martes, 14 de noviembre de 2017

Peligros de la disciplina





Las recientes recomendaciones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) son una alerta razonable más allá de los efectos particulares respecto a Gustavo Petro. La Procuraduría colombiana, con la oruga de hierro en su plazoleta, se ha ido convirtiendo en una pulcra amenaza, un peligroso órgano de descontrol. La CIDH pide con razón que funcionarios elegidos popularmente no puedan ser destituidos e inhabilitados por instancias administrativas. Instancias que además tienen un alto grado de contaminación política y electoral. Hace unos años, el exalcalde de Bogotá Paul Blomberg dejaba claros los riesgos institucionales de esa extraña figura colombiana, a medias entre directiva de ONG, fiscal, juez y advertidor general de la nación: “Un alto funcionario como el procurador, cuyo nombramiento resulta de pactos oscuros en cuerpos colegiados de elección popular poco aprestigiados, tiene las facultades de instruir y la de sancionar al mismo tiempo.” Además de ese doble papel, para muchos casos no existe una segunda instancia luego de la sanción disciplinaria, y a los ejecutados no les queda más que recorrer un largo camino ante el Consejo de Estado.
El caso del exalcalde Petro deja muy claro la perversidad que pueden entrañar los poderes desmesurados y carentes de una mínima responsabilidad que ejerce el procurador en Colombia. Alejandro Ordóñez, actual candidato presidencial, pudo sacar de carrera a uno de sus competidores para las elecciones de 2018. Hoy su fallo puede verse como una simple zancadilla de un candidato a un rival indeseado. Es muy posible que la sanción impuesta hace casi cuatro años se caiga en el Consejo de Estado, pero eso no dejará ninguna consecuencia para el exprocurador: “Al menos lo intenté”, pensará con algo de desvergüenza. Los errores, las omisiones, las audacias administrativas de alcaldes y gobernadores pueden pagarse caro ante la Procuraduría, pero los abusos probados del órgano de descontrol nunca tendrán consecuencias.
La Procuraduría es cada vez más –no solo en manos de Ordóñez, el actual procurador Carrillo ha demostrado ser un actor del espectáculo anticorrupción– una especie de administración a posteriori, inteligentísima una vez se presentan los hechos, con la potestad no solo de señalar y castigar errores sino de imponer políticas públicas. Hace seis años la Procuraduría de Ordóñez suspendió al alcalde Samuel Moreno por una “presunta y posible omisión en el deber de asegurar las obras en debida forma”. Se refería a tres obras de infraestructura en particular y a los incumplimientos de los contratistas. A esas alturas Samuel Moreno no tenía quién lo defendiera y terminó por fuera del Palacio Liévano por temas muy distintos a la corrupción probada años después. Si los problemas con contratistas justifican destituciones, los alcaldes y gobernadores quedarían en las manos de empresarios privados y sería imposible que acabaran su periodo. Bastaría un contratista ineficiente y vengativo y un Procurador acucioso por protagonismo o animadversión política.
El Consejo de Estado ha tumbado en los últimos años sanciones contra Alonso Salazar, Piedad Córdoba, dos a falta de una, Sabas Pretelt y muy seguramente viene un fallo en ese mismo sentido en el caso Petro. En todos ha resaltado falta de pruebas y violación de derechos políticos. Sin  eso pasa con alcaldes en las principales ciudades, ministros y congresistas qué podrán esperar los alcaldes de pequeños municipios ante ese monstruo político con pelaje de moralidad. Es hora de pensar en una fórmula para llevar a la Procuraduría y a la corrupción a sus justas proporciones.



martes, 7 de noviembre de 2017

Retratos hablados







No existe lo que se llama la versión definitiva, decía Octavio Paz hablando de los poemas que se escriben, los que se piensan y los que se atoran. Algo parecido podría decirse de la historia en mayúscula, de la pequeña historia a borbotones que sueltan los periódicos, de las biografías de los hombres y mujeres reseñados bien sea por sus virtudes o sus horrores. Esa sencilla línea de la historia que muestran las cronologías en realidad da rodeos, retrocede, da saltos de olvido o se atranca con un martilleo sobre un mismo escollo de humanos e ideas. Y así cambian las perspectivas, los juicios y las certezas. La política es una gran herramienta en eso de reteñir, borrar o corregir hechos y personajes importantes. Marca los énfasis según conveniencias, mayorías, discursos y temores futuros. Trabaja todo el día en lo que podría llamarse estrategias de verdad.
Hace unos días la polémica semanal giró alrededor de la figura de alias Alfonso Cano, y de la ofensa que suponía para muchos que algunas personas decidieran hacer un homenaje a un hombre que dirigió a las Farc y, por tanto, debe cargar sobre su historia un buen número de páginas de sangre. La pregunta es si el fin de las Farc como grupo armado hará posible tener una visión distinta sobre Cano. No una que disculpe sus crímenes, no una que busque enaltecerlo por su “lucha” como hacen sus camaradas, pero sí una que permita verlo como un hombre más complejo que el condenado por los jueces penales y muerto por las balas militares. Una en la que el odio ceda espacio a la curiosidad frente a los contradictores, a las preguntas frente a los radicales.
La muerte reciente de Martin McGuinness, miembro del IRA, segundo del Sinn Féin, su brazo político, artífice del acuerdo del Viernes Santo en 1998 y vice primer ministro de Irlanda durante casi una década, deja algunas lecciones sobre la versión siempre imperfecta y cambiante de personajes que estuvieron en la guerra. McGuinness terminó siendo compañero de pesca y amigo de Ian Paisley, su principal contradictor político y quien debía encargarse del contrapeso Unionista en el gobierno compartido con los republicanos: “Jamás habíamos hablado de nada y ahora trabajamos juntos, sin palabras de reproches entre nosotros. Eso demuestra que estamos preparados para un nuevo rumbo”, dijo McGuinness recién posesionado como vice primer ministro. Tony Blair, quien firmó los acuerdos que había comenzado su antecesor, dijo en su momento que luego de considerarlo un terrorista había terminado viendo en McGuinness una “inspiración” al momento de buscar la paz: “Muestra que la política funciona”, remató con algo de alegría y resignación. Blair fue más allá y habló de las distintas visiones posibles y comprensibles: “Habrá algunos que no puedan olvidar el amargo legado de la guerra. Y en el caso de aquellos que perdieron a sus seres queridos en ella, es completamente comprensible. Pero aquellos que fuimos capaces de traer finalmente el acuerdo de paz a Irlanda del Norte, sabemos que no podríamos haberlo hecho sin su coraje y su silenciosa insistencia en que el pasado no debe definir el futuro.” También la reina Isabel, quien perdió a su primo Lord Mountbatten en un atentado, terminó apretando la mano de McGuinness y enviando una carta personal a su esposa para darle las condolencias luego de su muerte. Y se oyeron voces que condenaron su memoria. Norman Tebbit, ex ministro conservador que vio gravemente herida a su esposa luego de un atentado del IRA, lo despidió con un suspiro de alivio: “Simplemente me complace que el mundo sea un lugar más dulce y limpio ahora. Él no era solo un múltiple asesino; él era un cobarde”.
Abrir la posibilidad a nuevas versiones, ser capaces de examinar conductas con menos odio, de construir personajes y causas menos simples será un buen indicador de qué tan posible es la reconciliación. Siempre habrá espacio para rencores y retrocesos, Irlanda lo sabe, pero el grito de la política tiene que dejar oír lenguajes más serenos.