas habilidades para el negocio. Según datos de la gobernación de Antioquia el sesenta por ciento de los menores recluidos en La Pola, el centro de detención de jóvenes más grande de la ciudad, volvieron por sus fueros y sus fierros luego de cumplir el proceso de resocialización. Solo en Medellín cerca de dos mil quinientos menores pasan cada año por los filtros y los rodillos del derecho penal. Y se van moldeando para ser capos. Muchos que no tienen tanta suerte terminan en la morgue. Entre 2002 y 2011 el cuarenta y cinco por ciento de los homicidios en el Valle de Aburrá dejaron como víctima a un menor.
Nadie duda de los esfuerzos que se han hecho en Medellín para poner a la educación en el centro de las políticas públicas y las prioridades ciudadanas. Los colegios oficiales de la ciudad han tenido avances modestos pero constantes en las pruebas Saber y sus edificios se han convertido en orgullo de algunas comunidades. Es preocupante que luego de nueve años de una política continua ningún colegio público de Medellín esté entre los cien mejores del país mientras Bogotá tiene diecisiete, Bucaramanga siete y municipios cercanos como La Estrella, Envigado, Copacabana e Itagüí, tienen al menos uno. Pero quizá lo más grave es que los alumnos de los últimos grados sientan que sus esfuerzos para terminar el bachillerato no valen la pena, y que pierden el tiempo dedicados a la química mientras algunos vecinos ya tienen un plante de películas piratas.
Habría que pensar en algo parecido a lo que hace el estado de Minas Gerais en Brasil, donde las reformas educativas han sido innovadoras -bendita palabreja- y exitosas desde 1994. Lo más reciente que han hecho ha sido llevar la enseñanza técnica a los últimos años del bachillerato, de modo que soportar al profesor de filosofía tenga como recompensa una clase de mecánica para motos. Además, han decidido hacer depósitos semestrales en cuentas de ahorros abiertas a nombre de cada alumno, según sus logros y compromisos, para ser entregados una vez terminen su ciclo de estudios. El Estado les entrega cerca de tres millones de pesos a los graduandos como premio y estímulo. Una carnada que puede ser suficiente para escapar de la jaula que tienden los pillos. Hay que insistir en dar la pelea con más profesores que policías. 

martes, 12 de marzo de 2013

Hombres providenciales







Tal vez no valga la pena detenerse en indicadores y porcentajes para evaluar el gobierno de Hugo Chávez. Frente a un cadáver condecorado que intenta una sonrisa mientras sus súbditos lloran desconsolados no valen informes de gobierno ni curvas de gestión. El mismo Chávez lo dijo tranquilamente cuando cambió la forma de medir la pobreza luego de cinco años de gastos gruesos y resultados magros: “no tengo dudas de que los instrumentos que están usando para medir la realidad no son los adecuados, están midiendo nuestra realidad como si éste fuese un país neoliberal, un país capitalista, donde no estuviese ocurriendo una revolución”.
Durante una semana se ha repetido con insistencia el valor simbólico de una revolución que le dio poder y visibilidad a los más pobres. “Tenemos patria”, ha sido una de las frases preferidas durante el funeral, una consigna que repetía en sus últimos tiempos quien ahora ha sido bautizado el nuevo fundador, el hijo de Bolívar. William Ospina lo ha llamado la “incorporación de los pueblos a la leyenda nacional”. Una leyenda que confundió muchas veces lo personal y lo partidista con lo nacional. Pero leyendas son leyendas y a los políticos y a los poetas les encantan.
Quizá lo más importante para definir las inclinaciones a favor o en contra de la obra política de Chávez sea la confianza en los “hombres providenciales”, la disposición ciudadana a ceder poderes y asumir riesgos para permitir que un líder imponente resuelva las injusticias sin necesidad de los protocolos democráticos ni las formas institucionales que todo lo filtran y lo retrasan, que solo dejan espacio para los cambios que ocurren en los márgenes. “Adolescencia cívica” es el término que ha utilizado Enrique Krauze para describir esa delegación absoluta de poder, esa especie de abdicación a cambio del milagro de la generosidad. Desde el triunfo en su primera elección Chávez comenzaba a ampliar su figura para opacar partidos, ideas e instituciones: “La orden del pueblo es clara y terminante. Una persona física y no una idea abstracta o un ‘partido’ genérico…” Las palabras premonitorias eran de Norberto Cesarole, un argentino enredador que fue uno más entre sus tantos padrinos ideológicos.   
Chávez desarrolló con gracia propia y plata ajena su objetivo de ser un caudillo digno de la caricatura y la reverencia. Su idea redentora pasó de los barrios de Caracas a las calles del Bronx, donde también regaló petróleo, y muy pronto pudo decir: “nuestra tarea es salvar al mundo, al planeta Tierra. Nuestra tarea es mucho más grande que la asumida por Bolívar, mucho más comprometida”. Toca pensar entonces si vale la pena ponerse en manos de un régimen mesiánico que tiene a Cristo a su derecha y a un ejército filado y recién uniformado a su izquierda. Misión Cristo se llamó el más grande sus proyectos sociales y más de cien mil militares trabajan en cargos de administración estatal. Con la lengua de un pastor armado de maracas, chabacano y locuaz, Chávez convirtió a muchos ciudadanos en feligreses propensos a la venia y los coros. Con la amenaza de un ejército propio filó a otra buena porción de su gente bajó la enseña de la lealtad y la obediencia. En momentos de lucidez él mismo habló de un caudillo, un hombre al que las masas elevan al pedestal de Salvador y debe utilizar su poder “mítico” para reforzar líderes, proyectos, ideas. Lo pienso y me alegro de que tengamos un hombre gris en nuestro Palacio.

martes, 5 de marzo de 2013

Tirar la biblioteca






Todos los días se oyen injurias contra el fardo de los libros que acumula polvo y remordimiento de lectores en las bibliotecas personales. Ya no es tiempo para los baúles, se dice, y no hace falta más que una simple ventana electrónica para cargar los recuerdos de tinta y las deudas a algunas páginas. Es posible que tengan razón y que esas filas ordenadas no sean más que un fetiche algo presuntuoso. Comprar un libro es siempre una promesa contra el tiempo, un boleto incierto para buscar un poco de soledad y silencio. Al comienzo el lomo del nuevo ejemplar brilla sobre los demás e impone las obligaciones de un primer reconocimiento: se usa el pulgar para dejar correr el abanico de las páginas, se buscan señales particulares, se toma un párrafo al azar. Si luego de tres o cuatro semanas no ha recibido atención constante, se hace necesario buscarle un lugar en el catálogo general. Allí comenzará a ser una seña acostumbrada y una posibilidad que es a la vez consuelo y resignación: “aún no lo leo pero lo tengo a la mano”.
Poco a poco una buena parte de la biblioteca personal se convierte en una promesa incumplida. Pero los libros evitan los reproches y el radio, los periódicos, el twitter y la televisión se encargan de acrecentar su timidez. Llega el momento en que la biblioteca entrega  un espectáculo tan triste como la pecera mohosa que sobrevive junto a la puerta. Hasta que viene la pequeña conmoción que obliga a tirar al suelo el peso de las estanterías. Entonces lo que era un orden sobre el que ya parecía estar todo saldado se convierte en un reguero de memorias, olvidos, subrayados, papeles sueltos, dedicatorias, poemas premonitorios y apostillas a la realidad. Ahora se entiende la importancia de esa carga absurda de papel. Es necesario mover esos tomos, pasarles un trapo, someterlos a una nueva clasificación que implica ascensos y ofensas. Solo si un bendito tapete mugroso que debe ir al basurero nos obliga a moverlos, podremos renovar nuestra curiosidad y nuestra oración de lectores. Una carga que nos alienta.
En medio del afortunado siniestro la tinta de los periódicos se cambia por el polvo que cubre los dedos y anuncia las novedades. No queda más que maldecir el mundo que nos ha obligado a bucear en los contratos de basura de la administración Petro para olvidar El Nuevo Mundo que aparece en las cartas de Americo Vespucio. Y desechar las diatribas de prensa contra Stalin, ahora que se cumplen 60 años de su muerte, para leer Koba el Temible de Martin Amis, y ver cómo se perseguía a los hambrientos por guardar un trozo de pan detrás de los tréboles que harían de ensalada. También se puede evitar pensar en las visitas de Roy Barreras a Cuba y leer las opiniones de Enrique Santos en 1985 acerca de las Farc y su sincero compromiso con la “actividad política con todas las de la ley”. Y oír con algo de sorna a Maduro en su discurso de enterrador cuando asegura que el imperio ha atacado la salud del comandante, luego de hojear El Chavismo al banquillo de Teodoro Petkoff y descubrir que el anti imperialismo es un discurso reciente en las arengas de Hugo Rafael, dictado por Fidel cuando Bush se empantanó en Irak.
Antes de que pase un año tiraré todo al suelo de nuevo para intentar otro orden. Y sacudirme de la maldita actualidad que apolilla los libros y la conciencia, que adormece mientras creemos estar alertas. 

martes, 26 de febrero de 2013

El tiempo perdido





Hace exactamente tres años se debatía en Medellín la legitimidad y las bondades de un pacto entre los jefes de los combos armados. Una comisión liderada por la iglesia intentaba desde las cárceles que se respetaran espacios comunes en los barrios y se pensara un poco antes de disparar. Los homicidios comenzaron a bajar apenas una semana después del esbozo de algunos acuerdos mirados con sospecha y esperanza desde las oficinas públicas. Es triste decirlo pero en Medellín el Estado cuenta las víctimas y los capos -sean grandes o pequeños, ubicuos o invisibles- deciden si las cifras mejoran y podemos hablar de esperanza, o si se debe acudir a las frases negras de siempre. Mientras en Bogotá se habla de las riñas y la intolerancia como principal causa de homicidio, una ciudad con el problema de los borrachos de puñal; Medellín sufre con los altos y los bajos de una industria criminal, incubada por los narcos, que luego de cerca de 25 años ha tendido un manto social y geográfico propio.
Esa realidad desborda siempre las administraciones locales. En muchos barrios el ejército y la policía son requeridos y repudiados al mismo tiempo; se clama por su presencia pero se desconfía profundamente de sus acciones y no pocas veces se toma partido por los “muchachos” perseguidos. La lógica compleja que implica un poder mafioso donde se mezclan relaciones familiares, política menor, acceso a recursos públicos, monopolio de negocios legales e ilegales, parece imposible de resolver desde los escritorios. El camino más fácil es la negación de los problemas seguida de una triste resignación. Muy pronto el alcalde Aníbal Gaviria parece haber tomado esa vía. Sus silencios, sus respuestas evasivas, sus énfasis para cubrir los males con los telones del espectáculo no solo le hacen daño a su imagen. Medellín está parada desde hace mucho tiempo sobre un muy inestable equilibrio, y la administración debe mover sus cargas todos los días para evitar desastres mayores. Aquí el liderazgo en los temas de seguridad no es una virtud sino una obligación.
Muchas veces durante la administración anterior Alonso Salazar fue criticado por dedicar casi todo su tiempo a enfrentar el poder de los jefes armados en la ciudad. Para muchos, Salazar confundía el papel del alcalde con el del secretario de gobierno o el de comandante de policía. Ahora nos damos cuenta de la importancia que tiene enfrentar ese poder desde la cabeza de la administración: señalarlo, hacerlo visible para todos los ciudadanos y no solo para los organigramas de la Dijin.
En los últimos diez años se han dado diversos debates sobre la manera de enfrentar la criminalidad en la ciudad: la operación Orión, la sospecha de la Don Bernabilidad que incluía un proceso con el Estado central, la persecución directa desde La Alpujarra, la búsqueda de unos pactos de apaciguamiento. Hoy el debate se ha convertido en un reclamo: la obligación de tomar decisiones distintas a la creación de una fantasmal secretaría de seguridad. La administración ha cedido la iniciativa en el combate y en el análisis de lo que pasa en la ciudad. Los pillos mandan en la acción y las ONG hacen el diagnóstico. Mientras tanto el alcalde habla de una consejería para las comunas. Todo me recuerda a los tiempos de Belisario, cuando esta historia comenzaba. 

martes, 19 de febrero de 2013

De capos y agricultores






Al principio fue el contrabando. Pablo Escobar repartía cigarrillos sin estampilla en su Lambreta de dos colores por las tiendas del vecindario. Alberto Pietro, el rey del Marlboro, era su patrón y en las playas de Turbo y Tolú comenzaban a brillar las promesas de la marihuana y la coca. Se necesitaban las agallas del asesino y algo de suerte para hacer parte del negocio en formación. Valía más la sangre fría que las habilidades comerciales. Escobar lo tenía claro: “es la joda con drogas y contrabando: van en mano con la balacera (…) es un negocio para guerreros…” Sus maestros eran todavía malevos pintorescos: Ramón Cachaco, por ejemplo, es descrito como “un camaján fino, con trajes verdes de paño de mesa de billar”, venido de abajo, desde el Nissan Patrol hasta la avioneta para ir a comprar pasta de coca al Ecuador.
Esa sencilla conversión de negociantes incipientes a capos con un espacio en los grandes afiches de la policía, parece un asunto de la prehistoria del narcotráfico. Sin embargo, la “evolución” se presenta hoy de una forma natural y tal vez algo más sencilla. En Medellín los hermanos Frank y Sebastián marcaron las páginas rojas del último lustro. Una parte de su poder fue adquirido por medio de otro negocio naciente. La marihuana creepy, una variedad modificada y con mayores poderes por su carga extra de THC.
El innovador producto era manejado por algunos agricultores chic que habían traído sus semillas y sus conocimientos desde Argentina y otros países de sur. Digamos que eran más activistas de la agricultura orgánica y el cultivo para propio consumo que patrones de una plaza de microtráfico. En Medellín algunos de ellos tenían sus cultivos respetables -seiscientas, ochocientas hasta mil matas- en las montañas de Santa Elena, al Oriente de la ciudad. Vendían sus moños a domicilio y pretendían estar jugando más a la contracultura que al narcotráfico.
Muy pronto los dueños de las plazas corrientes, vendedores de la hierba clásica venida del Cauca, se dieron cuenta de que unos fulanos disfrazados de hippies estaban sacando ventaja. Pasaron unos meses para que sus “veedores” pasaran revisando la zona en busca de los cultivos de “crespa”. Eran niños los que caminaban por las laderas de Santa Elena levantando la falda de los invernaderos y tomando nota sobre qué era lo que se sembraba. No les interesaban ni las semillas, ni el riego por goteo, ni los dispositivos que manejaban los tiempos de iluminación. Solo querían el 30% de cada cosecha y a cambio ofrecían lo que ofrecen todos los extorsionistas: seguridad.
Sin darse cuenta los ecologistas, los cultivadores desarmados, estaban sentados en un billar del centro comercial El Tesoro negociando con Frank y sus cicatrices. Comenzaron las traiciones con la policía, los riesgos, los ceños fruncidos y todo quedó en manos de quienes estaban preparados para un negocio que “va de la mano con la balacera”. Los innovadores fueron desplazados de su papel como agricultores y debieron volver a la fotografía, a la publicidad, a la vagancia activa. Frank, Sebastián y compañía tenían un nuevo producto y un nuevo poder. Esa sencilla transferencia de tecnología, marcada en este caso por el efecto perverso de la prohibición, logró que unos dueños de esquina se tomaran el barrio.






martes, 12 de febrero de 2013

Realpolitik








Hace cinco años las Farc provocaron una de las más grandes manifestaciones ciudadanas que ha conocido la política colombiana. Según las cuentas, hechas a vuelo de pájaro desde helicópteros, más de cinco millones de personas marcharon en diferentes ciudades bajo un lema que no dejaba dudas: No más Farc. Ahora, cuando la mesa habanera ha puesto de nuevo a la guerrilla en el atril de los discursos, la pregunta es si un partido político liderado por Timochenko y compañía tendría posibilidades en los umbrales de nuestras elecciones; si las Farc podrían movilizar simpatizantes luego de acumular víctimas durante décadas.
Hace poco me llamó la atención una frase del ahora silencioso Antanas Mockus. Durante una conferencia en Barranquilla, en la que ofreció donar mil horas de su tiempo para asesorar a las Farc en política si deciden dejar las armas, soltó una de sus sentencias entre obvias y pasmosas: “Yo sé que se intenta dialogar en medio del conflicto sin renunciar a acciones de tipo militar, pero también sé que la gente admiraría mucho más a las Farc si se abstienen de hostilidades”. Admirar es una palabra bien complicada a la hora de hablar de la banda de Marquetalia. Pero la firma de un acuerdo, ese anhelo tan viejo, manoseado y lleno de frustraciones, podría cargar de generosidad y olvido a una parte del electorado, incluso a algunos de los que el 4 de febrero de 2008 marcharon contra las Farc. Aunque la comparación resulte odiosa en muchos sentidos, apenas cinco años después de la toma del Palacio de Justicia, Carlos Pizarro envolvía su pistola en una bandera tricolor y despertaba simpatías inesperadas.
En 1986, cuando las Farc intentaron jugar a la política electoral y a la guerra al mismo tiempo, cuando narcos, paras y parte del ejército comenzaron el exterminio sistemático de la UP, Pardo Leal logró el 4% de la votación en las presidenciales y dijo con júbilo: “Con los votos obtenidos en Bogotá llenamos de sobra el Campín”. Mucha sangre ha corrido desde que la UP obtuvo 7 curules en el Congreso, eligió 23 alcaldes y más de 200 concejales. La guerra a muerte con los paras y el narcotráfico terminó confundiéndolo todo y dejando de un lado a las víctimas y del otro a los victimarios de todos los colores, con sus alianzas según la coyuntura de la guerra y los negocios. Pero el prestigio de la palabra paz tiene entre nosotros poderes mágicos que conducen a la benevolencia o la tontería. En el año 1998, con las Farc dedicadas al asesinato de candidatos y el saboteo de las elecciones regionales, más de diez millones de colombianos introdujeron en las urnas una papeleta “exigiendo una solución política al conflicto armado”. Tal vez suframos del síndrome de lo que Marco Palacio llama el paradigma de la paz fácil y televisada que dejó la desmovilización del eme, el mismo que se marchitó electoralmente en seis años, pasando de 992.000 votos en 1991 a 60.000 votos en las regionales de 1997.
Es posible que el simple gesto de la paz de un sector de las Farc le quite espacio electoral a la izquierda que ha jugado en la legalidad hace más de 20 años. La mano del gobierno, algún manejo de los proyectos regionales acordados en la mesa, la punta de lanza de la Marcha Patriótica y el espectáculo de una firma, podrían llevar a la izquierda más cruel y rudimentaria a un privilegiado escenario político.




martes, 5 de febrero de 2013

Un rey cansado





El anciano camina como si todavía cargara el morral que lo convirtió en leyenda. Los ojos desorbitados, tan anhelantes como su respiración. Luego de seis años de reclusión en la sombra de sus palacios ha decidido salir a participar en la ceremonia que cada tanto elige al comité de súbditos. Se ha corrido la voz de su aparición y un corrillo se encarga de acompañar su caminata. La gente lo mira con una sonrisa enternecida e incrédula. Los periodistas lo reverencian con sus luces. Los niños que hacen de testigos de la ceremonia, con una pañoleta roja anudada al cuello, lo miran aterrados. Es como si conocieran en persona a Colón, a Bolívar, a Darwin. Es el mismo señor de todas las cartillas: el padre fundador, el pontífice, el guerrero. El hombrón encorvado suelta sus preguntas: “cómo te llamas, dónde estudias, cuántos años tienes”. Los niños responden sin acercarse a sus orejas inmensas e inútiles. Un periodista tembloroso pide que la esfinge les deje un mensaje a los jóvenes, hay que insistir, puede ser la última oportunidad: “Solo dígales que les tengo mucha envidia”, dice el octogenario mostrando una sonrisa picada. Y pícara.
Cuba vive bajo el espejismo de un pasado remoto que es a la vez su presente. Los museos, las calles, los afiches, los programas de historia en televisión y los periódicos veneran a los autores de unas gestas cincuentenarias que son los mismos que hoy firman los decretos para entregar el arroz con piedras, posibilitar el pasaporte y restringir el acceso a Internet. Es normal que los países arrastren las taras de sus partidos y dirigentes históricos, que la visita a la prensa apolillada que se guarda en las bibliotecas entregue de vez en cuando las lecciones del estancamiento y las recaídas. Pero Cuba no necesita mirar la prensa vieja. Ni la nueva. Solo puede ver los cambios en la deformación física de sus héroes. No solo es la monotonía de los hechos sino de los discursos. El 78% de quienes resultaron elegidos para representar al partido comunista en la Asamblea Nacional nacieron después de 1959, se criaron bajo los comités de defensa de la revolución y se acostumbraron a venerar a un líder que cada vez se parece más a una estatua parlante.
Dicen que el anciano, luciendo una camisa de cuadros y una chaqueta con un cocodrilo abriendo sus fauces hacia Miami, dedicó hora y media a una charla con los periodistas. Pero se trataba en realidad la exhibición de un fenómeno. Un viejo convertido en un niño que muestra sus gracias al hablar y al escribir. Como si dijeran, tan pequeño y lo recuerda todo, y ya sabe que los teléfonos celulares graban, que hay naves en Marte y que el hombre tiene más años en la tierra de lo que se creía. Al final de la lección le podrían haber anudado el trapo rojo en el cuello.
Pero los niños superdotados también son ricos en desvaríos y alucinaciones. Cuando le preguntaron por su súbdito más fiel y poderoso, el viejo se puso serio, ceremonioso como ameritaba la ocasión y soltó una frase para las letras de bronce: “solo un hombre en la historia se hizo famoso por llevar adelante grandes campañas militares, pero para liberar pueblos. Ese hombre fue Bolívar. Bolívar, pero también Martí y Chávez, han sido muy importantes para América Latina". Sus barbas y sus viejas cóleras me recordaron al Rey Lear y la sentencia de una de sus hijas: “Ahora, por mi vida, estos necios ancianos se vuelven niños. Y debe tratárselos con reprimendas a título de caricias, cuando se ve que abusan”.