miércoles, 23 de abril de 2014

Retrato de autor








El que más me intriga es ese hombre de 38 años encerrado en una cabina forrada en madera y más o menos convencido de un exilio definitivo y aterrador: “Se me están enfriando los mitos”, le dice el hombre, que se ha descrito a sí mismo como un costeño “errante y nostálgico”, a Luis Harss, su contertulio y entrevistador, su lector atento y retratista, un chileno con raíces en Argentina, Nicaragua, París y Londres que se encargaría de poner el manuscrito de su más grande empeño en manos del editor definitivo.
Harss visita al escritor mientras se distrae en medio de la filmación de una película cerca del lago Pátzcuaro, a 300 kilómetros del Distrito Federal. Es seguro que el “bigote que escribe” llegó hasta allá en su Opel blanco y sus zapatos ídem. Corre el año 1965 y un grupo de escritores latinoamericanos se vigilan y buscan formar un redil de sublevados. El colombiano “sabe que lleva la bandera del progreso –dice que la exuberancia de la novela latinoamericana es la única respuesta a la esterilidad del nouveau roman francés– y se enorgullece de su papel”. Sus tres libros publicados comienzan a tener eco y los círculos lectores hablan de las viudas, los generales y los médicos que adivinan desastres y esperan milagros en esas novelas primerizas. Según Harss, el personaje tras la Olivetti “es duro y macizo, pero ágil, con un impresionante mostachón, una nariz de coliflor y los dientes emplomados. Luce una camisa de sport abierta, pantalones estrechos y un saco oscuro echado sobre los hombros.”
Lleva cuatro años en México que han confirmado algunas de sus supersticiones heredadas. El día de su llegada al país, 2 de julio de 1961, Ernest Hemingway se mató de un balazo en la cabeza en un pueblo de Idaho. Con una cruz en el almanaque se pueden subrayar algunas de las líneas del retrato de Harss en su libro Los nuestros: “Aparecen esas misteriosas y fatales afinidades que unen a la gente más improbable por algún rasgo secreto que comparten como una maldición común”. Ese escopetazo marcó unos años de sequía para el escritor que aburría a sus vecinos con su tecleteo y se atrasaba uno o dos meses en el arriendo de su casa en la calle de la Loma 19, en San Ángel Inn. Le asaltaban dudas sobre si estaba dedicado a un “virtuosismo estéril”. Su manía por la técnica parecía haberlo acorralado.
Y sonaba un balón contra la puerta del garaje de sus casa. Pabo de Llano lo ha contado en una crónica de esta misma semana en El País de España. Unos vecinos de la época todavía viven frente a esa casa asediada por fotógrafos y peregrinos, y con el espacio blanco de una placa robada. El papá y sus hijos usaban el garaje como portería para los tiros de esquina callejeros: "Tiraban el centro y aquí de volea la agarrábamos en el aire y pum, contra la puerta cerrada...Él salía enojado y decía, 'muchachos cabrones, no hagan ruido carajo, que estoy escribiendo'". Es fácil reconocerlo por el lenguaje y su bata azul de cuadros o su saco de pana, sus bluyines y sus zapatos de gamuza.
El mundo festivo de mariposas y flores amarillas que adorna el homenaje de hoy era ajeno a las lecturas de la época. En ese primer esbozo Macondo era percibido como el escenario de un entierro colmado de recelos y desconfianzas: “la normalidad es la ley del hampa en Macondo, donde acecha un asesino en cada alma…” El escritor compara la política en su país con la “orgía de desesperación” en su pueblo imaginario, ese que apenas se está poblando. Y el entrevistador entrega su sentencia anticipada: “Se instaló optimista en el fantasioso suburbio residencial de San Ángel Inn, de donde a lo mejor, si los tiempos son crónicos, no saldrá más”.




martes, 15 de abril de 2014

Modales en la plaza







Nos equivocamos al pensar en las plazas de microtráfico como un nido desordenado de delincuentes. Los prejuicios sobre ese comercio al por menor que imaginamos repugnante e improvisado nos han hecho construir un retrato desfigurado por la caricatura. Las plazas de ese otro mercado no se manejan con cuentas alegres en el reverso de un cartón de Marlboro. Son negocios establecidos aunque no respetables. El Estado ha decidido entregarle, mientras libra y finge una pelea imposible, una especie de concesión exclusiva en la venta de estupefacientes a quienes tienen el poder de intimidar a los ciudadanos y corromper a sus agentes. Y los pillos se van convirtiendo en empresarios, se contagian del emprenderismo (sic) y construyen sus códigos corporativos, copan nuevos mercados y permiten que sus empleados combinen los días turbios con el trabajo duro en otros ruedos. Hace unos meses un jíbaro conocido me sorprendió llevando una pizza a la casa de mis suegros. Cada domicilio trae su afán.
Detrás de cada plaza hay una larga depuración ejercida con violencia, un orden impuesto a fuerza y miedo. Las plazas son sórdidas y reguladas al detalle, con un estricto organigrama y un protocolo administrativo para atender quejas, reclamos e inconvenientes legales. Y los “gerentes” están lejos del ruido, atendiendo sus sucursales desde un fortín de barrio, ganando prestigio social y autoridad para resolver pleitos de cama o de escuela.
Hace días me tocó en las orillas de un parque al que han llamado olla y plaza ver los modales de los dueños del menudeo. Una de sus distribuidoras sufrió un decomiso al final de la tarde y tuvo que acompañar unas horas a la policía. De modo que llegó el supervisor de la zona a enfrentar las dificultades. Luego de una ronda de consultas resultó que había una sospecha sobre una mujer habitual del parque, se creía que ella había señalado a la distribuidora. El hombre más recorrido de la plaza, un jíbaro con experiencia y amplio reconocimiento, se arrimó donde la supuesta chivata para insinuarle que el supervisor quería ver su celular y descartar sospechas. Los tres revisaron el teléfono y al no encontrar evidencia los hombres le pidieron disculpas a la mujer por las molestias ocasionadas.
Mientras tanto la distribuidora salió de su corta rendición de cuentas frente a la policía y volvió al parque con furia por su caída. Sin saber que las sospechas habían sido descartadas decidió darle una lección de patadas a la mujer que supuestamente la había sapeado. Con cuatro golpes saldó su rabia. Luego de la brutalidad el supervisor se hizo cargo, reportó el incidente a sus jefes vía mensaje de texto, vino a disculparse con la mujer agredida, ofreció pagar las gafas quebradas, aseguró que la distribuidora sería amonestada y cambiada de lugar de trabajo. Todo en el lenguaje de los administradores corporativos. Antes de irse dejó ver las disculpas del jefe máximo en la pantalla de su teléfono. Al final nos extrañó que no entregara su tarjeta personal para futuros contactos.
Nadie debería extrañarse de semejante cuidado. Esa plaza que es una simple muela coca entre dos calles, puede vender ciento cincuenta millones de pesos cada mes. Un suma que no se puede dejar en manos de simples mercachifles ambulantes. 

martes, 8 de abril de 2014

Guardar silencio




El gobierno ha llevado tan lejos la estrategia del sigilo en La Habana que la opinión ha comenzado a pensar que se trata de una farsa en el Caribe amenizada con plomo en Colombia. Según las últimas encuestas más del 65% de los colombianos cree que las negociaciones terminarán mal. De nuevo se trata a la paz como un logo de campaña, una promesa definida bajo la palabra de siempre: incertidumbre.
Pero hace unos días aparecieron pistas oportunas en medio del debate que pretenden monopolizar Uribe y Ordóñez. Se trató de una conferencia en Harvard, como corresponde al estilo Santos. Sergio Jaramillo, el más silencioso de los delegados del gobierno, dejó caer cuatro o cinco ideas que pueden sacar la discusión del código penal, nuestro nuevo libro fundamental. Jaramillo habló de una paz territorial, con incentivos y reglas especiales en las zonas donde el conflicto ha sido más intenso. Hizo énfasis, por supuesto, en inversiones y esfuerzos en el campo: clarificar y proteger los derechos de propiedad de la tierra, movilizar a la gente en las regiones alrededor de la paz por medio de “planeación participativa”, convocar a estudiantes y profesores universitarios para tender puentes “entre el mundo urbano y el mundo rural”. El gobierno piensa en la guerrilla como un actor clave en esas comunidades, y subraya uno de los acuerdos del segundo punto que crea las Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz. Leyendo la conferencia de Jaramillo uno puede entender las confluencias de gobierno y guerrilla, las intersecciones sobre el papel; pero también puede imaginar cómo funcionará eso en la realidad, en el Catatumbo y el Caquetá, en Puerto Guzmán y Anorí, en Nariño y Cauca.
Hace un año un informe del ejército señaló que el 86% de los municipios colombianos están libres de los rigores de la violencia de las Farc. De modo que se puede pensar que el acuerdo será una especie de estatuto de excepción para las 12 zonas donde el Estado identifica una mayor presencia guerrillera. El gobierno piensa en una movilización nacional para idear un proceso que comenzaría con la firma del acuerdo, pero en este momento los llamados “formularios ciudadanos por la paz” son uno papeles abandonados en las alcaldías. Luego de un año se han presentado algo menos de 20.000 propuestas y comentarios. La idea de meterle plata al cuento, vía presupuestos participativos, puede ser válida. Pero se ha demostrado que alborota el sectarismo y el apetito de los armados. En Medellín los pillos meten baza a la hora de elegir proyectos. Qué pasará, por ejemplo, en el Caquetá donde ganó el Centro Democrático y las Farc se pretenden dueños. Las discusiones por la plata no serán consejos muy comunitarios. El gobierno habla de convertir en protagonistas a las comunidades y declara agotado el esquema centralista en “el que unos funcionarios aterrizan como unos marcianos entre las comunidades”. Pero hoy en día pelea por la forma como se entrega la plata de las regalías desde los OCAD liderados por Planeación Nacional. Y su consejero de seguridad recorre las regiones como una especie de embajador, vestido de blanco en Cartagena y Buenaventura. Sobre restitución y legalización de la tierra hay que decir que la herramienta está reglamentada hace más de dos años y avanza al paso de nuestros juzgados ordinarios, y es seguro que la presencia de las Farc traerá nuevos nudos sobre las escrituras hechas y por hacer.
Lo último que pide Sergio Jaramillo es un consenso nacional, pero ya lo dijo Humberto de la Calle hace un año: es más difícil el clima político para buscar acuerdos entre la dirigencia legal, que la posibilidad de llegar a arreglos con las Farc. Ahora entiendo porque el gobierno prefiere guardar silencio y esperanzas.





martes, 1 de abril de 2014

Política venenosa






En junio de 1978 el director del Inderena le dirigió una carta al Consejo Nacional de Estupefacientes manifestando su preocupación por la inminente “fumigación aérea en grandes extensiones” de la Sierra Nevada de Santa Marta. En ese momento la pelea planteada era el Paraquat contra la marihuana. Desde esos tiempos cándidos de La mala hierba han llovido estudios, fallos, demandas, condenas contra el Estado y miles de galones de herbicidas. Durante la última década el gobierno ha fumigado en promedio algo más de 110.000 hectáreas cada año. Ahora se trata del Round-Up Ultra contra la coca. Las estadísticas de los propios gringos le ponen drama al asunto: “Equivale a una hectárea fumigada cada 5 minutos y 29 segundos desde el 1 de enero de 1996.” El drama real es para los campesinos de Cauca y Nariño, quienes además de la guerra prolongada soportan (datos de 2012) cerca del 50% del “rocío” de Round-Up Ultra.
Hace seis meses el gobierno de Juan Manuel Santos acordó el pago de 15 millones de dólares a Ecuador como compensación por los daños ocasionados por la fumigación a campesinos al otro lado de la frontera. Se comprometió igualmente a respetar una franja de diez kilómetros, contiguos a la línea limítrofe, donde las avionetas no podrán hacer su trabajo. En los últimos años el Consejo de Estado ha condenado a la policía y el ejército al pago de indemnizaciones a campesinos en Algeciras, Belén de los Andaquíes y Tierralta por los daños sobre cultivos legales. Los vientos, los descuidos o la simple indolencia pueden llevar el veneno destinado a la coca hasta los pastos, el lulo, la yuca, los mangos y el maíz. Lo que aquí son “daños colaterales”, en Afganistán fue una razón de peso para no fumigar la amapola de los talibanes. Así lo dijo The New York Times en 2007: “…oficiales de inteligencia de los EE.UU., temen que cualquier fumigación sobre cultivos afganos empleando químicos estadounidenses, equivaldría a un favor a los propagandistas talibanes…el costo político podría ser especialmente alto si el herbicida destruye cultivos de alimentos que los agricultores mantienen al lado de los de amapola”.
Es imposible negar la reducción de hectáreas de coca en Colombia. Ese éxito ha sido la defensa del gobierno contra todos los argumentos -lógicos, científicos, económicos, políticos- que recomiendan acabar con la fumigación. La cifra bruta de 99.000 hectáreas de coca sembradas en 2007 contra 48.000 en 2012, se ha convertido en el escudo de los escuadrones de fumigación. Pero al mirar con calma no todo es tan claro. Es cierto que en 2012 el 55% de la fumigación se concentró en los tres departamentos que más hectáreas erradicaron, Nariño, Putumayo y Guaviare; pero también resulta que la rebaja de hectáreas sembradas en Antioquia, Bolívar, Caquetá y Putumayo coincidieron con un menor número de fumigaciones. Se ha demostrado que el precio de la pasta base se mantiene estable independientemente de las hectáreas destruidas desde las avionetas. El castigo por la fumigación es sobre todo para el eslabón más débil del negocio, el 63% de los cultivadores venden la hoja sin ningún tipo de proceso y deben asumir el costo del baño de Glifosato. El mercado se acomodó para dejar intactas las condiciones a los traficantes y poner la carga sobre los cultivadores: hace 5 años solo el 35% vendía la hoja sin tratamiento. Además, durante tres años Nariño ha liderado dos escalafones que parecen contradictorios: producción y fumigación. Hoy en día los principales indicadores, precio y demanda, depende más de lo que pasa con los cultivos en Perú y las rutas en México que del vuelo rasante de las avionetas.



martes, 25 de marzo de 2014

La muerte de un actor







España despide con honores monárquicos al presidente que lideró, luego de ser señalado por el Rey, la transición del franquismo a la democracia. Adolfo Suárez, con sus retos, su arribismo, sus paradojas, sus enemigos y sus honores póstumos, encarna una especie de paradigma del político profesional. Con la carga de melodrama, tragedia y farsa que implica ese oficio desprestigiado. La figura de Suárez es relevante por el momento histórico en que recibió su encargo y por la intensidad cinematográfica de sus mayores desafíos.
La película del 23 de febrero de 1981 en el hemiciclo del congreso español, cuando Suárez permanece sentado en su escaño, impávido mientras los militares gritan, insultan y disparan al techo del salón del Congreso, fue suficiente para que Javier Cercas escribiera un libro de 400 páginas en busca de los significados de ese gesto valeroso del presidente y los motivos por los que el país de entonces había llegado a despreciarlo. Anatomía de un instante, el libro de Cercas, es una investigación exhaustiva sobre los primeros cinco años de la balbuciente democracia española luego de casi cuarenta años de dictadura, y al mismo tiempo, un ensayo con lecciones y advertencias para el teatro de la política en todas las “cloacas del poder”, para usar la expresión de Suárez al referirse al círculo madrileño que conspiraba en su contra.
Adolfo Suárez comenzó como botones del edificio del Movimiento, como se conocía al aparato político del franquismo. Un apuesto e impostado joven de provincia que tenía la ambición como emblema personal y podía mostrarse orgulloso o sumiso según las obligaciones de cada día. Recién nombrado presidente un periodista de París Match le preguntó qué significaba el poder. El jefe de gobierno respondió con una sinceridad rebosante: “¿El poder? Me encanta”. Según la opinión generalizada en España luego de sus primeros tres años de gobierno, Suárez no era más que un arribista y un ignorante. Tenía enemigos en el ejército por remover los oscuros laberintos del franquismo y hacer esperar a los generales detrás de su puerta; entre la derecha por legalizar el partido comunista y darle juego a los sindicatos; entre la iglesia por permitir el divorcio; en el círculo de los financistas y empresarios por estorbar las reformas económicas y ser un usurpador que había obtenido el poder de la derecha mientras gobernaba para la izquierda; en el PSOE por ser un falangista de provincia, un tahúr que todavía asustaba al pueblo con sus advertencias sobre el marxismo y jugaba todas las cartas al mismo tiempo.
También en su propio partido lo odiaban. La Unión de Centro Democrático era “un sello electoral improvisado” para políticos de variadas tendencias, una franquicia creada por el afán de la novedad electoral. Los celos y las rivalidades luego de las primeras derrotas hicieron que Suárez se convirtiera en un tibio (el Centro político había dejado de tener justificación) y “un pícaro que había sido un mal necesario” y ahora era un político menor jugando al estadista.
Luego de un poco más de 30 años desde el golpe fallido de 1981, España ha cambiado de opinión casi de manera unánime con respecto a Suárez. En ese entonces era el único culpable de la gran crisis y la palabra desencanto era lo que hoy es la palabra indignación. Tal vez sus gestos lo hayan salvado para la posteridad. Mientras uno de los golpistas, el Coronel Tejero, le apuntaba al pecho, Adolfo Suárez le gritó su orden con la vehemencia de un gran actor: “¡Cuádrese!”. Hoy toda España tiene una pose marcial frente a su féretro.









miércoles, 19 de marzo de 2014

Congreso invisible






Los congresistas antioqueños recién elegidos sirven para demostrar una triste forma de representación, un cuento viejo de papeletas electorales en los tiempos del tarjetón multicolor. La mayoría de los votos paisas en las elecciones del 9 de marzo fueron tan amarrados como los de Sahagún, Ciénaga o Soledad. En el pasado, Medellín y Antioquia han demostrado que pueden elegir e impulsar figuras políticas sin la necesidad de las recomendaciones de esas agencias de empleo que llaman directorios.
Medellín fue la primera plaza de dos de los fenómenos políticos más importantes del país en los últimos 15 años. Álvaro Uribe y Sergio Fajardo llegaron por vías contrarias a la política, aprendieron de leyes opuestas durante sus días en la universidad y en algún momento sedujeron a sus electores desde una trocha propia, lejos de los trapos partidistas, buscando los votos a ras de piso y no en las tarimas programadas. Así llego Uribe a la presidencia en 2002 y Fajardo a la alcaldía de Medellín en 2004. Durante su gobierno Uribe hizo el trabajo necesario para atraer a los políticos a los que había desdeñado en su primera campaña presidencial. Y abrazó a Bernardo ‘Ñoño’ Elías, Roberto Gerlein, José David Name, Andrés Felipe García Zuccardi, Olga Suárez, Samy Meregh y una larga lista de politicastros, parapolíticos y clanes familiares de distintos acentos.
Ahora se ha vuelto a lanzar disfrazado de luchador solitario y hay que decir que en al menos 15 capitales de departamento sacó la primera o segunda votación. Votos de opinión para un candidato que ha comido y renegado de la política tradicional dependiendo de los odios y las oportunidades. Fajardo pasó en blanco en las elecciones de Congreso y los pocos candidatos afines que lograron demostrar al menos su existencia se quemaron sin apelación. De modo que para la mayoría de los Antioqueños lejanos a las sectas partidistas, no conocían a un solo candidato nacido en el departamento, fuera para senado o para cámara,  distinto a Álvaro Uribe Vélez. En la región donde nacieron tres de los fenómenos políticos del siglo que corre -sumemos a Carlos Gaviria que desde la izquierda logró ser segundo en las presidenciales de 2006-, se eligieron senadores y representantes anónimos, escondidos tras de microempresas electorales; funcionarios grises o hijos al acecho ayer y grandes electores hoy; genios del buen reparto y las planillas burocráticas, doctores de fin de semana en los pueblos y socios de semana en las oficinas públicas.
Las elecciones se limitaron a saber cuánto les quitó Uribe, como antiguo patrón, a las parcelas de los godos (en Antioquia hay tres compartimentos azules y un solo dios verdadero) o a la franquicia desperdigada de la U y sus esfuerzos individuales. Lo otro fue el viejo trapo del liberalismo que aquí se parece más a las herencias de Guerra Serna y César Pérez que a la de Galán. Hemos llegado al caciquismo sin caciques. No había un solo candidato antioqueño al senado, descontando a Uribe, que pudiera ser atractivo para el electorado nacional o el votante independiente. De modo que la gran electora del departamento es una señora Nidia Marcela Osorio, antigua Jefe de Compras en Itagüí y hasta hace 5 años concejal de ese municipio. La sigue de cerca Olga Suárez Mira, en el otro extremo geográfico, Municipio de Bello, pero en la misma orilla partidista y con modales políticos similares. Y saber que desde aquí miramos con desdén a Sincelejo y su Gata.











martes, 11 de marzo de 2014

Zapatismo a tus zapatos




Se cumplieron veinte años de la mascarada del subcomandante Marcos en Chiapas. Once horas de combates, cientos de entrevistas, una decena de marchas, discursos viejos sobre el “hombre nuevo” y el humo aromático de su pipa son parte del legado del filósofo y guerrillero. Marcos demostró que la insurgencia puede ser una pantomima moral contra el mundo entero y sus miserias. Un reloj en cada mano simboliza su lucha desde los tiempos originales –idílicos, como debe ser– contra una humanidad que se pudre sin remedio. Los fusiles eran solo para quitarle algo del tono pueril al discurso. Bien lo dijo Octavio Paz cuando le reclamaron por prestarle más a tención al subcomandante que a toda una generación de escritores mexicanos: “¡Es que ustedes no se han levantado en armas!”.
Marcos inauguró una especie de populismo esotérico. El Popol-Vuh, la música norteña, las profecías mayas y la rabia contra el PRI y su “revolución inmóvil” han sido su divisa. En realidad podría ser compositor de Calle 13 o corista de Manu Chao. La última gran marcha de su movimiento fue el 21 de diciembre de 2012 para decir “aquí seguimos”, pero este mundo es tan malo que ni se acaba. No todo han sido estribillos en estos veinte años. Rafael Guillén Vicente, alias Marcos, también tuvo un sabio protector, un anciano de la tribu que llegó desde la academia: Luis Villoro, indigenista mexicano nacido en España, fallecido hace unos días, fue un entusiasta de su causa. El mundo que parecía extinguido en sus libros e investigaciones volvía a ser una promesa. Su hijo Juan Villoro lo resumió bien, “mi padre encontró ahí una ‘puesta en vida’ de sus preocupaciones.”
Esa puesta en vida se tradujo en la creación de 38 municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas y Juntas de Buen Gobierno para su administración. La consigna es clara y vendedora: “Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece”. Los turistas bienpensantes se toman fotos con el lema a sus espaldas y gestionan aportes para ese experimento inspirador. Las comunidades zapatistas se agrupan –se encierran, dicen otros– en los llamados Caracoles, un nombre que intenta romper con las denominaciones burocráticas oficiales y simboliza otro de los tantos lemas: “lento pero avanzamos”. El gobierno es el enemigo tras los cercos del movimiento y se prohíbe el ingreso de los programas estatales. Salud, educación y políticas agrícolas se construyen y financian desde sus convicciones y con sus recursos. Maite Rico –coautora de un libro sobre el zapatismo llamado La genial impostura– entregó hace poco algunos números con resultados del experimento más allá de la tinta de los manifiestos: “En estos 20 años la pobreza ha aumentado en los municipios zapatistas: del 68,7% al 81,3% en San Andrés Larrainzar, del 56% al 66% en La Garrucha; del 67% al 72% en Morelia…” Además, las escuelas autónomas sin acreditación ni grados escolares son un misterio ancestral, y los comandantes militares y jefes políticos del movimiento se convierten en soberanos de la tribu. El gran logro de esa secta moralista es que ahora no se bebe alcohol en los Caracoles.
No sé por qué ese laboratorio hecho de discursos me hizo pensar en lo que podrían ser las Zonas de Reserva Campesina bajo el liderazgo de unas Farc desmovilizadas. Siendo el comandante Joaquín Gómez mucho más peligroso que el subcomandante Marcos.