martes, 19 de marzo de 2019

Bronca al parque





Las agresiones comenzaron hace quince días. Un energúmeno vestido de policía decidió que barrería el Parque del Periodista en el Centro de Medellín con su rastrillo de arbitrariedades. Se paseaba por el parque insultando a todo el que se moviera, despreciando a quienes a su vista solo se ajustaban a dos categorías: criminales o viciosos. Exhibía la más triste de las majestades, una soberbia fundada en el miedo, en su arma y su posibilidad de decidir si alguien debe ser golpeado, esposado y enviado a un encierro de corto plazo con una multa a la espalda.
El sábado pasado regresó al parque con su método copiado de la brutalidad de Duterte en Filipinas. Pretendía imponer una multa a una joven simplemente porque estaba al lado de alguien que se estaba fumando un bareto. Infracción de lesa cercanía a ese humo maldito. Los insultos se repetían para la pareja. Cuando buscaba en el piso con su linterna, esculcando cuscas como si fueran tesoros, le pregunte que si había encontrado un cargamento. Un atrevimiento contra un largo recorrido de abusos. Inmediatamente prometió una multa por mi osadía y me pidió la cedula con la arrogancia de quien sabe que impondrá su capricho a manera de ley. Cuando le entregué la cédula luego de varias amenazas vino una nueva retahíla de insultos y la promesa de dos nuevas multas. “Lo voy a clavar”, me aseguró. Desesperado frente al atropello le quité mi cédula. Vino entonces el asalto de al menos seis agentes.
Llegaron al bar donde estábamos y sin mediar palabra tiraron mesas y sillas, agredieron a la mesera que intentaba preguntar qué estaba pasando, golpearon a las mujeres que pedían un mínimo de respeto. Todo sin decir absolutamente nada, solo con la actitud humillante que demuestra que eligieron a los ciudadanos como sus enemigos.
Un minuto después estaba montado en una patrulla luego de tres puños en el estómago y una apercuellada digna de mejores delincuentes. Una mujer que grababa el operativo fue premiada con una zancadilla. Hubo pata para todos. La patrulla arrancó batiendo su sirena con urgencia, como si llevara al Chapo Guzmán en su banca de lata.
Al llegar al Centro de Traslado por Protección me recibió un civil en una mesa para oír mi testimonio. Aparecía una voz distinta a la de la intimidación, alguien que hacía recordar que aún había derechos. Mientras tanto los alardes del agente desorbitado dejaban todo claro en la barra del bar: “Ese Código quedó perfecto para lambérnoslos a todos”. Cuando llegó a la mesa de descargos ya la apuesta iba en cuatro comparendos. Pidió mi cédula y comenzó la lucha con los formularios. Preguntó mi edad, le dije que en la cédula estaba mi fecha de nacimiento. No logró hacer la cuenta. Le pidió ayuda a la calculadora de su compañera. Por las matemáticas comenzó a fallar la arrogancia y ahora el policía me llamaba a un lado a buscar una charla sobre lo sucedido.
De pronto recibí una llamada del Comandante de la policía metropolitana, un amigo periodista había llamado a reportar el caso, y el general me preguntaba por el operativo. El agente ahora decía que tenía que mejorar, que ese sitio era complicado, pero que él incluso tenía amigos allá, que sus compañeros lo llamaban ‘Comparendo’ y a veces se le iba la mano. Era triste el salto abrupto de la brutalidad a la sumisión, del descaro a la enmienda. Mi trabajo de todos los días me entregó en blindaje contra el despotismo menor, una opción de que mi versión fuera oída y tomada en cuenta. De lo contrario, a la humillación, los golpes y la tristeza de ver a amigos y familiares aporreados, le habría sumado doce horas en compañía de un enajenado en una cancha de micro enmallada y unos tres millones de pesos en multas. Regresé al parque, ya sin sirenas, en la patrulla abullonada de un Mayor que intentaba aquietarlo todo. “Espero no banderearlo mucho”, me dijo al despedirme de nuevo en ese parque visto como una muela picada.


martes, 12 de marzo de 2019

Objetor General de la Nación







Néstor Humberto Martínez se ha convertido en el más importante funcionario del gobierno de Iván Duque. La inseguridad de un presidente que se debatía entre la desobediencia y la sumisión, la vacilación de un gobierno sin rumbo ni credibilidad, lo convirtieron en un norte inesperado, un bastón poderoso y amenazante. Pero el Fiscal cobra su cuota por el apoyo prestado, se escampa en la Casa de Nariño luego de su exhibir la desvergüenza para estar en las sillas públicas y privadas de los grandes escándalos nacionales. A cualquier político como Martínez le preocupa que su imagen desfavorable crezca 26% de octubre pasado a febrero de este año. De modo que un presidente temeroso y un fiscal desprestigiado decidieron formar una dupla cercana a la de los borrachos que se tambalean y se sujetan mutuamente.
La ministra del interior, Nancy Patricia Gutiérrez, no ha logrado un mínimo liderazgo en el Congreso y para la opinión pública sigue en su rol de excongresista. La ministra de justicia, Gloria María Borrero, todavía no se aprende el nombre del presidente y desistió de la reforma a su sector en medio de una dosis mínima de atención nacional. De modo que Néstor Humberto es ahora el ministro del interior y justicia. Se convirtió de nuevo en súper ministro como en tiempos en que manejaba el “computador de palacio” en el gobierno Santos. Solo que ahora maneja la agenda no con ofrecimientos burocráticos sino con señalamientos penales.
Las objeciones a la Justicia Especial para la Paz consolidaron su liderazgo. Duque y su partido todavía se miraban con algo de recelo, y el expresidente Uribe, con una opinión desfavorable del 55%, tenía miedo de ahuyentar al pupilo con su zurriago. Entonces apareció Martínez. El 18 febrero Duque dijo muy claramente que no objetaría la ley estatutaria de la JEP: “Yo no voy a entrar a controversias con la Corte Constitucional, tengo una preocupación, pero desafortunadamente esa preocupación no es objetable porque salió del texto…Es preferible tener ley estatutaria que no tenerla porque se necesitan normas claras y no la incertidumbre normativa”. Ese mismo día Néstor Humberto envió una carta pública al presidente con cuatro reparos a la ley estatutaria. Esos reparos ya habían sido respondidos negativamente por la Corte Constitucional pero  se trataba de un acto político más que de una pretensión jurídica. El mismo día en la tarde Uribe recogió la pita del Fiscal y lanzó siete trinos para descalificar la JEP. Incluso mostró su verdadero propósito: “Bueno que objeten la JEP, mejor eliminarla”.
Ahora parecen increíbles las declaraciones de Martínez en noviembre de 2017 luego del fallo de la Corte que declaró constitucional el Acto Legislativo que creo la JEP: “Sentencia histórica sobre la JEP reafirma fundamentos del Estado de derecho y siembra bases de una paz estable y duradera para todos", escribió en la cuenta de Twitter de la Fiscalía. Pero un año después, con los audios de Pizano a sus espaldas, ya afilaba imputaciones contra funcionarios de la JEP por lo que llamó “acciones inenarrables, falsedades y fraudes procesales” para permitir salida de líderes de las Farc de los Espacios Territoriales. Y el pasado 1 de marzo lanzó un envión definitivo con la captura del fiscal Carlos Bermeo. La sincronía con Uribe fue perfecta. Cuatro días después el senador decía en la Comisión VII: “Lo que hasta hace pocos días no tenía condiciones para ser derogado, uno no sabe hasta donde estos hechos bochornosos de la JEP –previsibles por su origen– lleguen a decirle a los políticos y a la opinión pública, hay que derogar la JEP”. Ahora el fiscal asegura que no tiene pruebas que conecten actuaciones de Bermeo con el caso Santrich. Pero el hecho político está consumado. Funéstor Humberto Martínez es hoy fundador de Cambio Radical y hombre fuerte del Centro Democrático. Y Duque tiene ahora un jefe y un acudiente.







martes, 5 de marzo de 2019

Pongan huevos






El 23 de marzo de 1895 se jugó el primer partido de fútbol femenino en Inglaterra. Luego de algunas dificultades para encontrar una cancha los carteles anunciaron el juego en Nightingale Lane, un campo cercano al hipódromo Alexandra Park en Londres. Fue un divertido y deslucido 8-3 entre las jugadoras del recién fundado British Ladies Football Club. En realidad fue más un entrenamiento a puerta abierta al que asistieron cerca de 10.000 espectadores y al menos redactores de 4 medios para el cubrimiento. Se juntaron dos oncenos con las cerca de 30 jugadoras inscritas en el único equipo existente, uniformes rojo oscuro y blanco y azul marino para las escuadras. La indumentaria no era un asunto menor. El fútbol no les estaba prohibido pero los códigos de vestuario para las mujeres eran exigentes. Al final jugaron con blusas anchas como un globo, pantalones de pescador rematados por medias altas y una gorra para coronar el dibujo que publicó la revista The Sketch.

Las crónicas del juego hablaron de las risas en la tribuna, de la precaución y la cautela como regla del juego y de un público que aplaudió de pie a las jugadoras al final del juego. La novedad estaba por encima de la calidad: “Los primeros minutos fueron suficientes para demostrar que el fútbol femenino, si se toma como racero a las damas británicas, está totalmente fuera de juego. Un futbolista requiere velocidad, juicio, destreza y habilidad. Ninguna de estas cuatro cualidades fue evidente el sábado. En su mayor parte, las damas deambularon sin rumbo por el campo en un trote sin gracia... Las reglas más elementales del juego eran desconocidas, y el árbitro, el señor. C. Squires, sufrió un tiempo eterno”. La mejor de la cancha fue una diminuta delantera que la afición apodó ‘Tommy’ por su parecido a un niño. Pero también hubo un cronista con una visión que fue un poco más allá de los 60 minutos que se jugaron. El Jarrow Express publicó: “Las futbolistas no desaparecerán por una serie de artículos escritos por unos viejos que solo admiran el juego…Si la mujer futbolista muere, morirá peleando”.
La mujer que peleó ese primer partido se llamaba Nattie Honeyball y sus declaraciones a la prensa iban mucho más allá del manido recuento de esfuerzos tras la pelota. Uno años antes en Nueva Zelanda se había aprobado el voto para las mujeres y flotaba un aliento feminista entre algunas mujeres de las élites: “No hay nada falso en la fundación del British Ladies Football Club. Lo hice con la resolución de demostrarle al mundo que las mujeres no somos las criaturas ornamentales e inútiles que los hombres se encargan de fotografiar… Espero con ansias el momento en que las mujeres puedan sentarse en el parlamento y tener voz en la dirección de los asuntos que más les interesan”.
Pronto los diarios dejaron de cubrir los juegos y en 1902 se firmó una moción para prohibir a los equipos masculinos afiliados a la liga inglesa jugar con equipos femeninos. Algunas escritoras de la época repudiaron la práctica de deportes donde no se usan enaguas y el fútbol femenino solo regresó durante las guerras, como evento benéfico, cuando los hombres estaban en los frentes de batalla. Las jugadoras de clase media no tenían una conciencia de defensa de los derechos de las mujeres y aún faltaba una década para la aparición de Emmeline Pankhurst y su Unión Social y Política de Mujeres en Inglaterra. Las futbolistas fueron pioneras de batallas hasta entonces desconocidas. El balón era solo un pretexto. Las prohibiciones futboleras solo comenzaron a vencerse en los años sesenta y el primer Campeonato Mundial femenino llegaría solo en 1991. Algo debe decirnos que Noruega y Suecia, dos de los países con mayor igualdad de género en el mundo, sean actuales potencias del fútbol femenino.






miércoles, 27 de febrero de 2019

Fin de semana









No queda más que compadecerlo. Está sometido al peor de los oficios, uno que incluye la farsa y la solemnidad, que puede mover a la muerte y a la risa con un mismo gesto, que no permite el silencio y obliga a mirar a los ojos al circo y la tragedia. Todo son urgencias según el tono y la premura de sus ayudas de cámara, sus componedores de discursos, sus consejeros de última hora. En el avión, desde lo alto, a vuelo de pájaro, tiene tiempo de improvisar una palabra propia para cada uno de los interrogantes que agitan aguas y levan polvo allá abajo. El atril con el escudo patriótico y el micrófono presto es su patíbulo. Y así, con la banda presidencial sobre el pecho y el ceño fruncido que mira por la ventanilla, en medio de la agitación de sus segundos, el hombre sabe que tiene un primero que lo observa con atención, que lo oye y lo evalúa día a día. Sabe que su acudiente es también una especie de enemigo.
El viernes en la mañana estaba invitado a una significativa explosión. Un edificio maldito iba ser destruido como homenaje de pólvora a las víctimas. Se inauguraría una nueva era. Además del ruido habría concierto, algo de gala y besamanos. La estampa del presidente basta y sobra. Y cuando la sola presencia es suficiente homenaje, las palabras se desdeñan como simple añadidura. De modo que no importa soltar las más tristes y más gastadas mentiras: “…el evento que va a ver el mundo el día de hoy significa la derrota de la cultura de la ilegalidad y el triunfo de la cultura de la legalidad…Significa también la resiliencia, la fuerza y la grandeza del pueblo colombiano y antioqueño que tuvo que soportar por años esta violencia y que se ha parado siempre firme y ha sido capaz de superarla con convivencia, con una clara convicción del imperio de la ley…” Pero no todo el mundo estaba atento al complejo de culpa de una ciudad mediana en Colombia, una ciudad en muchas partes acorralada por el control de los ilegales, por sus amenazas y sus promesas, una ciudad heredera de narcotráfico de los ochenta que ha refinado sus mafias y hoy es sede de 10 de las 23 más grandes organizaciones criminales del país. Está bien que las mentiras sean inevitables en el discurso de los políticos, pero el cinismo se puede evitar aunque sea un poco.
De nuevo al avión. Ahora iba rumbo a la frontera para atender compromisos con el hemisferio, para actuar en un escenario más severo y riesgoso. También había concierto. Al menos lo acompaña la música de fondo. Se trata de contraponer unos valores, de denunciar una opresión. Señalar a un reconocido maleante es una virtud indiscutible, un trabajo supuestamente sencillo. Era un viernes de simbolismos. El problema es que el gesto humanitario puede traer consecuencias inesperadas. Y es fácil terminar como simple instrumento de mandamases: “Para hacer ruido se elige a la gente más pequeña, los tambores”. El sudor y los gases lacrimógenos alientan la grandilocuencia. De nuevo al atril: “Digamos las cosas como son: hoy en día eso es casi equivalente a lo que fue la caída del muro de Berlín…” El presidente hablaba desde el puente Tienditas como escolta de unos camiones con comida y medicinas para un país vecino. Acarreaba el apoyo de un presidente megalómano que lucha en su país por levantar su propio muro. Todo terminó en un repliegue y una refriega menor. En el avión de regreso pensó en dos palabras claves: paciencia y prudencia.
La primera de ellas le serviría para hablar en su próximo destino. Ahora hablaba desde un aeropuerto menor en un pueblo inundado en el Chocó. Esta vez no hubo música. El domingo pudo dedicarlo a las tareas de historia de sus hijas. 


















martes, 19 de febrero de 2019

También caerá





En diciembre pasado el contralor departamental anunció sanciones para los alcaldes que gastaran recursos públicos en pólvora. El próximo viernes se verá en Medellín el mayor gasto de la historia en Juegos pirotécnicos. La alcaldía decidió demoler el edificio Mónaco, donde Pablo Escobar vivió un poco más de dos años, para “derribar una estructura mental: la que acepta la ilegalidad como camino.” La paradójica idea de derribar para construir memoria tendrá un costo de 30.000 millones de pesos. Hasta ahora no se sabe muy bien en qué se gastará la plata. Unos cuantos miles en la demolición, 6.000 millones en el Parque que se construirá y otro tanto en el espectáculo que casi incluyó narradores deportivos para gritar en el momento cumbre desde el Club Campestre de Medellín, escenario para el avistamiento de la magna implosión.
La administración de Federico Gutiérrez lleva tres años largos en una lucha denodada contra un fantasma. Al alcalde lo atormenta la sombra de Pablo Escobar sobre la ciudad, los hitos inevitables de su estela de terror, las cicatrices, la herencia de su demagogia millonaria de político menor. Habría que desmontar una buena parte de la ciudad para borrar las huellas de la mafia. Pero al alcalde lo angustia sobre todo el vínculo que hacen los extranjeros entre Pablo Escobar y Medellín. Un tipo de complejo muy común en las sociedades que tienen un sentimiento de culpa y una desmesurada intención de exhibir y exagerar sus virtudes. La administración ha terminado persiguiendo a los hostales que ofrecen un tour tras los pasos de Escobar. El chantaje ha llegado de la mano de sanidad y otras dependencias encargadas de la asepsia material y moral.
La administración nunca entendió que es más útil construir un discurso que controvierta el que muchas veces ha enaltecido la figura del capo en la ficción. No logró ver el Edificio Mónaco como una oportunidad para entregar una versión plural y compleja de nuestras tragedias, más allá del turismo barato y las apologías. No supo aprovechar una parada obligatoria en ese recorrido tras los narcos para hablar de una guerra impuesta, para entregar aunque sea unos fragmentos de las mejores reflexiones Made in Medellín acerca de los efectos de la mafia sobre una sociedad tan ávida como desvalida.
Es imposible que se marque un punto de inflexión con un estallido oficial luego de 31 años de un estallido criminal. Medellín tiene todavía vivo el poder de la mafia en sus barrios. Llevamos tres años seguidos con homicidios al alza, un estudio oficial reciente en 247 barrios y 61 veredas mostró que en el 80% de los territorios visitados se hacen cobros extorsivos, los pillos cada vez tienen más poder sobre la economía legal, un secretario de seguridad nombrado por Gutiérrez terminó en un proceso por sus vínculos con las estructuras criminales. La dinamita solo sirve para que los medios giren la cabeza, para la instantánea y el discurso, para el aplauso complaciente acompañado de palito de queso en el Club Campestre.
Todas las decisiones en este caso se tomaron lejos de la ciudadanía, a kilómetros de las instancias que se habían construido alrededor de la Casa de la Memoria, huyéndole a la discusión pública, como si se tratara de un ejercicio privado entre algunas empresas “patrocinadoras” y el alcalde. La policía tiene en algún patio la escultura La Nueva Vida del maestro Arenas Betancourt que adornaba el edificio. Buscan sacar unos pesos bajo la lógica de los chatarreros. Muy seguramente terminará en el parque como un dudoso homenaje a las víctimas. La esposa de Escobar dijo en su libro que la escultura era un símbolo de su familia. Una nueva historia para el inevitable peregrinaje.



miércoles, 13 de febrero de 2019

Apague y vámonos









Entre 1930 y 1970 se crearon en diferentes países de América Latina al menos 10 empresas públicas dedicadas a la generación de energía. Todas construyeron sus capacidades y recursos de la mano de las centrales hidroeléctricas y se encargaron de mover a la industria naciente y de iluminar a las aglomeraciones urbanas cada vez más exigentes. En 1970 las hidroeléctricas proveían cerca del 50% de la energía que consumía la región. Colombia era, detrás de Brasil y México, el tercer país en generación hidroeléctrica en América Latina. La experiencia acumulada y los recursos hídricos (tres veces mayores que el promedio de nuestros vecinos) nos han llevado al punto en que estamos hoy: durante las temporadas de invierno las hidroeléctricas generan hasta el 85% de nuestra energía, y en un verano como el actual están generando algo más del 62%. Tenemos 33 embalses de magnitud en diferentes cuencas andinas en el país y una cobertura de energía que supera el 97% de la población.
El acumulado de problemas en HidroItuango, tan grande que todavía genera incertidumbre sobre la viabilidad del proyecto, ha llevado a algunos a cuestionar la existencia misma de los embalses, a descalificar la energía hidroeléctrica como una posibilidad. Un bonito discurso para dejar correr los ríos y bajar el brake. Parece que muchos han olvidado que la actividad humana implica siempre una elección entre males mayores y menores. Es lógico que las presas tienen un efecto sobre los ríos, sobre su cauce y sus ecosistemas cercanos. También lo tienen nuestras ciudades que encausan, ensucian y luego intentan limpiar, y los cultivos que toman agua para el riego, y las canteras que sacan piedras y arena, y el turismo que arrima a las orillas con sus fiambres y sus cremas. El tono de los radicales de hoy es muy similar al de Tomás Carrasquilla hace 100 años mirando al río Medellín: “Frente a tu señora no podrás hacer tus contorsiones ni correr por donde quieras. Tus bancos de arena, tus serpenteos, los dejas para afuera. Aquí te pusieron en cintura, te metieron en línea recta; te encajonaron, te pusieron arbolados en ringlera. Has perdido tus movimientos, como el montañero que se mete en horma, con zapatos, cuello tieso y corbatín trincante.”
Pero más allá de los cantos bucólicos están algunas cifras para el consuelo. Europa intenta “descarbonizar” su energía y frenar la expansión nuclear que ha dejado desastres de magnitud e implica riesgos permanentes. Inglaterra cierra sus térmicas alimentadas con carbón y Francia lucha por clausurar 17 de sus 58 reactores nucleares. En el mundo se reconoce a América Latina por generar el 52% de su energía con centrales hidroeléctricas y ser un líder mundial en las emisiones bajas en carbono. Para muchos especialistas, nuestra región tiene “la matriz energética más limpia del mundo”. Sin desconocer los efectos ambientales y sociales que tienen las grandes centrales, y los necesarios controles y compensaciones.
Los cambios significativos hacia otro tipo de energías renovables no se verán en el corto plazo. En América Latina se construyen hoy 10 megacentrales, HidroItuango es la tercera en esa lista. Si se lograra la meta del gobierno para los próximos 5 años, energía eólica y solar ofreciendo el 10% de la canasta energética, eso significaría que producirían apenas dos terceras partes de lo que promete HidroItuango.
El corrillo contra las hidroeléctricas está obligado a pensar en alternativas y consecuencias, o simplemente prender la vela.






martes, 5 de febrero de 2019

Un alegre descubrimiento






Resulta extraña una conversación sobre drogas por fuera del ámbito político y legal, lejos de los decretos, las penas, las sentencias y cerca de los secretos, las revelaciones, la ciencia. La extrañeza aumenta cuando esa conversación es pública y no incluye descalificaciones morales. No hemos acostumbrado tanto a ligar las drogas con la policía, el escarnio, el miedo y la violencia que una charla que incluya los términos LSD y Psilocibina acompañados de palabras como espiritualidad, apertura de conciencia, introspección resulta una especie de cesión de brujería. Luego de cincuenta años de guerra contra las drogas las superstición moral se ha hecho regla, la ignorancia se ha convertido en obligación.
Hace una semana estuvo en Colombia el periodista Michael Pollan, autor del libro Cómo cambiar tu mente, una investigación sobre el auge médico, la histeria moral y el resurgimiento reciente de los psicodélicos en Estados Unidos. Sus charlas sobre esa especie de historia personal y científica de dos sustancias entregan una visión necesaria para un país que todavía comparte las taras que impuso Richard Nixon en Estados Unidos desde el 20 de enero de 1969, día de su posesión.
Albert Hofmann, químico suizo, y Robert Gordon Wasson, banquero de Nueva York, son unos de los protagonistas del libro de Pollan. El primero sintetizó, por golpes del azar, el LSD cuando trabajaba en una droga para la circulación en los laboratorios Sandoz en Basilea. El segundo buscó durante años los hongos alucinógenos en México hasta que los encontró en Huautla de Jiménez, en el estado mexicano de Oaxaca. Los españoles los habían conocido recién llegados a América y los habían proscrito como herramienta del paganismo.
Durante finales de los cincuenta y casi todos los sesenta las sustancias gozaron de un repentino entusiasmo entre médicos, psiquiatras, artistas y académicos. Fueron usados de manera legal para tratamientos contra depresiones, trastornos postraumáticos y psicóticos y otras dolencias. Según Pollan las dos sustancias fueron la base de la neurología moderna: “Una buena manera de entender un sistema complejo es alterarlo y luego ver qué sucede. El hecho de que microgramos de LSD pudieran producir síntomas similares a la psicosis inspiró a los neurólogos y psiquiatras a buscar la base neuroquímica de los trastornos mentales, cuyo origen antes se creía de orden psicológico.”
Cuando las drogas psicodélicas alentaron la contracultura y se convirtieron en un rito de iniciación de miles de jóvenes, apareció lo que Pollan llama un “pánico moral”. Nixon convirtió a Timothy Leary, un profesor de psicología que había hecho experimentos con el LSD, en el hombre más peligroso de los Estados Unidos. La guerra contra las drogas entregaba una herramienta perfecta para la política: un señalamiento de depravación sobre los negros y los hippies. Ahora los gringos hacían algo similar a lo que habían hecho los españoles casi 500 años atrás. “Las drogas psicodélicas alimentaban la contracultura, y la contracultura estaba minando la voluntad de luchar de los jóvenes estadounidenses. La Administración de Nixon trató de mitigar la contracultura atacando su infraestructura neuroquímica.” El tabú y la política le habían ganado a la ciencia y durante décadas se archivaron las investigaciones. Los pioneros en el uso terapéutico ahora eran más dealers que científicos.
Pero las investigaciones han vuelto y los usos se han sofisticado. Ya no se habla solo de psicosis, adicciones y depresiones, ahora se busca alertar una espiritualidad, despertar la conciencia, buscar una ruta contra “el cemento de los hábitos mentales”. Pollan no es un profeta de la psicodelia, es un autor de 63 años con una mente bien amoblada más allá de los prejuicios y las panaceas, un antídoto frente a la larga adicción al ignorante tutelaje del Estado frente a las drogas.