miércoles, 30 de diciembre de 2015

Despechos ciudadanos





Muchos habitantes de Bogotá han entrado en un singular estado de desencanto ciudadano. Para ellos no queda más que la frustración y el humor negro, la indiferencia y el cinismo como solución contra los incordios y las penitencias de todos los días. La caricatura, el grafiti, la autocrítica y la risa como última resignación frente a los nudos que parecen insolubles, frente a los proyectos frustrados, que duermen por décadas en planos y solo despiertan para convertirse en arrumes de escombros.
También es común notar cierto complejo capitalino. Entre nosotros los habitantes de la metrópoli no ejercen la jactancia de los encumbrados sino la humildad de los condenados. En varios encuentros recientes con representantes de los que llamamos “rolos de postín”, he encontrado una admiración desmesurada por Medellín, sus aniversarios e inauguraciones. Ahora incluso prefieren a Medellín que a Melgar. Algunos bogotanos han pasado del recelo a la franca admiración por la capital de Antioquia. En los casos más extremos recuerdan algún antepasado paisa y tramitan la tarjeta cívica del metro como consuelo.  
Desde lejos las ciudades se identifican y se juzgan según algunos pocos símbolos eficaces. Medellín, por ejemplo, se jacta de ser la cuna de un pintor con éxito internacional. Y se dice innovadora a pesar de lo conservadora: lo importante es vender el chip, no cambiarlo. Hace veinte años, durante cerca de una década, Bogotá fue el paradigma de las ciudades colombianas: la cultura ciudadana, el énfasis en la educación, el orden fiscal, las grandes bibliotecas, los parques públicos, Transmilenio y las figuras de Mockus y Peñalosa hicieron que las otras ciudades fueran una especie de rebaño tras la huella de la capital. Pero Bogotá ha sufrido la cercanía entre el Palacio Liévano y la Casa de Nariño, ha pagado por ser el ajedrez de prueba de la política nacional y en una década pasó de poner los ejemplos a mostrar los extravíos. Los logros son frágiles y las ciudades pueden dar grandes vuelcos en apenas diez años, como si fueran simples ciudadanos. En eso es necesario reconocerle a Petro su idea de la “Bogotá humana”, demasiado humana.
El peligro para Medellín es entrar en la petulancia provinciana, creer que cuatro kilómetros de tranvía entregados con apenas seis meses de retraso demuestran su éxito administrativo y social, y olvidar que, por ejemplo, los índices de pobreza y la tasa de homicidios de Bogotá siguen siendo una meta todavía lejana. Incluso el rendimiento de los colegios públicos capitalinos es superior a los de Medellín. Las ciudades no pueden ser medidas únicamente bajo la máxima “por sus obras las conoceréis”. Hay logros que no deslumbran pero pesan.
Medellín tiene grandes fortalezas institucionales (EPM, Empresas Varias, un sector privado con influencia regional y nacional, un creciente interés de jóvenes educados en los asuntos públicos, un orgullo regional que hace más fáciles algunas tareas de educación ciudadana; es además la sede de algunas empresas públicas con gran capital humano como ISA e ISAGEN) pero debe reconocer también sus grandes problemas. Por ejemplo, el dominio delincuencial en muchas zonas hace parte de la fortaleza de otras “instituciones” y pone buena parte de “orden” que ha hecho posible la reducción de los homicidios.
Mirar las ciudades más allá de las placas oficiales y los símbolos del desarrollo es una obligación de los medios y los ciudadanos. Señalar las mejoras, subrayar los errores y advertir sobre los extravíos. No todo lo que brilla es “Tacita de plata”.







martes, 22 de diciembre de 2015

Obituario








Un dedo temible, como salido de un cuento de Poe, servía de asa a la puerta de su cuarto tras una escalera oscura. Era el reino prohibido para los visitantes del domingo en la casa de la abuela, el refugio del tío de letras y misterios, la sala de audición de las “melodías no oídas”. El balcón de su pieza daba contra la calle y servía como garito para los amigos que llegaban a deshoras, para los humos de media noche que alimentaban las hojas de los cascoevacas, el árbol de su infancia. La casa le resultó siempre un universo suficiente para la memoria, la imaginación y la épica familiar. Los portarretratos se convertían en el único ojo en las noches de desvelo, las baldosas eran espejos de otro tiempo, las ventanas servían como atalayas adecuadas para quien siempre eligió la quietud: “Apoyada la barbilla / sobre una vara de bambú / Basho ve el imperio.”
Para mí, que miraba desde afuera, la ventana de su casa fue siempre una invitación. La reja forjada formaba una especie de jeroglífico, de heráldica para un hombre que tenía aires aristocráticos en el sombrero pero gozaba la vida de barrio popular en la tienda de esquina o en la complicidad copisolera con su empleada de confianza. En su casa de Villa Hermosa, la nueva casa que describió con su estilo escueto, “Darle a la memoria / materia sin pasado”, entendí esa ardua carpintería que ocupa a los poetas. Ahora era una luminosa escalera de caracol que llevaba a un salón con vista al rastrojo del solar. Bien podría convertir ese pequeño giro sobre la escalera en un rito de iniciación para un abogado en busca de otros códigos. Jesús Gaviria, poeta profesional, trabajador ocasional y pintor a punta de letras, fue mi traductor al idioma de los versos, el hombre que me mostró el primer diccionario poemas-realidad, realidad-poemas. Ahora leía sus versos a la manera del haiku, “Si estás atento / la cabecita roja de la lagartija / asomará entre las piedras”, y entender, darle un sentido a los ruegos de Antonio Machado: “Detén el paso, belleza esquiva, detén el paso”.
También fue de algún modo un maestro en eso de acostumbrarse a la llegada de la muerte. Detrás de las lecturas en su compañía conocí a varios amigos que me llevaban algunas décadas. Supe entonces que la complicidad no es un asunto generacional y tuve el privilegio de complementar mis recorridos por la ciudad con los rastros de otras rondas. Las historias de cajón de Miguel Escobar y el humor arrevesado José Gabriel Baena, como esos aullidos guturales que sueltan los discos tocados al revés, fueron también herencias de ‘Pacho’, o ‘Chucho’, para usar los nombres verdaderos detrás del Jesús jamás usado. Eran sin duda extraños los gustos y los temores de ese descreído que podía llorar leyendo la novena. La muerte aparece en muchos de sus poemas y fue siempre una presencia en sus pesadillas y sus reflexiones. “La risa y el llanto / que fueron los días / hoy son yerba / por voluntad / de lo efímero. Para la brisa / te fatigas.” Pacho concibió sus poemas, perfectos para esta época de 140 caracteres, como una forma de iluminación, un destello que era necesario anotar de inmediato. Disentía de Pessoa quien alguna vez dijo que “todos los versos se escriben al día siguiente”. Y a pesar de releer sus versos cientos de veces, de repetirlos de memoria entre brindis, de coleccionarlos como tesoros, tenía claro que sus trabajos eran inútiles para el mundo que cruza las calles, busca las filas en los bancos y olvida frente a la luz del programas favorito de televisión: “No hay nada / que el poeta / de hoy pueda hacer.”
El sábado 19 de diciembre, día de su muerte, fui como peregrino a su casa cerrada desde hace algún tiempo. Solo a ver su ventana y recordar las imágenes sobre su puerta. Encontré los hilos de una telaraña entre los muros y la manija de la puerta. Algunas hojas secas los hacían visibles en la oscuridad. Un sello frágil y definitivo. Sé que le habría gustado pintar la escena en sus versos.


martes, 15 de diciembre de 2015

Justicia negociada







Las rutinarias paradojas de nuestras guerras y nuestras negociaciones han querido que Álvaro Uribe y Luis Carlos Restrepo sean claves para la creación y la aplicación de la Jurisdicción Especial de Paz acordada en La Habana. Hace un poco más de 10 años el Congreso aprobó la Ley de Justicia y Paz que serviría como marco al proceso con los paramilitares. Unos meses antes se había intentado aprobar una fallida ley de “alternatividad penal”. Cuando se es parte de una negociación se comprenden el pragmatismo y las renuncias necesarias para acabar una guerra en una mesa. Se perdonan las vacilaciones, se presume la buena fe de quienes nunca la han practicado, se piensa más en las víctimas futuras que en las pasadas.
La Ley de Justicia y Paz, como todas las de justicia transicional, fue un tanteo con múltiples pasos en falso. Pero fue también el instrumento imperfecto para miles de verdades de la violencia paramilitar en Colombia. Unos meses después de aprobada la Corte Constitucional le apretó algunas clavijas: impidió que los paras fueron juzgados bajo el delito de sedición, ya que nunca se habían revelado contra el Estado, más bien lo había relevado con su anuencia. Obligó a los postulados a decir la verdad, a no seguir delinquiendo y a la reparación hasta con sus bienes legales. Solo pasados cinco años desde su promulgación se presentó la primera condena. ‘Diego Vecino’ y ‘Juancho Dique’ la estrenaron por masacres y desplazamiento en Mampuján y Las Brisas, en Bolívar.
Pero en las audiencias las cosas no son como se ven en el Congreso ni en las sillas de las altas cortes. La Ley de Justicia y Paz conservaba un limbo para 25.000 combatientes que no tenían la manera de ser juzgados ni de ser absueltos. Para muchos llegó más pronto la resocialización que el anhelado fallo. Ahora patrullaban los juzgados. Una ley de 2010 permitió la suspensión de las órdenes de captura y condenas vigentes contra esos 25.000 “inmovilizados”. Cuatro años más tarde una sentencia de la Corte Suprema permitió las sentencias parciales y destrabó la maraña de procesos superpuestos que había causado la macabra cascada de confesiones. Había 4000 postulados y solo uno de ellos había logrado sentarse ante los jueces. Una nueva ley aprobada en 2012 modificó a Justicia y Paz y permitió las macro imputaciones y priorizar los delitos de alto impacto. Se armaron entonces unos grandes procesos judiciales que enmarcaban las actuaciones de frentes enteros. Más de 19.000 crímenes quedaron en las acusaciones a 458 desmovilizados. Hoy, bajo la ley de Justicia y Paz, sus dos leyes modificatorias y complementarias y los fallos de las cortes Suprema y Constitucional, hay 33 sentencias. Qué constituyen, más que un castigo individual, el retrato de una época, la confirmación oficial de un terror que se repitió en susurros durante años.
Con ese universo de versiones y testimonios terminaron en la cárcel 8 gobernadores, 55 alcaldes y cerca de 60 congresistas. No pasó lo mismo con empresarios y militares que durante décadas colaboraron con los ejércitos paras. La justicia ordinaria decidió dejar eso quieto, nunca entendió la lógica de Justicia y Paz. Tampoco hubo reparación material por cuenta de los paras, solo el 6% de lo que se ha entregado en reparación vino de sus bienes. A diferencia del lugar común, la justicia no fue para los de ruana. Mucha de la estructura política y económica regional atada a los paras siguió en el poder. Pagaron más fácil sus jefes en el Congreso.

Todo ese aprendizaje de un proceso de paz servirá para lo que se viene. Los gobiernos no saben para quiénes trabajan, y los enemigos políticos no se imaginan cuánto se parecen. 


martes, 8 de diciembre de 2015

Milicias y minorías





Para los exaltados por las utopías y el poder no valen las debacles económicas ni los éxodos multitudinarios. La derrota será siempre una señal de traición y la realidad un maleficio de los adversarios. Las arengas y la paranoia son el principal alimento de esos persistentes soñadores. La revolución bolivariana, al igual que su acudiente cubana, no se preparó nunca para la derrota. Sus líderes ejercieron la política como una especie de sacerdocio desde la superioridad moral, la voluntad popular y las razones históricas. Es lógico que la única derrota hasta el pasado domingo fuera apenas una “victoria de mierda” para la oposición, y que el gobierno que representa al PSUV haya levantado una “reserva moral de la revolución bolivariana”, el pueblo en armas según los más clásicos. Una reserva que según Nicolás Maduro este año llegó a 500.000 hombres y mujeres armados (un poco más que el ejército formal) para “garantizar la estabilidad de la revolución”.
Con su partido en el poder los milicianos ayudan como voluntarios en desastres naturales, sirven como agentes de aduana, controlan precios en las cajas de los supermercados y, de vez en cuando, los más díscolos hacen proselitismo armado. La pregunta de muchos es qué pasará luego de la derrota del pasado 6 de diciembre, qué papel jugarán las milicias cuando la Asamblea Nacional sea contrapeso a las decisiones del ejecutivo y se pongan en cuestión algunos de los poderes que se ejercían igualando al partido con el Estado ¿Es posible que algunas de esas fuerzas “oficiales” terminen peleando contra lo que perciben como una contrarrevolución? Ya el chavismo radical está pidiendo la renuncia de Nicolás Maduro por ser un “burócrata ineficiente” e insinuando que la lucha revolucionaria tendrá otros escenarios: “Este modelo de gobierno que se ejecutó durante estos tres años es un fracaso, la alta dirigencia debe decidir si da un giro de 180 grados y salva la patria o se reafirma en su posición y entonces en el pueblo llano nos prepararemos (sic) para la Victoria definitiva del Proceso Revolucionario… pero que no será ya en este gobierno sino quién sabe después de cuántas convulsiones sociales que dejarán duras huellas en esta nación”. Escribe Ronald Muñoz en Aporrea.org y es lógico en una formación heterogénea como el PSUV. Lo difícil es saber si milicianos y chavistas radicales piensan en otras plataformas electorales o en otros medios de lucha. Vale recordar que el Chavismo pasó del desprecio al frenesí electoral, y puede recorrer el camino inverso.
Maduro ya habló de su gobierno “cívico militar” y sus luchas callejeras, y analistas como Luis Vicente León, presidente de Datanálisis, han planteado una especie de disyuntiva entre “negociación o guerra”. Hace poco el periodista norteamericano Jon Lee Anderson dijo que “nunca había visto a un país, sin guerra, tan destruido como Venezuela”. Esperemos que eso no sea una premonición para lo que se viene, porque una cosa es aceptar los resultados electorales y otra la realidad política de tener una oposición dictando buena parte del libreto desde la Asamblea.
El último ingrediente de ese caldo caliente son las Farc, que han tenido a Venezuela como retaguardia militar y ahora podrían ser, al menos algunos de sus miembros, la vanguardia político-militar de un grupo de “idealistas” bolivarianos ¿Desmovilizados en casa y guerreando en el patio ajeno?



























martes, 1 de diciembre de 2015

Revolución electoral






Todo comenzó hace 20 años con la convocatoria a una “caravana abstencionista” en medio de las elecciones de gobernadores en Venezuela. Hugo Chávez era un preso recién salido con una cháchara tan larga que hacía huir a los periodistas. La gente se abstuvo de ir a la caravana propuesta por el coronel y Copei y Acción Democrática, dos enseñas desteñidas, se repartieron los puestos. Chávez seguía siendo un desconfiado de las vías electorales, un hombre obsesionado por los atajos y la ruta heroica que suponen las armas. Sus manifestaciones, con el platón de su camioneta Toyota Samurai como tarima, tampoco eran muy alentadoras. En diciembre de 1996, dos años antes de ser elegido presidente, el candidato que por entonces vestía de liqui-liqui no marcaba más del 7% en las encuestas. Una figura, también ajena a la política tradicional pero más reluciente, era la favorita de los venezolanos: Irene Sáenz pintaba para recibir una banda presidencial que acompañara su corona de reina.
Poco a poco Chávez se convenció de que las urnas eran una opción tan válida como atractiva: “Nos dedicamos a investigar qué pensaba la gente (…)  nos dimos cuenta de que buena parte de nuestro pueblo no quería movimientos violentos sino que tenía la expectativa de que organizáramos un movimiento político, estructurado, para optar por una vía pacífica. Decidimos entonces avanzar por la vía electoral”. Las elecciones se convirtieron en un desafío permanente, el reto preferido de un gobierno hecho para la elocuencia popular y la movilización ciudadana.
El 8 de noviembre de 1998 fue el debut del Movimiento V República (MVR) en las contiendas electorales. Sus rivales ya temían el carácter “cautivador” de Chávez y separaron las presidenciales de las legislativas para que el militar no les llenara la asamblea. El MVR fue la segunda fuerza y logró 42 escaños. Un mes después, el 6 de diciembre de 1998, Hugo Chávez era elegido presidente con el 56% de los votos. Lo que siguió fue una cascada electoral que agotaría hasta al más entusiasta de nuestros barones del tarjetón. En 19 meses, de noviembre de 1998 a julio de 2000, los venezolanos fueron 6 veces a las urnas: para un referendo constitucional, para elegir asamblea constituyente, para refrendar la nueva constitución, para nuevas elecciones legislativas y presidenciales. El chavismo consolidó un Estado a su medida cuando todavía la participación era mediocre: 37% para convocar una constituyente y 44% para aprobar la nueva constitución. Chávez ganó siempre y construyó un gobierno electoral casi invencible.
En el 2004, luego de haber renunciado algunas veces a presentar candidatos, la oposición se ilusionó con una victoria electoral. Convocó a un referendo revocatorio en el que de nuevo Chávez venció con cerca del 60% de los votos. Ya Venezuela era una patria enviciada con las elecciones, en esa ocasión participó el 70% del censo electoral. La única derrota de Chavismo fue el 2 de diciembre de 2007, cuando las mayorías negaron cambios constitucionales que buscaban la reelección indefinida. En febrero de 2009 se corrigió ese traspié por medio de un nuevo referendo. Las elecciones eran una válvula de escape para las tensiones políticas y una táctica para un gobierno dispuesto a hacer su santa voluntad, lo que alguna vez se llamó por estas tierras el “estado de opinión”.
Se han cumplido 17 años de Chavismo y 17 elecciones en Venezuela. Ahora sabremos si ese régimen acostumbrado al triunfo como si fuera un simple trámite, logrará soportar la derrota. Y si la oposición asimilará un triunfo más allá de la revancha.



miércoles, 25 de noviembre de 2015

Urnas calientes





Se cumple un mes desde las pasadas elecciones regionales y ya solo se habla de los reacomodos y los nuevos planes. Las denuncias y las suspicacias son cosa del pasado, propias del nerviosismo electoral. Ahora una frase de combate, “dejen trabajar”, ha reemplazado las frases de campaña. Sin embargo, en medio de las aguas relativamente calmas vale la pena mirar cómo les fue a los candidatos más cuestionados en las regiones más calientes. Porque las aguas quietas se empozan, se cubren de una nata espesa y comienzan a soltar un olor característico.
Basado en el trabajo que hizo la Fundación Paz y Reconciliación entrego algunas notas sobre municipios antioqueños. Empecemos por Bello, el fortín de los Suárez Mira. Cesar Augusto Suárez Mira será el tercero de la casa en regentar el municipio. Fue gerente de una empresa de seguridad que ha ganado contratos con la administración municipal y sostendrá el poder que creó el hoy prófugo Oscar Suárez Mira. Se ha demostrado que no son invencibles, hace cuatro años los sorprendió el voto en blanco y se repusieron. Esta vez le ganaron al candidato del Centro Democrático por algo más de 1000 votos.
Pero no todo fueron triunfos para la casa Suárez Mira y el representante Germán Blanco, su ficha en las regiones más difíciles. Perdieron en Yarumal con Cecilio Hernán Alzate, un hombre con anotaciones tenebrosas. Fue mencionado en la sentencia a ‘Cuco’ Vanoy como apoyo en la logística de los paras en el municipio y siendo alcalde en los noventas creó la Sección de Orden Ciudadano, una grupo con fuertes inclinaciones a la limpieza social. Logró apenas el 13% de los votos frente a Julio Anibal Areiza quién ganó con el aval de la ASI y el apoyo vergonzante de varios partidos, además de la promesa de entregar la empresa de servicios públicos y otras arandelas a sus padrinos. En Campamento también perdieron con Dairo de Jesús Elorza, quien fue capturado en 2011 por la muerte de dos candidatos a la alcandía del municipio. Luego un juez lo liberó desestimando las pruebas de la fiscalía. Sacó el 41% y perdió con otro candidato de esa empresa de avales llamada ASI. Para cerrar la lista digamos que la casa bellanita perdió en Ituango y ganó en Valdivia. Unas de cal y otras de…
En Caucasia, donde las cosas no son jugando y en 24 días de noviembre ya se cuentan 17 homicidios, ganó Oscar Aníbal Suárez del MAIS, que suena muy “alternativo, indígena y social”, pero tiene sus bemoles. Suárez fue el candidato del alcalde saliente, José Nadin Arabia quien es otro de los protagonistas del fallo contra ‘Cuco’ Vanoy. En su momento Arabia firmó carta de respaldo a Macaco y el mismo Vanoy. El alcalde electo también es mencionado como hombre de números y cuentas de ‘Ramón Mojana’, quien construyó un emporio comercial que ha dejado más de 270 bienes incautados y fue capturado en 2009. En mayo de este año estuvo Luis Pérez entregando regalos para las madres acompañado del futuro alcalde de Caucasia. Un hermoso evento alternativo, indígena y social.
En Tarazá ganó Galdis Rebeca Miguel Vides con el 59% de los votos. Alarmantes mayorías. En 2011, Luis Carlos Cervantes, quien fue asesinado hace algo más de un año, dijo que si la señora Miguel Vides ganaba la alcaldía lo matarían. Cervantes denunció desde 2008 las jugadas administrativas del ex alcalde Miguel Ángel Gómez, padrino político de la alcaldesa electa quien en su segunda acometida logró las mayorías.
En las regiones bravas uno se detiene un minuto a buscar los perdedores y celebra ciertas derrotas, pero mira dos minutos y termina asustado con los ganadores.



martes, 17 de noviembre de 2015

Islamofascismo




Un joven muerto en la Plaza de la República en París, a los pies de la figura simbólica de Marianne y del león que cuida los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Celebraba el final de una parada tecno en septiembre pasado a la que asistieron al menos 350.000 personas. Cayó desde el regazo de la escultura cuando iba en busca de la mano de bronce que levanta un ramo de olivo. Tenía más o menos la misma edad que algunos de los yihadistas franceses o belgas que lideraron los ataques del viernes pasado en la capital francesa. Su cuerpo sangrando en los videos de las páginas de noticias es un símbolo de lo que detestan los jóvenes europeos que emprenden su viaje para luchar en Siria o Irak: el hedonismo, la frivolidad, el individualismo, el alcohol, la libertad, el desfogue juvenil sin grandes causas, las drogas.
La República se ha convertido en un símbolo más o menos hueco para quienes viven bajo su protección, una sombra de los recuerdos de la secundaria, una esfinge para las aglomeraciones y las protestas cotidianas. Es difícil pensar en la revolución francesa y sus atractivos cuando se escucha a François Hollande. En el siglo XVIII la revolución atrajo una legión extranjera que compartía los ideales de una causa con promesas de aventura y gloria.
Han pasado 10 años desde el estallido social en las banlieues parisinas y se han invertido 48.000 millones de euros en cerca de 500 barrios. Hoy en día es difícil llamar guetos a la periferia de la ciudad más turística del mundo. Solo una mayor presencia de militares armados marca la particularidad de esos suburbios que a primera vista parecen corrientes, casi aburridos por los silenciosos y simples. La rabia ruidosa que incendió esas barriadas hace 10 años se ha convertido en un juego de estrategia, en una ira agazapada bajo un manto religioso, un estanque de frustraciones personales bajo el ojo atento y el anzuelo de la media luna. Ya no se trata del estallido de una comunidad sino de una búsqueda persona a persona, de encender a unos pocos ofreciendo la rebeldía, los ideales de los oprimidos, la euforia de la indignación moral.
Hace unos años Christopher Hitchens habló de la “Frontera del Apocalipsis” luego de visitar el centro de la yihad entre Pakistán y Afganistán. Ahora esa frontera puede estar entre Francia y Bélgica. Jóvenes de 90 países, bien sean burgueses, académicos, jóvenes corrientes de clase media, han terminado encontrando en las consignas de ISIS un refugio para hallar algo distinto a lo que ofrecen las paradas de música tecno.
Abdelhamid Abaaoud, uno de los líderes de los ataques en París, celebraba hace poco en Siria la carga del remolque de su camión militar: antes llevaba motos de agua y regalos a su gente en Marruecos y ahora, gracias a Alá, arrastraba los cadáveres de algunos infieles.
También Hitchens habló del “fascismo con rostro islámico” y por eso hoy algunos recuerdan la lectura que hizo Orwell de Mi Lucha, el testamento nazi: “Hitler, puesto que en su mente incapaz de alegría lo siente con excepcional fuerza, sabe que los seres humanos no solamente desean confort, seguridad, pocas horas de trabajo, higiene, planificación familiar y, en general, sentido común; también desean, al menos de manera intermitente, lucha y auto sacrificio, sin mencionar redobles, banderas y demostraciones públicas de lealtad.”
Los yihadistas deben haberlo leído entre líneas.




martes, 10 de noviembre de 2015

Elecciones cocaleras







Fabrizio Hochschild dijo hace un año, como representante de la ONU en Colombia, que un acuerdo con las Farc tendría efectos sobre cerca del 70% de los cultivos de coca en el país. Por su parte la UNODC (Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito) ha calculado en 60.000 el número de familias colombianas que se dedican al cultivo y la venta de hoja de coca, quienes cada vez son más agricultores puros y menos cocineros de laboratorio. Por su parte Timochenko dijo hace un mes que había ordenado a todos los frentes cesar la instrucción militar y dedicarse al adiestramiento político. Es claro que buena parte de la base social de las Farc está en las zonas cocaleras y que ahí se jugarán sus primeras ambiciones electorales si se llega a un acuerdo en La Habana. La pregunta es si las recientes elecciones regionales nos pueden dar pistas sobre las posibilidades reales de la guerrilla en el escenario de un proselitismo desarmado.
La concentración de los cultivos de coca en Colombia hace suponer que el ejercicio debería ser relativamente sencillo. El monitoreo satelital que entregó las cifras de 2014 muestra que el 42% de la coca está en 10 municipios de 6 departamentos. La base social de la guerrilla no es despreciable si tenemos que cuenta que la votación en los 4 principales municipios del Putumayo (2 de ellos entre los 10 más cocaleros del país) sumó apenas 70.000 sufragios. El caso de Tumaco, principal productor de coca con casi 10.000 hectáreas, es quizá el más sencillo. Como contó La Silla Vacía las Farc hicieron proselitismo a favor de Víctor Morcillo, candidato por la Unión Patriótica que apenas obtuvo el 2.99% de los votos. La ganadora, por su parte, tuvo el apoyo de la Alianza Verde, los liberales y los conservadores. De modo que se puede presentar como una mandataria que va en llave con el gobernador electo Camilo Romero. Aquí parece que las Farc mandan muy lejos de las urnas y los partidos tradicionales comparten la clientela y pelean la opinión.
En Puerto Asís, con la mitad de hectáreas sembradas que Tumaco, el ganador fue el Partido Liberal con una amplia mayoría, doblando al Polo que llegó segundo y mostrando su poder en los 10 municipios cocaleros, donde sumó 4 alcaldías, tres por cuenta propia y una en coalición con la Alianza Social Independiente. El ganador en Puerto Asís surge de una coalición de derrotados hace cuatro años cuando fue candidato por la Alianza Verde, de modo que es también un hombre de uniones temporales y tradicionales. En principio lejano a las ideas y el proselitismo fariano.
Llaman la atención dos municipios cocaleros con muy alta participación electoral: Orito, Putumayo, con el 64% y El Retorno, Guaviare, donde votaron el 71% de las personas habilitadas. En los dos ganó el Partido de la U, aunque en condiciones muy distintas. En el primero en duelo cerrado con el candidato del Polo y con 9 opciones en la contienda, y en el segundo con el 56% y con apenas 2 candidatos en el tarjetón. En Orito de nuevo una coalición con la ASI permitió el triunfo de uno de los partidos de la Unidad Nacional. En el Tambo, Cauca, ganó un liberal con más del 70% de los votos y en Tibú, Norte de Santander, perdieron los barones conservadores a manos de la Alianza Social Independiente.

Queda claro que el Centro Democrático no existe en la zona y que la izquierda legal es minoritaria. Que la ASI se mueve bien en medio de coaliciones y franquicias electorales, y que godos y liberales saben trabajar donde hay candela, venga de derecha o de izquierda. 

martes, 3 de noviembre de 2015

Decreto espiritual





Parece que el Estado, descalzo, con el bastón de mando y el mambe en la boca, ha decidido disfrazarse de indígena para anunciar sus decisiones administrativas sobre el Parque Tayrona. Pero las razones espirituales lucen muy mal en los decretos, las cosmogonías se convierten en superchería barata, se pierde la profundidad del discurso indígena y la autoridad del mandato oficial. El gobierno anunció hace días el cierre del Parque para “limpiarlo de las malas energías” que traen las oleadas de turistas. Se atendió el pedido de los mamos para recuperar el equilibrio en la Sierra y en el mundo.
En realidad no son pocos los problemas del Parque Tayrona y sus 23 playas. Cada año recibe más de cien mil visitantes y ha tenido días de hasta siete mil bañistas cruzando sus torniquetes. Asusta que el Tayrona pueda atender en un día el 10% de los visitantes que recibe el Parque Arqueológico de San Agustín en todo un año. Pero una de las taras nacionales es que la aguja de las vacaciones siempre apunta al norte.
En 2003 el ministerio de ambiente y la asociación de comunidades indígenas de la Sierra firmaron un convenio para reconocer las zonas sagradas del Parque. Se trazaron las llamadas líneas negras que limitan los sitios de importancia espiritual y se pusieron reglas para el acceso y el uso por parte de indígenas y no indígenas. Los pagamentos que hacen los mamos para proteger la Sierra quedaron protegidos por el Estado. Mientras tanto hay cinco mil personas que viven en trece veredas de la zona de amortiguación del Parque, seis asociaciones que trabajan en la pesca y los servicios turísticos y concesiones de ecoturismo que atienden en las 12.000 hectáreas del Tayrona. Antes de invocar motivos que no tienen indicadores ni posibilidades de medirse, el gobierno debería hablar de las razones ambientales que sustentan el cierre: qué pasa con las aguas negras de algunos sitios de camping, por qué se exigen mejoramientos en las condiciones de baños, pozos sépticos y cocinas pero no se deja entrar ni un ladrillo ni un tubo de PVC, qué ha pasado con los programas para el manejo de las basuras, en qué va el proyecto para regular y disminuir el número de caballos (al menos 200) que mueven turistas y víveres en la zona. Que los mamos hagan sus pagamentos y el Estado deje de camuflarse en sus trajes y asuma los problemas materiales sin tanto verso multiétnico y pluricultural.

De otro lado vale la pena una mirada más realista sobre las actividades de quienes se autodenominan “hermanos mayores”. Las quemas de los indígenas en la Sierra están documentas desde 1886 y la superstición las sigue alentando: que el fuego llama las lluvias piensan algunos. Otros siguen usando dinamita para pescar.  Su población ha crecido y sus tierras de uso agrícola han ido montaña arriba. En ocasiones indígenas y colonos se confunden en sus prácticas dudosas, el humo y la leña de unos y otros salen de la misma materia vegetal y afectan la misma tierra. Es imposible negar el conocimiento de los indígenas sobre su hábitat, pero eso no implica que sus razones y prácticas no puedan ser controvertidas. Cuando un líder Arhuaco dice que las relaciones homosexuales entre hombres causan grandes sequías, y las relaciones entre mujeres, en sentido contrario, provocan lluvias intensas, es dado pensar que el equilibrio del mundo de la Sierra se está rompiendo, y que no todo se puede dejar en manos del canturreo de los mamos. 

miércoles, 28 de octubre de 2015

Piensa mal





La cultura política en pueblos y ciudades muestra casi siempre polos magnéticos trocados. A medida que se alejan de los centros urbanos los votantes se hacen más pragmáticos y más obedientes. “Todos esos políticos son iguales”, es la frase que se repite en los parques de pueblos y ciudades. Pero en aquellos es más sencillo enlazar a los vecinos, convencer a las señoras y empujar a los viejos. Los citadinos resultan un poco más insolentes y las dificultades logísticas terminan por “protegerlos” del clientelismo.  Nos hemos acostumbrado a medir la calidad de la democracia por la cantidad de tarjetones en las urnas. Bajo esa premisa Medellín, por ejemplo, sería uno de los municipios con mayores vacíos democráticos en el departamento de Antioquia. En la ciudad de la educación y la innovación solo votaron el 49% de las personas habilitadas para hacerlo. Un porcentaje muy cercano al de los municipios limítrofes: Itaguí, Bello, Envigado. Si descontamos a Ituango, que ha tenido grandes problemas con el conflicto armado y donde solo votaron el 37% de los posibles electores, el Área Metropolitana es de sobra la zona con más baja participación en Antioquia. Y eso que Bello e Itaguí tienen unas de las mejores máquinas electoreras del país.
Basta con acercarse a los primeros peajes en las carreteras de salida de la ciudad, en Caldas, La Estrella, Sabaneta, Copacabana, Girardota, Barbosa, para ver un aumento cercano al 5% en las votaciones. Y para ver muy claras mayorías de los partidos que en el centro metropolitano han acumulado derrotas en las últimas décadas. En Antioquia fue fácil ver esas diferencias. El escenario electoral para la gobernación era sencillo para agrupar a la clientela de los partidos tradicionales (Liberal, Conservador, La U y Cambio Radical) al lado de Luis Pérez. Sus contendores eran el Uribismo encarnado en Andrés Guerra y la continuidad del Fajardismo en Federico Restrepo. Luis Pérez, un candidato quemado en ejecutorias y elecciones en Medellín, no logró más del 30% de los votos en la ciudad que gobernó durante tres años. Fue segundo detrás del candidato del expresidente Uribe. Pero bajo el cetro de los Suárez Mira y la egida de los godos que manejan a Itagüí como su finca, ya su votación pasó del 35%. La clientela comienza a funcionar y nadie escarmienta en cuerpo ajeno.
Cuando se abandona la protección del Área Metropolitana los números de Pérez y la rebatiña de cuatro partidos huérfanos por años comienza a crecer. En la zona norte con gran presencia guerrillera la votación del gobernador electo deja algunas preguntas: 80% en Anorí, 66% en Campamento, 66% en Angostura, 71% en Cáceres, 58% en Zaragoza. Mientras más presencia de la criminalidad mayor votación para los partidos de la llamada Unidad Nacional y su dudoso candidato.
Lo mismo pasa cuando se llega al Bajo Cauca, fortín de la minería ilegal y las bandas criminales. De modo que los partidos que dicen apoyar la postconflicto parecen muy cómodos con el conflicto. Sea liderado por las Farc o por las Bacrim. Luis Pérez logró el 58% de los votos en Caucasia y el 69% en Tarazá. En Urabá, donde Otoniel todavía tiene lo suyo, fue ganador en todos los municipios, con una amplia ventaja del 64% en Turbo, donde más problemas hay, y un margen estrecho en Apartadó, donde la ilegalidad la tienen cada vez más difícil. Está bien que Luis Pérez piense en grande, pero en Medellín muchos seguiremos mal pensando.





miércoles, 21 de octubre de 2015

Ficciones políticas





Muchas veces la política se convierte en un motivo para celebrar la muerte. Los bandos políticos suelen ser ajenos al remordimiento y al respeto que merecen las historias de terror. Los debates electorales lo hacen todo más frívolo, más tajante, más cruel. Desde las posiciones ideológicas y los afanes partidistas los hechos son simplemente un estorbo. En nuestra democracia los argumentos pueden convertirse en una sencilla nemotecnia para olvidar las historias más complejas y más dolorosas. Tres o cuatro frases rotundas pueden servir como estrategia de negación frente acciones como la Operación Orión en la Comuna 13 de Medellín.
La semana pasada se cumplieron 13 años de esa incursión militar. Me sorprendió leer y oír a una cantidad de gente celebrando las “gestas” del Estado en las laderas del occidente de Medellín. La Operación Orión fue solo el más grande operativo militar de los 17 que se realizaron en 2002 en la Comuna 13. Incluso no fue el más cruento, la Operación Mariscal que se realizó 5 meses antes dejó 9 muertos, entre los que se contaron 4 menores de edad y 2 amas de casa. Orión se hizo a escondidas, con capuchas negras y 4 días de veda a los medios de comunicación. Se hizo con el cuidado de los asesinos sigilosos para no manchar mucho los noticieros. Solo se registró un muerto, se privilegiaron las desapariciones, se denunciaron 8 desapariciones. De los 355 capturados durante la operación apenas 2 terminaron condenados. Desde la Unidad Intermedia de San Javier se condujo el operativo militar y la población civil no tuvo más recurso que usar las sábanas como banderas de clemencia y talegos para sacar a los heridos. Jefes y mandos medios de los paramilitares han contado cómo se ideó y ejecutó ese operativo “conjunto”. Una vez más el Estado elegía un bando ilegal para hacer frente a otro: encumbrar a los paras para desalojar a los milicianos.
Es imposible negar el control armado de las diversas milicias en la zona desde los años noventa. Comandos Armados del Pueblo, Farc, Milicias Populares del Pueblo y Eln intimidaban a los habitantes y cometían todo tipo de delitos. Los combos menos interesados en el discurso comenzaron a enfrentar a los milicianos en las partes altas y el Estado terminó inclinando la balanza. Don Berna ha contado cómo el Bloque Cacique Nutibara ejerció dominio luego de la operación, y ha confesado incluso el paradero de algunos desaparecidos. Las cifras no son del todo claras pero los cálculos más juiciosos hablan de 94 desaparecidos entre noviembre de 2002 y febrero de 2005.
Los habitantes de la Comuna 13, sobre todo los más jóvenes, han encontrado en los grupos culturales y los colectivos artísticos una manera de enfrentar la memoria, la zozobra que no falta y los nuevos vientos. Las canciones, los muros, las emisoras comunitarias, los libros dan cuenta de lo qué ha pasado en los barrios en los últimos 20 años. Ahí puede leerse una especie de crónica sin temor y sin odio, una versión más compleja, y paradójicamente, menos rabiosa a la que se construye desde la política. Después de las “celebraciones” de la semana pasada queda muy claro que la política entrega la peor de las versiones sobre nuestra historia y nuestra realidad. Hay que darle preferencia a otras voces si queremos entender un poco las “novelas negras”, y al mismo tiempo, huir para siempre de la pugnacidad más inútil y más barata.




martes, 13 de octubre de 2015

Instinto guerrero





El llamado a la guerra tiene el atractivo de los mensajes fatales y simples. La muerte prometida, sea la propia o la ajena, impone una carga de gravedad férrea y solemne. Así mismo la noble causa invocada entrega una respuesta sencilla frente a un mundo complejo, inexplicable en muchos casos. Se hacen claros los límites de la maldad, las líneas que se deben cruzar para estar en la orilla de los salvadores, de los disidentes contra un mundo sombrío. El fundamentalismo se ha convertido en una opción cruda del compromiso personal para muchos jóvenes, una gubia necesaria y brutal contra el tedio de las ventanas, los computadores y la pantalla del teléfono celular. El heroísmo es una ficción que embelesa a jóvenes y adolescentes con versiones nuevas en cada generación.
Hace unos días el ministerio del interior francés lanzó una campaña para frenar el alistamiento de jóvenes en las filas del Estado Islámico. Son testimonios de padres, madres y hermanos de estudiantes entre 15 y 25 años que terminaron luchando con los fundamentalistas en Siria o Irak. Ya no se trata solo de adolescentes sin muchas miras que crecieron en la periferia de las grandes ciudades y solo se enteraron de que eran franceses luego de algún gol de Zidane. No son en su mayoría hijos de inmigrantes árabes que buscan sus raíces en un radicalismo que honra lo que no conoce y desconoce lo que han vivido desde niños. Se calcula que al menos 500 jóvenes franceses combaten en Siria e Irak y más de 1500 hacen parte del Estado Islámico. Al final el ministerio entrega un teléfono para que los familiares, maestros o amigos prendan alarmas frente a comportamientos que puedan sugerir la inminente partida de los “mártires” locales. Un botón de alarma que en el último año y medio se pulsó más de 3000 veces y que en el 25% de los casos involucró a menores de edad, la mayoría de las veces mujeres. No sé por qué pensé en Tanja Nijmeijer. Otros estudios sobre el origen de los jóvenes franceses que combaten en tierra ajena hablan de una mayoría de familias ateas y de clase media con problemas de hijos soñando con el islam y el fusil.
Lo más paradójico es el intercambio de guerreros que van y vienen entre Oriente y Europa. Ahora Francia teme la llegada de yihadistas entre los refugiados que provenientes de Siria  y otros países. Jóvenes que llegan a cumplir su sueño de mártires en la casa de los verdugos europeos. Y es posible que estos se crucen en los aeropuertos con los franceses que van a luchar en las tierras prometidas del islam. Pelear en la casa es un poco más desabrido, además de la promesa de la guerra está el anzuelo de la conquista de una tierra nueva.
No queda más que un poco de pesimismo frente al reclutamiento en nuestra violencia más práctica, más expedita, menos idealizada. Si miles de jóvenes franceses de clase media no le encuentran sentido a la amplia oferta (de estudio, trabajo, fronteras próximas, cultura) de sus familias y su país, qué pensar de la posibilidad de resistencia de los jóvenes reclutados en nuestros barrios y pueblos. Con muchas menos opciones y carnadas muy brillantes.
En Francia han construido una especie de catálogo de mitos que atraen a los guerreros debutantes. Se trata sobre todo de impulsos personales para buscar el héroe, la causa humanitaria, el riesgo edificante, el líder carismático, la adrenalina del juego de video en vivo. Las guerras serán cada vez más jóvenes.



miércoles, 7 de octubre de 2015

Una amenaza



Solo una vez en mi vida me habían amenazado de muerte. Fue un ladrón con la cara acechante de los bazuqueros. De manera franca, se arrimó a la ventanilla del carro donde esperaba a un amigo y me pidió las llaves apuntándome con una pistola. El temor me hizo acelerar, en un desplante que fue sobre todo un acto de cobardía. Su reacción fue un disparo que quedó instalado como un quemón en el tablero del carro, cerca al radio.
Hace unos días me enteré de una segunda amenaza de muerte. Esta vez llegó como un mensaje taimado, anónimo, cobarde como acostumbran los asesinos en este país de terrores íntimos y públicos. Me lo contó un amigo por teléfono, sin rodeos, con el desparpajo y la franqueza de las conversaciones de todos los días. No puedo negar que me recorrió un escalofrío que no conocía. Un temor seco ante el que no quedan muchas respuestas.
En mi primer día de vacaciones llamaron a la recepción de Caracol Medellín durante la última hora de La Luciérnaga. Preguntaron que dónde estaba –parece que me extrañan– y cuando oyeron la palabra vacaciones soltaron una frase que no vale la pena repetir. Con el lenguaje de los pillos dijeron que mejor me quedara por allá y recalcaron que iban muy en serio. Como hacen los fantoches y los asesinos. Es una tristeza que sea tan difícil diferenciar a los unos de los otros. La llamada vino de un teléfono público cerca de Caracol en Medellín. Una seña más para la intimidación: “Desde aquí lo estamos mirando”.
El tema de la paz genera en Colombia polarización, gritos e insultos. Aviva el fuego de un conflicto que se ha mantenido en brasas durante décadas. Pero según creo nos hemos acostumbrado a dar esa pelea de una manera equívoca, histérica en ocasiones, pero alejada de la violencia. Al menos en las ciudades donde el conflicto es una sombra, un duelo ideológico, un recuerdo macabro. He defendido el proceso de paz pensando en una balanza entre la justicia que merecen las víctimas del pasado versus la esperanza de que disminuyan las víctimas del futuro.
En cambio las elecciones regionales siempre tensan el ambiente político hasta el borde de la agresión física. Aquí se juegan poderes y dineros ciertos, odios que se hacen palpables en los balances privados y en las sillas públicas. Ya no se trata de una pugna entre ideas o partidos, sino muchas veces de un riña entre facciones, de un temor de los “amos” electorales, de la rabia de algunos ilegales que viven cerca al poder regional y se recuestan y se untan.

En las últimas semanas he hablado de algunos temas sensibles en el ambiente electoral en la ciudad donde vivo. La Universidad Medellín como un fortín político que presiona a sus estudiantes, profesores y trabajadores a sumarse a las causas de quienes se sienten sus dueños desde hace cerca de dos décadas. Un abuso que se convirtió en práctica cotidiana y que insulta el ámbito académico, donde la autonomía individual debe ser sagrada. La presencia de la política como microempresa de intereses privados, en algunos casos muy cercana a estructuras ilegales, que desde Bello e Itagüí amplia cada vez más su importancia en Medellín y Antioquia. Y un recorderis de las conocidas pifias de Luis Pérez como alcalde de Medellín amén de sus mentiras y su oportunismo como candidato oscuro y perenne. No los puedo señalar como culpables de un hecho que ya investiga la fiscalía, pero no puedo dejar de mencionar mis intuiciones de recién amenazado. No soy bueno para los duelos ni soy ejemplo de valentía, pero soy malo para el silencio por obligación. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Según el indio es la condena




 

En el año 2000 Feliciano Valencia recibió el Premio Nacional de Paz por su liderazgo al mantener a raya, a punta de bastón de mando, marchas, megáfono y guardia indígena, las intenciones de las farc de ejercer dominio sobre los cabildos y crecer en hombres con jóvenes milicianos. A finales del año pasado los Nasa condenaron, durante un juicio en Toribío, a siete milicianos acusados de matar a dos líderes indígenas que les pidieron retirar propaganda de las farc en la vereda Sesteadero. Hubo fuete para los menores y condenas de hasta sesenta años de cárcel para los mayores. Allí también estuvo presente Valencia como uno de los líderes de la guardia. La guerrilla dejó clara su posición sobre el procedimiento y la condena. Según Timochenko la justicia indígena era “absurda”. Al fin el líder de las farc y la élite de Popayán estaban de acuerdo.

Vista de lejos la justicia sobre piso de tierra y bajo quiosco puede resultar desmañada y cruel, con un afán más cercano al linchamiento que a las formas que garantizan los derechos. Pero resulta que un artículo de la constitución garantiza la jurisdicción indígena y la Corte Constitucional ha emitido decenas de fallos sobre sus alcances y sus límites. Buena parte de la jurisprudencia se ha dedicado a delimitar la competencia de los tribunales indígenas teniendo en cuenta factores personales  (relación del implicado con la comunidad), territoriales (conductas realizadas dentro en su territorio), objetivos (bienes jurídicos protegidos o las víctimas sean parte de la comunidad) e institucionales (la existencia de usos y prácticas tradicionales para el juzgamiento). Discusiones nunca fáciles y variables respecto a cada caso particular.

Feliciano Valencia acaba de ser condenado a 18 años de cárcel por los delitos de secuestro y lesiones personales por el Tribunal Superior de Popayán. Los hechos que dan pie a la condena sucedieron en 2008 cuando miembros de la guardia capturaron al soldado Jairo Danilo Chaparral quien según los indígenas pretendía infiltrarse en una marcha y tenía en su morral radios de comunicación y prendas militares. Luego de dos noches de reclusión el juicio terminó con la en condena a 20 azotes y la entrega del soldado, quién en principio dijo pertenecer a la etnia Páez, a la Defensoría del Pueblo. Como sucede usualmente entre los Nasa el juicio fue un asunto colectivo, con participación de varios gobernadores y gritos del corrillo. Pero según el soldado Feliciano Valencia dirigía el “rito”

La decisión sobre la constitucionalidad del procedimiento es oportuna. En este caso el soldado no pertenecía a la comunidad y es posible que lo adecuado hubiera sido entregarlo a las autoridades nacionales. En todo caso allí hubiera sido difícil alegar un delito. Tal vez el Consejo Superior de la Judicatura debió resolver el conflicto de competencia entre jurisdicciones. Lo que parece inaceptable es llegar a una condena por secuestro de uno de los representantes de la guardia indígena. En este caso la justicia ordinaria parece movida por sentimientos de venganza hacia un hombre que ha liderado reclamos de tierra y movimientos invasores en el Cauca. La retaliación parece ser la base de esa sentencia del Tribunal Superior de Popayán. La pregunta es, ¿qué habría pasado si el supuesto infiltrado hubiera sido un guerrillero y no un soldado?

Es posible que en un año veamos el protagonismo político de las farc en el Cauca, actuando de manera abierta y legal, mientras uno de los indígenas que los enfrentó paga una larga condena por participar en un juicio indígena contra un soldado. No solo las justicias son absurdas, también la realidad.

 






miércoles, 16 de septiembre de 2015

Análisis del discurso




Si a los discursos inflamados de Hugo Chávez se les hubiera aplicado la misma lógica del derecho penal que a los discursos enardecidos de Leopoldo López, es seguro que el expresidente habría muerto en la cárcel. Chávez era un experto para la diatriba y la arenga, para la sátira a sus contrincantes y para convertir las canciones populares y los refranes en himnos de guerra. Un palabrero del odio y la instigación como pocos. Los “escuálidos” lo saben muy bien, y las milicias bolivarianas aprendieron bajo su voz  a convertir los agravios risueños en golpes francos.
Durante el juicio a Leopoldo López se analizaron cuatro de sus discursos anteriores a los hechos violentos de febrero de 2014. La defensa pidió que se incorporaran los treinta y dos discursos previos a las “guarimbas” que dejaron más de cuarenta muertos, pero a la juez le pareció irrelevante tanta monserga de megáfono. Lo que en realidad resultó clave para la condena fue el análisis “discursivo y prosódico” hecho por Rosa Amelia Asuaje León, una lingüista de la Universidad de los Andes de Venezuela. La señora Asuaje León entregó como perito de la fiscalía cerca de 24 horas de declaraciones y un informe de 131 páginas. Muy pronto el derecho penal se convirtió en un juego de especulaciones académicas y aparecieron Aristóteles, Herácles, Glauco y otros testigos de ocasión. Ahora se trataba de desentrañar las intenciones de un discurso, de traducirlo, de hacerlo peligroso por la vía del ovillo de la experticia. Ya no solo valían las palabras sino los acentos, las pausas y el “Ethos del enunciante”.
Las palabras de la señora Asuaje comienzan con el enrarecimiento de la obviedad: “…todo discurso se realiza en función de una intencionalidad preclara por parte de quien lo construye en su mente y luego lo emite para que sus receptores lo escuchen o lean y actúen en consecuencia”. Hasta ahí todo parece parte de una inofensiva y empalagosa jerga académica que necesita oscurecerlo todo. Pero esa especie de transcripción encriptada sigue avanzando para explicar el discurso original y cargarlo de amenazas: “es evidente y convendría que el orador dispusiera con su discurso a los oyentes de manera que estuvieran en la disposición de los que están enojados, y a los contrarios poseedores de culpas tales que merezcan se sienta ira, y con cualidades que hagan sentir ira”. Para la experta el discurso intenta que la gente se identifique con el orador, que le hierva la sangre al oír las culpas de sus rivales y que tome conciencia de que es necesario un cambio de rumbo en la democracia. Eso podría decirse de los discursos de los políticos en todas las plazas públicas del mundo, pero en Venezuela resultó ser un delito. La conclusión fue que el “emisor” había llevado a sus oyentes a identificar al gobierno de Maduro como antidemocrático y los había incitado a “obrar” para lograr el objetivo de sacarlo del gobierno.
Durante el juicio no importó que la señora Asuaje León fuera cercana al Partido Socialista Unido de Venezuela ni que hubiera escrito, durante los últimos 4 años, 24 artículos para www.aporrea.org, uno de los sitios insignes del chavismo radical. En uno de esos artículo se lee esta frase digna de un perito con muchos peros: “Mientras haya una dirigencia opositora en este país que se detenga en distractores mediáticos: los abyectos del pasado y los insustanciales de ahora, no será posible que remonten una elección más. Les falta pueblo, dignidad, originalidad y sobre todo ética”.

De la mezcla del derecho penal y la cháchara académica pueden resultar los más peligrosos ladrillos. 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Los señalados





En muchos municipios del país la elección del alcalde ha sido siempre un asunto de obediencia debida o pagada. Importan más los padrinos que los candidatos. De modo que todo termina en contrato y poder por interpuesta persona: el elector vota por un jefe encargado de señalar al candidato, y el elegido gobierna según las señas, las mañas y los intereses de su poderdante. En el camino han resultado electos escoltas, conductores de volqueta, sobrinos turbios, primos bobos, concubinas, consortes y ahijados sosos. Los pueblos son un poco más dados que las ciudades a sufrir de esa jefatura que devalúa el poder del votante y las capacidades del elegido.
En Medellín se han quemado los candidatos de algunos barones en su mejor hora: de los Valencia Cossio, de Luis Alfredo Ramos, de Bernardo Guerra Serna. Incluso en la pasada elección los candidatos de Uribe a la alcaldía de Medellín y la gobernación de Antioquia fueron derrotados. El expresidente no tenía partido propio y su figura era codiciada en la tarima y desobedecida en los directorios. Uribe terminó haciendo campaña con desgano a manera de castigo para los desobedientes.
Pero el expresidente ha vuelto con bríos y un muñeco inflable a falta del don de la ubicuidad. Según una última y dudosa encuesta Medellín estaría cerca, a pesar de sus alardes de innovación, su presupuesto billonario y su facha pantallera, de elegir alcalde con la lógica de los pueblos con patrón de plaza. Siguiendo los modales democráticos de Bello o Tuta, de Lorica o Cereté, de Majagual o Itagüí. El señalado de turno es Juan Carlos Vélez Uribe, quien tiene como grandes virtudes el juego trocado de sus apellidos, haber prestado servicio militar en Urabá y ser un incondicional hasta rayar con la devoción. Cuando le preguntaron hace cinco años qué papel jugaría Álvaro Uribe en la política luego de terminar su periodo, dijo con convicción que el país buscaría que fuera “como una especie de ‘papá’ del próximo presidente”.
Lo triste es que el hijo adoptivo de Uribe Vélez no conoce la ciudad que pretende gobernar. No vive en Medellín desde hace al menos 15 años, cuando fue elegido para regentar la Aeronáutica Civil, luego fue congresista de la mano de su acudiente y más tarde director de Anato como periodo de vacaciones. Desde que fue concejal de Medellín entre 1994 y 1997 el ahora candidato no ha planteado una sola idea respecto a la ciudad. Su lema es la seguridad y es seguro que no sabe que la actual administración ha doblado en presupuesto en ese campo, que se han firmado acuerdos con la fiscalía y la ciudad cuenta con una unidad especializada para homicidios, que hay estudios de la academia que se ejecutan con policías en las calles. Lo suyo es el manido y riesgoso discurso de las redes de cooperantes, la ciudad vigilada con drones, los chips instalados en las motos. Un policía con un visor nocturno es su idea de seguridad.

Por simple madurez, Medellín debería elegir entre quien ya se probó en un periodo y ha dedicado su vida a pensar y escribir sobre los problemas de la ciudad y quien fue su concejal en dos periodos recientes, ya se mostró una vez como candidato y ha entregado durante años respuestas concretas para los problemas concretos, y no un libreto viejo dictado por otro. Salazar y Gutiérrez, con discursos opuestos muchas veces, son candidatos que se pueden descifrar, que han propuesto y han actuado, que no piensan en Iberia cuando oyen Tenerife y no necesitan la bendición de su tutor. Siempre será mejor un alcalde con fogueo que la pálida ficha del corifeo.