domingo, 29 de agosto de 2021

Parque de Vacunación

 



 


En Colombia los caminos de la ciencia son misteriosos, muestran rutas extrañas para los éxitos y los fracasos. Hace poco vivimos la incoherencia de una ministra, bióloga molecular, defendiendo las virtudes curativas del hongo Ganoderma Lucidum luego de saltarse algunos pasos del método científico. Durante años hemos visto como un lobista de laboratorio ha recibido recursos y reconocimiento por sus intentos fallidos. Ha vacunado gobiernos y privados a punta de entrevistas y expectativas frustradas. Siempre con la misma fórmula: ensayo, error y presupuesto.

Pero no todas las paradojas científicas han apuntado al fracaso. A finales del siglo XIX y hasta cerca de la mitad del siglo XX, la ciencia colombiana celebró, en relativo silencio, uno de sus mayores éxitos: la fabricación masiva de la vacuna para la viruela. Una vez más la ruta fue misteriosa y un veterinario se convirtió en el protagonista de un trabajo que salvó miles de vidas humanas.

En 1897 Bogotá comenzó a sufrir una epidemia de viruela que avanzaba al paso de las carretas que llevaban los cadáveres a los cementerios marcadas por una bandera amarilla de advertencia. Aquí es donde aparece Jorge Lleras Parra, un veterinario con aires de inventor, amigo de los oficios manuales y que podía fungir como plomero, latonero o aprendiz de talabartería según las necesidades. El mismo año del inicio de la peste la Junta Central de Higiene lo nombró director de Parque de Vacunación. Lleras Parra acudió a Claude Varicel, su maestro en la Universidad Nacional, y comenzó a trabajar en la idea de producir la vacuna. Dos pesebreras sirvieron con “laboratorio” para sembrar la vacuna en las terneras, “ojalá coloradas y de pelo suave que son las que mejores cultivos entregan”. El mismo veterinario describe los inicios de la tarea: “sin elementos de ninguna clase, inventando y construyendo instrumentos y aparatos y utilizando herramientas viejas y cuantos objetos nos podían prestar algún servicio, principió el Parque a funcionar y el día diez de diciembre de 1897 se hizo la primera remesa de vacuna al Ministerio de Gobierno”.

Lleras Parra trabajó durante 42 años en el Parque de Vacunación que se movió por diferentes sedes en la capital. Según sus propias palabras el cultivo y la fabricación de la vacuna eran un trabajo que no tenía complicaciones de ninguna clase. Primero cultivar las pústulas en las ubres de las terneras, luego tomar las costras y trabajar para esterilizarlas sin que perdieran su poder de inmunización. Y al final llevarlas a la glicerina para administrarlas. Durante sus años de trabajo Lleras Parra produjo dosis suficientes para vacunar a 37 millones de personas. Además de artesano era una especie de virtuoso cocinero, cuidando temperaturas, tiempos, rutinas, procesos: “En realidad, la técnica consiste en ponerle cariño al trabajo y en no descuidar una serie de detalles que, a primera vista parecen pueriles y tontos”.

En América Latina solo México logró producir la vacuna contra la viruela para no quedar a merced de los laboratorios extranjeros. En Colombia se demostró que el trabajo de un hombre, y de su familia que ayudaba en la producción, fue suficiente para lograr esa “soberanía inmunológica” que hoy tanto se extraña. Lo que comenzó en un establo terminó como una hazaña nacional que mereció la Cruz de Boyacá para su personaje principal. En 1979 se cerró el laboratorio Jorge Lleras Parra en Bogotá. La viruela era una historia de horrores pasados, había desaparecido del país y del planeta.

 

 

 

 

miércoles, 11 de agosto de 2021

Lavar es un placer

 




En el principio es el caos. En la poceta se levantan varias torres desiguales en tamaño, forma y color. Los platos pandos son la estructura más sólida, apilados entre ojos de grasa tienen algunos pisos dobles por el efecto de una cuchara o un tenedor entreverados que inclinan la torre a lado y lado. Los platos hondos están coronados por un agua entintada de repollo morado en el último piso, un poco de café en el sexto, un pegote de salsa de tomate en el quinto y así hasta completar la paleta de colores y sabores en el primer piso, al lado del desagüé donde las pepas variadas, las hilachas irreconocibles y las brasas de lechuga y pasta impiden la salida del agua. Los cubiertos están sumergidos en un balde con una sopa que recoge la culinaria de dos días largos mientras los vasos y las copas peligran sobre el mesón mostrando los cunchos para el remordimiento.

El conjunto es repulsivo y seductor. Las esponjillas dispuestas y el jabón mostrando su verde tóxico e implacable. Comienza la función poniendo orden al mugre, haciendo un inventario y abriendo espacio para disponer las virtudes de la limpieza. Al comienzo, el movimiento circular sobre los platos ayuda a mover los pensamientos reiterativos, esas ideas que vuelven y nunca se concretan, esos problemas sin solución. El jabón ablanda un poco los mecanismos del cerebro y parece que hay salidas, y hasta se alcanza a ver el espejismo de una genialidad. El trabajo rinde y ya hay una sección donde los pozos de grasa se llenan de burbujas iridiscentes. Los cubiertos entregan algún riesgo, sierras, puntas, filos, hacen obligatoria la concentración. Entonces es hora de dedicarle un tiempo al sonsonete en el radio, una canción vieja, una discusión atascada sobre fútbol o política. Y de fondo ese sentimiento delicioso de estar avanzando en la tarea, de perder el tiempo haciendo una labor invaluable, de haber emprendido un heroísmo doméstico.

Para los vasos y las copas es necesario cambiar de esponjilla y cuidar los gustos futuros de olores atrevidos. Ahora se trata de llegar hasta el fondo para sacar el limo del vino, el pegote de la cerveza, los colores del te en la jarra, la arena del café, los restos del vaso que bebió las aguas de un sartén. Surgen entonces los pensamientos turbios. Pero es necesaria la destreza para juagar rápido sin desperdiciar agua. De modo que no hay tiempo de rumiar miserias. Mientras se pone un elemento en la rejilla de secado se debe dejar otro bajo el chorro de la llave. Todo coordinado con una canción fácil que entrega el dial. Para terminar, los sartenes y las ollas olvidados en el fogón. Hora de la esponjilla contra las costras geológicas: la tarea titánica para el final, cuando duele un poco la espalda y no queda más que recordar alguna rabia agazapada.

Pronto todo toma un aire despejado. Es hermoso el encarrilamiento de los platos y el goteo de los vasos, la montaña de sartenes se ve magnífica y los cuchillos punta abajo nos hablan del fin de la batalla. El trapo sobre el mesón es tal vez la mayor delicia, una labor tan suave y sencilla entrega ese brillo definitivo. Y uno quiere llamar a los habitantes de la casa para que vean semejante obra. Pero a nadie le importa. Así que no queda más que entrar a la cocina una y otra vez a admirar el paisaje y vigilar que todo esté en su sitio ¿Por qué no contar cada pieza para tener claro el tamaño de la faena? Y luego dicen algunos descreídos que es mejor meter todo a un lavaplatos y atenerse al zumbido de sus aguas calientes y al vaho que sale al abrir su puerta ¿Y dejar que la máquina piense por uno?

Para el final es necesaria una cerveza como medalla de honor. Eso sí, hay que tomarla en botella para no entregar una nueva mancha, ni una sola. 



 

 


miércoles, 4 de agosto de 2021

Altos de la Peste

 





 

No se trata de un bando. No comparten muchas ideas más allá de una arraigada desconfianza. No son una secta y no tienen intenciones de ganar una batalla ni de imponer sus ideas. Solo tienen mayores posibilidades de portar y compartir un virus contagioso y mortal. Se alimentan de algunas mentiras comunes y de su desprecio por las mayorías que quieren imponerles el remedio contra el virus. Un desprecio mutuo que va llegando hasta el odio y las agresiones. El gobierno invoca el bien común para imponer el “tratamiento” y un poco más del 60% de los habitantes de la ciudad están de acuerdo con la exigencia de vacunarse: “No puede ser que la ignorancia y el individualismo de unos nos ponga en riesgo a todos”, es el argumento que se repite.

Los “pasaportes” obligatorios empezaron a pedirse en bares y discotecas, luego en oficinas públicas, en restaurantes y supermercados, más tarde en colegios y en algunos puestos de trabajo y, por último, en el transporte público. El carnet con nombre, cédula y constancia de vacunación cambió por un código QR en la parte anterior del brazo. “Un método sencillo y seguro”, reseña la prensa.

En los barrios del estrato 1 y 2 es donde menos gente se ha puesto la vacuna y el recelo contra las obligaciones del Estado y la “ciencia recién inventada” crece con el paso de los días: “De eso tan bueno no dan tanto”, dice los más desconfiados; “A mí esa maricada no me da”, repiten los más briosos; “Muchos se han muerto después de la vacuna”, susurran los descreídos. Algunos barrios se han convertido en reductos contra las exigencias profilácticas. Allá están sus propios supermercados, restaurantes, bares, iglesias…, y los rectores de los colegios son amigos de los padres antivacunas y los buseros son sobrinos. Es imposible un control real. Ese mundo informal y lejano a la ciudad oficial se ha ido consolidando, separando aún más: “Al fin y al cabo nosotros cuándo íbamos por allá, esa gante nunca se ha querido contagiar de pobreza”. Los barrios han comenzado a recibir visitas de algunos “forasteros” que no quieren vacunarse. La ciudad oficial reforzó fronteras pero al mismo tiempo los barrios sin agujas han tenido nuevos movimientos, clientes y negocios. “Nosotros qué hijueputas, somos la República Independiente de la Peste y tenemos hasta turismo estrato 4, 5 y 6”.

Las teorías conspirativas crecieron sustentadas por la vigilancia, algunos abusos, la exigencia de los datos en la muñeca, el anuncio de una tercera dosis. “Si ve, le dije que usted se pone la primera y esa gente ya no para”. En los barrios virales ha florecido la medicina alternativa, la gente incumple sus citas médicas y desatiende los dolores más tratables. El Estado amenaza con dejar de enviar subsidios a quienes no se vacunen. “Las ayudas estarán condicionadas a quienes atiendan la ciencia y el riesgo colectivo”, dicen las autoridades. Alguno recomiendan volver a las medidas pedagógicas y los incentivos pero la obligatoriedad ha marcado un punto de no retorno para lograr convencer a quienes decidieron no vacunarse. Hay familias divididas en los barrios con mayor porcentaje de “sin vacunas”: hijos que terminaron huyendo de la intransigencia de los padres por exigencias de su trabajo. No se contratan gente de barrios no confiables. No queda más que llevarles la “remesa” y visitarlos de lejitos.

Altos de la peste, Villa Covid, Plaza Contagio son los nombres que han comenzado a sonar en chistes y memes. Incluso algunos buseros los ponen en el letrero tras el parabrisas. El virus sigue subiendo y bajando, el miedo se mantiene y las medidas han creado un nuevo mapa de segregación.

miércoles, 28 de julio de 2021

Fiebre autoritaria

 


Hace un poco más de un año el gobierno chino ejercía controles a los ciudadanos basados en su estado de salud y sus riesgos asociados al Covid: vigilancia por códigos QR, limitaciones de acceso a lugares dependiendo del historial de viajes y contactos, controles virtuales al azar sobre síntomas. En el primer momento la medida se contempló en Europa y Estados Unidos y se pretendía ejercer mediante la exigencia de pruebas PCR negativas o la demostración de haber adquirido inmunidad natural. Luego las noticias chinas hicieron que las medidas se consideraron desproporcionadas y dignas de un régimen totalitario que mira a sus habitantes como ratones en sus compartimentos vigilados. La idea no le gustó a la OMS por la falta de certeza sobre la protección. La revista Nature expresó su preocupación en un artículo publicado en mayo de año pasado: “…cualquier documentación que limite las libertades individuales sobre la base de la biología corre el riesgo de convertirse en una plataforma para restringir los derechos humanos, aumentar la discriminación y amenazar, en lugar de proteger, la salud pública”.

Lo que hace un año parecía una herramienta totalitaria hoy es una realidad en Francia, Italia y Australia, y la presión para imponerlo en otros países viene creciendo. En Francia el 76% de los ciudadanos está de acuerdo con la exigencia pero las protestas del fin de semana contra la medida congregaron a 160.000 personas en diferentes ciudades. Emmanuel Macron anunció la obligatoriedad del “pasaporte de vacunación” para entrar a cafés, restaurantes, centros comerciales, hospitales y trenes de larga distancia a partir de agosto. Poco a poco los apestados que no se hayan puesto la vacuna tendrán la casa por cárcel. Además, aplicarse la vacuna será obligatorio para quienes trabajen en contacto con personas mayores o frágiles, así sea a domicilio. Los trabajos que en su mayoría realizan los inmigrantes estarán vetados para los “sin vacuna” ¿Van a encontrar quién cuide a sus ancianos? ¿Van a comenzar a buscar a los “propagadores” pidiendo documentos en las calles? Europa comienza a mirar a China como ejemplo.

Los historiadores nos han recordado la historia de la peste de fiebre amarilla en New Orleans en el siglo XIX. Los “aclimatados”, quienes se habían infectado y habían sobrevivido, se convirtieron en una casta con potestades extraordinarias. El precio de los esclavos aclimatados subió un 25%. Los trabajos, los créditos, el arriendo de las habitaciones se otorgaban solo a quienes reñían inmunidad. Los periódicos hablaban de un “bautizo de ciudadanía”. De modo que los ricos salían de la ciudad o se encerraban en sus casas mientras inmigrantes y esclavos tomaban el riesgo de infectarse para salvarse.

En las protestas recientes en Roma y otras ciudades se han visto carteles con las imágenes de Auschwitz y leyendas alusivas a la discriminación sobre los no vacunados. La comparación es sin duda exagerada, pero recuerda las consideraciones de los Nazis que vieron a la sociedad como un organismo vivo, una masa con deformidades que era necesario aislar y enfermedades que era necesario curar. Algunos han hablado desde entonces de una “Biocracia”. Por eso las esterilizaciones obligatorias y se practicaban ejercicio de higiene genética.

Los castigos que proponen los “pasaportes” solo radicalizarán a quienes no quieren vacunarse. Crearán burbujas de “sin vacunas” que los irán alejando del Estado y la sociedad. Encontrarán su manera de vivir y morir lejos de los controles y la atención del Estado. Los incentivos para alentar la vacunación nos acercan como humanidad, mientras los castigos no harán más que discriminar y separar a los ciudadanos.

 

 

 


miércoles, 21 de julio de 2021

Noches de Cartagena






 

Las zonas de tolerancia para el negocio de la prostitución o del proxenetismo han sido consideradas un instrumento necesario para “proteger” a la ciudadanía de actividades contrarias a la moralidad pública, una manera de evitar contagios de todo tipo; y al mismo tiempo, una posibilidad de señalar algunos sectores, de encerrar puntos de la ciudad para ejercer más fácil un control y reseñar algunas rutas non sanctas. En los sesenta se discutió mucho en varias ciudades sobre los beneficios de las zonas de tolerancia. Para algunos no era moral ni legal dar amparo a semejantes comportamientos, otros decían que era cuestión de alejarlos de iglesias y colegios, y los más pragmáticos las defendían como una forma sencilla de ubicar al “hampa” para su necesario castigo.

Las nuevas regulaciones han dejado de hablar de la moral para asumir un lenguaje más “neutro e innovador”. Ahora las zonas donde la prostitución es actividad principal son consideradas de “alto impacto” en los Planes de Ordenamiento Territorial. Eso significa, simplemente, que pueden ser poco compatibles con espacios residenciales. Asimilables a las zonas de talleres, por ejemplo, o a las bodegas de reciclaje.

Hace unos días el alcalde de Cartagena, William Dau, habló de la necesidad de una zona de tolerancia en Cartagena que saque la prostitución del centro histórico: “La idea que yo tenía era establecer una zona rosa, bien desarrollada, que haga parte del atractivo de la ciudad pero reglamentada, una zona que ofrezca seguridad e higiene”. Incluso dice que se podría hacer una Alianza Público Privada para financiar ese sector. Ya tenemos tres nombres: zona de tolerancia, zona de acto impacto y zona rosa, hace años las llamaban también zonas negras. La idea es compartida por algunos gremios, autoridades de policía, medios, comerciantes y habitantes del centro de la ciudad.

Parece increíble que en medio de los problemas de explotación sexual y trata de personas (principalmente de mujeres, niñas y niños) por el “comercio sexual” las autoridades hablen solo de proteger el patrimonio turístico. Las “noches de Cartagena”, el rumor de los coches, los curazaos florecidos en los balcones, las iglesias coloniales no pueden ser percudidas por la prostitución. Cuando las discusiones actuales en el mundo y los fallos de la Corte Constitucional hablan sobre la dudosa licitud del negocio de proxenetas, del abuso implícito que implica la prostitución, del consentimiento viciado de quienes “trabajan” –son sometidas– en condiciones de vulnerabilidad económica, de violencia o desplazamiento, el alcalde Cartagena quiere que el Estado participe en el negocio.

La Corte en Colombia ha fallado sobre la legalidad de la prostitución cuando se han intentado restricciones más allá de los Planes de Desarrollo. Pero al mismo tiempo ha dicho que “la prostitución suele estar asociada con el delito de trata de personas, expresamente condenado por la Organización de las Naciones Unidas (…) y la explotación de la prostitución tiene un efecto negativo y de gravedad considerable en la sociedad. En otras palabras, los Estados deben luchar por reducir su expansión, de modo que la Corte encuentra legítimo que el Estado dirija sus esfuerzos a desestimularla, a reducir sus efectos e, incluso a erradicarla”.

Los escenarios de prostitución en nuestro país hacen necesario que el Estado presuma la explotación sexual en medio de proxenetas que inducen, promueven y vinculan a mujeres sobre las que tienen un gran poder. Es preciso, como ha dicho la Corte, que los funcionarios judiciales y administrativos tengan de forma permanente la obligación de vigilancia para excluir el abuso y la trata que casi siempre implica la prostitución. No es cuestión de alejar el abuso sino de evitarlo.

 

 


miércoles, 14 de julio de 2021

Reino Caribe


 







Un reino imaginario de mar y tierra ha dado noticias en los últimos días. No está unido por las líneas de las fronteras sino por el abuso de sus regentes, príncipe novel el uno, príncipe heredero el otro, viejo lagunoso el de más allá y un reciente jefe supremo decapitado en su media isla. Todos reclaman un amplio derecho tutelar sobre sus súbditos en riesgo, cantan sus intenciones filantrópicas, defienden el nuevo mundo a su medida y dan ánimo a los seguidores que ellos mismos han armado de valor y algo más.

El príncipe heredero dirige una franquicia calcárea que se dice revolucionaria. Como siempre en estos casos es un ahijado ejemplar, solo que no tuvo un padrino sino dos y tienen muy pocas opciones de moverse del libreto que dejaron los “padres fundadores”. El temor acumulado es su principal herencia, lo acompañan algunas frases hechas, las estampas que han rayado el ojo de los isleños durante más de sesenta años y cierto desgano impuesto por la propaganda y la resignación. Un régimen para el que es imposible la renovación, viejo y paranoico, experto resaltar los sacrificios ajenos y defender los privilegios propios. Acostumbrado a la disyuntiva entre su poder o la muerte. Los más jóvenes han comenzado a desafiar lo intocable. El heredero ha dicho que no solo el pasado, el poder y el futuro son suyos sino también la calle, ha tomado la frase del virrey retirado hace poco: “La calle es de los revolucionarios”. Ese poder ha resistido años de huracanes y no es fácil imaginar su fin.

La feliz pareja que administra otra de las provincias del reino juega con su propia herencia. Están seguros que derrocar a un dictador hace cerca de cuarenta años les entrega una aureola que puede con todas las infamias. La paciencia fue su virtud. Durante más de quince años soportaron la sed del poder que juraban merecer por sus sacrificios en armas, por la liberación de su pueblo. Volvió para quedarse. Está por cumplir quince años en el trono y con seguridad necesitará algunos más para recuperar el tiempo perdido. Su esposa es virreina y el papá de su nuera es el jefe de policía, la exesposa de su hijo maneja el petróleo y así hasta copar la finca completa. Quienes amenazan el poder de la familia han comenzado a ocupar celdas y casas vigiladas. Algunos de los hijos de sus compañeros de armas han muerto a manos del gobierno del otrora camarada.  

El príncipe menor muestra modales jóvenes e impetuosos. Nuevas Ideas se llaman sus maneras repetidas muchas veces: tanques contra el Congreso para “impulsar” un préstamo urgente, soldados en la puerta de los legisladores para darles “protección” y lecciones, un llamado a la fuerza letal contra los delincuentes, la expulsión de los periodistas por odio disfrazado de leyes y la brutalidad carcelaria como la forma mas eficaz del populismo. Hoy los súbditos lo aclaman, el 87% aprueba sus ejecutorias y sus ejecuciones. Ahora no necesita fusiles en el Congreso, tiene mayorías en las sillas y en las calles. Qué joven y qué fuerte se ve con su gorra hacia atrás y sus amenazas. La calle es de mis revolucionarios, de los jóvenes audaces, debe pensar el nuevo salvador.

El príncipe recién asesinado cambió sus exportaciones de banano por el mando de la República. Y luego quiso cambiar la Carta de su provincia: encargó a sus expertos, a su pequeña corte, la redacción de las nuevas reglas y alargó su mando por necesidades propias y ajenas. La estabilidad todo lo puede, aunque haya tenido siete primeros ministros en cuatro años. Los segundos siempre quieren mirar el horizonte desde arriba y la traición parece marcó su fin. Son dos los presidentes asesinados en la provincia en los últimos cien años.

No son noticias nuevas por estas tierras, solo recientes, repetidas, coincidentes. Conductas de jóvenes y viejos regímenes, de extremos de tierra y costa.

 

 


miércoles, 7 de julio de 2021

Hotel Covid

 


 


 Miles de jóvenes viajaron el mes pasado desde España continental hacia las islas Baleares para despedir su año escolar. Solo desde Valencia se reportaron 3.600 adolescentes camino a un pequeño desmadre luego de meses de encierro y pantallas. Una tradición de verano acompañada de todos los brindis, mucho de contacto social y algo más, y la música de los conciertos aplazados. Palma de Mallorca recibió con alegría y cocteles a sus invitados más bullosos entre sus diversos “clientes” de cada año.

Una semana más tarde las alertas Covid comenzaron a sonar y hace 8 días ya se hablaba de un “macro brote” que dejó 1.167 adolescentes, provenientes de toda España, con pruebas positivas. Un 25% de los jóvenes que viajaron y se hicieron una prueba PCR. Entonces comenzaron los decretos, las órdenes policiales, los hoteles Covid, las fugas y las decisiones judiciales. El circo excitado de los estudiantes de fiesta fue alimentado por los domadores histéricos en las oficinas públicas y los señalamientos de todo tipo contra esos “niñatos infectos”.

Luego de la estampida inicial cuando se detectó el brote, el gobierno Balear decidió encerrar a 265 estudiantes en el hotel Palma Bellver, una “jaula” de 4 estrellas y 150 habitaciones perteneciente a la cadena Melia. En España lo llaman “hotel puente”.  Entre los confinados había 184 jóvenes con prueba PCR negativa y 81 con resultado positivo. El gobierno decidió encerrarlos a todos por posibles contactos con positivos. Algunos de los padres interpusieron recurso de habeas corpus para obtener su libertad pero fueron negados. En las tardes los jóvenes se asomaban a los balcones con pancartas que exigían la liberación. En las noches era el tiempo de la fiesta, las inundaciones de los cuartos y las peleas con los camaretos ahora vestidos a la usanza del personal de Unidades de Cuidados Intensivos. La escena clásica la entregaron las sábanas amarradas desde el cuarto piso para subir las provisiones de alcohol que les vendía una tienda cercana. En la mañana aparecían las quejas de los inquilinos en redes por el desayuno de avión cuando habían pagado un bufet completo en sus propios hoteles. La gobernación Balear respondía diciendo que gastaba 300.000 euros por cada semana de ese edificio para confinados donde además había 40 extranjeros, 7 de ellos llegados en balsa desde África. Por fuera quedaban 3 jóvenes fugados.

La libertad, al menos para los negativos, llegó con un fallo de una jueza administrativa de la isla. En 22 páginas le dijo al gobierno que su medida era desproporcionada y violaba el derecho a la libertad: “El confinamiento debe producirse, no por potencial diagnóstico, sino por haber un diagnóstico cierto… en un Estado de Derecho la salvaguarda de los derechos fundamentales debe ser el estandarte que a todos nos debe guiar y las restricciones en los mismos, proporcionadas, necesarias e idóneas y sometidas al correspondiente control judicial”. El gobierno Balear había marcado más una culpabilidad que una prescripción de salud pública. La gente pedía un castigo para esos adolescentes irresponsables. El padre de uno de ellos lo resumió bien: “¿Por qué son culpables? ¿Sí puedo ir a Santiago de Compostela y no puedo ir a Mallorca?”.

Al final muchos de los encerrados volvieron en un “ferry burbuja” a Valencia. No estaban contagiados pero viajaron vigilados por la policía y fueron recibidos por un enjambre de periodista en el puerto. No fueron reseñados de milagro. En marzo, todavía con poca vacunación, los miles de turistas alemanes que llegaron a Mallorca fueron más que bienvenidos, solo recibieron un pequeño regaño de Angela Merkel. Pero estos niños indolentes merecían un escarmiento, para eso están el gobierno y las recepciones.