martes, 23 de septiembre de 2014

La vieja historia






El 9 de diciembre de 1990 el ejército bombardeó Casa Verde mientras Carlos Romero, dirigente de izquierda, intentaba convencer a la jefatura de las Farc de una negociación que los sacara de la guerra y los llevara a la Asamblea Constituyente. Casi un cuarto de siglo más tarde las Farc siguen calculando un tiempo ideal que cada día los hará más débiles política y militarmente. Ellos que hablan de historia y confían en que una mirada de largo plazo podrá redimir parte de sus culpas, deberían revisar testimonios y memoria de los procesos de desmovilización a comienzos de los noventa. Allí están algunas claves y advertencias sobre su degradación y algunos aliados actuales, unas pistas del rechazo que despiertan en la opinión pública, unas alarmas sobre el liderazgo político que se aleja de sus estrategias.
Ahora que se habla de sus alianzas de ocasión y de las vueltas que da la guerra vale la pena recordar que el M-19 sirvió durante finales de los ochenta como una escuela de sicarios en algunos barrios de Medellín. En su momento el EPL le criticaba al EME su flexibilidad en el reclutamiento. La disciplina no era el fuerte de esas “milicias” y muchos jóvenes terminaron montando combos en causa propia con las armas y el entrenamiento que les había prestado la guerrilla.
En la historia del EPL también hay testimonios claros sobre los problemas que trajeron los recelos iniciales, los cobros posteriores y los tratos definitivos con los narcos. En los años setenta la guerrilla desdeñaba a los mafiosos y alcanzó a destruir cultivos de marihuana en la Guajira y el Magdalena. Pero poco a poco aparecieron coincidencias y necesidades comunes. Un ejemplo pequeño y dramático: en Medellín, un grupo del EPL conocido como La Estrella logró que la mafia de Itagüí les prestara armas. La historia terminó con la muerte de activistas, universitarios y obreros que hacían parte de la organización que en un momento decidió expropiar a los mágicos. En Urabá y Córdoba algunos comandantes pasaban de la pobreza de la lucha insurgente a los millones en el morral. Vivían por temporadas en las fincas y casas que les prestaban los Galeano y les servían de banco en negocios que terminaban casi siempre con tres muertos en la maleta de un carro. En 1986 Álvaro Camacho Guizado escribía: “…si la guerrilla no se deslinda muy rápidamente del narcotráfico para que el país tenga claridad en eso, se va a corromper y va a perder cualquier posibilidad de respeto por parte de la ciudadanía”. Han pasado casi 30 años y las Farc son ahora los mayores conocedores de la historia nacional del narcotráfico. Han estado cerca de todas las purgas y todas las sucesiones.
Cuando el M-19 decidió renunciar a la vía armada sin tener siquiera garantías legales acordadas, la opinión los recibió con inesperada simpatía. “Nuestra mayor victoria es haber vencido el medo a dejar las armas para asumir los riesgos de la paz”. El riesgo le costó la vida a Pizarro y Navarro siguió el camino que ya era irreversible. Mientras tanto Jacobo Arenas se refería al EME como un “grupito disminuido, en decadencia, y en su peor momento político militar”.

En Urabá, a finales de los ochenta, la gente cercana al EPL comenzó a exigir una vía distinta a la guerra. Las elecciones mostraban una opción real de poder y hasta una facción del partido comunista veía con buenos ojos la vía socialdemócrata. Nada distinto pasa hoy con las Zonas de Reserva Campesina y la Marcha Patriótica que comienzan a pensar en soluciones propias fuera de los cálculos en La Habana. Una parte de las Farc pueden terminar en el negocio de la coca y las minas, y muchos de sus posibles bases en las regiones tendrán un espacio político propio sin necesidad de acoger a Márquez como un líder. Deberían afanarse un poco. 


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Escuelas del martirio





Resulta revelador que la iglesia católica tome parte activa en los debates sobre adopción de parejas homosexuales. Los sacerdotes, las monjas y sus conserjes deberían acudir al pudor y dejar pasar el tema para no recordar los horrores en esas escuelas del martirio que fueron muchos de sus edificios santos. Los conventos fueron centros de tortura y exilio de niños abandonados e indeseables en Europa, América y África. La iglesia parecía la única señora responsable y pulcra que podía encargarse de los menores y con una simple bendición se dejaban los niños en la puerta del cielo y el infierno.
La mejor de las descripciones de la vida infantil y monacal en nuestra tierra la hizo Emma Reyes en sus 23 cartas a Germán Arciniegas. En esa Memoria por correspondencia publicada en 2012 queda muy claro el mundo detrás de las “tres chapas, dos grandes candados, una cadena y dos gruesas trancas de madera que cerraban la primera puerta” del convento. El destino de las niñas era decidido por los caprichos de la superiora y su íntima, la Señorita Carmelita, que fungía como civil y vestía hábito un hábito negro que hacía juego su humor: “…en línea general nos veía como pobres y miserables hormigas. En todos sus gestos se veía el profundo desprecio que le inspirábamos”. Pero gracias a dios y la virgen a la Señorita Carmelita solo la veían los sábados y los domingos, el resto de la semana estaban en manos de Sor Teresa, una especie de carcelera, regente de lavandería y vigilante de filas. Luego de llorar oyendo el órgano, de ver un pedacito de cielo, un descuido podía llevar a las niñas a lavar los doscientos inodoros del convento como penitencia. Y como no solo de castigos y ensueños viven las niñas, había que buscar la salvación: “…el precio que pagábamos por salvar nuestras almas representaba para nosotras diez horas de trabajo por día”.
Desde hace años varias comisiones especiales trabajan en Europa en busca de los secretos tras los muros de los conventos en el siglo XX. Los procesos tienen la terminología de la negociación tras la guerra: víctimas, compensaciones, perdón, implicados, supervivientes, fosas comunes, exilios obligatorios, trata de personas. En muchos casos los niños fueron carne de convento. Hace unos días aparecieron las noticias de niños enviados desde los conventos de Irlanda, donde ya eran abusados, hasta las soledades de Australia para que poblaran un país con buenas perspectivas. Más de 10.000 niños fueron enviados a Australia bajo el lema, “el niño, el mejor inmigrante”. Los niños partían sonrientes creyendo que acabarían los males que sufrían junto a Hermanas de Nazaret en Belfast. Pero esta es solo una anécdota si se le compara con el informe Ryan publicado en 2009, un documento que intenta reconstruir los abusos a miles de niños en instituciones religiosas en Irlanda entre 1922 y 1995. Un solo dato para intuir las escenas de terror: En 1975 fue encontrada una fosa común con más de 800 cadáveres de niños enterrados sin siquiera un cajón en cercanías de un convento de acogida para madres solteras en Tuam, Irlanda. Lo regentaban hermanas católicas. También en Alemania se habla de 500.000 niños víctimas de la “pedagogía negra” impartida en orfanatos regentados por la iglesia. Ya se han pagado indemnizaciones y se han dado golpes de pecho.

Valdría la pena que la iglesia rezara en silencio cuando se habla del posible maltrato a los menores en hogares que les parecen “desviados”. 

viernes, 12 de septiembre de 2014

Respuesta a una carta





Señores (as) Movimiento de veeduría cívica Old Providence.


La indignación es mala consejera a la hora de la lectura. En los últimos años se ha hecho una apología del berriche y la pataleta, pero para escribir cartas tal vez sea mejor la tranquilidad. Lo primero que me llama la atención de las tres páginas del emplazamiento que me envían, es el supuesto permiso que debí tramitar para escribir “sobre algo tan delicado”. No me cabe duda de que los raizales son los dueños de Providencia, pero también tengo claro que no pueden imponer un veto para hablar de sus historias. Todavía no hemos llegado a la necesidad de “consulta previa” para escribir una versión sobre lo que pasa en un territorio. También me extrañó una mención a mis apellidos y la posibilidad de publicar una columna. El argumento de la descalificación personal viene casi siempre del resentimiento y este no parece ser un caso distinto. Me dicen que hay artículos “muy serios” escritos por isleños que hace fila para ser publicados, y pienso que podrían montar un buen blog con ellos y moverlos por las redes sociales. No solo se trata de llamarse independientes sino de intentar serlo antes de sentarse en la “sala de espera” de las redacciones de los grandes medios. Por mi parte ofrezco las páginas de Universo Centro, un periódico que se hace y se piensa en Medellín, para publicar algunos de esos artículos que esperan su momento en un cofre.
Al leer una columna siempre vale la pena pensar en posibilidades y espacios limitados. El columnista nunca pretende abarcar todas las realidades, tal vez su trabajo se parezca un poco al del fotógrafo que elige un encuadre y dispara. Mi idea era hablar de un “ecosistema” omnipresente y sombrío en la isla. Omnipresente porque está en el imaginario, en las pesadillas y en los sueños de casi todos en Providencia, y sombrío porque puede ser tétrico y se trata con susurros y claves. Tal vez se les olvida que hay 4500 realidades en la isla y que las crónicas pueden ser diferentes a las que se escriben para las revistas de espaldar de silla de avión.
Pero vamos a las críticas a la columna. Tal vez valga la pena comenzar por una que demuestra la ceguera que produce la indignación. La carta reseña mi ignorancia al hablar de la red de los pescadores de langosta. No es inventando gazapos como se desvirtúa la realidad: si hablo de buzos es lógico que no estoy pensando en una red para pescar sino simplemente para guardar lo que se recoge del fondo. También noto que en ocasiones se encargan de terminar mis frases y darles un sentido que los haga sentir más molestos. Por ejemplo, decir que los viejos saben el camino de salida de las lanchas y la ruta de regreso de los “cosos”, no desconoce que muchos de ellos condenen el narcotráfico y añoren tiempos idos.
La carta me demuestra también que en la veeduría les encanta el papel de víctimas. Esa idea de una arcadia corrompida por el continente es un viejo premio de consolación. El narcotráfico no es una plaga colombiana sino una colección de multinacionales del crimen. Entender la mafia como un invento nacional para corromper a los pueblos raizales solo puede salir de una mirada algo paranoica. Además, el negocio narco tiene en el caribe conexiones que van mucho más allá de Colombia: Honduras, Jamaica, Bahamas, Nicaragua, México y otros participan de esa larga correría hasta el Norte donde Providencia es una más en el rosario de escalas. Creo que eso es absolutamente lógico y por eso no dije, como ustedes me reclaman, que San Andrés y Providencia “fueron convertidas en el ojo del huracán del narcotráfico por su posición geográfica.” El narcotráfico ha transformado la sociedad en muchos de nuestros pueblos y ciudades: corrupción, movilidad social, violencia, nuevos modelos de éxito, industrias criminales, taras culturales han ido creciendo al amparo de una guerra que dice proteger la salud pública. Pasa en toda América Latina y no parece que la mejor manera de explicar el fenómeno sea con una fábula de lobos y ovejas. Estoy acostumbrado a la repetida indignación de autoridades y ciudadanos de Medellín por los cientos de retratos de su realidad con las imágenes del sicario y el narco. Y tengo que decir el estereotipo aburre pero también que es inevitable y en ocasiones puede convertirse en una especie de antídoto social. También he entendido que todas las vistas son parciales y que es imposible guiar las impresiones del visitante, del testigo, del curioso. Algunas se parecen a lo que vemos como habitantes y algunas no, y sirve más el contraste con nuestro relato que la simple descalificación.
Por último quiero hacerles una pregunta. ¿Por qué les causa tanto desconcierto y tanta rabia mi pequeña relación de hechos turbios cuando ustedes mismos reconocen en su carta los problemas de la isla? Un lector desprevenido de la columna y la carta podría encontrar entre las dos bastantes puntos en común. Ustedes hablan de “la escalada de la violencia en Providencia, una isla donde no pasaba casi nada”, y donde el control social se ha ido perdiendo; reconocen “que hoy hay armas y criminalidad y delincuencia”, culpan en parte a los policías de “las actividades de narcotráfico que se ejercen” en la isla; y en tono dolido confirman “el desangramiento (sic) que significa para la sociedad raizal que sus hijos terminen regados en cárceles del Caribe, o desaparecidos, o muertos…” Mi página es una mirada sobre ese mismo drama, pero veo que a ustedes solo les gusta el autorretrato.
Más que recriminaciones y disculpas les propongo un diálogo sobre lo que pasa en Providencia. Ya estamos suficientemente lejos para marcar más distancias.

Saludos,

Pascual Gaviria Uribe.

martes, 9 de septiembre de 2014

Noticia de Providencia





A simple vista Providencia es una roca tranquila habitada por cuatro mil quinientos hombres y mujeres con más patria en el mar que en la tierra. Como todo pequeño pueblo vive entre chismes cifrados y escándalos de pacotilla. Los turistas, con la careta recién puesta, solo logran ver los colores por debajo de la superficie mientras las señas, las mañas y las vueltas con el arpón pasan desapercibidas. Allá todos tienen la misma sangre y la misma bilis, se pueden abrazar en las tardes y disparar en las noches, se emborrachan con la misma botella y se dan palo con los bastones negros del vudú. Los paquetes de coca, la promesa de un bulto con dólares en la orilla, la brújula millonaria que apunta a las costas de Honduras han hecho que ese sencillo corral de impulsos adolescentes, ese infierno maravilloso, adquiera un aire truculento. Lo que hace décadas fueron historias tribales aptas para un libro de viajeros del siglo XIX, o para las observaciones de un sociólogo principiante, hoy podrían servir para unos capítulos de El Capo caribe.
La isla recibe el ripio de disputas que deja su vecina San Andrés. Allá se esconden los narcos acosados por sus enemigos o llegan de fiesta cuando las discotecas se ponen pesadas en la isla que se pretende hermana mayor, y allá se buscan capitanes con experiencia y marinos jóvenes con ambición de hacer sus primeras rutas por recompensas menores. En Providencia todo es más manejable, más manual, por decir algo: las cuentas se llevan en cuadernos, los 'rinconeros' (pescadores) firman la factura para comprar la gasolina de los barcos cargados, los viejos saben la ruta de las lanchas de ida y de los paquetes de regreso cuando aparece la Armada y hay que tirarlos al mar, los buzos salen con una red para las langostas y una caleta para el “coso” (un paquete de un kilo) que pueda aparecer en el camino. En Providencia el narcotráfico no tiene el ritmo frenético que muestran las películas, es solo un sopor que abarca a toda la isla, una esperanza que llama a la paciencia y a la intriga, a la traición y a la aventura.
Pero en Providencia no hay lugar para los capos. Los viejos que se enguacaron hace años limpiaron sus dólares con un lote o una farmacia, otros salieron para Nicaragua, Jamaica o Bahamas cuando la cosa se puso fea, y los aparecidos desde San Andrés, Antioquia o la Costa Atlántica saben que tienen una escala para tanquear y una lista de capitanes pero no un reino. Los códigos de honor de Providencia, la conciencia de dueños de los raizales hace muy difícil el control. De modo que los pelaos no comen cuento y llevan su arma al cinto para no dejarse someter de ningún recién llegado en una Fortuner. Y cambian sus balas como si fueran láminas repetidas y disparan al aire como quien quema una papeleta. En ocasiones basta mostrar las pretinas relucientes para que la disputa quede en tablas. Mientras tanto los policías juegan el más triste de los papeles. Desembarcan en medio del recelo general, confunden los saludos con los insultos y se dedican a retener motos por la revisión técnico-mecánica y a perseguir a quienes queman hierba en las playas.
Hace unos meses fue encontrado muerto un joven en uno de los bosques de la isla. Tenía señales de tortura y todo indica que se trató de un torcido con una lancha que salió desde unos manglares en la noche. Eso nunca había pasado. La inocencia armada puede estar corriendo riesgos en Providencia.




martes, 2 de septiembre de 2014

Estado de malestar







El Estado exhibe siempre, aunque sus funcionarios se vistan con chalecos coloridos, llenos de bolsillos y cierres, un aura de celebridad y ceremonia. Llega entre expectativas y rechiflas, pone el marco de sus condiciones en la forma de un manual incompresible y fija unas metas casi siempre alegres. Algunos abogados, algunos malandros, algunos burócratas se ofrecen como traductores de las instrucciones públicas. Intermediarios, usurpadores, calanchines. Lo usual es que la realidad esté unos pasos adelante y el Estado se defienda con su manual como escudo mientras intenta hacerse una idea de los problemas sobre el terreno. El escepticismo es el mejor consejero frente a sus intervenciones bien sean de palabra o de obra. Los diagnósticos y los juicios diarios tienden a darle a los gobiernos más posibilidades de las que realmente tienen. Las oficinas públicas son, en el mejor de los casos, agencias de soluciones a medias.
La llegada del Estado con sus buenas intenciones, su ingenuidad y sus límites implica siempre la aparición de nuevos problemas para arreglar viejos problemas. Algunos ejemplos. La alcaldía de Medellín piensa construir un “Cinturón Verde” en las laderas de la ciudad para marcar un límite al crecimiento urbano en zonas de riesgo y de reserva ambiental. Los simples censos en la montaña han abierto el apetito de quienes tienen dominio armado en los  bordes de la ciudad. Los combos han comenzado a interesarse en los ranchos y el precio de los desfiladeros ahora está en las planillas del municipio. En el barrio Villatina ya se comienza a hablar de desplazamientos y lo que en principio requería una sola oficina ahora tiene en acción a la policía, la secretaría de seguridad, la unidad municipal de atención a las víctimas. Para muchos el “Cinturón Verde” será solo un punto de apoyo para que el crecimiento avance hacia la cima mientras los “administradores” de todos los días, los que censan sin chalecos, consolidan el dominio sobre los miradores de Medellín.
El ejemplo se repite con los Presupuestos Participativos que alentaron el fortalecimiento de las Juntas de Acción Comunal y otras organizaciones comunitarias. La idea era quitarle protagonismo a los intermediarios políticos y que la gente pudiera decidir de manera directa sobre inversiones en sus comunas. Pero el veneno de la realidad es inevitable y muy pronto los pillos estaban jugando a las intrigas y al liderazgo social para conseguir rentas y manejar obras. El programa se ha defendido con pies y manos pero el blindaje frente a los ilegales no es completo. En el plano nacional las Consultas Previas a las comunidades indígenas y afros han convertido lo que era una garantía a las minorías en una especie de mecanismo de extorsión. Las comunidades indígenas comienzan a multiplicarse y en muchos casos las discusiones sobre efectos sociales y ambientales se han convertido en pequeñas guerras electorales y presupuestales. Llevar una segunda línea eléctrica a Buenaventura, por ejemplo, ha sido imposible por ese forcejeo absurdo. Ni qué decir de lo que pasó en Porce IV donde la construcción de un proyecto hidroeléctrico acabó creando un pueblo a orillas del sitio donde se levantaría la presa.

Tal vez los efectos de las regalías sobre los municipios productores sean el ejemplo más claro de las perversidades que pueden arrastrar las oficinas públicas. Las regalías han cambiado la forma de hacer política, han creado castas burocráticas y empresas familiares de contratistas, pero los pueblos siguen siendo más o menos iguales. 

miércoles, 27 de agosto de 2014

Ciudades de lástima






Las ciudades irresistibles a la vista, coronadas por las torres de sus castillos y las agujas de sus catedrales, las ciudades bendecidas con los murales de los pintores y la memoria de los escritores, las viejas ciudades que guardaron sus callejones como tesoros y lograron convertir sus plazas en postales, han terminado por producir lástima. Venecia, Florencia, Barcelona, Praga y Sevilla, entre otras, sufren por el apetito desmesurado que generan sus encantos. Lo suyo es una extraña paradoja entre la necesidad y el desprecio, añoran a sus turistas en los inviernos, cuando apenas asoman, y los detestan en los veranos, cuando son una plaga ruidosa. Saben que es imposible tener sus tarjetas de crédito y evitar su alboroto y su vulgaridad.
Las primeras advertencias las hicieron los académicos que hablaron de las “ciudades como parque temático” y advirtieron de los rebuscadores disfrazados de gondoleros, las franquicias de comida rápida desplazando a las tiendas de barrio, los vendedores de baratijas ocupando el lugar de los artesanos. El mobiliario sigue siendo real, la Plaza de San Marcos está ahí, pero Venecia ya no está, se esconde en los rincones que logran conservar sus 50.000 supervivientes acorralados. En la última década la ciudad vio huir a cerca de 60.000 habitantes que vendieron sus casas para ser convertidas en colmenas que soportan el revoloteo de los 80.000 turistas diarios que visitan La Serenísima, un calificativo que es también un chiste cruel.
Desde hace unos años la queja pasó de los libros a las asociaciones de vecinos. Ya no se trata tan solo de que las ciudades se hayan convertido en un museo al aire libre, donde la utilería turística hace huir a los ciudadanos avergonzados, sino del enfrentamiento entre visitantes ansiosos y habitantes ofendidos. Los italianos mercan en pelota en las mañanas de La Barceloneta, los alemanes joden sin pudor en los puentes durante los atardeceres venecianos, los nórdicos se dan contra las paredes en los barrios de Praga. Nuevas formas de hospedaje creadas en Internet evitan los hoteles y los intermediarios, de modo que muchos apartamentos y casas corrientes atienden a sus comensales. El año pasado Barcelona recibió 7.5 millones de turistas y la meta del alcalde es llegar a los 10 millones en los próximos años. Los gringos caminan por el Barrio Gótico y preguntan a qué horas cierran, ya no saben si están en una ciudad, en un parque de diversiones o en un centro comercial. Ocho de cada diez personas que caminan por La Rambla son turistas. Los ciudadanos consideran el antiguo paseo emblemático como un corral indeseable donde los turistas sudan, beben, gritan, gastan y vomitan. Venecia discute si poner un número máximo de turistas al año o cobrar en la entrada de la ciudad, instalar torniquetes en las afueras y vender boletas a sus visitantes. Adentro, en los canales, rompen las olas que producen los grandes cruceros, y socavan las casas y los palacios: es solo la alarma para que los rebuscadores se pongan su indumentaria.

Proust fue dos veces en su vida a Venecia y no fue capaz de volver. Quería guardar el recuerdo de su viaje de niño y no imponer la realidad sobre ese ideal que había construido por años. En una carta escrita hace un siglo escribe lo que podría ser una advertencia a los turistas de hoy. Tal vez sea mejor quedarse con los libros y los especiales de viajes por televisión: “Venecia es en exceso, para mí, un cementerio de felicidad para que tenga todavía la fuerza de volver. Lo deseo muchísimo, pero cuando pienso en ella con la claridad de un proyecto, se suscita en mí un cúmulo de angustias que se opone a su realización.”


miércoles, 20 de agosto de 2014

Los tres golpes






Solo ahora me doy cuenta de la precisión azarosa del mecanismo. Un golpe rotundo cada cinco años, un cimbronazo que dejaba confusión y misterio a pesar de que la sombra de los asesinos era reconocida por todos. También desde la distancia de los aniversarios es posible notar como se confunden los bandos que con de los titulares del día siguiente parecían claros. Los héroes están a punto de ser condenados, los inocentes acusados han muerto luego del agravio, los militares de inteligencia viven escondidos tras un poncho en el Casanare, los sicarios profesionales escriben los libros, los mafiosos alardosos de pistola al cinto son íntimos de una familia presidencial. Golpes contra la esperanza, la inocencia y la risa.
El asesinato de Luis Carlos Galán el 18 de agosto de 1989 sirvió para reconocer que los narcos eran capaces de retar a Estado, que no temían dar la pelea de frente, con todos los mecanismos del terror y sin más argucias que la infiltración. Desde el comienzo de la adolescencia había reconocido a la mafia en las excentricidades del parqueadero del colegio, en el señalamiento, por envidia y recelo, que se hacía sobre algunos alumnos en los salones. Los carros lucían en sus vidrios calcomanías que decían no a la extradición y la fábula de los narcos era tema en los corrillos de grandes y chicos. El Olaya Herrera ya no era la tumba de Gardel sino en un centro internacional de negocios: comenzaron tirando la coca por encima de las rejas de la pista y terminaron tirando la casa por la ventana. Luego se multiplicaron los bandos, se mezclaron los narcos “buenos” con militares y policías, vimos las vendettas con cartulinas ensangrentadas al lado de los cuerpos.  El Bloque de Búsqueda con el ala doblada en su sombrero era un emblema y casi todas las semanas nos encontrábamos con uno de los camiones del comando cuando íbamos rumbo al colegio. Mientras tanto el presidente heredero era un prisionero en su palacio.
Cuando el chofer de dos “reconocidos empresarios” de la ciudad mató a Andrés Escobar el 2 de julio de 1994, los narcos habían ido legalizando su estatus y escondiendo su poder detrás de un ejército más uniformado y regular. Los mafiosos de la discoteca insultaron a un hombre ajeno al mundo turbio del fútbol y la droga. En una carretera de Alemania una mujer aterrada de ver a ocho colombianos nos dijo que habían matado al defensa del autogol contra Estados Unidos. Supimos que los países pueden sufrir la trama lenta e inadvertida de las tragedias. Ahora resulta que esos tipos han sido siempre íntimos del poder, que eran hombres de a caballo, narcos más o menos silenciosos a pesar de lo macabros.
Cuando los sicarios de La Terraza mataron a Jaime Garzón el 13 de agosto de 1999 los narcos ya eran paras y jugaban a las investigaciones antes de dictar sentencia. El sicariato era para ellos un método burdo, lo suyo era ajusticiar. Desde el ejército y el DAS recibían pruebas y se sentían un brazo más del Estado, un brazo expedito y temerario. Tal vez fue el día de las más grandes maldiciones. Nos enteramos de que la “mano negra” no era una idea de paranoicos. No solo los camuflados, también los hombres de discurso y corbata hacían parte de ese tinglado de poder que había diversificado en negocios y socios. En la mañana me llamó mi jefe de ocasión a decirme que habían matado a Garzón y a dictarme la hora para una grabación inminente. No lo mandé a la mierda porque además de jefe era mi amigo. Se nos fueron seis meses en teorías y fantasías sobre el crimen.