martes, 23 de agosto de 2016

La horda imposible








El Estado tiene habilidades medianas para perseguir, empujar, llenar planillas, buscar cuerpos y hacer reseñas. Por el contrario, sus posibilidades de convertirse en consejero eficaz, de servir como terapeuta, de prodigar paciencia y esperanza para los ciudadanos alucinados y errantes son muy limitadas. Nuestras ciudades tienen problemas para mantener en los salones y en el uniforme escolar a los jóvenes de 15 años, apenas si logran llamar a lista con algún juicio a sus empleados y convocar con el cepo de las multas a los infractores de tránsito. De modo que siempre será algo ingenuo, tal vez necio, pretender que los adictos al bazuco y a la intemperie, que los ciudadanos con la voluntad más estropeada, respondan a sus llamados, se ordenen tras la olla de aguaepanela y suscriban los compromisos que demanda el código de policía. En esa tarea el Estado todavía va casi siempre con la espada y la cruz, entiéndase el bolillo de los policías y alguna institución religiosa que les sirve como “operador” en las tareas sociales a punta de almuerzo, jabón y tijera.
Hace tres años y medio el presidente Santos dio una orden tan perentoria como imposible de cumplir. En medio de un discurso les pidió con énfasis fingido a alcaldes y policías de veinte ciudades que acabaran con las ollas de vicio. Llegaron, entonces, los gases lacrimógenos para desocupar las chimeneas del bazuco y se levantaron nuevos “campamentos” en zonas aledañas. En Medellín, por ejemplo, los callejosos salieron de la Avenida De Greiff y llegaron hasta las inmediaciones de la Plaza Minorista. La orilla del río hacía parte de las nuevas “instalaciones”. Un pequeño pueblo de zarrapastrosos, de caminantes, de desesperados, de ilusos, de flacos. No de vagos. Porque el bazuco es caro y su vida es barata. Si el Estado resulta inepto para conducir a la tribu, los vendedores de bazuco conocen muy bien la válvula a presión de esas ollas y cómo se mueve y se asienta su público. Los habitantes de calle están muchas veces entre el desalojo obligatorio y el reasentamiento forzoso. Unos los mueven y otros los anclan. El último desalojo terminó en Medellín con la explosión de un petardo a la espalda de un vagabundo, cuatro muertos entre los habitantes de esa ciudad al pie del río y seis policías heridos. Era un recado de uno de los grupos mafiosos a sus rivales en ese parque temático de pipas hechizas, pegantes y picaduras varias.
No se trata de la absoluta resignación frente a esa horda imposible. Pero tal vez sea necesario un poco de realismo. Las políticas públicas juegan en este caso entre la comodidad de la quietud y los estragos que genera alborotar esos nidos ocultos y a la vista de todos. No es fácil lograr un equilibrio entre la lucha contra quienes controlan los emporios de consumo con todas las crueldades imaginables y sus víctimas y “protegidos” bajo los cartones y tras los escombros. Bogotá y Medellín tienen dos pequeños pueblos de desarrapados cerca de sus centros. Sus cupos para un tratamiento adecuado apenas si llegan al 10% de la población que deambula y consume. Cerca del 20% de esos hombres y mujeres de calle llevan más de veinte años en las drogas y el desamparo. Muchos otros son jóvenes todavía deslumbrados por la promesa de la coca a medio cocinar. Unos más son consumidores “responsables” y trabajadores informales. Tratamientos diferenciados, necesidad del apoyo familiar y en algunos casos un consumo administrado por el Estado pueden ser algunas de las respuestas. Pero el trabajo duro está en la calle y no en el diagnóstico de papel.









martes, 16 de agosto de 2016

Retratos ajenos







Ordenar la violencia es el principal objetivo de los investigadores judiciales. Darle un nombre a las víctimas y a los victimarios, encontrar las evidencias y disponerlas según un método para que tengan significado, buscar un dato en el caos de los restos luego de los ataques, aventurar hipótesis tras el poder de clanes y capos. Las epidemias de violencia hacen cada vez más difícil esa tarea, una especie de inercia del desconcierto y el miedo logra que el crimen se convierta en una presencia borrosa e indiscriminada.
Hace poco recibimos en Medellín al fotógrafo caraqueño Juan Toro Díez y su exposición Expedientes que recoge un trabajo de siete años tras diferentes huellas de violencia en Caracas. Es extraño servir como una especie de guía de cierta esperanza recorriendo a Medellín, una ciudad que hace algo más de veinte años era el paradigma mundial del crimen. Hoy en día Caracas sufre en un mes los mismos homicidios que Medellín sumó en todo 2015. Y la calle se ha hecho prohibida luego de las siete de la noche, como pasaba con Medellín a finales de los ochenta y comienzos de los noventa. Los centros comerciales tiran las rejas luego del fin de la película de las 5:00 P.M. y los velorios tienen siempre la amenaza del contra ataque. Mientras caminaba el centro de Medellín, una supuesta trampa para muchos de sus habitantes, Juan Toro respiraba aliviado y reseñaba los delirios de las ciudades claustrofóbicas. En medio de una risa amarga recordaba la paradoja que resulta ver desde Caracas las series sobre Pablo Escobar y la violencia homicida en ese Medellín de leyenda. Muy seguramente Caracas tendrá su serie en unos años, un drama que registre los más de 5000 homicidios anuales en sus calles.
A falta de datos oficiales y en medio de un exceso de evidencia, Toro Díez terminó convertido en un recolector luego de los estragos en la capital venezolana. En estos años se ha encargado de preguntar por el cerrojo de los que se fueron, retratar las llaves de los apartamentos que quedaron en venta luego de la huida. Buscar el plomo, encontrar su deformidad única tras el estallido de las balas. Rastrear las etiquetas de la morgue como una primera lápida, un último número para otra de las filas de cada día. Las piezas de sus Expedientes están registradas con el esmero de quien construye un museo propio del espanto colectivo, de las estampidas y la impotencia, de la rabia y el mando. Estas pruebas no buscan una condena individual, solo entregan un alegato basado en piezas de cajón y basura, en rastros desechables e imprescindibles.
“Si me preguntas que es lo mejor de Chávez yo te diría que él despertó un país que estaba dormido políticamente, tanto para los que lo apoyaban como para los que no”, dice el Juan Toro desde su versión de fotógrafo que terminó haciendo las guardias de los periodistas de diarios de sucesos y los médicos legistas. Ahora la violencia ha desbordado la política, las consignas han quedado atrás y las milicias se han convertido en colectivos que dominan barrios y rentas. Para muchos la política se ha convertido en una simple etiqueta para identificar posibles víctimas. Se pasó del discurso público y solidario al ataque armado por las ganancias privadas y la supervivencia.
En ocasiones, unos buenos retratos del exterior pueden dar una idea clara de nuestro presente y una buena memoria de nuestro pasado.  



martes, 9 de agosto de 2016

Complejo justiciero







Puede ser más fácil reducir la violencia que superar el complejo de un país que se convenció de su carácter asesino. Colombia ha bajado sus muertes violentas a una tercera parte respecto al pico terrible de comienzos de los noventa. Pero el chiste según el cual la planta nacional debería ser el balazo (Monstera lenea) sigue causando risas desconsoladas, y los caricaturistas insisten en las sangrías y el cóndor en lo alto del escudo se subraya cada tanto como símbolo perfecto para ocuparse nuestros regueros.
Sin embargo, tal vez lo más paradójico sea que la ciudadanía percibe mayor seguridad y sosiego justo cuando los asesinatos crecen o se mantienen, y siente la amenaza de la muerte que viene cuando tenemos la más baja tasa de homicidios en las últimas cuatro décadas. Muchos ciudadanos extrañan los tiempos de la llamada Seguridad Democrática del gobierno de Álvaro Uribe. Pero cuando uno mira los estudios de Medicina Legal de los últimos años se da cuenta que el segundo periodo del expresidente presentó aumentos y estancamiento en la rebaja de las muertes violentas. Entre 2006 y 2010 la tasa de homicidios nunca bajó de 34 por cada 100.000 habitantes. El segundo mandato de Uribe, que supuestamente iba consolidar sus triunfos en seguridad, tuvo siempre más de 15.000 homicidios cada año, y terminó con 17.459, la cifra más alta en la última década. Ha pasado relativamente desapercibido el informe Forensis 2015 que publicó hace unos días Medicina Legal. En uno de sus primeros cuadros es fácil notar que entre el último año del gobierno Uribe y el año pasado hubo una reducción de 5874 homicidios. La disminución se ha sostenido en cerca de 1000 homicidios años a año. Ahora nuestra tasa de 24 homicidios por cada 100.000 habitantes y no estamos entre los primeros seis de la lista de más violentos en América Latina.
Es posible que las principales capitales de departamento hayan llegado a un piso cada vez más difícil de bajar. Sabemos que Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla ponen una tercera parte de los asesinatos del país y las cifras del primer semestre del año anuncian que son posibles unos pequeños aumentos. En las zonas rurales suceden apenas el 19% de los asesinatos y el año pasado se contaron 408 municipios colombianos (36% del total) donde no se presentó un solo homicidio.  Esos municipios apacibles están sobre todo en Boyacá, Cundinamarca, Santander, Nariño y Sucre. Ahí se agrupan más de la mitad de los territorios donde un asesinato es una extraña barbaridad. En Boyacá, el departamento de mostrar, el 75% de los municipios terminaron sin sufrir un levantamiento de cadáver. Nariño, por su parte, concentra casi la mitad de sus homicidios en Tumaco. Así como Córdoba suma el 48% en Montería, y Valle y Tolima cuentan el 53% en Cali e Ibagué.

Colombia habla mucho de las víctimas pero concentra su atención en el futuro de los victimarios. Se reducen las muertes de los campesinos pero añoramos que truene la guerra en sus tierras para hacerles justicia. Se invocan las banderas negras y las cintas de luto por la rebaja de los muertos y de las penas. Se grita en contra de la impunidad por un acuerdo de paz cuando apenas el 10% de los asesinos terminan frente a un juez. El clamor de los justicieros merece siempre un poco de desconfianza, una dosis de pragmatismo y algo de olvido. 



martes, 2 de agosto de 2016

Otros escarabajos




Para quienes vivimos las glorias ciclísticas de los escarabajos en los años ochenta es difícil olvidar la imagen de Virgilio Barco, despelucado y eufórico, enfundado en la camisa amarilla del campeón de la Vuelta a España que acaba de ganar Lucho Herrera en 1987. Eran los tiempos de la humildad, de la aguapanela como receta misteriosa en Europa y del heroísmo de los recién llegados a los Alpes. El ciclismo montañero que pasaba los tragos amargos del pavé y los abanicos con la dulzura del bocadillo. Ahora los escarabajos son otros, con la misma garra y un poco menos de capote, con el oxígeno de siempre y el fogueo en Europa desde jóvenes y la posibilidad del desparpajo y el desafío frente a los poderosos, así sea vía twitter. La respuesta de Winner Anacona al presidente Santos luego del Tour de Francia encarna una pequeña paradoja: ahora los ciclistas se atreven a responder, a cuestionar al Estado y sus dirigentes, precisamente porque su preparación es mejor, porque su mundo es más amplio y sus ambiciones van más allá de la “casita” para su familia.
Anacona puso sobre la mesa una premisa que valdría la pena mirar con calma. Su respuesta al trino de felicitaciones de Santos fue una sentencia aplaudida de manera unánime: “…volveremos porque nos hemos hecho SOLOS en este bonito y duro deporte con la ayuda de pocos”. Un político siempre perderá la etapa frente a un deportista que acaba de cruzar la meta. Pero a la luz de la nueva generación del ciclismo colombiano la afirmación de Winner no es del todo cierta. Lo digo pensando en el libro Nairo, la construcción del nuevo escarabajo escrito por el periodista español Carlos Zúmer. Las primeras historias de Nairo sobre la bicicleta son las de la épica campesina en solitario, con su hermana y su padre detrás buscando unos pesos entre tiendas y carnicerías. Pero desde los 18 años aparece el Estado como patrocinador y guía de una carrera que desemboca en el equipo más importante de la historia del ciclismo español.
Nairo llega al equipo Boyacá es Para Vivirla y ahí con patrocino departamental conoce el ciclismo profesional de la mano de Vicente Belda. Con esa camisa corre sus primeras pruebas en Europa (el Clásico Montañés, la Vuelta a Madrid, la Subida Urkiola) y comienza a cambiar la rueda que seguía como escolar subiendo a Arcabuco por la estela de los grandes en Europa. Luego aparece Colombia es pasión y ahí aprende a ganar en esas cumbres, ahora con el patrocinio del Ministerio de Industria y Comercio, acompañado de una escuadra de ensueño: Esteban Chaves, Jarlinson Pantano, Darwin Atapuma, Sebastián Salazar. Ese equipo ganó en 2010 y 2011 el Tour del Avenir que había dado los primeros sorbos de champaña a Colombia, por allá en 1980 con Alfonso Flores. Quintana y sus compañeros son una versión mejorada de Herrera y Patrocinio, escaladores “dotados más allá de la mera capacidad cardiovascular o la pericia en la bicicleta”. Cosas parecidas han pasado con la historia de 23 años del equipo Orgullo Paisa, una especie de prólogo para Urán, Bananito Betancur, Sergio Luis Henao y otros. Algo ha cambiado desde la mula de Juan Valdéz.

Algunas cosas del ciclismo se han copiado en otras disciplinas para que Colombia tenga cerca de 150 deportistas listos para competir en Río. Hace solo 12 años el país llegó con 59 deportistas a Atenas, un número apenas superior a los 57 competidores antioqueños que estarán en Río. Falta mucho abono para el talento silvestre, pero cada vez más las historias de héroes solitarios se cambian por los pasaportes biológicos y los ciclos de entrenamiento. 







martes, 26 de julio de 2016

Biografía de hincha






Tengo dos amigos, de signos opuestos, uno rojo y otro verde, que han construido su biografía apoyados en las fechas memorables de sus equipos en las excursiones internacionales y en el día a día del rentado local. El hilo personal que en ocasiones da vueltas, se enreda, retrocede y deja un nudo olvidado necesita una cronología sencilla y entrañable para organizar los recuerdos y armar una historia legible. “Sí, me acuerdo que cuando se murió mi abuela Medellín jugaba con Tolima en el Atanasio, eso fue un domingo”, dice uno de ellos compungido por igual con la muerte y el empate agónico del visitante. “Claro, eso fue por allá en el 84, la enfermedad me empezó con un penal que botó Santín contra el Junior en Barranquilla”, dice el otro recordando una superada dolencia adolescente y una derrota que todavía duele. Nunca he sido tan memorioso como mis amigos, tal vez por eso a mis diez años tenía una bitácora verdolaga para calificar a los once que saltaban a la cancha con la camisa rayada a verde y blanco. No importaba que el partido fuera en casa o de visita, yo les entregaba nota a todos los jugadores siguiendo lo que dejaba ver el partido en la cancha o entrever la transmisión radial. Eran los días del hincha infantil jugando al estadígrafo, después vendría el hincha juvenil y el guaro en el tubo de PVC de la bandera y el cuaderno pasó a mejor vida.
Pero la esencia del hincha se conserva y se renueva con cada día de tribuna. He pasado por todas las galerías del Atanasio. Mis primeros recuerdos son en Oriental cuando importaba más la paleta que el juego y salíamos rojos de chupar sol a pesar de ser verdes empedernidos. Luego fue la comodidad de Occidental y las fotos con los jugadores lesionados y la rendija en un baño olvidado que entregaba una visión mítica del camerino. En Sur viví la época de los primeros desórdenes. Allá teníamos un vendedor de cerveza de confianza que nos marcaba hasta dejarnos alegres en el triunfo o la derrota. Y en Norte llegó el sosiego y el puesto fijo desde la baranda, la brisa que baja desde el boquerón barre las bocanadas de la tribuna y han sido muchos los triunfos acompañando al equipo de Libretica y de Rueda.
En uno de los textos de su libro Salvajes y sentimentales, Javier Marías habla de esa especie de infantilismo que solo los hinchas sufren y disfrutan cada ocho días: “Lo normal es que el aficionado al fútbol lo sea desde pequeño, y por eso reaparecen en él rasgos enteramente infantiles durante la contemplación de un partido: el temor, la zozobra, la alegría, el bochorno, la rabia, hasta las lágrimas.” Ese aficionado algo curtido es hoy de nuevo un niño tembloroso, como aquel que en 1983, frente a un gol tempranero de Amín Bolívar del Junior, se encerró en un carro durante horas a llorar una derrota que dejaba al equipo fuera de la Libertadores, como el adolescente que vio cómo su hermano, su guía futbolero, le arrebataba la bandera y la tiraba al piso luego de dos penales desperdiciados y una derrota frente al América en 1987, el mismo que vivió en silencio cabalístico la serie de penales en El Campín en 1989. En vísperas de una cita histórica el hincha suele recordar las más grandes tristezas y los desfogues inolvidables, los fantasmas rondan el camino de la alegría que se renueva, de la infancia que nos entregan los títulos, de la posibilidades de volver a ser “salvajes y sentimentales”. Para eso, escribo esta página con los dedos cruzados, los amuletos en el cajón y las invocaciones al eterno número 2.



miércoles, 20 de julio de 2016

Podéis trinar en paz





Los idealistas hablan de Twitter como un ágora desordenada y confusa, una asamblea en la que no hay que pedir la palabra y se pueden igualar los graznidos de las cotorras y los chirridos de los búhos. Pero Twitter es también un sumidero de odios y frustraciones, una ventana para el grito y el desfogue y un escenario para construir mentiras con un ejército de pajarracos filados; más una plaza pública partidista y chichera en uno de nuestros pueblos de hace sesenta años que un foro docto. Por eso cada uno construye su propia plaza en Twitter según la calidad del cedazo que sea capaz de incorporar a los trinos que va inundando el pozo con aguas de todas las calidades.
Desde hace poco Twitter tiene un nuevo ingrediente más allá de los juegos y las grescas de las redes sociales. Los jueces y los policías han llegado a mirar quién se esconde detrás de esa maraña. Todos los días se publican cerca de 65 millones de tuits que se han convertido en un rastro obligatorio para los organismos de inteligencia. Los posibles terroristas suelen soltar algunos balbuceos amenazantes en vísperas de sus “hazañas”. Compadezco a quienes deben seguir esas pistas todos los días, un camino de sandeces en el que es muy difícil reconocer entre los inofensivos y los peligrosos. Pero no solo se trata de vigilancia para evitar daños mayores a la simple violencia verbal. Muchos países han ido incorporando tipos penales para castigar las manifestaciones de odio, las amenazas, las humillaciones, el proselitismo terrorista.
España, por ejemplo, ha detenido a cerca de setenta personas este año en sus operaciones contra el “enaltecimiento del terrorismo y la humillación a las víctimas”. Los casos no son sencillos y van desde las grescas políticas (un concejal activo es uno de los acusados), las diatribas del vocalista de un grupo de rock, los arrebatos de los animalistas y la sencilla canción de unos titiriteros. Abrir la cárcel para quienes gritan estupideces tiene sus riesgos, la histeria y el ridículo pueden ir apareciendo poco a poco. Esta semana fue absuelto César Strawberry, líder de la banda Def Con Dos, luego de enfrentar un proceso de dos años por trinos como este: “El fascismo sin complejos de Esperanza Aguirre, política del PP, me hace añorar hasta los Grapo”. Grapo fue un grupo armado de resistencia anti fascista que dejó cerca de 80 víctimas mortales en 30 años de existencia. Así defendía hace unos días Alex de la Iglesia a su amigo Strawberry:
“  ...ha podido cometer un error, el error de enfrascarse en una conversación de Twitter donde no están claros los límites entre el sarcasmo y la barbaridad. Ha podido cometer una insensatez, teniendo en cuenta la gravedad que eso supone. Pero una barbaridad y una insensatez no son razones suficientes para mandar a nadie a la cárcel”. Su defensa vinculó los trinos a su actividad artística y sacó a relucir viejos mensajes pacifistas. Pero unas semanas atrás el Tribunal Supremo español condenó a dos años de cárcel a una joven por sus tuits alabando a ETA y burlando a víctimas de la banda terrorista. “Tampoco la libertad ideológica o de expresión, pueden ofrecer cobijo a la exteriorización de expresiones que encierran un injustificable desprecio hacia las víctimas del terrorismo, hasta conllevar su humillación”, dice la sentencia.
Entre nosotros María Fernanda Cabal ha inaugurado las causas penales por trinos pero la fiscalía desestimó la denuncia. Se construye un nuevo y complejo filtro para las redes, hasta ahora no sabemos si será un instrumento para el control político, el ridículo judicial o el apaciguamiento ciudadano.




martes, 12 de julio de 2016

La misma línea









Según los censos en las regiones cocaleras y los satélites que husmean todo el año por entre las nubes, Colombia tiene cerca de 960 millones de matas de coca agrupadas en pequeños cultivos que en su gran mayoría no superan las 5 hectáreas. Desde finales de 2013 se ha presentado un aumento en los cultivos de coca y al mismo tiempo una concentración en el área de siembra: más coca en menos tierra. A pesar de que 2015 terminó con el mayor número de hectáreas sembradas en los últimos 8 años, los kilómetros cuadrados con problemas cocaleros sumaron una de las menores cifras desde el 2000. En últimas, crecieron un poco los lotes en los mismos sitios donde había coca en 2014. Los 10 municipios más cocaleros del país sumaban el 42% del total sembrado en 2014, en 2015 llegaron al 47%; y Tumaco, líder indiscutido, ya tiene el 17% de los cultivos nacionales.
Las cuentas de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODOC) dicen que 74.500 familias recibieron ingresos por la siembra de la hoja que ha marcado los territorios de la guerra durante cerca de 40 años. La mayoría de los cocaleros (65%) venden la hoja fresca a quienes se encargan de transformarla en pasta base y luego en cocaína. El porcentaje de quienes solo venden la hoja llega a 92% en la región del Pacífico donde se agrupa algo menos de la mitad del total de cultivos en Colombia. A pesar de que el kilo de hoja subió 39%, los ingresos de una familia cocalera no son muy distintos de los que logra una familia campesina sembrando yuca, cacao, plátano o café. Si se suma lo que recibe una familia por las 4 cosechas de una hectárea de coca en un año y algo de trabajo como “cocineros” o raspachines en lotes más grandes, los 5 integrantes promedio pueden alcanzar ingresos por 18 millones de pesos. Aun así, queda claro que nunca será fácil para el gobierno, con o sin colaboración eficaz de las Farc, reemplazar un mercado agropecuario que les entrega cerca de 480 millones de dólares a 372.000 personas, un número que excede por mucho a la base de las Farc y muestra que el grupo guerrillero controla si acaso un 40% del mercado ilegal.
Para quienes creen que todas las soluciones llueven del cielo y extrañan el glifosato hay algunos datos desalentadores. En Caquetá, por ejemplo, las hectáreas fumigadas han sido estables desde 2012 y en ese lapso el área cultivada se duplicó. En Antioquia, la fumigación se triplicó en los últimos 2 años y las hectáreas de coca se duplicaron. En Meta y Guaviare el Roundup oficial disminuyó 30% en el último año y la coca sembrada cayó el 3%. En el Putumayo el promedio de fumigación se mantuvo durante 4 años y las hectáreas de coca se triplicaron. La lógica de bombardear con veneno y mostrarle a los campesinos solo la cara del Estado en la barriga de las avionetas no es mágica ni mucho menos.
La zona de frontera con Ecuador, los parques nacionales, los resguardos indígenas y los territorios de los afros siguen siendo los puntos críticos para la lucha contra la mata de coca. Ahí está sembrada cerca del 45% y el Estado no tiene mucha posibilidad de entrar, ni por las buenas ni por las malas. El Catatumbo es la zona de la gran derrota para el gobierno, sus pactos no han disminuido la violencia y en cambio han cedido el control territorial y logrado que la coca se multiplique por 5 en los últimos 5 años. Las buenas noticias están en la Sierra Nevada, la Amazonía y la Orinoquía donde la coca casi ha desaparecido en 10 años.
La pelea es dispareja y distinta en cada territorio. El Estado siempre será un verdugo o un protector torpe en un medio que conoce mejor desde el satélite que bajo el sombrero del funcionario.

Inevitable: la coca seguirá siendo una dura vía de escape para muchos.