miércoles, 12 de septiembre de 2007

Curtimbre




Alguien quiere burlarse
de nuestras muertes repetidas.

Con crueldad,
tiñendo la mugre del río con una tinta roja,
con evidencia torpe.

Y se habla de plagas y los asesinos se bendicen.

Pero es sólo el trabajo de un hombre inocente,
de un curtidor de cueros.

viernes, 7 de septiembre de 2007

En bicicleta de fruta



Los viernes son un día de pedal duro para el equipo de la frutera Los socios en los bajos de la Plaza Minorista de Medellín. Los billares y las cafeterías anisadas del centro necesitan provisión doble de pasantes: limones, mangos, naranjas, cocos y piñas por bultos para pasar el aguardiente que se irá copa a copa. Dos bicicletas negras, a las que paradójicamente llaman carniceras, y tres ciclistas más afiebrados que aficionados se encargan del reparto. Héctor Ríos es el capo escuadra de Los socios a la hora de mover carga. Dice que forzando un poco el motor le puede montar hasta 200 kilos a su furgoneta para una etapa llana. Cuando Héctor no está moliendo cadena en el trabajo se dedica a asuntos muy distintos, casi opuestos: cambia la bicicleta de fruta por la de ruta, sube los 14 kilómetros del Alto de Santa Elena y hace una etapa de 80 o 100 kilómetros por los pueblos del oriente, para soltar las piernas. La rutina es sencilla: Bicicleta liviana entre la niebla de 5 a 9 de la mañana y bicicleta pesada entre el humo de 10 a 4 de la tarde.
El viernes 27 de julio estaba entregando un pedido cuando lo llamaron a la frutera. Le dejaron una razón escueta: “Que se venga pa` Barranquilla a correr la Vuelta a Colombia”. El socio que estaba en el apacible turno del teléfono le dio la noticia con desgano, casi con rabia: “Es que no respetan al deportista: que se venga, como si fuera pa` un paseo. Le digo pues que pa` que yo corra La Vuelta me tienen que poner masajista, médico, meteorólogo, madrinas…” El que llamaba a Héctor para hacerle la dudosa propuesta era el dueño de un equipo hechizo con avisos varios en el maillot: Estudio T.V, la Novena millonaria y el número de un candidato al concejo de Bogotá. Luego de un pequeño forcejeo por teléfono Héctor logró que los patrocinadores pagaran el hotel y la alimentación. Mejor dicho, la pensión y el corrientazo, no más de 40.000 pesos por jornada. Al comienzo la oferta se limitaba a los pasajes, la mecánica, los uniformes y la inscripción a la Vuelta. El sábado 28 era el prólogo contra el viento de La Arenosa. A las 5 de la tarde del viernes Héctor ya estaba en la Terminal con su cicla fletada en un bus estrenando ruedas, a las 8 de la mañana ya estaba en Barranquilla y a las 11 estaba rodando para desentumecerse antes de su salida a las 2 de la tarde. “En el bus no dormí pensando en la carrera: correr una Vuelta a Colombia....”
La Vuelta de Ríos, como lo conocen los que lo conocen en el paquete de profesionales, era simplemente para buscar fugas y mostrar camiseta, para sostenerse y trabajar para algún compañero que estuviera fuerte, para soñar y sufrir: tándem obligado del ciclismo. “Yo comencé la Vuelta pensando etapa por etapa, el primer día ni siquiera me imaginaba la llegada a Bogotá”.
Al comienzo el asunto marchó bien, los ciclistas con la camisa de T.V. Estudio, la Novena y el candidato se hacían ver, diputaban algún embalaje, intentaban una fuga cerca del final. Tanto que en La Vega, llegando a mitad de carrera, el aspirante a Concejo los invitó a almorzar y le dio 40.000 pesos a cada uno de los que quedaban en fatiga. Pero la Vuelta estaba hecha para fundir a Botero y muy pronto los que no tenían vocación de alpinistas se fueron despidiendo. El campeón del mundo lo había dicho entre burlas y desconsuelo: “No faltó sino que nos pusieran a subir el Cocuy”. Así que el masajista del equipo de Ríos cada día tenía menos trabajo. Cuando la vuelta llegó a Medellín quedaban 4 y cuando subió a Salgar, qué montañas, qué filos, qué montañeros, la nómina del equipo estaba bien reducida: Héctor Ríos # 137, Antioquia, 36 años. “Dos compañeros llegaron fuera de límite y ´el boyaco` estaba jodido de la rodilla. El dueño del equipo llegó diciendo que lo retiraba, el hombre estaba bravo, que salíamos ya pa` Medellín. Yo le dije que yo no me iba, no sabía si firmaba la planilla al otro día, pero yo acabando de llegar no iba a coger carro pa` la casa”.
Un compañero le dio el consejo providencial antes de irse: “Ríos usted está andando mucho. Dígale a la gente de Une a ver pa` qué lo necesitan”. Ya por la noche Ríos había decidido que seguía por su cuenta, al fin y al cabo la diferencia no era mucha. Después de cruzar la meta seguía con las mismas obligaciones: buscar dormida, lavar los uniformes y la bicicleta y comprar del propio bolsillo la alimentación de carretera: “Yo tengo el viciecito de llevar platica pa` la calle. En el lote ya saben quien lleva la menuda, eso cuando toca parar a fresquiar se para”. Héctor le insinuó a Raúl Mesa, el técnico de Une, sobre su nueva condición de desempleado, de ciclista Freelance…Armstrong, como dijo algún gracioso en el grupo. Quedaron en que ya verían, o sea en nada.
De Salgar a Pereira Ríos se dedicó a trabajar para Une, se puso al frente para controlar las fugas, dio manija con todo de Pipintá hasta Santa Rosa y llegó remando a la meta. “Y allá ya me recibieron como un ciclista de ellos, desde ahí comencé a correr la Vuelta como profesional. Yo viví dos vueltas, una de aficionado y otra de profesional”. Héctor habla largo de las jarras de jugo, del bufé, del “Rebul” en vez del agua en bolsa, del uniforme de T.V. Estudio limpió en la mañana. Se ríe restando las estrellas de su hotel en Pereira de las de su pensión en Salgar. “Y trabajar para el campeón, yo nunca creí que yo fuera a ayudarle a Santiago. Yo me lo encontraba mucho entrenando por Oriente, nos cruzábamos, el venía de Las Palmas y yo de Santa Elena. No veo la hora de encontrármelo después de lo de la Vuelta, de saludarlo después de lo que pasó: como un colega”. Botero le responde a Ríos con una sentencia desde una orilla distinta: “Ese hombre no vive de la bicicleta sino para la bicicleta”.
Con su nueva coloca a Ríos se olvidó de todo. No llamó a la casa en 8 días ni se le ocurrió llamar a saludar a los socios que lo daban por desaparecido. Su única preocupación era bultiar al comienzo de las etapas y correrle a la “pata e`caucho” -el policía de la vial en moto que arrea al colero- en los asensos finales. “Sólo un día tuve detrás a la ´pata e` caucho`, pero no me desesperé, cogí paso, alcancé a uno que tenía como a 500 metros y me zafé de esa compañía. Y me encantó ese silencio tan berraco en esa carretera.”
Llegando a Bogotá, 20 kilómetros antes de coronar el Alto de Rosas, Ríos se bajó de la bicicleta con toda tranquilidad y llegó a la meta en un carro de Une. Faltaron menos de 70 kilómetros para coronar los más de 2200 de La Vuelta. La rodilla izquierda lo sacó de la carrera. Se puso a pensar que no podía llegar cojo al trabajo, que ya había hecho suficiente y lo esperaba el engranaje de la carnicera: “Es que yo nunca me había tirado tan duro, yo he corrido 5 clásicos, pero uno casi siempre va a rueda, no jalando el grupo como loco.” Ríos dice que se bajó feliz, que es lo más grande que ha hecho en la bicicleta, su mayor orgullo como ciclista que empezó paisajiando, saliendo con su socio de la frutera a conocer pueblos, a acampar con las ollas debajo del sillín. No se quiso quedar para la contrarreloj final, prefirió cuidarse de la nostalgia de ver la premiación desde su palco de retirado satisfecho. Esa misma noche cogió bus para Medellín. Esta vez sí logró dormir en el camino.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Candidato en escena


El nerviosismo de las campañas electorales, su teatro frío y cómico, suele convertir a los candidatos en figurines temblorosos: levantan las manos, ríen, ensayan su mirada inocente frente al inocente espejo, amplían las mangas de la camisa copiando el gesto de los ilusionistas y vocalizan. Porque hablar, lo que se dice hablar, poco, muy poco. Pero lo peor es cuando los candidatos no logran disimular sus colmillos debajo de la sonrisa del guasón.
Para el martes que pasó estaba programado en la Universidad Nacional un foro con los candidatos a la alcaldía de Medellín. La Universidad definió los temas, preparó un banco de preguntas y me invitó a participar como interrogador, para que usemos las palabras justas de una vez, porque a un político en campaña hay que preguntarle desde la desconfianza, no desde la complacencia. Mi papel entonces era el de dar sugerencias puntuales sobre algunas preguntas, formularlas según mi estilo, sin traicionar el interrogante planteado de antemano, e intentar una contrapregunta que obligara a los candidatos a salir del libreto de sus volantes de campaña. Un minuto antes de comenzar se me informó que había dos candidatos molestos con mi presencia y que incluso uno de ellos había planteado la posibilidad de retirarse antes que tener que responder mis preguntas o mirar mis ojos de basilisco. Se decidió con la desidia de Salomón, y mesa, membrete y vaso de agua fueron sacados según la voluntad del interrogado. Pase sin afanes a la tras escena y goce de mi vaso de agua sin pagar por él con el sudor frío que implica todo careo.
Pero no dejo de encontrarle inconvenientes a la pataleta de Luis Pérez Gutiérrez, a sus necesidades de hacer una campaña que no tenga más que demagogia por escrito y con notario, grandilocuencia sin derecho a réplica y alardes de ciencia ficción metropolitana sin que se pueda dudar de la verdad de tanta belleza. Luis XIV decía en sus instrucciones a Dauphin: “Los príncipes, en todos los Consejos, deben tener como primer objetivo examinar lo que puede darles o arrebatarles el aplauso del público”. Los políticos tienden a pensar como los príncipes, tienen necesidades similares, pero han perdido poderes y aura de intocables, y es deber de la prensa, de las universidades, de la sociedad en general intentar apartarlos de la argucia oratoria, cercarlos, imponer las condiciones del comprador desconfiado. El elector debe usar siempre el monóculo del joyero. Y el candidato debe saber que su posición le exige aceptar las condiciones de quien examina la garantía, no imponerlas. Si el político no responde cuando está sometido a la humildad que impone el peregrinaje electoral, que se puede esperar de sus razones y sus argumentos al momento de empuñar el cetro: evasivas, manipulaciones, rabietas palaciegas.
Luis Pérez Gutiérrez argumentó que algunas de mis columnas anteriores contenían insultos contra dos candidatos y que mi posición política era evidente a favor de uno de los 7 en carrera. Debo decirle que mis columnas referidas a él y a otro aspirante han sido para cuestionar sus actuaciones como alcaldes de Medellín. Resulta que los candidatos a reincidir no deben responder sólo por sus propuestas sino por sus ejecutorias pasadas. Pérez tiene serios cuestionamientos que llegan hasta las sanciones en firme de la Procuraduría General, y si mencionar sus sombras es suficiente para imponer el veto y el silencio rabioso, pues tendrá que dedicarse a hablar con sus copartidarios o a preguntarse y responderse en la postura del pensador, como hacen algunos megalómanos.
El candidato habló también del equilibrio y la imparcialidad. Pero es imposible que quien escribe columnas de opinión hable desde el fiel de la balanza, opinar implica tomar partido y los políticos deben responder sobre todo a sus opositores. Los imparciales en política son los apolíticos y esos no preguntan, miran hacia otro lado, ríen despreocupados y firman planillas que los políticos ponen en sus manos.
La verdad a mí tampoco me gustó encontrarme con Luis Pérez Gutiérrez y su séquito de grito y taconeo, pero la democracia impone sacrificios, dudas que es mejor resolver desde el teatro electoral. Lástima que uno de los actores protagónicos haya hecho una escena de melodrama cuando le correspondía un diálogo de improvisación. Y lástima que la Universidad haya dejado un tachón de última hora en el libreto.

jueves, 30 de agosto de 2007

La vieja prensa amarilla





La esporádica repugnancia por las miserias de nuestros días, el asco de las rutinas conocidas, nos lleva cada tanto a exagerar los desastres actuales y minimizar las herencias de todo tiempo pasado. Y a ignorar lo inevitable de las manías humanas de siempre. Nuestros caprichos y desatinos obligatorios.
Ahora que se acaban de cumplir diez años de la muerte de Diana, la princesa amarilla, se ha vuelto a hablar de la estulticia de las rotativas actuales, del apetito tosco de los lectores y la creciente hipnosis frente al péndulo de las trivialidades de los famosos. No hace mucho Vargas Llosa ganó un premio de periodismo por una columna sobre esta supuesta tara de nuestros días: “No se trata de un problema, porque los problemas tienen solución, y esto no lo tiene. Es una realidad de nuestro tiempo ante la cual no hay escapatoria…La raíz del fenómeno está en la banalización lúdica de la cultura imperante, en la que el valor supremo es ahora divertirse, entretenerse, por encima de toda otra forma de conocimiento o quehacer.” Termina su reflexión con una diatriba contra lo que él llama la civilización posmoderna.
Su artículo se centra en el caso de Ron Davies, un ministro encargado de los asuntos de Gales durante el comienzo del gobierno de Tony Blair, quien resultó cliente asiduo de los bares homosexuales de Brixton y Bath. El ministro fue víctima de un atraco durante una de sus excursiones y su historia, y su cabeza, quedaron servidas. Un periódico con tiraje de cuatro millones de ejemplares se encargó de detallar las giras no oficiales del ministro. Pero resulta que el asunto no tiene nada de posmoderno. Es tan antiguo como el gesto de correr las cortinas con suavidad, para buscar una rendija reveladora. De hecho en el juicio de 1895 contra Oscar Wilde, donde se discutían asuntos muy parecidos al escándalo de Davies, se debatió largamente sobre el estado de las cortinas en una de las casas refinadas y alegres que Wilde visitaba con frecuencia: “¿Está dispuesto a declarar que ha visto las cortinas de alguna otra forma que corridas?”, pregunta el acucioso interrogador a Wilde. Más tarde el juicio se ocupa con largueza sobre el caso Cleveland, que se hizo famoso luego de que un periódico londinense señalara una casa de Totthenham Court frecuentada por aristócratas con finos propósitos homosexuales.
Antes de ser sometido a juicio por el padre de uno de sus jóvenes amigos, Oscar Wide había advertido los peligros de las inclinaciones mentecatas del gran público lector de prensa y del carácter de tiranía que buscaban imponer los papeles de todos los días: “En Inglaterra el periodismo es aún un gran factor, una potencia considerabilísima. La tiranía que trata de ejercer sobre la vida privada de la colectividad se me antoja, realmente, algo extraordinario. El hecho es que el público siente un afán insaciable de saberlo todo, menos aquello que vale la pena saberse. El periodismo, consciente de ello, y con sus costumbres comerciales, atiende y provee a la demanda.” El debate que planteaba Wilde hace más de 100 años es exactamente igual al que plantea Vargas Llosa como posmoderno. Sus palabras habrían servido de sobra para defender al ministro Davies: “Como ocurre ahora mismo, ponen ante los ojos del público un incidente cualquiera de la vida privada de un gran estadista, de un hombre que es, a la par que un jefe del pensamiento político, un creador de fuerzas políticas; invitando al público a que discuta por cuenta propia el incidente y ejerza su autoridad sobre el particular; a que dé su opinión y hasta a que la ponga en acción, imponiendo su voluntad al hombre en cuestión, a su partido y a su país…”
Los avisos publicitarios bien pagos y la excitación del público por las novedades de los grandes inventos y las hazañas que prometía el hombre del siglo XX, impusieron sobre los diarios una competencia inesperada. Según el historiador Jacquez Barzun la pelea se convirtió en riña y los diarios comenzaron mezclar los asuntos importantes con golosinas pueriles y peleas de vecinas. Los derechos de reproducción de una viñeta llamada The Yellow Kid impondrían el calificativo definitivo de prensa amarilla. Así que poco ha cambiado entre los diarios que repudiaba Oscar Wilde y los tabloides que repugnan a Vargas Llosa. Tal vez sólo los puntos de la impresión digital.

martes, 28 de agosto de 2007

Nabokov responde por Lolita



En mayo de 1975 Nabokov deja su refugio en un hotel Suizo y responde las preguntas de Bernard Pivot en Francia. Preguntas para las que ha preparado respuestas que lleva en unas fichas ordenadas. Se le nota la lengua a la legua. Se podría leer una entrevista suya de 100 páginas.

-"Nabokov es Lolita", es la ecuación de siempre. ¿No acaba molestándole el éxito de Lolita, tan considerable que se puede pensar que usted es el padre de una única niña algo perversa?

-Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña que corrompen, y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar bajo las caricias del inmundo señor Humbert, a quien una vez pregunta: "¿Siempre viviremos así haciendo toda clase de porquerías en camas de hotel?" Pero respondiendo a su pregunta: Su éxito no me molesta. Yo no soy Conan Doyle quién, por esnobismo o pura estupidez, prefería ser conocido como autor de una historia de África (risas), que imaginaba muy superior a su Sherlok Holmes. Y es muy interesante plantearse como hacen ustedes los periodistas, el problema de la tonta degradación que el personaje de la nínfula que yo inventé en 1955 ha sufrido entre el gran público. No sólo la perversidad de la pobre criatura fue grotescamente exagerada sino el aspecto físico, la edad, todo fue modificado por ilustraciones en publicaciones extranjeras. Muchachas de 20 años o más, pavas, gatas callejeras, modelos baratas, o simples delincuentes de largas piernas, son llamadas nínfulas o "Lolitas" en revistas italianas, francesas, alemanas, etc. Y las cubiertas de las traducciones turcas o árabes. El colmo de la estupidez. Representan a una joven de contornos opulentos, como se decía antes, con melena rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron el libro. En realidad, Lolita es una niña de 12 años mientras que Mr. Humbert es un hombre maduro, y el abismo entre su edad y la de la niña produce el vacío entre ellos; entre ese vacío, ese vértigo, la seducción, atracción de un peligro mortal. En segundo lugar, la imaginación del triste sátiro, convierte en criatura mágica a aquella colegiala americana tan trivial y normal en su género como el poeta frustrado Humbert lo es en el suyo. Fuera de la mirada maníaca de Mr. Humbert no hay nínfula. Lolita, la nínfula, sólo existe a través de la obsesión que destruye a Humbert. Éste es un aspecto esencial de un libro singular que ha sido falseado por una popularidad artificiosa.

jueves, 23 de agosto de 2007

Mafiosos seductores

Es lógico que las lecciones que intenta la publicidad institucional tengan siempre un aire patético. En últimas esa es su naturaleza, buscan componer una alegoría moral con aires conmovedores, un pequeño drama con una conclusión edificante. Lo malo es que el diálogo de suspiros coronado con un mandamiento termine siendo ridículo, o ingenuo hasta rallar con la tontería. Cosa que no parece muy difícil porque la publicidad envilece todos sermones, les entrega el tono dudoso que acompaña a los apocalípticos de megáfono.
Desde hace unos meses las emisoras repiten con firmeza unas advertencias moralizantes compuestas por mandato del Ministerio del Interior. En ellas se exhorta a las mujeres a alejarse de los falsos tesoros que ofrecen los narcotraficantes, a desconfiar de sus gracias que terminan en “sangre, desolación y muerte”, según dice la voz tétrica del locutor. Cuando los niños esperan regalos del papá que está viajando se intuye la muerte o la cárcel en la voz dolorida de la madre que intenta una explicación. No se meta con un mafioso, es la máxima escueta detrás de los comerciales dirigidos a las mujeres. La licitación del Ministerio habla de cuñas para “prevenir la proliferación de los narcotraficantes de mediana escala en el país”.
Sólo un profesor de internado podría tener una vista tan corta y unas intenciones tan largas. Nadie en Colombia necesita de treinta segundos en la radio para entender que los mafiosos juegan a una suculenta ruleta entre rojos y negros. Vamos a cumplir tres décadas de vivir y sufrir historias relacionadas con la mafia. Los novelistas las han contado a su manera, los sociólogos han descrito los códigos y las manías de sus círculos y hasta las telenovelas -desde La mala hierba hasta Sin tetas no hay paraíso- se han encargado de las apoteosis y las tragedias de los “traquetos”, según la atrevida jerga del Ministerio. A un ministro con ínfulas de pastor es al único que se le ocurre que una propaganda diciendo que los mafiosos tienen la muerte a las espaldas es un consejo oportuno. Alguien debería leerle al Ministro las crónicas en las que se cuenta como las mujeres en algunos barrios se cruzan de brazos y de piernas para exigir que sus hombres guarden los fierros. Tal vez serviría para que sus políticas no se parezcan tanto a los arrebatos de un párroco mediocre y despistado.
Las cuñas suponen que las relaciones entre hombres y mujeres comparten la lógica de la entrevista personal y la hoja de vida propia de las bolsas de empleo. Pero si en ese campo no sirve la advertencia materna ni el ultimátum paterno, qué podrá decirse del mensaje del Ministerio del Interior y Justicia. El gobierno debería saber que los narcos suelen ser unos seductores muy poderosos. Algunos de sus funcionarios y congresistas cercanos podrían contar sus dolorosas experiencias.
Cuando la publicidad estatal dice no fume, no maneje borracho o no tire basura a la calle es posible entender su lógica. Se cuestiona un comportamiento puntual para que en el segundo exacto en que se toma una decisión al respecto se recuerde el reproche ingenioso, y tal vez se deseche la intención dañina social o individualmente. Pero cuando se intenta dar una pauta de comportamiento con respecto a las decisiones más complejas, al rumbo que toma la vida, muchas veces sin preguntar mayor cosa, no sólo se está cayendo en el moralismo barato sino en la inutilidad y la tontería. Y si el coro se repite todo el día y a toda hora en el radio, no queda más que recurrir a la risa y acompañar a los mafiosos que muestran sus colmillos cariados recubiertos en oro.

jueves, 16 de agosto de 2007

Musas de Guantánamo


La cárcel suele ser un reino inspirador para poetas curtidos e improvisados. Siempre será fácil encontrar un poeta de cuaderno caminado entre los corredores de una jaula, leyendo sus versos a los visitantes, intentando que sus malditas angustias puedan ser más que un llanto o un grito. Hay que decir que pocas veces lo logran. Lo normal es que terminen escribiendo sus quejas a la manera de oraciones, haciendo rimar sus rogativas personales y haciendo llorar a sus amigos al otro lado de las rejas.
Pero con qué curiosidad se leen los versos de los poetas encerrados. Más allá de las crónicas sobre las rutinas de la prisión, de los detalles que describen la comida y el ceño del carcelero, los poemas escritos en la cárcel son el autorretrato de algunos hombres desesperados, un paisaje sencillo con abismos desconocidos. Un paisaje cercano al de la locura. Con la misma curiosidad he leído los versos de Hölderlin escritos desde la torre de su carpintero anfitrión, cuando ya estaba loco y sólo vivía para su paseo matinal a orillas del río Nékcar y sus tardes de piano descordado.
Hace unos días fue publicado en Estados Unidos un libro con 22 poemas escritos por 17 prisioneros yemeníes en Guantánamo. Los poetas usaron la crema dental como tinta, tallaron sus letras en los vasos desechables o simplemente los recitaron de celda en celda confiados en la memoria. Esa muestra debió pasar el filtro del Pentágono que destruyó otros tantos en los que supuestamente había instrucciones cifradas para Al Qaeda. Versos malditos. Uno de los poetas, ya liberado, confirma lo cerca que está la inspiración y la locura para los bardos barbones encerrados en Cuba: “La poesía era nuestro apoyo y sustento psicológico… Mucha gente perdió allí la cabeza. Conozco al menos 40 o 50 presos que están completamente locos”.
Primo Levi, el químico italiano que nos contó como se incubaba el fuego bajo las chimeneas de Auschwitz, fue tomado por loco cuando intentaba recordar algunos poemas que le ayudaran a recuperar el mundo familiar que iba perdiendo. El hombre buscaba que sus compañeros le ayudaran a completar un verso de Leopardi y encontraba susurros desconfiados: “¿Qué está buscando este con Leopardi? ¿No se estará volviendo loco de hambre?”
Levi ha contado también que al comienzo de su estadía de 10 meses en los campos de trabajos gastaba sus tardes hablando de Dante a algunos compañeros, y que sólo uno tomó interés por sus charlas. Luego descubriría la clave de ese interés: “A él entonces no le interesaba Dante, le interesaba yo en mi intento ingenuo y presuntuoso de transmitirle a Dante, le interesaba mi lengua y mis confusas reminiscencias…”
De ese mismo modo interesan los poemas de los presos en Guantánamo. ¿Qué invocan los supuestos representantes de la guerra santa contra Estados Unidos? ¿Con qué palabras buscan conservar la cordura? ¿Dónde creen que están? El primer poema de la colección se encarga de igualar a los misteriosos presos de capuchas naranja con el más corriente de los atracadores, con su mismo anhelo filial: “Echándote, madre, de menos, mi corazón he consumido. / Juro por la entera Creación que no sé cómo hablarte. / En la noche, en mis sueños sonámbulos, siento tu amor / Llamándome: ¿Dónde está Imad? / Todos aquí han recibido cartas que alivian su corazón. / Pero yo, sufriendo, vivo en mi soledad, más lejos.”
Sueños y libertad serán palabras obligadas para todos los poetas encerrados, un lugar común que intentamos comprender desde las orillas de la cárcel. Primo Levi decía: “La libertad, la improbable, imposible libertad, tal lejana que sólo en sueños osábamos esperarla”. Y le replica Usama Abu Kabir desde Cuba: “Pero ¿es verdad que un día dejaremos la Bahía de Guantánamo? / ¿Es verdad que ese día habremos de volver a casa? / Soñando con mi casa, me hago a la mar en sueños. / Para estar con mis hijos, cada uno es parte de mí; / para estar con mi mujer, y aquellos a quienes amo; / para estar con mis padres, los corazones más tiernos de mi mundo. / Yo sueño que estoy en casa, libre de esta jaula.”
Alguna vez dijo Adorno que después de Aschwitz no se podía escribir poesía. Y sin embargo en las paredes del campo de concentración quedaron algunas líneas que intentaban ser poesía, algún pretexto para no enloquecer.