miércoles, 4 de septiembre de 2024

La memepolítica

 

Rodolfo Hernández Inc. - Cerosetenta

 

Rodolfo Hernández convirtió la campaña presidencial en una comedia de televisión. Era una caricatura de sí mismo, “él es muy natural, muy criollo”, decía un concejal de su movimiento en tiempos de correrías presidenciales, y el candidato iba por las redes y las calles haciendo reír y creciendo en las encuestas. No dejaba tiempo para la imaginación, era nítido en su insolencia, era imposible que detrás de esa espontaneidad hubiera maquinación alguna. Ese “viejjito malcriado” derrochaba insultos y simpatía por donde pasaba. Entregaba su aura popular a pesar de tener los campos de golf como escenario para sus relaciones políticas y económicas. “Como todos los ricos, son prepotentes, son gritones, son groseros, a veces pasan por encima de la Ley, pero Rodolfo entendió y se conmovió con lo que vio.”, son las palabras de su hermano Gabriel luego del triunfo en las elecciones a la alcaldía de Bucaramanga en 2015. El empresario acababa de descubrir una atención que lo halagaba, un aplauso que lo sacaba de la camioneta blindada.

RH hizo ver frágil a la política colombiana, inestables a las maquinarias, equivocados a los analistas, perdidos a los ideólogos. El agravio fue una de sus marcas, las descalificación su estilo, la agresividad su manera de convencer, los memes su publicidad. Los Simpson lo hubieran adoptado en su casa. En sus manos todo parecía tan simple: un mantra repetido contra la corrupción, un desprecio de la lucha ideológica que le parecía un juego infantil, una estrategia de redes, sobre todo WhatsApp, que hizo sentir que era cercano a sus electores. No se viajaba mucho pero enviaba mensajes a cientos de grupos de voluntarios en los municipios. El candidato pertenecía al mismo grupo de WhatsApp de sus seguidores. Una red social, con el hálito de comunidad. Los Becassino tomaron ese diamante inevitablemente en bruto.

Y eso que nadie quería con Rodolfo. Cinco días antes del cierre de la inscripción de la fórmula vicepresidencial no había encontrado quién se le midiera a su correría tan parecida a uno de los “capítulos” de El Paseo. Marelen fue su última opción y supo lo difícil que fue ese viaje. La izquierda y la derecha lo subestimaban por igual y los políticos tradicionales querían venganza contra ese lenguaraz. Lógico, hasta que mostró alguna opción. Solo los medios buscaban su desfachatez, Rodolfo era una máquina viral, una especie de Mockus sin filtro ni filosofía, más cerca del refranero que de la reflexión. Aunque su hermano dice haberlo metido a la política explicándole durante un año el imperativo categórico kantiano.

Pero Hernández fue víctima de su propio éxito. En marzo de 2018 exhibió en X una encuesta donde supuestamente estaba por encima de Duque, Petro y Fajardo. Ni él creía en esa ficción. Pero cuatro años después la mentira era realidad y Rodolfo no resistió la posibilidad. Tal vez estaba muy solo para afrontar ese triunfo y decidió irse a una piscina en Miami. Petro y Rodolfo quedaron asustados luego de la primera ronda. Pero uno quería ganar y el otro no.

Cuando se lanzó en Bucaramanga decía que no tenía nada que perder porque ya era rico y viejo, no iría a la cárcel y no temía que lo inhabilitaran, su carrera política lo tenía sin cuidado. Pero se demostró que siempre hay mucho que perder y el final de RH, que pudo ser asombroso, terminó siendo trágico. Pasó de un fenómeno político sin precedentes a una anécdota electoral con una buena dosis de patetismo.  El candidato empujado a la política por una supuesta lucha anticorrupción, luego de ser sancionado por la Procuraduría, terminó condenado por un soborno firmado en papel sellado. Un hombre que dejó lecciones involuntarias a nuestra política.

 

 

 

 

 

 

jueves, 29 de agosto de 2024

Golpes al aire

 

Donald Trump Doing Boxing Commentary For 9/11 Holyfield-Belfort Bout

 

Las últimas encuestas en Estados Unidos parecen indicar que el reality ha terminado. El estilo Trump ha comenzado a fatigar. La furia, el desdén, el resentimiento contra las élites políticas e intelectuales, la denuncia del fraude permanente del establecimiento, la incorrección política, el aislacionismo han dejado de ser una novedad televisiva. Trump se ha gastado el escándalo y el insulto, el candidato imprevisible que alimentaba las cadenas de noticias durante horas es ahora un protagonista repetido. Tres campañas y una incansable exposición mediática, en escenarios judiciales, políticos, sociales, han terminado por aburrir a una parte del electorado republicano. La audiencia más devota del expresidente sigue estando más o menos en el 35% de los votantes de su partido, pero su encanto extravagante no atrae tanto a los liberales más ideológicos ni a los moderados republicanos. La lucha libre de todos los días comienza a verse muy fingida. Se caen la máscara y la cabellera.

En 2015, durante la campaña por la candidatura republicana, Donald Trump osó decir que John McCain no era un héroe de guerra y que prefería a la gente que no había sido capturada. Insultaba así los casi seis años de cautiverio de MacCain durante la guerra de Vietnam. En su momento se creyó que había sido todo para Trump como inesperado jugador, pero un mes después había crecido entre 5 y 10 puntos en las encuestas. Es posible que algo de esa confianza y descaro se haya perdido y que un Trump con más libreto se vea más vulnerable. Además, el retiro de Biden le ha sumado años y achaques invisibles frente a al excandidato.

Mucho se ha repetido la estrategia se Steve Bannon quién fue su guardia en la campaña de 2016: “Hay que inundar la zona de mierda”. La idea era que un escándalo sucediera al otro sin que ninguno tuviera suficiente repercusión. Encontrar atención y desconcertar, era la consigna. Pero los medios han dejado de enfocarlo todo el tiempo, ahora el republicano es editado, su stand up ya no va completo y eso lo hace perder continuidad y embrujo. El atentado que parecía una escena inolvidable ha pasado a ser una anécdota de campaña. “Trump no es un héroe”, diría MacCain.

La gran ventaja de Trump hasta hace 40 días era el desgano que producía Joe Biden. La convención demócrata prometía ser un bingo para la tercera edad. Solo 4 de cada 10 demócratas decían estar satisfechos con Biden como candidato. La cifra de ha elevado a 8 de cada 10 con Harris. Trump ha perdido los reflectores y las pequeñas donaciones, que fueron su carta para superar el filtro de los políticos tradicionales republicanos que lo veían como un advenedizo en 2015, ahora inundan la campaña de la candidata demócrata. “Cuando un campeón está en un combate no se hace eso… cambiar de luchador”, se dolió Trump hace una semana mientras sentado en el banquillo del cuadrilátero. Y Kamala Harris no es Hilary Clinton, vista siempre como una candidata sospechosa, poderosa y oscura, con todas las falencias del establecimiento. Ahora se enfrenta a una mujer que apenas se estrena, sin grandes manchas, un poco más lejos de la política tradicional que el republicano que cumplió 10 años nadando en esas aguas.

Su estrategia es seguir apelando a la absoluta división. A los votantes que no buscan virtudes en su candidato sino odio por su rival. En 1994 un 21% de los republicanos tenían una visión muy desfavorable del partido demócrata. Luego de la presidencia de Trump la cifra creció hasta el 62%. Apelar al insulto, propagar el odio vía X, dividir apelando a la frontera y la retórica de los nativos americanos, agitar contra el ascenso de un supuesto socialismo. Esa parece ser la única opción. Es posible que esta vez la rabia no sea suficiente.

"Trump boxing Rocky boxe photo Funny Donald Trump boxing 2020 Potus"  Journal for Sale by manojohnsticker | Redbubble

miércoles, 21 de agosto de 2024

Directora de campaña

 

No soy opositora, soy periodista, tengo la convicción de que a través del  ejercicio periodístico puedo hacer patria”: Vicky Dávila

 

Las comparaciones entre la pluma y la espada marcaron los primeros tiempos del periodismo en Colombia. Bolívar consideraba la imprenta “tan útil como los pertrechos de guerra”. La tinta era una nueva forma de contar hazañas, buscar vítores y propagar ideas. En un texto llamado Prensa y poder político en Colombia, Jorge Orlando Melo hace la larga lista de presidentes que fueron fundadores y directores de diarios. Jorge Tadeo Lozano, primer director de un periódico, se posesionó como presidente en 1.811, y salió muy pronto del cargo, luego de una campaña en su contra difundida por Antonio Nariño desde La Bagatela.

En el siglo XX la historia se repitió muchas veces. Los partidos y los diarios eran un mismo organismo y más que la información su rol se centraba en la difusión de ideas y la difamación del contrario. Luego de ese recorrido histórico la conclusión de Melo parece inobjetable: “…la mayoría de los presidentes de Colombia surgieron de los periódicos, más que de los grupos económicos o de las grandes familias.” También los grandes opositores al bipartidismo estaban ligados a la prensa, uno de ellos, Gerardo Molina, fundó el semanario La Gaceta a finales de la década del cincuenta. No era raro entonces que Alberto Lleras, otro periodista, dijera que la prensa era “la más segura, la más consolidada y la más perdurable de nuestras instituciones políticas y sociales”.

Desde finales del siglo XX la prensa escrita fue perdiendo relevancia política y adhesión partidista. Los periódicos respondían aún a las ideas conservadoras o liberales a las que estuvieron adscritos pero de una manera menos comprometida, más desteñida si se quiere. Unos años antes la información había adquirido mayor espacio e importancia que la difusión de una ideología y una preferencia política. Además, las afugias económicas hicieron que fuera necesario pensar más en el balance que en la balanza electoral. : “Los periódicos hoy en día se tienen que manejar con un criterio comercial, como una fábrica de carros o de jabones”, decía a mediados de los ochenta Enrique Santos.

De modo que los grandes medios pasaron de la órbita política a los dominios de los grupos empresariales. Y la lógica cambió para siempre. O al menos eso creíamos, hasta el reciente papel de la revista Semana, fundada por Alberto Lleras, como plataforma para la muy cantada candidatura presidencial de su directora Vicky Dávila.

La historia de hoy tiene varias particularidades. La primera es que se confunden los intereses políticos y económicos ¿Los Gilinski y Vicky juegan como socios? Antes lo político marcaba el énfasis editorial e informativo, en el caso actual parece haber una correlación mucho más visible entre política y negocios, un miti-miti. La segunda es la vaguedad sobre las intenciones de la directora y el papel informativo de la revista. La estrategia de hoy es el disfraz, vender periodismo y hacer política. En el siglo XIX y XX se trataba de una combinación que estaba en el cabezote de los periódicos, casi se escribía con tinta roja o azul. Hoy se juega a la confusión de roles, al proselitismo periodístico soterrado, al eslogan de campaña disfrazado de información. Semana nos ha regresado entonces a la prensa del siglo XIX y buena parte del XX, pero con componentes aún más riesgosos por la mezcla de grandes intereses económicos y la utilización de la información, más que de una idea editorial, como instrumento electoral.

Algo conserva Vicky de la tradición de los viejos diarios políticos en Colombia: la diatriba, el odio y el sectarismo como combustible para hacer política desde las páginas del medio que dirige. Veremos si los clics se pueden equiparar con los votos.