miércoles, 1 de noviembre de 2023

Perder fervor

 

Gustavo Petro.  (Photo by Guillermo Legaria/Getty Images)

Gustavo Petro, el gran perdedor de las elecciones regionales en Colombia

Petro ha hablado de sacar el gobierno a la calle, de salir del Palacio y buscar el contacto popular. El discurso es lo que más entusiasma al presidente, pararse en la tarima y discurrir, recibir el “fervor” popular. Hacer política activa con la banda presidencial, seguir escuchando el “clamor” de la gente. También ha hablado el presidente de un mandato ya sellado, una legitimidad certificada el 19 de junio de 2022 que entregó, según su idea, la imposición al Congreso para aprobar las reformas de su gobierno.

Pero las elecciones han resultado una dura paradoja para el gobierno. El escenario de la tarima, los “diálogos vinculantes” y el gobierno popular en las regiones no se transformaron en votos, y los números de los candidatos del gobierno fueron malos en la mayoría de las apuestas. Es cierto que es ligero superponer la votación de las elecciones nacionales sobre las regionales y locales, pero es imposible no ver una caída del presidente y el Pacto en las apuesta a alcaldía y gobernación. Las cifras parecen confirmar, además, que la caída de popularidad no es una “narrativa” de encuestadores como sugirió hace poco la exministra Carolina Corcho. Durante la campaña el propio Gustavo Bolívar dijo que ser el candidato de Petro no era propiamente un activo electoral. No hubo pacto entre el candidato del gobierno y el partido de gobierno.

En Bogotá, por ejemplo, los números hacen imposible negar la derrota. Lo primero es que el entusiasmo por el cambio ha decaído. En las elecciones para la alcaldía hubo 760.000 votos menos que en la segunda vuelta presidencial. Ese salto de participación que le dio parte de la victoria al presidente ahora es desánimo. Incluso votó menos gente que en las elecciones de 2019 cuando se eligió a Claudia López. Y Bolívar sacó menos de la mitad de los votos que logró la consulta del Pacto Histórico en la capital. La votación de Gustavo Bolívar (18%) estuvo más cercana a la de Hollman Morris hace cuatro años (14%) que al impulso del cambio hace año y medio. En Cali ni hablar. El Pacto sumó 352.000 votos en su consulta y su candidato, Danis Rentería, logró apenas 86.000. Todo eso habla también de un liderazgo que no se transmite del presidente a sus candidatos, quienes hacen campaña con el afiche del presidente tapando su figura. Como en tiempos de Uribe. Hasta en Medellín, donde el crecimiento de la izquierda fue claro en la consulta del PH, el retroceso con Upegui fue claro. El ahijado de Quintero representó a los contratistas y no a esa izquierda creciente.

La idea de un mandato popular que toca obedecer quedó bastante maltrecha. Tanto que en la alocución presidencial el primer mensaje fue sobre la tranquilidad que acompañó las elecciones. Algo así como, no hablemos de los resultados, todo estuvo tranquilo. Y en los trinos del día siguiente habló de los ediles, de los triunfos en Nariño, de seiscientos concejales y setenta diputados. Y de un consuelo algo patético para los once millones de votos del presidente, hace cuatro años no teníamos nada, empezamos de cero, todo lo de hoy es ganancia. Un vaso medio vacío rebosante de optimismo.

El resultado de las elecciones no hará cambiar a un presidente tan convencido como Petro. Tampoco el primer estrellón de las reformas logró cambios. No estamos en el gobierno del cambio hacia adentro. Tal vez lo único sea que el presidente se concentre más en sus sueños internacionales, en su discurso de líder mundial, y lleve más su gobierno hacia las regiones que le son fieles electoralmente, donde el contacto popular sea posible. Esa derrota solo hará que el presidente sea un poco más aislado y un poco más impulsivo y provocador.

 

 

 

 

miércoles, 25 de octubre de 2023

Vida automotriz

 





 

El gusto por los carros añosos entrega algunas ideas de humanidad. El carro nuevo con los vidrios negros solo produce recelo, temor, sospechas de pillos y tombos. En cambio, cuánta solidaridad despierta un carro bien rayado por los años. Esas latas curtidas en cualquier esquina oscura, con ese poco de orín de radiador bajo las llantas, dormitando, respetable después de tantas vueltas en el calendario de los kilómetros. A los carros gastados los ensucian con dedicación, con sus trapos de otros tiempos, los hombres que dicen cuidarlos en las noches. Los soban simplemente. Y saben que pueden recostarse, compartir sus sueños con esos carros dormidos.

Los carros con recorrido resoplan y suspiran. No quiero los carros mudos del concesionario. Me gustan los que hablan de sus pastas gastadas con el terrible quejido de los coches de la ciudad de hierro, y los que claman por agua con la respiración agitada, un chirrido de mangueras que hace pensar en la terapia respiratoria, y los que cojean en cada hueco por el amortiguador reventado. Conocerlos por sus síntomas, nada de luces en el tablero, ya todas fundidas, solo sus quejumbres de viva de voz.

Muchas veces el carro desahuciado ha salvado mi idea sobre la especie que camina, frena y acelera. Hace poco, el trasto que me acompaña desde 2005, cayó en mitad de la autopista, gargareaba de manera angustiante, busqué una orilla pero no había cómo, estaba mal, y se desvaneció en mitad de la vía y en la peor hora. No quise ni abrir sus fauces, no podía hacer nada frente a ese motor, solo unas palabras de consuelo mutuo. Luego de cuarenta minutos de recriminaciones y remordimientos, la culpa siempre acompaña la varada del carro ajetreado, apareció el ángel de carretera. Venía vencido por el sol pero vencedor por el Vive100, le ofreció agua al enfermo, quería probar el voltaje de su batería y, cuando vio que eso era inútil, lo empujó con toda su fuerza y lo hizo prender con su aliento a gasolina y sus manos manchadas de aceite. Lo arregló todo y me deseo buen regreso al “hogar”. Pero no había hogar posible, llegué corcoveando a un taller nocturno. El jefe y empleado era un hombre pequeño con una Aguila Lihgt en la mano. Le abrió la tapa con todo el cariño, le dio agua fresca, lo compadeció por mal cuidado y lo trató durante día y medio. Como si fuera un perro más de su taller. El carro salió del tratamiento con un silbido joven y la obligación de ir al abrevadero cada ocho días, gotea sin pausa pero sin prisa. Cuando el carro se vara la humanidad aparece.

¡Y cómo tanquean el carro asoleado los “bomberos”! Preguntan por los niveles como el médico que advierte lo peor. Ofrecen refrigerante al deshidratado, inflan las llantas sin pedido alguno, arriman el oído a los cilindros… Y al final hacen lo único útil, un poco de gasolina y algo de agua para limpiar el parabrisas. Pero esa intención humanitaria es la que vale.

Cuando no queda más que dejarlo a la vera del camino, por afanes o urgencia, el carro mayor demuestra su madurez. Los vecinos lo miran con condescendencia, se ve cansado, dicen; en la calle, los cuidadores le ponen un cartón en el panorámico para evitar insolación, y cierran los espejos para cuidarlo de un rayón a carros más nuevos, para evitar problemas. El carro mayor de diez y ocho se cuida muy bien solo. Los policías llegan, le dan un poco de linterna por debajo y concluyen que es un simple anciano en recuperación.

Y la guantera, los bolsillos de las sillas, los bajos de los tapetes, la mugre de la maleta, los apartados de las puertas, los cajones inútiles… Qué buena basura guardan, qué recuerdos, el polvo de los mejores viajes, los regueros insufribles, las tarjetas de un llantero en Planeta Rica, el Waze de los viejos mapas en libreta… ¡Cuánta vida en esos carros!

 

miércoles, 18 de octubre de 2023

El extremo oriente

 Israel / Palestina: Paz o Guerra Santa | Penguin Libros


Hace casi veinte años, en agosto de 2005, los 8.500 colonos judíos que vivían en la Franja de Gaza salieron por decisión unilateral del gobierno de Ariel Sharon. Era increíble que el hombre fuerte del Likud, el partido de derecha israelí, el mismo que comandó la invasión al Líbano en 1982, tomara una medida que contradecía las ideas que había defendido a muerte en el pasado y que incluían el sueño del “Gran Israel” al tiempo que negaban la posibilidad de un Estado palestino. Se hablaba de un momento excepcional para buscar un acuerdo definitivo. Era tal el entusiasmo frente a la posibilidad de algo de paz que Shimon Peres, uno de los fundadores del Estado de Israel y primer ministro en tres ocasiones por el partido laborista, gran adversario de Sharon, se sumó a su gobierno para impulsar una paz posible. “Surrealismo israelí”, lo llamaron en su momento.

Algunos políticos palestinos de la época compartían el optimismo. Aunque para otros solo se trataba de un movimiento táctico de Sharon: ganaba reconocimiento internacional, mantenía el crecimiento de los colonos en Cisjordania, donde hay cerca de doscientos mil, y en últimas conservaba un control de fronteras en Gaza por tierra, mar y aire. Además, tener potestad sobre el agua y la electricidad le daba opciones para estrangular a Gaza sin mucho ruido. Y para algunos críticos, en la izquierda judía, Sharon reconocía al Estado Palestino pero para instaurarlo a su gusto y medida, un estado que se hacía imposible más allá de una estrategia política.

La ilusión fue un espejismo y solo dos años después Hamás tenía el control en Gaza y de nuevo se hablaba de las venganzas y la equivalencia en sangre por el odio y los ataques mutuos. En el momento de la retirada de Gaza, Benjamín Netanyahu llamó traidor a Sharon por entregar la tierra sagrada. Esos dos extremos son los protagonistas de la masacre que se vive hoy en Gaza y que se vivió hace unos días en Israel. Netanyahu y Hamás fueron ganando poder y representatividad.

Hasta hace poco el primer ministro intentaba limitar los poderes de la Corte Suprema para dar libertad a los sueños de grandeza de los judíos utraortodoxos, que son siempre pesadillas para sus adversarios. La política estaba incendiada, muchos reservistas amenazaban con no volver a tocar las armas bajo el mando de Netanyahu. La prensa llegó a hablar hasta de una guerra civil. El extremismo se juega adentro y afuera. Hamás, por su parte, fingía pragmatismo y se alejaba en público de la idea de una nueva guerra para destruir a Israel mientras, al parecer, preparaba la ofensiva más mortífera de la historia mutua de odios. Otra vez los líderes de Gaza (Hamás controla las armas y la plata) e Israel desconocen la posibilidad de un Estado para sus enemigos. Incluso la posibilidad de un simple techo.

En esos años de la más reciente ilusión de paz, Vargas Llosa escribió una serie de artículos luego de una visita de veinte días a Gaza. Las descripciones y las conversaciones narradas dejan claro que los asentamientos, los muros, las barreras electrificadas y el abuso de los colonos y el ejército de Israel harán imposible la convivencia en la zona. La exclusión, el confinamiento y la pobreza hacen que Hamás sea una opción más allá de la religión. Un refugio social y económico para lo que Vargas Llosa describe como un “desánimo y una ruina moral”. El escritor peruano llega a insinuar que Israel busca derrotar psicológicamente a un pueblo para “empujarlo a la desesperación de actos de rebeldía insensata” y luego reducirlo a un posible perecimiento. Solo los momentos más oscuros de esos artículos escritos hace veinte años, las peores predicciones, el desespero y la tragedia, se parecen a lo que vemos hoy en las noticias.