Señores (as)
Movimiento de veeduría cívica Old Providence.
La indignación es
mala consejera a la hora de la lectura. En los últimos años se ha hecho una
apología del berriche y la pataleta, pero para escribir cartas tal vez sea
mejor la tranquilidad. Lo primero que me llama la atención de las tres páginas
del emplazamiento que me envían, es el supuesto permiso que debí tramitar para
escribir “sobre algo tan delicado”. No me cabe duda de que los raizales son los
dueños de Providencia, pero también tengo claro que no pueden imponer un veto
para hablar de sus historias. Todavía no hemos llegado a la necesidad de “consulta
previa” para escribir una versión sobre lo que pasa en un territorio. También
me extrañó una mención a mis apellidos y la posibilidad de publicar una
columna. El argumento de la descalificación personal viene casi siempre del
resentimiento y este no parece ser un caso distinto. Me dicen que hay artículos
“muy serios” escritos por isleños que hace fila para ser publicados, y pienso que
podrían montar un buen blog con ellos y moverlos por las redes sociales. No
solo se trata de llamarse independientes sino de intentar serlo antes de
sentarse en la “sala de espera” de las redacciones de los grandes medios. Por
mi parte ofrezco las páginas de Universo Centro, un periódico que se hace y se
piensa en Medellín, para publicar algunos de esos artículos que esperan su
momento en un cofre.
Al leer una
columna siempre vale la pena pensar en posibilidades y espacios limitados. El
columnista nunca pretende abarcar todas las realidades, tal vez su trabajo se
parezca un poco al del fotógrafo que elige un encuadre y dispara. Mi idea era
hablar de un “ecosistema” omnipresente y sombrío en la isla. Omnipresente
porque está en el imaginario, en las pesadillas y en los sueños de casi todos
en Providencia, y sombrío porque puede ser tétrico y se trata con susurros y
claves. Tal vez se les olvida que hay 4500 realidades en la isla y que las
crónicas pueden ser diferentes a las que se escriben para las revistas de espaldar
de silla de avión.
Pero vamos a las
críticas a la columna. Tal vez valga la pena comenzar por una que demuestra la
ceguera que produce la indignación. La carta reseña mi ignorancia al hablar de
la red de los pescadores de langosta. No es inventando gazapos como se
desvirtúa la realidad: si hablo de buzos es lógico que no estoy pensando en una
red para pescar sino simplemente para guardar lo que se recoge del fondo. También
noto que en ocasiones se encargan de terminar mis frases y darles un sentido
que los haga sentir más molestos. Por ejemplo, decir que los viejos saben el
camino de salida de las lanchas y la ruta de regreso de los “cosos”, no desconoce
que muchos de ellos condenen el narcotráfico y añoren tiempos idos.
La carta me
demuestra también que en la veeduría les encanta el papel de víctimas. Esa idea
de una arcadia corrompida por el continente es un viejo premio de consolación.
El narcotráfico no es una plaga colombiana sino una colección de
multinacionales del crimen. Entender la mafia como un invento nacional para
corromper a los pueblos raizales solo puede salir de una mirada algo paranoica.
Además, el negocio narco tiene en el caribe conexiones que van mucho más allá
de Colombia: Honduras, Jamaica, Bahamas, Nicaragua, México y otros participan
de esa larga correría hasta el Norte donde Providencia es una más en el rosario
de escalas. Creo que eso es absolutamente lógico y por eso no dije, como
ustedes me reclaman, que San Andrés y Providencia “fueron convertidas en el ojo
del huracán del narcotráfico por su posición geográfica.” El narcotráfico ha
transformado la sociedad en muchos de nuestros pueblos y ciudades: corrupción,
movilidad social, violencia, nuevos modelos de éxito, industrias criminales,
taras culturales han ido creciendo al amparo de una guerra que dice proteger la
salud pública. Pasa en toda América Latina y no parece que la mejor manera de
explicar el fenómeno sea con una fábula de lobos y ovejas. Estoy acostumbrado a
la repetida indignación de autoridades y ciudadanos de Medellín por los cientos
de retratos de su realidad con las imágenes del sicario y el narco. Y tengo que
decir el estereotipo aburre pero también que es inevitable y en ocasiones puede
convertirse en una especie de antídoto social. También he entendido que todas
las vistas son parciales y que es imposible guiar las impresiones del
visitante, del testigo, del curioso. Algunas se parecen a lo que vemos como
habitantes y algunas no, y sirve más el contraste con nuestro relato que la
simple descalificación.
Por último
quiero hacerles una pregunta. ¿Por qué les causa tanto desconcierto y tanta
rabia mi pequeña relación de hechos turbios cuando ustedes mismos reconocen en
su carta los problemas de la isla? Un lector desprevenido de la columna y la
carta podría encontrar entre las dos bastantes puntos en común. Ustedes hablan
de “la escalada de la violencia en Providencia, una isla donde no pasaba
casi nada”, y donde el control social se ha ido perdiendo; reconocen “que hoy
hay armas y criminalidad y delincuencia”, culpan en parte a los policías de “las
actividades de narcotráfico que se ejercen” en la isla; y en tono dolido
confirman “el desangramiento (sic) que significa para la sociedad raizal que sus
hijos terminen regados en cárceles del Caribe, o desaparecidos, o muertos…” Mi página
es una mirada sobre ese mismo drama, pero veo que a ustedes solo les gusta el
autorretrato.
Más que
recriminaciones y disculpas les propongo un diálogo sobre lo que pasa en
Providencia. Ya estamos suficientemente lejos para marcar más distancias.
Saludos,
Pascual Gaviria Uribe.

















