miércoles, 19 de enero de 2022

Tierra de mantas

 



El hombre parecía alimentado por los troncos que echaba uno a uno en la fogata. Más fuego y más historias, ese calor le daba impulso para seguir contando su vida y obra. Estábamos en Paipa y la ruana, la oscuridad y el tapabocas solo dejaban ver una sombra embozada. Por los mugidos lejanos llegamos al tema de las vacas. Veinte años dedicado al ordeño y un reciente divorcio con su último hato. “Durante muchos días pasé más tiempo con las vacas que con cualquier persona”. Hablaba de ellas con algo de fastidio, en últimas lo habían llevado al banquillo durante buena parte de su vida. Dos turnos diarios en los que podía atender hasta cincuenta vacas: “Uno termina conociéndolas a todas, yo les ponía nombres por letras: Margarita, Margot, Marta, Marina… Agrupar nombres y mañas porque hay vacas de vacas”. Su relación terminó con una patada que le colocó una arisca en el pecho, con saldo de dos costillas quebradas y un pisotón mayor. Quedó K.O. durante unos minutos mientras su esposa juraba que el golpe había sido fulminante.

Pero las vacas fueron una hazaña menor. Antes estuvo el ciclismo, sus historias de juventud en el podio de algunas clásicas y su retiro de las rutas por la necesidad de “coger oficio”. Ordeño y pedaleo contado por un hombre de ruana con el Pantano de Vargas a la espalda. Por momentos sentía que me estaba construyendo una historia de folleto. Hacía poco menos de un año el turismo había cambiado sus trasnochos. Terminó en la construcción, ayudando a levantar cabañas en un hostal y ahora estaba de celador, cogiendo noche y frío. Una hora de candela para resumir una vida de cuarenta y nueve años.

Eran tres jinetes venidos de otra orilla. Unos niños de 11 o 12 años con las mañas y la pose de los negociadores curtidos. Dos de ellos exhibían una pequeña candonga en la oreja, se notaba que era un orgullo reciente, una condecoración que seguro había costado pataletas paternas. John Jairo, Maicol y Mauricio: Nombres con los que desde que nacen parece que trabajaran. Ofrecían sus caballos para bajar a Playa Blanca en la laguna de Tota. Nos propusieron una cabalgata más larga hasta unas cuevas cercanas. Era como estar viendo a Tom Sawyer por triplicado. Los caballos para sus clientes y ellos iban y venían detrás, siguiendo la lógica del perro que los acompañaba. Unas veces corrían adelante, otras se retrasaban comprando una gaseosa, el perro le ladraba a sus oponentes y ellos lo respaldaban tirándole piedras. Luego nos dieron cátedra sobre los cuatro cortes de la cebolla y más tarde una creíble teoría sobre el origen geológico de las rocas que alojaban las cuevas. Y ordenaron a turistas y caballos para las fotos que tomaron con maestría y hasta soltaron un chiste que los hizo achantar: “Esta la llaman la cueva del amor, donde entran dos y salen tres”. Cuando les pregunté por el estudio me miraron decepcionados y respondieron con un merecido silencio burlón. Una infancia con aire leve a tres mil metros.

Para el final quedó la pareja de agrónomos que cansados de la experiencia bogotana volvieron a su departamento. Fueron claves para ponerle un poco de contexto a ese paisaje de la Tota que por momentos parece patagónico y que deleita con las begonias más rojas que he visto. Y con la cerveza servida desde las 10 A.M. Las riquezas de los grandes cebolleros de Aquitania que manejan casi un monopolio nacional: “Cuando uno pone el precio tiene que ganar”. Sus excesos con los fertilizantes que terminan llegando a la laguna, los rellenos en las orillas que le roban año a año al agua helada y límpida. No digamos el lado turbio, solo el hostigoso olor de la cebolla.

Fueron las historias al azar de tres generaciones. Todas elocuentes como suelen ser las historias que se encuentran siguiendo el rumbo de una carretera.


 


1 comentario:

Unknown dijo...

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