martes 17 de noviembre de 2009

A quién botar







Una pila de libros viejos en una casa ajena es siempre una tentación irresistible. El ojo del dueño ha perdido la capacidad de advertir la posible gracia de los ejemplares condenados a la carretilla del reciclador. Pero la mano del curioso sacude el polvo y el desdén y puede encontrar algunas divertidas sorpresas.
Por esa vía cayó a mis manos un librito de Editorial Oveja Negra titulado “¿Por quién votar?”. Ciento cincuenta páginas que pretenden dar cuenta del trabajo de los congresistas colombianos entre 1982 y 1986. Un catálogo de faltas de asistencia, tareas cumplidas, intervenciones, proyectos presentados y ascendencia entre sus compañeros. Cinco periodistas encabezados por Daniel Samper Pizano y Gerardo Reyes hacen las veces de profesores que entregan la libreta de calificaciones.
No son muchos quienes luego de 23 años de vida política pueden seguir corriendo en busca de votos. Es necesario que hayan sido políticos precoces para conservar alientos luego de años de dieta parlamentaria y otros empachos. También se necesita, según el caso, mucho cinismo o una gran capacidad adivinatoria para saltar a tiempo de los barcos que se hunden cada cuatro años o cercas eléctricas para amarrar las clientelas de siempre o una humildad electoral para terminar con decoro jugando en las elecciones regionales, o sea la segunda división.
Entre las 10 “estrellas” de Senado y Cámara elegidas por los periodistas hay dos políticos asesinados: Luis Carlos Galán S. y Federico Estrada V. También hay dos protagonistas y antagonistas del proceso 8000: Orlando Vásquez V., como Procurador encartado entre las cuentas del Cartel de Cali, y Alfonso Valdivieso S., como Fiscal General de la causa. Valdivieso es uno de los sobrevivientes luego de todas sus vueltas. Pero su arribo al Senado se dio ya por la vía del repechaje: reemplaza a Rubén Darío Quintero envuelto en líos de parapolítica. Entre los estudiantes destacados en la Cámara figuran también Cesar Gaviria T., descrito como un parlamentario “juicioso y estructurado. De muy buen balance.” Y Horacio Serpa U. que tiene las siguientes anotaciones en su libreta: “Serio, estudioso, valeroso defensor de Derechos Humanos. Goza de gran prestigio entre sus colegas”.
Pero los personajes de mayor actualidad política están en las páginas dedicadas a los alumnos entre malos y mediocres. Fabio Valencia Cossio, en la Cámara, y Luis Guillermo Giraldo, en el Senado. El primero ya mostraba la habilidad para aprobar sus iniciativas: presentó dos proyectos y los dos se convirtieron en ley. Y aprendió para qué sirve la caminadera entre las curules. Su hoja de registro advierte que faltó al 20 % de las sesiones y la anotación final lo despacha con desdén: “Cumplió con las ponencias encargadas y participó concierta actividad en los debates. Es todo. Opaco.” Saber que ahora el congreso se mueve con sus convincentes intervenciones. Luis Guillermo Giraldo tiene notas más preocupantes. Alumno participativo pero algo extravagante en sus iniciativas: presento nueve proyectos y todos fueron negados. Sus advertencias disciplinarias ocupan más de la mitad de su libreta: “Aparece señalado por la procuraduría entre los responsables de irregularidades administrativas en Caldas. Tiene mala imagen por el ejercicio del poder regional en su departamento. Opaco”. Leyendo el informe sobre estos dos estudiantes convertidos en profesores marrulleros que trabajan para el rector, pienso en la necesidad de un nuevo catálogo con las hazañas de algunos políticos trajinados. Solo habría que cambiar un poco el título: A quién botar.

martes 10 de noviembre de 2009

Ostalgie






Algunos de los antiguos productos que se ofrecían en los estantes deslucidos de la República Democrática Alemana, las camisas de poliéster, el café empacado en bolsas de papel, la Vita-Cola, han pasado del desprecio de los consumidores al pequeño altar para las reliquias. Luego del entusiasmo inicial por los esplendores de los productos que llegaban desde occidente como un prueba de otro mundo, algunos habitantes de los países del Este europeo fueron redescubriendo su gusto por la canasta familiar que los había acompañado desde siempre. En los últimos años Berlín ha visto el surgimiento de las llamadas tiendas Ostpaket que ofrecen imitaciones u originales de los productos que circulaban en la era comunista. Un juego de palabras con los Westpaket de los tiempos idos: remesas que los ciudadanos de Berlín Oeste podían enviar a sus familiares o amigos que habían quedado al otro lado del muro. Es decir, una caja mágica como las que viajan de Miami a Cuba cada diciembre.
Es posible relacionar la reciente encuesta realizada por el Pew Research Center en nueve países de la antigua cortina de hierro con la nostalgia de los consumidores de la Europa del Este empujando su carrito de mercado. En todos los países donde se hicieron las preguntas ha disminuido el entusiasmo inicial que había generado la llegada del capitalismo. Los alemanes del Este son los menos desencantados, apenas en un 4% se redujo el número de quienes aprueban el cambio al capitalismo con respecto a la misma pregunta formulada en 1991. En Bulgaria, Lituania, Hungría y Ucrania los decepcionados oscilan entre el 16 y el 34%. Los rusos por su parte se amoldan más al capitalismo que a la democracia. A la mayoría no les parece importante la libertad de expresión y para muchos el multipartidismo es una anécdota. No es raro entonces que los textos de las escuelas rusas definan a Stalin como un “ejecutivo eficaz” que llevó a la URSS a la victoria en la Segunda Guerra. Ni que una reciente encuesta haya ubicado al camarada como el tercer ruso más popular de la historia. Nadie podrá decir que Putin no está hecho a la medida de la Rusia capitalista, con más ambiciones de volver a ser un imperio que de ser una democracia.
Pero el resultado más sorpresivo aparece frente a la pregunta que intenta resolver si la gente considera que su situación hoy es peor a la que vivió bajo el régimen comunista. La mayoría de los habitantes de todos los países consultados, excepto los alemanes del Este, respondieron que se sentían en situación peor o igual. Siendo los húngaros los más arrepentidos y los polacos los más cercanos al equilibrio entre conformes y desengañados. Parece que al comienzo los ciudadanos del Este sintieron que habían vencido un régimen que los oprimía. Sin embargo, poco a poco se fueron situando en el bando de los vencidos, olvidaron las restricciones a la libertad y comenzaron a extrañar a la burocracia que les aseguraba y les ordenaba una aburrida estabilidad. Por eso una madre de Leipzig le dice a su hijo que la RDA no era tan mala: “Bastaba con no criticar al sistema y se podía tener una vida normal, como en el Oeste”.
La nostalgia del consumidor habituado a sus marcas y sabores, la ostalgie que se hizo famosa con Good Bye Lenin, puede explicar por qué muchos europeos del Este se consideran más pobres y añoran el comunismo al mismo tiempo que dicen ser más felices que en 1991. Las diferencias de salarios entre los ciudadanos del Este y el Oeste, la idea de que los políticos se llevaron la mejor tajada luego del cambio y las amenazas de la crisis capitalista acompañan bien esa nostalgia que mira con recelo las apoteosis de U2 bajo la Puerta de Brandemburgo.

domingo 8 de noviembre de 2009

Talleres Robledo





A lo largo de las carreteras que conducen a Medellín,
desde el norte y desde el sur se alinean grandes y
modernas fábricas que impresionan por sus dimensiones
y su aspecto limpio y presentable…
Hasta sus plantas industriales lucen atractivas.

David.W. Coombs 1951


Un horno eléctrico de 500 kilos reunió a su alrededor a los más importantes fieles del novedoso culto al hierro en los alrededores de la finca Las playas, en las curvas secas y los pantanos que regalaba el río. El fuego eterno de la siderúrgica, sus moldes y su pequeño taller de engranajes merecían el trazo de los mismos arquitectos encargados de los palacios y las iglesias. Y necesitaban los mismos arcos monumentales.
Desde lo alto, los edificios industriales parecen piezas de una misma máquina, ensambladas a lado y lado de las líneas que trazan los rieles y las autopistas, como si siguieran un pequeño plano de instrucciones sobre papel. El edificio de Talleres Robledo fue uno de los primeros perfiles de la máquina que se fue construyendo como orgullo industrial en el centro de la ciudad. Una pieza bien cortada con encargos variados: desde el mecanismo sutil de los volantes para los relojes de iglesia hasta los pisones de las minas y las ruedas ásperas de las trilladoras de café.
En octubre de 1939 el edificio de Talleres Robledo era ya una factoría con los resplandores rojizos del gran horno sobre las tejas de barro del techo. La siderúrgica de Medellín S.A. (SIMESA) había acogido al taller como sede de las primeras alquimias reveladas por un ingeniero alemán encargado de encender el horno eléctrico. Cuando no estaban ocupados con las grandes bolas de los molinos minerales o las ruedas del ferrocarril o los lingotes de hierro gris, los habitantes del taller se dedicaban a la fabricación de las piezas rotas de la propia máquina, una orfebrería indispensable de arandelas, tornillos y bielas sobre medida. El pabellón de Talleres Robledo era entonces la sede de los grandes hervores y de las habilidades más delicadas. Así que no importaba que su gran competidor exhibiera el nombre de Talleres Apolo.
Más tarde el edificio perdió el protagonismo que le entregaba su gran caldera y fue acondicionado como sede administrativa y carpa de dormitorios para algunos obreros. La casa de prostitución y los bares cercanos al taller no impidieron que sus obreros siguieran siendo los “afiladores” de las piezas gastadas de Simesa. No les hicieron perder el pulso. El mismo año en que el horno dejó el edificio del taller aparecieron las letras amarillas bajo el ojo único de su fachada. Letras que una forja especial ha logrado conservar durante 65 años. Al final un nuevo edificio acoge también los taladros de maquinado, la grúa, el torno Cincinati…, y Talleres Robledo se convierte en una simple bodega, “el edificio del viejo taller”.
Cuando caminamos por las calles negras de aceite de un barrio de talleres es normal que una pieza olvidada, todavía con su contramarca visible, nos llame la atención por su firmeza, por el brillo que deja ver un piñón roto, por la uniformidad como se han gastado sus surcos. Talleres Robledo es uno de esos extraños rodamientos que nos animamos a recoger del suelo, una carcasa que guarda en su memoria palas manuales, prensas hidráulicas, turbinas Pelton, masas para trapiches, campanas de iglesia, relojes de torre, puntillas, ruedas de ferrocarril…
Ha llegado el momento para las marcas más sutiles; para que el giro monótono del molino aluda a la veleta, a la aguja del reloj, al torno; ahora el punzón deberá marcar con una diferencia las piezas en serie y la fragua podrá dedicarse a sacar hilos inútiles, un nudo, un dibujo indescifrable. Las letras de Talleres Robledo son ahora una memoria y una alegoría al forjador como un profeta despreciado, un experto en artificios, un artista.
En el Distrito 798, en el noreste de Pekín, en medio de los edificios abandonados de la industria militar y electrónica que levantaron los alemanes a mediados del siglo XX, una pequeña librería de arte y el taller de un escultor fueron la piedra encargada de marcar el centro en el movido estanque del nuevo arte chino. Se instalaron en los edificios de hormigón, dejaron intactas en las paredes las consignas de Mao para los antiguos trabajadores, y fueron creando las ondas circulares que hoy señalan al barrio Dashanzi como uno de los referentes del arte contemporáneo. Talleres Robledo aspira a generar sus propias olas desde su sitio en la orilla del río Medellín, más tenues sin duda, pero ojala suficientes para rebosar el valle que nos sirve de estanque.

martes 3 de noviembre de 2009

Dios nos libre





Es una verdadera calamidad que las costumbres religiosas sean un insumo tan importante en la hora y el día de todas las comuniones electorales. Los fieles se acostumbran a oír los dictados de sus pastores, a asentir, a concurrir en fila para recibir una bendición y entregar un diezmo. Entonces muy fácilmente los fervientes creyentes terminan como fervientes votantes.
Con la llegada del Procurador al centro de la política colombiana han comenzado a agitarse temas religiosos y morales que muy seguramente serán importantes en las campañas por venir. En Medellín el tema del aborto en la clínica de la mujer ya causó un primer remesón político. La Procuraduría fue protagonista de primer orden al hacer eco de las reservas de los grupos católicos y los editoriales de la prensa conservadora. Con inusitada diligencia el Ministerio Público, cada vez con más aires de ministerio eclesial, creo un grupo especial de control preventivo para poner sobre el proyecto una lupa que no solo ausculta sino que quema con su rayo de luz.
Pero el Procurador no es solo un funcionario animado por la defensa de algunas ideas más que por la protección de todos los ciudadanos, sino también un polemista radical. Sería difícil negar que sus palabras alientan la discriminación. Uno de sus libros, que ojala sea el único, sostiene que “considerar que el homosexualismo es una opción lícita resulta tan contra natura como pretender que el hombre puede optar entre ser racional o irracional”. Recordé a las niñas rechifladas y repudiadas por todo un colegio en Manizales por reconocer su homosexualidad. Imaginé al procurador dirigiendo la silbatina en compañía de la rectora.
Parece un contrasentido que las ideas del hombre “que representa los ciudadanos ante el Estado” sean incluso más recalcitrantes que las de los sacerdotes que representan al Dios católico en la tierra. Hace unos días las directivas de la Universidad Pontificia Bolivariana retiraron un aviso institucional en el que se equiparaba la homosexualidad con la drogadicción y se le daba connotaciones de anormalidad a quienes han elegido la opción de “hombre con hombre y mujer con mujer”. Las palabras del rector, no sé que tan sinceras, son un ejemplo para Alejandro Ordoñez: “De ninguna manera se ha querido ir contra la dignidad de las personas que libremente hacen opción por la homosexualidad o el lesbianismo. Si alguno interpretó la valla como lesiva de sus derechos, la Universidad ofrece disculpas.”
Europa lleva años discutiendo la presencia de los crucifijos en los salones de los colegios públicos. Para muchos la polémica es un capricho de los constitucionalistas y una revancha de los ateos. Un Cristo de madera es un símbolo tan familiar que se ve como un adorno inofensivo. Sin embargo, viendo la militancia de algunos agentes del Estado, su celo religioso y sus compromisos personales con una determinada fe, se entiende con claridad el peligro que puede representar el Cristo colgado encima del tablero. No en vano la Corte europea de Derechos Humanos acaba de decidir que los crucifijos en las aulas constituyen “una violación de la libertad religiosa de los alumnos”. Y yo agregaría que pueden animar a una discriminación por elecciones y comportamientos que van más allá del tema religioso.
Ahora que estamos en el umbral del Estado de opinión el tema religioso se convierte en una peligrosa vara para medir a las minorías. Llevar la política hacia esos escenarios de triunfo bendecido y censuras morales será una tentación invencible con el Procurador como punta de lanza. Y Uribe usará sin duda su elocuencia de cura en vereda.

martes 27 de octubre de 2009

Proceso pendiente





Hace seis meses escribí aquí mismo una columna a manera de crónica sobre el proceso que se les sigue a nueve soldados en Medellín por la muerte en 2005 del joven Diego Alfonso Ortiz. Se trataba de construir una instantánea del momento en que los familiares de la víctima y los presuntos homicidas se encuentran por primera vez, e igualmente de dar una mirada a nuestro ritual de justicia frente a la seguidilla de ejecuciones de jóvenes humildes de la que se sindica a militares en todo el país.
La primera impresión fue positiva a pesar de la escasa majestad del salón de la audiencia, del juego de alumnos distraídos y arrogantes de los sindicados, el murmullo risueño de sus novias y el tono monocorde del secretario del juzgado al leer lo más escalofriante del expediente. Al otro lado de la balanza estuvo el peso para equilibrar la escena: el valor de la fiscal, su firmeza al hablar de las pruebas y su agallas para exigir que los militares vistieran de civil en las siguientes audiencias y dejaran quietos sus teléfonos para evitar amilanar a los testigos; la tranquilidad del juez que pareció siempre en un trono a pesar de estar en una silla más baja que la de los acusados; y la mirada respetuosa y sin alardes dramáticos de la familia de la víctima lograron que la ceremonia conservara un aire severo y civilizado. De algún modo era claro que allí estaba en juego la libertad de unos hombres, la justicia con sus inevitables letras mayúsculas y la credibilidad del Estado.
El proceso ha seguido su curso y yo intentaré cumplir mi compromiso de evitar que esta historia puntual se esconda tras los expedientes y los titulares. Las siguientes audiencias fueron una pequeña biografía de la víctima. Se oyeron los testimonios de los compañeros de caminatas: loteros y vendedores de mangos que se cruzaban en la ruta del vendedor de varitas de incienso asesinado. Se trazó la ruta de los recorridos habituales y se repitieron las conversaciones esporádicas. También oí a su entrenador en el equipo de fútbol del barrio y al amigo con el que Diego Alfonso se encontraba todas las tardes: una cerveza, unas horas de Play Station en un local de video juegos, una esquina preferida.
Pero no todo ha pasado en las salas del edificio en La Alpujarra. La calle también ha entregado algunas sorpresas. Hace unos meses una hermana de la víctima quedó pálida en el abismo de una acera luego de ver a uno de los sindicados muy campante manejando un taxi. El hombre vio la cara de asombro de la mujer y la saludó burlón. No le ofreció la carrera por simple descortesía. Se confirmaba así una de las grandes preocupaciones de los familiares de Diego Alfonso Ortiz. La debilidad deliberada de la custodia que les permite a los militares acusados comer empanadas en las afueras del juzgado.
Pero volvamos a las salas de audiencia. Durante los últimos seis meses el juicio se vio interrumpido por el cambio de juzgado debido a la entrada en vigencia del nuevo sistema penal acusatorio. Aplazamiento para que el nuevo juez conozca el expediente y tiempo y más tiempo para rumiar la tragedia. La última de las sorpresas se dio en la más reciente audiencia. Los abogados defensores planearon una treta para que algunos de los sindicados quedaran momentáneamente sin defensa y así lograr la nulidad de lo actuado. Dejaron por fuera de un poder algunos nombres, fingieron no recordar quienes eran sus defendidos y estuvieron muy cerca de lograr que todo empezara de nuevo para algunos de los acusados. Parece que solo la muerte de un familiar puede inspirar tanto valor y tanta paciencia para soportar las congojas, la incertidumbre y la desilusión que puede entregar un juicio.

martes 20 de octubre de 2009

Juan Pablo V







Concedamos que el automovilismo es un deporte, aunque la verdad yo pondría ese vértigo de monotonías al pie de las ferias de maquinaria o de las reuniones de acrobacias motorizadas o de la hípica con un poco más caballos de fuerza. Pero bueno, los pilotos sudan y al final se entrega una copa y se oyen los himnos, puede ser suficiente. Lo que si parece imposible es que Juan Pablo Montoya sea el deportista colombiano más importante de la historia.
La última edición de la revista Cambio, súbitamente convertida en la revista Motor, puso al piloto bogotano en el lugar más alto del podio deportivo nacional. Un grupo de periodistas, según parece reunidos en Tocancipá y mareados con gasolina, fueron los encargados de avalar la elección agitando la bandera a cuadros. Los argumentos del artículo central y de la oración de Clopatofsky que lo acompaña, son un buen balance de los triunfos de Montoya, pero no aportan una sola razón para situarlo por encima de otros deportistas de la galería nacional.
Se comienza con un recorrido por la vitrina de trofeos en una bodega en Miami: siete premios de fórmula uno, once de la CART, la copa de las 500 millas de Indianápolis y la pirámide que patrocina Rolex en Daytona. Luego nos dicen que tiene club de fans en Hungría, Japón y Rusia. Al momento de plantear la pregunta clave: “¿Por qué Montoya puede ser considerado el deportista colombiano de todos los tiempos?” Responden con las citas de algunos críticos internacionales que ponderan su arrojo y su serenidad, luego recuerdan un adelanto a Michael Schumacher y un record en Monza. Más tarde exhiben su hazaña de estar entre los 12 primeros de la Nascar y todo termina con los millones de televisores que se prenden para ver las carreras de carros.
Creo que nadie discute que en este tipo de elecciones en las que se compara al Happy Lora con el Hateful Montoya, a los virtuosos con los infatigables, a los forzudos con los acrobáticos, es justo y necesario que los deportes tengan un ranking. Por ejemplo, es muy difícil que María Isabel Urrutia, la única medalla de oro olímpica en nuestra historia, esté por encima de los grandes ídolos del fútbol, el boxeo y el ciclismo. La halterofilia tiene el metal más preciado pero le falta peso y reconocimiento. Por la misma razón los seis títulos mundiales de la Chechi Baena suenan menos que las camisas arco iris de Cochise y Botero. Los cronistas deportivos buscaron la objetividad en un terreno donde las equivalencias parecen imposibles, intentaron borrar las emociones, se concentraron en una lista de primeros puestos y lograron un resultado que los aleja de los fanáticos y de la verdad. Me recuerdan el ranking de equipos de la FIFA que parece construido siguiendo modelos matemáticos.
En todo caso estaría bien que recordaran que además de la CART, algo así como la Major Luegue Soccer de automovilismo, Montoya solo ha tenido victorias parciales. Y que Luis Herrera y Fabio Parra también adelantaron en alguna curva a Bernard Hinault y Miguel Induraín además de triunfar en carreras de tres semanas. También deberían saber que los ciclistas colombianos cambiaron la manera de correr en Europa y que solo Herrera y Federico Martín Bahamontes han ganado la montaña en la vuelta a España, el Giro y el Tour. Y por qué no recordar que el Happy fue el tercer mejor boxeador de mundo librar por libra y que Pambelé defendió 16 veces el cinturón más codiciado de los cuadriláteros. Y que el Pibe fue dos veces el mejor futbolista de América y Rentería dio el batazo definitivo para que su equipo ganara una Serie Mundial. Está bien que los especialistas sigan armando cuadros estadísticos mientras el público grita el verdadero escalafón: Cochise, El Pibe y Lucho.

martes 13 de octubre de 2009

Alegato desde la casa




En los últimos años hemos visto crecer el llanto de los padres y las advertencias negras de los pedagogos. Se dice sin descanso que los niños crecen abandonados mientras papá y mamá dedican sus ternuras a los clientes y sus desvelos a los jefes. Los padres se duelen del tiempo que dejan de gozar el berrinche de sus críos, y las profesoras de delantal a las que llaman psicólogas advierten que la pérdida es irreparable y que los culicagados sufrirán síndromes propios de los huérfanos.
Desde mi orilla de padre obligado a trabajar en casa quiero liderar una pequeña disidencia y aportar una voz tranquilizadora para mis colegas que ejercen desde la oficina. Les digo con sinceridad que no se pierden de mucho mientras están en el escritorio. Los niños se repiten sin remedio. Las rabietas antes del baño son más o menos iguales, se comen la gelatina con el mismo gesto todas las mañanas, rechazan el huevo con la misma mano repelente y tiran la misma puerta cuando su muñeco no se deja poner el mismo saco. No se preocupen. Tarde o temprano terminarán conociendo a sus hijos de memoria, es imposible sustraerse a sus rutinas, es muy poco factible perderse sus primeros conteos hasta diez. Habría que trabajar perforando pozos en Siberia. Estamos obligados al lobo está y la rueda, rueda. La cuestión es simplemente de grado, a unos nos corresponderá dar más vueltas que a otros.
Y si los niños se repiten pues los padres ni hablar. Poco a poco el pequeño aprendiz va logrando reconocer el tono severo que implica una advertencia y acostumbrarse al gruñido que es ya un reproche y esquivar el grito definitivo que anuncia el castigo. Muy pronto el hijo acaba por descifrar a padre y madre, usa las argucias del llanto y el grito para doblegar los tímpanos del padre impaciente, y recurre a sus mejores muecas para vencer la firmeza educadora que la madre ha reforzado a punta de bibliografía. Cada vez es más difícil fingir una rabieta paterna, zanjar un capricho con la vieja promesa de todos los días o escabullirse sin riesgo de compañía en busca del trabajo en el bar más cercano.
De otro lado, el padre y la madre de oficina siempre podrán ufanarse de sus rutinas frente al hijo que los ve partir todas las mañanas. Podrán engalanar sus llamadas por teléfono y sus reuniones, su labor frente a la máquina de hilar o frente al computador con las historias fantásticas del territorio desconocido. Y contarán sus viajes a una planta de producción en Neiva como una experiencia fascinante. Recuerdo el temor y el hipnotismo que me producía la primera oficina de mi papá, la primera que conocí, en una fábrica de polímeros y fibras químicas. Pero el padre que trabaja en casa no es más que otro vicioso de la pantalla, nada magnífico hay en sus intentos frente al computador y sus caminatas con el teléfono en la mano. Es solo un rival que cambia Discovery Kids en busca de ESPN y prefiere los jeroglíficos de la prensa en vez de las juergas de Rin Rin Renacuajo.
Los padres que llegan en la noche a la casa suelen llorar conmovidos con las nuevas gracias que les regalan sus hijos. Los que estamos todo el día en la casa-guardería miramos con ganas de llorar, agotados, la eterna repetición que exige el simple ejercicio de ponerse los zapatos. Padres de oficina, disfruten el trabajo, entiendan que mientras ustedes miran su Excel con toda tranquilidad, yo debo disputar el teclado con mi pequeño ángel de la guarda para poner este punto final.