miércoles, 20 de mayo de 2015

Lecciones políticas







Desde hace un siglo los maestros mexicanos han ejercido un poder real en la política. Fueron protagonistas y ejemplo en la revolución, sirvieron como engranaje y caja de resonancia durante la hegemonía del PRI, formaron y forman parte del clientelismo y las estrategias electorales en las regiones, hicieron de muleta en los peores tiempos del gobierno de Salinas de Gortari y marcaron la derrota de Andrés Manuel Pérez Obrador y la continuidad del PAN al empujar el reñido triunfo de Felipe Calderón en 2006. El actual Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación (SNTE) se creó en 1943 luego de la unión de cuatro sindicatos de maestros. Hoy tiene cerca de 1’200.000 afiliados y sus dirigentes han colonizado parcelas burocráticas en diversos edificios públicos.
Hasta hace poco, Esther Gordillo, quien dirigió el sindicato durante más de veinte años, tenía “acciones” en loterías públicas y servicios sociales y no tuvo problema en decir públicamente que apoyó a Calderón a cambio de puestos en el gabinete. En su momento una tercera parte de los mexicanos dijeron que el presidente había llegado al cargo por la ayuda electoral de la señora Gordillo y el SNTE. Esther Gordillo terminó en la cárcel acusada de fraude fiscal y lavado de activos. Hoy, desde su reclusión en un hospital, les sigue hablando a los once congresistas de Nueva Alianza, el partido que creó cuando fue expulsada del PRI.
El enorme poder político del sindicato de maestros en México no ha servido para mejorar la calidad de la educación. El reciente Reporte de Capital Humano publicado por el World Economic Forum pone a México muy abajo en el escalafón cuando evalúa la educación primaria y secundaria. Puestos 102 y 107, respectivamente, en un ranking de 125 países. Muy por debajo de Chile, Argentina, Costa Rica, Panamá y Colombia, entre otros países de la región. Ni siquiera para pelear por los salarios de sus afiliados ha servido la fuerte muñeca del SNTE. Todo ha terminado en alianzas electorales y beneficios clientelistas y económicos para una cúpula de 44.000 “directivos”. La venta de plazas, el manejo de las tiendas de consumo, el control de los préstamos hipotecarios y otras arandelas terminaron por convertir al sindicato en un monstruo de intereses ajenos a la educación.  México tiene el más salario más bajo de la región (415 dólares) para los maestros ocupan el último puesto en su escalafón y uno de los más altos (1.610 dólares) para quienes están en la cima de sus tablas. Algo parecido a lo que pasa en Colombia.
El reciente paro de maestros dejó a Fecode con tres mil nuevos afiliados y algunas molestias internas luego de la firma del acuerdo. De algún modo el interior de Fecode reproduce, a escala, las fisuras de la izquierda colombiana. Navarro, Robledo, Clara López, Avellaneda, Petro y Piedad Córdoba tienen hombres cercanos entre los directivos del sindicato. Y jalan sus cuerdas y buscan imponer sus visiones y ganar algún camino electoral para lo que viene. Hace ocho años Jaime Dussán no tenía problema en decir que el 80% de los miembros y directivos de Fecode eran del Polo Democrático. Ahora López y Robledo son más cautos en las cuentas e intentan resaltar la independencia del sindicato frente al partido. Las banderas electorales y las banderas sociales suelen tener doble faz, y los que gritan no son siempre los que ganan.





martes, 12 de mayo de 2015

El combate del siglo








 Hace algo más de 100 años el cartel estaba exhibido en las cornisas de los edificios en Reno, Nevada, y en los titulares de los grandes periódicos norteamericanos: “El Combate del Siglo”. Una pelea postergada durante cinco años y anunciada en doce meses de megáfonos, afiches y tablas en las casas de apuestas. Se enfrentaban dos hombres y dos razas, estaba en juego la “supremacía y el honor” de los blancos. James J. Jeffries, antiguo campeón de los pesos pesados,  era el retador frente a Jakc Johnson, que había ganado el título un año antes peleando en Sidney. Un blanco huraño que cuidaba su granja de alfalfa versus un negro juerguista y risueño que andaba con una guardia de chicas blancas. La revista Harper’s weekly describía con acierto la pelea del siglo y las de siglo por venir: “Ya no se conoce a los héroes del cuadrilátero como ‘El rayo humano’ o ‘El ciclón luchador’. En vez de eso se refieren a Jeffries como ‘esperanza de la raza blanca’ y a Johnson como Él libertador de los negros’. Cuando los pugilistas, sea cual sea su talla o capacidad, son presentados al público de ese modo solo queda un paso hasta los ‘Luchadores multimillonarios’”.
Jack London, escritor estadounidense, autor de El llamado de la selva, fue uno de los cientos de cientos de cronistas que viajaron a Reno para comentar la pelea. En la semana previa al campanazo inicial sus crónicas en el New York Herald se dedicaron a describir el ambiente plagado de celebridades, aficionados y apostadores que cercaban la ciudad. “Es el combate de combates, el culmen del boxeo y quizá la última pelea grande que tendrá lugar jamás”. Jeffries se había negado a pelear con un negro durante su reinado, defendía la “barrera de color” que separaba a los hombres hasta para juntar sus puños y su sangre en el ring. Cuando Johnson estaba a una pelea del título mundial los periodistas le preguntaron a Jeffries por una posible pelea y el hombre, que de vez en cuando trabajaba en una especie de circo ambulante, dejó caer una razón clara: “si ese renegrido pasa por aquí y me desafía a luchar, lo cogeré del cuello y lo echaré a patadas”. Terminó peleando acorralado por la presión del público, las promesas de los empresarios y el orgullo de ser un hombre blanco y poderoso. Los negros eran solo fuerza bruta, y él se sentía una especie de pensador, un filósofo con músculos suficientes para pasar a la acción. Luego de 15 asaltos, tres caídas, el labio roto, un hilillo de sangre que salía de la nariz, un corte en el pómulo izquierdo y el ojo izquierdo de Jeffries cerrado por el castigo, la pelea terminó. La mayoría de los 20.000 aficionados gritaban: “Que no lo noquee el negro, que no lo noquee el negro”. Fue inevitable, Johnson ganó sonriendo como de costumbre.

 El triunfo de Johnson desató disturbios de modo que el 4 de julio de 1910 se celebró con incendios, decenas de muertos y cientos de heridos. Los ecos de Reno prendían guerras raciales en las ciudades del sur. Baltimore marcaba desde entonces una especie de frontera. Desde sus límites hacia el sur el espectáculo encontró todas las barreras que imponían los políticos, los cristianos y los policías. Los empresarios del cinematógrafo habían invertido 200.000 dólares para grabar la pelea y pretendían recoger más de un millón en sus proyecciones por todo el país. Sin que existieran leyes alcaldes y gobernadores decidieron prohibir la reproducción del combate. Nueve estados y más de cuarenta ciudades firmaron decretos para evitar que “la humillación de la raza blanca” fuera un espectáculo. Las objeciones de los moralistas y el pánico de los racistas impidieron que la pelea se viera contra los telones de los cines. Baltimore exhibió las más fuertes declaraciones de su jefe de policía y su obispo. Ahora el boxeo es cosa de las revistas del corazón y la venta de carros y relojes. Pero las peleas siguen entre blancos armados y negros enardecidos en las calles de Baltimore. 



miércoles, 6 de mayo de 2015

Plazo presidencial







Las votaciones se han cerrado con un suspiro de alivio. La decisión, que ya parece definitiva, se ha celebrado como una especie de venganza, o en el mejor de los casos, como una lección que dejaron los abusos del pasado, un escarmiento frente a los excesos. Pero nadie ha pensado aún en las limitaciones futuras, en los afanes, en las estrecheces de los míseros cuatro años. Nadie duda, ni Uribe, ni Sabas, ni Yidis, que la reelección presidencial se aprobó con la conciencia de unas notarías y unas gerencias de hospitales en ciudades intermedias. Se cambió la constitución como si se tratara de ajustar un artículo de la ley de presupuesto, y se desató en enjambre político que dejó ronchas y apenas ahora comienza a asentarse. Está bien que la Corte Suprema se ocupe de esos abusos en la forma, y que la Corte Constitucional haya dicho en su momento que la desfachatez en busca de una segunda enmienda era un golpe desde el palacio presidencial a la constitución. Una vez saldadas esas cuentas valía la pena evaluar la reelección sin mirar las manchas del pasado, pensar en los posibles desequilibrios electorales, medir la madurez de los ciudadanos, contar los tiempos necesarios para mover el monstruo estatal.
Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador y Venezuela permiten la reelección consecutiva en el vecindario. Algunos abrieron la puerta al descaro de la perpetuidad que en Colombia se cerró en buena hora con el mencionado fallo de la Corte. En Chile, Perú, Uruguay y Panamá el presidente se puede reelegir luego de “descansar” un periodo. Todos, excepto Chile, tienen periodos presidenciales de cinco años. México la prohíbe pero tiene presidentes de seis años. Colombia quedará, en compañía de Paraguay, con un periodo presidencial corto y sin posibilidades de prórroga. La reelección tiene la ventaja de ser una especie de refrendación ciudadana sobre el primer periodo. La reñida contienda de hace un año entre Santos y Zuluaga demostró que el candidato-presidente no tiene nada asegurado y la silla puede ser un escalón o una trampa. En Estados Unidos han aprendido la lógica de cada uno de los cuatrienios de gobierno: el primero con objetivos de corto plazo y el segundo con una agenda que trasciende en alguna medida los afanes electorales. La veda a la reelección tiene la desventaja de propiciar sin salidas institucionales frente a climas de opinión favorables a un presidente, y de impedir que se desarrollen proyectos de gobierno a mediano plazo. Hace poco se discutió en Brasil acabar con la reelección presidencial y Lula, interesado, entregó un argumento lógico: “No hay ningún país desarrollado en el mundo que tenga solo un mandato….cuatro años no permiten que ningún presidente haga un mandato estructurador”.

Visto en perspectiva se puede decir que en un solo periodo ni Uribe ni Santos habrían podido desarrollar sus más importantes apuestas de gobierno. Uribe no habría logrado agrupar al país en torno a un proyecto de seguridad (con múltiples problemas y crímenes) que terminó por debilitar a las Farc y permitir el lance de Santos hacia un proceso de paz. Ahora sabemos que el intento de una negociación tampoco habría sido viable en ese plazo.  Y si hablamos de cemento solo estructurar el proyecto de Autopistas de la Prosperidad tardó cerca de tres años. El periodo actual resulta corto a la hora de concebir y ejecutar un plan en las capitales, qué decir cuando se habla de todo el país. Pero aquí siempre pensamos más en pleitos y personas que en proyectos y posibilidades. 



martes, 28 de abril de 2015

Alquimia local







La política fragua las más extravagantes amalgamas. Deformar los materiales en busca de una apariencia sólida es parte de su alquimia torcida. También suele presentar como nueva una pieza que ha sido rastrillada una y mil veces contra las barandas de los edificios públicos, por no hablar de la sencilla falsificación que es su estrategia más corriente: bañar con un material noble a la simple quincalla. De modo que el ciudadano debe posar de joyero, ponerse el monóculo e ir descartando algunas piezas que se exhiben en la vitrina.
En Antioquia cada cuatro años se meten más o menos los mismos materiales en una centrifugadora y el resultado –endeble y arrevesado– se somete a consideración de los electores. El ejercicio de este año ha decantado en primer lugar una partícula de gran resistencia, formada en los primeros sismos y con un magnetismo frente a las impurezas. Juan Gómez Martínez, con ochenta años bien cumplidos, suena para ser el número uno en la lista del Centro Democrático al concejo. Gómez Martínez ha dejado de ser azul –godo es y seguirá siendo– y se ha convertido en una reliquia del Uribismo. Fabio Valencia Cossio, cuyo material corrugado se encuentra en todos los municipios del departamento, ha terminado por llevar sus mayorías al Centro Democrático. De modo que la renovación de Uribe en Antioquia significa solo unos golpes de martillo a los viejos fortines azules. La fantasía de Luis Alfredo Ramos también hizo se aleación con en el Uribismo, reducida luego de su mezcla con mercurio y otros elementos peligrosos en los socavones de Bello y Urabá. Liliana Rendón es parte de la bolsa que llevó Ramos al Centro Democrático, pero ni el alquimista mayor del partido cree en sus bondades. Tal vez la negocien por debajo de la mesa.
En partido Liberal siguen arrastrando a Horacio Serpa de feria en feria. Serpa es maleable y ha pelado el cobre en múltiples ocasiones. Ahora se toma fotos con Viviane Morales, una vendedora de cruces de la suerte. Esas dos figuras nacionales presentaron hace unos días la candidatura de Luis Pérez para la gobernación y Eugenio Prieto para la alcaldía. Pérez tiene su fusión con plomo desde la campaña pasada cuando el propio liberalismo lo señaló de estar aliado con los combos. Pero el señor se lavó con soda cáustica durante cuatro años y ahora, con corbata azul, es candidato del liberalismo. Prieto es una especie de moneda providencial que se lleva siempre en el bolsillo por si algo se presenta. Sofía Gaviria, hermana del alcalde, es la encargada de avivar el fuego sobre los materiales con el fuelle de la burocracia local. Desde la presidencia les da pudor poner sus adornos sobre Pérez, pero para un súper ministro que juega sin partido y en todos los partidos no hay problemas con la fatiga de materiales.
En otra orilla está Gabriel Jaime Rico, hombre de iglesia y palacio de convenciones que se refugió en un cargo público bajo el ala de su rival y ahora recoge a los díscolos de todas las orillas: Luis Fernando Duque, Julián Bedoya, José Ignacio Mesa, Olga Suárez Mira. Una candidatura “independiente” que hay que manejar con pinzas y mascarilla. Su gran ideólogo es Mauricio ‘El Chicho’ Serna, hombre de otra cantera. El ex gerente de la campaña de Santos le sirve como aval en los mercados nacionales.
Mientras tanto en el fajardismo intentan aleccionar a un uribista emancipado, mostrar una pieza todavía escondida bajo el lecho de la burocracia o pulir a un pupilo descarriado.



martes, 21 de abril de 2015

Cero victorias, solo golpes





En el Cauca hay muy pocas victorias militares que celebrar. Desde hace años se intenta deshacer a tiros el nudo de desconfianza social y conflictos rurales en la región. Allí se han encontrado la brutalidad armada disfrazada de utopía, la promesa de los narcos, la resistencia obstinada y solitaria de los indígenas y el Estado temeroso que atisba desde la mirilla. Y ha habido esquirlas para todos, casi por igual, siguiendo los principios democráticos de la guerra. De modo que los indígenas cargan a los militares para sacarlos de un cerro coronado de antenas, los militares señalan a los indígenas de ser milicianos, los milicianos convencen a sus ex compañeros de escuela de cargar un fusil, los guerrilleros estallan un mercado campesino para sacar a los policías y los policías disparan contra los campesinos en moto en un retén. Mientras tanto los narcos ofrecen, pagan, disparan, cobran. Una amalgama sobre las montañas que es muy difícil de entender desde los aviones y los helicópteros militares.
Hace cuatro años, luego de media hora de bombardeos sobre la vereda Gargantillas, en el resguardo de Tacueyó, en Toribío, el ejército entregó el parte de victoria contra el Sexto frente de las Farc y su “centro de operaciones especiales”. Corría marzo de 2011 y el presidente Santos felicitaba a sus hombres por la vía de los trinos luego de los truenos desde los aviones: “otro gran golpe a las Farc. En Cauca cayeron 15 terroristas en una operación conjunta de nuestra Fuerzas Armadas”. “Felicitaciones a las Fuerzas Armadas por otro golpe a las Farc en el tercer aniversario de muerte de ‘Tirofijo’. Seguridad democrática sigue adelante”. Nos hemos acostumbrado a la escueta tarea de contar cuerpos. Pero los encargados de velarlos y llorarlos entregaron una triste versión sobre esa resonante victoria. Entre los muertos había cuatro menores de edad, los otros eran adolescentes y todos estrenaban fusil y trinchera a órdenes de ‘Pacho Chino’. No llevaban más de una semana de campamento. “A estos niños sin experiencia nos toca echarles tierra encima”, dijo uno de los hombres de la vereda El Triunfo luego del bombardeo. Por su parte Fanny Ortiz, por entonces rectora del colegio Quintín Lame en Tacueyó, recordó que entre los muertos había dos estudiantes suyos. "Ese es uno de los flagelos contra los que luchamos: evitar que la guerrilla se lleve a nuestros niños".
Cuatro meses después las Farc pusieron un carro bomba frente al puesto de policía de Toribío, en pleno día de mercado. Su “bombardeo” dejó cuatro muertos y cerca de cuatrocientas casas afectadas. Ese día solo se pudo celebrar el triunfo de la selección Colombia que el presidente Santos vio entre los soldados y policías y las ruinas del pueblo.
Hace unos años el ministro de defensa señaló que el 70% de las acciones de las Farc están concentradas en cerca de 40 municipios donde vive apenas el 4% de la población nacional. El Cauca es sin duda el centro de buena parte de ese conflicto. La geografía, los cultivos de coca y marihuana, el aislamiento, la historia de una guerra larga los condenó a ser la almendra de los estallidos. Antes de clamar por los bombardeos, cantar victorias y maldecir ceses al fuego deberíamos al menos darle una mirada al Cauca, dirigir el oído hacia las palabras de quienes oyen los disparos y reconocen el zumbido de los aviones y los tatucos. Tal vez para ellos el único triunfo sea la pequeña reseña del ICBF que da cuenta de 250 niños que salieron de las filas de las Farc el año pasado. Llamar lista o cerrar filas.



martes, 14 de abril de 2015

Payaso de agosto





Un intelectual convertido en payaso. El hombre al que los titulares habían nombrado la “conciencia de la nación” ahora era un títere sin mano, un pregonero falaz. Desde los diarios se señalaba al escritor que había decidido mostrar sus culpas juveniles. “Es muy tarde para contarlo, lo teníamos que saber desde hace años, no es más que un pícaro muy astuto”, decían en el corrillo mientras compartían risas y comentaban que algo se había sospechado. El hombre decidió encerrarse a cumplir su escarnio acompañado de una libreta, un lápiz y un clásico del humor y la literatura inglesa. Terminó por escribir un libro de poemas, Payaso de agosto, que es también un reclamo contra la prensa y sus aullidos. “El payaso de agosto del que yo hablo es el payaso del circo, del que la gente se ríe, y así es como me sentía cuando los mediocres trataban de ridiculizarme”, dijo el hombre al secar la tinta y acabar su función.
Esa vieja pelea, entre prosaica y satírica, sostenida por Günter Grass y una parte de la prensa hace cerca de diez años, dejó lecciones que vale la pena revisar ahora que se ha apagado la pipa del escritor alemán. Grass publicó su autobiografía Pelando la cebolla y recibió el garrote, las acusaciones y las condenas que nunca imaginó.  Allí había dos o tres páginas donde mencionaba su militancia en la SS cuando tenía diecisiete años. Esa confesión, que ya se había hecho de manera tímida en la década del sesenta, se convirtió en el único hecho importante de un libro de quinientas páginas. Grass nunca buscó atenuantes: “Desde los doce años viví el nazismo con fascinación y deslumbramiento: los jóvenes nos dejamos seducir. De los crímenes de las SS sólo tuve conocimiento después de la guerra, fue algo muy penoso. Pero que nadie se esfuerce: no existe ningún atenuante, no se puede empequeñecer lo que hice diciendo que fue una tontería juvenil.” Y sin embargo la jauría cayó sobre un hombre que había vivido y sufrido la guerra como casi todos los europeos de su tiempo. Y que además dedicaba sus horas y su inteligencia a contársela a todos, a muchos de los protagonistas –voluntarios e involuntarios– que habían preferido hacer borrón y cuenta nueva.
Muchas veces los periodistas pretendemos ser jueces de todas las causas, promiscuos es la palabra adecuada, y además llevar procesos sumarios, sencillos, que tengan la figura del condenado y no demanden la lectura de todos los folios, juicios para animar lectores, oyentes o televidentes. Juicios que podrían ser programas concurso. Se hizo con un premio Nobel y se hace a diario con un concejal, un taxista, una estudiante, un director de Aerocivil, un politiquero corriente. En su momento Günter Grass señaló dos características que prevalecen entre los magistrados de esos juicios a plaza abierta: “criterios arbitrarios y una presunta superioridad moral”. La prensa ha comenzado a buscar o a construir causas fáciles, que no dejen dudas, casos cerrados sobre los que se puede armar un grupo para la rechifla. Los objetores a esas condenas apresuradas y soberbias no pueden ser más que corruptos o ingenuos, dicen. En ocasiones parece que la prensa le temiera a la opinión dominante y olvidara el papel de aguafiestas que le corresponde aun cuando parece que no quedan más que señalar a un culpable. Unos versos del payaso para dispersar la manada: “Mirad, ahí está despellejado,/ gritan muchos ahora/ que no quisieron tocar la cebolla/ porque temían encontrar, no, /peor, no encontrar nada/ que pudiera identificarlos/”.





miércoles, 8 de abril de 2015

The Arrow





Al hombre solo lo conocí de oídas, a los memoriosos diez años, durante el ocio de las mañanas de vacaciones o en las tardes de colegio para distraer la preocupación de las tareas no hechas. Fue el personaje del primer libro al que le presté atención: un casete azul marcado con dos palabras rayadas con lapicero, “El Flecha”. Cuando la cinta se reventó ya me sabía el cuento de memoria y había logrado imitar la cadencia del “boxeador de profesión y bacán de fracaso”. Todo sucedía en la voz de ese personaje a la vez guapachoso y decadente. Un bar mortecino -El tuqui tuqui-, un sábado en la noche, cuatro adoradores de la botella y la llegada de un escritor -El viejo Deivinson-, eran suficientes para soltar una retahíla que es a la vez biografía de un don nadie, memoria risueña de pobrezas, alardes costeños, nostalgia sin llantos y colección de proverbios de la tierra caliente. David Sánchez Juliao inventó entre nosotros la “literatura casete”, no el dictado de un libro sino una especie de radio teatro dónde el personaje es entrañable por su vida y por su voz.
Ayer apareció la reseña de la muerte de Gustavo Díaz Naar en los periódicos costeños. Fue regente de El tuqui tuqui y de El mismo tigre mono, dos bares de Lorica con unos nombres que abren el apetito por la botella. Díaz Naar inspiró a El Flecha, vistió sus mismos mochos y soltó algunos de sus cuentos. Fue el molde para que Sánchez Juliao armara a su rebuscador de risas y penurias. Aprendió de boxeo en Chambacú, en Cartagena, cuando estudiaba en el colegio de los “pupis”, y si no hubiera sido por la muerte de su padre quizá se habría topado con García Márquez -en ese entonces habitante del Hotel Suiza- en los salones de la Universidad de Cartagena. Pero le tocó devolverse para Lorica, patria de locos según dicen quienes han vivido su canícula, para fungir como bachiller con algunos poemas aprendidos y la cuerda larga y arrevesada de quienes deben ganarse la vida echando cuentos. En una crónica de El Universal escrita por Deibys Palomino encuentro el comienzo de uno de sus discursos para levantarse “un milagro de Dios”, que en su jerga traducía mil barras: “Mi brother te tengo unos poemas bien ‘mariguanescos’ para que me pongas atención y te bajes del bus. Cógela ‘vesua’ mi ‘napa’ porque voy con todo, no te la tires de ‘vovi’ conmigo porque te va mal, tú sabes que soy nacido en este río de aguas mestizas y no “moco tocuen” así que quédate ‘toquie’”.
Su figura me hace pensar en Raúl Gómez Jattin, un vagabundo más concentrado y más dedicado al cuaderno de notas que al simple verso callejero. Pero si Díaz Naar se hubiera quedado en Cartagena es posible que también hubiera terminado tomando “ñeque” en la banca de algún parque en Getsemaní. Por la pinta me recordó a lo que en Antioquia se llamaba un camaján, de esos de cuchillo de cacha recién pulida, camisa de colores y zapato blanco, los mismos que desafiaban a los dados o al tropel al que se les apareciera. Rebuscadores con estilo.  Jairo, el protagonista de Aire de tango, con su “andar marica” y su vuelo para el billar, la cerveza fría y la marihuana puede ser el de mostrar en Medellín.

Pero Gustavo Díaz Naar no era de tropeles, ni de cuchillos, ni de versos propios más allá de sus frases al ‘vesre’ y su tumbao. Un sencillo hombre de escalera de palacio municipal y mercado de pueblo. No todos los días se muere el personaje de las primeras lecturas.