miércoles, 6 de septiembre de 2023

La cajita feliz

 

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 Daniel Quintero y Diana Osorio en restaurante de Medellín

Asaltar el poder despierta una satisfacción insospechada, un sentimiento súbito de dignidad y una ostentación de las posibilidades. No es tanto una conciencia de la virtud, se trata más bien de un apetito nuevo, desconocido. La credencial le entrega al recién llegado un punto de vista mucho más amplio que su manual de funciones. Las venias, el afán de los subordinados, el ascensor privado y la guardia atenta a cada paso, hacen que el mandatario camine más erguido y hable de manera más pausada. Su firma, antes un mamarracho para identificarse, es ahora el sello del comuníquese y cúmplase. Muchos poderosos logran poner un freno a la vanidad de quien acaba de encontrar un tesoro. Las utopías colectivas, el temor, la conciencia de las derrotas anteriores, la experiencia de las rechiflas ciudadanas, la simple vergüenza hace que algunos dignatarios respiren antes de ordenar el gasto para satisfacer sus gustos.

Pero cuando ese esplendor recién llegado se combina con la alegría adolescente las cosas pueden salirse de control. Ahora el triunfo es sobre todo una revancha y una fiesta. Y el furor hace que el grupo de los elegidos, porque los adolescentes celebran con el ruido de la pandilla, pierda de vista el más mínimo recato. Es cierto que ocultan sus excesos y latrocinios, pero algo les dice que tienen derecho, algo los empuja a la exhibición. Parece que quisieran dejar algunos cabos sueltos, algunas facturas insolentes para demostrar el supremo derecho al derroche. Porque para el impúber el gozo secreto es insuficiente.

La gavilla que está a punto de dejar el poder en Medellín ha dado en los últimos días las pruebas de su desvergüenza y su gula. Una colección de facturas de compra ha dejado al descubierto los gustos de la primera familia de la ciudad. El alcalde, su esposa, sus amigos y su séquito se dedicaron durante tres años largos a comer por cuenta de un fondo público, una caja menor que permitía gastos de 23 millones de pesos al mes. La bolsa estaba destinada a gastos urgentes de representación, mejor dicho, a agasajos para visitantes imprevistos, a protocolos para fechas especiales, a las relaciones públicas de la “elegancia y la distinción”.

Pero la familia Quintero Osorio, familia que se decía real al comer galletas de soda durante la campaña, resultó ser real, con mayúsculas y honores, al llegar al palacio municipal. Eran ellos quienes merecían las finezas del menú y los manteles. Visitantes imprevistos al fin y al cabo. Las facturas son un tour gastronómico por la ciudad, compraban lo flambeado y lo crudo, gastaban para el chicharrón dorado –en diciembre regalaban marranos en los barrios para compensar un poco– y para un insignificante paquete de maní. Hacían activismo vegano en las redes privadas mientras gastaban a costillas de la tarjeta pública. Cuando los gobernados descubren las debilidades de los gobernantes, mostrar y hacer público el vicio hiere aún más que el propio vicio.

Ha llegado el momento del hartazgo de la primera familia y sus compañeros de salón de gobierno. El reflujo y la cercanía del final del mandato es su castigo, la ansiedad de pagar las propias cuentas luego de cuatro años no debe ser nada fácil. Volver a las galletas de soda y la cuajada, mirar los precios en las cartas, parecer tacaño luego de la largueza. Volver a ser una banda del común y el corrientazo. El logro de una dignidad inesperada puede provocar una falta de conciencia de la ilegalidad, una relajación de las obligaciones públicas, y un refinamiento extremo de las costumbres privadas. Le pasó a la familia Quintero Osorio. Bienvenidos a la frugalidad y disfruten de los austeros placeres.

jueves, 31 de agosto de 2023

Revelar la receta

 


 

La figura de los presidentes, a pesar de lo sombría, siempre será extravagante. La lupa de la maledicencia o la condescendencia los hará falsos, bien sea hinchados o raquíticos, los hará dueños del aura o la corona de espinas, amigos del agua bendita o la botella maldita. Toda la diferencia la hacen los propios presidentes: qué tanto están detrás del telón rojo de su teatro, cuánto se esconden con la banda presidencial, qué tan capaces son de mostrarse en vivo y en directo ¿Bailan o rezan, brindan o bendicen? ¿Cuál es su esquema de seguridad presencial? De eso dependen las sospechas y las averiguaciones.

Los presidentes, ávidos de multitudes, dispuestos a ser demasiado humanos en campaña, tienen la obligación, personal y legal, de exponerse siendo mandamases. Obligados a que su oficina sea casi siempre una urna, o una jaula. Porque no solo la mujer de Cesar debe ser y parecer, al Cesar también le toca.

En un año de gobierno el presidente de Colombia ha incumplido cerca de noventa compromisos que estaban confirmados en su agenda pública: policías obedientes, campesinos fervorosos, primeros ministros nórdicos, empresarios impacientes y ministros que bostezan mirando el huso horario del Palacio de Nariño, ubicado bajo unas reglas erráticas que cada día hacen suponer una inestabilidad presidencial.

Las ausencias presidenciales no siempre son malas, son más sustanciosas que algunos discursos. A su poder le perdonamos las tragedias, son un triste activo de su oficio, sufrir es ganar un poco, solo la enfermedad puede hacerlos similares, ubicarlos cara a cara con sus electores y detractores. El parte médico ha sido algunas veces el parte de victoria.

Pero si el presidente no justifica sus ausencias pues los ciudadanos harán de jefes despiadados. Y pedirán que le descuenten sus días de desaparición y clamarán por la excusa médica. “Queremos tocar la frente del presidente, calibrar su termómetro”, dirán las consignas. Gustavo Petro tendrá que comenzar a cumplir su agenda o explicar seriamente sus ausencias. Los motivo de sus dolencias, ciertos o inventados, son imprescindibles para la confianza ciudadana. Su privacidad tiene límites mucho más débiles que los de los demás ciudadanos. La Corte ha hablado de la finalidad de exponer conductas privadas, ha dicho que debe responder a un objetivo constitucionalmente legítimo. El primer trabajador de la nación debe justificar sus ausencias más allá del parapeto de su agenda y el gusto por las largas en los discursos.

Todo lo demás conduce a las excusas que causan los excesos, sean de sueño, de alcohol, de fragilidad o pereza. El incumplimiento del presidente solo conduce a los siete pecados capitales. Turbay Ayala, famoso por sus salidas de tono entonadas, y las caricaturas hipando en la prensa durante su cuatrienio; y Guillermo León Valencia, un godo liberado por el alcohol, sabían que era mejor beber al aire libre.

Obligar a la prensa y a los ciudadanos a las especulaciones es la peor de las estrategias. Más vale ajustar el reloj, sincerarse o cerrar la agenda en los días esperados para alegría o resaca. La reforma laboral nos puede ayudar en eso, porque el guayabo es una enfermedad mortal. Tenemos que saber si el problema ese de receta médica, de reloj o de divertimentos varios. También los problemas de sueño valen. Que nos cuenten para beber yo dormir tranquilos.

 

   

 

 

 

martes, 29 de agosto de 2023

¿El plan Ecuador?

 

Policías se paran junto a un coche que explotó cerca de la terminal de autobuses en respuesta a los traslados de prisioneros en curso hechos como parte de un plan del gobierno para reducir el hacinamiento en las cárceles del país, en Pascuales, en las afueras de Guayaquil, Ecuador 1 de noviembre de 2022.

 

 Delincuentes quemaron un vehículo que había sido robado la mañana del 25 de julio de 2023, en la vía a Daule, al norte de Guayaquil.

El último mapa detallado de los cultivos de coca en Colombia, publicado hace poco por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), correspondiente al monitoreo de 2021, tiene sus más grandes enclaves de producción en la frontera con Ecuador. En el Putumayo se sembró 1.4 veces más coca que en el 2020, las 25.000 hectáreas sembradas son la cifra más alta desde 2016. Según el estudio de Naciones Unidas esa frontera se ha consolidado como zona de alta concentración de cultivos en el país. En Nariño las cosechas en la frontera son mucho mayores. En todo el pacífico se llegó a 90.000 hectáreas, la cifra más alta en los últimos veinte años, con un crecimiento del 76% respecto al 2020. Nariño tiene casi dos terceras partes de la coca del Pacífico y en el 2021 sus cultivos se duplicaron respecto al año anterior. Es cierto que las zonas de frontera han sido desde hace décadas claves para la siembra de coca, pero al parecer la frontera con Ecuador es cada vez un imán más fuerte para atraer los cultivos. Además de eso, los campesinos que siembran cada vez se involucran más en la transformación de la hoja en pasta base. No es fácil decir que la dinámica del marcado ha cambiado, que las rutas son otras, que Colombia ha perdido protagonismo en el tráfico o que la cocaína ya no es tan atractiva en el norte. Pero es innegable que Ecuador ha ganado un protagonismo como país de tránsito y puerto de salida en los últimos cinco años.

Ningún país está preparado para recibir un papel creciente en el negocio del narcotráfico. Hace un poco más de treinta años Colombia enfrentó el peor momento de esa embestida que cambió a la sociedad y al Estado y dejó un exterminio desconocido en cualquier país que haya enfrentado a la criminalidad. Llegamos a sufrir 80 homicidios por 100.000 habitantes en 1991. En medio de esa lucha contra el narco, infructuosa por decir lo menos, los Estados Unidos invirtieron 10.000 millones de dólares entre 2001 y 2016. El ejército y la policía de Colombia se convirtieron en los mejor entrenados y dotados del continente, sus soldados profesionales se multiplicaron por cuatro en solo una década. La plata y el plomo sirvieron en la balanza de la lucha contra las Farc pero no lograron mayor cosa en la pelea contra la coca y los narcos. Solo movimientos estratégicos y logísticos, cambios en la geografía criminal y en las maneras de los mafiosos.

Los narcos mexicanos desembarcaron en Ecuador hace más de quince años pero en los últimos cinco lograron ser los patrones de los grandes grupos criminales del país. Jalisco Nueva Generación controla a los a Los Lobos y Tiguerones, y Sinaloa subcontrata a los Choneros, las cárceles son las oficinas de mando y el país vive bajo estados de excepción. En noviembre del año pasado un traslado de presos desde la cárcel de Guayaquil desató una jornada de atentados, quemas de comandos de policía y gasolineras. Los muertos han comenzado a colgar de los puentes como macabras advertencia. El estilo mexicano se impone. Entre 2017 y 2022 la tasa de homicidios por 100.000 habitantes paso de 5.8 a 25. Ecuador tiene hoy una tasa mayor que la de Colombia que fue durante años el ejemplo a no seguir.

Es frustrante y aleccionador que treinta años después Ecuador esté condenado a vivir una tragedia similar a la de Colombia en tiempos de los carteles de Medellín y Cali. Las condenas de esa guerra fallida se repiten y parecen difíciles de evitar, imposibles de explicar desde los hechos y los muertos. La queja, los discursos y los propósitos parecen ser la inútil defensa de América Latina. Mientras la espiral se repite.