martes, 16 de enero de 2018

Morir de joven





Medellín comenzó el 2018 con grandes titulares sobre fondo rojo en los diarios populares. Los cadáveres aparecen en maletas, quebradas, esquinas, hoteles. En solo 28 horas se presentaron 12 homicidios en el comienzo de esta semana. Para hacerse una idea de la magnitud de esa cifra vale decir que durante todo enero de 2017 se reportaron 32 asesinatos. Mientras se buscan las causas de los dos años consecutivos con aumento de los homicidios en Medellín, luego de seis años en línea con cifras a la baja, Medicina Legal ha tenido un trabajo duro en las primeras dos semanas de enero. “Reacomodo de estructuras criminales luego de la captura de Tom”, “Problemas de convivencia en algunas comunas”, “Enfrentamientos por rentas ilegales”, las razones se repiten y las preguntas quedan. Desde hace años nos acostumbramos a que los cambios en las cifras de homicidios año a año varíen según el clima de confianza y cordialidad entre sectores ilegales, y no tanto según las iniciativas del gobierno local.
Cerca de la mitad de los homicidios que se cometen en la ciudad dejan como víctimas a jóvenes entre los 14 y los 24 años. La “mano de obra” de la delincuencia se concentra en ese rango de edad. Los pillos con recorrido juegan a ser, al mismo tiempo, primeros empleadores, padrinos, prefectos de disciplina criminal y verdugos. La secretaría de la juventud habla de 60.000 pelados en riesgo. Medellín ha bajado su tasa de homicidios desde los 381 casos por 100.000 habitantes en el peor año de los noventa, hasta 22 por 100.000 habitantes según los cálculos al terminar 2017. La reducción habla sin duda de una ciudad distinta. Pero los más jóvenes en los barrios más complicados todavía enfrentan riesgos parecidos a los del tiempo del No futuro de Rodrigo D. La Corporación Casa de las Estrategias realizó hace tres años un estudio para establecer la tasa de homicidios entre los jóvenes en comunas y corregimientos con mayor criminalidad. Los resultados muestran que para muchos jóvenes todavía es difícil huir de la lotería de ajustes de cuentas y reclutamiento que imponen los combos. En San Javier la tasa de homicidios para los jóvenes era de 122 / 100.000 habitantes, en San Cristóbal 108, en Castilla 102, en Altavista 75. Una mirada a las cifras del año pasado mostraría tendencias muy similares en las comunas con más homicidios, casi las mismas que las reseñadas en 2014.
El gobernador Luis Pérez habla de la necesidad de sacar los militares a la calle y el alcalde anuncia dos mil nuevas cámaras de seguridad. Pero el arraigo ilegal en buena parte de la ciudad todavía hace ver al Estado impotente, repetitivo, torpe. La captura de 120 muñecos de año viejo en diciembre pasado es una buena caricatura sobre las prioridades y las posibilidades de la fuerza pública. A pesar de que Federico Gutiérrez sale con megáfono para llevar de nuevo a las clases a niños y jóvenes que dejan el colegio las cifras no ceden. La tasa de cobertura en educación secundaria cayó entre 2014 y 2016 según cifras del programa Medellín cómo vamos. Hay algo más de 9.000 jóvenes entre 15 y 16 años por fuera del sistema educativo y la tasa de deserción en educación secundaria es cercana al 5%. El salto de los 15 a los 16 años marca el gran momento para cambiar el salón por la esquina. A los 15 los matriculados son el 95% y a los 16 ya son apenas el 77%. Los profesores son tal vez el seguro más efectivo para evitar ese tránsito. La pelea es dura contra quienes ofrecen un celular, una moto o el estatus que da un fierro a cambio de matrícula condicional en una banda. Valdría la pena poner un poco más del 0.05% de los recursos de inversión municipales en su capacitación. Toca pensar menos en las cámaras de seguridad y en el estigma que dejan las series de narcos y dar peleas más complejas y más inteligentes.




miércoles, 10 de enero de 2018

Humo blanco





Hace un poco más de treinta años, siendo fiscal en Alabama, soltó una frase para divertir a sus amigos de banca en la iglesia y a sus leales en la oficina: “El Ku Klux Klan me parecía bien, hasta que supe que fumaban marihuana”. Jeff Sessions, el actual fiscal general de Estados Unidos, buscaba además burlarse de quienes lo acusaban de racismo por sus intentos de revertir el derecho al voto para los afroamericanos. En su momento el chiste le costó un veto del senado para ser juez federal, pero tuvo revancha y en febrero del año pasado el senado lo confirmó en su cargo con una votación de 52 contra 47. Es posible que Sessions haya cambiado en algo su posición frente a los negros, o que al menos haya entendido que esas gracias deben soltarse en un espacio más reservado. Lo que es claro es que su obsesión contra la marihuana sigue intacta.
Sessions dijo hace unos meses que la hierba es solo un “poco menos horrible que la heroína”. Sus prejuicios van en contra del creciente apoyo de los norteamericanos a la legalización. La más reciente encuesta de Gallup sobre el tema mostró que el 64% apoya la medida. Incluso la mayoría de los votantes republicanos creen que lo mejor sería la venta legal y regulada de marihuana. Hace solo quince años quienes se oponían eran mayoría dos a uno frente a quienes apoyaban la legalización. Sessions es una especie de rezago de los tiempos de Nixon viviendo, y mandando, en el mismo año en que California (además de otros siete estados y Washington D.C.) ha comenzado a vender legalmente marihuana con fines recreativos a un inmenso mercado que llevaba veinte años comprando bajo el manto medicinal. En 2015, como senador por Alabama, Sessions dijo en medio de un debate que “la gente buena no fuma marihuana”. Y parece dispuesto a trazar una línea entre buenos y malos siguiendo el humo y las semillas, aunque parece que es demasiado tarde.
La semana pasada, Sessions revocó una serie de memorandos firmados por el exfiscal general Eric Holder, durante el mandato presidencial de Obama, que instruían a los fiscales federales a no iniciar causas criminales por la siembra o venta de marihuana en estados que habían decidido su legalización con fines medicinales o recreativos. En Estados Unidos la ley federal todavía considera ilegal la marihuana, en contravía de las decisiones que han tomado veintinueve estados sobre usos recreativos o medicinales. Para Sessions las anteriores directrices socavan el Estado de derecho y la capacidad de hacer cumplir las leyes. Por tanto les abrió la puerta a los fiscales para que vayan tras quienes hasta hace poco creían actuar bajo una nueva legalidad. La decisión es más una amenaza que una realidad. Un pequeño chantaje, una sombra para que los nuevos empresarios del moño sepan que alguien los mira. Y se sabe, tanto entre sus perseguidores como entre sus consumidores, que la marihuana y la paranoia la van bien.
Pero así Sessions viva en los años sesenta y Trump en los ochenta las cosas no están fáciles. Ya los senadores de Colorado, California, Nevada, Oregon y otros han comenzado a hablar de un regreso al mercado negro. El presidente había prometido respetar las decisiones de los estados sobre la marihuana. Y un nuevo lobby verde comienza a hacer presión. Aunque parezca increíble la defensa creciente de la legalización es uno de los temas que hasta ahora logra mayor consenso bipartidista contra Trump. Han topado con los nuevos ricos de la industria cannabica, con los impuestos de los políticos locales, con la mayoría de los votantes y con el celo de los estados sobre sus competencias. Parece que deberán aguantarse el humo.








martes, 2 de enero de 2018

Elecciones típicas





El método es sencillo. Primero tensar un poco el ambiente a punta de retórica: “Vivimos un momento excepcional, enfrentamos conflictos históricos, son tiempos de grandes decisiones”. Se logra entonces una buena lupa sobre los miedos y las amenazas: “El abismo es una realidad, un camino cercano y apreciado por muchos. El error cunde, los enemigos crecen”. Una vez con las expectativas en su tope, cuando el público está en el borde del asiento, ensordecido por las sirenas, se señalan las dos opciones posibles, solo dos, un dilema que requiere adhesiones fuertes, una disyuntiva urgente que solo se salva con decisiones rápidas, que necesita más la intuición de quien es acechado que el razonamiento de quien puede sentarse a oír, preguntar y pensar. Con el escenario dispuesto no queda más que exhibir el candidato excepcional para los tiempos excepcionales. Si la política es muchas veces un ejercicio inquietante de medianía, una elección de grado entre males probados o por probar, es lógico que los competidores intenten crecer su valía, sus alcances y sus posibilidades ensalzando el certamen en el que participan. Y no tienen que fingirlo todo, ya sabemos que parte de su juego consiste en tomarse demasiado en serio y convencerse de que son indispensables.
Pero lo verdaderamente excepcional son sus intereses, lo insalvable son sus ambiciones y sus compromisos. Bertrand Russell decía que detrás de toda elección política hay cuatro grandes pasiones humanas: la codicia, la vanidad, la rivalidad y el apego al poder; no están en los tarjetones ni en los debates pero son el fondo de todas las carreras electorales. Quizá sea útil para los electores poner ese fondo tras la propaganda, las entrevistas, las encuestas y la agresividad que se viene. Tal vez nuestra tarea principal sea tomarnos menos en serio a los candidatos, moderar sus aires solemnes frente al posible desastre, descreer de sus posibilidades como mandatarios, poner sus atriles abajo del escenario y obligarlos a mirar de abajo hacia arriba. Y entender, como Tocqueville hace muchos años, que la adhesión a las causas políticas debe ser moderada, debe incluir preguntas y desconfianzas, y no convertirse en una pasión desbordante.
Las elecciones presidenciales del año que comienza son tan particulares e importantes como muchas de las que hemos sufrido en décadas anteriores. Incluso, tienen algunas características que las pueden ubicar como las elecciones más corrientes, menos decisivas de los últimos años. Lo primero, por hablar solo de tiempo, es que ya no existe la reelección presidencial y por ende el próximo presidente tendrá, con toda seguridad, un mandato más corto y precario. Deberá ser más certero en sus prioridades y menos ambicioso en sus planes. Lo segundo, es que el tema del conflicto armado, la disyuntiva negociación o arremetida sobre la que el presidente tenía casi total poder de decisión, ha dejado de ser un asunto relevante. Las Farc no existen como grupo armado y el ELN es una amenaza menor en términos militares. Respecto a la implementación hay muchos retos pero igual las responsabilidades son compartidas con el Congreso, las Cortes y las autoridades locales. El orden público, a pesar de los múltiples puntos rojos, muestra una señal constante que entrega confianza: ocho años consecutivos de reducción de homicidios. La gran amenaza regional, el coco ideológico del castro chavismo, es ahora una sombra decadente que solo asusta en Colombia. Y las cifras gruesas de la economía, según previsiones de observadores imparciales, mejorarán ligeramente en este año.

Vamos a calmarnos, entonces, y a repetir una frase de Karl Popper para dejar a los candidatos y su carrera a dos vueltas en el justo medio: “La creencia de que solo puede salvarnos un genio político –el Gran Estadista, el Gran líder– es la expresión de la desesperación. No es nada más que la fe en los milagros políticos, el suicidio de la razón humana”.