martes, 4 de julio de 2023

Purgar al carnicero

 


Yevgueni Prigozhin es un temerario del tamaño de los suicidas más decididos. Una condición para nada sorprendente en el jefe de un ejército de mercenarios con cincuenta mil hombres en la avanzada de Rusia en Ucrania. Lo que parece increíble es que haya llegado a las puertas del Kremlin por sus modales de maitre, por ser el hombre de las delicadezas en la mesa de Vladimir Putin. Un personaje para los trabajos más duros y para las funciones más delicadas. Está bien, en últimas los grandes chefs también son de algún modo los mejores carniceros.

Pero esa no es su única extravagancia. La más grave acusación a Putin en medio de la rebelión que lo llevó a doscientos kilómetros de Moscú, muestra las palabras de un moderado, de un guerrero que quería la paz. Las acusaciones al ejército de Putin por su propaganda y sus fracasos son una verdad que más que atentar contra el presidente pretendían darle un consejo, mostrarle que lo estaban engañando. Y Prigozhin tenía como saberlo, con un ojo en las tropas de Ucrania frente a sus hombres, desafiantes, y uno más en las tropas rusas detrás de su ejército, expectantes por no decir temerosas. La acusación que lo hace un hombre tan ponderado como peligroso tiene que ver con los motivos del inicio de la invasión. El mercenario mayor dijo que la “operación especial” se inició con falsos pretextos ideados por el ministerio de defensa, que fue innecesaria y que la OTAN no era una amenaza para la federación rusa. Señalar ese error inicial es una acusación directa a Putin, no la denuncia de un error operativo sino el señalamiento de una decisión descabellada. Prigozhin resultó entonces un pacifista que mira hacia atrás y ve la guerra como una acción precipitada e inútil.

Es difícil imaginar a un Putin conciliador luego de lo que llamó una “puñalada por la espalda”. La traición es la palabra más temida en los palacios rusos de los zares y en las oficinas de la URRS. La paranoia es una enfermedad nacional. Luego del desafío inicial se dijo que Putin había negociado una indulgencia y que la afrenta sería una simple anécdota. Pero esa supuesta tranquilidad duró solo un día y de nuevo el presidente salió a mostrar su cara impasible. Putin no cree en esa tontería de que la venganza es un plato que se sirve frío. “Los organizadores de la rebelión, traicionando a su país, a su pueblo, traicionaron también a quienes se vieron envueltos en este crimen. Les mintieron, les empujaron a la muerte…”, dijo Putin en su última alocución en la que además defendió a los rasos del grupo Wagner.

Para muchos se viene una purga, otra de las palabras preferidas entre el poder zarista, soviético y ruso. Y aquí aparece un hombre y un recuerdo de la gran purga stalinista a finales de los años treinta. Serguei Kirov fue asesinado el primero de diciembre de 1934. Inició como guerrero revolucionario en el Cáucaso -su alias hace referencia al rey guerrero de los persas- y terminó siendo un personaje clave en el Comité Central. Su gran pecado también pasa por las opiniones moderadas frente a la colectivización impulsada por Stalin. Criticó las ejecuciones y la represión sin tregua a los campesinos. Retó a Stalin por su popularidad en las votaciones del Congreso del Partido en 1934. Stalin besó su cadáver en el entierro y comenzó la purga para advertir a los desafiantes. Más de 43.000 oficiales fueron “reprimidos”. Stalin tenía la idea de que todo se iba pervirtiendo y cada tanto era necesaria una limpia: “Nuestro partido es un organismo vivo. Como todos los organismos vivos experimenta un proceso metabólico: lo viejo y gastado se expulsa, lo nuevo y floreciente vive y se desarrolla”. La pregunta es si Putin logrará ser parte de lo nuevo y floreciente o si ya es parte de lo viejo y gastado.

La fuente de la discordia

 

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La animadversión de muchos contra los medios en general y contra algunos periodistas en particular no es suficiente para socavar los derechos constitucionales que protegen la libertad de prensa. Esos derechos son cruciales precisamente para proteger a los medios que están en entredicho y bajo presión, a las investigaciones en las que los hechos apenas se conocen a medias, a los casos donde las fuentes son escazas y parciales, a los periodistas que han terminado -para mal casi siempre- en un enfrentamiento particular contra figuras claves del poder. Las verdades indiscutibles, las crónicas cerradas, las entrevistas unánimes, los finales completos y felices no necesitan protección alguna.

Desde algunos sectores cercanos al gobierno y desde las barras del Pacto Histórico se clama por la intervención a los medios, por la necesidad de que el gobierno los rete y, por qué no, los controle. Una senadora “garantista”, por ejemplo, dijo hace poco que la revista Semana debería ser “intervenida” por la Fiscalía en busca de las pruebas que sustentan sus informaciones. Siempre hemos visto que los alfiles del gobierno de turno, y sus simpatizantes más ansiosos, están seguros de que la prensa puede mejorar con la “tutela” del gobierno: “Ajustar unas tuercas o unas cuentas, un asunto relativamente sencillo”.

Pero resulta que los derechos constitucionales son menos volubles. En el caso concreto de la reserva de las fuentes la Corte Constitucional ha dejado una cota muy alta de protección. Según la Corte, se trata de una necesaria condición para la independencia del periodista y para un ejercicio libre de limitaciones y amenazas. Al periodista no solo lo protege el derecho a negarse a revelar una fuente reservada, tiene además la protección de “todos los documentos que componen el material de sus actividades periodísticas (entrevistas, apuntes, escritos, archivos, fichas, videos, audios, etc.)…”

Quienes se sienten afectados por las revelaciones de un medio de comunicación tienen el derecho a pedir una rectificación: “solo una vez la publicación respectiva sale a la luz, el afectado cuenta con la posibilidad de exigir la corrección de información falaz y/o incorrecta”, dijo la Corte en 2017. La posibilidad de buscar esa rectificación ante un juez es un contrapeso del derecho a la honra y el buen nombre sobre la libertad de expresión. El control previo y las intervenciones sobre los medios, que algunos pretenden, son absolutamente contrarios a un mínimo estándar democrático.

Pero el uso de fuentes reservadas hace que existan obligaciones extras de cuidado y rigor por parte de los medios. Contrastar, verificar, preguntar a los involucrados antes de publicar: “…el comunicador tiene la obligación de consultar, a quien resultará afectado con su reportaje, su versión de los hechos.” Y cuando esa consulta no se dé, con el tiempo y la claridad necesarios para una respuesta, el afectado puede exigir un espacio para entregar sus argumentos.  Y si considera la publicación de su versión no fue suficiente para proteger sus derechos, podrá entonces pedir una enmienda por parte del medio y hasta exigirla ante un juez.

Pero tal vez la audiencia se el gran jurado en todo esto. Los medios se juegan la credibilidad muchas veces al día y la audacia de hoy puede ser la desgracia de mañana. También la Corte sabe cómo debe tratarse al periodismo que busca el rigor y al que busca el ruido y entrega casi un consejo que también aplica para la opinión pública: “…esta Corporación judicial ordena al juez constitucional mostrarse deferente y protector con el periodista que se ha esforzado por el contraste riguroso de sus fuentes y por consultar a los involucrados.”

viernes, 9 de junio de 2023

Contadores de campaña

 


 

En agosto de 1995, un año luego de la posesión de Ernesto Samper, fue detenido Fernando Botero Zea, su director de campaña y ministro de defensa en los primeros once meses de gobierno. Días después Botero Zea reconocería que la plata de los Rodríguez Orejuela entró a la campaña que llevó a Samper a la presidencia. El lío empezó con Santiago Medina, un anticuario que devino en tesorero del candidato liberal. Medina era bueno para los negocios con los narcos, servía como decorador de sus casas y maquillador de sus cuentas. Luego del escándalo vinieron tres años de juicios, pulsos, conspiraciones, mamolas y porfías. Todo terminó con un “aquí estoy y aquí me quedo”.

Las campañas políticas tienen un detrás de cámaras que es en realidad un pacto de silencio. “Hagan lo que tengan que hacer pero no me cuenten”, podría ser la frase de batalla de las sumas entre platas y votos. En el caso de Samper las consecuencias fueron graves para el gobierno porque la espuma salió muy pronto y las confesiones desde adentro hicieron irrefutables los torcidos.

En tiempos de Pastrana también sonaron las monedas de los Rodríguez Orejuela. Los carteles son generosos y no conocen el sectarismo. Por eso los Rodríguez, “liberales de hueso colorado”, según sus propias palabras, dijeron ser demócratas convencidos y aportantes a los godos. El mismo Santiago Medina le dijo en su momento a la Fiscalía que la plata de los narcos también llegó a hasta la campaña del candidato conservador. Años después los Rodríguez le recordaron al expresidente sus aportes. Lo hicieron por medio de una carta muy franca y cordial donde le recordaron sus ayudas por la vía de los “ilustres conservadores” Álvaro Pava padre y Álvaro Pava hijo. La carta terminaba con un reto: “Doctor Pastrana, si usted cree que esto último es falso, y se siente agredido lo invitamos a que nos denuncie ante la autoridad que usted, en su conocimiento, crea que es la competente”. La cosa nunca llegó a la fiscalía y Pastrana alegó siempre la pulcritud de sus dos carreras a la Casa de Nariño.

En tiempos de Uribe también aparecieron las acusaciones. Para 2002 fue una declaración de Fabio Ochoa Vasco, narco que escondió Mancuso en San José de Ralito entre 2000 y 2005. El narco dijo en Semana que Mancuso le entregó tres maletas con billetes de 100 dólares, dos millones mal contados, a emisarios de la campaña Uribe 2002. Fabio Echeverry, gerente de esa campaña, dijo que eso era una pelea de delincuentes y no valía la pena siquiera desmentir a Ocho Vasco.

El expresidente Santos reconoció la financiación ilegal de su campaña en 2010. Ya habían pasado siete años y era mejor un pequeño mea culpa: “Frente a la revelación de que hubo recursos no registrados en mi campaña de 2010, quiero expresar mi más absoluto rechazo y condena frente a ese hecho. Lamento profundamente y pido excusas a los colombianos por este hecho bochornoso que nunca ha debido suceder y del que me acabo de enterar”. Además, fue una chichigua de 250 millones llegados desde Interbolsa. Roberto Prieto, gerente de campaña condenado, también habló de 600.000 dólares entregados por las joyas de Odebrecht.

En 2014 las dos campañas que llegaron a segunda vuelta, Santos y Zuluaga, recibieron plata por debajo. Hay condenados y pruebas suficientes. Zuluaga todavía está encartado en la Fiscalía por las declaraciones y audios de Daniel García Arizabaleta. Y Prieto confesó su reincidencia en 2014.

Llegó el turno del gobierno del cambio. Benedetti sabe de giros políticos y bancarios. Según los antecedentes lo más grave es que las consignaciones se revelen muy pronto y desde adentro, en este caso se cumplen las dos condiciones. Falta por ver si habrá un Fernando Botero…y si veremos a un Horacio Serpa.