miércoles, 28 de septiembre de 2016

Viejos vicios










La nueva “epidemia” de drogas en Estados Unidos llega con la firma de los médicos y el resplandor de las farmacias. Las ollas oscuras del crack son una alucinación del pasado. Ahora, los muertos por sobredosis aparecen en sus camionetas recién tanqueadas o en sus casas de los barrios en las afueras de las ciudades en el noreste, el medio oeste, en los estados del sur. Ahora los políticos hablan de prevención y la sociedad ha pasado del repudio y el temor a la compasión. “Esta crisis quita vidas. Destruye familias. Destroza comunidades por todo el país”, dijo hace poco menos de un año el presidente Barack Obama al referirse a las muertes por sobredosis de opiáceos recetados y heroína. Los dolores crónicos, la ligereza de los médicos, la ambición de las farmacéuticas, la angustia existencial de los jóvenes, el tedio de los barrios podados y los centros comerciales han llevado a confundir el consumo de pepas con la ingesta de golosinas.
Cada año se pueden prescribir 260 millones de fórmulas médicas de opioides en los Estados Unidos. El 45% de los adictos a la heroína también consumen analgésicos opioides recetados por su médico de confianza. Según el Centro para la Prevención y Control de Enfermedades (CDC), desde el año 2000 la tasa de muertes por sobredosis relacionadas con opioides se ha duplicado. Cada día mueren 78 norteamericanos por sobredosis de opiáceos, sean empacados en la caja de los analgésicos o administrados en la jeringa encubierta de la heroína. Igual el cerebro no hace las distinciones que hacen la DEA, los jueces o los moralistas de turno. Hombres blancos, no hispanos, entre 25 y 44 años son las víctimas más frecuentes.
Los últimos videos de padres drogados, inconscientes en sus carros, mientras los hijos intentan soltarse el cinturón en la silla de atrás, se han convertido en una escena nueva de la pesadilla de los adictos en Estados Unidos. Esas historias que hoy asombran a los políticos, los periódicos y las redes sociales tienen un precedente con semejanzas muy claras en la historia de Europa a comienzos del siglo XIX. El opio se había convertido en un arma eficaz para desafiar a la burguesía, alentar el espíritu, curar las frustraciones de las mujeres encerradas y tratar todo tipo de dolencias. Los médicos habían encontrado un comodín infalible, tal vez no curaran definitivamente a sus pacientes pero estos los seguían visitando con devoción. Berlioz, De Quincey y toda una generación de artistas y diletantes utilizaban el opio para sus introspecciones y sus paseos fantasmagóricos por la ciudad; pero también estaban los pacientes adictos, fuesen poetas, mujeres histéricas o niños. Samuel Taylor Coleridgde, por ejemplo, comenzó tratando su rodillas hinchadas y su digestión rebelde: “por medio de un malhadado curandero (…) y a resultas de esa perniciosa forma de ignorancia que es el conocimiento a medias de los médicos, fui inducido a consumir narcóticos, no en secreto sino abiertamente y con el entusiasmo de quien ha encontrado una gran panacea…” El láudano era tan corriente que se administraba en gotas, compresas y se recetaba a las esposas de los primeros ministros aun estando embarazadas. Y había al menos diez marcas de jarabes calmantes para los niños. Si la hija de Jeb Bush fue arrestada hace unos años por intentar comprar opioides con receta falsa, el rey Jorge IV del Reino Unido murió en 1830 medio loco por el efecto de sus 100 gotas de láudano cada tres horas y su sobremesa de brandy y oporto. “Es la era manifiesta de las nuevas invenciones, para matar a los cuerpos y salvar a las almas”, escribía Lord Byron.
Se habla de la plaga de los Millennials, y aunque parezca increíble estos pueden evocar a las damas victorianas de hace casi dos siglos y a los poetas románticos. Pero era otro mundo, no había selfies.





martes, 20 de septiembre de 2016

Ejército pueblerino






Durante décadas las Farc han sido un ejército agazapado tras la retórica impotable de sus jefes. Aparecían las barbas risueñas de Arenas, el silencio ofendido de Marulanda, la arrogancia henchida de Reyes, el embozo de las gafas de Cano, la elocuencia desesperante de Trinidad, el cinismo campechano de Jojoy, la desconfianza dura de Márquez o la forzada formalidad de Timochenko. Nos acostumbramos a despreciar los gestos de la plana mayor y a ignorar a los guerrilleros rasos, a los niños enfusilados, a los jóvenes que tapan todas sus frustraciones con el poder del AK, a los campesinos enlistados a la brava, a las mujeres en la rancha y el plomo. El Ep que sirve de apellido a las Farc debería traducir “Ejército Pueblerino”, una masa informe y misteriosa que los mismos jefes escondían por estrategia de guerra y por vergüenza de sus ejercicios de reclutamiento.
La X Conferencia de las Farc nos permite ver muchas de las caras de ese ejército joven que enterró a muchos de sus compañeros de armas. La guerra contra las Farc se convirtió en un absurdo carrusel de muertes o desmovilizaciones seguidas del goteo de nuevos reclutamientos. Las grandes victorias del ejército disminuyeron la capacidad de fuego y daño de las Farc pero no impidieron un ritmo continuo de nuevos combatientes bajo la misma enseña guerrillera. Desde 2003 hasta junio de este año se han desmovilizado de forma individual cerca de 20.000 guerrilleros de las Farc. Hubo años de hasta 2.500 desmovilizados individuales y sin embargo la guerrilla logró mantener una base que hoy se estima en 9.000 hombres y mujeres de fusil y 5.000 milicianos. En 13 años el grupo guerrillero más viejo del continente renovó casi por completo su tropa rasa. Y la “materia prima” de esa renovación salió en su mayoría de las comunidades campesinas de cerca cien municipios. No son raras las historias de familias con varios hijos en la guerrilla o con hijos en cada uno de los bandos en la trocha. La estrategia de desmovilizaciones individuales y bombardeos debilitó a las Farc, pero resulta inútil e inmoral para acabar con una guerrilla cada vez más vieja en sus consignas y sus líderes, y más joven en su soldadesca.
Hace 18 años estuve secuestrado durante un mes por “hombres” de las Farc en las montañas cercanas a los municipios de Angostura, Campamento y Anorí. La escuadra encargada de los dos “retenidos” era muy cercana a lo que uno podría encontrar en un salón de colegio rural de octavo o noveno grado. Tres pelaos, un campesino medio sordo que me prestó el radio al tercer día, un pillo de Medellín, con un tiro reciente en un pie, refugiado en la guerrilla y armado de un changón, y una comandante a quien mi compañero de encierro al aire libre llamaba con peligrosa socarronería “mamá Yuri”. La comandante era la “maestra” de ese salón disparatado y disparejo. ¿Cuántos de esos tres muchachos habrán logrado sobrevivir? ¿Murieron en ese monte para ser reemplazados por sus hermanos menores o sus primos? Sisi le decían al menor, era la mascota y sus marchas marciales con mis botas talla 42 eran la diversión de la tarde. Deyson era el cantante del grupo, la voz de los corridos guerrillos y los despechos carrileros a falta de los reales. Y Marino era el hombre serio de la niñada, mi rival de ajedrez y mi mayor interrogante tras una cara misteriosa que siempre imaginé digna de un boga curtido en los grandes ríos.
El fin de las Farc como grupo armado servirá para acabar el mecanismo de supuestos triunfos y continuos reclutamientos en comunidades cansadas de oír la expresión “zona roja”. Tras el fastidio del secretariado, vale pensar en la tropa rasa, en el estado menor. 

martes, 13 de septiembre de 2016

Otra etapa, la misma vuelta




En 1987 Luis Herrera tenía los mismos 26 años que hoy tiene Nairo Quintana. Los dos comparten el gesto grave y silencioso de los campesinos durante sus labores, y las gestas iniciales sobre las cumbres de la Cordillera Oriental colombiana. Ahora están unidos también por sus camisetas como campeones en España, amarilla la de Lucho y roja la de Nairo para que no queden dudas sobre la reconquista. La tarea más ardua para el campeón luego del Paseo de La Castellana es improvisar un pequeño discurso patriótico, que inspire algo de llanto y acompañe la letra gastada del himno. Con un intermedio de casi 30 años Lucho y Nairo coincidieron en la mención de una realidad esquiva y una palabra omnipresente en casi todos nuestros episodios dignos de un brindis. “Mi mayor deseo, en este momento en que acabo de coronar como campeón de la Vuelta a España, es que en Colombia haya paz, mucha paz, entendimiento entre todos los colombianos, que el deporte y en especial una conquista como ésta sirva para unificarnos”, dijo Herrera con una timidez de muñeco de pilas. Nairo, un más locuaz, soltó un eslogan que podría servirle a los publicitas del ministerio de comercio exterior: “Que el mundo entero sepa nuestro país es paz, deporte y amor”.
El año en que Herrera ganó la Vuelta a España no comenzó propiamente un periodo de armonía y sosiego, al contrario se incubaban muchos de los males que traerían, cuatro o cinco años más tarde, el pico más alto de la matazón nacional. Colombia tenía entonces una tasa de 49 homicidios por cada 100.000 habitantes, no era fácil prever que llegaríamos hasta 87 homicidios por cada 100.000 habitantes en 1991. Asomaba la ofensiva de las Farc, y la punta de lanza de los narcos y los paras. Febrero comenzó con la extradición relámpago de Carlos Lehder luego de su captura amanecido en una finca en Guarne. El presidente Barco amenazaba con romper la inestable tregua con las Farc heredada del proceso de paz con Belisario. La negociación había dejado dos ejércitos ansiosos de disparar que usaban la válvula de escape de la guerra sucia. Las Farc, intentando fortalecerse militarmente, desdeñaban el riesgo sobre sus militantes desarmados bajo la bandera de la UP, y el ejército despreciaba la vida de quienes eran simples “guerrilleros de everfit”. Jaime Pardo Leal sumaba más de 300.000 votos en las elecciones de mayo, un poco más del 4% de la votación.
En junio el fin de la tregua se hizo oficial. Una emboscada de las Farc a dos camiones militares entre Puerto Rico y San Vicente del Caguán dejó 27 soldados muertos. El mayor golpe a las Fuerzas Armadas por parte de las Farc hasta ese momento. El ataque en la Quebrada Riecito fue el antecedente de Las Delicias y El Billar. Se desató la cacería y en Octubre fue asesinado Pardo Leal, para quien llegó el mismo destino de los cerca de 200 militantes de la UP que murieron ese año. Las cifras oficiales hablan de 749 asesinatos por causa del conflicto entre maestros, estudiantes, defensores de derechos humanos, sindicalistas; además de 568 guerrilleros y 501 militares.
Los narcos mostraban sus intenciones baleando a Enrique Parejo González en Budapest, donde llevaba 5 meses como embajador intentando no sufrir la suerte de Lara Bonilla. Yair Klein hizo su primera visita al país para tantear el terreno y los maletines de ganaderos, bananeros y narcos en el Magdalena Medio y Urabá. La portada del New York Times Magazine tenía a Pablo Escobar y a Fabio Ochoa bajo el titular Cocaine billionaires. En la contratapa estaba la publicidad del Café de Colombia bajo el cual había ganado Lucho: Test taste, decía el aviso.
Nunca se sabe lo que traen las carreteras en el ciclismo o en las trochas del Caquetá. Pero al menos el panorama parece más alentador en este año. Aunque la camisa roja traiga algunas advertencias.


martes, 6 de septiembre de 2016

Golpe de realidad





Nos hemos concentrado en las 297 páginas. En las salvedades, en los posibles gazapos, en la menuda letra y la manida desconfianza, en el papel como trinchera de los leguleyos. El pequeño síndrome del viajero temeroso que siempre prefiere el mapa al paisaje. Como si el país para discutir sus problemas se dedicara a leer la Gaceta del Congreso. Los diagnósticos serían siempre equivocados, y ya no habría lectores ni país. Los acuerdos serán sin duda un marco para lo que viene, pero la realidad siempre desdeña las intenciones, los compromisos, las metas, las innumerables instancias creadas en la negociación. Mientras los alcaldes aprenden a deletrear las siglas de las nuevas instituciones se perderá tiempo valioso.
Para vencer la paranoia rabiosa de algunos y el optimismo exaltado de otros más valdría mirar antecedentes propios y ajenos, resultados de las instituciones y programas encargados de recibir a los combatientes, la fortaleza del ejército y la madurez de partidos y votantes, incluso la posibilidad de nuestros medios de entregar versiones que no sean complacientes con el gobierno ni con los tics nerviosos de la opinión pública. En últimas, el futuro no va depender de lo que se negoció en La Habana durante cinco años sino de un legado un poco más antiguo y más complejo.
En los últimos quince años se han desmovilizado cerca de sesenta mil combatientes ilegales en Colombia. Tal vez ningún país en el mundo tenga en este momento tanta experiencia en tratar con guerrilleros, paramilitares, narcos puros vestidos de camuflado y mercenarios que soltaron el fusil. Según los datos de la Agencia Nacional de Reintegración tres cuartas partes de los recién llegados han cumplido con los programas propuestos y han regresado a la civil. No será nada fácil, un poco menos de 3.000 han sido asesinados y 7.000 han vuelto a lidiar con el código penal.
También vale la pena mirar ejemplos de post conflicto con relativo éxito como los que han celebrado varios municipios del oriente de Antioquia. San Francisco, San Luis, Granada, San Carlos, entre otros, sufrieron el abandono hasta del setenta por ciento de su población durante la década del noventa. Durante diez años se ha trabajado en el retorno, con recursos de Medellín, Antioquia y el gobierno central. Hay suficientes experiencias propias para no pensar solo en abstracto cuando se habla de la vida después de la firma.
Los fracasos también están en el mapa del realismo. Lo que ha pasado en el Catatumbo en los últimos 5 años muestra una cantidad de compromisos con organizaciones sociales mientras crece los cultivos de coca y el caos armado. La atención del Estado a las organizaciones sociales se ha traducido en mayor poder para los violentos y no para los civiles. Buenas intenciones y resultados magros.
Afuera se pueden mirar los casos de Guatemala y El Salvador, con procesos de paz firmados en la misma década y resultados contrarios. Guatemala demostró que las negociaciones más largas y más detalladas pueden dejar las más grandes frustraciones. La gente no llegó a las urnas para respaldar las reformas acordadas y una guerrilla casi derrotada militarmente nunca ayudó a consolidar una mayor apertura democrática. La Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca nunca ha logrado más del 3% de los votos. No mejoró casi ningún indicador y hay un ex general atendiendo un juicio desde una cama. En El Salvador hoy es presidente un antiguo jefe guerrillero del FMLN, la democracia se abrió pero la violencia citadina, asociada a las Maras, reemplazó con creces a la violencia de la guerra insurgente. Y el primer presidente de izquierda afronta hoy un juicio por corrupción. Vale la pena levantar la vista de los papeles y mirar un poco un poco de realidad.




miércoles, 31 de agosto de 2016

Decisiones










Son apenas treinta días largos para decidir sobre el fin de una guerra de más de cincuenta años y validar o archivar unos acuerdos que tomaron casi media década. Lo peor que se puede hacer es usar una balanza muy nueva para pesar los temores y las expectativas, los inevitables descontentos y los innegables beneficios comunes. Pesar las rencillas del día a día, los dichos de Roy o José Obdulio Gaviria, los gustos de Gina o Paloma, los desencuentros personales y políticos de Uribe y Santos, es el más grande de los errores frente a una decisión que trasciende gobiernos e involucra el dolor de millones de colombianos.
Por eso tal vez sea necesario pensar en esos campesinos liberales enmontados que el partido comunista tomó de la mano por allá a finales de los cincuenta y fueron evolucionado o involucionando. Pensar en las trochas y las consignas viejas que han marcado este país más de la cuenta. Saber que hasta el mismísimo Fidel Castro reiteró en 2008 la “caducidad de la lucha armada” y que es hora de sepultar un anacronismo tan estéril como dañino. Es cierto que no será el fin de todas nuestras violencias, ese toque mágico es imposible, pero también es claro que el conflicto con las Farc ha propiciado muchas de nuestras grandes crueldades. La reacción a la insurgencia creó “los pájaros” desde finales de los cincuenta y luego un paramilitarismo anticomunista. Ya en los ochenta los narcos, los políticos y algunos organismos del Estado entraron en el juego y terminamos con un movimiento económico, electoral y criminal con metas mucho más amplias que la de ser una simple contra al comunismo guerrillero. No solo se acabará la franquicia de la más grande y poderosa de las guerrillas sino buena parte de la justificación y el incentivo paraco.
Otra idea que es bueno desechar es que el Estado es solo el ejército y que la única posibilidad de derrota a las guerrillas es la aniquilación. El Estado puede mostrar algo más que helicópteros artillados y avionetas de fumigación en la lucha contra las Farc. La renuncia a la vía armada es un reconocimiento a las instituciones y a las reglas políticas que ha impuesto la sociedad. Claro, con concesiones políticas y jurídicas a quienes recién llegan. Como ha pasado tantas veces en Colombia durante gobiernos de todos los signos y colores. Por extraño que parezca integrar también puede ser una manera de ganar la guerra, una manera muchas veces obligatoria luego de un período de supremacía militar, y sobre todo una manera más legítima y menos cruenta. Es justo pensar en que durante 2002 y 2007, momento de la mayor ofensiva estatal contra la guerrilla, las Farc fueron responsables del 65% de los “incidentes” con grupos armados: 3752 ataques a poblaciones y estaciones de policía, 2194 combates, 626 voladuras de torres y oleoductos, 550 secuestros. Además el ejército y la policía reportaron, en el mismo lapso, 6092 combatientes dados de baja, entre quienes había un buen número de “falsos positivos”. Llevamos un año viviendo bajo números que reducen casi a cero todos esos estragos, una realidad que ha sido minimizada por quienes vivimos la guerra por televisión, la llamada “clase conversadora”.
Lo último para desechar a la hora de decidir es la falsa premisa según la cual las Farc se apoderarán del escenario político por su dinero y sus ventajas. Un solo hecho demuestra que eso es paranoia o simple engaño: el triunfo de un candidato del Centro Democrático en San Vicente del Caguán el año pasado, muy cerca de donde las Farc realizarán en dos semanas su décima conferencia general. Ni en armas y con la plata pudieron evitar una derrota en su propio patio.







martes, 23 de agosto de 2016

La horda imposible








El Estado tiene habilidades medianas para perseguir, empujar, llenar planillas, buscar cuerpos y hacer reseñas. Por el contrario, sus posibilidades de convertirse en consejero eficaz, de servir como terapeuta, de prodigar paciencia y esperanza para los ciudadanos alucinados y errantes son muy limitadas. Nuestras ciudades tienen problemas para mantener en los salones y en el uniforme escolar a los jóvenes de 15 años, apenas si logran llamar a lista con algún juicio a sus empleados y convocar con el cepo de las multas a los infractores de tránsito. De modo que siempre será algo ingenuo, tal vez necio, pretender que los adictos al bazuco y a la intemperie, que los ciudadanos con la voluntad más estropeada, respondan a sus llamados, se ordenen tras la olla de aguaepanela y suscriban los compromisos que demanda el código de policía. En esa tarea el Estado todavía va casi siempre con la espada y la cruz, entiéndase el bolillo de los policías y alguna institución religiosa que les sirve como “operador” en las tareas sociales a punta de almuerzo, jabón y tijera.
Hace tres años y medio el presidente Santos dio una orden tan perentoria como imposible de cumplir. En medio de un discurso les pidió con énfasis fingido a alcaldes y policías de veinte ciudades que acabaran con las ollas de vicio. Llegaron, entonces, los gases lacrimógenos para desocupar las chimeneas del bazuco y se levantaron nuevos “campamentos” en zonas aledañas. En Medellín, por ejemplo, los callejosos salieron de la Avenida De Greiff y llegaron hasta las inmediaciones de la Plaza Minorista. La orilla del río hacía parte de las nuevas “instalaciones”. Un pequeño pueblo de zarrapastrosos, de caminantes, de desesperados, de ilusos, de flacos. No de vagos. Porque el bazuco es caro y su vida es barata. Si el Estado resulta inepto para conducir a la tribu, los vendedores de bazuco conocen muy bien la válvula a presión de esas ollas y cómo se mueve y se asienta su público. Los habitantes de calle están muchas veces entre el desalojo obligatorio y el reasentamiento forzoso. Unos los mueven y otros los anclan. El último desalojo terminó en Medellín con la explosión de un petardo a la espalda de un vagabundo, cuatro muertos entre los habitantes de esa ciudad al pie del río y seis policías heridos. Era un recado de uno de los grupos mafiosos a sus rivales en ese parque temático de pipas hechizas, pegantes y picaduras varias.
No se trata de la absoluta resignación frente a esa horda imposible. Pero tal vez sea necesario un poco de realismo. Las políticas públicas juegan en este caso entre la comodidad de la quietud y los estragos que genera alborotar esos nidos ocultos y a la vista de todos. No es fácil lograr un equilibrio entre la lucha contra quienes controlan los emporios de consumo con todas las crueldades imaginables y sus víctimas y “protegidos” bajo los cartones y tras los escombros. Bogotá y Medellín tienen dos pequeños pueblos de desarrapados cerca de sus centros. Sus cupos para un tratamiento adecuado apenas si llegan al 10% de la población que deambula y consume. Cerca del 20% de esos hombres y mujeres de calle llevan más de veinte años en las drogas y el desamparo. Muchos otros son jóvenes todavía deslumbrados por la promesa de la coca a medio cocinar. Unos más son consumidores “responsables” y trabajadores informales. Tratamientos diferenciados, necesidad del apoyo familiar y en algunos casos un consumo administrado por el Estado pueden ser algunas de las respuestas. Pero el trabajo duro está en la calle y no en el diagnóstico de papel.









martes, 16 de agosto de 2016

Retratos ajenos







Ordenar la violencia es el principal objetivo de los investigadores judiciales. Darle un nombre a las víctimas y a los victimarios, encontrar las evidencias y disponerlas según un método para que tengan significado, buscar un dato en el caos de los restos luego de los ataques, aventurar hipótesis tras el poder de clanes y capos. Las epidemias de violencia hacen cada vez más difícil esa tarea, una especie de inercia del desconcierto y el miedo logra que el crimen se convierta en una presencia borrosa e indiscriminada.
Hace poco recibimos en Medellín al fotógrafo caraqueño Juan Toro Díez y su exposición Expedientes que recoge un trabajo de siete años tras diferentes huellas de violencia en Caracas. Es extraño servir como una especie de guía de cierta esperanza recorriendo a Medellín, una ciudad que hace algo más de veinte años era el paradigma mundial del crimen. Hoy en día Caracas sufre en un mes los mismos homicidios que Medellín sumó en todo 2015. Y la calle se ha hecho prohibida luego de las siete de la noche, como pasaba con Medellín a finales de los ochenta y comienzos de los noventa. Los centros comerciales tiran las rejas luego del fin de la película de las 5:00 P.M. y los velorios tienen siempre la amenaza del contra ataque. Mientras caminaba el centro de Medellín, una supuesta trampa para muchos de sus habitantes, Juan Toro respiraba aliviado y reseñaba los delirios de las ciudades claustrofóbicas. En medio de una risa amarga recordaba la paradoja que resulta ver desde Caracas las series sobre Pablo Escobar y la violencia homicida en ese Medellín de leyenda. Muy seguramente Caracas tendrá su serie en unos años, un drama que registre los más de 5000 homicidios anuales en sus calles.
A falta de datos oficiales y en medio de un exceso de evidencia, Toro Díez terminó convertido en un recolector luego de los estragos en la capital venezolana. En estos años se ha encargado de preguntar por el cerrojo de los que se fueron, retratar las llaves de los apartamentos que quedaron en venta luego de la huida. Buscar el plomo, encontrar su deformidad única tras el estallido de las balas. Rastrear las etiquetas de la morgue como una primera lápida, un último número para otra de las filas de cada día. Las piezas de sus Expedientes están registradas con el esmero de quien construye un museo propio del espanto colectivo, de las estampidas y la impotencia, de la rabia y el mando. Estas pruebas no buscan una condena individual, solo entregan un alegato basado en piezas de cajón y basura, en rastros desechables e imprescindibles.
“Si me preguntas que es lo mejor de Chávez yo te diría que él despertó un país que estaba dormido políticamente, tanto para los que lo apoyaban como para los que no”, dice el Juan Toro desde su versión de fotógrafo que terminó haciendo las guardias de los periodistas de diarios de sucesos y los médicos legistas. Ahora la violencia ha desbordado la política, las consignas han quedado atrás y las milicias se han convertido en colectivos que dominan barrios y rentas. Para muchos la política se ha convertido en una simple etiqueta para identificar posibles víctimas. Se pasó del discurso público y solidario al ataque armado por las ganancias privadas y la supervivencia.
En ocasiones, unos buenos retratos del exterior pueden dar una idea clara de nuestro presente y una buena memoria de nuestro pasado.