miércoles, 4 de febrero de 2026

Eco del pasado


 

El presidente Petro ha convertido la obra de García Márquez, particularmente Cien años de soledad, en un amuleto para sus discursos, un fetiche para sus campañas y una decoración para su retórica confusa y extravagante. Petro encarna la figura del bachiller intoxicado, el típico estudiante locuaz que no acaba de digerir todo lo que ha aprendido y arma un masacote con su “sabiduría”. Las chapuzas del presidente tienen al Nobel colombiano, junto a Bolívar, como su personaje preferido. Un talismán tan socorrido como su lápiz.

Un hallazgo reciente me hizo pensar en la posibilidad de un pequeño retrato de América Latina en el momento de la publicación de Cien años de soledad. El descubrimiento fue un ejemplar de la revista Eco publicada en febrero de 1967. En esas páginas asomó por primera vez Macondo, tres meses antes de la publicación de la novela. Un fragmento de 25 páginas fue el texto central de ese número de la revista que se imprimió en Bogotá, por la Librería Buchholz, desde 1960 hasta 1984. Tal vez los textos publicados en esa edición sirvieran como “semblanza” de una época.

Por supuesto estaban los escritores del Boom que renovaban la curiosidad mundial sobre América Latina. Un artículo sobre Vargas Llosa y la realidad en la novela acompañó el fragmento de Cien años que comienza con un retrato de Úrsula luego del diluvio. También aparece la figura de Carpentier, un progenitor del Boom, y un retrato de un Borges, el antiboom, apolillado y ajeno a la realidad latinoamericana. Witold Gombrowicz se encarga de esa diatriba involuntaria contra el argentino.

En esos Apuntes argentinos está la clave de la mirada sobre América Latina que trae la revista. Se retrata a Argentina como una nación adolescente, apenas en formación, de la que no había que mirar su cultura sino su vitalidad. El autor busca a Argentina en la inmadurez de la cultura popular mientras Borges y Bioy Casares van a los conciertos y las exposiciones. Algo similar se encuentra en el texto de Ernesto Volkening sobre Carpentier y su novela Los pasos perdidos. Dos campesinos acurrucados bajo las bóvedas de una gran plaza, con sus sombreros bajos tapando media cara, son el retrato de la “América arcaica” que se está perdiendo. Esas dos sombras tienen un gran valor: el tiempo, su vida impasible frente a los afanes que caminan a su lado. Pero este continente ha comenzado a moverse para crear una copia defectuosa de las grandes ciudades europeas, donde los trabajadores cuelgan de los buses en vez de sentarse en los metros. Pero también ha comenzado a despertar, a pensar en una “Revolución Permanente” y ahora los meseros de chaqueta blanca pueden tomar el fusil. Curiosamente Caracas parece ser la capital menos “imperfecta”, más cerca de Los Ángeles y Estocolmo que de Santiago o Bogotá.

Un artículo de Helena Araujo se pregunta por la izquierda colombiana, una “divinidad que está en todas partes y nadie puede ver”. El artículo toma a Eduardo Caballero Calderón para ir en busca de esa quimera colombiana. Da por sentado que los experimentos de López Pumarejo y Gaitán fracasaron, señala los aires fascistas de la Anapo y minimiza las guerrillas castristas como un fenómeno más sociológico que político.

Una América singular, vista desde Europa, lista para encontrarse y sublevarse, cansada de llamarse tercer mundo, queriendo darle un contenido propio al remoquete viejo del nuevo mundo. Es un poco lo que puede verse en ese modelo 1967 de América Latina.

Todos los protagonistas del boom están muertos, García Márquez ganó el Nobel en tiempos de Belisario, Bogotá pronto tendrá Metro, pero la narrativa del presidente está muy cerca de la mirada de esa América de los sesentas. Solo que la de Petro está apenas en boceto, es la América de los intelectuales de los sesenta en boca de un bachiller graduado en el 2022.

 

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