Cinco mariachis, sus pistolas de
utilería convertidas en fierros, sueltan sesenta disparos en menos de veinte
segundos. Javier Solis mira impávido desde su estatua de bronce mientras se
cubre el abdomen con su sombrero. Seis muertos en la Plaza Garibaldi el día
antes de la independencia de México. Cinco sicarios disfrazados de mariachis
andando en tres motos, cascos negros a cambio del sombrero imposible. Y la
frase sencilla de una señora que mira tras las cintas que tendieron los
policías: “Mira ahí está, sangre, sangre, sangre…” Ciudad de México comienza a
ver escenas que parecían hechas para algunos pueblos polvorientos: “esto no es
Sinaloa”, se ha repetido muchas veces. Pero no hacen falta carteles, no son
necesarios los patrones de los túneles y los afanes con las actrices, algunos
barrios pueden entregar cortes menos suntuosas, alardes menos brillantes y
ruidosos, pero los mismos delirios y la misma sevicia. Hace tres meses hubo un
aviso: dos cadáveres a medio picar fueron dejados en la avenida Insurgentes
¿Bandas o carteles?
Cuando leí esa noticia de rancheras
duras en la capital tenía una novela del escritor mexicano Yuri Herrera a mitad
de camino. Trabajos del reino tiene
como personaje principal a un cantor de corridos que ha vivido entre cartones
toda su vida, una vida al sol, una vida de temores y reverencias en las
cantinas: “Rondar entre las mesas, ofrecer canciones, extender la mano,
llenarse los bolsillos de monedas”. Al
Lobo su papá le puso un acordeón en sus manos y le dijo: “Y abrácelo bien, que
este es su pan”. Un día un patrón lo defiende de un borracho en una cantina, le
exige que le pague su merecido y le da su merecido al briago. Lobo logra
colarse en la corte del Rey traqueto, entra en su círculo y ahora es el artista
y compone para todos en ese mundo que parece protegido. Solo una pequeña
advertencia al entrar: “Aquí el que la riega se chinga”. Lobo envidia la gala
de los músicos en el nuevo escenario, “sus camisas estampadas de espuelas
negras y blancas y con flequillos de cuero”. Por los pasillos de Trabajos del reino desfilan el
periodista, el joyero, el cura, cientos de niñas, los generales, el heredero,
los traidores.
Ahora parece que las cortes de los
jefes en Ciudad de México son más sencillas. Roberto Moyado Esparza, alias El
Betito, fue capturado hace poco en la simple compañía de su hermano. Tenía diez
mil dólares encima, unas 140 dosis de “Crystal” y una pistola. Es el jefe de la
Unión Tepito, que ahora dicen es simplemente La Unión, y se enfrenta a la gente
de El Tortas, líder de la banda Anti Unión, al parecer a quien iban dirigidos
los sesenta disparos del 15 de septiembre. Todo parece muy sencillo, bandas
contra bandas, ajustes de cuentas, capos sin aura reemplazados por otros menos
curtidos con la ley.
Esas pequeñas cortes se multiplican
por la Ciudad de México y muchas ciudades de América Latina. Los barrios pobres
entregan vasallos suficientes, Tepito, Tláhuc, son los nombres que se mencionan
hoy en la capital mexicana. Los mariachis, sean el artista en la novela de Yuri
Herrera o los sicarios de la Plaza Garibaldi, tardan un poco en entender lo que
entendió Lobo: “…Que ellos son unos hijos de la chingada, y que tú eres un
payaso”. Antes se sentían familia y cuando se rompe el pequeño pacto el plomo
viene de donde sea.
Para todos queda una estrofa final
dedicada al Rey: “Unos te quieren huir / otros te echan montón / será porque a
todos les diste / más que dinero ambición.”