miércoles, 18 de abril de 2018

El Tomate








El corregimiento El Tomate en San Pedro de Urabá tiene una larga y macabra historia de violencia. Un alarde de plomo que ha obligado a correr las cercas, a salir corriendo a cientos de familias, a correr sangre y susurros en una tierra donde el silencio es una mínima garantía. Hace un poco menos de treinta años, en agosto de 1988, se dio el bautizo de fuego en El Tomate. El Castaño del momento era Fidel y su grupo no tenía todavía las siglas contrainsurgentes ni los discursos patrióticos, se llamaba simplemente Los Tangueros o Los Mochacabezas, cuando querían ser un poco más explícitos. Esa primera masacre dejó 22 ranchos quemados y 16 personas muertas. Los paras llegaron en un bus de servicio público que desviaron hasta El Tomate y con granadas y fusiles dieron su “lección inaugural”. En su momento se habló de una venganza por el ataque a una base militar en Tierralta por parte de las Farc y el EPL una semana antes. Luego de la masacre el ejército simplemente alzó hombros.
El Tomate es el mismo corregimiento de San Pedro de Urabá donde hace una semana fueron asesinados ocho policías que acompañaban una comisión de la Unidad Nacional de Restitución de Tierras. Dos sentencias de diciembre pasado señalaron las parcelas del caserío que deben volver a manos de sus dueños legítimos. Pero una cosa es el papel y otra el cruento dominio que mantienen los herederos de los paramilitares en la parcela. El Tomate ha servido como campo de entrenamiento y planeación militar, como celda de torturas y escarmiento, como tierra blanda para las fosas comunes e incluso, como territorio para las “acciones comunitarias” de Funpazcor, la fachada social de Sor Teresa Gómez hermanastra de los Castaño Gil.
Luego de la desmovilización de las AUC en 2006 El Tomate sirvió como refugio de los paras reincidentes y zona de reclutamiento para los nuevos bandidos. El poder ilegal siguió intacto, solo que el mando estaba un poco más difuso y era necesario dar nuevos combates para definir poderes, proteger tierras y amarrar lealtades. La falta de un patrón hizo que aparecieran nuevos rótulos para los grupos dispersos: Rastrojos, Águilas Negras, Urabeños, Paisas. Allí mismo, en El Tomate, terminó la vida de Carlos Castaño hace 14 años, y una parte de la tierra acabó en manos de Monoleche, uno de sus hombres de “confianza”. Tierra en el pecho para unos y en el papel para otros.
Tres años después de la desmovilización de las AUC se encontraron 17 cuerpos desmembrados en la finca La 35 en el mismo corregimiento. Monoleche contó cómo procedía la “justicia para”: “A las personas que las llevaban a La 35, era por informaciones que era colaborador de la guerrilla o guerrillero y pues allá en La 35 el comandante Doble 00 los interrogaba y si tenían las pruebas le daban de baja”. El reciente ataque a la comisión de la policía demuestra que las Bacrim, el Clan del Golfo, Los Urabeños, cómo quieran llamarlos, conservan un poder similar al que tuvieron los paramilitares en la región. Un fortín muy parecido al que hay en algunos municipios del Bajo Cauca antioqueño donde han pasado los hombres y han quedado las “instituciones” paracas.
Luego de la masacre de los policías el expresidente Uribe, hombre enfermo de la memoria e incapaz de la autocrítica, dijo que todo era culpa del mal ejemplo que dio el acuerdo con las Farc y la impunidad de la Justicia Especial para la Paz. Por supuesto olvida las zonas donde ha retoñado la semilla paramilitar luego de su proceso con las AUC. Porque donde él jura haber fumigado la violencia, solo dejó caer algo de agua y abono para una nueva cosecha.





miércoles, 11 de abril de 2018

Cobrar la apuesta








Está claro que entre nosotros no importa la razón a la hora de desatar los grandes nudos que impone la realidad. Discernir, pensar, usar la inteligencia para resolver problemas está un poco más allá de nuestras rabias y nuestros entusiasmos. Lo razonable, como aquello que tiene proporción y huye de los excesos, no encaja con nuestras lógicas exaltadas y nuestros ánimos de pendencia. Nos gusta más el pulso que pone rojos a los contendientes ligados por su mano más fuerte, que embota la cabeza con exceso de sangre, que el diálogo que pide algo de sosiego en busca de la menos triste y costosa de las decisiones. No nos gusta la razón como ejercicio, simplemente nos interesa tener la razón como simple alarde. No importa que se imponga una verdad incompleta y costosa, lo clave es que se puede enrostrar una equivocación, que se logre cobrar la apuesta.
La detención de Jesús Santrich ha mostrado con claridad esa alegría profunda e irracional frente a una amenaza. Millones de colombianos celebran y gritan, cobran e insultan, para demostrar que tenían razón, que estaban en lo cierto, que lo habían dicho, que conocen por dónde va el agua al molino. Las consecuencias que puedan tener la detención y la posible reincidencia del ex guerrillero son apenas efectos colaterales, obligaciones para saldar un desafío. Están de acuerdo en cobrar con algo de carne a la manera de Shylock. Para muchos es mejor la desbandada de los enemigos, la desconfianza mutua que puede regresar al conflicto y traer de nuevo las certezas del odio. Renovar la posibilidad de la aniquilación al enemigo es mucho más emocionante que darle una oportunidad al desacuerdo pacífico y la reconciliación. Y si la posibilidad de aniquilación es demasiado al menos las más cobarde y frívola del insulto. Si Jesús Santrich incumplió unos compromisos largamente pactados y avalados por nuestros tres poderes es lógico e forzoso que debe pagar las penas estipuladas. Lo que de verdad sorprende es la avidez para que esa posible culpa personal arrastre todo el proceso y renueve algo de caos y violencia. Los procedimientos pactados en los acuerdos de La Habana, los fallos de la Corte Constitucional, las reformas constitucionales que aprobó el congreso y la ley estatutaria que reglamentó la Justicia Especial para la Paz son vistos como simples obstáculos, farsas para evitar que se aplique justicia. Nuestro simbolismo algo arrevesado hizo que el incidente coincidiera con el 9 de abril y su imagen de los machetes en alto.
Vale la pena recordar que en los últimos 50 años el Estado colombiano ha emprendido, con resultados variados, negociaciones con grupos ilegales más o menos cada década ¿Será que quienes hoy celebran su razón y piden algo más de acción también recuerdan con alegría el desorden de la última negociación? ¿Les gustaría repetir un proceso donde durante la negociación y desmovilización se cometieron cerca de 4000 asesinatos por parte de las AUC? ¿Les parece un triunfo la extradición de cabecillas, la cárcel del 1% de los desmovilizados, y la estampida de mandos medios y combatientes rasos para comenzar de cero? Luego de algo más de 10 años de la entrega de armas de los paras se habla de una reincidencia de más o menos el 25% de los desmovilizados. Hoy tenemos al menos 20 grupos de “combatientes” que apenas durante pocos meses fueron excombatientes. Esos paras que vieron fracasar su proceso son sin duda los principales narcos de hoy. Tendemos a creer que los fiascos del rival político constituyen triunfos. Pero en temas relacionados con la guerra y la criminalidad nos toca compartir las consecuencias de las decepciones. Nos toca cobrar con páginas rojas, con tragedias que siempre confiamos serán ajenas y lejanas.





martes, 3 de abril de 2018

Teatro de insignificancias





La estupidez se ha convertido en un escándalo lucrativo. Ahora los medios la persiguen como algunos locos persiguieron la genialidad. Ya ni siquiera es necesario que la tontería sea ejercida por celebridades o poderosos. Cualquiera que haga un buen papelón podrá ser reseñado para su escarnio y su dicha. Todo termina en una especie de masturbación entre el público y el señalado: la audiencia se deleita con el ultraje y el menosprecio al tonto de poner, mientras la figura de la torpeza disfruta del ruido a su alrededor, al fin y al cabo entre los aplausos y las rechiflas no hay grandes diferencias. Y la aguja de los decibeles es la única que certifica la existencia. De modo que un lagarto que cometió una infracción de tránsito, tres charlatanes que juegan con esvásticas como si fueran catapiz, un pastor que busca escandalizar con sus excesos de santidad, un matón que busca meter miedo con sus tatuajes y su hoja de vida o un funcionario de pueblo con herencias formales españolas pueden ser protagonistas de las noticias durante varios días.
Extraño la sangre de la vieja prensa amarilla, su olfato para trivializar los grandes dramas, su fuerza para desgarrar con el pico. Al menos lograba causar miedo y repugnancia. Una parte de la prensa de hoy, y su triste rezago tras la cola de rata de las redes sociales, termina en tareas contrarias a las de esa vieja prensa sangrante. Ya no se trata de banalizar lo grave, de minimizar lo trágico, sino de agrandar lo banal, de alardear con lo inexistente. Ya no estamos frente a las fotos de Lady Di en el Mercedes destrozado bajo un viaducto en París ni frente a las hazañas pornográficas de Bill Clinton ni siquiera ante la reja de Villa Certosa donde trabajaba el lúbrico Berlusconi. También los escándalos mojigatos, desde cuando hace 120 años el juicio a Oscar Wilde ocupó páginas enteras en los diarios de Londres, han venido perdiendo importancia y audiencia. Basta una riña entre profesores, una foto filtrada de algún flirteo, una pedantería cualquiera frente a un teléfono celular. En su momento Wilde advertía sobre los riesgos de la prensa jalada de la ternilla por el gran público: “En Inglaterra el periodismo es aún un gran factor, una potencia considerabilísima. La tiranía que trata de ejercer sobre la vida privada de la colectividad se me antoja, realmente, algo extraordinario. El hecho es que el público siente un afán insaciable de saberlo todo, menos aquello que vale la pena saberse. El periodismo, consciente de ello, y con sus costumbres comerciales, atiende y provee a la demanda.”
Ahora el público no solo es quien demanda sino quien provee la oferta. Las redes sociales, el tráfico digital, los chistes virales, la afrenta contra la tontería anónima, el gozo de la risa colectiva sirven hoy en día como abono para la prensa, la televisión, la radio. De modo que los medios muchas veces se dedican a barrer hasta su recogedor las trivialidades que ha dejado la jornada en redes para armar un pequeño resumen que pueda amplificar ante su público. El mismo que se siente orgulloso de haber entregado algún pequeño fragmento para armar la reseña oficial. Pero no todo pueden ser males de nuestro tiempo cuando a la prensa de hoy le cabe una crítica de Georg Christoph Lichtenberg al menos hace 230 años: “Los periodistas se han construido una capillita de madera a la que también denominan Templo de la Gloria y en la cual se pasan todo el día colgando y descolgando retratos, en medio de un martilleo tan fuerte que no deja oír ni la propia voz.”