
Hace más de 100 años un colombiano que firmaba como Ricardo Arenales comenzó a publicar sus notas de prensa en periódicos mexicanos, comentarios sobre política y letras en el continente. Fueron casi 25 años de crónicas y opiniones en al menos 12 periódicos. Agitaba, insultaba, pontificaba. Nadie salía ileso de sus loas o sus injurias. Eso le valió el cierre de varios de sus periódicos e incluso la expulsión del país. Pero ya la épica de la mecanografía y la errancia de Barba Jacob la contó con pelos, humos y señales Fernando Vallejo en Barba Jacob, El mensajero.
Recordé los Escritos mexicanos por las múltiples referencias a los Estados Unidos, el imperialismo, la doctrina Monroe, la imposibilidad de una relación de confianza del sur con el norte. Barba Jacob quería creer en las palabras de Mr. Roosevelt que en el Congreso Panamericano de Paz de 1936 en Buenos Aires. Estados Unidos apoyaba dictaduras, amenazaba con no reconocer presidentes, perseguía hondureños en el mar caribe en medio del abrazo a sus vecinos. Barba Jacob se preguntaba por la paz que se discutiría y se respondía: “De todas maneras la paz que conviene a los intereses económicos y políticos de los Estados Unidos. Asegurados tales intereses, a los pueblos de América que se los lleve el diablo”.
Antes, en 1921, mientras se inauguraba una estatua de Bolívar en pleno Nueva York, se preguntaba por el derecho que tenían los “hispanoamericanos” de oír al presidente de Estados Unidos reconocer la aptitud para gobernarse, para encontrar su “libre desarrollo”. Y se respondía con desconsuelo frente a las palabras del presidente Harding: “… se vuelve a pregonar con arte sutil que debemos esforzarnos en una labor pacífica, mirando simpáticamente que el capital yanqui se posesione de nuestras riquezas en nombre de la civilización…” En esa página también escribió sobre las agresiones a México por querer legislar sobre su industria petrolera.
Barba Jacob vio siempre de la sombra del totalitarismo en las promesas del bolchevismo. Temió a esos “defensores del pueblo” y los señaló desde todas sus tintas. Pero igualmente mostró un “incurable escepticismo por lo que hace a las promesas del Tío Samuel”. Cuando Roosevelt decía haber archivado la Doctrina Monroe, esa “dictatorial vigilancia” que nos hacía hijos putativos y prohibía el acercamiento de cualquier país, Arenales oía ecos sobre la misma doctrina en un tono más dulce: “No permitiremos que la paz sea puesta en peligro por agresiones procedentes del exterior de nuestro hemisferio”, dijo Roosevelt en 1938 y Barba Jacob oía a Monroe en 1823.
Ahora oímos a Trump y su gente hablando con absoluta desvergüenza, con la jactancia de quienes no necesitan ni siquiera dorar la píldora, con una genuina sinceridad que vale la pena agradecer. Lo que hoy llamamos la Doctrina Donroe es más una sentencia, más una condena que un dogma. Trump lo dejó claro: “Ahora la llaman la Doctrina Donroe. El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado”.
Muchos celebran ese eterno retorno en nuestra relación con Estados Unidos. Lo consideran nuestro médico de los males menores, la amputación ante la gangrena. Una disyuntiva trágica que ya planteaba Barba Jacob: el “imperialismo económico” de los gringos para enfrentar el “imperialismo político” de nuestras dictaduras.
Pero no se nos puede olvidar que también la “Casa Blanca se equivoca”, así titulaba Arenales en 1921, y describía la política de Estados Unidos frente a México: “La diplomacia norteamericana ha sido para México algo comparable a un paquidermo intoxicado, una fuerza gigante sin dirección ni inteligencia”. Hoy es más grande la talla y mayor la intoxicación.