miércoles, 22 de julio de 2020

El otro encierro




Es víspera de la independencia. No hay banderas, ni siquiera hay trapos rojos. La gente está cansada hasta de los clamores. Ahora el encierro está hecho de resignación y miedo, ya no estamos recién bañados frente al virus, estrenando una máscara y una mueca. El espectáculo de la ciudad vacía ya no asombra las ventanas, la expectativa frente a un nuevo tiempo se ha convertido en una neurosis colectiva de acusaciones y aplicaciones. La mayoría de quienes están afuera no ejercen un desafío sino una obligación. Viven o trabajan en la calle, en las orillas, en las sombras de los puentes, en las cunetas de las canalizaciones, bajo las carpas en los “parques de consumo”. Los retornos que marcan los cambios de sentido de las autopistas, las orejas de los puentes que nos llevan en otra dirección son para ellos las paradas, los espacios para templar el plástico y parquear la carreta. Viven en las sobras de las calles que ahora brillan distinto.
El cinismo nos empuja a decir que quienes viven en la calle son los dueños de la ciudad en tiempos de la cruda cuarentena. Pero solo son los únicos en ese paisaje nítido, se han hecho más visibles, menos precavidos y caminan por el medio de las calles, siguiendo las líneas que marcan los carriles, mirando las cámaras de las multas, alejados del temor a los policías. Esa soledad dicta algunas normas blandas, excepciones y modales para viejos enfrentamiento. En una plaza histórica de la ciudad un habitante de parque lava la patrulla de los policías. Sacude los tapetes y brilla los espejos. Es posible que haya conocido la maleta den ese mismo carro en otras condiciones. También vi un particular jardinero y celador trabajando con la botella de sacol en una mano y una manguera en la otra. Regaba las matas de un CAI cerrado por inventario a cambio de buenos tratos. Y los trabajadores de la construcción ya no se cuidan de sus amistades peligrosas. Una recicladora vestida con el andrajo amplio que lleva el número 10, el lujo de un equipo de barrio, pasa por la construcción y le dice con gracia al hombre de la retro, “ahora le caigo pa que parchemos”.
Las ambulancias también han apuntado su atención a la calle. Los deambulantes son más visibles y más peligrosos. Un hombre lleva más de 24 horas sin levantar de la acera de un parque marcado por la mala fama. Los hombres de blanco lo miran con atención, las caretas acrílicas amplifican un poco al paciente, le ofrecen una mano enguantada. El hombre los mira con algo de temor e incredulidad. No reconoce una sirena que no sea de la policía.
Por fin apareció una bandera. La lleva un hombre diminuto que arrastra pasos hace años, un barequero de calle que vive de los mandados y de una simpatía que el tapabocas esconde a medias. Agita la bandera en un asta que lo dobla en altura. Le pregunto por esa bandera que anticipa el 20 de julio y responde con la gracia que lo mantiene caminando: “Para clamar justicia y que los policías no me la monten”.
Nunca había visto tantas fogatas en las calles ¿Dónde estaban esas cocinas improvisadas? ¿Qué tal hacer un pequeño inventario de esos menús callejeros? Al final del recorrido me siento un voyerista en la casa grande de los callejosos. Los vi barriendo bajo el puente como en cualquier domingo doméstico, viendo comer al perro con algo de ternura, sacando la caja de los “ahorros” de una alcantarilla, pasando la tarde con la película de acción del domingo en una televisión callejera al lado de la autopista ¿También extrañarán el movimiento de esa máquina hoy atascada? Seguro que sí, el desprecio y la compasión son sus únicas fuentes de supervivencia.



miércoles, 15 de julio de 2020

El alcalde del pueblo



Regresar a su ciudad natal y mirarla con condescendencia. Pensar una ciudad que ya no existe, gobernar una ciudad que desconoce. Volver con aires triunfales y ver ese pequeño feudo como un objeto manejable, un trompo, una caja de música, una brújula. El roce en los puestos palaciegos le entregó astucias que ahora cree sabidurías, partidarios que identifica como amigos, votos que supone lealtades. La política capitalina lo ha obligado a sumisiones y obediencias que es momento de cobrar. Pero en realidad es el momento de pagar. Cubrir viejos gastos personales, dar gusto a padrinos políticos, dejar satisfechos a nuevos y viejos compañeros de bregas, resucitar a algún desahuciado.

Daniel Quintero llegó a la ciudad de Medellín embozado de independiente. Luego de pasar por muchos colores en la política logró ponerse una camisa ambigua y tramar a propios y extraños. Fue un candidato más indeterminado que independiente. En sus primeros nombramientos nos dimos cuenta de sus deudas con casas políticas tradicionales de los municipios del sur del Valle de Aburrá. El alcalde que se viste de tecnología responde a la vieja maquinaria manual. Ese fue un primer desengaño para una buena parte del electorado. Pero todavía faltaba un sesgo autoritario por descubrir. El candidato que se pintaba de progresismo, que agitaba banderas de reivindicaciones y acompañaba las marchas y las demandas del movimiento ciudadano del año pasado, se inauguró con el ingreso del ESMAD a la Universidad de Antioquia. Luego han venido sus delirios de vigilancia, sus órdenes de vincular cámaras privadas a los monitores de la policía y sus intenciones de llevar los decretos de restricciones de libertad personal al interior de las casas. De modo que Quintero es un ovillo tan indescifrable que puede seguir el libreto del Centro Democrático y echar vivas a Petro.

Todavía quedan cosas por descubrir en la manera de gobernar de Daniel Quintero. El provinciano que ha bajado desde las cumbres burocráticas parece subestimar a la ciudad y sus habitantes. Es la única manera de explicar que haya nombrado en el Área Metropolitana, un organismo que había logrado mantener un estatus técnico y tienen el reto ambiental que afecta la salud de millones de personas en el Valle de Aburrá, a un delfín sin experiencia, conocimiento ni liderazgo entre los diez alcaldes de la región. Los nombramientos y las contrataciones dejarán claro por qué lo nombró.

Pero la reciente jugada en EPM demuestra que Quintero menosprecia a la ciudad, mira al Concejo como simple notario de sus facultades extraordinarias (ha pedido tres en siete meses de mandato) y cree que los ciudadanos son un simple bochinche de twitter y a los partidos y movimientos se les responde más con chistes de bachillerato que con debates. El alcalde pretendía cambiar en dos meses el objeto social de EPM para convertirla en jugadora en infraestructura vial, en el sector turismo y seguros, en nuevos servicios financieros y manejo de datos. Quintero cree que el abogado que sacó debajo de la manga para la gerencia de la EPM es el apoderado de sus negocios e intenciones. No había estudios para justificar ese cambio, solo un proyecto de acuerdo con cara de trabajo universitario. Al final el alcalde lo retiró con una palmadita en la espalda a la ciudad: “está bien, yo se los explico más despacio.”

Medellín ha sido durante muchos años dócil con sus gobernantes, una ciudad más dada al aplauso que a la crítica, pero Quintero no debe olvidar que sus apariciones en las revistas internacionales no son garantía de que engañará calentanos durante cuatro años.

 

 

 

 





miércoles, 8 de julio de 2020

La evolución de las canas





Siempre he tenido amigos que me llevan un buen trecho en edad y otros vicios. Tener amigos que nos aventajan en unas décadas proporciona anticuerpos contra apegos inservibles a la vez que entrega un poco de la insolencia más curtida y silenciosa. Esa amistad tiene la ventaja de definir desde el comienzo ciertas afinidades complementarias. Se evitan entonces algunos tanteos y desengaños prematuros. Desde el saludo quedan definidos una parte de los roles en la pequeña sociedad. Quien atenderá los casos de fuerza mayor, quien se ocupa de las disculpas más creíbles, quien reprocha las repeticiones más comunes, quien debe renunciar al lugar común de los consejos, quien regala los libros sin la treta del préstamo.   
He pasado los últimos tres meses en contacto esporádico con dos amigos mayores de setenta años. Han sido quizá los menos perturbados entre todos mis amigos en medio de una pandemia en la que han muerto sobre todo mayores de 65 años. A uno de ellos, que vive en un pueblo relativamente alejado del virus, la vida le ha cambiado sobre todo en el enfoque de sus lecturas y sus manías frete a la televisión. Y en la factura del agua. Acostumbrado a la mecanografía en primera persona ahora escribe más cómodo sobre sus reflexiones más íntimas, sobre sus manías cotidianas más que sobre sus certezas políticas. Extraña una cerveza en el pueblo y explica con sorna que le deja el plato de comida en la puerta a un hijo que ha “subido a Bogotá”: “Lo tratamos como un apestado”, dice como una especie de venganza al sistema inmunológico de su hijo. Le hace falta caminar alguna calle del centro de Bogotá y saludar a dos secretarias que lo tratan con un afecto exento de condescendencia. Hace apenas unos meses casi lo desbarata el ataque de un Pitbull y creí que eso le había dejado cierta inmunidad al miedo: “Mañana salgo. Simplemente me rebajo diez años si me lo preguntan y me voy a buscar algún lugar donde le vendan a uno una cerveza y le presenten una muchacha con los labios pintados”, escribió hace unos días. Pero por teléfono niega su valentía: “Me viene a saludar un amigo y le cierro la ventanilla del carro en la cara”.
Al otro setentón lo he ido a visitar ya bastantes veces a su restaurante cerrado hasta nueva orden. A su restaurante quebrado y a la vez pulcro, con baldosas relucientes. Su respuesta al saludo es ya una especie de código: “¿Y qué, cómo va todo?, Pues cómo va ir, igual, mal”. También se rebaja los años pero tiene una mejor manera que la simple mentira. Coge su moto de un azul improbable, su pequeña moto de quinceañera, y el casco le sirve como embozo frente a los posibles comparendos. Como todo el mundo ha aprendido a encontrar algún consuelo: “Comemos mejor que nunca, acababa de surtir cuando tocó cerrar el restaurante”. El humo de sus dos paquetes de cigarrillos diarios no espanta el virus pero le pone algo de veracidad a otra frase que repite con juicio: “Y si nos toca irnos, pues nos vamos…La muerte está ahí”. Le preocupan su hija varada en un país árabe y los aplazamientos de una operación pendiente hace meses. El virus es solo una amenaza compartida por las noticias. Tiene todos los líos en un solo plato y sin embargo me recibe con algo que se parece a una sonrisa y un frasco de amonio para refrescar la visita. Pero no todo es bioseguridad, todavía prepara los mejores camparis que me he tomado nunca.
Parece increíble que a estas alturas necesitaran de un juez para poder tomar las decisiones más más corrientes y más definitivas. Uno de ellos me lo dijo con el humor desconsolado: “Estamos pagando cana”.


miércoles, 1 de julio de 2020

Malicia crónica

Coronavirus en EE.UU.: por qué sectores de la derecha desconfían ...


En marzo pasado el presidente Donald Trump se negó a hacerse la prueba del Covid-19 luego de haber estado en contacto con congresistas sospechosos de estar contagiados con el virus. Su negativa fue una especie de declaración de principios que demuestra desprecio y arrogancia frente a la enfermedad. Esa manera de enfrentar la pandemia ha ido creciendo entre millones de ciudadanos en todo el mundo. No se trata de alardes de inmunidad ni de posturas políticas sino de simple desconfianza, de negación e ignorancia.
En algunos barrios de municipios del país la gente se niega a hacerse la prueba. Tienen temor de ser contagiados, de ser contados en el rebaño de positivos sin tener la enfermedad, de verse señalados por sus vecinos. También crece el número de personas que desconfían de llevar a sus familiares con síntomas respiratorios al hospital, y el número de las familias que se niegan, en medio de la frustración y el recelo, a aceptar los protocolos para la cremación de familiares muerto por coronavirus.
En medio de la pandemia el desprecio por muchas instituciones gubernamentales se ha trasladado al sector salud. La incertidumbre y el dolor hacen que crezca la desconfianza. Las noticias sobre la corrupción funcionan como una especie de tamiz para negar los peligros que encarna el virus. Resulta muy difícil invocar el uso de la razón, los prejuicios facilitan la explicación repetida del engaño, del robo, de los pacientes falsos, de los cobros fantasma. En las últimas semanas he comenzado a recibir a diario denuncias bien sea porque supuestamente un familiar fue registrado como positivo por Covid-19 estando sano, o bien porque le han comunicado una prueba negativa a pesar de tener la enfermedad. Es curioso que se desconfía tanto del resultado que condena a la enfermedad como del que salva. Algunas más relacionan a médicos con dueños de funerarias y otras alertan de contagios inducidos para enriquecer clínicas.
Lo paradójico es que los médicos y todo el personal de salud reciben un reconocimiento unánime por su trabajo. Pero sus decisiones se ponen en cuestión de manera permanente. Mucha gente parece creer que los casos de coronavirus los certifica un burócrata en un cubículo. Se olvida que intervienen primero microbiólogos en laboratorios, luego, varios médicos, entre generales y especialistas, siguen pautas estrictas de aislamiento y cuidado clínico. Al mismo tiempo que se informa a secretarías de salud, ministerio e INS. Se necesitaría entonces poner de acuerdo a profesionales con distintas especialidades e instituciones para esconder o inflar los casos de Covid-19. Además, ese encubrimiento solo ayudaría a poner en riesgo a sus compañeros en clínicas y hospitales. Nadie pone en peligro a sus colegas más cercanos por mejorar la imagen de políticos. Y es imposible esconder los muertos, al final saldrían a la luz no solo las muertes sino las mentiras. Crecer casos para cobrar es otra ficción bien inútil. No hay ningún pago extra, los intensivistas y sus equipos no abren las puertas de las UCI para facturar como si fueran los recepcionistas en un hotel. A la gente le gusta ver la muerte de frente para creer, vale que piensen entonces en los más de 2.000 contagios y los 20 muertos por Covid en el sector salud. A los suspicaces por hábito, por una malicia enfermiza, valdría la pena ponerles una frase en el tapabocas: “Piensa más y acertarás”.


miércoles, 24 de junio de 2020

Guantes negros





La caja del Chapo contiene provisiones para cerca de una semana y está dirigida a personas de la tercera edad. Arroz, frijol, azúcar, galletas, pasta, puré, aceite, papel higiénico y agua en botellas. Desde la última semana de abril se han entregado algunas tandas en el Área Metropolitana de Guadalajara. Las entregas las ha hecho Alejandrina, la hija menor del Chapo, y un directivo de su empresa comenta cómo buscan a los beneficiarios: “…hemos pedido en redes sociales que la gente nos refieran a personas de la tercera edad, no queremos equivocarnos y que llegue la ayuda donde no debe de llegar”. Tienen sin duda una base de datos bien depurada.
En el Zen, un barrio en las afueras de Palermo, la distribución de las ayudas la ha liderado Giuseppe Cusimano, el hermano dócil de Nicolo Cusimano, líder mafioso condenado hace más de diez años por tráfico de drogas y otras labores en el vecindario. Esta vez no se entregaron en cajas con la cara del benefactor sino en simples bolsas de plástico. “Las compras se realizaron a través de la asociación Santo Pio a la que pertenezco. Si tratar de hacer el bien para mi vecindario significa ser un mafioso, entonces yo también lo soy”, le dijo Nicolo a la prensa con su mascarilla bien puesta.
A mediados de abril una camioneta fue detenida en la frontera italiana con más de medio millón de euros en efectivo. Era conducida por hombres vinculados a nueve grandes familias de la mafia calabresa. Los billetes venían de un país de lo que llamábamos la Europa Oriental. La liquidez es ahora la gran ventaja de la mafia y su idea de reinventarse. Está muy claro que es hora de invertir. El líder de un grupo recién creado por la fiscalía italiana para monitorear el papel de la mafia en la reactivación lo dice muy claro: “Debemos tratar de evitar que el déficit de liquidez, que en este momento puede afectar a empresarios y grupos de ciudadanos, sea financiado por organizaciones criminales a través de la usura o la toma de negocios completos.” Las tasas de usura callejera han comenzado a bajar para captar nuevos clientes. Las cifras oficiales dicen que lo que entre nosotros se conoce como el gota a gota tiene ahora un 10% más de clientes. La mafia ya maneja negocios de suministros médicos, limpieza y clínicas y hospitales, funerarias, transporte de alimentos a las ciudades y al parecer cada vez tendrá mejores intenciones e inversiones en los hoteles y los restaurantes, los sectores con mayores urgencias. Roberto Saviano, una especie de biógrafo de la mafia italiana, autor de novelas y crónicas de Camorra, mira desde su confinamiento hacia las playas más cotizadas: “¿Quién volverá a comprar los complejos turísticos de la Côte d'Azur o de la Costa del Sol, devastados por la crisis del turismo del 2020?” Según Saviano las mafias tendrán mayores acciones en los escenarios del Jet Set y en los callejones de los barrios populares: “El verdadero Estado del bienestar en las periferias lo están ejerciendo las organizaciones criminales”.
Los historiadores retroceden cuarenta años para intentar un perfil de las posibilidades del poder mafioso en medio de la pandemia. En 1980, el terremoto en Irpina en el sur de Italia, dejó grandes daños en Nápoles y la mafia fue una de las principales protagonistas de la reconstrucción. Y si se van hasta los estragos de la peste de cólera en 1884 llegan hasta una frase que se hizo famosa entre la mafia naciente de la época: “El cólera es mejor que la salud”. Los mágicos manejaron parte de la plata de la época para “rehabilitar” la ciudad.
¿En qué andarán nuestras mafias, cuáles serán sus ideas y sus negocios, hacia dónde llevarán sus contagios? Es hora de mirar nuestra recuperación económica más allá del IVA.






miércoles, 17 de junio de 2020

Nuevos acechos




Los nuevos derechos reivindicados durante la pandemia tienen al Estado como principal beneficiario. No son en realidad derechos ciudadanos sino prerrogativas para las autoridades civiles y policiales. El lenguaje y las acciones de algunos mandatarios han invertido la concepción de los derechos para convertir su limitación en una indispensable protección del “valor supremo de la vida”. Los héroes, los salvadores, los providenciales siempre encarnan un riesgo. Sus primeros milagros se reciben con aplausos, pero muy pronto llegan nuevas amenazas, reales o imaginarias, y entonces aparecen nuevas obligaciones para responder a sus “esfuerzos”. Los protectores en el poder cada vez demandan mayor compromiso y lealtad. El mandato ciudadano también se altera y ahora se trata de la obediencia ciudadana. El momento excepcional posterga las minucias legales, “los tiempos que corren no admiten los pequeños caprichos”.
Hace unas semanas el alcalde Medellín habló del “derecho a saber que estuve con alguien contagiado… Podemos alertar a alguien que tuvo contacto con un contagiado”. Ese derecho le entregaría poder al gobierno local de imponer entrega de información personal y familiar para autorizar el derecho al trabajo, el poder de integrar cámaras de seguridad a los locales comerciales para autorizar su apertura. Además, habría otros “nuevos derechos”. Por ejemplo, encerrar un barrio entero e impedir el acceso a la prensa: “Te estamos protegiendo, a ti y a los habitantes del barrio”, justifica el discurso oficial con tono maternal.
Ahora, Claudia López ha salido también con un nuevo derecho digno del Estado terapéutico: “No dejarse aplicar la prueba está prohibido cuando hay una pandemia... El esfuerzo que estamos haciendo es grande y nadie se puede negar al cuidado y el testeo”. Ahora no solo se trata de la imposición de entregar información sobre la salud sino también de someterse al poder “curativo” del Estado. No somos individuos, somos una sociedad amenazada, un rebaño sin inmunidad ante las decisiones benignas y justas de los mandatarios. El solo cuestionamiento a esas cargas resulta ser un atentado al “valor supremo de la vida”. Dudar y preguntar también es contagioso y puede tener consecuencias terribles. También se invierte la carga de las responsabilidades, los gobiernos se juzgan por sus buenas intenciones y quienes cuestionan deben asumir las posibles tragedias causadas por la desconfianza y el virus.
En El Salvador el presidente Nayib Bukele impone castigos por fuera del código penal. Treinta días de arresto en compañía de delincuentes de todo tipo en un “campamento carcelario” por violar la cuarentena. En Colombia se esposa y exhibe como si fueran delincuentes a quienes no cumplen el confinamiento. Las sanciones del Código de Policía ahora incluyen el escarnio público. Y los abusos policiales son azuzados y aplaudidos por muchos ciudadanos que quieren el castigo para tranquilizar el miedo y la ansiedad. La alcaldesa de Bogotá sufrió en su propio pico y cédula la extensión de esos nuevos derechos. La fiscalía decidió abrirle una causa penal por mercar a destiempo. La Fiscalía, según parece, elige quiénes merecen una multa y quiénes un proceso. La Corte Suprema tuvo que corregir el abuso.
La vida siempre está en vilo, y los riesgos se multiplican y la tiranía salubrista hace una buena yunta con los poderes de la burocracia y la vigilancia. Lo advertía Luis Tejada en su canto a la mugre: “Empezarán a disminuir progresivamente las libertades individuales más amables y justas, como la de fumar, la de escupir, la de besar a nuestra mujer sin enjuagarnos antes la boca con dioxogen”.





miércoles, 10 de junio de 2020

El Sinaí



El barrio creció peleando contra el río hace cerca de cuarenta años, robando un poco de orilla con escombros, juntando historias de violencia y desplazamiento desde el oriente de Antioquia, desde Chocó y Córdoba. Un barrio plano entre las laderas, un asentamiento de alto riesgo con algunas cualidades envidiables. Un pueblito de callejones como lo describen los vecinos en la comuna 2 de Medellín. Un barrio con gallera y con unos indicadores de pobreza altos en una comuna con carencias por encima del promedio en la ciudad. Un barrio cercado por un río, dos quebradas y una calle principal. Ni siquiera un barrio, según los mapas oficiales, apenas un sector dentro de un barrio: El Sinaí.
Hace cerca de dos semanas la alcaldía de Medellín detectó un brote de coronavirus en El Sinaí. Se habla de 42 casos activos y 140 pruebas en espera de resultados. El pasado domingo 31 de mayo comenzó a rondar el rumor de que “los iban a encerrar”, más tarde, ya en la noche, rondaba era el helicóptero de la policía. En unas horas las siete cuadras del Sinaí sobre la carrera 52 estaban cercadas por unas vallas blancas y un cordón de policías y soldados con fusiles. Dos carpas, a manera de puertas de ingreso al “pueblito”, eran regentadas por funcionarios de civil con trajes anti fluidos y órdenes perentorias. Unos jóvenes acostumbrados a la música en la calle y el saludo de todos, comenzaron a soltar sus quejas por la “estigmatización”, por la “encarcelamiento”, por la medida inesperada y para ellos arbitraria: “Nos están tratando como delincuentes en nuestras propias casas”. Un parlante, un micrófono y cuatro veinteañeros fueron suficientes para que se triplicara la fuerza pública y llegara el ESMAD. Soldados, carabineros, policías de a pie y antidisturbios contra el Coronavirus y contra 3.000 habitantes de un barrio “desobediente”.
Al comienzo la idea era contener el virus creando un gueto dentro de la ciudad. Los habitantes de El Sinaí no podrían salir en 15 días y como parte de pago por el encierro les dejaron algunos mercados con lentejas, garbanzos, arroz, aceite y papa. El pico y cédula no aplicaba y solo los exceptuados e inscritos en la plataforma Medellín Me Cuida tendrían la puerta abierta. Vendedores ambulantes de la orilla del río se estrellan contra el Valle del Software. El control solo se ejerce en la periferia, ahí se dan las fumigaciones y la vigilancia: “La valla vale más que la vida”, dijo un señor del barrio en el desparche de la tarde. Los chiveros están encerrados, las verdulerías cerco adentro con sus productos podridos, las basuras en las esquinas de los callejones y los posibles clientes de la venta ambulante ahora los miran con todo el recelo. “Covidosos”, les gritan desde la frontera. Las protestas lograron que se autorizara la salida con pico y cédula. La prensa no puede entrar: “Los estamos protegiendo”, dice el tono maternal de la funcionaria encargada de las puertas.
Las medidas parecen más un ejercicio de castigo contra una comunidad vulnerable, contra un barrio señalado y geográficamente fácil de cercar. Un barrio donde la gente vive afuera, donde las casas son para dormir y las calles son el espacio natural para el juego, la conversación, la fiesta y el comercio. La calle es el único patio. Y también parece un ejercicio aleccionador, para entregar una advertencia a barrios vecinos y mostrar una actitud enérgica.
La administración recién llegada, que al enrejar se dio cuenta que no había 400 sino 600 familias, cree que la desconfianza de la gente tiene que ver con las críticas a algunas de sus medidas. Creen que el mundo comenzó el 1 de enero de 2020, llevan la ignorancia y el engreimiento de los “descubridores”.