miércoles, 21 de febrero de 2024

Raza cósmica


José Vasconcelos Calderón, La Raza Cósmica, 1925

 


 El presidente Petro no desvaría cuando menciona la “etnia cósmica” durante su discurso en el Liceo Francés en Bogotá. Solo reseña sus lecturas, las mezcla con sus sueños utópicos y con sus ansias de entregar una lección moral a cada paso. Lo que para muchos fue una nueva expresión para los memes, en realidad resulta ser un retrato del presidente y algunas de sus ideas y obsesiones. Que la frase haya sido pronunciada en un colegio le entrega otro sentido, porque el presidente es sobretodo un ensayista primíparo, uno que improvisa cuando apenas ha tomado las notas preparatorias.  

La frase invocó de nuevo ese afán universal del presidente, ese hombre que levanta la mirada hacia el infinito, más allá de las preocupaciones pedestres del presupuesto. El encuentro entre las razas mediterráneas y caribes, dice Petro, creó una expresión cultural que aún brilla: “Los latinoamericanos capaces de irradiar la humanidad. Me critican la frase del universo… porque yo sí creo que la misión de la humanidad es el universo y solo nos lo impide estarnos matando entre nosotros mismos, y por tanto somos etnia cósmica, decía Vasconcelos…”

Petro olvida el nombre exacto del ensayo del mexicano José Vasconcelos, Raza cósmica, publicado en 1925, pero es seguro que recuerda muchas de las ideas principales, un poco delirantes unas, un tanto riesgosas otras y llenas de sobrevuelos imaginarios casi todas.

Primero, el enfrentamiento Norte-Sur, donde los sajones, blancos y ajenos a mezclarse, vivirán la decadencia, esa “civilización blanca basada en el combustible”, en la fuerza del motor: “del fogón y de la estufa precede
todo el maquinismo que está transformando al mundo”. Destruyendo al mundo, se agregará más adelante. Luego se resalta la misión universal de una nueva raza surgida del mestizaje, una estirpe que ve “el triunfo del ser en la conquista del universo”, esa misma que aún irradia al mundo según el discurso del presidente. También está la pasión amorosa para romper las barreras políticas que recuerda la política del amor del presidente, “la vida fundada en el amor llegará a expresarse en formas de belleza”, escribió Vasconcelos.

Pero tal vez el fragmento más revelador está en la definición del amazonas como un territorio donde se “librarán batallas que decidirán el destino del mundo y la suerte de la raza definitiva”, un sitio ideal para levantar la “Universópolis” que expandirá por todo el mundo la sabiduría: “Con los recursos de semejante zona, la más rica del globo en tesoros de todo género, la raza síntesis podrá consolidar su cultura”, escribe Vasconcelos que hace 100 años parece copiando al Petro de hoy. Y el clima, ¿cómo no? América Latina tiene las tierras fértiles, los recursos naturales, el clima y el agua para salvar el mundo en una nueva utopía. Petro y Vasconcelos parecen contertulios de café.

El libro de quien fuera ministro de instrucción pública en México y candidato presidencial, también resalta la necesidad de una Latinoamérica unida más allá de las banderas provincianas de los “paisitos” recién creados, y resalta “las advertencias geniales” de Bolívar. Esa unión le permitiría asimilar el mestizaje y cumplir su “misión universal”.

El ensayo de Vasconcelos podría ser de algún modo un manifiesto del presidente. Es la manera como lo que se cree un meme puede ser en realidad una biografía política y espiritual. Y así discurre la presidencia de Gustavo Petro, entre reseñas filosóficas y cantos a la utopía, entre ensayos elevados para los auditorios y ensayo y error para las urgentes tareas de escritorio.

 

 

 

 

 

miércoles, 14 de febrero de 2024

Incendios y un funeral

El presidente de Chile, Gabriel Boric, en el funeral de su antecesor Sebastián Piñera.

Chile viene de un lustro de discordias políticas y sociales. Desencuentros históricos, reclamos y violencia en las calles, descalificaciones desde orillas ideológicas y generacionales. La sombra de la dictadura todavía hace recordar el terror y el desprecio por la vida de un poder impuesto por un bombardeo. Y todavía genera visiones belicosas, posturas en los límites de la democracia retomada, reclamos de sangre.

Hace cinco años el estallido social dejó ver que el sereno Chile de la superficie tenía candela bajo el tapete, que el marco todavía vigente de la dictadura era violencia silenciosa, que había muchos por fuera de la comodidad de ese regreso a la vida republicana. De ahí, en buena parte, salió la elección de Gabriel Boric, de los reclamos convertidos en acometida, fueran justos o no; y ahí estuvo la respuesta del Estado liderado por Sebastián Piñera, con abusos y violaciones de derechos humanos que dejaron jóvenes muertos y mutilados.

Luego vinieron los intentos fallidos por cambiar la constitución heredada de la dictadura. Las encrucijadas de los desacuerdos, el empate inútil que imponen ciertos sectarismos. La primera redacción constitucional, con mayorías de la izquierda, no logró el consenso suficiente a la hora de ser refrendada por los ciudadanos. El triunfo que dejó el estallido se mostró estéril para los cambios institucionales. Entonces vino un segundo intento y la voluble opinión, tan moldeable y ávida de discordias, ya prestaba sus mayorías a la oposición al gobierno, la derecha dura de José Antonio Kast. El texto escrito con la derecha tampoco logró la aprobación popular. Todo el mundo salió derrotado y el statu quo se reía de todo el gasto humano y político en las refriegas de calles y redes. “Durante nuestro mandato, se cierra el proceso constitucional. Las urgencias son otras", dijo Boric entre satisfecho y hastiado.

Ahora la tragedia parece haber dado un nuevo aire a la política en Chile. Primero la devastación por los incendios en Viña del mar que dejaron más de ciento veinte muertos, y luego la muerte del expresidente Sebastián Piñera. Las tragedias pueden tener esa virtud que la estridencia de las alegrías opaca en ocasiones. Puede poner por encima valores más profundos, hacer patentes los dolores ajenos, despertar una solidaridad sin partidos. El expresidente Eduardo Frei, que fue rival de Piñera en las elecciones de 2009, lo dijo claro en su discurso en el funeral: “Que reine la grandeza, que cesen las pequeñeces y las profundas descalificaciones personales”. Algo para pensar en tiempos donde se debaten aplausos o rechiflas en estadios o comparsas.

Pero las palabras que dejaron que ver que la política puede conmover más allá de las bodegas y las arengas, las dijo Boric en el funeral de Estado, adversario duro de Piñera, a quien mucho acusaron de querer tumbarlo durante el estallido. Primero se demostró que no era oportunismo ni sentimentalismo, hacía poco habían hablado sobre las necesidades para atender los incendios y Boric lo consultó en otras ocasiones. Y en el discurso resaltó su postura democrática, hizo un mea culpa al decir que siendo oposición “las querellas y las recriminaciones fueron, en ocasiones, más allá de lo justo y razonable”, reconoció méritos durante la pandemia y la reconstrucción luego del terremoto cuando iniciaba su primer periodo presidencial. Y Camila Vallejo, ministra general del gobierno, mujer del Partido Comunista, habló de Piñera como un político que tenía un “liderazgo difícil de encontrar, que independientemente de las críticas o de las posiciones ideológicas, son capaces de sentarse con quien piensa distinto para avanzar en acuerdos”.

Las llamas pueden apaciguar y la muerte de un adversario tenaz puede llevar a reconocer una cuota de su grandeza. Y la política puede ir más allá del ego y la mezquindad.