martes, 17 de julio de 2018

Portadas de ahogado





Hace quince años comenzaron los primeros contactos en San José de Ralito, corregimiento de Tierralta en Córdoba, para la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). El proceso duró cerca de tres años y en 2006 se presentaron ante el gobierno y la sociedad 31.671 combatientes que entregaron algo más de 18.000 armas y decían estar dispuestos a dejar la guerra. Hoy se dan versiones variadas sobre la magnitud y el significado de la herencia criminal que dejó el proceso; incluso se discute la manera como deben nombrarse quienes volvieron a las armas y la ilegalidad, para algunos una nueva generación paramilitar, para una versión más oficial y aceptada Bandas Criminales.
No cabe duda que el paramilitarismo como organización contrainsurgente, ligada a amplios sectores del ejército y la policía, con gran incidencia en la política regional y nacional, dejó de existir para convertirse en un nuevo engendro. Se había firmado el fin de la gran organización criminal con mandos claros en las regiones, un manual ideológico, líderes nacionales con vocería en los medios y capacidad de presionar e influir en el gobierno nacional. En 2011, cinco años después de la desmovilización, las cifras oficiales hablaban de 1.229 reincidentes capturados, centenares dados de baja y otros tantos activos. Hace un poco más de dos años la Agencia Nacional de Reintegración entregó una cifra de 24% de reincidencia por parte de quienes se presentaron a las listas de Justicia y Paz. La gran mayoría de los mandos medios armaron estructuras acordes a su capacidad y fueron creciendo nombres como ‘Los Paisas’, ‘Los Urabeños’, ‘Los Rastrojos’. En Urabá se consolidó un liderazgo nacional y el Clan del Golfo se convirtió en una especie de franquicia que agrupó a variadas e independientes bandas con modales y ropaje paraco, pero con muy distinto alcance, discurso y relación frente al Estado, que se convirtió en un enemigo más cierto como lo demuestra el final de Giovany, El Indio, Gavilán, Inglaterra y decenas de cabecillas más, y frente a las con las guerrillas que en algunos casos comenzaron a ser aliadas en empresas criminales de narcotráfico y minería ilegal. Sin duda conservan control territorial en algunas zonas e intimidan liderazgos incómodos en otras, pero su discurso cambió y su interés principal son las rentas criminales. Incluso muchos de ellos han terminado como segundos de los narcos mexicanos que vienen por su surtido.
Todo este recuento para intentar un paralelo con lo que son hoy las disidencias de las Farc y la posible “refundación” de esa guerrilla de la que habló la revista Semana. Al igual que las AUC las Farc dejaron de existir, así algunos de sus mandos medios quieran conservar sus viejos discursos y negocios, y así quieran posar de comandantes. El gobierno habla de una reincidencia cercana al 10% mientras los más pesimistas señalan un porcentaje que estaría muy cerca del 24% aceptado en el caso de los Paras. Las “Farcrim” no serán nada muy distinto de lo que es el Clan del Golfo que hoy estrena ley para buscar un sometimiento. Una federación de grupos independientes con un degrado discurso ideológico que es simple fachada, con el centro de sus rentas y aliados en las fronteras y con una base social reducida a la mano de obra de gatiilleros, narcos y campaneros. Ni siquiera los cultivadores de coca serán cercanos a sus estructuras. Rehuirán al ejército en vez de enfrentarlo y no harán conferencias nacionales sino “juntas directivas” locales. No tendrán ni argamasa ideológica ni coherencia histórica. Las Farc han desaparecido, lo demás son portadas de ahogado.






martes, 10 de julio de 2018

Receta venenosa









Cuarenta años se cumplen en Colombia de la receta de venenos como solución caída del cielo contra los cultivos ilícitos. En 1978 el Inderena advertía sobre las intenciones, planteadas por Estados Unidos, de fumigar cerca de 19.000 hectáreas de marihuana en la Serranía de Perijá y la Sierra Nevada de Santa Marta. Era un bonito bautizo a la Ciudad Perdida descubierta dos años antes. El Inderena hablaba de posibles perjuicios contra la salud humana y los “recursos básicos de toda actividad económica como son el aire, el agua, los suelos y la fauna”. Pero se imponían las recomendaciones desde el norte. Durante cerca de seis años se probaron diferentes agrotóxicos, entre ellos el “agente naranja”, arma de guerra en Vietnam que obligó al ejército gringo a pagar indemnizaciones a más de dos millones de soldados que lo regaron a conciencia sobre los vietnamitas, y el paraquat, garantía contra los moños de cannabis que se usó en Estados Unidos hasta 1983. Incluso un presidente obediente como Turbay tuvo algunos reparos a la fumigación indiscriminada con paraquat según informes norteamericanos: “El Presidente Turbay (1978-1982) se mostró renuente a desarrollar una campaña de erradicación por aspersión debido a la controversia internacional alrededor del tema del paraquat y a otras hasta ahora indefinidas problemáticas ambientales”.
En 1984, el ministro de salud de la época, Jaime Arias Ramírez, reconocía la enorme presión desde los Estados Unidos para el uso del paraquat: “(…) debemos ser los colombianos los que tomemos la decisión y no la tomen desde otros países.”. No valieron los conceptos adversos de expertos en Colombia y muy pronto Enrique Parejo González, ministro de justicia, decidió a puerta cerrada la estrategia de fumigación. Entre 1984 y 1987 se fumigaron más de 30.000 hectáreas de marihuana con el milagroso glifosato. Los resultados fueron muy buenos…para los cultivadores: “por desplazamiento, el cultivo neto de marihuana aumentó en más de 150% entre 1985 y 1987.” Los noventa fue el tiempo para las fumigaciones sobre la coca. De nuevo aparecieron las advertencias desde el ministerio de salud, en su momento Camilo González Pozo: “Tampoco se debe desconocer que estos productos no son inocuos para la salud humana, puesto que han sido diseñados con fines letales sobre organismos vivos (Insectos, malezas etc.) Su uso inadecuado e indiscriminado, representa un riesgo real y permanente para la población y para el medio ambiente”. Gaviria regañó al ministro y siguió adelante. Samper fumigó con ganas para congraciarse con Frechette e incluso aceptó la participación mayoritaria de pilotos gringos que llegó a su pico en el segundo gobierno Uribe. En 2009 llegaron a trabajar en Colombia 335 empleados de la DynCorp, empresa contratista del gobierno americano para manejar las aspersiones aéreas.
Desde los años de Samper hasta 2015 se han fumigado en Colombia cerca de dos millones de hectáreas. Más que los resultados han valido las advertencias y las evaluaciones de “buena voluntad” frente a los nortemericanos, quienes suspendieron fumigaciones en su territorio desde hace veinte años tras rociar por última vez en Hawaii. Durante los años de fumigaciones crecientes, entre 2003 y 2007, las hectáreas de coca se mantuvieron estables entre 85.000 y 90.000 hectáreas. Años más tarde, en el Putumayo el promedio de fumigación se mantuvo durante cuatro años y las hectáreas de coca se triplicaron. En Antioquia, la fumigación se triplicó entre 2013 y 2014, y las hectáreas de coca se duplicaron. En Meta y Guaviare el Roundup oficial disminuyó 30% en 2014 y ese año la coca sembrada cayó el 3%.
Ahora Iván Duque pretende volver a la vieja receta, no importan las 8.000 quejas en la Defensoría por efectos de las fumigaciones, ni las condenas del Consejo de Estado contra la policía por sus regalos de veneno, ni la nueva clasificación del Glifosato que hace el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC) al relacionarlo con la generación del linfoma no-Hodking, ni la claridad de la sentencia de la Corte Constitucional en febrero de 2017: “En concreto, la aplicación del principio de precaución en el presente caso tendrá como objetivo prohibir que, en adelante -no obstante la actual suspensión voluntaria de aspersiones aéreas con glifosato- se use o se retome el uso del herbicida glifosato en el programa de erradicación de cultivos ilícitos en forma de aspersión aérea”. Arrodillarse puede ser popular, pero no útil.













martes, 5 de junio de 2018

Vaivén político









La política suele dejar a los países fatigados y en un mismo punto respecto a algunos de sus grandes debates y problemas. El oportunismo, la debilidad ideológica y la desvergüenza logran un vaivén entre posiciones antagónicas que solo causa mareo y agotamiento. No hablo de los normales giros ideológicos que dan las sociedades y que marcan énfasis de políticas públicas cada cierto tiempo. Me refiero a las volteretas que dan partidos y movimientos según pequeñas ofertas y que suceden de un día para otro, señalo la patética carrera de quienes van de un extremo a otro para salvar dos puntos en la nómina y tres rayas en el presupuesto.
Iván Duque reiteró el domingo pasado en entrevista en El Tiempo que les hará reformas a los acuerdos de La Habana para lograr penas proporcionales y sacar de sus curules a los líderes de las Farc. Esos son los puntos claves detrás de la retórica de mejorar el acuerdo para las víctimas y cumplir los estándares internacionales de justicia. Para ese propósito habla de “un gran acuerdo nacional”. Juan Manuel Santos utilizó el mismo término al menos durante cuatro años para impulsar los acuerdos de paz. El plebiscito nos demostró muy claramente que ese gran acuerdo era imposible, y que ni siquiera existía una clara mayoría de apoyo o rechazo al proceso. Se habían conformado dos bandos equivalentes de la mano de una gresca política y personal, ideológica y regional, y nada valía para romper ese crispado equilibrio. Los odios partidistas y la desconfianza electoral terminaron siendo más fuertes y persistentes que el largo conflicto.
Con el acuerdo firmado y una victoria del NO por estrecho margen se acudió a la “Unidad Nacional” en el Congreso donde las mayorías eran claras. El Centro Democrático, principal representante del NO, tenía apenas el 14% del Congreso y no más de 60 alcaldes de 1121 en todo el país. En esa Unidad Nacional participaban con entusiasmo el partido Conservador, el Partido Liberal, el Partido de la U (bautizado así en alusión a Uribe para amargura de uno y otros) y Cambio Radical. Ese pacto político permitió que se hicieran ajustes menores a lo acordado en La Habana y se aprobaran los cambios constitucionales y legales que luego tuvieron el aval de la Corte.
Ahora tenemos al candidato del Centro Democrático con buenas posibilidades de llegar a la Casa de Nariño, y los partidos que hace dos meses apoyaban los acuerdos ya se inclinan en reverencia ante quien consideran el futuro presidente. Juntos conforman una gran mayoría en el Congreso y de ganar Iván Duque le pondrán otro nombre a esa “unidad nacional”, tal vez unanimidad nacional, y se ocuparán en la tarea de modificar los acuerdos que ahora les parecen imperfectos y precarios. Los mismos políticos que resolvieron esa especie de empate técnico de la opinión pública sobre el proceso de paz con el apoyo al gobierno y su esfuerzo en La Habana, ahora resolverán el persistente empate con un apoyo a la modificación que de seguro es también una barrera a la implementación, un empuje a la reincidencia y una renovación del conflicto. Duque gastaría entonces dos años de gobierno, buena parte de su poder de negociación (que ya sabemos de dónde sale) y una gran porción de la energía de su posible gobierno en regresarnos a un lugar ya conocido e indeseable, en retroceder para lograr un punto de honor para sus electores. Los políticos trabajan siempre en el mismo punto, no se mueven de su puesto, así empujen a un presidente y jalen a su sucesor.




martes, 29 de mayo de 2018

Bienvenidos al pasado






Iván Duque gastó una buena parte de su oratoria resaltando su juventud coincidente con la juventud colombiana. Mostrar la cédula como un lema de campaña. Una especie de llamado a la república de los jóvenes. Al gobierno del futuro, similar al que llamaba Cesar Gaviria en los 90 y que hoy es pasado remoto y enterrado. Duque quiere ser renovación aunque cargue y se apoye en una colección de políticos curtidos en todo sentido, un yunque de conservadurismo religioso e ideológico, un retrato de grupo que es necesario esconder en el último bolsillo de la billetera para invocar protección sin mostrar las arrugas amargas y ceñudas. Poco a poco, con sus canas ciertas o inducidas, confirmó que era un joven demasiado viejo, un hijo liberal con grandes obligaciones conservadoras, un niño con los juramentos de quien recién fue “investido” para la primera comunión.
Pero los jóvenes parece tienen muy bien afilado su detector de “muchachos” contemporáneos de Marta Lucía y Ordóñez. Basta con hacer una breve búsqueda por los formularios E14 de algunas mesas para entender un poco cómo se vota, al menos en las ciudades, dependiendo de la fecha de nacimiento. Miré mesas de puestos de votación diversos en Medellín y Bogotá. Las últimas mesas tienen a los votantes más jóvenes e indiferentes y las primeras a los más vividos y cumplidores. Las primeras mesas tienen casi siempre entre un 30 y un 40% más de participación que las últimas. Los millennials todavía votan más en Facebook y en Twitter que en el cubículo.  En Medellín, en las mesas de votantes más jóvenes, Fajardo le ganó a Duque en diferentes estratos. Cuando se pasa del 20 o 25% del total de las mesas en un puesto de votación, pasando de las mesas más jóvenes a las de mediana edad, Duque comienza a marcar diferencias, a ser mayoría cuando asoman las canas; y en las primeras mesas, las del votante cansino, las mesas del 11% de los colombianos que pasan de 60 años, el candidato de Álvaro Uribe ya cuadruplica al segundo, Sergio Fajardo en este caso.
En Bogotá pasan cosas parecidas. La ubicación de los barrios marcó el liderato alternado de Fajardo y Petro en la mitad y algo más de las mesas más jóvenes. En Bogotá el conservadurismo, el temor al cambio, la religión de lo establecido, parece llegar un poco más tarde. Duque perdió no solo en el 25% de las mesas más jóvenes, como en buena parte de los sitios de votación en Medellín, sino en cerca de la mitad de las mesas más inclinadas a los 18 años. El candidato del Uribato tiene entonces poco más que la juventud impostada y la experiencia prestada. Y tiene además la más rancia maquinaria aunque se esconda en la tarima detrás del telón del Centro Democrático que adorna el perfil de Uribe. La política más vieja también puede vestirse con chaleco abullonado y manillas en las muñecas.
La demostración de que un creciente interés de los más jóvenes y una mayor votación hace que llegue la derrota de lo más arisco a una visión liberal, a los valores sin discriminación de la Constitución del 91, está en el resultado en las cinco capitales de departamento en las que más se votó en Colombia, donde la participación pasó del 63%. En Bogotá, Medellín, Manizales, Bucaramanga y Tunja, Sergio Fajardo obtuvo el 37.2% de los votos contra el 33.8% de Duque. Sólo el interés de los más jóvenes puede salvarnos de la visión polvorienta y embalsamada de quienes acompañan y mueven los hilos la vejez prematura de Iván Duque.





martes, 22 de mayo de 2018

Sufragio regional







Los sobresaltos electorales del 2018 en América Latina comenzaron en la apacible Costa Rica. Un cantante de evangelios logró que la religión fuera la gran protagonista de la campaña. Todos los atriles tuvieron que convertirse en púlpitos. El matrimonio de parejas homosexuales y una cátedra de sexualidad para adolescentes fueron los grandes temas de campaña. “Nos oponemos al Estado laico, porque quienes lo promueven en realidad buscan un Estado ateo”, repetía el candidato Fabricio Alvarado desde su ministerio cristiano llamado Metamorfosis y su movimiento político llamado Restauración Nacional. Desamparados se llama el barrio popular donde creció al sur de San José. Los nombres de su barrio, su iglesia y su partido sirvieron como parábola del candidato que en noviembre del 2017 marcaba el 3% en las encuestas y en febrero de este año ganó la primera vuelta con el 25%. Para quienes la política se ha vuelto un zumbido insignificante y los políticos moscardones insoportables, la iglesia es un refugio para todas sus preocupaciones. Cada vez más el diezmo y el voto van a la misma ranura. En segunda vuelta Fabricio Alvarado perdió ante el temor de los jóvenes y la clase media urbana de un regreso al mundo de sus abuelos.
Venezuela acaba de marcar la segunda elección de latinoamericana con una farsa que ha dejado atrás las encendidas batallas electorales que caracterizaron el Chavismo durante quince años. Lo más importante para los electores que se animaron a salir fue la posibilidad de asegurar una bolsa CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción), un cinismo involuntario hace que miles de bolsas entregadas por el gobierno según sus siglas de hambre suenen como una lluvia de aplausos. El voto puede asegurar un tesoro: cuatro paquetes de harina de maíz, uno de harina de trigo, dos de arroz, dos de granos, una botella de aceite, kilo y medio de pasta, dos bolsas de leche en polvo, una salsa de tomate y otra de mayonesa. La participación cayó 25% puntos si le creemos a las cuentas oficiales y fue reelegido un presidente con una desaprobación del 72%. El hambre, la coacción oficial y el miedo a los “puntos rojos” que vigilaban los puestos de votación marcaron el proceso que desde afuera solo aprobó José Luis Rodríguez Zapatero.
Brasil tiene en octubre una cita con el gran favorito como ausente. Lula en la cárcel condenado a doce años por corrupción. Un reo que no dejará de hacer política y logrará que la campaña gire en torno a los jueces y los militares.  “Yo no voy a parar porque ya no soy un ser humano. Yo soy una idea. Una idea mezclada con las ideas de ustedes”, dijo al momento de entregarse y evocar las detenciones de los años ochenta a manos de los militares. El jefe de las fuerzas armadas, Eduardo Villas Boas, respondió apelando a la coincidencia de los militares y los “buenos ciudadanos contra la impunidad”, y a favor de la paz social y la democracia. La sombra de la dictadura volvió a asomar encarnada en Jair Bolsonaro, un ex policía sin reatos, orgulloso de su racismo, su homofobia y su misoginia. Dedicó su voto contra Dilma Rousseff a un militar golpista y no tuvo problema en soltarle a una ministra una frase de presidiario en pleno congreso: “No mereces ni que te viole”. Bolsonaro, según las encuestas, tiene buenas opciones de segunda ronda.
En México en el último debate los candidatos se llamaron “cínico”, “farsante”, “hipócrita”, “demagogo” y ladrón. También se habla de extremos y se mete miedo con la opción de López Obrador quien asegura la tercera será vencida. Entre nosotros los primeros lugares los disputan un heredero y un elegido. Qué tal que el gran cambio en la región se haya dado en Cuba, con el señalamiento del heredero de los Castro.


martes, 15 de mayo de 2018

Celebrar los males





Durante un tiempo se estancan un poco las ansias de señalamiento, la adrenalina que generan los desastres ajenos, la necesidad de dar algunas lecciones y mostrar inteligencia y sensibilidad. Pero cuando se rompe la presa viene el furor: algo de rabia, mucha energía en la destrucción, todo el oportunismo y la felicidad de nadar sobre la espuma de los acontecimientos. Los recientes problemas en HidroItuango y la creciente del sábado pasado que afectó a las comunidades de Puerto Valdivia, han demostrado una sorprendente fascinación frente a los infortunios de una obra pública. Aguas abajo han corrido las peores ignorancias, las teorías de la conspiración, el regionalismo más ruin y el ambientalismo más frívolo y con menos luces. La rechifla contra las instituciones y las empresas del Estado se ha convertido en un sinónimo de inteligencia y rebeldía. No se trata tanto de argumentar como de soltar una frase lapidaria que se repite en las conversaciones en los taxis, en los muros, en la complacencia crítica de todos los días en las redes sociales.
Algunos, desde sus computadores o sus teléfonos recién cargados, hablan de la inutilidad de un proyecto de esa magnitud. En la mente quieren volver a la austeridad de nuestros ancestros y al fogón de leña, pero en la casa corren al microondas y rabian al sufrir dos minutos sin DirecTv. Para muchos este país debería hacer una especie de corte de cuentas: que haya energía para los cincuenta millones que somos hoy y que quienes vienen se resuelvan como sea. El 85% de nuestra demanda actual de energía puede cubrirse con energía hidroeléctrica. Tenemos la geografía y el conocimiento acumulado para acudir a esa forma de generación. Sin la energía que producirá HidroItuango, Colombia podría tener problemas para atender sus picos más altos de demanda en el año 2023.  No se trata del capricho de uno o dos gobernantes ni de la ambición que señalan algunos. Hoy en día las exportaciones de energía a Ecuador y Venezuela son insignificantes respecto al total de generación.
En Colombia se reclama todos los días la existencia de empresas públicas fuertes, que cumplan sus objetivos y entreguen utilidades para ser invertidas en los ciudadanos. EPM le entrega cada año un poco más de un billón de pesos al municipio de Medellín y ha aportado una buena parte del conocimiento al sector eléctrico en Colombia. Pero aquí las empresas públicas exitosas pueden ser tan odiadas como las fracasadas. El logo y el origen oficial es suficiente para que sea necesario echarles tierra.
Vale la pena mirar una de las críticas claves al proyecto HidroItuango: el supuesto propósito de tapar el rastro de masacres en la zona. Parece que increíble lo visionarios que pueden ser nuestros gobernantes. Desde la década del sesenta se planeó hacer una represa para cubrir los rastros de los asesinatos que se iban a cometer en la década del noventa. El crimen perfecto. Colombia tiene cerca de 35.000 denuncias de desaparición forzada en los últimos treinta años. Una tarea inmensa por hacer en cientos de municipios. En los doce que abarca el proyecto HidroItuango se identificaron 659 casos según la cifra de Medicina legal. Durante el proyecto se firmaron contratos para realizar la investigación y las exhumaciones y se logró avanzar más que en casi todas las zonas con iguales problemas en el país. Se exhumaron 159 cuerpos y se identificaron más de la mitad de los mismos. Esa es solo una de las preocupaciones de las comunidades que recogió el proyecto.
Pero ahora resulta que una sola organización, minoritaria en muchos temas y sectores, representa a los más de 150.000 pobladores de los doce municipios. Y pide que se oiga a las montañas y al agua de los ríos, que se escuche su voz cavernosa. Pero a las montañas les queda difícil acudir al trámite de las licencias ambientales y a las consultas previas.




martes, 8 de mayo de 2018

Viaje a la revolución





Hace un poco menos de cien años, en mayo de 1920, Bertrand Russell fue invitado a Rusia a conocer de cerca los “milagros” de una revolución que daba sus primeros pasos y extrañaba sus primeros pesos. Russell iba en compañía de una delegación del laborismo inglés y llegaba con una saludable mezcla de simpatías y recelos frente a los bolcheviques. Estuvo más de un mes y pasó por Moscú, Petrogrado y distintas zonas rurales. Siempre en trenes de lujo, recibido por pompas militares, hospedado en hoteles de primera con chinches como compañeros de cuarto. Aunque siempre con libertad para hacer sus propios recorridos y hablar con gente muy diversa. El viaje dejó un pequeño tratado, un diario y una serie de cartas que se agrupan en un libro llamado Viaje a la revolución.
Russell intentó una especie de disección a ese experimento marxista que sorprendía al mundo cien años después del nacimiento de su inspirador. Lo primero que advertía el viajero inglés era el carácter heroico de la revolución, el ejemplo que dejaba su tentativa para nuevas aventuras socialistas. Pero los métodos de esos precursores eran “toscos y peligrosos”. Muy pronto Russell comenzó con las advertencias. Entre las tres posibilidades que contemplaba para lo que llamó el bolchevismo se resumen buena parte de los acontecimientos políticos del siglo XX: la victoria de los bolcheviques puede llevar a un imperialismo napoleónico que olvide los ideales que lo inspiraron, una prolongada guerra entre capitalismo y comunismo que haga que la civilización se venga abajo (al menos la versión de esa guerra fue fría) y la derrota definitiva del comunismo por las fuerzas del capitalismo. No se puede decir que Bertrand Russell fuera un turista perdido.
Uno de los grandes peros al nuevo sistema que imponían 600.000 comunistas a un país de 120 millones de habitantes, era el carácter religioso de la revolución, sus doctrinas y sus profetas alejados de cualquier asomo de escepticismo y por tanto tan inclinados a la crueldad. Un sistema económico más justo que obligue al hombre a recluirse de “nuevo en la prisión intelectual de la Edad Media”, implicaría el pago de un precio demasiado alto. Lenin imponía un puritanismo por vía militar, una austeridad con algo de saña, un nivel de esfuerzo que el grueso de la población no consideraba tolerable. Al final Russell dejaba claro las sencillas causas que podían derrocar a los bolcheviques: “llega el momento en que los hombres entienden que la comodidad y el recreo valen más que todos demás bienes juntos”. Una pequeña reivindicación de los placeres inofensivos.
De algún modo Russell intentaba disculpar al sistema que enfrentaba un país recién salido de la guerra y bloqueado comercialmente desde occidente. Pero las condiciones no dejaban lugar a la benevolencia. Todo el mundo trabajaba más de ocho horas: primero las obligaciones colectivas que imponía el Estado so pena de trabajos forzados o campos de concentración, luego las penurias individuales que exigían a rebuscar algo extra para la comida. Ese trajín en medio de la vigilancia y la arbitrariedad policial en busca de posible especulación. Moscú le sirvió para describir el escenario del drama: “La imagen de los trabajadores yendo de acá para allá, con ropas raídas, con el inevitable paquete en una mano y el tarro de hojalata en la otra, por las calles libres de tráfico, produce el efecto de la vida en una vasta aldea y no en una capital”. El odio fue su última conclusión. Ese sentimiento conducía a un dogmatismo que busca cambiar la naturaleza humana por la fuerza y se concentra más en el “deseo de destruir males antiguos que en el de edificar nuevos bienes”.
Algo queda de esa vasta religión y de los modales de la checa soviética.

martes, 1 de mayo de 2018

Calenturas






Al paso que vamos Medellín completara tres años consecutivos con alza en los homicidios. La ciudad enfrenta siempre un equilibrismo contra la violencia, una incertidumbre sobre las urgencias, los correctivos y los propósitos de quienes ejercen el poder armado. Un poder difuso, siempre en cuestión, amenazado y amenazante. Desde hace décadas es claro que las autoridades no controlan los ciclos de violencia, solo registran las cifras con algo de alarma, intentan explicar el fenómeno de la manera menos afrentosa a sus esfuerzos y reaccionan con algo de presencia institucional, casi siempre uniformada, en las zonas calientes. Tanto que los picos violentos más recientes los identificamos por el nombre de los capos desmovilizados, enfrentados o capturados: Don Berna y Doble Cero en 2001-2002, Sebastián y Valenciano en 2009-2010, Capturas de Tom, Carlos Pesebre, Sombra entre 2017-2018. Gobiernos de signo político contrario y con estrategias distintas frente a la colección de más de 300 combos han sufrido reveses similares.
La semana pasada, luego de un día con seis homicidios en la ciudad, algunas voces críticas amanecieron diciendo que habíamos vuelto al terror de los años noventa. Es sin duda un adelanto que la sociedad sea menos tolerante frente al homicidio y que las alarmas ciudadanas sean cada vez más sensibles a la violencia. Pero vale la pena recordar que las diferencias entre los tiempos que corren y la sangre que corrió. En 1991, el año más violento en la historia de la ciudad, hubo 19 homicidios diarios en promedio. La tasa de homicidios fue de 433 por cada 100.000 habitantes. En la década del noventa murieron asesinadas más de 5000 personas en promedio cada año en la ciudad de Medellín. Este año, si las cifras se mantienen más o menos estables, la tasa de homicidios no pasará de 25 por cada 100.000 habitantes. Aunque siempre habrá que hacer la salvedad de que los jóvenes entre 14 y 28 años, habitantes de los barrios más altos, tienen todavía un riesgo de morir asesinados 3 o 4 veces superior al del resto de la población.
La ciudad y las administraciones sucesivas han aceptado una falsa premisa en la estrategia contra la violencia. Las opciones que se han debatido en los últimos 15 años varían entre la negociación o la lucha declarada contra quienes tienen el monopolio de las rentas ilegales y el mando sobre milicias, paras o combos. Por eso se ha criticado el supuesto apaciguamiento, conocido como Don Bernabilidad, durante la administración de Sergio Fajardo, y por eso se critica hoy la postura desafiante del alcalde Federico Gutiérrez frente a los cabecillas en los barrios. Los pactos estables, bien sean auspiciados por las instituciones o acordados por los pillos, son un sueño imposible. Al mismo tiempo el triunfo por medio de capturas de los más buscados es una ilusión que se estrella contra la persistencia de los sucesores y las estructuras que van más allá del jefe de turno.
La pelea más compleja y más importante sigue siendo por las expectativas y las decisiones de los adolescentes. Cada año cerca de 10.000 jóvenes entre 15 y 16 años huyen de los colegios por desmotivación, deslumbramientos frente a oportunidades dudosas o simple obligación. Para los profesores cada día es más difícil pelear con quienes ofrecen un celular, una moto, el estatus de un fierro. Hay cerca de 600.000 jóvenes entre 14 y 28 años en la ciudad, ahí están los grandes retos más allá de los patrones de barrio.




miércoles, 25 de abril de 2018

Política y fiscal






El afán político suele ser un aliciente para variadas torpezas. Alienta por igual los lugares comunes o la retórica más extravagante, intenta sorprender con sonoras fantasías o complace reafirmando simplezas y prejuicios. Huye de la verdad y sabe que más valen las frases hechas que los hechos. Alarmar es una de las principales consignas de quienes buscan atención mediática con fines políticos. El fiscal Néstor Humberto Martínez se ha convertido en uno de esos afanados políticos. Cada semana suelta dos o tres frases en busca de un titular de prensa. Una semana pretende ser gracioso y deja caer un chiste sobre la jurisprudencia de la Corte Suprema. La semana siguiente frunce el ceño y señala las grandes amenazas para ilustración del ministro de defensa. Para la próxima tiene preparada alguna máxima dicha en la postura del pensador. Todo lo hace desde un atril donde se lee en letras doradas su dignidad: Fiscal General de la Nacional. Las declaraciones y la dignidad del cargo sufren efectos contrarios. La cháchara del fiscal toma un halo de importancia y gravedad por venir de quien viene, y el encargo constitucional pierde lustre por la charlatanería de quien lo ocupa.
La semana pasada el fiscal se pasó. Dijo con tono preocupado una frase que recogieron todos los periódicos: “Ha revivido un nuevo enemigo en Colombia: el narcotráfico, y es necesario que en esta transición de poder podamos suscribir los colombianos un nuevo acuerdo que nos permita refundar la política antidrogas en Colombia o vamos a perder nuestra estabilidad institucional con las amenazas que tuvimos hace dos y tres décadas”. Colombia es el principal exportador de cocaína del mundo hace cuarenta años. Las fluctuaciones en las hectáreas de coca se han repetido por décadas y van atadas a las fluctuaciones en las incautaciones de cocaína. El año pasado tuvimos la cifra más alta de cultivos coca en los últimos quince años e igualmente tuvimos el record histórico de incautaciones de cocaína con algo más de 410 toneladas. Que el fiscal general diga que ha revivido el narcotráfico en Colombia demuestra que no solo no tiene contexto real alguno sino que ha pasado inmune a las series de narcos que inundan las pantallas. O demuestra que en Colombia los funcionarios se hacen los bobos para posar de profetas.
El fiscal parece hacer una asociación inmediata entre hectáreas de coca sembradas y crecimiento del poder mafioso. Se le olvida que la coca ha crecido en los mismos sitios desde hace años y que el Estado por allá ha sido siempre un fantasma que fumiga o promete. Según la medición de Naciones Unidas de 2017 el 80% del territorio sembrado de coca alguna vez fue fumigado, erradicado o al menos censado. Pero no se quedó ahí. Dijo además que el Cartel de Sinaloa está en Colombia y que Guacho es su brazo armado. Los narcos mexicanos rondan por aquí hace más de diez años y si se quiere le han quitado poder y plata a nuestros “exportadores”. El fiscal nos acaba de revelar que hay conexiones entre quienes producen el 90% de la cocaína que llega a Estados Unidos y quienes se encargan de pasarla a través de la frontera norte. Del funcionario encargado de dirigir las investigaciones sobre crimen organizado se esperan algunas revelaciones para entender nuestras empresas criminales, pero solo se obtienen obviedades y reducciones con ánimos políticos.  
En 1998 el exfiscal Alfonso Valdivieso se lanzó a la presidencia y la revista Semana reseñó ese acontecimiento en principio exitoso: “El consenso generalizado fue que el salto a la arena presidencial resultó todo un éxito. Los focus groups inmediatamente posteriores así lo confirmaron. La transición de Fiscal a candidato se hizo sin tropiezos, que era precisamente lo que se buscaba”. De esa candidatura, absorbida por el pastranismo, nació el partido Cambio Radical. La historia política reciente entrega reveladoras coincidencias.



miércoles, 18 de abril de 2018

El Tomate








El corregimiento El Tomate en San Pedro de Urabá tiene una larga y macabra historia de violencia. Un alarde de plomo que ha obligado a correr las cercas, a salir corriendo a cientos de familias, a correr sangre y susurros en una tierra donde el silencio es una mínima garantía. Hace un poco menos de treinta años, en agosto de 1988, se dio el bautizo de fuego en El Tomate. El Castaño del momento era Fidel y su grupo no tenía todavía las siglas contrainsurgentes ni los discursos patrióticos, se llamaba simplemente Los Tangueros o Los Mochacabezas, cuando querían ser un poco más explícitos. Esa primera masacre dejó 22 ranchos quemados y 16 personas muertas. Los paras llegaron en un bus de servicio público que desviaron hasta El Tomate y con granadas y fusiles dieron su “lección inaugural”. En su momento se habló de una venganza por el ataque a una base militar en Tierralta por parte de las Farc y el EPL una semana antes. Luego de la masacre el ejército simplemente alzó hombros.
El Tomate es el mismo corregimiento de San Pedro de Urabá donde hace una semana fueron asesinados ocho policías que acompañaban una comisión de la Unidad Nacional de Restitución de Tierras. Dos sentencias de diciembre pasado señalaron las parcelas del caserío que deben volver a manos de sus dueños legítimos. Pero una cosa es el papel y otra el cruento dominio que mantienen los herederos de los paramilitares en la parcela. El Tomate ha servido como campo de entrenamiento y planeación militar, como celda de torturas y escarmiento, como tierra blanda para las fosas comunes e incluso, como territorio para las “acciones comunitarias” de Funpazcor, la fachada social de Sor Teresa Gómez hermanastra de los Castaño Gil.
Luego de la desmovilización de las AUC en 2006 El Tomate sirvió como refugio de los paras reincidentes y zona de reclutamiento para los nuevos bandidos. El poder ilegal siguió intacto, solo que el mando estaba un poco más difuso y era necesario dar nuevos combates para definir poderes, proteger tierras y amarrar lealtades. La falta de un patrón hizo que aparecieran nuevos rótulos para los grupos dispersos: Rastrojos, Águilas Negras, Urabeños, Paisas. Allí mismo, en El Tomate, terminó la vida de Carlos Castaño hace 14 años, y una parte de la tierra acabó en manos de Monoleche, uno de sus hombres de “confianza”. Tierra en el pecho para unos y en el papel para otros.
Tres años después de la desmovilización de las AUC se encontraron 17 cuerpos desmembrados en la finca La 35 en el mismo corregimiento. Monoleche contó cómo procedía la “justicia para”: “A las personas que las llevaban a La 35, era por informaciones que era colaborador de la guerrilla o guerrillero y pues allá en La 35 el comandante Doble 00 los interrogaba y si tenían las pruebas le daban de baja”. El reciente ataque a la comisión de la policía demuestra que las Bacrim, el Clan del Golfo, Los Urabeños, cómo quieran llamarlos, conservan un poder similar al que tuvieron los paramilitares en la región. Un fortín muy parecido al que hay en algunos municipios del Bajo Cauca antioqueño donde han pasado los hombres y han quedado las “instituciones” paracas.
Luego de la masacre de los policías el expresidente Uribe, hombre enfermo de la memoria e incapaz de la autocrítica, dijo que todo era culpa del mal ejemplo que dio el acuerdo con las Farc y la impunidad de la Justicia Especial para la Paz. Por supuesto olvida las zonas donde ha retoñado la semilla paramilitar luego de su proceso con las AUC. Porque donde él jura haber fumigado la violencia, solo dejó caer algo de agua y abono para una nueva cosecha.





miércoles, 11 de abril de 2018

Cobrar la apuesta








Está claro que entre nosotros no importa la razón a la hora de desatar los grandes nudos que impone la realidad. Discernir, pensar, usar la inteligencia para resolver problemas está un poco más allá de nuestras rabias y nuestros entusiasmos. Lo razonable, como aquello que tiene proporción y huye de los excesos, no encaja con nuestras lógicas exaltadas y nuestros ánimos de pendencia. Nos gusta más el pulso que pone rojos a los contendientes ligados por su mano más fuerte, que embota la cabeza con exceso de sangre, que el diálogo que pide algo de sosiego en busca de la menos triste y costosa de las decisiones. No nos gusta la razón como ejercicio, simplemente nos interesa tener la razón como simple alarde. No importa que se imponga una verdad incompleta y costosa, lo clave es que se puede enrostrar una equivocación, que se logre cobrar la apuesta.
La detención de Jesús Santrich ha mostrado con claridad esa alegría profunda e irracional frente a una amenaza. Millones de colombianos celebran y gritan, cobran e insultan, para demostrar que tenían razón, que estaban en lo cierto, que lo habían dicho, que conocen por dónde va el agua al molino. Las consecuencias que puedan tener la detención y la posible reincidencia del ex guerrillero son apenas efectos colaterales, obligaciones para saldar un desafío. Están de acuerdo en cobrar con algo de carne a la manera de Shylock. Para muchos es mejor la desbandada de los enemigos, la desconfianza mutua que puede regresar al conflicto y traer de nuevo las certezas del odio. Renovar la posibilidad de la aniquilación al enemigo es mucho más emocionante que darle una oportunidad al desacuerdo pacífico y la reconciliación. Y si la posibilidad de aniquilación es demasiado al menos las más cobarde y frívola del insulto. Si Jesús Santrich incumplió unos compromisos largamente pactados y avalados por nuestros tres poderes es lógico e forzoso que debe pagar las penas estipuladas. Lo que de verdad sorprende es la avidez para que esa posible culpa personal arrastre todo el proceso y renueve algo de caos y violencia. Los procedimientos pactados en los acuerdos de La Habana, los fallos de la Corte Constitucional, las reformas constitucionales que aprobó el congreso y la ley estatutaria que reglamentó la Justicia Especial para la Paz son vistos como simples obstáculos, farsas para evitar que se aplique justicia. Nuestro simbolismo algo arrevesado hizo que el incidente coincidiera con el 9 de abril y su imagen de los machetes en alto.
Vale la pena recordar que en los últimos 50 años el Estado colombiano ha emprendido, con resultados variados, negociaciones con grupos ilegales más o menos cada década ¿Será que quienes hoy celebran su razón y piden algo más de acción también recuerdan con alegría el desorden de la última negociación? ¿Les gustaría repetir un proceso donde durante la negociación y desmovilización se cometieron cerca de 4000 asesinatos por parte de las AUC? ¿Les parece un triunfo la extradición de cabecillas, la cárcel del 1% de los desmovilizados, y la estampida de mandos medios y combatientes rasos para comenzar de cero? Luego de algo más de 10 años de la entrega de armas de los paras se habla de una reincidencia de más o menos el 25% de los desmovilizados. Hoy tenemos al menos 20 grupos de “combatientes” que apenas durante pocos meses fueron excombatientes. Esos paras que vieron fracasar su proceso son sin duda los principales narcos de hoy. Tendemos a creer que los fiascos del rival político constituyen triunfos. Pero en temas relacionados con la guerra y la criminalidad nos toca compartir las consecuencias de las decepciones. Nos toca cobrar con páginas rojas, con tragedias que siempre confiamos serán ajenas y lejanas.





martes, 3 de abril de 2018

Teatro de insignificancias





La estupidez se ha convertido en un escándalo lucrativo. Ahora los medios la persiguen como algunos locos persiguieron la genialidad. Ya ni siquiera es necesario que la tontería sea ejercida por celebridades o poderosos. Cualquiera que haga un buen papelón podrá ser reseñado para su escarnio y su dicha. Todo termina en una especie de masturbación entre el público y el señalado: la audiencia se deleita con el ultraje y el menosprecio al tonto de poner, mientras la figura de la torpeza disfruta del ruido a su alrededor, al fin y al cabo entre los aplausos y las rechiflas no hay grandes diferencias. Y la aguja de los decibeles es la única que certifica la existencia. De modo que un lagarto que cometió una infracción de tránsito, tres charlatanes que juegan con esvásticas como si fueran catapiz, un pastor que busca escandalizar con sus excesos de santidad, un matón que busca meter miedo con sus tatuajes y su hoja de vida o un funcionario de pueblo con herencias formales españolas pueden ser protagonistas de las noticias durante varios días.
Extraño la sangre de la vieja prensa amarilla, su olfato para trivializar los grandes dramas, su fuerza para desgarrar con el pico. Al menos lograba causar miedo y repugnancia. Una parte de la prensa de hoy, y su triste rezago tras la cola de rata de las redes sociales, termina en tareas contrarias a las de esa vieja prensa sangrante. Ya no se trata de banalizar lo grave, de minimizar lo trágico, sino de agrandar lo banal, de alardear con lo inexistente. Ya no estamos frente a las fotos de Lady Di en el Mercedes destrozado bajo un viaducto en París ni frente a las hazañas pornográficas de Bill Clinton ni siquiera ante la reja de Villa Certosa donde trabajaba el lúbrico Berlusconi. También los escándalos mojigatos, desde cuando hace 120 años el juicio a Oscar Wilde ocupó páginas enteras en los diarios de Londres, han venido perdiendo importancia y audiencia. Basta una riña entre profesores, una foto filtrada de algún flirteo, una pedantería cualquiera frente a un teléfono celular. En su momento Wilde advertía sobre los riesgos de la prensa jalada de la ternilla por el gran público: “En Inglaterra el periodismo es aún un gran factor, una potencia considerabilísima. La tiranía que trata de ejercer sobre la vida privada de la colectividad se me antoja, realmente, algo extraordinario. El hecho es que el público siente un afán insaciable de saberlo todo, menos aquello que vale la pena saberse. El periodismo, consciente de ello, y con sus costumbres comerciales, atiende y provee a la demanda.”
Ahora el público no solo es quien demanda sino quien provee la oferta. Las redes sociales, el tráfico digital, los chistes virales, la afrenta contra la tontería anónima, el gozo de la risa colectiva sirven hoy en día como abono para la prensa, la televisión, la radio. De modo que los medios muchas veces se dedican a barrer hasta su recogedor las trivialidades que ha dejado la jornada en redes para armar un pequeño resumen que pueda amplificar ante su público. El mismo que se siente orgulloso de haber entregado algún pequeño fragmento para armar la reseña oficial. Pero no todo pueden ser males de nuestro tiempo cuando a la prensa de hoy le cabe una crítica de Georg Christoph Lichtenberg al menos hace 230 años: “Los periodistas se han construido una capillita de madera a la que también denominan Templo de la Gloria y en la cual se pasan todo el día colgando y descolgando retratos, en medio de un martilleo tan fuerte que no deja oír ni la propia voz.”




martes, 27 de marzo de 2018

Dosis de encarcelamiento





Es el tiempo de los carceleros, el tiempo de quienes prometen celdas más estrechas y penas más amplias. El código penal constituye su catálogo de ofertas preferido. Lo revisan con sed, ofrecen tapar rendijas y debilidades inexcusables. Es entendible por parte de los políticos, la ecuación más presos, menos pesos, para hablar de política criminal y tributaria es un lugar común en todas las campañas. Por eso, y por obedecer a la obsesión de su jefe, Iván Duque promete acabar con la dosis personal cuando han pasado casi 25 años de la sentencia de la Corte Constitucional que amparó a consumidores. Tal vez por eso quiera también acabar con la Corte. Y por eso Vargas Lleras dice en su publicidad que en 24 horas se dictarán las órdenes para encerrar a reincidentes.
Pero lo verdaderamente preocupante es que el Fiscal General siga la misma huella. Néstor Humberto Martínez, recordando el humor de su familia, salió hace poco con una caricatura sobre el fallo de la Corte Suprema que habló hace dos años de una “dosis de aprovisionamiento”. Según el fiscal esa jurisprudencia es un “escudo de la delincuencia organizada”, y para rematar su opinión soltó su gracia: “Si son 20 papeletas, el comerciante, el malandrín de la droga, dice que son las de la semana; si son 40, dice que son las de la quincena; si son 80 dice que son las del mes; y si es una tonelada, nos dice que son las del resto de su vida”.
Bajo la idea de ridiculizar a la Corte, el Fiscal queda un tanto en ridículo. Por desconocimiento o mentiroso. Uno de los fallos de aprovisionamiento dice claramente: “La Corte ha clarificado que incluso tratándose  de consumidores o adictos siempre se debe analizar si la finalidad de la posesión o tenencia del alcaloide era para su consumo personal, porque puede suceder que la cantidad supere exageradamente la requerida por el consumidor, o la intención sea sacarla o introducirla al país, transportarla, llevarla consigo, almacenarla, conservarla, elaborarla, venderla, ofrecerla, adquirirla, financiarla, suministrarla o portarla con ánimo diverso al consumo personal…” También dice el fallo que un jibaro que tenga en su bolsillo una sola papeleta podrá ser condenado por tráfico: “si el porte de dosis personal carece del nexo al propio consumo, o se advierte su comercialización, tráfico, o su distribución así sea gratuita, la conducta ha de ser penalizada al tener la  potencialidad de afectar los bienes jurídicos de salud pública…” Pero la Fiscalía quiere tirar su red sobre consumidores y traficantes como si fueran uno solo, pretende que su único elemento de investigación sea una balanza, no propiamente la de la justicia. Si solo fueran capaces de que los policías dejen de ser socios en tantas ollas, podrían hacer mejores capturas que las de un soldado con 40 gramos de marihuana o un albañil de San Roque con 5 gramos de perico que viene a “mercar”a Bello, dos de los casos claves sobre dosis de aprovisionamiento.
Pero si al mirar afuera, a la calle, se pifian fiscal y alcaldes de capitales, al mirar adentro, en las cárceles, la cosa es peor. En 9 años, entre 2005 y 2014, Colombia capturó a 727.091 personas por delitos relacionados con drogas, un 30% del total de capturas. Eso significa 80.000 capturas cada año por delitos de drogas, la mitad de los capturados son menores de 25 años, algunos jibaros fácilmente reemplazados, otros simples consumidores. Solo un 24% de los capturados por delitos de tráfico, fabricación y porte terminan con una condena. El resto pasan un pequeño purgatorio que los justicieros consideran escarmiento. Policía, Fiscalía y alcaldes pretenden que la huella del perro adiestrado tras el paquete los lleve hasta la condena, se les olvida que es necesario seguir las reglas constitucionales y esperar el olfato de los jueces.



martes, 20 de marzo de 2018

El derecho a la abulia





La consigna se repite desde orillas ideológicas y corrillos electorales: “¡Es hora de filarse, uno tras otro, si no quieren resultar culpables!” Es un grito a los indecisos y a los desganados, a quienes tienen algo de pudor o de pereza frente a las militancias, a los reacios a la propaganda y el fervor. El llamado al orden se hace subrayando los temores ante el posible triunfo de los adversarios. Resulta más fácil movilizar con el discurso envenenado de los rivales que con el discurso perfumado de la causa propia. La diatriba siempre será más poderosa que el elogio.
El tiempo de las discusiones ha terminado, parecen sugerir. Es hora de las consignas. Señalar los posibles defectos de una idea o de un argumento salido color ideológico elegido es dar ventajas inexcusables a los enemigos. Para qué mostrar simples desperfectos de la causa (ya se corregirán en el camino) si es posible mostrar los estragos del rival. La crítica que no está claramente dirigida al noble objetivo electoral solo puede ser perfidia. Quien no toma partido con decisión solo esconde sus intereses, la falta de fe solo puede ser disimulo, silenciosa traición.
En estos meses en los que hasta los apáticos profesionales, los desentendidos y los despistados se convierten en militantes rabiosos es necesario recordar un poema del marxista italiano Antonio Gramsci llamado Odio a los indiferentes: “Odio a los indiferentes. / Creo que vivir quiere decir tomar partido. / Quien verdaderamente vive, / no puede dejar de ser ciudadano y partisano. / La indiferencia y la abulia son parasitismo, / son cobardía, no vida. / Por eso odio a los indiferentes.
(…)
Pido cuentas a cada uno de ellos: / cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, / qué han hecho, / y especialmente, / qué no han hecho. / Y me siento en el derecho de ser inexorable / y en la obligación de no derrochar mi piedad, / de no compartir con ellos mis lágrimas.”
Es fácil dejarse llevar por las mareas electorales. Es inevitable muchas veces. La idea es resistirse un poco, buscar una pequeña piedra en la corriente, respirar hondo, levantar la cabeza y dar brazadas hasta una orilla, o simplemente esperar que baje un poco esa fuerza que lo revuelve y lo confunde todo. No estamos obligados a ser partisanos ni a elegir a quienes se puede criticar y a quienes se debe ensalzar. Las elecciones también pueden ser un espectáculo para los simples observadores, un ejercicio para votantes displicentes y descreídos. La cólera, el miedo, los gritos del “rebaño de las mentes independientes” o de los salvadores de la patria no pueden ser una obligación.
Es triste el espectáculo de los partidos sin candidato que solo esperan agazapados, que ofrecen sus votos al mejor postor, que solo tienen un entusiasmo fincado en sus posibilidades de obtener algún rédito personal, una pequeña coima. Pero los votantes individuales podemos actuar un poco a su manera. Podemos esperar sin mayores aspavientos, decidirlo todo al final, al momento del cubículo si se quiere, sin mucho dogma ni mucho drama. La apatía también puede ser sinónimo de reflexión, de duda metódica. El bostezo como un arma contra el encanto de los patrones y el temor a los caudillos.

martes, 13 de marzo de 2018

La falange paisa







En el aire se respira la idea de que dios los creo superiores por el solo hecho de haber nacido en su amada comarca. Hoy caminan un poco más erguidos, seguros de que están a punto de cumplir una obligación de vida o muerte. Van a depositar su voto para salvar la patria. Por eso exhiben un poco de agresividad y unas maneras decididas bajo la camisa con un caballito bordado a la altura del corazón grande. Las señoras han gastado toda su laca para ganar un poco de altura con sus penachos recién teñidos. Muestran sus garras arrugadas como en los días de promociones decembrinas. Las camionetas con vidrios polarizados se arremolinan en torno a la puerta del colegio donde está el puesto de votación. Algunos han reforzado sus certezas con la misa de madrugada y van con sus hijos tomados de la mano. Piensan en voz alta, recriminan al aire a los posibles adversarios, se saludan con chistes sabidos que son también veladas advertencias. Su figura y sus actitudes recuerdan el comienzo de un poema de José Manuel Arango: “Hay gentes que llegan pisando duro / que gritan y ordenan / que se sienten en este mundo como en su casa (…) Y no les duele un hueso no dudan / ni sienten un temor van erguidos / y hasta se tutean con la muerte”.
El coliseo acondicionado como lugar de votación es ahora una hirviente capilla partidista. Los tarjetones que alejan el abismo castro-chavista se han agotado y los ciudadanos intentan quedar en los registros oficiales por medio de gritos e insultos. Los jurados de mesa, algunos tan convencidos como los propios votantes histéricos, son increpados como culpables, señalados de traidores, maltratados por supuesta ineptitud. Se impone la “soberanía del odio” y comienzan los coros. Cuando llegan las fotocopias el tarjetón se convierte en una comunión obligatoria para todo el rebaño que asistió a votar. Ya los jurados no esperan la pregunta de los votantes, ni siquiera ofrecen las opciones posibles, ahora suponen que la masa es una sola y pura. Ya el gran líder, el guía, el santón, ha dejado muy claro las obligaciones de orden, disciplina, patriotismo y devoción.
El fascismo hablaba de una noción bélica de la política, de la necesidad de una amenaza invisible, del triunfo al crear una “intensa convicción sin argumentos”. Desde la tribuna un monaguillo del gran líder, un joven de sombrero y camisa rosada empapada por el sudor de su sacrificio, arenga a los fieles que muestran los dientes, que sienten la alegría de ser legión, que pretenden ser partisanos antes de regresar al centro comercial. Cuando los policías le recuerdan al joven de las arengas que no puede soltar su prédica en ese sitio, responde que solo saldrá del coliseo con los pies por delante. Al fin alguien ha mencionado la palabra “muerto”, ya era hora. El termómetro marca 34 grados centígrados bajo el techo del coliseo. El disenso se ha convertido en falta de respeto y el coro unánime grita fraude mientras atestigua que sus mayorías en ese punto son cercanas al 90%. Hay una paradoja en ese puesto de votación. El dominio de una certeza política se hace casi unánime y el temor crece en el ánimo de los vencedores.
En las afueras del colegio vuelven las risas de satisfacción de los votantes, sienten que han entregado una lección, además han liberado un poco de rabia y han soltado una o dos palabras destempladas contra quienes parecían apoyar a esos malditos comunistas, a la izquierda mal nacida. Ahora comen empanadas en los bajos de la iglesia y sueltan las dos monedas de doscientos al señor que cuidó sus camionetas. 


martes, 6 de marzo de 2018

Fiebre electoral







Es inevitable que los políticos adoren las elecciones, el tiempo de sus puestas en escena, la adrenalina de la plaza pública, los alardes de la utopía sin las urgencias del gobierno. Es el momento de usar la mejor máscara y de mandar sobre la camarilla. La elección facilita una especie de desdoblamiento personal en el que Ordóñez puede publicitar su nombre con una champeta. La sociedad por su parte las goza y las sufre. Hay algo de masoquismo en oír a diario a sus posibles gobernantes, algo del peor voyerismo en asomarse a la vida de los políticos. Y luego está la inevitable crispación, el eco insoportable de los amplificadores pagos y los comprometidos, la discordia como obligación y todo el mundo real y entrañable que se suspende y se oculta detrás de esos días opacos y ruidosos en los que solo importa la lucha por el poder.
No hay duda de que el exceso de elecciones puede llegar a producir graves enfermedades democráticas. Sobre cargar la democracia de plebiscitos, nominaciones, cónclaves, encrucijadas y hecatombes producirá lesiones forzosas: dolores en las coyunturas, fiebres ideológicas, disturbios de personalidad. Gustavo Petro ha dicho en varias oportunidades que lo primero que haría si llega a la presidencia sería convocar un plebiscito para preguntarles a los colombianos si quieren convocar una Asamblea Constituyente. También lo dijo Gustavo Bolívar, quien sería el notificador general de la nación, un tono que más parecía una amenaza: “Desde la presidencia Gustavo Petro convocará una Constituyente el 8 agosto. No hay otra forma d acabar estas mafias del poder. Quedan notificados”.
Esa convocatoria traería, además de riesgos sobre los avances que ha significado la Constitución del 91, una cascada electoral para acabar con la paciencia, la resistencia y el mínimo sosiego. La seguidilla de campañas desfondaría cualquier balcón discursero. Ese plebiscito sería solo un hecho político, no tendría por si solo la posibilidad inmediata, en caso de resultar favorable, de convocar a la anhelada Asamblea. Le daría apenas legitimidad a esa idea, insumos suficientes al presidente para decidir sobre esa posibilidad. Es la función limitada de los plebiscitos. De modo que los calendarios electorales se completarían así en una posible presidencia de Petro.
Tenemos elección a Congreso y consultas el próximo 11 de marzo, Petro ha hablado de una especie de primera vuelta en el pulso con Duque que marca la campaña hasta hoy. Luego vendrán la “segunda” y la “tercera” vuelta en mayo y junio. Apenas comienzan a usarse las urnas. Seguiría el plebiscito el 8 de agosto, todavía dando vueltas, esa ya sería la cuarta para una nueva función de SÍ o NO. Un triunfo lo impulsaría y lo obligaría a tramitar una ley para una consulta con el fin de convocar a una Asamblea Constituyente. El artículo 57 de la ley 134 de 1994 sobre mecanismos de participación, deja clara la necesidad de una ley para “disponer que el pueblo en votación popular decida si convoca a una Asamblea Constituyente para reformar parcial o totalmente la Constitución.” En caso de que el Congreso aprobara dicha ley, que implicaría de algún modo su revocatoria, tendríamos una nueva elección para decidir, ahora sí con obligatoriedad jurídica, si se convoca o no a una constituyente. Para su convocatoria se necesitaría el SÍ de una tercera parte del censo electoral. En caso de aprobarse vendría la elección de los delegados constituyentes. Todo ese proceso se podría tardar cerca de un año y medio o dos, de modo que por ahí en el tiempo libre se deberán realizar las elecciones regionales de octubre del 2019. La cuenta es sencilla, de marzo de 2018 a Marzo de 2020 habremos marcado el tarjetón al menos siete veces. Una elección cada tres meses. La impresión de tarjetones, el menudeo de mercados y la venta de calmantes jalonarían nuestra economía. Sería la mejor opción para dejar un país exhausto y en manos del bipolarismo.