martes, 14 de octubre de 2014

Viaje sin mapas


 






 
Un mapa sin las suficientes arrugas de las cordilleras, con los hilos inciertos de los ríos y el espacio blanco que hace sufrir a los cartógrafos y soñar a los viajeros, llevó a Graham Greene hasta los bosques de Liberia en 1935. Monrovia era solo un asentamiento de esclavos de Norte América liberados y enviados hasta la Costa de la Pimienta en África Occidental. La enseña de la república era digna del mármol pero no servía para espantar a los moscos ni a las ratas nativas: “Nos trajo aquí el amor a la libertad”.

La Firestone y su campamento cauchero, las discordias políticas entre dos partidos que compartían las palabras “liberal” y “auténtico”, dos bares con tres docenas de blancos y ansias británicas, dos médicos y un torneo de tiro en las tardes del sábado definían a la capital. Greene decidió entonces abandonar el tedio de Monrovia. Iba en busca de El corazón de las tinieblas, de la sonora pesadilla que retumbaba en su cabeza cada vez que oía la palabra África: “…se amontonan y bloquean la salida a la plena conciencia una multitud de palabras e imágenes, brujas y muerte, desventura…” El ébola ha vuelto a traer esa idea de terror desde el continente africano. Ya no son las selvas malsanas sino los centros de salud apedreados; ya no son los aborígenes de lanza sino los vendedores callejeros de “carne de arbusto” en las calles.

Viaje sin mapas es el resultado de la caminata de quinientos kilómetros para atravesar el país. El atlas de Liberia estaba formado por el mapa británico que confesaba su propia ignorancia y se limitaba a dejar unos pocos nombres sobre la costa. Y las líneas trazadas por el ministerio de guerra de los Estados Unidos que mostraba su vigorosa imaginación: “bosque denso”, decía en los espacios desconocido, “caníbales”, advertía en los límites de la civilización cercana a la Costa. Los consejos fueron suficientes para empujar a Greene hasta la alegría que le producía “cruzar la frontera y entrar en un país realmente extraño”. La geografía era un misterio pero la bibliografía de epidemias era copiosa. Los libros oficiales de notificaciones a los viajeros hablaban de lepra, frambesía, malaria, disentería, viruela y fiebre amarilla entre una larga lista de males posibles. El whisky y la ginebra eran los únicos remedios: “…raras veces se le permitía a uno escapar al tema de la fiebre. Podías empezar la conversación con religión, política, libros; siempre acababa con la malaria, peste, fiebre amarilla”.

El viajero termina por encontrar, entre las fiebres obligadas, al “buen salvaje” en las aldeas de Liberia. Los aborígenes son amables y practican el amor sin los ornamentos de la civilización. Para ellos el amor es “un brazo echado al cuello; la riqueza, un montoncito de nueces de palma; la vejez, llagas y lepra; la religión unas cuantas piedras en el centro de la aldea donde yacían los jefes muertos”. Los encuentra sonrientes, amables y felices, así velen su whisky con insistencia. En cambio, en la costa solo encontrará una embarcación con ciento cincuenta políticos borrachos a bordo, camino a una convención partidista, con sus voces nasales, sus corbatas y sus intrigas.

No sabemos qué tanto queda de la Liberia que vio Grenne hace ochenta años. Los bares que visitaban antes los empleados de la Firestone son ahora para los enviados de Naciones Unidas. Pero es claro que África sigue representando un poco del teatro cómico y trágico del que habla Greene en su libro. Una escena cómica por la imitación y trágica por el escenario a la espalda de los comisarios y los prefectos.
 
 


martes, 7 de octubre de 2014

Voto rayado



 




Los políticos colombianos han comenzado a notar que la competencia no es solo entre ellos y que los únicos rivales no son quienes visten y acomodan corbatas contrarias. Han echado un vistazo a las mayorías y se han dado cuenta que ahí está el más grande de los peligros. Los electores que no eligen son una plaga que es necesario combatir. Primero intentaron llevarlos hasta el cubículo con algunas golosinas pero los muy holgazanes prefirieron la pola a escondidas o la simple cobija el domingo señalado. Se les ocurrió entonces que era tiempo de prohibir el desgano y ahora proponen que el voto sea obligatorio, que el derecho se convierta en obligación y el tarjetón en cartilla sacramental.

Colombia es el único país de América Latina donde el voto nunca ha sido una obligación. En  algo hemos sido ejemplares, porque cuando el burócrata en la ventanilla amenaza al ciudadano para que ponga una equis donde se le antoje, o para que simplemente raye la tarjeta electoral o la meta en la urna tal cual se la entregaron, la democracia comienza a ser una farsa donde muy buena parte de los votos son un examen dictado, comprado o simplemente firmado. Es lógico que antes de Viviane Morales fuera Roy Barreras, un político de todos los colores, quien propusiera en 2006 el voto obligatorio. Lo han intentado durante décadas. Los polítiqueros saben que los abstencionistas de toda la vida serán en su mayoría un rebaño fácil de conducir. Será cuestión de poner el aguijón de una multa (aunque sea imposible de cobrar) y de contar con buenos impulsadores en barrios y veredas. Se les entregará un número y un color y jugarán su bingo sin mayores contratiempos. Al final de la tarde los discursos hablarán de una nueva legitimidad y del fortalecimiento de una democracia antes apática.

Solo 24 países en el mundo tienen el voto obligatorio en sus leyes o constituciones. América Latina tiene 13 de esos esperpentos donde el populismo sabe que no solo de las ofertas y los estribillos vive el hombre del capitolio y el palacio. Quienes están en el poder agradecen las bondades del voto obligatorio. La inercia que lleva a los ciudadanos a reelegir a sus gobernantes tiene un impulso adicional cuando no es permitido quedarse en casa. Una vez los políticos amarran a los ciudadanos muy difícilmente los soltarán. En Perú (67%), Brasil (64%) y Ecuador (61%) la mayoría de los potenciales electores dicen que les gustaría volver al voto voluntario. Saben que el desgano también es parte de la ciudadanía. En Brasil hicieron hace poco una encuesta que dice mucho sobre el carácter educativo del voto obligatorio. Veinte días después de las elecciones les preguntaron a los votantes a quién habían marcado en el tarjetón: el 30% respondió que no se acordaba. Para el oportunismo de los políticos es una cuestión cuantitativa, para la salud democracia tal vez sea un asunto cualitativo. Hay que llevar la abstención a sus justas proporciones y no a los ciudadanos hasta los centros electorales halados por la ternilla.

Si la legitimidad la da el número de votantes habrá que decir que Chinú, Córdoba, es la Atenas colombiana. En las pasadas elecciones para congreso votaron en ese municipio un poco más del 70% de los ciudadanos habilitados. Trabajo legítimo de Musa Besaile y Ñoño Elías. Solo hay un remedio contra la intención descarada de los legisladores. Si llegan a aprobar el voto obligatorio habrá que ir a dibujar el tarjetón, a anular el voto para avergonzarlos. En las pasadas elecciones legislativas eso fue lo que hicieron más del 15% de los votantes. En las siguientes el voto nulo y no marcado les demostraría que era mejor dejar a la gente en la casa.

 

 
 

 
 

 

miércoles, 1 de octubre de 2014

¿Revolución cocalera?





Según el último estudio de cultivos ilícitos liderado por la UNODC y el gobierno, un poco menos de 62.000 familias trabajan en los sembrados de coca en Colombia. Los precios de compra de la hoja fresca se imponen por parte de los encargados de las cocinas y el tráfico. Cada vez menos cocaleros se dedican a transformar la hoja en pasta base, el 63 por ciento simplemente amontona su producción y la vende a un intermediario. Hace solo nueve años el 65 por ciento de los cultivadores participaba al menos en el primer proceso de transformación. Han pasado de la agroindustria al agro. Los cambios en ese negocio muchas veces son súbitos e impredecibles, como las lanchas rápidas y los submarinos de fibra de vidrio. Se estima que la producción en finca de la hoja de coca en Colombia deja cada año 355 mil millones de pesos en manos de los pequeños cultivadores. Solo diez municipios concentran el 41 por ciento de los cultivos de coca y de las ganancias precarias y sangrientas del negocio. Tumaco, Puerto Asis, Tibú, Miraflores, Barbacoas concentran también buena parte de la violencia que dejan los primeros brotes del arbusto y la plaga.
El acuerdo entre el gobierno y las Farc sobre cultivos ilícitos tiene veinticuatro páginas y deja espacios para el optimismo sobre posibles cambios en la dinámica de la guerra del narcotráfico en el campo colombiano. Por supuesto que el escepticismo es obligatorio cuando se habla de limitar una industria que vende el kilo de coca a 2.500 dólares en la selva colombiana y a 25.000 dólares en las bodegas de Miami. Pero es innegable que las Farc saben del tema, tienen base entre los campesinos cultivadores y piensan en las zonas cocaleras como su principal enclave político luego de un acuerdo. Y hasta dicen comprometerse a “poner fin a cualquier relación, que en función de la rebelión, se hubiese presentado con este fenómeno (el narcotráfico)”.
El acuerdo trae nombres pomposos como corresponde a una mesa donde todo el día se habla de hacer historia. Se propone la creación del Plan Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS). Nada muy distinto de los planes de consolidación que ha implementado el gobierno y que en La Macarena tuvo un relativo éxito en los últimos años. Los grandes cambios serían la aplicación de la erradicación solo con la voluntad de los cultivadores y la búsqueda de leyes para que durante dos años, luego del compromiso de erradicación, no haya acciones penales contra los campesinos que tuvieron o tengan coca en sus parcelas. También se establecen asambleas comunitarias con decisión en los planes de inversión y un auxilio inmediato de alimentación para las familias que dejen de sembrar coca. Se trata en últimas de esfuerzos del Estado con la ayuda y el compromiso, y no con el asalto y el saboteo, de quienes controlan y protegen una buena parte del primer tramo del negocio de la coca.
En Nariño, Norte de Santander y Putumayo se siembra el 56 por ciento de la hoja en Colombia, y la tendencia apunta cada vez más hacia la concentración de los cultivos: casi la mitad de los arbustos monitoreados en 2013 llevan diez años en los mismos sitios. Los satélites no mienten. Eso hace posible el énfasis del Estado en zonas claves con influencia de las Farc. Pero no hay duda de que las Bacrim y las nacientes Farcrim buscarán nuevos enclaves y combatirán los ejercicios de concertación. Parece fácil una solución para 62.000 familias en cerca de cincuenta municipios, pero veremos de nuevo la mezcla de política y guerra mafiosa. Siempre habrá fusiles, raspachines, cocineros y traficantes. Esperemos que sean menos. 

martes, 23 de septiembre de 2014

La vieja historia






El 9 de diciembre de 1990 el ejército bombardeó Casa Verde mientras Carlos Romero, dirigente de izquierda, intentaba convencer a la jefatura de las Farc de una negociación que los sacara de la guerra y los llevara a la Asamblea Constituyente. Casi un cuarto de siglo más tarde las Farc siguen calculando un tiempo ideal que cada día los hará más débiles política y militarmente. Ellos que hablan de historia y confían en que una mirada de largo plazo podrá redimir parte de sus culpas, deberían revisar testimonios y memoria de los procesos de desmovilización a comienzos de los noventa. Allí están algunas claves y advertencias sobre su degradación y algunos aliados actuales, unas pistas del rechazo que despiertan en la opinión pública, unas alarmas sobre el liderazgo político que se aleja de sus estrategias.
Ahora que se habla de sus alianzas de ocasión y de las vueltas que da la guerra vale la pena recordar que el M-19 sirvió durante finales de los ochenta como una escuela de sicarios en algunos barrios de Medellín. En su momento el EPL le criticaba al EME su flexibilidad en el reclutamiento. La disciplina no era el fuerte de esas “milicias” y muchos jóvenes terminaron montando combos en causa propia con las armas y el entrenamiento que les había prestado la guerrilla.
En la historia del EPL también hay testimonios claros sobre los problemas que trajeron los recelos iniciales, los cobros posteriores y los tratos definitivos con los narcos. En los años setenta la guerrilla desdeñaba a los mafiosos y alcanzó a destruir cultivos de marihuana en la Guajira y el Magdalena. Pero poco a poco aparecieron coincidencias y necesidades comunes. Un ejemplo pequeño y dramático: en Medellín, un grupo del EPL conocido como La Estrella logró que la mafia de Itagüí les prestara armas. La historia terminó con la muerte de activistas, universitarios y obreros que hacían parte de la organización que en un momento decidió expropiar a los mágicos. En Urabá y Córdoba algunos comandantes pasaban de la pobreza de la lucha insurgente a los millones en el morral. Vivían por temporadas en las fincas y casas que les prestaban los Galeano y les servían de banco en negocios que terminaban casi siempre con tres muertos en la maleta de un carro. En 1986 Álvaro Camacho Guizado escribía: “…si la guerrilla no se deslinda muy rápidamente del narcotráfico para que el país tenga claridad en eso, se va a corromper y va a perder cualquier posibilidad de respeto por parte de la ciudadanía”. Han pasado casi 30 años y las Farc son ahora los mayores conocedores de la historia nacional del narcotráfico. Han estado cerca de todas las purgas y todas las sucesiones.
Cuando el M-19 decidió renunciar a la vía armada sin tener siquiera garantías legales acordadas, la opinión los recibió con inesperada simpatía. “Nuestra mayor victoria es haber vencido el medo a dejar las armas para asumir los riesgos de la paz”. El riesgo le costó la vida a Pizarro y Navarro siguió el camino que ya era irreversible. Mientras tanto Jacobo Arenas se refería al EME como un “grupito disminuido, en decadencia, y en su peor momento político militar”.

En Urabá, a finales de los ochenta, la gente cercana al EPL comenzó a exigir una vía distinta a la guerra. Las elecciones mostraban una opción real de poder y hasta una facción del partido comunista veía con buenos ojos la vía socialdemócrata. Nada distinto pasa hoy con las Zonas de Reserva Campesina y la Marcha Patriótica que comienzan a pensar en soluciones propias fuera de los cálculos en La Habana. Una parte de las Farc pueden terminar en el negocio de la coca y las minas, y muchos de sus posibles bases en las regiones tendrán un espacio político propio sin necesidad de acoger a Márquez como un líder. Deberían afanarse un poco. 


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Escuelas del martirio





Resulta revelador que la iglesia católica tome parte activa en los debates sobre adopción de parejas homosexuales. Los sacerdotes, las monjas y sus conserjes deberían acudir al pudor y dejar pasar el tema para no recordar los horrores en esas escuelas del martirio que fueron muchos de sus edificios santos. Los conventos fueron centros de tortura y exilio de niños abandonados e indeseables en Europa, América y África. La iglesia parecía la única señora responsable y pulcra que podía encargarse de los menores y con una simple bendición se dejaban los niños en la puerta del cielo y el infierno.
La mejor de las descripciones de la vida infantil y monacal en nuestra tierra la hizo Emma Reyes en sus 23 cartas a Germán Arciniegas. En esa Memoria por correspondencia publicada en 2012 queda muy claro el mundo detrás de las “tres chapas, dos grandes candados, una cadena y dos gruesas trancas de madera que cerraban la primera puerta” del convento. El destino de las niñas era decidido por los caprichos de la superiora y su íntima, la Señorita Carmelita, que fungía como civil y vestía hábito un hábito negro que hacía juego su humor: “…en línea general nos veía como pobres y miserables hormigas. En todos sus gestos se veía el profundo desprecio que le inspirábamos”. Pero gracias a dios y la virgen a la Señorita Carmelita solo la veían los sábados y los domingos, el resto de la semana estaban en manos de Sor Teresa, una especie de carcelera, regente de lavandería y vigilante de filas. Luego de llorar oyendo el órgano, de ver un pedacito de cielo, un descuido podía llevar a las niñas a lavar los doscientos inodoros del convento como penitencia. Y como no solo de castigos y ensueños viven las niñas, había que buscar la salvación: “…el precio que pagábamos por salvar nuestras almas representaba para nosotras diez horas de trabajo por día”.
Desde hace años varias comisiones especiales trabajan en Europa en busca de los secretos tras los muros de los conventos en el siglo XX. Los procesos tienen la terminología de la negociación tras la guerra: víctimas, compensaciones, perdón, implicados, supervivientes, fosas comunes, exilios obligatorios, trata de personas. En muchos casos los niños fueron carne de convento. Hace unos días aparecieron las noticias de niños enviados desde los conventos de Irlanda, donde ya eran abusados, hasta las soledades de Australia para que poblaran un país con buenas perspectivas. Más de 10.000 niños fueron enviados a Australia bajo el lema, “el niño, el mejor inmigrante”. Los niños partían sonrientes creyendo que acabarían los males que sufrían junto a Hermanas de Nazaret en Belfast. Pero esta es solo una anécdota si se le compara con el informe Ryan publicado en 2009, un documento que intenta reconstruir los abusos a miles de niños en instituciones religiosas en Irlanda entre 1922 y 1995. Un solo dato para intuir las escenas de terror: En 1975 fue encontrada una fosa común con más de 800 cadáveres de niños enterrados sin siquiera un cajón en cercanías de un convento de acogida para madres solteras en Tuam, Irlanda. Lo regentaban hermanas católicas. También en Alemania se habla de 500.000 niños víctimas de la “pedagogía negra” impartida en orfanatos regentados por la iglesia. Ya se han pagado indemnizaciones y se han dado golpes de pecho.

Valdría la pena que la iglesia rezara en silencio cuando se habla del posible maltrato a los menores en hogares que les parecen “desviados”. 

viernes, 12 de septiembre de 2014

Respuesta a una carta





Señores (as) Movimiento de veeduría cívica Old Providence.


La indignación es mala consejera a la hora de la lectura. En los últimos años se ha hecho una apología del berriche y la pataleta, pero para escribir cartas tal vez sea mejor la tranquilidad. Lo primero que me llama la atención de las tres páginas del emplazamiento que me envían, es el supuesto permiso que debí tramitar para escribir “sobre algo tan delicado”. No me cabe duda de que los raizales son los dueños de Providencia, pero también tengo claro que no pueden imponer un veto para hablar de sus historias. Todavía no hemos llegado a la necesidad de “consulta previa” para escribir una versión sobre lo que pasa en un territorio. También me extrañó una mención a mis apellidos y la posibilidad de publicar una columna. El argumento de la descalificación personal viene casi siempre del resentimiento y este no parece ser un caso distinto. Me dicen que hay artículos “muy serios” escritos por isleños que hace fila para ser publicados, y pienso que podrían montar un buen blog con ellos y moverlos por las redes sociales. No solo se trata de llamarse independientes sino de intentar serlo antes de sentarse en la “sala de espera” de las redacciones de los grandes medios. Por mi parte ofrezco las páginas de Universo Centro, un periódico que se hace y se piensa en Medellín, para publicar algunos de esos artículos que esperan su momento en un cofre.
Al leer una columna siempre vale la pena pensar en posibilidades y espacios limitados. El columnista nunca pretende abarcar todas las realidades, tal vez su trabajo se parezca un poco al del fotógrafo que elige un encuadre y dispara. Mi idea era hablar de un “ecosistema” omnipresente y sombrío en la isla. Omnipresente porque está en el imaginario, en las pesadillas y en los sueños de casi todos en Providencia, y sombrío porque puede ser tétrico y se trata con susurros y claves. Tal vez se les olvida que hay 4500 realidades en la isla y que las crónicas pueden ser diferentes a las que se escriben para las revistas de espaldar de silla de avión.
Pero vamos a las críticas a la columna. Tal vez valga la pena comenzar por una que demuestra la ceguera que produce la indignación. La carta reseña mi ignorancia al hablar de la red de los pescadores de langosta. No es inventando gazapos como se desvirtúa la realidad: si hablo de buzos es lógico que no estoy pensando en una red para pescar sino simplemente para guardar lo que se recoge del fondo. También noto que en ocasiones se encargan de terminar mis frases y darles un sentido que los haga sentir más molestos. Por ejemplo, decir que los viejos saben el camino de salida de las lanchas y la ruta de regreso de los “cosos”, no desconoce que muchos de ellos condenen el narcotráfico y añoren tiempos idos.
La carta me demuestra también que en la veeduría les encanta el papel de víctimas. Esa idea de una arcadia corrompida por el continente es un viejo premio de consolación. El narcotráfico no es una plaga colombiana sino una colección de multinacionales del crimen. Entender la mafia como un invento nacional para corromper a los pueblos raizales solo puede salir de una mirada algo paranoica. Además, el negocio narco tiene en el caribe conexiones que van mucho más allá de Colombia: Honduras, Jamaica, Bahamas, Nicaragua, México y otros participan de esa larga correría hasta el Norte donde Providencia es una más en el rosario de escalas. Creo que eso es absolutamente lógico y por eso no dije, como ustedes me reclaman, que San Andrés y Providencia “fueron convertidas en el ojo del huracán del narcotráfico por su posición geográfica.” El narcotráfico ha transformado la sociedad en muchos de nuestros pueblos y ciudades: corrupción, movilidad social, violencia, nuevos modelos de éxito, industrias criminales, taras culturales han ido creciendo al amparo de una guerra que dice proteger la salud pública. Pasa en toda América Latina y no parece que la mejor manera de explicar el fenómeno sea con una fábula de lobos y ovejas. Estoy acostumbrado a la repetida indignación de autoridades y ciudadanos de Medellín por los cientos de retratos de su realidad con las imágenes del sicario y el narco. Y tengo que decir el estereotipo aburre pero también que es inevitable y en ocasiones puede convertirse en una especie de antídoto social. También he entendido que todas las vistas son parciales y que es imposible guiar las impresiones del visitante, del testigo, del curioso. Algunas se parecen a lo que vemos como habitantes y algunas no, y sirve más el contraste con nuestro relato que la simple descalificación.
Por último quiero hacerles una pregunta. ¿Por qué les causa tanto desconcierto y tanta rabia mi pequeña relación de hechos turbios cuando ustedes mismos reconocen en su carta los problemas de la isla? Un lector desprevenido de la columna y la carta podría encontrar entre las dos bastantes puntos en común. Ustedes hablan de “la escalada de la violencia en Providencia, una isla donde no pasaba casi nada”, y donde el control social se ha ido perdiendo; reconocen “que hoy hay armas y criminalidad y delincuencia”, culpan en parte a los policías de “las actividades de narcotráfico que se ejercen” en la isla; y en tono dolido confirman “el desangramiento (sic) que significa para la sociedad raizal que sus hijos terminen regados en cárceles del Caribe, o desaparecidos, o muertos…” Mi página es una mirada sobre ese mismo drama, pero veo que a ustedes solo les gusta el autorretrato.
Más que recriminaciones y disculpas les propongo un diálogo sobre lo que pasa en Providencia. Ya estamos suficientemente lejos para marcar más distancias.

Saludos,

Pascual Gaviria Uribe.

martes, 9 de septiembre de 2014

Noticia de Providencia





A simple vista Providencia es una roca tranquila habitada por cuatro mil quinientos hombres y mujeres con más patria en el mar que en la tierra. Como todo pequeño pueblo vive entre chismes cifrados y escándalos de pacotilla. Los turistas, con la careta recién puesta, solo logran ver los colores por debajo de la superficie mientras las señas, las mañas y las vueltas con el arpón pasan desapercibidas. Allá todos tienen la misma sangre y la misma bilis, se pueden abrazar en las tardes y disparar en las noches, se emborrachan con la misma botella y se dan palo con los bastones negros del vudú. Los paquetes de coca, la promesa de un bulto con dólares en la orilla, la brújula millonaria que apunta a las costas de Honduras han hecho que ese sencillo corral de impulsos adolescentes, ese infierno maravilloso, adquiera un aire truculento. Lo que hace décadas fueron historias tribales aptas para un libro de viajeros del siglo XIX, o para las observaciones de un sociólogo principiante, hoy podrían servir para unos capítulos de El Capo caribe.
La isla recibe el ripio de disputas que deja su vecina San Andrés. Allá se esconden los narcos acosados por sus enemigos o llegan de fiesta cuando las discotecas se ponen pesadas en la isla que se pretende hermana mayor, y allá se buscan capitanes con experiencia y marinos jóvenes con ambición de hacer sus primeras rutas por recompensas menores. En Providencia todo es más manejable, más manual, por decir algo: las cuentas se llevan en cuadernos, los 'rinconeros' (pescadores) firman la factura para comprar la gasolina de los barcos cargados, los viejos saben la ruta de las lanchas de ida y de los paquetes de regreso cuando aparece la Armada y hay que tirarlos al mar, los buzos salen con una red para las langostas y una caleta para el “coso” (un paquete de un kilo) que pueda aparecer en el camino. En Providencia el narcotráfico no tiene el ritmo frenético que muestran las películas, es solo un sopor que abarca a toda la isla, una esperanza que llama a la paciencia y a la intriga, a la traición y a la aventura.
Pero en Providencia no hay lugar para los capos. Los viejos que se enguacaron hace años limpiaron sus dólares con un lote o una farmacia, otros salieron para Nicaragua, Jamaica o Bahamas cuando la cosa se puso fea, y los aparecidos desde San Andrés, Antioquia o la Costa Atlántica saben que tienen una escala para tanquear y una lista de capitanes pero no un reino. Los códigos de honor de Providencia, la conciencia de dueños de los raizales hace muy difícil el control. De modo que los pelaos no comen cuento y llevan su arma al cinto para no dejarse someter de ningún recién llegado en una Fortuner. Y cambian sus balas como si fueran láminas repetidas y disparan al aire como quien quema una papeleta. En ocasiones basta mostrar las pretinas relucientes para que la disputa quede en tablas. Mientras tanto los policías juegan el más triste de los papeles. Desembarcan en medio del recelo general, confunden los saludos con los insultos y se dedican a retener motos por la revisión técnico-mecánica y a perseguir a quienes queman hierba en las playas.
Hace unos meses fue encontrado muerto un joven en uno de los bosques de la isla. Tenía señales de tortura y todo indica que se trató de un torcido con una lancha que salió desde unos manglares en la noche. Eso nunca había pasado. La inocencia armada puede estar corriendo riesgos en Providencia.