miércoles, 4 de mayo de 2016

Promesas mineras







Desde las ciudades la minería es vista como un único demonio. Sea que la hagan ilegales en el río Sambingo, en el Cauca, o en las laderas de Buriticá, en Antioquia; sea que la muevan barcazas en Santa Marta o el largo tren carbonero en La Guajira. No importa que las siglas de quienes explotan las vetas sean de una multinacional o de una Bacrim, desde el hollín de las ciudades se percibe la misma destrucción y la misma riqueza en manos de unos pocos, así estén encapuchados o encriptados tras unos contratos casi siempre opacos. No extraña entonces que la delimitación de Santurbán sea una victoria para los universitarios en Bogotá y una derrota para los habitantes de Vetas y California en Santander. O que en Ibagué buena parte de la ciudadanía apoye una consulta, impulsada por el alcalde y una mayoría del concejo, para evitar proyectos mineros en las tierras del municipio.
 Pero es imposible negar que no pocos departamentos y municipios se han acostumbrado a economías mineras. Casanare, Meta, Guajira y Cesar reúnen más del 20% de su Producto Interno Bruto en la extracción de recursos no renovables. Su dependencia de las transferencias de la nación y los recursos del Sistema General de Regalías ha ido creciendo hasta hacerlos inviables sin el trabajo de los taladros, el estruendo de la dinamita y el trajín de los carrotanques y las volquetas. La Guajira, por ejemplo, solo logra el 12% de sus recursos con ingresos tributarios propios, la mayoría por impuesto al consumo de cerveza y estampillas. En 2014 los ingresos corrientes del departamento fueron de 65.593 millones de pesos frente a los 565.374 millones que ingresaron por regalías en los años 2013 y 2014. Si se mira el índice de dependencia de las transferencias y las regalías que ha construido Planeación Nacional, Casanare, Cesar y el Meta tienen incluso mayores necesidades de los ingresos mineros que la propia Guajira.
La pregunta más importante es qué tanto aportan los ingresos extraordinarios a las condiciones básicas de los habitantes en las zonas mineras. Una respuesta provisional acaba de intentar Fedesarrollo con un estudio sobre los 5 municipios guajiros (Albania, Barrancas, Uribia, Maicao y Hatonuevo) con influencia directa de El Cerrejón. Sobre los ingresos recibidos no hay duda. Solo en impuesto de renta El Cerrejón pagó en 2014 algo más de 200.000 millones de pesos y en regalías la cifra alcanzó 461.000 millones. La Guajira ha mejorado sus números gruesos en sus últimos 4 años, su índice de pobreza cayó desde el 69.8% en 2010 hasta 53% en 2014. Aunque sigue estando muy lejos de la meta de 28.5% planteada para 2015, y sus cifras solo son mejores que las de Chocó y Cauca. En ese mismo lapso de tiempo los 5 municipios bajo influencia de El Cerrejón mejoraron en cerca de 19% el Índice de Desarrollo Integral que mide Planeación Nacional basado en cumplimientos del Plan de Desarrollo, eficiencia en provisión de servicios de educación, salud y agua potable, y gestión y desempeño fiscal. Los municipios cercanos a El Cerrejón mejoraron más que otros municipios carboneros y petroleros con ingresos per cápita similares. Maicao fue el caso más destacado, logrando pasar de desempeño “bajo” en 2010 a “sobresaliente” en 2014.

Las mediciones también demuestran que los municipios no logran garantizar continuidad y calidad en sus servicios. Al momento de medir eficiencia todos tienen resultados decrecientes sin importar que los recursos sigan llegando. Derroche, debilidad institucional y corrupción son una constante difícil de cambiar. Los recursos mineros sirven para perpetuar malas costumbres administrativas y tumbar a muy bajo ritmo las condenas de la pobreza.  

martes, 26 de abril de 2016

Barras Vs Bandas






Entre narradores, comentaristas deportivos y algunos aficionados al fútbol por televisión se ha expandido una idea que pretende igualar a las barras con los combos delincuenciales. La generalización busca convertir el barrismo en un delito y aislar de cualquier contacto con la sociedad a los jóvenes que agitan sus trapos y ponen a cantar a los estadios. Según el prejuicio ambiente las barras se deberían separar de los “hinchas decentes”, de los clubes y de las entidades públicas con una malla electrificada que corone una filosa serpentina de acero: “Confinar a los vándalos”, es la consigna que se oye todos los fines de semana luego de que los noticieros repiten alguna escena de violencia entre hinchas 
Según el reciente Plan Decenal de Seguridad, Comodidad y Convivencia en el Fútbol 2014-2024, realizado por el gobierno con apoyo de la Dimayor, autoridades regionales y policía, en Colombia hay unos 50.000 jóvenes, la mayoría menores de edad, pertenecientes a 25 barras de equipos de la A y la B. Esos jóvenes son vistos muchas veces como una preciada mano de obra para los líderes del crimen organizado en las ciudades. Convertir una barra en una mafia, al estilo argentino, donde manejan parqueaderos en los alrededores del estadio, microtráfico, clientela para políticos oportunistas, jóvenes dispuestos para las vueltas más bravas, chantaje a jugadores y directivos es un asunto sencillo para quienes manejan combos en las ciudades. Tienen plata, fierros y un prestigio rudo que convence a muchos pelaos de los barrios. El peor de los errores que pueden cometer el Estado, los equipos, los aficionados y los medios es entregar ese rebaño áspero al dominio de los ilegales, aislarlos para que otros los acojan. Muchas administraciones municipales lo han entendido y han hecho trabajo social que para algunos resulta impresentable, logrando legitimidad para el Estado y la exigencia de una responsabilidad colectiva para las barras 
Hace poco se oyó el estribillo descalificador de buena parte de la prensa luego de un artículo, mentiroso y malintencionado, que hablaba las boletas que Atlético Nacional le entrega a la barra Los del Sur. Desde junio de 2011, cuando desaparecieron en Colombia las mallas que separan a los hinchas de la cancha, los directivos de Nacional se reunieron con los líderes de la barra para planear una estrategia. Cerca de 150 jóvenes de Los del Sur se pusieron una camisa naranja y asumieron el compromiso de defender la cancha, de hacer autocontrol, de servir como anticuerpos a esa masa de 9000 hinchas en la tribuna sur del Atanasio. Palomino marcó el 3-1 frente al Tolima en los últimos minutos y se fue a celebrar frente a Sur, la avalancha parecía inevitable, pero la cadena de los jóvenes de naranja logró parar esa marea para muchos incontrolable. Ese día los llamaron alcalde, presidente del club y comandante de policía a felicitarlos. Entonces nació una empresa de logística que se encarga de hacer un trabajo de regulación al interior. No se trata de asumir funciones de la policía, solo de evitar que la policía tenga que intervenir. Ahora algunos de los jóvenes antes más belicosos cobran 30.000 pesos por partido, sienten un compromiso distinto al del tropel y entran anotados en una lista del club. La empresa ha trabajado en logística de eventos de diferentes al fútbol. Eso es lo que a muchos les parece un descaro. Según ellos sería mejor queMemín’ u otro bandido fuera el contacto para el “trabajo social” de las barras.  
Los jóvenes son los principales protagonistas del fútbol en los estadios. Una brecha entre comentaristas más cercanos al El Dorado que al abismo de las tribunas de hoy pretende acabar con las barras negándoles su importancia para los problemas y las soluciones. Mientras la policía de Bogotá reporta 53 riñas cada hora en las calles, se pretende condenar a las barras como un fenómeno de violencia intrínseca. En ocasiones jugar rana en la tienda puede ser más peligroso que ver fútbol en la tribuna. 



miércoles, 20 de abril de 2016

Contragolpes








Son truculentas las batallas entre congreso y ejecutivo. Se pasa muy rápidamente del apretón de manos en los pasillos a la acusación encendida desde el atril. El sismógrafo de las bancas parlamentarias es sensible a cualquier inclinación del gobierno. Los congresistas son hombres nerviosos, asustadizos. En últimas es más fácil empujar una avalancha que sostenerla. Dilma Roousseff tenía el apoyo de 294 diputados de la Cámara cuando se posesionó para su segundo periodo hace apenas 15 meses. El domingo pasado solo logró que 137 le dijeran NO al juicio que seguirá ahora en el Senado. Aquí no se trataba de juzgar la conducta de la presidenta sino de la intuición y el sentido de oportunidad ¿Quién podrá cumplirme con más facilidad y más certeza lo prometido, Dilma o Michel? La negociación implicó a 28 partidos y movimientos con representación en la cámara baja. Un esquema voto a voto que les entrega un poder insospechado a políticos de salón social. Y no puedo dejar de pensar en Yidis y Teodolindo. Y en Heyne.
La muy posible destitución de Dilma Rousseff en Brasil deja una pregunta sobre las bondades de ese mecanismo más o menos blando para sacar a un presidente que ha perdido apoyo popular ¿Debe estar el ejecutivo en manos de lo que aquí se llamó el “estado de opinión”? Las encuestas dicen que 3 de cada 5 brasileños están de acuerdo con la salida de la presidenta. Algo lógico luego de 13 años del Partido de los Trabajadores en el poder y de la crisis económica en el país. En el otro extremo de Brasil se podría poner a Venezuela, un país que ha soportado golpes y contragolpes, referendo revocatorio, decenas de elecciones, marchas y enfrentamientos ciudadanos constantes, una crisis que ya pasó de económica a humanitaria y sigue sosteniendo a un régimen que según las encuestas rechazan 8 de cada 10 ciudadanos. Se aproxima, según parece, otro intento de revocatoria con la larga pelea de planillas, firmas y chantajes gubernamentales. Difícil elegir entre esos dos males: una especie de bloqueo institucional por la toma de los poderes ejecutivo y judicial de un partido convertido en régimen, o una vía expedita para la revancha parlamentaria de quienes han perdido las elecciones en los últimos 15 años.
No han sido pocos los casos en Suramérica de un congreso sacando al presidente en medio de invocaciones a dios y a la historia. Pero sin duda han sido distintos al caso de Rousseff, juzgada más por conductas ajenas y por fatiga de materiales. Color de Mello salió en 1992 con el empujón que le dio su hermano Pedro. Se habló de 6 millones de dólares movidos a sus cuentas personales, aunque 2 años después el tribunal supremo lo absolvió. Llegó sin apoyo parlamentario y así se fue. Ahora votará contra Dilma como senador. Carlos Andrés Pérez necesitó el Caracazo, dos intentos de golpe de Estado y una acusación de gastar 17 millones de dólares en apoyar políticos extranjeros para irse por invitación del congreso. Ecuador sacó a Abadalá Bucaram luego de seis meses de sainete. “Incapacidad mental” alegó el Congreso y así dio gusto e insultó a quienes lo había elegido. También salió Lucio Gutierrez por “abandono del cargo” cuando todavía estaba en el palacio presidencial. Se había enfrentado a la Corte Suprema y a los militares. No le queda más que su silla en una avioneta. El congreso paraguayo sacó a Raúl Cubas, con asesinato del vicepresidente y hermano traidor de por medio. Tampoco completó un año de gobierno. El último en salir por esa vía fue Fernando Lugo, acosado por divisiones de la izquierda y gritando como todos que era víctima de un golpe.
Es fácil chiflar al presidente, pero es muy difícil aplaudir al congreso.






martes, 12 de abril de 2016

Bicicleta estática







En 1993 el ciclismo colombiano cerraba un ciclo internacional que lo llevó a tener hasta tres equipos corriendo de forma simultánea en Europa. Se cumplía una década larga desde la primera participación de una escuadra nacional en el Tour y la generación del “desembarco” europeo agotaba sus fuerzas. Herrera y Parra estaban en retirada y nuestra bandera en las grandes vueltas quedaba en manos de lo que pudieran hacer Oliverio Rincón (ese año ganó en Lagos de Covadonga) y Álvaro Mejía (quien alcanzó a ser el líder de Motorola). Café de Colombia había desaparecido en 1991 y Postobón cerraba su ciclo internacional luego de un último intento con cuatro lituanos encargados de remolcar a los escaladores en las largas etapas planas. Era el momento de volver a mirar a nuestras cumbres.
Antioquia aprovechó el regreso de Oscar de J. Vargas y Carlos Mario Jaramillo para armar un equipo propio, Orgullo Paisa, que recordaba las grandes rivalidades ciclísticas de los años sesenta. La gobernación fue la encargada del primer impulso y el patrocinio. Han pasado 23 años y el equipo se convirtió en el gran semillero del ciclismo antioqueño. También han pasado políticos de todos los colores y el Orgullo ha logrado sobrevivir en ese mundo turbio y competido de los lagartos disfrazados de dirigentes deportivos. Pero con la llegada de Luis Pérez a la gobernación aparece la etapa más difícil. Luego de tres meses de anuncios, amagues y tramas el equipo no despega.
En los últimos 5 años el Orgullo Paisa había logrado un equilibrio con Santiago Botero como gerente y Gabriel Jaime Vélez como director general. Indeportes Antioquia, Benedan, La FLA y el IDEA compartían el patrocinio para tener un equipo con 12 corredores élite, 6 sub-23 y 10 juveniles. El presupuesto anual era cercano a 2.400 millones de pesos, lo que vale un jugador del montón de uno de nuestros equipos del fútbol. Aportes públicos a un club de ciclismo privado que es representante departamental y primera vitrina profesional para los ciclistas antioqueños. Santiago Botero convirtió el equipo en ejemplo nacional de organización, con orden y la historia de una camisa arcoíris lograba gestionar cerca de 400 millones de pesos cada año para el club. Gabriel Jaime Vélez lleva 25 años persiguiendo ciclistas por las lomas de Antioquia, sacó a Carlos ‘El Bananito’ Betancur de un cafetal en Ciudad Bolívar y se llevó a Rigoberto Urán de Urrao a Jardín en el peor momento para el joven corredor. Además, ha entrenado a Mauricio Ardila, Leonardo Duque, Sergio Luis Henao, Julián Arredondo, Luis Felipe Laverde y Fernando Gaviria. Es un hombre que hace ciclismo de cantera y de carretera, que forma y dirige.
Pero se juntaron el regionalismo barato y la politiquería y a 60 días del inicio de la Vuelta a Colombia los corredores entrenan por su cuenta, no cobran desde el pasado 15 de diciembre y correrán la Vuelta al Tolima con una camisa de Autolarte que intenta darles una mano. La gobernación se empeñó en colocar a “mis hétores”, Héctor Manuel Castaño y Héctor Iván Palacio, ex corredores que terminaron pedaleando votos al mejor postor. “Mis hétores” los bautizó Luis Alfredo Ramos para quien peregrinaban y ahora son escaladores de tarima de Luis Pérez. Pretenden imponerlos como directores con mentiras sobre sus logros y un falso regionalismo según el cual el equipo se llenó de “extranjeros”, cuando toda su base es antioqueña y solo dos ciclistas del cuadro élite son de afuera del departamento. Nuestro ciclismo está de nuevo en los podios de Europa, pero los equipos locales tienen la condena de los señores de la intriga y la uña larga. El sector público tiene la gran facilidad de destruir una historia larga en apenas 4 meses.




martes, 5 de abril de 2016

Incubar un paro






Por esta misma época, hace 28 años, Córdoba y el Urabá antioqueño vivían la primera gran arremetida de los paramilitares. Los Castaño y los fundadores de las autodefensas en el Magdalena Medio había hecho su empalme y era el momento de la expansión al Caribe. Amalfi, cuna de los Castaño, sirvió como cantera del movimiento hacia la Costa y sobre las mismas paredes en las que la semana pasada apareció la sigla AGC (Autodefensas Gaitanistas de Colombia), estaban los grafitis con una leyenda más sugerente: “Ya vienen los magníficos a limpiar”. Y llegaron a matar, algunas veces bajo el nombre de Los Mochacabezas, otras veces como Los Tangueros, siempre con métodos parecidos y el apoyo del ejército y la policía. “Coordinador de ley” le llamaban al encargado de tranzar a los retenes oficiales al paso de los camiones llenos de paras bajo la carpa.
María Teresa Ronderos lo contó con todas las señales en su libro Guerras recicladas. Entre febrero y abril de 1988 los paras recién desembarcados cometieron siete masacres en Turbo, en el cerro El Volador, frente a la hacienda Las Tangas, al lado del Sinú, en Chigorodó, en La Mejor Esquina en el municipio de Buenavista, en Currulao y en Valencia. El saldo superó los 90 muertos y quedó la constancia para movimientos sociales, sindicatos, profesores, ladrones de ganado, corredores de cercas y guerrilleros y auxiliadores del EPL. Las primeras elecciones populares de alcaldes llegaron con mucho proselitismo armado. Para no salirnos de 1988 digamos que en noviembre fue la masacre en Segovia (otra de las zonas afectadas por el reciente paro armado) luego del triunfo de Rita Tobón, candidata de la UP.
La desmovilización del EPL en 1991 trajo el clima propicio para que también los paras de Castaño se metieran en “el cuento” de la paz. Según María Teresa Ronderos fueron los propios guerrilleros quienes hicieron los primeros contactos y Fidel Castaño anunció que dejaba la guerra y entregaba 600 fierros. “Había alguna identidad. Ambos representaban a un país que se sentía abandonado: abusado por los políticos tradicionales locales, y desdeñado por los gobernantes nacionales”. El experimento con donaciones de tierras de los paras a campesinos y hasta listas conjuntas entre paras y guerrillos trajo unos años de relativa calma, hasta que todo terminó en un mazacote de pequeñas traiciones y experiencia armada para dar forma a las ACCU (Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá). Las Farc aportaron lo suyo con la violencia en contra de la gente de Esperanza, Paz y Libertad y el narcotráfico puso lo mismo de siempre: la plata y la pasta base para cocinar la guerra.

Ese pequeño recuento puede servir para entender un poco el origen del Clan Úsuga y la compleja saga de historias que ha vivido un joven de 30 años nacido por decir algo en Currulao o en Tierralta. En 2012 vimos el primer paro armado del Clan por la muerte de Juan de Dios Úsuga, quien militó en el frente Luis Carlos Galán del EPL hasta los 19 años cuando se desmovilizó para movilizarse unos meses después hasta una columna de las Farc y luego a las filas de las Autodefensas. Su hermano Dairo Antonio Úsuga hizo un recorrido muy similar desde el oriente de Antioquia con el EPL pasando por el Bloque Centauros hasta su propia franquicia más o menos desde 2006. Parece que nunca han importado mucho los bandos en esas guerras que se cruzan por los mismos caminos, para algunos siempre habrá intereses y riesgos irresistibles. 

miércoles, 30 de marzo de 2016

En el fondo del bar





Cuando todo sucedió el bar estaba cerrado. La reja metálica llevaba 10 días mostrando su peor cara y las chapolas, los murciélagos y las chicharras de ocasión revoloteaban por el parque cercano, con ansiedad, extrañando los picos de las botellas de siempre. Adentro, el bar tenía las tripas al descubierto, estaban cambiando los viejos tubos de barro por el obligado PVC y no se oía más que el estruendo del martillo y el cincel. De modo que la noticia tomó fuera de base a los habituales del lugar.
Los periódicos comenzaron con reseñas escuetas. Juan Carlos Bossi, Santafesino de 67 años, colaborador de la dictadura Argentina y pedido por un juez de ese país desde 2011 por los delitos de secuestro, tortura, desaparición y homicidio, fue capturado en la ciudad de Medellín. El nombre familiar, la cara conocida, los delitos aterradores, el alias de El doctor, el recuerdo de su voz en la barra, “los vuelos de la muerte”, la sensación de haber sido engañados por años, la búsqueda de alguna pista atascada en la memoria de esas noches largas. Juan Carlos Francisco Bossi, el contertulio de los últimos ocho años, el argentino encantador y parsimonioso, el único cliente que llamaba cubalibre al ron con coca cola, el vendedor esporádico de carnes maduradas y chorizos finos, el compañero de farras céntricas de algunos había resultado, según la justicia Argentina y su recompensa de 32.000 dólares, uno más de los 49 represores prófugos escondidos tras un pasaporte falso o una simple historia contada al revés a sus nuevos mejores amigos.
Según las carpetas de los juzgados argentinos Bossi actuó como personal civil de inteligencia del ejército, entre 1976 y 1979 en Rosario. Su alias se debe a la bata que usaba al abordar los vuelos que tenían como destino final para algunos Montoneros el Río de la Plata. En la causa contra Oscar Pascual Guerrieri, jefe de inteligencia en Rosario, un excompañero de “patota”, Eduardo Costanzo, lo señaló como el hombre que inyectaba y mataba a los detenidos. Se mencionan los cauchos de los torniquetes como otra de las armas y se habla de un fusilamiento a 9 secuestrados en junio de 1977. La Quinta de Funes y La Calamita son los nombres tenebrosos de los centros clandestinos de detención que aparecen en el proceso.
Cuando Bossi llegó al bar, y a Medellín, había vivido una larga temporada en Barcelona, escondido de su pasado. En treinta años de refugio catalán casi había olvidado quién era, había creado con tiempo de sobra su nuevo personaje. Llegó de la mano de un miembro de número de la barra y se presentaba como exilado de los horrores de la dictadura Argentina. La luz que confunde en el fondo del bar, “Las mentiras de la noche”, que dice Gesualdo Bufalino y repite el rayón en la pared del baño, los hombres acogedores y las mujeres confiadas tras una primera ronda, los modales extranjeros que son debilidad entre los paisas, el clima laxo tras el umbral del bar… Todo, en últimas, terminó por convertirlo en un hombre confiable para unos tragos, la cháchara de siempre, los secretos de la nueva “patota”, un favor de agencia de arrendamiento y algún amor inevitable.
Bossi terminó siendo uno más en una guarida que hace cerca de cuarenta años le habría parecido repugnante por libertina y desviada. Algún día, mirando un afiche, un amigo le preguntó por El Ché, su compatriota, y respondió agrio, “me cae mal ese barbita, ni médico era”. Otra vez dejó caer un guiño a manera de chiste cuando la cantinera le reprochó con sorna ser un chico malo después de una juerga: “Te aseguro bombón que soy más malo que J.”, le respondió picando un ojo y palmoteando a su compinche. Y hasta mostró sus colmillos un día luego de un reclamo por un trabajo mal hecho. Luego de la sorpresa algunos lloraron, otras se dieron un baño de tres horas, los más dramáticos vomitaron y no faltaron las urracas de la sonora carcajada frente a la inocencia colectiva.
El lugar común de un asesino retirado no necesita una playa ni un paragüitas de coctel, puede estar a la vista, tras un vaso de ron y un hombre que ha decidido mirarlo todo con la superioridad de quien esconde la última carta.


martes, 22 de marzo de 2016

Guerra fija






Una negra protuberante frente al capitolio de La Habana, forrada en un vestido que es a su vez la bandera de Estados Unidos mientras espera un colectivo. Una negra provocadora y risueña que apenas si levanta una ceja cuando los transeúntes y los ciclistas le gritan arengas, burlas o advertencias. La imagen la vi hace cerca de 15 años y aunque bien podía serlo, la mujer no era una artista callejera en busca de una o dos “fulas” que dejaran caer los turistas. Ahora los portaestandartes oficiales y las ventanas de los apartamentos en La Habana lucen la bandera de los Estados Unidos, como los niños de tercero de primaria lucen todos los días la pañoleta roja en homenaje al Ché. Y los cubanos pueden gritar de asombro o alegría al ver un político luego de la fatiga de todos los materiales que han impuesto los Castro y el Partido Comunista.
Poco a poco Cuba comienza a encontrar en sus visitantes ilustres una señal mínima de que el mundo se mueve y no está del todo sometida al eterno reloj de arena del Gramna. El Papa Francisco, Obama, Putin, el mismo Chávez, como una especie de ahijado, van dejando una estela de nuevas banderas y afiches. Pero no es solo eso, ahora el 25% de los trabajadores cubanos tienen como patrón su propia contabilidad o una empresa privada y ya no dependen de sus reportes en el Comité de Defensa de la Revolución o de las viejas hazañas en Angola. Obama sabe muy bien que los cambios llegarán cuando los cubanos miren menos el control de los burócratas y pueden “resolver” por fuera de las planillas oficiales. Una parte de Miami sostiene la retórica contra la hoz y el martillo y todavía gusta el juego de los espías. Pero muchos de los cubanos-americanos de segunda generación celebran la visita y logran ver la isla más allá del odio a las barbas de Castro. Tal vez la derrota de Marco Rubio en Florida sea una demostración más del momento para una nueva estrategia.
Pero en Colombia la guerra fría no acaba. Desde los extremos políticos han saltado a defender el régimen cubano como un ejemplo de dignidad o a criticar el acercamiento como una triste claudicación. El Centro Democrático sueña con tener una orilla de mar desde donde gritar contra el “enemigo interno” y ahora han graduado a Obama de caballo de troya del comunismo internacional. Comparten los delirios y la estética de centro comercial con la derecha más venenosa de Estados Unidos.
La izquierda, por su parte, ha salido a encomiar los indicadores sociales de Cuba con la vieja cantaleta según la cual la buena atención a los niños justifica negar los derechos y controlar todos los órdenes sociales de los adultos. Para rematar el argumento presentan nuestros  pecados de violencia como atenuante frente a los cerca de 60 años de estado policivo en  Cuba: “los militares colombianos mataron a cientos de civiles, al menos los cubanos los encarcelan y adoctrinan desde niños”, es más o menos su lógica admirable.  Vale la pena dejarles un solo párrafo de Termina el desfile, la novela de Reinaldo Arenas, uno solo para que acompañe el billete de tres pesos con el Ché que trajeron de su viaje iniciático a La Habana: “Salir era arriesgarse a que le pidieran identificación, y, a pesar de llevar encima todas las calamidades del sistema: carné de identidad, carné de sindicado, carné laboral, carné del servicio militar obligatorio, carné del CDR, a pesar, en fin, de ir cual noble y mansa bestia, bien herrada, con todas las marcas que su propietario obligatoriamente le estampaba, a pesar de todo, salir era correr el riesgo de “caer”, de “lucir” mal ante los ojos del policía que podía señalarlo (por convicción moral) como un personaje dudoso, no claro, no firme, no de confianza…”

Somos admirables en escoger lo más sonoro entre lo peor, en pelear los entuertos ya saldados y en revivir las momias más cínicas.