martes, 30 de diciembre de 2008

Diarios íntimos






Los diarios de dos mujeres jóvenes, acostumbradas a repetir todas las mañanas el santo y seña de una obligación contraída desde antes de nacer, se han convertido en el testimonio más creíble y más atrevido acerca de la señorona decadente y porfiada que encarna la revolución cubana. Una especie de madrastra omnipresente y feroz. Wendy Guerra y Yoani Sánchez no olvidan el coro de una infancia enfundada en el uniforme rojo y blanco de los escolares cubanos: “Pioneros por el comunismo: seremos como El Che”. Ambas fueron educadas como “pequeñas máquinas de consignas” cuando la revolución había convertido el heroísmo en catecismo. Treinta años largos de rezar a los santos barbones, de oír las respuestas cautelosas de sus padres a las preguntas imposibles, de sentirse traidoras frente al monólogo de sus amarguras han convertido sus cavilaciones en una impugnación colectiva, un llamado a la rendición de cuentas.
Los diarios femeninos, acostumbrados a ser fetiches eróticos, juegos ingenuos de fantasía o desahogo contra la asfixia de la vida doméstica, son en la Cuba de hoy el más poderoso de los instrumentos políticos. El blog de Yoani Sánchez convierte la anécdota trivial, la más frívola de las carencias en una reflexión sutil lejana a la rabia y vecina de la risa. El cierre de trece fábricas clandestinas dedicadas a la producción de hebillas -pellizcos en el lenguaje habanero- merece la exhibición de los nudos propios de su melena y de un Estado maniático: “Parece que perseguir más intensamente a los fabricantes privados forma parte de los nuevos cambios que tanto se exhiben hacia el extranjero. Por sí o por no, y como protesta ante esta razia, llevaré el pelo suelto por estos días. Es la forma que tengo de decirme Yoani, acostúmbrate a la desaparición que los accesorios que permitían domar tu melena”.
La nueva novela de Wendy Guerra, Nunca fui primera dama, está llena de dramas mayores que los sencillos atascos del cepillo. Una locutora radial con su misma edad, su mismo apellido y una voz “neurovaginal”, sufre un arrebato durante su programa diario. Se atreve a “expresarse” en vez de simplemente “transmitir” y la voz del Estado sale en su ayuda. Le recomienda un tratamiento psiquiátrico en la clínica militar: “porque los jóvenes se forman, no se abandonan. No se trata de paternalismo, pero a los jóvenes hay que ayudarlos, no nacen sabiendo. No creo que la genética sea irreversible, puede educarse.” Guerra decide entonces hacer el programa desde su casa, recluirse y renunciar a la cabina del régimen, hablarle a su grabadora, hacer programas adornados con canciones para sus amigos. Se da cuenta, como la mayoría de jóvenes de su generación, los nietos del 1 de enero del 59, de una larga tragedia: “No ser nada para lo que fui diseñada (o mejor), ensamblada”.
Esos programas privados que circulan entre amigos y cuentan anécdotas personales, esas confesiones clandestinas de que está hecha la novela circulan de forma muy parecida a las palabras de Yoani y Wendy en La Habana real. Capítulos fotocopiados que reclaman la firma de la autora, entradas del blog impresas y guardadas entre los libros que exaltan la revolución. Mientras muchos jóvenes y no tan jóvenes de Latinoamérica siguen soñando con las apoteosis de la Sierra Maestra, dos escritoras que fueron “ideadas y estructuradas” por la revolución vaticinan en un nuevo coro la celebración del eterno medio siglo: “Los días primero de enero aquí se conmemora todo y no se festeja nada. Primero de enero a esta misma hora: triunfo de la revolución efemérides y banderas colgando de los balcones junto a la ropa interior. Todo duerme”. “Las revoluciones no duran medio siglo, les advierto a los que me preguntan. Terminan por devorarse a sí mismas y excretarse en autoritarismo, control e inmovilidad. Expiran siempre que intentan hacerse eternas. Fallecen por querer mantenerse sin cambiar.
Yo la conocí cadáver, se los digo. Aquel año 1975 en el que nací, la sovietización había borrado toda la espontaneidad y nada quedaba de la rebeldía que evocaban los mayores. Los escapularios con los que habían bajado de la montaña estaban ya proscritos y aquellos soldados de la Sierra Maestra, se habían vuelto adictos al poder.
El resto ha sido el prolongado velatorio de lo que pudo ser, los cirios encendidos de una ilusión que arrastró a tantos. Este enero la difunta cumple un nuevo aniversario, habrá flores, vivas y canciones, pero nada logrará sacarla del panteón, hacerla volver a la vida. Déjenla descansar en paz y comencemos pronto un nuevo ciclo: más breve, menos altisonante, más libre.”

sábado, 27 de diciembre de 2008

Un Cid y un Rey







La marca definitiva del 2008 está sobre sus lápidas en las afueras de Reikiavik y en California. Al entierro de Fisher en una pequeña iglesia católica asistieron 5 personas: el funeral más frio que se pueda imaginar, digno de un genio con ínfulas salvajes, un ermitaño refugiado en su mundo de 64 cuadros. Muerto cumplidos los 64 años. Su amante, enfermera y asistente japonesa, Miyoko Watai, no lloró, Fisher se habría enfurecido con sus lágrimas. Para el sepelio de Heston, en la parroquia de St. Matthews en un cañón boscoso cerca de Beverly Hills, llegaron más de 300 personas encabezadas por una extraña pareja: Nancy Reagan tomada del brazo de Tom Selleck. Hubo tantas lágrimas como fotógrafos y se cerró con poemas de Shakespeare. Es posible que Charlton Heston no haya quedado contento con la escena y que incluso haya envidiado el adiós agreste de Bobby Fisher. Luego del entierro de su padre escribió. “Ver a mi padre en una caja, pintado como una muñeca de cera me resultó casi insoportable. Les estreché la mano y musité palabras de agradecimiento. Me sentí mejor al día siguiente, cuando alquilé un avión para llevarle al norte y enterrarle en los bosques que mi abuelo había ayudado a talar medio siglo antes.”
Entre la colección de huesos que ha dejado el 2008 he escogido las cajas de Fisher y Heston por contener dos emblemas enigmáticos y contradictorios de la cultura norteamericana. Dos personalidades orgullosas con aversión a complacer los dictados sociales y políticos. Dos caprichosos profesionales. Heston fue capaz de brincar de las marchas en compañía de Luther King a las procesiones de armas tomar de la Asociación Nacional del Rifle, uno de los colectivos políticos más conservadores de EE.UU, la segunda iglesia de Sarah Palin, por decir algo. Y no tuvo problema en apoyar a los Kennedy hasta el asesinato de JFK para decidir un año más tarde que era tiempo de empuñar las banderas del candidato republicano Barry Goldwater, el padre político de Ronald Reagan y consejero mayor de Richard Nixon. Durante una asamblea de la Asociación del rifle Heston dijo levantando su viejo Winchester y usando sus poderes de Ben-Hur, El Cid y Moisés: “Solo me lo quitarán de mis manos frías y muertas”.
Bobby Fisher, por su parte, además de ser un hombre influyente con ideas políticas era un megalómano consumado y un paranoico precoz. Desde los 16 años estaba convencido de que los soviéticos pretendían envenenarlo y caminaba perseguido por su sombra. A mediados de la década del sesenta regañó a Fidel Castro en un cablegrama por usar su participación en el torneo Capablanca como un triunfo político. Un año más tarde viajó a La Habana y fue huésped ilustre además de admirador silencioso de la revolución. Entonces comenzó a ser visto con recelo en Estados Unidos. Pero en 1972 se convirtió en héroe nacional al acabar con la hegemonía soviética de 24 años en el deporte ciencia. El mismísimo Henrry Kissinger, como Secretario de Estado, tuvo que suplicarle que no abandonara el match contra Spassky por atender sus caprichos contra los fotógrafos, el menú del hotel, la altura de los sanitarios islandeses y el tiempo muerto de los semáforos en rojo. Fisher pretendía que el mundo entero siguiera el ritmo de sus movidas. Cuando era considerado un arma contra el comunismo abandonó todo para esconderse con un tablero de ajedrez en su bolsillo. En 1981 dos patrullas de policía en Pasadena, California, lo convencieron de sus delirios paranoicos y terminaron de grabar su odio por los Estados Unidos. Los policías lo detuvieron en la calle mientras caminaba y lo interrogaron hasta toparse con su orgullo y su terquedad. Creían haber encontrado a un ladrón de bancos del vecindario. Luego de tres tandas de preguntas iguales Fisher se negó a hablar y tuvo que pagar su silencio con estrangulamientos y dos días de calabozo a palo y agua. Nunca les dijo a sus verdugos quien era. Al salir escribió seis páginas contando el abuso de los peones. Fue suficiente para que luego del 9-11 le dijera a una emisora filipina que se alegraba del ataque y que quería un pasaporte con una sola palabra: apátrida.


Mientras Fisher, en su única declaración manida, llamaba criminal a George. W. Bush, Heston recibía de sus manos la Medalla de la Libertad.

El campeón mundial soviético Milaíl Botvínnik resumiría tiempo después los problemas de Fisher: “La tragedia de Fisher probablemente haya sido que luchaba no sólo contra sus oponentes en el tablero sino contra sus impresiones irreales del mundo exterior”. Pero sus impresiones se seguían confirmando. Dos décadas más tarde de haber ganado el título mundial Fisher decidió salir del mito que había construido para reeditar su duelo con Spassky. Las monedas de los apostadores fueron una tentación suficiente. Las partidas se jugaron en Belgrado en tiempos del embargo de la ONU a la ex-Yugoslavia y Fisher tuvo la mala suerte de ganar, llevarse tres millones de dólares y convertirse en prófugo de la justicia norteamericana por haber violado el embargo internacional. De nuevo estaba en la difícil posición de un paranoico perseguido. La gracia le costó ocho meses de cárcel en Japón para encontrar la salvación en el exilio de Islandia, una Siberia con buenos modales. Durante su reclusión Spassky, que ya era su amigo, envió una conmovedora carta a los diplomáticos encargados de resolver el caso:"Arréstenme. Pónganme en la misma celda que Fischer, pero por favor dennos un tablero de ajedrez.” Una partida entre los dos campeones en una cárcel japonesa habría sido un bonito regalo para Marcel Duchamp. Quien alguna vez dijo que contemplar a Fisher frente al tablero era como ver a un derviche a punto de pasar al otro lado de la iluminación. Porque Fisher siempre fue visto como un mago, un hombre que tiraba las piezas para que encontraran su lugar perfecto. Un ajedrecista con el magnetismo de Lennon y el coeficiente intelectual de Einstein. Uno de sus rivales, todavía bajo los efectos de su hechizo, se atrevió a describirlo: “Ese largo rostro de fanático que se cierne de forma constante sobre el tablero, los ojos ardientes, esos dedos largos que retiran implacablemente piezas y peones...”
Los protagonistas de estas dos pequeñas autopsias tuvieron una infancia similar. Ambos fueron aventajados prematuros en sus oficios. Fisher dejó el colegio para dedicarse al ajedrez a los 13 años y Heston dedicó su energía infantil al enajenamiento de los monólogos. Los dos niños reconcentrados fueron criados por sus madres luego de divorcios prematuros. Para el final también hubo coincidencias. Antes de la muerte recibieron el anestésico de la demencia senil. Paz en la casilla del rey y en la urna de El Cid.

martes, 23 de diciembre de 2008

Inventario de colegas



Alguna vez le oí decir a Eduardo Escobar que el ejercicio del columnista tiene que ver sobre todo con el arte de la mecanografía. Un desdén merecido para quienes buscamos un dictado de conciencia cada semana con un ojo en el reloj y otro en el ábaco de palabras de Word. Sin embargo, no hay escritura que genere más súbditos y más enemigos que la octavilla de prensa. Son el credo y el estribillo de las barras bravas de la opinión nacional. Sacaré entonces el fanático de periódico que me habita para deshojar mis gustos y mis fobias. En el reino de la actualidad dos historiadores son mis favoritos. Sus columnas contradicen siempre alguna certeza recién instalada, desconfían de los desconfiados profesionales y prefieren la memoria a la paranoia. No los obsesionan los bandos políticos sino los temas, así que una semana le pueden dar la razón a un comentario entre dientes de José Obdulio y la siguiente compartir un queja de Piedad Córdoba. Porque en ocasiones el delirio y la realidad se tocan. Nunca escriben un pregón y saben que la diferencia la hace la melodía y no el volumen. Sus columnas buscan contradecir alguna histeria política o exhibir algún olvido con la gracia de quien devela la reliquia entre los misterios del terciopelo negro. Eduardo Posada Carbó y de Jorge Orlando Melo me recuerdan al profesor que entrega algunos secretos en la charla de cervezas después de los rigores de clase.
Pero no solo de mesuras inteligentes vive el periodiquero. De vez en cuando es interesante leer a los columnistas inspirados por la ira y el intenso dolor. Mirar a los extremos nos proporciona una idea clara de nuestro lugar en la escala cromática nacional. Una leve identificación con las opiniones de los columnistas fieros sirve como alerta temprana para identificar trastornos de argumentación. De otro lado la imaginación de los paranoicos produce siempre, después del sobresalto inicial, una deliciosa sonrisa de alivio. Nunca es sano leer a estos espadachines cada ocho días, se corre el riesgo de intentar una respuesta a sus contorsiones, lo que significa un primer síntoma de contagio. El lenguaje oscila entre la arenga y el panfleto, útil para ejercicios teatrales o para la composición de anónimos. Fernando Londoño Hoyos está en una de las columnas que marcan los extremos. Su lectura esporádica puede ser útil para saber lo que José Obdulio no se atreve a decir. Al otro lado está Felipe Zuleta Lleras, un cómico con ínfulas de iluminado. Un hombre que se siente el Can Cerbero de la dignidad nacional y es apenas uno de esos pincher estridentes que le ladran hasta a su propia sombra.
A diferencia de mis favoritos las señoras a las que me refiero no escriben sus columnas alrededor de un círculo de saber sino de un viejo revoloteo de poder. Se dedican a comentar sus corrillos como si fueran los escenarios de todas las revelaciones. Les encantan los bandos bien definidos: una vez han tomado partido por la facción política de sus preferencias dedican toda la energía a defender la ficción ideológica correspondiente. Semana a semana exhiben su indignación moral frente a los modales del país maltrecho que les tocó en suerte. Sin necesidad de revisar sus cuartillas soy capaz de repetir algunas de sus fórmulas de siempre: “país asesino”, “sociedad indolente”, “dirigencia adormecida”, “opinión pública obnubilada”. Sueñan con que el lector termine la visita a su página con un muy decidido: “Es el colmo…definitivamente”. Cuando entregan una sorpresa a sus visitantes, cosa que sucede una vez cada semestre, se debe sobre todo al tono de exaltación y no al tema singular o a la perspectiva privilegiada, simplemente han llevado hasta un extremo de algarabía sus disputas de siempre. Lo peor es que es normal que entablen dialogo frente a sus lectores. María Isabel Rueda escribe una diatriba contra los indígenas y María Jimena Duzán le responde ofendida. Unas semanas antes habían hablado largo y tendido sobre el cacique mayor. El único hombre de sus desvelos de cada ocho días, bien sea para sueños o pesadillas.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Genios y figuras




El trasnocho de Uribe el pasado martes, dedicado a mover las apuestas en la gallera de la Cámara de Representantes mientras sus ministros hacían de meseros, nos sacó de las incertidumbres del tercer periodo y del esperanzador argumento doméstico que descartaba la re-reelección por que Doña Lina estaba muy cansada. Uribe escondió sus propósitos bajo maneras inofensivas y rodeos de caballista, poniendo cara de yo no quiero mientras firmaba un decreto de media noche con las marrullas propias del embaucador. El muy solapado dijo que no viajaría a la cumbre latinoamericana en Brasil para ocuparse de las urgencias de los damnificados, pero en realidad debía atender el hambre de pirañas del congreso y el estorbo de los diques constitucionales.
Las comparaciones latinoamericanas nos dejan claro que Álvaro Uribe es uno más de los viciosos del poder que sucumben frente a la tentación de los porcentajes en las encuestas. Otro más de los hombres providenciales que suelen terminar en fatalidades. En el año 2000, antes de su segunda reelección, Alberto Fujimori mostraba las mismas cautelas de Uribe: “Voy a aprovechar la navidad para reflexionar sobre el tema de una nueva candidatura”. Se negaba a hacer claridad sobre su aspiración y respondía con frases hechas cuando le preguntaban sobre la imposibilidad constitucional para ser candidato. El encargado de recoger las firmas para legalizar el lanzamiento de Fujimori III fue condenado por peculado y asociación ilícita cuando se comprobó que había organizado una “fábrica de firmas falsas”. Al final Fujimori lo consumó todo con la expedición de una ley bajo el pomposo título de “interpretación auténtica de la constitución”, según la cual el primer periodo de su gobierno había sido en otra era constitucional y por lo tanto su tercer periodo sería apenas el segundo. Interpretación jurídica digna de inteligencias superiores.
Carlos Menem, por su parte, impulsó un cambio constitucional que incluía nuevos derechos y le daba legitimidad a la vieja carta que tenía a cuestas el peso de las firmas de la dictadura militar. Pero no se olvidó de colgar el articulito que le permitió hacerse reelegir en 1995. También lo picó el bicho de la tercera misión y se dedicó a presionar a la Corte Suprema y al congreso que ya habían perdido autonomía, ante la falta de unidad en su partido y la dificultad de que se aprobara un referendo. Menem intentaba ser categórico al negar la posibilidad de un tercer periodo pero su tono dejaba siempre una rendija. La prensa argentina de entonces repetía lo que repiten los editoriales de la prensa colombiana de hoy. “Mantener la cuestión abierta es un elemento perturbador que genera incertidumbres y reduce la credibilidad de la Argentina porque contribuye a poner en duda la firmeza de sus instituciones.” Y los lagartos del sur del continente repetían la frase de nuestros lagartos profesionales: “No hay otro candidato que pueda continuar su obra y que pueda sostener, como Menem, los cambios que se introdujeron en el país". Al final la recesión y la corrupción impidieron la tercera intentona y Menem descansó dos años antes de visitar los tribunales.
Hace unos días las cien cajas con las firmas para la re-reelección de Hugo Chávez llegaron al congreso cargadas por beisbolistas y deportistas olímpicos. El toque de la diana militar alentó el cortejo. Chávez ha puesto cara de mártir por su posible retiro en el 2012 y la posible orfandad del pueblo de Venezuela. Uno de sus diputados eligió el argumento preferido de las mayorías fanáticas:”el pueblo en los barrios dirá: queremos que Chávez continúe porque nos da la gana”. Al menos la última sesión del congreso sirvió para que Uribe mostrara su molde de sátrapa.

martes, 16 de diciembre de 2008

Militantes y manifestantes





Los periódicos europeos han comenzado a hacer sus diagnósticos sobre la furia desencantada de los jóvenes griegos y las posibilidades de contagio del bochinche de incendios y piedra. Grupos de apoyo alemanes tienen contacto con los líderes anarquistas griegos. Jóvenes catalanes han mostrado el camino para la irritación y la estética de los movimientos antisistema. Los estudiantes italianos dieron un gran ejemplo en el 2001 en Génova con su acogida de fuego a la cumbre del G-8. La prensa dibuja el oscuro escenario de los jóvenes europeos en tres líneas muy claras: “Tampoco nos resultan ajenas las reacciones ante la ausencia de futuro para nuestros jóvenes, ante la crisis económica generalizada, ante la creciente exclusión social o ante la falta de vitalidad de nuestras instituciones educativas. Todas estas cuestiones forman parte del signo común de los tiempos y de los países en que vivimos.”
La frase podría estar en las primeras páginas de los diarios de las grandes capitales latinoamericanas. Resulta curioso que los jóvenes de Europa y América, tan lejos, tan cerca, compartan las mismas nubes con respecto a su futuro. Con la simple diferencia de unos euros de más o de menos en la perspectiva del primer empleo. Pero la verdad parece distinta a la hora de las relaciones con el Estado y los berrinches contra el poder.
Aparte de las pintorescas movilizaciones zapatistas lideradas por un encapuchado a caballo, tan parecidas a un viejo cómic, las recientes manifestaciones en América Latina muestran a una juventud más embelesada que hastiada con el poder. En Argentina los piqueteros profesionales tienen una importante fuente de reclutamiento en las barriadas de Buenos Aires. Muchos jóvenes alientan a la señora k con los mismos estribillos que gastan en las canchas los domingos. En Venezuela, el famoso “Uh, ah, Chávez no se va”, también tiene hinchada entre jóvenes rojos rojitos que están conociendo la chequera del Estado con las misiones y les encanta un presidente que se viste con los emblemas de la revolución. Sin desconocer que las universidades han sido en los últimos tiempos un importante fortín antichavista. En Bolivia, los cocaleros aymaras que eran insignia en las manifestaciones estudiantiles desde Barcelona hasta La Paz, ahora defienden su poder hombro a hombro, barricada a barricada en las carreteras del país. En Brasil, el movimiento de los Sin tierra, con banderas y caminantes en las universidades, apoyó la reelección de Lula en el 2005. En el 2007 tuvieron un distanciamiento pero las manifestaciones contra Lula son todavía carnavales anémicos en Río y el Sao Pablo. De nuestras marchas no hablemos. Las FARC y los Paramilitares no dejan mucho espacio para caminatas distintas a las de camisa blanca amenizadas por el “A Dios le pido” de Juanes.
En América Latina no parece cierta la sentencia del rector de la Universidad de Atenas frente a los disturbios de los últimos días: “No ahora, sino hace al menos dos años, dije a todo el que quisiera oírme que hay un divorcio absoluto entre la juventud y el sistema, pero nadie me hizo caso. Los programas políticos los han olvidado…” Entre nosotros parece que los políticos han logrado, para bien o para mal, acercar a los jóvenes a los combates de la política y a los espejismos de la demagogia. Hemos cambiado los manifestantes por los militantes.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Enfermos y derrotados





La desmovilización del Bloque Cacique Nutibara en Medellín ha demostrado que se pueden reunir en un solo bando las peores “tácticas” de la política: la intimidación, la demagogia armada, el clientelismo, el oportunismo vulgar y la derrota a pesar de todo. Para acompañar el desastre se guarda el arma de la mentira y el desprestigio, la desvergüenza que busca contagiar a los adversarios o a los interlocutores oficiales con las pestes propias. Las mentiras de los jefes del Bloque Cacique Nutibara comenzaron desde el conteo inicial de combatientes. Cuando reunieron a los primeros 860 hombres en La Ceja el comisionado de paz dijo con tono resignado: “Revolvieron delincuentes callejeros 48 horas antes y nos los metieron en el paquete de desmovilizados”. Por su parte, Amnistía Internacional habló de simples desempleados que trabajaron 15 días como hombres en armas el centro vacacional del oriente para que los verdaderos guerreros se quedaran en las laderas.

Luego de tres semanas de cursos de civilidad los hombres del Cacique Nutibara bajaron a Medellín convertidos en miembros de la Corporación Democracia. Ansiosos de jugar un papel político y social en los barrios. Pero las tentaciones de ejercer poder por medio de los antiguos métodos no siempre lograron contenerse. La nostalgia del pasamontañas.

Alonso Salazar conoció mejor que nadie las quejas de la comunidad por los abusos de los reinsertados, sufrió sus juegos dobles como funcionario y se desengañó del papel de la Corporación como supuesto actor democrático. Casi 4 años de conocimiento mutuo los habían hecho absolutamente incompatibles. Salazar no quería esos compañeros de campaña y los reinsertados no querían un alcalde que conociera su juego. Y que además había insinuado que luego de 4 años de oportunidades para los victimarios era hora de dar prioridad a las víctimas.

En la campaña las cosas fueron relativamente claras, como es normal cuando se hace política con aliados en la sombra. O sea en la cárcel. Los candidatos al Concejo cercanos a los reinsertados fueron Luis Carlos Piedrahíta -Director Ejecutivo de la Corporación Democracia- y Diego Arango, que buscaba repetir curul. El aval lo entregó el movimiento Colombia Viva que dirigían Habib Marheg y Dieb Maloof antes de que la Corte los mandara a guardar. Ambos candidatos al Concejo de Medellín trabajaron para la campaña de Luis Pérez y fracasaron en su aspiración. Durante las elecciones algunos medios de prensa y ONGs hablaron de esa alianza sin que nadie saliera a desmentirla. Algunas fotos también ayudan a intuir cercanías con los paramilitares. Durante la inscripción de la candidatura Luis Pérez aparece con los brazos en alto al lado de Mario Uribe y Rubén Darío Quintero. Personajes encartados en las investigaciones por paramilitarismo.

Pero hablemos de la política al menudeo que es la mejor de las radiografías electorales. La Corporación Democracia buscó elegir ediles en 7 comunas de la ciudad. Sus supuestos fortines estaban en la comuna 1, 2, 6, 7 y 8. Al final solo logró un puesto con Memín en la comuna 8. En todas ellas Luis Pérez fue claro ganador y en al menos tres de obtuvo casi el 50% de los votos. Tendrán el descaro de decir que aportaron sus números magros a la derrota de Salazar en esos barrios.

Lo triste de todo es que a los reinsertados solo les quedó la paradójica estrategia de exhibir su lado oscuro. A pesar de estar avalados por una corporación legal y pedir el reconocimiento de la sociedad se han dedicado a recordar sus reuniones con el alcalde y a mostrar el álbum de fotos del proceso. Intentando contagiarlo con los males de los que decían haberse curado.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Cuento de navidad





Su nombre era ya un extenso tren de vagones desiguales, un tren cargado de herencias y príncipes, de matrimonios sucesivos y condes, de abogados y somníferos: Martha Crawford von Auersperg von Bulow. Desde su nacimiento los trenes fueron una pequeña insignia, una señal de las primeras felicidades. La niña nació en un vagón de primera, en la ruta entre Virginia y Nueva York, bajo las carreras de los camareros vestidos de frac y el largo pitido del maquinista como homenaje al padre primerizo, George Crawford, magnate de la electricidad en la década del 30 en Estados Unidos. Para la madre no hubo ni champaña ni bramidos de tren. Sólo el dolor y una limosina negra que hizo las veces de ambulancia en la estación.
Las navidades estuvieron siempre llenas de trenes eléctricos. Túneles debajo de las escaleras, puentes iluminados sobre las fuentes del jardín, carrileras que hacían imposible la casa en los afanes de diciembre. Hasta que la muerte de su padre antes de la navidad de 1935 rompió las rutas de la gran casa en Pennsylvania. Rieles, edificios de estaciones y trenes fueron a parar a un zarzo como si hubieran sido arrasados por un terremoto.
La pequeña Sunny, según el apodo cariñoso que le había regalado su abuela, se acostumbró fácilmente a la ausencia de los trenes de juguete. Las navidades se convirtieron en viajes verdaderos en compañía de su madre. Un juego con geografías variadas. Las emociones de la adolescencia comenzaron con los paisajes europeos. Su primer novio, un noble ruso que trabajaba como traductor de la ONU, hizo que viera la nieve con otros ojos. Todo el tiempo estaba hablando de las peligrosas nieves rusas, de las tormentas y los borrachos encargados de seguir el hilo de los trenes y los carros. Ella que creyó mucho tiempo que la nieve era otro de los artificios de su padre. La navidad traía nuevos vientos.
En uno de los viajes a Austria le entregó un príncipe insulso. Pero un príncipe al fin y al cabo. Aunque trabajara como instructor de tenis. La tristeza de vivir en un castillo en Austria trajo las alegrías del alcohol acompañadas por un hijo y una hija con sus títulos nobiliarios.
Un año después de su divorcio ya estaba casada con Claus Von Bulow, un conde danés que la envolvió con sus historias familiares que incluían desde Richard Wagner hasta los retorcidos envenenadores de Hamlet. Ahora la navidad era las magníficas fiestas en Nueva York y en la mansión de Rhode Island. Las pastillas hacían volver las alucinaciones de la infancia. El eco de los trenes. Pero una casa de 20 cuartos es una ratonera de traiciones y Claus había convertido a Alexandra Isles, actriz de segunda y antigua compañera suya en el colegio en Maryland, en su amante declarada. El 21 de diciembre de 1979 el encanto de las flores y las fiestas en Rhode Island terminó con Sunny desmayada tras su desorden de copas y pastillas. Claus la miró durante 20 minutos, tirada en el suelo, sus reflexiones fueron sencillas. No era su culpa, moriría por su gusto y descansaría del olor de las malditas flores de la casa en Rhode Island, se libraría de sus llantos y sus obsesiones. La hipoglicemia haría su trabajo. No resistió la espera, llamó al médico y Sunny sorteó en el hospital su primera navidad entre las oscuras nieves de su antiguo novio ruso. La navidad siguiente fue peor. Las celebridades neoyorkinas ya huían de las sonoras peleas de la familia y todo transcurrió entre silenciosas e íntimas borracheras. El 26 de diciembre Sunny encontró un profundo sueño de 28 años en el baño de su mansión. Una jeringa con restos de insulina dejó para siempre una pregunta sobre su esposo. Luego de dos juicios largos Claus Von Bulow fue absuelto y el 24 de diciembre de 1987 se logró un acuerdo de divorcio y repartición de herencias para los tres hijos de Sunny. Hace una semana antes de su silenciosa navidad en un hogar de ancianos en Nueva York, Sunny despertó a la muerte. Tras la reja de leones dorados de la casa Von Bulow en Rhode Island, se aloja ahora el tribunal de Newport. Una corona de navidad adorna su fachada.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Berridos de diciembre





Entre los cuentos navideños dignos de las antologías de fin de año solo recuerdo uno dedicado al sueño apacible en un pesebre. Sin miedo a repetir la trillada postal. Saramago acuesta al niño lejos del musgo y los espejos de agua y le entrega la placidez de los privilegiados: “Solo quien nunca tuvo la felicidad de dormir en un comedero ignora que nada hay en el mundo más parecido a una cuna”. Una brisa fresca tranquiliza al padre y unos pastores prometen leche, queso y pan para el día siguiente. Los gritos de María son lo único que aturde esa noche tranquila.
Pero luego de esa primera noche la navidad se ha convertido en una colección de desgracias infantiles sobre papel. Sin importar dónde transcurra la noche del 24 de diciembre, los cuentos navideños tienen la obligación de que un mocoso enclenque sufra lo indecible.
Comencemos la colección de pequeños infelices con cuentos de Tomás Carrasquilla y Hans Christian Andersen. Tista Arana, personaje del El rifle, y la niña de los fósforos, comparten su figura andrajoso y rota adornada por unos “bucles dorados”. Ambos tienen el encanto de los ángeles despojados. Y tienen, cómo no, hambre y frío. Todo lo comparten ese par de cagones mugrientos: la madrastra del uno le da garrote al compás de sus furias de chicha, y el padre de la otra no ahorra golpes ante la ausencia de monedas. El final de los dos no podría ser distinto: “¡Abuela! ¡Oh, llévame contigo”, grita la niña de Andersen; “¡Madrecita querida! Llévame p’onde vos”, clama el Tista de Carrasquilla. Piden la muerte en medio de la utilería decembrina. Niños llevados y sin traídos.
Cuando volteamos la página en busca de Nabokov encontramos más niños muertos. Ahora el dolor es sólo de un padre, su hijo ha muerto dos días antes de la navidad en medio de las fiebres y el desvarío. El padre ni siquiera recuerda las obligaciones de la fecha festiva, la calamidad ha cubierto todo con el ímpetu de la nieve. No puede entender la sencillez de las razones que le da el criado para que permita levantar el árbol de navidad: “Es bonito y además es verde. Déjelo durante un tiempo.” No quiere saber de horas que serán ajenas a su hijo, prefiere contemplar el exótico gusano de seda que el muchacho recordó durante sus fiebres. En un momento el llanto del padre se interrumpe por un chasquido: el gusano de seda “había surgido de su crisálida debido a que un hombre, vencido por el dolor, había llevado una lata hasta su habitación caldeada…”
El pequeño habitante de los campos de Alabama de Truman Capote es tal vez el menos desgraciado de este catálogo. Su navidad es una antología de excursiones al bosque a recoger frutas y cortar el árbol. Además, una prima vieja y jorobada hace las veces de hada madrina para una navidad que tiene desde vuelos de cometa hasta pequeños sorbos de whisky. Pero pronto llegará la separación del paraíso navideño a manos de colegios militares o de las atenciones de un padre desconocido y empalagoso, y llegará la muerte del hada maltrecha. Capote acude más a la nostalgia que a la tragedia y permite que su niño nade por praderas de hierba hasta la cintura. Las tristezas y los miedos de sus niño de navidad son comunes a todos los niños y a todas las noches. Comenzaron los berridos de diciembre.

martes, 2 de diciembre de 2008

Una de piratas





Los navegantes africanos, acostumbrados a tirar su nuez de metal al mar como quien tira un puente corto entre dos orillas, han encontrado nuevas maneras para sus faenas marinas, opciones un poco más sofisticadas y audaces. Pasar del asalto suplicante a una costa a la vida de viento en contra y fusil al hombro de los piratas no parece una mala jugada. Es mejor hablar con los ministros de defensa que con los directores de la Cruz Roja. Los más afortunados africanos del norte que logran llegar a las costas españolas, en flotadores, en barcas de juguete, en lanchas de pescadores, se dedicarán a la más vulgar de las piraterías, a esconderse de los policías en las salidas del metro o en las esquinas de las plazas. Venderán discos y libros copiados en las aceras. Un juego triste de gatos y ratones.
En cambio la verdadera aventura pirata promete mejores emociones y menores riesgos. Nadie podría diferenciar entre los precarios navegantes de Argelia, Chad, Niger y Sudán que ponen su vida en la hélice de un motor Yamaha de 40 caballos y los más avezados marinos de Nigeria y Somalia que abordan yates de lujo, pesqueros de atún o grandes petroleros. Los piratas tienen buques nodriza para lanzar sus ataques en lanchas rápidas y llevan GPS en vez de un arrume de botellas de agua. Unos y otros podrían ser descritos por las palabras de Conrad para la tripulación de un barco de piratas en tiempos de Napoleón: “Duros como clavos y ávidos como lobos de las delicias de tierra”. Y podría decirse que comparten un mismo sueño para su botín. Los piratas Somalíes que en abril pasado secuestraron el atunero español Playa Bakio, comenzaron por robar los tenis de los tripulantes y asaltar una suculenta despensa de botellas que encontraron a bordo. Tesoro muy cercano al que compran los inmigrantes con sus primeras monedas.
Sin embargo, las patrulleras españolas están ocupadas defendiéndose de la invasión de lanchas que parecen restos de basura empujados contra las compuertas de Melilla. Los navegantes moribundos resultan más peligrosos que los bucaneros de Puntlandia, un nombre que parece sacado de la geografía de un libro de aventuras. La costa norte de Somalia, la nueva tierra para el florecer de los piratas, tiene parecido con la isla La Tortuga y sus historias de renegados que en tierra se dedicaban a la caza y en mar a las rapiñas. Según las crónicas, esta isla que Haití parece tragarse con sus mandíbulas, era tierra de nadie, isla para las costumbres salvajes. Un refugio para encontrar pólvora, alcohol y carne en parrillas primitivas: “Sus ejercicios son tres: ir a la caza, plantar y navegar como piratas…Gastan el resto de sus ganancias con grande liberalidad, dándose a toda suerte de sucios vicios siendo el primero la borrachez con el aguardiente que beben del mismo modo que los españoles agua común. (...) los taberneros y rameras se preparan a tropas aguardando la buena llegada de los sucios bucaneros”.
Los piratas de Puntlandia no son grandes marineros, sólo tienen una costa sin control, una nueva Isla Tortuga desde donde pueden vigilar sus presas y negociar sus rescates. Sus aventuras son cortas y tienen fama de tratar bien a sus rehenes. En todas sus comunicaciones dejan claro que sólo les interesa el dinero y que sus armas son para disparar al cielo. Y se dan el lujo de pactar el precio desde un hotel de lujo en Londres, porque no todo puede ser vida salvaje. Los nuevos piratas ya tienen su nueva flota enemiga. Los contratistas privados de seguridad gringos que actúan en Afganistán e Irak, Blackwater con una calavera y dos tibias, han creado una división marítima. Nuevos tiempos para oficios viejos.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Noticia del Putumayo





El sur se ha convertido en el principal productor de sacudidas nacionales. La marea de sus lógicas primitivas embiste cada tanto a la cuadrícula de las oficinas públicas, devuelve sus formularios, se ríe de sus intensiones. Deja constancia, en las plazas de las grandes ciudades, de su cuota de poder y sus venenos abandonados. Una evidencia de humo y rabia.
Un médico alérgico a las pulcritudes hospitalarias y al azote de una EPS me trajo hace unos días noticias del Putumayo. Historias de sus seis años de curandero por las selvas del piedemonte. Sus correrías de partos y baleados, de colonos descalabrados en moto o picados por las culebras. Habló del tedio de las cantinas, de la hospitalidad de casas abiertas en la selva, refugio para cualquier caminante con la simple condición de lavar los platos y reponer el arrume de leña, de los ciclos de 48 días que impone la mata de coca y de los descubrimientos recientes en Mocoa: el pavimento y la luz eléctrica sin necesidad del trueno de la planta de ACPM.
Tenía que preguntarle por los fajos de billetes, por el cauce de esa economía turbia de crecidas y sequías continuas. En últimas, un arrume 4.700 millones de pesos en un camión por las trochas del Putumayo, fue uno de los primeros campanazos del repiqueteo de desfalcos que ahora nos aturde. Primero habló de su sueldo que llegaba con 4 o 5 meses de retraso. “Yo viví vendiendo mi sueldo. Un caleto me entregaba el 70% de lo que ganaba y recogía la plata completa cuando el hospital giraba lo mío”. El gerente del hospital era el que hacía el papel de usurero y buen samaritano. “Y mi banco era un chiste viejo, no es mentira, mi plata la guardaba debajo del colchón”.
Las filas en el Banco Agrario de Orito se ordenaban desde las tres de la mañana. Hacer un giro, consignar, mirar un saldo era una jornada difícil hasta para la resistencia de los raspachines. Al lado del banco se instalaron casetas de intermediarios, oficinas ambulantes encargadas de entregar fichos y llenar talonarios. Los comerciantes con billete de más, coqueros o guaqueros de tienda, usaban sus carros blindados y sus cajas fuertes para llevar la plata hasta el “distrito financiero” en Puerto Asís. Los trabajadores de Ecopetrol movían sus pagos por medio de su cooperativa. Y los mortales dormían a las afueras del Banco Agrario.
Hasta que apareció DMG y sus buenas maneras. Un local reluciente, aire acondicionado, televisión y dispensador de agua fría. Cajeras con aire de azafatas. La gente corrió a entregar su plata y la libreta de DMG se convirtió en un adorado librito de salmos. Los rendimientos exagerados completaban el irresistible atractivo. Los colegas de hospital miraban con lástima al médico baquiano y su desconfianza por el librillo DMG. “Había de todo, unos sabían que estaban jugando, otros se metieron la mentira ellos mismos.” DMG se convirtió en la ventanilla siniestra y necesaria para mover la plata de los “químicos” y los campesinos, de los médicos y los profesores, de los funcionarios y los chóferes, de los sicarios y los ladrones. La plata que antes manejaba el Negro Acacio se democratizó gracias a la seguridad democrática, el gran capo fue reemplazado por 15 emprendedores.
Lo extraño de toda la historia es que ese modelo perfecto para la dinámica del Putumayo terminara imponiéndose en la Autopista Norte en Bogotá. Con sólo pulir un poco sus estrategias DMG pasó de ser una tecnología necesaria para el viejo oeste del sur a ser un centro comercial milagroso en las afueras de Bogotá. Está claro que el centro no esta libre del poder de la maleza. El sur también puede dar lecciones.

martes, 25 de noviembre de 2008

El Álbum Sacro




Una larga cuerda de cuarenta años tira el cabestro del pastor de El Vaticano y sus santos gustos musicales. Hace unos días el periódico L’osservatore, encargado de recoger las noticias de la Basílica de San Pedro, dejó caer unas bendiciones sobre el Álbum Blanco de los Beatles: una reseña dedicada a una reliquia de noventa y tres minutos que acaba de cumplir cuatro décadas rayando el disco. Las declaraciones salidas de El Vaticano tienen la particularidad de convertirse en noticia de última hora por su anacronismo. Son una especie de confirmación lejana, una señal del arribo del último participante en los dictados de algunas verdades terrenas.
Según El Vaticano el Álbum Blanco “continúa siendo una antología mágica”, muy distinta a la “música estándar y llena de estereotipos” que inunda las emisoras de hoy. La repentina beatlemanía del Benedicto XVI logró que la blasfemia de Lennon -“somos más famosos que Jesús”-que en su tiempo hizo rabiar a Pablo VI y a su guardia de obispos literales, fuera calificada por el diario como una “sencilla fanfarronada”, el impulso de un muchacho encandilado por el éxito. Para cerrar la absolución se toma prestada al azar una de las infinitas líneas escritas sobre los Beatles: “fueron una banda con una única y extraña alquimia de sonidos y palabras”.
El origen de la inesperada iluminación apareció en el mismo L’osservatore, unas páginas más adelante. Las nuevas estrategias de seducción de la iglesia hicieron obligatoria una pequeña encíclica de aniversario para los Beatles. Durante un reciente sínodo un obispo alemán con visión estratégica marcó las pautas a seguir: “Hace falta que aprovechemos el trabajo de los artistas contemporáneos y los interpelemos e impliquemos en el anuncio de la palabra de Dios”. Los Beatles serán entonces un primer descubrimiento de músicos contemporáneos, un acercamiento obligatorio a la música por fuera de las iglesias como instrumento para hablarle a los analfabetas religiosos: “Hay que conseguir que esta fe hable de nuevo. En la Edad Media se conocía la Biblia pauperum, la Biblia de los pobres, que explicaba visualmente parte de la historia de la salvación a cuantos no sabían leer”.
El vaticano sabe muy bien que es mejor buscar los artistas non sanctos por fuera de su rebaño. Todavía recuerda los problemas que le trajo una hermana dominica armada de guitarra y sonsonete a comienzos de la década del sesenta. La Soeur Sourire encantó más allá del coro íntimo con su canción Dominique y terminó grabando con la Phillips y encabezando las listas de éxitos. Muy pronto se aburrió de las canciones piadosas para terminar su vida al mejor estilo de las estrellas fugaces del rock: una comunión de somníferos y a resolver el eterno interrogante.
Está bien que El Vaticano haya dado su primer paso hacia las lenguas vulgares de la música popular con un elogio del Álbum Blanco, inspirado por una combinación de espiritualidad y desengaño, por la esperanza y la mentira de un cielo de meditación que los ilusos de Liverpool buscaron en la india en 1967 de la mano de un farsante con supuestas energías cósmicas. Ojala el próximo paso sea un poco más audaz. Hace dos años Madonna invitó a Benedicto para su concierto con Crucifixión en el Estadio Olímpico de Roma y le dedicó Like a Virgin. El Papa se limitó a llamarla blasfema y estuvo cerca de desplegar su guardia Suiza para protegerse. Para la próxima gira de la diva el Santo Padre deberá estar dispuesto a olvidar los desplantes y acoger a esa jovencita de cincuenta años.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Arden cruces






Durante la carrera por la candidatura demócrata algunos de los asesores de Hillary Clinton se dolían de la mala suerte de enfrentar a un candidato negro: "Si Obama fuera un hombre blanco no estaría en esta posición. Sucede que tiene mucha suerte de ser quien es. Y el país está cautivado por el concepto". La insinuación era clara: Obama implicaba un reto para muchos electores, un desafío para demostrar que el racismo era una memoria desafortunada. Su color no era un obstáculo sino un valor. La sensación de hacer historia y borrar viejas vergüenzas inclinaría a muchos electores hacia la figura de Barack Obama. Luego de la elección Estados Unidos entró en lo que Cristopher Hitchens llamó un momento de “auto congratulación”, América había vencido un fantasma: “Esto ha pasado antes, por supuesto, con el bombo que se dio a la Nueva Frontera, a la Gran Sociedad y al Nuevo Amanecer en Estados Unidos”.

Pero los fantasmas se resisten a morir y las manifestaciones más duras del racismo, los gestos viejos de las minorías extremistas, han crecido luego de la victoria del joven de Hawái. El mismo día de la elección fue quemada una iglesia de fieles negros en Massachusetts y en las semanas siguientes han aparecido las cruces ardientes del KKK en los jardines de las casas, las esvásticas en los parabrisas de los carros, los grafitis que mencionan la cuerda en casa del ahorcado y los insultos racistas en la boca desmedida de los colegiales. La página oficial de los supremacistas blancos se sobrecargó el martes de elecciones.

El hecho de que la mayoría haya vencido los prejuicios raciales puede significar un nuevo aliento para una minoría radical que se siente acorralada. La derrota electoral y la euforia de los ganadores alimentan la paranoia de los fundamentalistas. Las declaraciones de Tomas Robb, director nacional del KKK, son más que elocuentes: “Hay una guerra contra los blancos. Pero nuestra gente -mis hermanos y hermanas blancos-, seguirán comprometidos por una resolución no violenta. Una resolución que debe consistir en la solidaridad entre las comunidades blancas alrededor del mundo. El odio hacia nuestros hijos y su futuro está creciendo y es alimentado día tras día”. Nada más peligroso que los extremistas a la defensiva. El odio es ahora una disculpa además de una herramienta. Para muchos blancos el “país que construyeron sus ancestros” ha sido arrasado. Los demógrafos dicen que los blancos serán minoría en el 2040 y los sociólogos hablan de una crisis de identidad entre muchas comunidades del centro de Estados Unidos.

Las épocas que señalan grandes rupturas, sean ciertas o retóricas, siempre despertarán resistencia. El hecho de que los escenarios escolares sean los más propicios para el aumento de las manifestaciones racistas demuestra que el grito es burdo y fanfarrón pero tiene vigencia. Los adolescentes son un buen medidor de las fiebres sociales que el recato oculta.

Los historiadores recuerdan que el KKK nació luego de la abolición de la esclavitud, cuando el látigo parecía vencido para siempre. Y hablan del gobierno de Harold Washington, primer alcalde negro de Chicago en 1983, cuando la ciudad se dividió como nunca y sufrió batallas raciales que le merecieron el título de la “Beirut del lago”. El triunfo de Obama fue un logro racial para la sociedad de Estados Unidos, pero también puede ser un impulso para sus más burdos instintos de discriminación. Un aguijón para los pirómanos que se conforman con el hockey por televisión.

martes, 18 de noviembre de 2008

Es mejor ser chico que grande





Tanto cuidar la grama del Campín de las estampidas de los conciertos para someterla al fin a la orfandad del potrero, a la triste soledad de cancha de pueblo. Más valdría haber dejado jugar al de la camisa negra, haber sacudido al coloso de la 57 con estridencias y alaridos ajenos al fútbol para curarlo de sus salitres y sus ayunos. Porque el Campín, además de recovecudo y estrecho, es un templo con suertes trocadas y embrujos para las camisas amarillas, azules y rojas. Por lo menos en lo que toca a los últimos veinte años, tiempo suficiente para el arribo de la amargura.
La selección ha perdido en su predio una tercera parte de sus lances, mientras Millonarios y Santa Fe suman cincuenta y tres años sin poner una estrella encima de sus escudos. La más larga vigilia de títulos entre las capitales donde el fútbol es culto de domingo. La última gran hazaña que se celebró en El Nemesio fue en 1989, cuando un rival con visos de enemigo para los equipos capitalinos celebró la Copa Libertadores en cancha ajena.
Pero los melindres de la casa son apenas historieta de supersticiosos. Los malos del juego son los inquilinos: Millonarios y Santa Fe. Dos equipos que confirman que en el fútbol colombiano de los últimos años la plata es un estorbo, un tesoro de truculencias para el camerino y las oficinas, una rapiña, un espejismo que en la cancha sólo provoca nervios y apatía, manotazos y envidia.
En las décadas del 80 y 90, cuando éramos hinchas del capo regional que nos tocó en suerte, los fajos de billetes servían para filar once en fotos irrepetibles, para traer mundialistas a cuadrar su caja con el exotismo de los nuevos ricos. La plata no pervertía el ambiente en la cancha, se dieron bailes increíbles y los jugadores seguían corriendo como asalariados. Era mejor no contrariar a semejantes patrones. Las cuentas eran oscuras pero el fútbol brillaba. La emoción de las áreas opacaba la sospecha de los balances.
Ahora parece que el juego ha cambiado. Un equipo salido del hexagonal del Olaya, una cooperativa con treinta y cinco jugadores entre retazos de formaciones más elegantes, delanteros panameños, veteranos de guerra y jóvenes recién graduados de escuela, puede mostrar sus logros y su risa frente a los compañeros de patio que gastaron millones en técnicos de postín, arqueros de selección, defensas con aires de Kaiser, volantes de tres soles y delanteros con la señal de los elegidos. Seguros La Equidad, con apenas dos años en primera división y un chocoano de retóricas largas en el banco que recuerda al primer Maturana, lleva tres cuadrangulares de cuatro, una final de Copa Mustang y una de Copa Colombia. La tranquilidad de una oficina sin sobresaltos de chequera, un parqueadero sin alardes, un camerino sin niños de barrio con remilgos principescos más el silencio de una hinchada inexistente, ha permitido que el técnico dure tres años en el tablero, que los jugadores corran sabiendo que no hay nada asegurado, que metan hasta el límite de la amarilla o el descanso de la roja y se olviden del cotorreo de la prensa y los estribillos. La Equidad ha demostrado las enormes ventajas de jugar con la tranquilidad del chico. El negocio de Pimentel lo había demostrado el semestre pasado con su estrella. Mientras los equipos grandes se han convertido en bultos de intrigas y han cambiado el bus oficial por la tanqueta, los equipos chicos son negocios rentables, fabriquitas de estrellas bien sea para vender o para lucir en el escudo. En últimas nuestro torneo se parece cada vez más al hexagonal del Olaya. Lástima que no vendan chicha en las tribunas.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Heroína romántica




La niña está en los periódicos y en los noticieros del medio día: pálida mortal, exhibiendo la ruta inútil de sus venas azules, sus ojeras hondas de malos presagios y su orgullosa debilidad. Una heroína romántica en la puerta del hospital, rodeada de fotógrafos, médicos y abogados, ajena a los encantos de la tuberculosis y dueña de un corazón quemado a medias por la quimioterapia, un corazón que según parece no ha conocido siquiera el amor entre primos que perdió al pobre Efraín.

Se llama Hannah Jones, tiene 13 años y acaba de decidir que morirá en su casa, muy pronto, entre los caprichos de sus últimos meses, el misterio de sus gatos y el ruido de sus tres hermanos menores. Los médicos del hospital de Herefordshire, en Inglaterra, han desistido de buscar la intervención de un juez para obligarla a someterse a un transplante de corazón. “Hannah tiene que haber hecho un buen trabajo porque después de haber consultado abogados han decidido no tomar más acciones. Ella sabe que puede cambiar de opinión en cualquier momento y volver a lista de espera”, dijo el padre de la joven alumna de Edgar A. Poe.

En el famoso cuento La caída de la casa Usher, uno de los preferidos del autor de El cuervo, Hannah podría aceptar el papel de Madeline: “La enfermedad de Madeline había burlado durante mucho tiempo la ciencia de sus médicos. Una apatía permanente, un agotamiento gradual de su persona y frecuentes aunque transitorios accesos de carácter parcialmente cataléptico eran el diagnóstico insólito. Hasta entonces había soportado con firmeza la carga de su enfermedad, negándose a guardar cama…” Sólo hay una pequeña diferencia: los sueños de Hannah no están en las penumbras del viejo caserón Usher sino en las mentiras del palacio de Disney.

Pero la niña no tiene sólo la estampa clásica y el destino de las heroínas románticas, carga también con el aura de peligro que le entregan sus accesos de sabiduría. Una pequeña maga sin miedo a la oscuridad: “No soy una chica normal de mi edad, pienso mucho. Me he visto obligada a crecer muy deprisa, ¡qué remedio!, y sé perfectamente lo que quiero: pasar el resto de mis días en casa...No es fácil aceptar que voy a morir, pero no quiero pasar más tiempo en hospitales, me trae malos recuerdos…Lo más probable es que a mí un corazón nuevo no me sirviera de nada, pero en cambio puede salvar la vida a otra persona.”

Las mayorías en las encuestas de los periódicos reprueban la libertad de la “dulce niña pálida” y su aptitud para decidir la propia muerte, no saben que ocho años de hospitales y sondas son suficientes para elegirla como un remedio sencillo. La madre de la niña, que por azares del destino ha trabajado como enfermera de cuidados intensivos, elogió los poderes adivinatorios de Hannah y agradeció el respeto y la resignación de los médicos. Sabe que opio de las anestesias es apenas un olvido menor para los males negros de las salas blancas.

Un arroyo, rodeado de peras y manzanas en el condado rural de Herefordshire, será perfecto para la delicada agonía de Hannah. Una pequeña Ofelia con una tumba de pasto alto. Para la lápida hay poemas de sobra. Va uno escogido al azar: “Tu cabellera rubia caía entre las flores / pintadas del percal. / Y había en tus ojeras la / inconfundible huella / que hablaba de tu mal.”

martes, 11 de noviembre de 2008

Galería de conspiraciones




La política tendrá siempre como ingredientes de sazón a los murmullos y la obsesión por el zarpazo. Algún gusto debe quedar para el cuartel de los derrotados. Lo peligroso es que el elegido olvide su letra principal para atender únicamente el canturreo de los opositores. El oído sensible -o en exceso imaginativo- del gobernante puede crear más distorsiones que la voz y la intención de sus enemigos. Convertir a los críticos en conspiradores logra que la discusión sobre hechos y cifras se transforme en un acertijo de nombres ocultos e intenciones perversas. Pasamos entonces de las comisiones de estudio a las cofradías.
En los últimos meses la palabra conspiración se ha repetido con insistencia a la hora de hablar de los alcaldes de Bogotá, Medellín y Cartagena. Los tres casos tienen ingredientes distintos pero podrían terminar imponiendo entre nosotros la lógica de la conjura detrás de la crítica. Venezuela es un ejemplo perfecto para advertir sobre los peligros que implican la histeria calculada o la paranoia galopante de los mandatarios. A los cuatro meses de estar en el poder Hugo Chávez denunció el primer complot para detener sus ambiciones revolucionarias. Desde ese momento hasta hoy se han anunciado más de 20 conjuras fallidas en su contra: planes de magnicidio, fragua de golpes, desinformación sistemática, paros concertados, desprestigio internacional. Muchos de los supuestos planes y su desmantelamiento se han dado a conocer en vísperas electorales. Llevar la disyuntiva democrática a los extremos es otra de las consecuencias de investir a los críticos con la capa de los traidores. En tiempos de Ernesto Samper el dilema planteado desde la Casa de Nariño era sencillo y falaz: debíamos apoyar a un mandatario elegido popularmente y absuelto por su juez natural o acoger los designios que el imperio enviaba por boca del embajador Myles Frechette.
Las diferencias en los casos de Bogotá, Medellín y Cartagena pueden servir para separar la conspiración del simple ruido de una gavilla, para impedir que la legítima animadversión política se iguale a las argucias de los sótanos y termine por pervertir las acciones del gobierno y las palabras de la oposición. En Cartagena, antes que una campaña de desprestigio contra Judith Pinedo se apeló a la argucia del código. Los derrotados sintieron la fatiga electoral y optaron por la vía expedita de los leguleyos. En Medellín se combinaron las formas de lucha: denuncias penales y pasquines de radio contra el alcalde Alonso Salazar. En los juzgados se le atribuyeron secuestros y en los comadreos de los locutores sonoras borracheras. Se le tildó de incapaz y de ser extraño al corazón de Antioquia. Se habló de política y de regionalismo barato. En Bogotá se habla de excesos contra Samuel Moreno: análisis que desconocen las cifras positivas, críticas por anticipado, apetito de poder antes que afán de debatir.
Mi escalafón de conspiradores pone a los enemigos políticos de Samuel Moreno en un tercer lugar. Las críticas se hacen de manera pública, así entrañen análisis dudosos, tienen la posibilidad de ser rebatidas. Un gabinete en la sombra para seguir las tareas de los secretarios muestra el despecho de los derrotados, no la necesariamente la mala intención. La mayor parte de las críticas a Moreno han sido referidas a su primer año como alcalde y no a sus gracias personales. El acuerdo de los opositores no supone un complot, sólo una manguala de intereses. Los enemigos de Judith Pinedo están en la segunda casilla. Se esconden tras la sombras de los abogados, saben que su desprestigio no podrá ser endosado a nadie en el corto plazo. En Medellín están los campeones. Algunos destituidos y otros en la cárcel. Se agazaparon hasta cuando fue posible y buscaron aliados en la ilegalidad. Tal vez todo este ruido de primer año sea culpa de una golosina irresistible: la revocatoria del mandato alentada por el oráculo de las encuestas. El caso es que las conspiraciones, ciertas o imaginarias, han empeorado al gobierno y a la oposición.

viernes, 7 de noviembre de 2008

El muchacho de las islas





En 1973 Hawái era de nuevo el centro de la atención mundial. Olvidada desde el ataque a Pearl Harbor en Oahu, una de sus piedras volcánicas vecinas, la isla servía ahora como parlante y reflector mundial para que Elvis Presley mostrará sus audacias físicas y su acento negro. Fue el primer concierto transmitido vía satélite y según los cálculos lo vieron más de 1000 millones de personas en todo el mundo. Barack Obama tenía 12 años, vivía con sus abuelos en Honolulú y es seguro que siguió por televisión el alboroto más importante de su corta vida isleña. Unos años antes ese Hawái como epicentro psicodélico había sido el escenario del último concierto de Jimi Hendrix, en las laderas del volcán Haleakala en Maui, dos meses antes de su muerte.
Un escenario envidiable para las largas caminatas de una novela Beat, para admirar los antiguos volcanes y cantar a los dioses polinesios. Un buen refugio para ermitaños cansados del mundo y ávidos de alucinaciones. Y es que la vida de Barack Obama tiene parajes y paradojas suficientes para nutrir novelas variadas, para satisfacer autores y géneros de todos los calibres. Digamos que su novela Beat puede tener un comienzo bucólico entre las montañas de Hawái y los sueños adolescentes para luego saltar al desasosiego en Los Ángeles. Cuando Barack siente que ni los negros ni los blancos lo miran con naturalidad y decide encerrarse en una obsesión con sí mismo. La marihuana, la cerveza y una que otra línea de cocaína sirven como alimento para las paranoias y el furor, para el nudo de las preguntas imposibles y el olvido como respuesta. Para el final estará bien que la elocuencia de un pastor incendiario de Chicago sirva como iluminación para el joven Obama. No es raro que las flamas más vulgares entreguen los destellos más asombrosos.
Pero la vida de Barack Obama también tiene los ingredientes de las novelas psicológicas, de los grandes dramas vistos a través de las tormentas mentales de un personaje. Su historia africana me recordó el ambiente de las novelas del J.M. Coetzee. Un abuelo que tiene éxito por vestirse como sirviente inglés y al mismo tiempo conserva sus costumbres africanas como fiero pastor de sus esposas. La abuela de sangre de Obama, Akumu, huyó muy temprano de los castigos de su esposo para terminar en el corral de un tanzano acomodado que la compró a sus padres por doce vacas. Pero el protagonista de la novela africana de Obama es su padre. Viajó de Kenia a Honolulú, una especie de ficción geográfica para sus familiares y amigos, conoció a su esposa americana en el embeleco de unas clases de ruso -digo su esposa americana porque ya había dejado una en Kenia, embarazada para que no quedaran dudas- y luego de sus años de vida en Estados Unidos decidió volver a su país en busca de una posición en el primer gobierno independiente. Los choques entre clanes y burocracia lo llevaron a un rincón de amargura, a un triste cubículo como empleado de tercera en el Departamento de Aguas de Nairobi. No quedaba más refugio que la rabia y el alcohol. Y una muerte para los sobresaltos de una página en una carretera africana. “Sólo a mí me confesó lo infeliz que era”, le dijo un día la abuela de crianza, Sarah, a su nieto Barack. Luego de su primer viaje al África todo terminó siendo mucho más complejo que la sencilla descripción de la etnia Luo que el bachiller de Honolulú se atrevió a buscar un día en la biblioteca de su colegio: “Los luo criaban cabras y vivían en chozas de barro y se alimentaban con maíz, batatas y algo que se llamaba mijo. Su traje tradicional era un pareo de cuero que cruzaba la entrepierna.”
La biografía de Obama tiene también fábulas coloniales al estilo de George Orwell y coincidencias imposibles como las que abundan el los Best-Sellers gringos: una llamada que cambia la vida, la muerte de la abuela un día antes de que el nieto sea elegido presidente de su país. Y tiene dosis medidas de eso que llaman superación personal, una elegía al carácter y a la lucha individual que puede ganarle al libro de Lance Armstrong.

martes, 4 de noviembre de 2008

Inventario de bajitas




Hace dos años largos publiqué una columna con las revelaciones de un soldado lenguaraz a quien recogí por los caminos de la seguridad democrática. Su superior me lo encomendó en un retén militar y acepté con gusto la promesa de tres horas de historias de guerra entre el Magdalena Medio y el oriente de Antioquia. Ese hombre de morral a la espalda me habló de los métodos macabros que ahora escandalizan al país. Llevaba la sonrisa de todos los militares perfumados rumbo a la civil y la congoja de una bala en el codo que en pocos meses lo tendría por fuera de la milicia. Muy pronto su conversación se convirtió en un pequeño consejo verbal de guerra con un diciente diminutivo como protagonista: "las bajitas". Casi con ternura se refería mi lanza a los “enemigos” muertos, a los caídos del otro bando y su conversión inmediata en días de descanso y bonificaciones. "Ahh, es que la moral de uno son las bajitas, eso es lo que lo anima a uno a meterse con toda", decía mi copiloto elegido. Cuando el soldado anónimo me contó las hazañas dudosas de su escuadra no sentí escalofríos. Hablaba con una naturalidad tan infantil, con un aire tan distraído que nunca logré imaginar a las víctimas.
Unos meses más tarde comenzaron a aparecer denuncias por ejecuciones extrajudiciales ocurridas durante el 2005 en el oriente de Antioquia. En ese momento la gobernación del departamento, 23 alcaldías, la Procuraduría General y la ONU le pidieron explicaciones al Ejército por 24 casos de dudosas muertes en combate. Según las denuncias entre los guerrilleros muertos se encontraron campesinos de Cocorná, Argelia, Sonsón, San Luis y vendedores ambulantes "reclutados" en barrios de Medellín.
Al parecer las “bajitas” eran fabricadas en excursiones de soldados ávidos de medallas al valor, ascensos, días de descanso y demás bombones de brigada. Nunca creí que las historias que mi estafeta de azar me contó esa tarde de diciembre se convertirían en denuncias con nombres propios y primeras páginas. Me habló de la rapiña de los superiores en la exhibición de las "bajitas", de los fusiles abandonados a los que se les consigue dueño, de cómo las ambiciones por un viaje al Sinaí pueden terminar en conjuras y asesinatos.
El gobierno de Álvaro Uribe y su obsesión por los "positivos" convirtieron algunas escuadras militares en bandadas de cazarrecompensas, una eficiente fábrica de muertos que busca justificación en el triunfo contra las Farc al mismo tiempo que pervierte los galones de sus soldados. Algo parecido pasó con los interrogadores norteamericanos en Guantánamo y Abu Ghraib. Las confesiones de los supuestos terroristas comenzaron a significar regresos a casa y premios especiales. “Los comandantes, en vez de frenar las inclinaciones cercanas al Marqués de Sade que hay en algunos soldados, decidieron alentarlas y cerrar los ojos”, son palabras de un experto norteamericano en investigaciones militares.
Pero la pregunta más difícil de este escándalo macabro tiene que ver con su resaca tardía, con la indignación repentina frente a un tema que tenía cifras largas en la Procuraduría, la Fiscalía, las organizaciones de derechos humanos y las instancias locales. Sólo la aparición de los 11 desaparecidos de Soacha logró que recordara las confesiones de mi compañero de viaje ¿Cómo se logró un letargo de tres años mientras los cazadores militares cobraban por sus sencillos trofeos? ¿Por qué los casos de Soacha tuvieron eco y los de otras regiones quedaron detrás de la tapia de los cementerios de pueblo? ¿Por qué la Fiscalía y la Procuraduría sólo gritan sus cifras ahora? ¿Centralismo, cuestión de acumulación, tiempo perfecto para la mala hora del gobierno? Parece que la voz de Gustavo Petro, que se oye siempre como una sindicación personal contra Álvaro Uribe, logró relacionar al Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas con las muertes en ese teatro de operaciones. Y una vez Uribe entró en la función el escándalo estaba asegurado. Antes había sido un asunto entre jóvenes de barriada y tenientes atrevidos.

sábado, 1 de noviembre de 2008

El ocaso de los ídolos





Luego de los títulos insípidos del año anterior con finales felices y frías contra el Huila y La Equidad, después de las expectativas de siempre por los millones que se invierten en jugadores gaseosos y los sueños repetidos de jugar una copa internacional con el decoro que exige el alias exagerado de Rey de Copas, el Atlético Nacional del 2008 está empeñado en hacer historia. Tiene el promedio de gol más bajo en sus sesenta años de fútbol, menos de un grito cada 90 minutos, logró que su promedio de asistencia que ha rondado los 25.000 por partido en las últimas temporadas se redujera a 14.000 en sus juegos de 2008 y está muy cerca de alcanzar su segunda clasificación consecutiva para el grupo de los 10 que logran vacaciones largas en mitad y fin de año.
Además de ser los reinos de la superstición, con santos encargados de las penas máximas y once mil vírgenes rogando por los titulares, los camerinos son un calabozo de intrigas y conspiraciones. Un maldito cónclave cada domingo con egos alimentados por el estribillo y el papel picado, materiales deleznables que son la pompa de esos reyezuelos en pantaloneta. Según parece Nacional tiene el más complicado de los fosos del fútbol colombiano, el más opulento y el más remilgado, un potro con prestigio y bríos insoportables.
En Nacional el aura de los ídolos se ha convertido en una sombra fastidiosa para todas las decisiones, el antiguo goleador y su secuaz de mitad de cancha hacen las veces de caudillos populistas y dirigen el coro de las barras para agitar el barco y buscar el comando. Víctor Aristizábal desde adentro y Chicho Serna desde afuera se encargan de conspirar y azuzar. En sus épocas de jugador El Chicho recogía efectivo en el camerino para mantener contentos a los muchachos de Sur. El hombre sabe de marrullas en la cancha y sus alrededores. Con esa táctica lo tuvimos que soportar caminando el medio campo cuando ya estaba convertido en empresario de panza y maletín. Sacarlo de la titular de Nacional implicó una especie de guerra civil en el Atanasio.
Ahora tenemos a Aristi: ídolo incontrovertible que todavía sudoroso quiere ponerse la chaqueta y mandar desde el banquillo. Aristizábal fue siempre un intocable en el camerino sur del Atanasio. Un niño de pataletas y pucheros en contra de los técnicos, un genio del motín a bordo.
A Sachi Escobar lo fue empujando hasta sacarlo, a Quintabani lo manoteó cada que quiso, a Santa lo dirige con sólo arrugar la frente. Barrabas lo quiso a su lado para buscar un poco de protección pero no encontró más que desgano. Víctor sabía que Gabriel Jaime Gómez era el hombre a salir y se dedicó a calentar con paciencia. Ahora tenemos una rosca técnica que desapareció a Rentería, a Charria, a Villagra y arma el equipo según viejas lealtades, nuevos intereses y demagogia barata para los asistentes a la tribuna Sur. Las promesas de contratos en el exterior que mueve Serna, los gritos y la beligerancia de la barra brava y los apegos de Aristizábal se han convertido en los elementos claves para armar las formaciones de Nacional. Por ese camino es posible que logren aburrir a los hinchas de todo el Atanasio y a los dueños del equipo.
Tal vez la eliminación sea sana para deshacer esa trinca y volver a tener un once que piense más en la cancha que en los murmullos del banco. Dicen que Grondona le entregó la selección a Maradona para quitárselo de encima, para quemarlo para siempre y acabar con la eterna presión del ídolo.
Será que también nosotros dejaremos a Aristi para los trapos y las tropas de Sur. Ojalá.

viernes, 31 de octubre de 2008

Fábrica de muertos






Esta página la escribí para El Colombiano hace dos años largos.


Hace unos meses publiqué en esta columna las revelaciones de un soldado lenguaraz a quien recogí por los caminos de la seguridad democrática a solicitud de uno de sus superiores. El hombre venía entre alegre y desengañado. Llevaba la sonrisa de todos los militares perfumados rumbo a la civil y la congoja de una bala en el codo que en pocos meses lo tendría por fuera de la milicia. Muy pronto su conversación se convirtió en un pequeño consejo verbal de guerra con un diciente diminutivo como protagonista: "las bajitas". Casi con ternura se refería mi lanza a los muertos enemigos, a los caídos del otro bando y su conversión inmediata en días de descanso y bonificaciones. "Ahh, es que la moral de uno son las bajitas, eso es lo que lo anima a uno a metese con toda", decía mi copiloto elegido.
Las recientes denuncias por ejecuciones extrajudiciales ocurridas durante el 2005 en el oriente de Antioquia me han hecho recordar las palabras de mi escolta militar de ocasión. La Gobernación de Aníbal Gaviria, 23 alcaldías de oriente, la Procuraduría General y la ONU le han pedido explicaciones al Ejército por 24 casos de dudosas muertes en combate.
Parece que esas "bajitas" eran fabricadas en excursiones de soldados ávidos de recompensas y medallas al valor. Según las denuncias entre los muertos se encuentran campesinos de Cocorná, Argelia, Sonsón, San Luis y hasta vendedores ambulantes "reclutados" en barrios de Medellín.
Nunca creí que las historias que mi estafeta de azar me contó esa tarde de diciembre se convertirían en denuncias con nombres propios y primeras páginas. El hombre me habló de la rapiña de los superiores en la exhibición de las "bajitas", de los fusiles abandonados a los que se les consigue dueño, de cómo las ambiciones por un viaje al Sinaí pueden terminar en conjuras y asesinatos.
No hay duda de que el gobierno de Álvaro Uribe y su obsesión por los "positivos" van llevando al Ejército hacia una burda bandada de cazarrecompensas, una eficiente fábrica de muertos que justifica el supuesto triunfo contra la subversión al mismo tiempo que pervierte los galones de sus soldados. El DAS disfraza a los indigentes de terroristas para descrestar con su inteligencia y el Ejército sigue la lógica simple de los sepultureros.
Hace poco decía Antanas Mockus que "cuatro años más de Uribe nos llevan a siglos de violencia por resentimiento"; agregaba que el Presidente "cree que la gente se mueve por billete" y no por convicciones y ponía broche a su entrevista resaltando el peligro que trae la obsesión por una victoria militar: "Veo un triunfo del criterio del éxito como criterio de verdad, es decir, ganamos, pero hicimos cosas sucias".
Por fin Mockus se olvidó de la política abstracta y volvió a la atrevida lucidez.
Es cierto que las guerras construyen sus propias perversiones y que sólo los soldados oyen los susurros sangrientos que entrega el miedo y las insinuaciones torcidas que da el valor.
Las normas en busca de una guerra limpia son un catálogo de buenas intenciones para ser aplicado en el infierno: un consuelo tonto, un dique sin muchas esperanzas. Y sin embargo, todos los gobiernos, con mayor razón si hacen alardes democráticos, deben intentar contener los ímpetus ciegos de la soldadesca antes que despertar sus apetitos y espolear sus afanes. La zanahoria que Uribe está ofreciendo a sus soldados está resultando manzana envenenada.
Cuando el soldado anónimo del pasado diciembre me contó las hazañas dudosas de su escuadra no sentí escalofríos. Hablaba con una naturalidad tan infantil, con un aire tan distraído que nunca logré imaginar a las víctimas. Ahora que se pueden leer las denuncias con los nombres de los vendedores ambulantes y los campesinos mostrados como guerrilleros muertos en combate, las historias triviales de mi pasajero han tomado el tinte negro que siempre merecieron. Lo que son los nombres propios.