martes, 27 de octubre de 2009

Proceso pendiente





Hace seis meses escribí aquí mismo una columna a manera de crónica sobre el proceso que se les sigue a nueve soldados en Medellín por la muerte en 2005 del joven Diego Alfonso Ortiz. Se trataba de construir una instantánea del momento en que los familiares de la víctima y los presuntos homicidas se encuentran por primera vez, e igualmente de dar una mirada a nuestro ritual de justicia frente a la seguidilla de ejecuciones de jóvenes humildes de la que se sindica a militares en todo el país.
La primera impresión fue positiva a pesar de la escasa majestad del salón de la audiencia, del juego de alumnos distraídos y arrogantes de los sindicados, el murmullo risueño de sus novias y el tono monocorde del secretario del juzgado al leer lo más escalofriante del expediente. Al otro lado de la balanza estuvo el peso para equilibrar la escena: el valor de la fiscal, su firmeza al hablar de las pruebas y su agallas para exigir que los militares vistieran de civil en las siguientes audiencias y dejaran quietos sus teléfonos para evitar amilanar a los testigos; la tranquilidad del juez que pareció siempre en un trono a pesar de estar en una silla más baja que la de los acusados; y la mirada respetuosa y sin alardes dramáticos de la familia de la víctima lograron que la ceremonia conservara un aire severo y civilizado. De algún modo era claro que allí estaba en juego la libertad de unos hombres, la justicia con sus inevitables letras mayúsculas y la credibilidad del Estado.
El proceso ha seguido su curso y yo intentaré cumplir mi compromiso de evitar que esta historia puntual se esconda tras los expedientes y los titulares. Las siguientes audiencias fueron una pequeña biografía de la víctima. Se oyeron los testimonios de los compañeros de caminatas: loteros y vendedores de mangos que se cruzaban en la ruta del vendedor de varitas de incienso asesinado. Se trazó la ruta de los recorridos habituales y se repitieron las conversaciones esporádicas. También oí a su entrenador en el equipo de fútbol del barrio y al amigo con el que Diego Alfonso se encontraba todas las tardes: una cerveza, unas horas de Play Station en un local de video juegos, una esquina preferida.
Pero no todo ha pasado en las salas del edificio en La Alpujarra. La calle también ha entregado algunas sorpresas. Hace unos meses una hermana de la víctima quedó pálida en el abismo de una acera luego de ver a uno de los sindicados muy campante manejando un taxi. El hombre vio la cara de asombro de la mujer y la saludó burlón. No le ofreció la carrera por simple descortesía. Se confirmaba así una de las grandes preocupaciones de los familiares de Diego Alfonso Ortiz. La debilidad deliberada de la custodia que les permite a los militares acusados comer empanadas en las afueras del juzgado.
Pero volvamos a las salas de audiencia. Durante los últimos seis meses el juicio se vio interrumpido por el cambio de juzgado debido a la entrada en vigencia del nuevo sistema penal acusatorio. Aplazamiento para que el nuevo juez conozca el expediente y tiempo y más tiempo para rumiar la tragedia. La última de las sorpresas se dio en la más reciente audiencia. Los abogados defensores planearon una treta para que algunos de los sindicados quedaran momentáneamente sin defensa y así lograr la nulidad de lo actuado. Dejaron por fuera de un poder algunos nombres, fingieron no recordar quienes eran sus defendidos y estuvieron muy cerca de lograr que todo empezara de nuevo para algunos de los acusados. Parece que solo la muerte de un familiar puede inspirar tanto valor y tanta paciencia para soportar las congojas, la incertidumbre y la desilusión que puede entregar un juicio.

martes, 20 de octubre de 2009

Juan Pablo V







Concedamos que el automovilismo es un deporte, aunque la verdad yo pondría ese vértigo de monotonías al pie de las ferias de maquinaria o de las reuniones de acrobacias motorizadas o de la hípica con un poco más caballos de fuerza. Pero bueno, los pilotos sudan y al final se entrega una copa y se oyen los himnos, puede ser suficiente. Lo que si parece imposible es que Juan Pablo Montoya sea el deportista colombiano más importante de la historia.
La última edición de la revista Cambio, súbitamente convertida en la revista Motor, puso al piloto bogotano en el lugar más alto del podio deportivo nacional. Un grupo de periodistas, según parece reunidos en Tocancipá y mareados con gasolina, fueron los encargados de avalar la elección agitando la bandera a cuadros. Los argumentos del artículo central y de la oración de Clopatofsky que lo acompaña, son un buen balance de los triunfos de Montoya, pero no aportan una sola razón para situarlo por encima de otros deportistas de la galería nacional.
Se comienza con un recorrido por la vitrina de trofeos en una bodega en Miami: siete premios de fórmula uno, once de la CART, la copa de las 500 millas de Indianápolis y la pirámide que patrocina Rolex en Daytona. Luego nos dicen que tiene club de fans en Hungría, Japón y Rusia. Al momento de plantear la pregunta clave: “¿Por qué Montoya puede ser considerado el deportista colombiano de todos los tiempos?” Responden con las citas de algunos críticos internacionales que ponderan su arrojo y su serenidad, luego recuerdan un adelanto a Michael Schumacher y un record en Monza. Más tarde exhiben su hazaña de estar entre los 12 primeros de la Nascar y todo termina con los millones de televisores que se prenden para ver las carreras de carros.
Creo que nadie discute que en este tipo de elecciones en las que se compara al Happy Lora con el Hateful Montoya, a los virtuosos con los infatigables, a los forzudos con los acrobáticos, es justo y necesario que los deportes tengan un ranking. Por ejemplo, es muy difícil que María Isabel Urrutia, la única medalla de oro olímpica en nuestra historia, esté por encima de los grandes ídolos del fútbol, el boxeo y el ciclismo. La halterofilia tiene el metal más preciado pero le falta peso y reconocimiento. Por la misma razón los seis títulos mundiales de la Chechi Baena suenan menos que las camisas arco iris de Cochise y Botero. Los cronistas deportivos buscaron la objetividad en un terreno donde las equivalencias parecen imposibles, intentaron borrar las emociones, se concentraron en una lista de primeros puestos y lograron un resultado que los aleja de los fanáticos y de la verdad. Me recuerdan el ranking de equipos de la FIFA que parece construido siguiendo modelos matemáticos.
En todo caso estaría bien que recordaran que además de la CART, algo así como la Major Luegue Soccer de automovilismo, Montoya solo ha tenido victorias parciales. Y que Luis Herrera y Fabio Parra también adelantaron en alguna curva a Bernard Hinault y Miguel Induraín además de triunfar en carreras de tres semanas. También deberían saber que los ciclistas colombianos cambiaron la manera de correr en Europa y que solo Herrera y Federico Martín Bahamontes han ganado la montaña en la vuelta a España, el Giro y el Tour. Y por qué no recordar que el Happy fue el tercer mejor boxeador de mundo librar por libra y que Pambelé defendió 16 veces el cinturón más codiciado de los cuadriláteros. Y que el Pibe fue dos veces el mejor futbolista de América y Rentería dio el batazo definitivo para que su equipo ganara una Serie Mundial. Está bien que los especialistas sigan armando cuadros estadísticos mientras el público grita el verdadero escalafón: Cochise, El Pibe y Lucho.

martes, 13 de octubre de 2009

Alegato desde la casa




En los últimos años hemos visto crecer el llanto de los padres y las advertencias negras de los pedagogos. Se dice sin descanso que los niños crecen abandonados mientras papá y mamá dedican sus ternuras a los clientes y sus desvelos a los jefes. Los padres se duelen del tiempo que dejan de gozar el berrinche de sus críos, y las profesoras de delantal a las que llaman psicólogas advierten que la pérdida es irreparable y que los culicagados sufrirán síndromes propios de los huérfanos.
Desde mi orilla de padre obligado a trabajar en casa quiero liderar una pequeña disidencia y aportar una voz tranquilizadora para mis colegas que ejercen desde la oficina. Les digo con sinceridad que no se pierden de mucho mientras están en el escritorio. Los niños se repiten sin remedio. Las rabietas antes del baño son más o menos iguales, se comen la gelatina con el mismo gesto todas las mañanas, rechazan el huevo con la misma mano repelente y tiran la misma puerta cuando su muñeco no se deja poner el mismo saco. No se preocupen. Tarde o temprano terminarán conociendo a sus hijos de memoria, es imposible sustraerse a sus rutinas, es muy poco factible perderse sus primeros conteos hasta diez. Habría que trabajar perforando pozos en Siberia. Estamos obligados al lobo está y la rueda, rueda. La cuestión es simplemente de grado, a unos nos corresponderá dar más vueltas que a otros.
Y si los niños se repiten pues los padres ni hablar. Poco a poco el pequeño aprendiz va logrando reconocer el tono severo que implica una advertencia y acostumbrarse al gruñido que es ya un reproche y esquivar el grito definitivo que anuncia el castigo. Muy pronto el hijo acaba por descifrar a padre y madre, usa las argucias del llanto y el grito para doblegar los tímpanos del padre impaciente, y recurre a sus mejores muecas para vencer la firmeza educadora que la madre ha reforzado a punta de bibliografía. Cada vez es más difícil fingir una rabieta paterna, zanjar un capricho con la vieja promesa de todos los días o escabullirse sin riesgo de compañía en busca del trabajo en el bar más cercano.
De otro lado, el padre y la madre de oficina siempre podrán ufanarse de sus rutinas frente al hijo que los ve partir todas las mañanas. Podrán engalanar sus llamadas por teléfono y sus reuniones, su labor frente a la máquina de hilar o frente al computador con las historias fantásticas del territorio desconocido. Y contarán sus viajes a una planta de producción en Neiva como una experiencia fascinante. Recuerdo el temor y el hipnotismo que me producía la primera oficina de mi papá, la primera que conocí, en una fábrica de polímeros y fibras químicas. Pero el padre que trabaja en casa no es más que otro vicioso de la pantalla, nada magnífico hay en sus intentos frente al computador y sus caminatas con el teléfono en la mano. Es solo un rival que cambia Discovery Kids en busca de ESPN y prefiere los jeroglíficos de la prensa en vez de las juergas de Rin Rin Renacuajo.
Los padres que llegan en la noche a la casa suelen llorar conmovidos con las nuevas gracias que les regalan sus hijos. Los que estamos todo el día en la casa-guardería miramos con ganas de llorar, agotados, la eterna repetición que exige el simple ejercicio de ponerse los zapatos. Padres de oficina, disfruten el trabajo, entiendan que mientras ustedes miran su Excel con toda tranquilidad, yo debo disputar el teclado con mi pequeño ángel de la guarda para poner este punto final.

martes, 6 de octubre de 2009

Ángeles al desnudo






Poco a poco los pedófilos nos irán cercando. La amenaza de los proxenetas detrás de las pantallas o agazapados en los hoteles impondrá normas y escrúpulos para ocultar a los niños, para protegerlos siguiendo las normas de un catálogo de exhibición que limite las fantasías de los depravados. La Unicef se encargará del manual de estilo para la manipulación de imágenes de menores de 12 años y una oficina pública vigilará la postura de los pequeños modelos. Ni muy rígidos ni muy sueltos. Muy pronto las clases de natación serán una escena prohibida para los adultos, una especie de noviciado que amerita la reclusión. La lucha contra los perversos incluye siempre una triste paradoja: los censores más férreos terminan contagiados, su lógica acaba por ser más retorcida que la de los propios monstruos. Y poco a poco la sociedad comienza a compartir los malos pensamientos, a anticiparse a las intenciones del pervertido.
Hace una semana, la Unidad de Publicaciones Obscenas de Scotland Yard, les ordenó a los curadores de la Tate Gallery cerrar la sala especial donde se exhibía una fotografía de Brooke Shields luciendo sus 10 años con la actitud y el descaro de una joven estrella que ha pasado los 20. La niña está parada en una bañera, desnuda, mirando desde unos ojos desafiantes y oscurecidos por el maquillaje. El cuerpo de una niña y la cara de quien ya parece saber que será un ícono sexual. Todavía no se insinúa ninguna curva femenina, podría ser un niño jugando sin camisa en el recreo. Según Richard Prince, el hombre detrás de la cámara, ese es justamente el atractivo de la foto: “un cuerpo con dos sexos diferentes, o quizá más, y una cabeza que parece tener una edad diferente”
No muy lejos del cuarto oscuro con advertencias donde estaba recluida la foto de Brooke Shields, deben estar los tres cuadros de Balthus que hay en la Tate Gallery. Es un milagro que se hayan salvado de la redada policial. Balthus, un pintor francés de origen polaco, es reconocido por sus escenas de niñas ensoñadas que abren las piernas con un gesto tambaleante entre la inocencia y la provocación. La actitud de Balthus, sus aires de monje aristocrático y su misticismo de bata japonesa, tal vez sirva como antídoto contra la malicia de quienes pretenden salvarnos de la perversidad mediante la imposición de sus visiones y sus pesadillas. Algunas de las niñas de sus cuadros, las hijas de sus amigos, sus propias hijas, se parecen bastante a la Brooke Shields fotografiada para Playboy en 1976. Y las palabras que les dedica en sus memorias son muy cercanas a las de Richard Prince sobre su joven modelo: “Las niñas son las únicas criaturas que todavía pueden pasar por pequeños seres puros y sin edad. Para mí son sencillamente ángeles, de ahí su inocente impudor... Lo morboso se encuentra en otro lado.”
Los pedófilos son una secta en expansión, cada vez compartimos un poco más su mirada. En el siglo XXI Lewis Carrol no se libraría de una condena por sus fotos de Alicia Liddell, la pequeña musa del país de las maravillas. Una sola de sus opiniones sería prueba irrebatible: “Confieso que no me gustan los niños desnudos en fotografías, siempre parecen necesitar ropa, mientras que uno difícilmente comprende por qué las adorables formas de las niñas tendrían que ser cubiertas.”
Gracias al Dios de los divinos niños Carroll ya está a salvo. Pero no todos tienen la misma suerte. En México acaba de prenderse una polémica por la autorización de García Márquez para que se haga una película basada en Memoria de mis putas tristes. Algunas críticas lo tachan de apologista de la trata de menores. El cartel afuera del teatro dirá muy claro: no apta para adultos.

martes, 29 de septiembre de 2009

Ver morir a un hombre




Algunos de los que venían más atrás todavía pitaban con furia, intentando mover la maldita fila de carros, regalando una última rechifla para los oídos del hombre que mueve su cabeza de cara al cielo, que parece decir no, que marca la calle con un hilillo insignificante y terrible. Imposible saber si todavía oía esas bocinas, si para él sonaban distintas, si eran una extraña advertencia, un rumor o un estruendo inexplicable.
Como si fueran una guardia entrenada los motociclistas lo fueron cercando poco a poco, formaron un corrillo desorbitado a su alrededor. Todos se quitaron el casco para la ocasión y marcaban sus teléfonos, miraban a los lados, volvían a mirar al hombre en el suelo, parecían suplicarle. Uno de ellos se inclinó sobre el atropellado y le puso una mano sobre el hombro: “Tranquilo, tranquilo que ya viene la ambulancia”, intuyo que le decía con la piadosa intención con que se le miente a un niño.
En el cruce, cerca al corrillo, los carros se habían silenciado. Una campana de vidrio había caído sobre la escena. Por un minuto nadie atendió a los semáforos. Las caras aterradas de la romería fortuita que impone la muerte en la calle, ese cortejo de desconocidos que contará la pequeña historia en la noche, contrastaban con la tranquilidad del hombre en el suelo que parecía espantar un mal sueño. La bicicleta era un nudo indescifrable bajo las llantas del camión. El chofer se había bajado de un saltó y ahora no podía moverse. Tantas historias de atropellados, tantos accidentes contados en las tardes largas de los derrumbes, en las noches de los parqueaderos; pero ahora todo era distinto: nada de presentimientos ni estruendos, apenas el gesto repetido de un timonazo, la historia sencilla para el plano infantil que dibujan los agentes de tránsito. Y tan inexplicable al mismo tiempo, un simple parpadeo convertido en un relámpago. Ahora el chofer podría responder la pregunta del poeta: “…por qué la gente creía que el momento de la muerte / era más cierto o intenso que el de ahora”.
El muerto en la calle entrega una fugaz colección de supersticiones y temores para las cincuenta personas que han presenciado su agonía. Lo primero son las reflexiones sueltas que siguen la letra de un poema: “Podía ocurrir. Tenía que ocurrir. Ocurrió antes. Después. Más cerca. Más lejos. Ocurrió; no a ti… Debido a, ya que, y en cambio, a pesar de. Qué hubiera ocurrido si la mano, el pie, a un paso, por un pelo, por casualidad…” Luego lo que resta del día se convierte en un ripio insignificante. Atender nuestras preocupaciones parece un insulto, cumplir las citas pactadas resulta ser una trivialidad. Y todavía falta el asalto imprevisto de nuestros fantasmas: el hombre tirado en la calle ha espantado las sombras y los recuerdos que habíamos logrado encerrar en la jaula de los sueños y los malos pensamientos.
Terminé la tarde subiendo a El Boquerón en bicicleta, temiendo como nunca el rugido de los camiones a la espalda, intentando recordar la aparición de los tres o cuatro cadáveres que en mi vida he visto sobre la carretera. Pensando que la escena de ese modesto accidente y la agonía de ese hombre en la calle se superponen a las muertes insignes, a las tragedias que logran conmover al mundo.
Ya oscuro, bajando de El Boquerón, un perro negro me embistió a toda carrera, puliendo sus uñas contra el pavimento. Una sombra más para el día de los sobresaltos. Recordé un poema que describe el rumor de la ciudad desde esa misma ladera: “Suena como un trueno, como el trote de muchas pezuñas, una recua de bestias en desbandada”.

martes, 22 de septiembre de 2009

Triunfó la caverna




El manifiesto a los escribanos católicos, su infierno de fogones Westinghouse, su burla contra barba rala de dios y su grito pueril contra la fe de carboneros está muy cerca de cumplir 50 años. Entre los personajes infamados y los bendecidos por el panfleto poético solo sobreviven Otto Morales y Brigitte Bardot. El ruido de entonces parece ahora una anécdota divertida, un retrato de los viejos pleitos entre los señorones de crucifijo de la villa y unos muchachos alebrestados por el tedio y el clima del momento. Pero resulta que en Medellín la majestad de la catedral sigue asustando al lánguido edificio de la alpujarra desde donde sesiona el poder civil. Los gritos de los nadaístas ya no escandalizan a las niñas de la pontificia bolivariana, pero parece que todavía fueran necesarios para alentar el valor de quienes deben cumplir los mandatos de la Constitución antes que las instrucciones de las encíclicas.
Lo que pasó en Medellín durante las últimas semanas no es más que una especie de claudicación del poder público frente a las presiones de los nostálgicos del Estado confesional. Durante su candidatura Alonso Salazar se comprometió con un grupo de organizaciones de mujeres a incluir en el plan de desarrollo una idea que había sonado en la ciudad desde comienzos de la década del noventa. Se trata de la creación de una clínica especializada en atender los problemas de salud de las mujeres del nivel 1, 2 y 3 del Sisbén. Un grupo asesor con experiencia profesional y académica definió el énfasis de la clínica en las áreas de salud mental, atención a la violencia de género y salud sexual y reproductiva. En este último campo estaba contemplado practicar abortos que cumplieran con los requisitos previstos por la sentencia de la Corte Constitucional en el año 2006. Era el momento para la histeria católica que solapa su intolerancia entre rezos, entierros magníficos y una peligrosa pose de mansedumbre.
El Colombiano soltó sus viejos argumentos bajo el escondijo de cartas de lectoras indignadas y guiños editoriales, los curas recibieron la orden de hacer política desde el púlpito, algunos fanáticos de capa hablaron de la clínica del aborto y Monseñor Giraldo citó al alcalde a su despacho parroquial. Todo había comenzado con un artículo de una estudiante de ciencias políticas de la pontificia bolivariana. Duele decirlo, pero fue suficiente para que el alcalde se dejara torcer el brazo, sacara las secretarias de salud y de la mujer que habían defendido el proyecto y pactara un asunto de salud pública con una carta dirigida al obispo y un compromiso: “en la clínica de la mujer no se harán interrupciones voluntarias de embarazos”. Esperemos que las pacientes no tengan que acreditar la virginidad ante los porteros de la clínica de la mujer sin pecado concebida.
Como elector entusiasta de Alonso Salazar me siento defraudado y engañado. Quienes en Medellín apoyamos su candidatura teníamos la idea de estar votando por alguien ajeno a la pacata conservadora que ha impuesto su voluntad en Medellín durante tanto tiempo. Parece increíble que Salazar no le tuviera miedo al finado Job y ahora luzca acomplejado frente a los redactores del devocionario católico. Tenía todo de su lado para dar la pelea: el respaldo de la constitución, las cifras sobre abortos clandestinos, el decreto regulatorio de un gobierno místico, las multas a hospitales católicos que se han negado a practicar los abortos legales. Podía entregar un espacio público para garantizar un derecho en vez de poner a una niña de 13 años violada por el padrastro a recorrer hospitales con una sentencia debajo del brazo. Salazar quedó en el peor de los mundos: la caverna seguirá conspirando y sus electores tenemos razones para descreer de su capacidad de defender una idea del Estado y la política. Solo la lengua de fuego de Fernando Vallejo podrá salvarnos.



martes, 15 de septiembre de 2009

Deformaciones palaciegas





El palacio presidencial es el primero en exhibir las extrañas transformaciones. Los gustos y caprichos del inquilino se convierten poco a poco en reglas irrebatibles: el descansillo de la escalera es ahora el púlpito de las aclaraciones, el sótano ha tomado un aire siniestro, el salón de crisis está acondicionado para las salmodias del Rosario y otros misterios gozosos, los jardineros intentan aclimatar plantas de tierra caliente para aplacar las nostalgias de la primera dama. El servicio ya sabe que se sirve sin aspavientos, con sencillez conventual. Fueron los primeros en aprender las nuevas reglas domésticas y ahora las defienden como un manual de tradiciones.
Pero el extenso reinado no solo transforma la rutina de los pajes. Los palacios son sin duda un ambiente adecuado para las grandes mutaciones, para las deformaciones del consejero decoroso en jorobado incapaz de levantar la cabeza. Se habla mucho de los políticos que aprovechan hoy la última oportunidad para cambiar su escudo en la solapa y sus banderines de campaña: tránsfugas les dicen. Una palabra muy grande para sus infidelidades de clientes y clientelas, sus habilidades de camaleones guiados por el ministro del interior y justicia como jefe de la especie en extensión.
Pero hablemos de las involuciones más llamativas que van apareciendo de la mano de la ambición y la personalidad del líder natural, no ya de los simples calculadores políticos sino de los transfigurados, de los poseídos. El más vistoso de la lista es Luis Carlos Restrepo, un psiquiatra con ambiciones literarias y arrebatos libertarios que terminó dirigiendo un escuadrón de contratistas electorales y apoyando las ideas conservadoras y los vicios puritanos de su jefe. Parece increíble que Restrepo lidere, desde la orilla más contaminada, el apetito desmedido del gobierno y sus rémoras politiqueras.
Veamos algunas pequeñas contradicciones. Sobre el tema de la penalización el psiquiatra escribió un libro para contradecir las “intenciones de los cruzados de la abstinencia”. Allí llama pueriles y estúpidos los esfuerzos por satanizar todo consumo y llevar la discusión al ámbito policial sobre la base de miedo y la ignorancia. Al final de uno de los capítulos concluye: “En pocas empresas de la historia humana, como en la lucha contra las drogas, se ha difundido tanto mal en nombre del bien, se ha aplastado tanto la libertad mientras se dice defenderla”. Algunos dirán que un desacuerdo sobre un tema menor no tiene porque poner en duda las grandes coincidencias. Pero en La fruta prohibida Restrepo deja claro que la cuestión de las drogas es una de las materias primas para las grandes reflexiones sociales en Colombia.
Pero ese no es el único tema que situaba al presidente y al ex-psiquiatra en esquinas opuestas. Otro de sus libros llamado El derecho a la paz tiene algunos párrafos que parecen escritos pensando en Álvaro Uribe. Se critica al líder que incrementa el odio llamando a sus “enemigos” bandidos sin dejar espacio para la reflexión. Clama por una insurgencia civil y desarmada que profundice los postulados de la libertad y la elección. En este caso dicha insurgencia sería liderada por la figura generosa de Luis Guillermo Giraldo. Critica a los políticos que ennoblecen la acción de matar como un medio para prometer un ideal de paz y felicidad no lejana. No dejo de pensar en las recompensas por cuerpos que estimularon la fábrica de muertos de los falsos positivos.
Pero el momento del mejor retrato del jefe que ahora nos vende como única alternativa llega con una frase ardua aunque todavía legible: “La vinculación por el miedo y el terror genera fuertes compromisos emocionales, utilizados en su momento por políticos y militares para erigirse en representantes del orden frente al caos, invocando el autoritarismo como alternativa terapéutica ante la segmentación”. El mismo Restrepo es conciente de que el párrafo es un poco arrevesado y escribe un nuevo juicio para censurar lo que ahora pedalea desde la aplanadora de la Realpolitik: “La sociedad autoritaria se caracteriza por exigir una absoluta sumisión al jefe…considerándolo única y verdadera fuente de cambio benéfico, induciéndose a las personas a formular juicios de todo o nada, y considerándose la duda o la prudencia como pecados escandalosos.” Algo le sucede a Luis Carlos Restrepo. Su felicidad en medio de un abrazo con Fabio Valencia, compartiendo ya algunos de sus rasgos y celebrando la firma del contrato entre 86 representantes y el gobierno de Uribe III, confirma los peligros de la automedicación.