viernes, 4 de marzo de 2022

Estallidos en Ucrania

 






La Unión Soviética comenzó a tambalear en el norte de Ucrania, muy cerca de la frontera con Bielorrusia. En abril de 1986, el estallido de uno de los cuatro reactores en la central nuclear de Chernóbil hizo que el mundo soviético, su heroicidad y sus valores, se contaminaran con la radiación y la incredulidad: “…en la memoria quedarán juntos, el desmoronamiento del socialismo y la catástrofe de Chernóbil. Han coincidido. Chernóbil ha acelerado la descomposición de la Unión Soviética. Ha hecho volar por los aires el imperio”. Las palabras son de Guenadi Grushevói, científico y diputado del parlamento de Bielorrusia al momento del accidente nuclear. Y la cita hace parte del libro Voces de Chernóbil, escrito por la premio nobel bielorrusa Svetlana Alexievich. Allí están los monólogos y los coros de los hombres y mujeres que vivieron esa pesadilla al despertar.

La guerra era el referente para una sociedad acostumbrada a las grandes gestas y las increíbles amenazas. Los militares fueron con sus fusiles a combatir los átomos de Uranio, las malditas fugas de Torio. “Los soldados de fuego”, los llamaban los periódicos y la radio. Muchos de ellos murieron hinchados con las medallas de honor recién puestas: “Quería hacer algo heroico, poner a prueba mi carácter. ¿Puede que fuera una reacción infantil? Pero gente como yo resultábamos ser a mayoría, y en nuestra unidad servían chicos de toda la Unión Soviética: rusos, ucranianos, kazajos, armenios… Nos sentíamos alarmados y, por alguna razón, alegres”. Había una pasión por el riesgo, un deseo de repetir las hazañas de los padres que habían estado en la guerra. Los pilotos de combate dormían en el bosque junto al reactor estallado. Y los veteranos de Afganistán añoraban otra forma de morir: “Una bala en la frente. He estado en el ‘Afgan’, allí la cosa era más fácil. Una bala y…” Habla el coro de los soldados.

Se culpaba a los enemigos: las trampas de la CIA, la maldad de occidente que había destruido la inteligencia rusa. Hasta los robots hechos para patrullar en Marte se enloquecían en los campos de radiación. Pero los uniformes habían perdido sentido y los soldados desorientados disparaban contra los animales en los pueblos desolados. Era imposible ser un héroe cuando un hijo moría contaminado por una gorra que su padre había traído de esa batalla contra lo invisible: “…esta cultura de la guerra se desmoronó literalmente ante mis ojos. Ingresamos en un mundo opaco en el que el mal no de explicación alguna, no se pone al descubierto e ignora la ley”. Ahora habla de propia Svetlana Alexievich.

Entonces era imposible creer en el carnet del partido, en las consignas, en las palabras de los grandes líderes. Antes, no solo los soldados creían. La ciencia también estaba por debajo de las grandes palabras. Gorbachov salía en la televisión y decía que se habían tomado medidas urgentes y la situación se estaba normalizando: “Yo le creía. Yo, un ingeniero con veinte años de experiencia, buen conocedor de las leyes de la física… Nos hemos acostumbrado a creer. Yo soy de la generación de las posguerra y estoy educado en esta creencia”. Habla Marat Filípovich, exingeniero jefe del instituto de energía nuclear en Bielorrusia.

Putin le habla hoy a una generación muy distinta. A los hijos de la desconfianza frente a los sueños militares, a millones de renegados ante la gloria de los tanques de combate: “Ahora también a mí me parece que son otros quienes gobiernan el mundo, que nosotros, con todas nuestras armas, y con nuestras naves cósmicas, somos como niños.”. La sentencia es de Valentín Alexéyevich, otro científico nuclear. Y tal vez sea una frase dirigida a un exoficial de la KGB.

 

 

jueves, 24 de febrero de 2022

Guerra en frío

 




Un libro puede ser un buen antídoto contra las incertidumbres y los cables noticiosos que reseñan las guerras inminentes. Esta semana los voceros de gobiernos con poder suficiente para llamar a Putin dijeron que la invasión a Ucrania había comenzado. Y el ministerio de defensa ruso dio parte de cinco soldados ucranianos (saboteadores, los llamaron) muertos en territorio de su vecino. Y en efecto Putin metió a su gente en las “repúblicas” separatistas de Ucrania. Mover 170.000 soldados solo para meter miedo era mucho gastar gasolina. Pero, ¿de verdad puede haber una guerra que involucre a las grandes potencias de occidente contra Rusia? Cuando la pandemia comienza a ceder es un buen momento para pensar en un apocalipsis sin tapabocas.

En 1994 el historiador británico, nacido en Alejandría, Eric Hobsbawm publicó su Historia del siglo XX, un libro que se ha convertido, para los legos, en un catálogo de esos 100 años que se apilan en 600 páginas. Para intentar una mirada a lo que pasa en la frontera entre Ucrania y Rusia me dio por visitar algunos capítulos relacionados con la guerra fría y la caída de la Unión Soviética ¿Es posible llevar los temores, las precauciones y las amenazas de la guerra que no fue a la guerra que podría ser? Seguro que sería al menos arriesgado y las salvedades aparecen por todas partes.

Pero del repaso también se puede sacar alguna relativa tranquilidad. Para Hobsbawm la amenaza de una guerra atómica no fue una posibilidad ni en los momentos de mayor tensión y paranoia. El botón atómico fue más un “recurso para necesidades negociadoras”, para levantar el teléfono rojo instalado en 1963, o para mejorar la posición política al interior de los países involucrados, una bandera electoral en el caso de los Estados Unidos. Las dos potencias confiaban en su rival, parecían tener la certeza de que el enemigo tampoco quería la guerra: “Esa confianza demostró estar justificada, pero al precio de desquiciar los nervios de varias generaciones”.

Incluso durante la crisis de los misiles en Cuba la película demostró ser más utilería que artillería. La URSS montó sus alardes en el caribe para responder a las salvas de los gringos en Turquía. No solo había llegado la revolución, también la candela estaba aquí no más. Al final, los misiles se retiraron de lado y lado. Luego supimos que Kennedy tenía informes claros de que esos disparos no amenazaban el “equilibrio estratégico”, mientras los proyectiles americanos en Turquía fueron declarados obsoletos.

Desde después de la Segunda Guerra mundial la Unión Soviética utilizó la intransigencia como su gran arma, incluso antes de lograr el equilibrio nuclear. Occidente copió la estrategia y todo derivó en décadas de paz y negativas. La única intervención de los soviéticos por fuera de los territorios donde estaba el ejército rojo después de la Segunda Guerra Mundial fue Afganistán en 1988. La intervención de Estados Unidos en Corea y Vietnam también dejó la Guerra Fría en tablas. Tal vez la larga mesa en la que Putin sentó a Macron haga parte de la obstinación como arma secreta.

Ucrania fue el primer país en salir de la órbita soviética cuando incluso el equipo olímpico de la Comunidad de Estados Independientes tenía todavía el uniforme puesto. Para Rusia no será fácil entrar a un país que hoy honra a los líderes de la guerrilla independentista que en los años cuarenta llegó a tener 200.000 hombres. Hobsbawm cita a Thomas Hobbes para dejar todo empatado: “La guerra no consiste solo en batallas, o en la acción de luchar, sino que es un lapso de tiempo durante el cual la voluntad de entrar en combate es suficientemente conocida”. Confío que estemos en ese tiempo.

 

 

miércoles, 16 de febrero de 2022

Gabinetes médicos

 







Luego de dos años la pandemia es cada vez más un hecho social y político. El sentido, la proporción y la utilidad de las restricciones y medidas para contenerla marcan hoy la discusión más activa y relevante para la mayoría de los ciudadanos. Los tiempos del aplauso al personal médico desde las ventanas son parte de un archivo para los días de las primeras incertidumbres y la sensibilidad. Sensiblería, dirán los más cínicos. Días tan remotos como aquellos en que los descubrimientos contra el virus eran tan básicos como acostar a los pacientes boca abajo.

La ciencia y la medicina están cada vez más alejadas de la discusión pública respecto a las necesidades actuales frente al virus. Hoy las elecciones, las protestas, la necesidad de tapar un escándalo, los alardes de firmeza valen más que las evidencias científicas. El gobierno de Scott Morrison expulsó del país al tenista número uno del mundo para sostener una postura política en víspera de elecciones y no para proteger a su población. Boris Johnson ha dado los pasos más audaces en el desmonte de las restricciones para apagar la luz de sus cuatro fiestas en 2020 cuando el país estaba en cierre total.

Trudeau quiere mostrarse firme frente a la protesta de los camioneros -contra los pasaportes de vacunas- que han cerrado el puente Ambassador que comunica con Estados Unidos y por donde cruzan mercancías con un valor de trece millones de dólares cada hora. El primer ministro está a punto de usar una ley de emergencia que se aprobó en 1988 y nunca se ha usado. Existía una ley similar que solo se usó en la primera y segunda guerra mundial y en la crisis separatista de Quebec en 1970. Trudeau ya no habla de virus sino de una crisis política que lo tienen en la encrucijada entre opinión pública que pide firmeza y partidarios que ven con desconfianza semejante precedente constitucional.

Jacinda Arden, la primera ministra de Nueva Zelanda, también está en una lucha por mantener formas y medidas impuestas durante dos años. Renunciar a su manera de tratar el virus sería desechar unos ideales que la tuvieron como ungida en el ranking contra la pandemia. Llegaron las protestas a sus restricciones y ya no hay margen para ir atrás. Ardern canceló su boda a finales de enero y ordenó nuevos confinamientos. Los suyo es ya una especie de magia en el que encerrarse en una caja negra es un acto sublime. Pero la gente se ha aburrido del espectáculo y las encuestas y las calles lo muestran. La ciencia política y las encuestas han reemplazado a la ciencia a secas y los estudios de las revistas indexadas.

Las vacunas, la mayoría de la población que ha tenido contacto con el virus, el cansancio social a las restricciones, la llave del miedo que siempre va venciendo tienen la pandemia en otro momento. Los gobiernos han comenzado a hacer cálculos muy lejos de los modelos epidemiológicos, que entre otras demostraron ser incluso menos fiables que las encuestas electorales. No queda más que la fachada científica y la costumbre de millones de ciudadanos frente a las restricciones. Porque hay millones de personas que creen que las leyes que imponen controles y limitan libertades son virtuosas per se, como si fueran un amuleto de obediencia. Y los gobiernos siempre quieren templar un poco la cuerda, tener nuevos controles, darle nuevas y más creíbles justificaciones a sus barreras y condiciones. El gobierno de los sabios y los prudentes es una ilusión del pasado, quedará como una herencia más de la pandemia, cuando el gabinete se disfrazó de junta médica y el presidente daba un diagnóstico todos los días por televisión. Es hora de olvidar la pseudociencia de los decretos y poner a los pacientes de los palacios bocabajo.








 

 

miércoles, 2 de febrero de 2022

Rodar en casa

 




Solo el dolor puede trazar el mapa de la ruta que siguen los ciclistas. Según sus reglas, para conocer una carretera es necesario medirla con los piñones, adivinar el ahogo que trae una curva que se empina más de la cuenta, esperar el viento en contra que promete una recta eterna. Los primeros circuitos de entrenamiento, recorridos con las bicicletas de materiales menos nobles, son la patria chica de los corredores. Allí está el recuerdo de sus esfuerzos iniciales y sus glorias menores, y están los paisajes que los criaron y los estragos de alguna curva memorable. Y están, por qué no, los paraderos para complacer la memoria del paladar que dicen es la más profunda. Hace unos años me encontré a Rigoberto Urán en un restaurante de carretera, terminando su jornada de entrenamiento cerca al alto de Santa Elena, con una taza de mazamorra a manera de trofeo.

A diferencia de los futbolistas, que solo pueden recordar sus potreros de iniciación en las entrevistas o en los partidos de fin de año contra “viejas glorias”, los ciclistas pueden seguir entrenando en el territorio de esas épicas personales. Y muchos de ellos logran competir como campeones de camisas variadas en sus campos de infancia. Es de alguna manera un privilegio que tienen muy pocos deportistas: recorrer los territorios de los primeros sueños como atletas consagrados, no visitarlos para la foto sino como un camino necesario para revalidar títulos. Entrenar y competir como profesionales en las “canchas” de barriada.

Cuando recién terminó el Tour de Francia vestido de amarillo le preguntaron a Egan Bernal por los pensamientos durante las etapas de montaña donde pedaleaba con esa tranquilidad: “Pensaba como si estuviera entrenando acá en Zipaquirá. Las etapas tipo Galibier, Iseran, eran subidas muy largas, a mucha altura, entonces prácticamente era como si estuviera entrenando en Zipaquirá, subiendo de Pacho, que es una subida de una hora, que es más o menos lo mismo. Entonces, eso fue lo que más o menos se me vino a la mente cuando estaba haciendo esas etapas”. En su libro Egan, el campeón predestinado, Mauricio Silva habla de esas primeras salidas de Egan en compañía de su papá y de Norberto Triana, el esposo de su tía. Iban a Tocancipá, al Neusa, a Cogua, a Pacho y Egan no se descolgaba: “Desde pequeño, Egan demostró ser un berraco para subir. Es increíble que aun con la bicicleta que él tenía, que era de cross, se nos pegara sin problema, y eso que nosotros teníamos bicicletas semiprofesionales”, recuerda Norberto.

Tal vez por eso mismo, por el encanto de las primeras rutas, el ‘Zipa’ Forero, primer campeón de la Vuelta a Colombia, nacido en Zipaquirá como Egan, soñaba en sus tiempos de empleado en una fábrica de gaseosas con una carrera al estilo Tour de Francia por las carreteras de barro y piedras que le eran entrañables: “Cuando empecé a correr en bicicleta en 1949, intentaba leer todo lo que podía. Obviamente, leí sobre el Tour de Francia y la mitología en torno a los Alpes y los Pirineos. ‘con una geografía como la nuestra una Vuelta a Colombia sería algo extraordinario’”. Los recuerdos del ‘Zipa’ los recoge Matt Rendell en su libro Reyes de las montañas.

Nuestro ciclismo ha sido grande por los esfuerzos y los paisajes, por la cultura y por la altura como ha dicho el mismo Rendell refiriéndose a la herencia del pedal y al oxígeno que escasea en nuestros altos y sobra en la sangre de los que han hecho aquí su vida de hazañas, bien sea como mensajeros, vendedores de chance, acarreadores de leche o jardineros. Aquí seguirán respirando y pedaleando.

 



miércoles, 26 de enero de 2022

Un hombre estorbo

 

Hace un poco más de cien años Medellín era apenas un lote bien ubicado con pretensiones de futuro y algo más de cincuenta mil habitantes. Lo que llamaban ciudad intentaba organizarse siguiendo los trazos de un plano dictado por la “nueva ciencia” del urbanismo. Los estudiantes de la Escuela de Minas fueron los primeros encargados de rayar ese pueblo presumido de finales del siglo XIX. En la segunda década del siglo XX se aprobó por el Concejo de la ciudad el Plano del Medellín Futuro. Los privados reunidos en la Sociedad de Mejoras Públicas tenían el lápiz y la regla para ordenar la ciudad. Un concurso, con premio de 250 pesos pagados por Ricardo Olano, uno de los hombres más ricos e influyentes de la villa, dejó en manos del Concejo la idea que entregó el concurso. Las críticas a ese modelo de alianza entre lo público y lo privado aparecían en la prensa y los comentarios de salón: “Urbanismo es una calle que va a propiedades de D. Ricardo Olano”. 


Medellín se levantaba con el impulso nunca “desinteresado” de unos hombres que pensaban en las mejoras públicas y en las privadas. El municipio era apenas un alumno, un socio menor, un ahijado con decretos en el bolsillo, frente a las ideas, la plata y los intereses de los ilustres de la villa. La plaza de mercado de Guayaquil, el matadero municipal, la primera planta hidroeléctrica, la compañía de teléfonos… Casi todo de lo que chispeaba para intentar el nombre de ciudad tuvo un inicio de capital y conocimiento privados. Los ricos ponían una plata para los faroles, compraban árboles para el Bosque de la Independencia, entregaban algo para la cuelga del río y para la Avenida lo que hoy llamamos autopista. No era un asunto de beneficencia sino de beneficios comunes, no era cosa de altruismo sino de inversión para sus negocios de finca raíz y la industrialización en camino. 

Esos planos de futuro se toparon en el terreno con haciendas y capitales de muchas de las familias de los mandamases. La ciudad acuñó entonces un calificativo para quienes ni hacían ni dejaban hacer: “hombres-estorbo”. El mismo Olano los describía: “Hombre-estorbo es el que se opone a toda mejora de la ciudad; el que cobra por una faja para una carretera más de lo que vale la propiedad que atraviesa; el que es enemigo personal de la ciudad porque está regida por autoridades que no son de su propio partido político…” 

Así se armó la ciudad, con choques y alianzas, con fracasos y aciertos comunes entre intereses públicos y privados. La Medellín que vemos hoy, las principales, vías, parques, barrios fue pensada y ejecutada por el Concejo de la Ciudad, la Sociedad de Mejoras Públicas y la Escuela de Minas. Instituciones públicas y privadas marcaron el destino común que hoy habitamos.

Y no todo puede ser tan equivocado si desde 1963 se ha dicho, por parte de organismos internacionales, que las Empresas Públicas de Medellín son un proyecto piloto para replicar en América Latina. Esos intereses en servicios a la ciudadanía compartidos en un comienzo con capitales privados se fueron consolidando como un bien público que desde hace al menos una década le entrega cerca de un billón de pesos al municipio. La ciudad ha crecido al amparo de algunos de esos éxitos compartidos. En los últimos cincuenta años EPM se convirtió en la segunda empresa pública del país. Los mismos cincuenta años que según el alcalde Quintero solo han sido robo. 

Ha aparecido un nuevo hombre estorbo, una ficha política que solo busca el escarnio y la mentira para todo lo que se hizo antes de su llegada a un puesto prestado. Y que cobra más de la cuenta por las “fajas” que reparte, ahora no en tierra sino burocracia y contratos.


miércoles, 19 de enero de 2022

Tierra de mantas

 



El hombre parecía alimentado por los troncos que echaba uno a uno en la fogata. Más fuego y más historias, ese calor le daba impulso para seguir contando su vida y obra. Estábamos en Paipa y la ruana, la oscuridad y el tapabocas solo dejaban ver una sombra embozada. Por los mugidos lejanos llegamos al tema de las vacas. Veinte años dedicado al ordeño y un reciente divorcio con su último hato. “Durante muchos días pasé más tiempo con las vacas que con cualquier persona”. Hablaba de ellas con algo de fastidio, en últimas lo habían llevado al banquillo durante buena parte de su vida. Dos turnos diarios en los que podía atender hasta cincuenta vacas: “Uno termina conociéndolas a todas, yo les ponía nombres por letras: Margarita, Margot, Marta, Marina… Agrupar nombres y mañas porque hay vacas de vacas”. Su relación terminó con una patada que le colocó una arisca en el pecho, con saldo de dos costillas quebradas y un pisotón mayor. Quedó K.O. durante unos minutos mientras su esposa juraba que el golpe había sido fulminante.

Pero las vacas fueron una hazaña menor. Antes estuvo el ciclismo, sus historias de juventud en el podio de algunas clásicas y su retiro de las rutas por la necesidad de “coger oficio”. Ordeño y pedaleo contado por un hombre de ruana con el Pantano de Vargas a la espalda. Por momentos sentía que me estaba construyendo una historia de folleto. Hacía poco menos de un año el turismo había cambiado sus trasnochos. Terminó en la construcción, ayudando a levantar cabañas en un hostal y ahora estaba de celador, cogiendo noche y frío. Una hora de candela para resumir una vida de cuarenta y nueve años.

Eran tres jinetes venidos de otra orilla. Unos niños de 11 o 12 años con las mañas y la pose de los negociadores curtidos. Dos de ellos exhibían una pequeña candonga en la oreja, se notaba que era un orgullo reciente, una condecoración que seguro había costado pataletas paternas. John Jairo, Maicol y Mauricio: Nombres con los que desde que nacen parece que trabajaran. Ofrecían sus caballos para bajar a Playa Blanca en la laguna de Tota. Nos propusieron una cabalgata más larga hasta unas cuevas cercanas. Era como estar viendo a Tom Sawyer por triplicado. Los caballos para sus clientes y ellos iban y venían detrás, siguiendo la lógica del perro que los acompañaba. Unas veces corrían adelante, otras se retrasaban comprando una gaseosa, el perro le ladraba a sus oponentes y ellos lo respaldaban tirándole piedras. Luego nos dieron cátedra sobre los cuatro cortes de la cebolla y más tarde una creíble teoría sobre el origen geológico de las rocas que alojaban las cuevas. Y ordenaron a turistas y caballos para las fotos que tomaron con maestría y hasta soltaron un chiste que los hizo achantar: “Esta la llaman la cueva del amor, donde entran dos y salen tres”. Cuando les pregunté por el estudio me miraron decepcionados y respondieron con un merecido silencio burlón. Una infancia con aire leve a tres mil metros.

Para el final quedó la pareja de agrónomos que cansados de la experiencia bogotana volvieron a su departamento. Fueron claves para ponerle un poco de contexto a ese paisaje de la Tota que por momentos parece patagónico y que deleita con las begonias más rojas que he visto. Y con la cerveza servida desde las 10 A.M. Las riquezas de los grandes cebolleros de Aquitania que manejan casi un monopolio nacional: “Cuando uno pone el precio tiene que ganar”. Sus excesos con los fertilizantes que terminan llegando a la laguna, los rellenos en las orillas que le roban año a año al agua helada y límpida. No digamos el lado turbio, solo el hostigoso olor de la cebolla.

Fueron las historias al azar de tres generaciones. Todas elocuentes como suelen ser las historias que se encuentran siguiendo el rumbo de una carretera.


 


miércoles, 12 de enero de 2022

Match Point



“Fortaleza Australia” fue el nombre elegido por el primer ministro Scott Morrison para la estrategia contra el virus. Levantar los muros, tapiar las puertas, cercar al enemigo fueron las consignas desde el comienzo. Son necesarios los sacrificios, clamaban los políticos. Apretar los dientes y llamar a la batalla. Algo de patriotismo contra la pandemia. Pero esa guerra sanitaria puede implicar una pelea desproporcionada contra la gente: los contagiados, los sospechosos, los desobedientes, los vulnerables a la enfermedad. Australia y sus fantasías Cero Covid han mostrado como el virus puede disfrazar los abusos de esfuerzos invaluables y los delirios profilácticos de proezas para salvar la vida.

Al comienzo todo parecía justificado. Australia era un ejemplo de disciplina frente al Covid. La enfermedad podía erradicarse por medio de controles estrictos. “Solo es necesario acatar las normas para que todo esté bien”, parecía la consigna gubernamental. Las medidas de Morrison llegaron a tener el 85% de aprobación luego de un año de la aparición del virus. Gobierno y ciudadanos celebraban su virtuosismo. Pero desde los días de los primeros contagios se dijo que esta sería una carrera de resistencia, una prueba para la que había que ahorrar energía y paciencia.

Y Australia fatigó a sus ciudadanos con medidas que hoy se revelan excesivas y muchas veces inútiles. Su épica del Cero Covid tiene en la actualidad tiene sus visos de ridícula y abusiva. Melbourne, por ejemplo, encerró a sus ciudadanos durante 262 días, en seis periodos intermitentes de cuarentenas estrictas desde marzo de 2020. Muchas veces las aperturas se reducían a un radio de 5 kilómetros alrededor de la casa y solo para comprar alimentos, hacer ejercicio o ejercer cuidados a familiares o amigos. Su récord mundial de encierros no parece, en perspectiva, un motivo de orgullo.

Y aún tienen campos de confinamiento obligatorio. Al comienzo fueron solo para los extranjeros sospechosos de contagio. Pero un reciente documento oficial deja claras las condiciones para todos: “Cualquiera que haya tenido contacto cercano con un caso confirmado de COVID-19 puede ser enviado a cuarentena en su hogar, en una dirección alternativa o en un alojamiento arreglado por el gobierno.”

Sídney, por su parte, ha sacado al ejército a las calles para hacer cumplir las restricciones. El estado de Victoria autorizó en un momento la detención de cualquier ciudadano con una prueba positiva de Covid cuando fuera probable que se negara a cumplir con las órdenes sanitarias. Unos meses después retiraron la medida, los excesos ya habían sido reseñados por Human Rights Watch y la Defensoría pública australiana. Es lógico que en octubre del año pasado la aprobación de las políticas gubernamentales frente al virus ya estuviera en el 48%.

Pero las cosas han ido más lejos. Una mujer embarazada fue detenida hace unos meses por “incitar” a una protesta contra los encierros obligatorios. Y no hace mucho Katie Hopkins, columnista y presentadora británica, fue deportada por burlarse del confinamiento de 14 días al que fue sometida luego de recibir un visado especial. La ministra del interior calificó la conducta de la “invitada” como inaceptable. Hopkins estaba lista para participar en una versión de Gran Hermano. Un buen chiste involuntario.

Además, cerraron el país durante más de 600 días impidiendo el regreso de sus propios ciudadanos. Muchos de ellos pasaron casi dos años lejos de sus familias por el simple hecho de haber salido en el momento equivocado. La más reciente perla fue la promesa de 5 años de cárcel para quienes llegaran desde la India vía conexión para eludir el veto gubernamental. “No tomamos esas medidas a la ligera”, dijo el ministro de salud.

Hace unos días el mismo Scott Morrison dijo que era necesario surfear la ola. Reconoció que la estrategia Cero Covid es imposible y que por momentos, esa ilusión, hizo que la vacunación no fuera vista como una urgencia. Pero la política exige seguir entregando lecciones y han encontrado una disculpa perfecta para el escarmiento y la severidad. Tienen al número uno en la red y no desperdiciarán ese match point.