martes, 22 de agosto de 2017

Virtud y buena letra








El anuncio de las urgentes reformas constitucionales y legales proviene casi siempre de un arrebato de impotencia. El consuelo de la letra frente a la realidad. Sumar algunos años a los castigos del código penal es el consuelo de los ciudadanos asustados, reformar el código de policía es un aliciente para los vecinos maldormidos y bien educados, sumar inhabilidades para los políticos corruptos es la mejor bandera para apaciguar a los indignados.
Luego del escándalo por el asomo de corrupción en la Corte Suprema se oye el clamor por nuevos y severos jueces, altísimos tribunales para juzgar a los altos tribunales, se clama por “reformas de fondo”, por una nueva estructura del Estado, por un código de honor ahora que “tocamos fondo”. Lo piden los periódicos, los radios a mañana y tarde, las amas de casa, el ex procurador, los candidatos y los comentaristas deportivos. La letra de las leyes vista como un himno virtuoso para ordenar el caos que dejó letra alabada como solución hace apenas unos años y ahora gastada por la malicia criolla. La gente se aburre de cantar las mismas canciones y confiar en las mismas reglas.
Ahora los más exaltados piden una constituyente para remediar nuestros males. Piensan que la corrupción va demasiado rápido y cada 25 años hay que cambiar las cercas para contenerla y sancionarla. Por momentos se ven algo ridículos persiguiendo la maldad con una red para cazar mariposas, eso sí, recién anudada. El último de esos pregoneros de las nuevas reglas fue hasta hace poco uno de los mayores propagandistas de la “anciana” Constitución del 91. Juan Lozano pide ahora, como lo pidió a finales del año pasado por motivos distintos, una constituyente que nos libre de este régimen “pestilente y dañino”. Solo pide un pequeño detalle para que todo resulte según sus cálculos: que sea una “buena constituyente”. Me recordó una corta sentencia del escritor alemán G.H Lichtenberg: “Hay gente capaz de creer en todo lo que quiere: ¡son criaturas felices!” No sé si Lozano sea feliz pero la verdad le cabría un buen pinchazo de escepticismo. Su columna dice que lograremos una constituyente virtuosa, lejos de los vicios de la política, si ponemos las reglas adecuadas: no al voto preferente y al aval de los partidos control ciudadano, prohibición de dinero en efectivo en campañas, no a la intervención de funcionarios públicos y construcción desde los medios de una debate sereno, constructivo y exhaustivo. Incluso pide algunos cupos estamentarios al mejor estilo de la constituyente en Venezuela.
Si ese llamado a remediar el mundo no fuera peligroso sería tierno. A Lozano se le perdonan sus furores por la utopía en 1991, pero ya está lo suficientemente curtido para seguir por el mismo camino. Ni la política ni la justicia ni el Estado comienzan de cero luego de una reforma, tampoco es posible construir un filtro eficaz  para que solo quienes consideramos íntegros y justos puedan participar en la construcción de las nuevas reglas. Ese empeño si acaso llevará al sectarismo o a tonterías del tipo “los buenos somos más”. No se puede calificar el Congreso de pestilente y al mismo tiempo imaginar una Asamblea Constituyente ejemplar. Los dos escenarios serían hechos con materiales muy parecidos, Macías y el Ñoño Elías, Cabal y Char, Corzo y Name…
Siempre es bueno desconfiar de los gariteros que revuelven y cambian el naipe una y otra vez para que el juego sea más justo. Pecan por interesados en su propia mano o por delitos de lesa ingenuidad.



martes, 15 de agosto de 2017

Tiempos de acarreo




 

Entró por una vía alterna cercana a la pista del aeropuerto Olaya Herrera. Era un camión corriente de cabina amarilla, acostumbrado a cargar cebollas desde Ocaña o papa desde Samacá. Tenía encima un contenedor blanco con pequeño golpe en una de sus esquinas superiores. Solo dos letras negras le concedían al camión y su carga un aire de importancia, un valor más allá de esa apariencia de acarreo corriente: UN. Me quedé mirando el camión con asombro, nadie entre los pasajeros que caminaban a tomar sus vuelos reparó en el contenedor blanco y las dos letras escuetas. La avalancha de noticias, muertos, negociaciones fallidas, experiencias personales, cháchara política, elecciones, secuestros, ajusticiamientos y discursos que me suscitó la imagen, impidió que sacara el teléfono a tiempo para tomar la foto de ese momento insignificante de un hecho significativo. Una parte de las armas de las Farc pasaban a mi lado camino a la fundición definitiva. Hasta hace poco esa caravana de camiones era una ficción, un anhelo viejo y esquivo. Es seguro que ese mismo camión estuvo parado en un retén guerrillero en Valdivia, San Francisco o Yarumal hace unos años.

Pensé en la paloma de la paz de las épocas de Belisario, pintada en una calle del barrio Santa Fe en Medellín, que sobrevive desde el 26 de agosto de 1984. En la masacre de Segovia en 1988 de la que salvó la alcaldesa de la época Rita Tobón y que dejó 43 muertos. En los tiempos ya lejanos en los que José Obdulio Gaviria era un dirigente de izquierda con el movimiento Firmes. Recordé, por supuesto, las cruentas tomas de las Farc en los noventa -Miraflores, La Uribe, Puerto Príncipe, Patascoy y Mitú- que dejaron cientos de uniformados muertos y una lista de 245 soldados y policías secuestrados, quienes sufrieron durante años el tire y afloje de acuerdos humanitarios, canjes, liberaciones unilaterales y actos de buena voluntad. Eran los tiempos en los que Fabio Valencia Cossio, como presidente del Congreso, proponía una ley de canje y el presidente Pastrana decía estar listo para apoyar la iniciativa. Años antes, en 1997 durante el gobierno Samper, ya se había dado un canje luego del despeje de más de 13.000 kilómetros por parte del ejército en Caquetá. En ese momento las palabras negociación y conciliación tenían un valor especial.

El camión se parqueó al lado de dos grandes helicópteros que de inmediato recordaban la Operación Jaque y el gran momento de la Seguridad Democrática en los gobiernos sucesivos de Álvaro Uribe. Fue la efervescencia ciudadana frente a los abusos de las Farc y muy seguramente el impulso para que el presidente y sus cercanos pensaran que sin ellos todo era hecatombe. Los triunfos sobre las Farc implicaban también riesgos para el Estado. Fue imposible no recordar los 27 muertos de El Cartucho el 7 de agosto del 2002, durante la posesión de Uribe, cuando las Farc-Ep mataron a algunos de los integrantes del pueblo más débil de la capital. Cilindros iban y venían. No hablamos de caletas en manos de la ONU sino de nuevas formas del terror: tatucos contra las cornisas de la Casa de Nariño. Eran los tiempos en los que Uribe, con un mes largo en el gobierno, decía frente a la Asamblea General de Naciones Unidas: “El compromiso de mi gobierno en materia de seguridad no se opone al diálogo. Al contrario, lo desea. Por eso hemos pedido la gestión de buenos oficios de Naciones Unidas…” Ay, otra vez esas dos letras sencillas: UN.

Me quedé mirando al camión por la ventanilla del avión que ya carreteaba. Mucho trabajo y sufrimiento detrás de ese feliz trasteo.

 

 

martes, 8 de agosto de 2017

Manicomio blanco








Reconocer un loco a simple vista no es tarea fácil. Pueden agazaparse en el silencio o la risa, pueden cubrir de misterio sus delirios o simplemente parecer tontos corrientes, sin muecas extraordinarias ni desvaríos sobresalientes. Si el alienado viste bien, tiene poder y lo acompaña una hermosa mujer, pálida y silente, será más difícil aún el diagnóstico a ojo de buen loquero. Es difícil trazar la línea entre un exitoso extravagante y un narciso compulsivo, víctima de ataques de paranoia seguidos por estallidos de ira. En últimas, el furor es mancorna del éxito.
En Estados Unidos han comenzado a hablar de la salud mental del presidente Donald Trump. Para cualquier mortal es difícil pasar por cuerdo si las multitudes se dedican a mirar día a día sus mínimos movimientos, sus temblores de mañana y sus sueños a medio día, sus declaraciones antes del almuerzo y sus tropeles de tarde, sus escapadas de noche y sus terrores de insomne. La observación minuciosa hará que inevitablemente salga a flote la insania. Y la verdad a Trump no hay que mirarlo con mucho detenimiento. Los psicólogos llevan buen tiempo hablando de su megalomanía, sus paranoias, su necesidad de venganza y su incapacidad para aceptar las más mínima derrota. Los caricaturistas han hecho los suyo con ese niño grande y furibundo. Un psicólogo neoyorquino, uno más de los centenares que han hablado sobre la cabeza del presidente, desestima los daños que han señalado algunos psiquiatras que lo declaran incapaz para ejercer su cargo: “Tiene un desmesurado interés en su popularidad y le molesta la idea de que alguien pueda ser más grande que él. Pero para saber eso no se necesitan las averiguaciones de un psicólogo”.
La semana pasada, la Asociación Americana de Psicoanalistas les notificó a sus 3.500 miembros que estaban en libertad de referirse a los laberintos de la cabeza presidencial, esa jaula habitada por un único pájaro, tan feroz como parlanchín. Quedaban exentos de lo que los gringos han llamado la “Regla Goldwater”. Una prohibición surgida en 1964 a raíz de una publicación en la revista Fact de un artículo titulado: “El inconsciente conservador: un tema especial en la mente de Barry Goldwater”. El artículo entregaba el resultado de una encuesta donde un buen número de psiquiatras decían que Goldwater, candidato republicano a la presidencia, no era apto mentalmente para sentarse en la Oficina Oval. La Asociación Americana de Psiquiatría dijo en su momento que no era ético ni científicamente responsable dar dictámenes públicos sin al menos haber tenido una cita cara a cara con el paciente y haberle realizado un examen estándar.
De modo que en Estados Unidos los psicólogos hablan sin miedo sobre las tragedias mentales de un presidente que gastó su primera semana peleando por el número de asistentes a su posesión. Ellos nunca han visto con buenos ojos la regla Goldwater. Los psicoanalistas acaban de levantar públicamente sus vetos en desafío a los jefes de prensa de la Casa Blanca y los psiquiatras. Y estos últimos tienen grandes divisiones sobre las bondades de diagnosticar para la prensa al hombre que dice, entre risas, que es el más calificado para ser presidente de Estados Unidos desde Lincoln. En octubre saldrá un libro firmado por 27 psiquiatras con un título sugestivo: El peligroso caso de Donald Trump.
También las agencias de inteligencia gringas han comenzado a dudar y a guardar algunas cartas claves. El niño podría hacerse daño. Otros hablan de su edad, los 71 años lo han hecho más débil, más rabioso y menos locuaz. Para los más suspicaces es solo un excelente actor. Ese mismo papel lo llevó a la presidencia. Y tienen un diagnóstico claro: “Está loco como un zorro”.
 

 
 
 
 
 

 

martes, 1 de agosto de 2017

Un oso 'Chucho'




La imagen de un león, un oso o un mono en una jaula se ha convertido en una seña de injusticia que revuelve las emociones humanas. La exhibición de animales ha pasado de ser un acto instructivo a una muestra de crueldad. En el Medellín de los años setenta se celebraban las gracias a Agripina, una chimpancé que había traído la Sociedad de Mejoras Públicas desde Estados Unidos, era la estrella del zoológico y lo que se entendía como un espectáculo hoy solo tiene la certeza del abuso. Por eso en Colombia se aprobó el año pasado una reforma al Código Civil que trataba a los animales como simples cosas e, igualmente, una ley de protección animal (1774 de 2016) que declara a los animales como “sujetos sintientes” y entrega herramientas para protegerlos del sufrimiento y dolor que les puedan infligir los humanos.   
 Lo que en realidad resultó algo extravagante, original por decir lo menos, fue el fallo de la semana anterior a cargo de la Sala de Casación Civil de la Corte Suprema de justicia. Ante una petición de hábeas corpus para liberar del calor de Barranquilla a ‘Chucho’, un oso de anteojos, viudo de ‘Clarita’, quien llevaba cerca de dos meses en La Arenosa, la sala decidió conceder el amparo constitucional y ordenar a la fundación que regenta el zoológico el traslado a la Reserva Natural Río Blanco en las goteras de Manizales. El oso cambiará de clima y no tanto de condiciones de reclusión ya que creció en cautiverio y no tiene posibilidades de sobrevivir en su hábitat natural.
El fallo es reiterativo en reconocer el estatus de derechos que han ido logrando los animales, en su argumentación pasa por Saramago, Hume, Schopenhauer, Rawls y otros, y al mismo tiempo en hacer una diferencia entre la protección animal y la protección de los derechos fundamentales. Pero en medio de la jeringonza que a roza los cantos a la Pacha Mama, encuentra una justificación para igualar los mecanismos de protección: en vista de que los seres sintientes son parte de la naturaleza y ayudan a la conservación humana al hacer parte del equilibrio ecológico (los osos de anteojos esparcen semillas en el Páramo de Chingaza), es posible obligar a su cambio de “celda” por medio del hábeas corpus. Parece increíble pero el vocabulario de juzgado y la retórica ambientalista más reciclada caben en 35 páginas del fallo. Por momentos parece que cantara Manu Chau. Lo mejor del fallo está cuando llegan las diatribas contra los humanos, una especie de canto que remueve los cimientos sociales y gramaticales. Se trata de una “textura filosófico jurídica diferente y creadora…en contra de quienes día a día destruyen sin consideración para saciar sus apetitos atesoradores y tecnocráticos, contra quienes diariamente envenenan y desecan los ríos, lagos, pantanos, humedales, arrasan páramos y aves, ecosistemas e insectos, contra quienes hunden sus herramientas, armas, maquinarias, retroexcavadoras…”
No importó la jurisprudencia de la Corte Constitucional que reconoció derechos de los animales y aboga por las medidas administrativas e incluso los castigos penales para protegerlos. No importó que el Ministerio de Ambiente pudiera remediar la situación mediante actos administrativos (hay un Programa Nacional de Conservación del oso de anteojos), o que se pudiera acudir a una acción de cumplimiento para las Corporaciones Autónomas. Lo importante, parece, era ser primeros en el país en dar el paso, soltar un discurso y abrir la puerta a las tutelas, hábeas corpus y otras acciones para protección de derechos humanos a los animales. Cuatro veces los tribunales norteamericanos negaron acciones similares para proteger primates. Con argumentos serios y llamados a las autoridades administrativas o a los legisladores. Pero entre nosotros, en las sentencias, parece que importa más la melodía que la letra.




miércoles, 26 de julio de 2017

Humor amargo








Los pleitos de las últimas semanas me han hecho recordar al personaje de un amigo pinta monos, un infante que frunce el ceño aunque no esté en edad de hacerlo. El caricaturista lo bautizó con un puchero por medio de su lápiz y con una especie de epígrafe en el título de su historieta: “El niño que no sabía reír”. Galopa furioso en su caballo de palo, presta el helicóptero que le regalaron a su amigo maldadoso, no logra entregar el regalo en las piñatas… El niño sufre de las incontinencias de su ira, quiere someter a todo el salón a sus rabietas y ve un insulto detrás de cada cuchicheo y cada sonrisa cubierta.
Alguna vez dijo Daniel Samper Pizano que Klim “hacía todo lo que escandaliza a los partidarios de que nadie ofenda a nadie”. Es curioso que entre nosotros esté creciendo esa audiencia que lee el humor, o los intentos de humor, así sean vanos, con el ojo atormentado de quien intuye venganzas y añora ofensas para desatar su bilis. Parece que el niño gruñón del que les hablo hubiera contagiado con su rubiola a buena parte de sus amigos y seguidores temerosos. Se entiende que el poder mire con recelo el humor y sea vulnerable al ridículo que siempre roza con sus gestos y sus figuras pulidas con la lima de la ambición. Pero parece increíble que la sociedad entera se infecte con ese humor amargo.
Tal vez para dejar mejor sabor en la boca sea necesario recordar a un grande del humor a comienzos del siglo XX en Colombia, uno que decía mirar el espectáculo de la vida por lentes cóncavos o convexos, que “desfiguran un poco el mundo, y al desfigurarlo lo colman de atractivos”. Lo decía Ricardo Rendón en un reportaje en la revista Cromos de 1930 y remataba con una puya deliciosa: “Los buenos epígrafes tienen el aguijón forrado en miel.”  A pesar de la miel sus críticas a los gringos, a los curas y a los godos le valieron amenazas de excomunión, demandas por calumnia y visitas a inspecciones de policía. Una de sus caricaturas, “Prometeo encadenado”, muestra a unos chulos de bonete picoteando a una Colombia agónica y sangrante.
-¿Está usted calumniando a la iglesia con esa caricatura, señor Rendón?, le preguntó el inspector.
-No -respondió él-. Son unos chulos comiendo de un muerto. Una escena muy común en el campo colombiano.
-¿Y por qué le puso bonete a los chulos
-¡Es que se ven tan bonitos!
Es lo que les pasa a los poderosos cuando se enfrentan al humor con las amenazas de los jueces y las cárceles. Muestran su temor y se ven un poco más grotescos que en el ejercicio normal de sus afanes. A un senador antioqueño de la época al que Rendón molestó con su látigo, un colega, prendado del espíritu burlón, le dijo para tranquilizarlo: “No te calientes, Chato, que de la caricatura a la estatua no hay sino un paso”. Una frase que también podría tranquilizar a senadores antioqueños de nuestros tiempos.
También Klim y Osuna vivieron sus escenas de la rabia contra la risa. Klim fue retado a duelo por Jorge Mario Eastman por el remoquete de Stayfree que le chantó. Le puso ese nombre de toalla higiénica por estar muy cerca de lo mejor pero no ser lo mejor, según se dijo en la época. Y su vicio de cargar contra López Michelsen y los negocios de tierras muy rentables de su hijo (que francamente recuerdan nuestros tiempos) hicieron que el presidente amenazara con renunciar si continuaba lo que hoy llamamos bullying. Osuna por su parte mereció los insultos por interpuesta persona de Guillermo León Valencia, los sudores de Samper y los despeluques de Barco por señalar a su esposa de gringa en tiempos de Frechette.

No queda más que añorar a Belisario quien alguna vez, recordando a Osuna, dijo con su tono sacerdotal: “Gracias por sus urticantes aunque sonrientes lecciones”. 


martes, 18 de julio de 2017

Erradicación sin manual






Han pasado las avionetas con glifosato, los planes de sustitución, las cuadrillas de erradicadores, los capos de ocasión, las Farc, las AUC, las AGC, los cantos de victoria contra la mata que mata, la guerra, la paz… y Colombia tiene de nuevo las 146.000 hectáreas de coca que tenía hace 15 años. Y la gran mayoría sembradas en los mismos territorios que ya habían sido escrutados por los satélites, fumigados y erradicados previamente. El recién publicado Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (SIMCI), estudio que realiza desde el año 2000 la oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, deja claro que el 80% de los lotes identificados con coca ya habían tenido tratamiento estatal. El trabajo del Estado sirve sobre todo como abono para el terreno de siempre.
El estudio muestra que los núcleos fuertes de coca sirven como imán para nuevos cultivos en sus cercanías. La coca está cada vez más concentrada en las mismas regiones donde ha reinado en los últimos 10 años. Solo dos municipios, Tumaco y Tibú, presentes durante más de una década en el top 10 de los cocaleros, concentran el 25% de toda la coca sembrada en el país. Entre 2015 y 2016 la lista de los 10 municipios con más coca se mantuvo casi intacta, solo salió Olaya Herrera (Nariño) y entró Sardinata (Norte de Santander). Esos 10 municipios concentran el 48% de la coca sembrada en Colombia, hace un año marcaban apenas el 37% del total nacional. Ya no se trata de abrir trocha para sembrar sino de utilizar el conocimiento y la hospitalidad de los viejos cultivadores y compradores. Solo el 5% de los sembrados está en territorios que nunca habían tenido coca.
Nariño, Norte de Santander y Putumayo tienen cerca de dos terceras partes de las hectáreas sembradas, y la mitad del crecimiento de cultivos en 2016 se dio en esos dos primeros departamentos. El negocio se concentra para facilidad de compradores de hoja, cocineros, exportadores. Integración vertical, dirían los empresarios. Y las zonas de frontera se han convertido en las preferidas para la siembra, un 30% del total de cultivos está a menos de 20 kilómetros de líneas fronteriza. Ventajas logísticas, dirían los exportadores.
Mientras tanto, las casi 110.000 familias que siembran coca siguen teniendo en promedio un poco menos de una hectárea y solo el 40% hace alguna transformación a la hoja fresca. Una familia de 5 miembros gana en promedio 15 millones de pesos al año por el cultivo de una hectárea de coca. Por fuera del SIMCI algunos investigadores hablan del inicio de fincas coqueras de hasta 50 hectáreas y la conversión de las familias cocaleras en simples jornaleros para “gamonales” que siembran, cocinan y exportan.
El estudio muestra además que en las zonas de dominio histórico de las Farc (Putumayo, Caquetá, Meta, Guaviare) el crecimiento fue mucho menor que en territorios donde la presencia de actores armados es diversa o el dominio es claramente ejercido por el Clan del Golfo (Nariño, Catatumbo, Bajo Cauca). Hay una alerta clave para lo que viene. Cerca de la Zona Veredal de Caño Indio, en Tibú, la coca pasó de 2000 a 5000 hectáreas. En todo el Catatumbo las negociaciones con los campesinos, llamadas Mesas de Interlocución y Acuerdos (MIA), llevaron a que las hectáreas se cuadruplicaran en los últimos tres años. Los acuerdos pueden ser garantía de más coca, más presión ilegal y paros cocaleros. Y una tranquilidad, en las cercanías de más de la mitad de las zonas veredales no hay coca y en otras tantas el área se mantuvo estable.
El acuerdo con las Farc  entregará nuevas perspectivas, nuevas estrategias y nuevos recursos, pero la pelea seguirá siendo muy difícil con un mercado gringo creciente y un gran conocimiento acumulado.




martes, 11 de julio de 2017

Cuento Viejo




El 25 de noviembre de 2003 se desmovilizó en el Palacio de Exposiciones de Medellín el Bloque Cacique Nutibara, fue el primer desarme de las estructuras de las Autodefensas Unidas de Colombia. Entre los cerca de 800 hombres y mujeres estaba Julio Cesar Perdomo González, alias ‘El Viejo’, hombre de confianza de Don Berna. Perdomo asumió muy pronto un papel protagónico como líder y gestor de los proyectos para la reintegración. En el 2004 ya tenía su oficina, la palabra es ya una acusación, en el barrio Sol de Oriente en la Comuna 8. Su sede, mirador, fuerte y casa de castigo se conocía como La Cabaña. Desde ahí comenzó a ejercer por partida doble. Formó la Cooperativa de Trabajo Asociado Omega que pretendía montar proyectos para beneficio de desmovilizados y comunidad. La Cabaña tenía marranera, galpones, huertas y campo de Paintball para no olvidar del todo los vicios del gatillo.
Pero Perdomo y Edwin Tapias, un antiguo compañero del Cacique Nutibara, decidieron diversificar. Cobraban 250.000 semanales a las tiendas, vacunaban a los buses que llegaban hasta el parqueadero que acondicionaron, distribuían la marihuana en seis barrios y tenían un modesto deshuesadero de carros robados. Igual, Perdomo seguía posando de líder comunitario e influyendo en procesos de Presupuesto Participativo, además de mediar en disputas entre los combos de la zona. También hacía de “inspector de policía”, dando escarmiento a ladrones, y de urbanizador pirata entregando lotes a desplazados. La verdad era que trabajo sí tenía. Los testimonios de habitantes del sector en la época hablan de La Cabaña como centro de torturas y ajusticiamiento.
Luego de dos años como patrón del barrio, las denuncias sobre Perdomo y sus excesos de líder comunitario y duro comenzaron a crecer. En octubre de 2006, la Unidad Permanente para los Derechos Humanos de la Personería advirtió de las extorsiones, el desplazamiento y las presiones sobre líderes antiguos de la zona. El secretario de gobierno del momento, Gustavo Villegas, negó la existencia de denuncias concretas contra los desmovilizados del sector. Tal vez ahí comenzó el cuento con ‘El Viejo’. Pero era imposible sostener esa mentira de liderazgo, resocialización y violencia. El 5 de febrero de 2010 Perdomo fue capturado junto con 20 personas de su estructura en Caicedo. Una semana después aceptó cargos por Concierto para delinquir agravado, desplazamiento forzado, homicidio, constreñimiento y extorsión. Pasó algo más de 4 años en la cárcel y volvió a las andadas. En 2014 estaba trabajando en recuperar su poder en las comunas 8, 9 y 10. Y desde hace año y medio era el hombre de confianza de Gustavo Villegas, secretario de seguridad, para impulsar el sometimiento del flanco mayoritario de La Oficina. Además de ser su hombre para corregir algunos torcidos: robos de carros, crecimiento de extorsión y fleteros virales en redes sociales. Perdomo era un jefe de policía del lado oscuro. Y según parece más eficiente que el del lado claro.
Hasta que vino la segunda captura el pasado 15 de marzo en Medellín. Ahora la acusación era por concierto para delinquir, tráfico de estupefacientes y desplazamiento forzado. Caía el hombre que traía las razones de Pichi, Barnie, Douglas y Pesebre desde las cárceles. La policía habló de 250 hombres a su mando en el centro oriente de la ciudad. Al momento de su captura Federico Gutiérrez trinó pidiendo denuncias: “Autoridades hacen su parte. Luego de captura de Julio Perdomo es importante que ciudadanía denuncia hechos delictivos que lo relacionen”. Mientras tanto su secretario de seguridad le avisaba a Perdomo, según dice la Fiscalía, sobre operativos contra sus hombres y omitía denuncias para crear confianza. Parece que el hombre encargado del sometimiento terminó sometido. Poco a poco la familiaridad y la temeridad lo llevaron a cruzar líneas no permitidas para un funcionario. Por menos fueron condenados varios en la trama parapolítica. Hasta ahora, todo indica que el secretario prometía más de lo que podía cumplir en materia judicial, y entregaba más de lo recomendable en materia administrativa.