miércoles, 27 de marzo de 2024

Eduardo Escobar

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De niño no quería ser cura, no se conformaba con los lutos y los susurros en la casa familiar, con la simple sotana. Creía en ese dios que invocaba la muerte y el pecado pero iba un paso adelante: quería ser santo o Papa. Tal vez por eso uno de sus mentores, Fernando González, lo trataba de diosecito extraviado en la tierra. Y viajó al seminario en Yarumal atraído por las flautas de los órganos. Tenía diez años y todavía no lo había atacado la desconfianza, una de sus enfermedades incurables. Porque era un desengañado, un amante desengañado. Muchas de sus liturgias de juventud, el jipismo abúlico, las utopías políticas, los cielos prometidos, el amor universal y otras yerbas, lo fueron decepcionando de a poco. También algunos autores predilectos lo cansaron. Pero en esas desilusiones estaban sus mayores elocuencias, en ese revisionismo constante se ponía a prueba su lucidez y su humor contra las falsas lealtades. Un humor que iba mucho más allá de la burla, negro y terso como un perro amenazante y leal. Y tenía la feliz desvergüenza de reírse de sus propios chistes, entendía que el juego había salido bien y lo remataba con una risa llana que terminaba en una tos entrecortada. Una herencia del humo que lo acompañó siempre. Porque el cigarrillo fue su luz, su pequeña linterna en los laberintos de la tierra y la literatura.

Esa condición de apóstata hizo parte de su vida de solitario. Decía que de niño se dedicaba a contemplar insectos bajo las piedras o a oír la música de una llave goteando sobre una alberca. Por eso muy pronto renegó de la gavilla del Nadaismo. Reconocía su valía como un remezón a la parroquia enmohecida, como una conjura de amistad y como una tropa con la que hizo sus estudios de posgrado en cárceles y reformatorios. Pero sabía que su vida la haría frente a su biblioteca. Y su casa era una arrume de libros que no podría tener ese nombre noble. Libros empolvados, subrayados, deshojados sobre mesas y sillas, libros en el suelo, consultados a deshoras, libros más leídos que atesorados. Él mismo se decía maniaco de esa enfermedad que adquirió a los tres años cuando todavía no sabía leer. Alguna vez escribió acerca del vicio entrañable de San Francisco de Asís que recogía del suelo cualquier despojo que tuviera algo escrito. En eso es seguro que fue su maestro. Leía desde la filosofía hasta las revistas sin corazón. Pasando por un esoterismo dudoso que nunca entendí. Era la más peligrosa de las drogas que lo vi consumir. De su boca oí la mejor defensa del libro cuando los apocalípticos de las pantallas los amenazaban de muerte: “Es como pensar que las mujeres van a ser olvidadas porque ahora venden muñecas parlantes en los sex shop

Ese impulso de lector lo llevó muy precoz a la escritura. Cuando tenía 25 años ya había publicado ocho libros de poesía. El teclado era su gran afición, la alegría de un hombre que desdeñaba la comida y el espectáculo de los deportes y los destellos de la televisión. Cuando uno le preguntaba en que había ocupado una mañana cualquiera, respondía con algo de la risa del holgazán: “Estuve cambiándole los zapaticos a dos personajes de un cuento que estoy escribiendo”. Ese escritor impenitente y erudito tenía la característica de huirle siempre al tono del profesor. Hablaba de filosofía con el señor que cogía las goteras en el techo de su casa con total desenvoltura. Podía conectar los males de la cañabrava con alguna cuestión fundamental. Esa era otra de sus experticias, el poder de unir lo que parece más lejano por medio de una cita, una mentira o una idea alucinada. Son las dotes de un aforista involuntario.

Murió hace una semana larga en medio de una ventisca que destechó casas y asustó árboles en todo el Valle de Aburrá. Estaba en su natal Envigado y sus eternos retornos. Un día antes de morir estaba con el computador sobre sus piernas intentando escribir su columna de El Tiempo. Quisiera leer esa pequeña hoja dolorosa y confusa, quisiera tenerla como una corta oración. Tenía razón en uno de sus poemas de juventud, sabía de los riesgos: “Y el peor defecto es tener máquina de escribir”.

 


miércoles, 13 de marzo de 2024

Plegarias no atendidas

 

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Plegarias atendidas | Penguin Libros

 El original de Laura

Es normal que los escritores amen sus papeles y sueñen con sus primeras mecanografías, con los rayones iniciales de su imaginación. Nadie renuncia fácilmente a las promesas que han costado sudor. Y también es lógico que detesten a los personajes que no logran caminar según su gusto o se alejan de sus habilidades en la mecanografía. Y que duden del balbuceo de las primeras páginas y de la valía de la tinta todavía fresca. Los manuscritos son, hasta para los autores consagrados, seres traicioneros, animales que no han mostrado del todo su carácter y pueden resultar crueles por defecto, venenosos, deformes al ojo de los lectores. Esa doble condición ha hecho que muchas veces los libros inacabados e insatisfactorios no conozcan el fuego ni las picadoras de papel, que simplemente se condenen por autores incapaces de hacer cumplir la pena. De modo que dan dos órdenes contradictorias, “quemen esa basura, pero entre tanto guárdenla en una caja fuerte”.

Hijos, esposas, amigos o editores se ven obligados a guardar con celo los embriones. Su obligación, como albaceas, es hacer cumplir la voluntad del difunto. Pero casi siempre se inclinan por la voluntad de los lectores, las casas editoriales, los críticos literarios y los académicos en busca de los secretos creativos ¿Tienen derecho los testamentarios a desobedecer a sus testadores, a exponer sus póstumas penurias? La pregunta ha regresado luego de la publicación de la novela que García Márquez no quería que se viera en agosto ni en ningún otro tiempo. Las respuestas de los hijos han resultado cuestionables para muchos: “Cuando leímos las versiones nos dimos cuenta que el libro estaba mucho mejor de lo que recordábamos, entonces empezamos a sospechar que al igual que Gabo perdió la capacidad para escribir, también perdió la capacidad para leer, la capacidad para juzgar sus propios escritos”, dijo Gonzalo García Barcha. Y agregó que en un acto de generosidad de resolvieron poner el gusto de los lectores por encima de la negativa de su padre a que fuera publicado.

También Nabokov fue traicionado por su esposa y su hijo con la publicación de El original de Laura, apenas un esbozo de novela escrito en 138 fichas y guardado en una caja de zapatos. Dmitri Nabokov se pregunta en el prólogo: “¿Merezco que se me condene o que se me dé las gracias?” Lectores, editores y libreros siempre le darán las gracias. Queremos leer no solo lo que los genios celebran sino también lo que reprochan de sus oficios. Y nada, por magro que sea, podrá debilitar sus grandes obras. Pero sin duda poner a un grande en evidencia, mostrar su cansancio creativo, sus pasos inseguros, su manera de copiarse mal a sí mismo puede ser una afrenta. Nabokov, el escritor no el rescatista, lo tenía muy claro. Alguna vez le preguntaron si mostraría sus borradores y respondió en una de sus Opiniones contundentes: “Sólo las nulidades ambiciosas y los mediocres cordiales exhiben sus borradores. Es como hacer circular muestras de la propia saliva”. Nunca sabremos qué pensaría Kafka del atrevimiento de su amigo Max Brod que no solo guardó y publicó sino que “pulió” su obra póstuma. Pero el papá de Franz tuvo la culpa por entregar los cuadernos a quien respetaba más el genio que la voluntad de su amigo.

Tal vez el más valiente de todos los autores en trance de publicar lo imperfecto haya sido Truman Capote, quién según dicen mandó al olvido definitivo tres capítulos de su fallida novela Plegarias atendidas. Nunca se encontraron los capítulos prometidos, Capote al parecer estaba muy cansado del personaje que encarnaba y sabía que ni familiares ni amigos ni expertos atienden las plegarias de los autores que se pretenden pirómanos.

miércoles, 6 de marzo de 2024

Habitante con calle

 



 

 

Miran a lado y lado antes de cruzar la calle. Saben de equilibrio, del abismo de las aceras, de advertencias y escarmientos. Muy pocos conocen el reino de sus noches pero se les notan los estragos. Viven en la calle sin pertenecer solamente a la sociedad del bazuco, el alcohol rebajado y el perico cortado. Algún secreto hace que se mantengan a flote, alguna voz, una memoria, una promesa incumplida, una cuenta por cobrar.

De modo que cuando toca caminan con la mirada al frente, y ofrecen servicios de mensajería, celaduría, búsqueda y rastreo de objetos perdidos, gangas de objetos encontrados. Cambian billetes, consiguen periódicos viejos, botan escombros, apilan cajas de cerveza, negocian con el jefe del cuadrante, averiguan precios, revenden vicios. Freelancean en el más rudo de los mundos. Y gastan con juicio.

Los habitantes con calle tienen la cabeza mejor puesta que nadie. Logran vivir en el mundo del puñal y el cartón y, al mismo tiempo, tener un pie en la sociedad que reclama el aseo, el silencio, la sobriedad, el saludo y los 32 dientes. Rebuscan y reencuentran. Tienen madrinas y defensores, jefes y benefactores. Y amigos más allá de las promesas de la menuda. Porque la mendicidad no es lo suyo, son más del intercambio y el cuento. Piden, pero explican con una elocuencia y una extensión que hacen obligatoria la generosidad.

Los he visto caminar en figuras y estilos variados. Derrochando simpatías o reclamos según la ocasión.

El más organizado lo conocí viviendo en un carro abandonado, el asiento de atrás como sofá cama y un closet de basura en el resto de su Mazda. Tenía carro pero trabajaba en bicicleta en las tardes. Huraño y respetado en el vecindario de talleres. Sin perro porque ladraba suficiente. También he visto a un pequeño monje que camina entre quebradas de barrio, siempre de pantalón y camisa negra, con barba, tonsura y un morral a la espalda. Lo distingue su vara en la mano, que sirve como dignidad, no como bastón ni arma, porque camina y sonríe con un pacifismo que preocupa a quienes esperan el verde en el semáforo. Es seguro que con la vara que mide no es medido. Y cada tanto me visitan dos hermanos que juntan cojeras y comparten andrajos. Uno se encarga de las conversaciones y los negocios mientras su hermano asiente sin decir palabra. Pero digamos que los dos cuentan a su manera. Entonces, inventan caminatas imposibles en busca de un par de zapatos. Dicen, además, que llevan años tras una carreta para arrastrar sus latas y botellas, lo repiten con tanto ahínco que parece más una mentira que una verdadera ilusión. Estoy seguro que no los veré arrastrando esa carreta, podría ser su perdición en esas lomas. No es fácil diferenciar a los dos hermanos, les pasa como a los acróbatas espejo de los circos sin equilibrio financiero.

Hay un personaje célebre entre esta colección de quienes bordean las esquinas y retan los bajos de los puentes. Se dedica al diseño estrafalario y surreal, al rompecabezas disparatado de lo que recoge y trueca: una pista de carros en un vinilo, un radio moribundo adornado por dos dinosaurios, un sombrero con tres lápices como antenas. Puede ofrecer un molinillo y un balón de básquet en la misma promoción… Y así se va solventando. Otro más punketo, con un zapato un día sí y otro no, con pipa y sin boina, vive del patrullaje, hace de Rappi pero a pata. El cigarrillo es su moneda oficial. Empuja carros y lava motos. Lo he visto invitar a pizza y robar cable.

Valen esos personajes que nos cuentan un poco de la vida en el otro lado, que nos dejan ver por esas ventanas temidas y saludan a diario al mundo que los atropella. Son los que traen las palabras nuevas y los trastos viejos.