miércoles, 5 de mayo de 2021

Tributar violencia

 





La protesta la iniciaron los más jóvenes. No tenían mucho que perder. La rabia contenida, la necesidad de gritar, el sentimiento de exclusión, un aplazado espíritu común logró una rápida cohesión entre los manifestantes. Las autoridades, en la paranoia inicial y la necesidad de descalificar la totalidad de la movilización, hablaron de delincuentes concertados. Entonces llegó la policía y empezó el tropel. En solo cuarenta días los hospitales habían atendido a más de once mil personas heridas durante las protestas y se denunciaron más de quince mil detenciones con su larga lista de abusos. En la lista de víctimas mortales había 26 personas y las investigaciones iniciales señalaban a policías y militares como responsables de al menos ocho asesinatos por culpa o dolo. Ahora la consigna principal era “Basta de abuso”. Vinieron los saqueos, los enfrentamientos entre civiles y la destrucción de bienes públicos y comercios. El origen de las protestas casi se había olvidado, ahora se marchaba y se peleaba por las condiciones de pobreza, por los bajos salarios, el creciente desempleo, la corrupción y, por supuesto, por la brutalidad de las fuerzas militares y de policía. Entonces, el presidente ordenó a los militares salir a las calles y decretó el toque de queda. Pero las marchas siguieron sin tomar en cuenta camuflados ni decretos y la medida que causó la indignación inicial fue archivada con algo de vergüenza.

Esa pequeña cronología no abarca cuatro días de paros en Colombia durante la semana pasada sino cuarenta días de agitación y abuso en Chile entre octubre y noviembre de 2019. Los recursos de respuesta a los reclamos ciudadanos son muy similares en nuestras democracias, limitados, acostumbrados a la violencia, seguros de la impunidad, arrogantes desde las oficinas y criminales en las calles.

En el país muchos descalificaron la inconformidad general frente a la reforma tributaria por ser demasiado primaria. No entendía los mínimos conceptos de la hacienda pública ni su carácter técnico y hasta redistributivo. Pero los motivos se han ido acumulando lejos de los proyectos de ley. La desproporción de las restricciones por la pandemia, esa tiranía cotidiana que se ha hecho viral, la ceguera que solo ve los riesgos del Covid mientras desconoce los estragos de ese “estamos salvando vidas” que ya no solo suena vacío sino ofensivo. El resentimiento y la desconfianza que dejó la actuación asesina de la policía durante septiembre pasado en Bogotá. Chille llegó a una reforma constitucional impulsada en parte por el abuso de los uniformados que dejó cuatro muertos por disparos oficiales en los primeros cuarenta días de protestas. Colombia ha sumado cerca de cuarenta muertos a plomo por parte de la policía en dos jornadas de protesta.

“Marchar es la única salida”. Esa parece ser la consigna de miles de jóvenes en el país. La única salida a la calle, el desfogue a la mano, la posibilidad de sentir que hay comunidad, que se puede exigir con una cuchara un perol, que no se necesita wifi para conectarse. No se trata de impuestos sino de imposiciones, de una violencia repetida, del cansancio del destierro en su propia suelo, del desasosiego en las esquinas donde o se vende algo o se sufre de hambre o atropellos.

El paro recoge muchas historias, entre ellas el desprecio que muchas veces han sentido los jóvenes por su manera de vestir, de andar, de fumar, de hablar… Una necesidad de hacerse a un lado y “vivir a la enemiga”. Lo peor es que la política, sea de gobierno o de oposición, está cada vez menos preparada para gestionar la desilusión y las expectativas de cacerolas, piedras y consignas.

 


miércoles, 28 de abril de 2021

Vicios de la memoria

 





La costumbre ha comenzado a borrar algunas de las escenas y las reflexiones que creíamos iban a marcar la pandemia. Dramas que parecían ofensas al sentido de humanidad y ahora son certezas cotidianas, palabras que definían supuestamente un momento asombroso hoy son lugares comunes para resaltar ingenuidades o desvaríos, filosofías de cuarentena que no resistieron ni los cuarenta días de rigor. Las películas, las novelas, los documentales del futuro se centrarán en los terrores más sonados en periódicos y noticieros. Lo que será el teatro perdurable de la pandemia no es exclusivo de ciudades más frías, más pobres, más hacinadas, más dadas al desafuero. Estalla cada tanto en la prensa local de Suecia o India.

Esta semana se anunció en Medellín una escasez de oxígeno y al mismo tiempo la necesidad de usar contenedores refrigerados para dar tiempo suficiente a los crematorios. Esas alarmas recuerdan lo peor que ha pasado en Manaos y Guayaquil. En enero se acabó el oxígeno en la capital del Amazonas en Brasil y las pipetas comenzaron a viajar por rutas fluviales desde Venezuela y algunos estados brasileros. Cuatro días siguiendo la ruta de los barcos desde los hospitales mientas un mercado negro de cilindros comenzaba a rodar por la ciudad y los familiares atendían a los pacientes en las casas con sus provisiones recién compradas. Los cilindros se vigilaban por los guardas que acostumbramos ver acompañando a los carros de valores. El alcalde de Manaos, hasta hace poco el presentador de un programa sensacionalista de la televisión local, se escondía en las alocuciones. Luego de la primera noche sin oxígeno la ciudad enterró 213 personas por Covid. La crónica de un periódico brasilero dice que los enterradores compararon la jornada con las vividas luego de grandes motines carcelarios. Ahora varias ciudades de la India viven días parecidos en busca de oxígeno. Y en los hospitales se cierra un poco la llave para todos los pacientes en espera de la producción prometida para el día siguiente.

Los ataúdes de cartón marcaron el peor momento de Guayaquil en abril de 2020. Tal vez la primera ciudad de los horrores en América Latina. Los cuerpos con un letrero en las afueras de las casas y los funerarios apurando las recogidas y las familias pagando los servicios lo más rápido posible para evitar la pérdida de las cenizas. Pero la confusión en cuatro hospitales deja un saldo, hoy, un año después, de 227 cuerpos sin identificación en contenedores. Los familiares se hacían pasar por trabajadores funerarios para intentar comprobar la identidad de sus muertos. La escena de la película está en la reciente crónica de la BBC: una foto de la piyama vía WhatsApp fue la prueba que un forense le envió a una mujer con incertidumbre sobre el cuerpo de su mamá. Con la promesa de que la borraría.

Las novelas europeas tendrán los ambientes de las casas de ancianos: “Las cosas terribles ocurren en silencio”. En ciudades de Suecia, Inglaterra, Italia, Bélgica… Los primeros meses de la pandemia asolaron los ancianatos, allí vivían cerca de la mitad de los muertos por Covid en los primeros meses. Salvar los hospitales con atención improvisada en los hogares de ancianos fue el pecado original en Europa. Asilos abandonados por “cuidadores” con contratos recientes y abrumados por las muertes.

La memoria tiene ese viejo vicio de guardar lo peor, y si por casualidad lo olvidamos, ya vendrá recreado con lujo de detalles. Lloraremos frente a la película el llanto ahorrado en las noticias.


miércoles, 21 de abril de 2021

Naturalia

 




La escena podría suceder en uno de esos dramas animados que recrean rivalidades y apegos humanos en el cuero de algunos cuadrúpedos. Hace un año vimos las imágenes de animales salvajes olfateando con curiosidad las cavernas de los metros y recorriendo los cotos de caza de algunas avenidas. Un jabalí disputa los restos de una basura esquinera con dos gatos aprendices en las lides callejeras. Un gato tuerto como uno más de la manada que se ha duplicado en cercanías de la Acrópolis en Atenas. Las cifras de los voluntarios griegos que los alimentan a falta de las sobras restauranteras hablan de mil felinos que deben tener a las ratas en retirada. El cierre de las puertas a las casas trajo desamparos imprevistos para los humanos, espacios para los animales silvestres y sobrecarga de trabajo y abandono para las mascotas.

Muchos citadinos comenzaron a buscar un compañero de jaula. Lealtad y dulzura son dos cualidades que suelen asociarse con las macotas como especie de juguete incondicional. Pero muchas veces se olvida que sus dueños deben darles cuerda con comedimientos y cariños recíprocos, así sean fingidos en forma de galletas. Imaginen a un alemán bien cebado, primo segundo de un jabalí, para no cambiar de ejemplo, comprando un labrador cachorro por internet después de una maldita reunión en Zoom ¿Es posible pensar en algo más patético? Un titular de la Deutsche Welle en marzo pasado hace las cuentas del momento: “Según la Asociación Canina Alemana (VDH), en 2020 se compraron alrededor de un 20% más de perros que en años anteriores.” Cifras similares se han visto en Estados Unidos y por toda Europa. En Inglaterra desde hace unos meses se habla de “pandemic puppies” para referirse a los cachorros recién llegados a cuartos, casas y apartamentos.

Pero las cosas deben volver a la normalidad y muchos de los humanos comienzan a salir a sus cubículos (jaulas un poco más estrechas) y a cansarse de los juguetes y sus deposiciones. De modo que los animales silvestres retroceden y muchos de los domésticos van a las calles para conocer el hábitat salvaje que les ha correspondido entregar en pago por un miedo y un tedio que no comprenden. El titular de un periódico inglés hace las cuentas de lo que podríamos llamar el crecimiento de una vieja especie: “Según Battersea Cats and Dogs, los perros callejeros en el Reino Unido podrían aumentar hasta un 27 % en los próximos cinco años.” En Madrid se autorizó a un grupo de voluntarios, durante los confinamientos, para salir al parque de El Retiro a alimentar a la manada de gatos callejeros que crece. Unos humanos salen corriendo de sus casas, solo permiten una hora tres días a la semana, para alimentar a muchos de los gatos que otros humanos han sacado de las suyas. Sería un capítulo interesante para Nat Geo ya que unos de sus fotógrafos se han dedicado a enfocar loros en el espaldar de sillas y serpientes en el brazo de algún veterano envenenado con Whisky en las tardes. Y para que no crean que todo pasa tan lejos es necesario recordar la cifra que entregó en septiembre pasado Nicolás García, el gobernador de Cundinamarca, al declarar la alerta sanitaria: más de doce mil mascotas abandonadas en los 116 municipios del departamento.

Durante algunas correrías por la ciudad quieta que dejan los confinamientos he visto el auge de los campamentos de recicladores y habitantes de calle. Muchas animales domésticos pasan de un brinco a la vida salvaje de sus carretas. Campamentos con tres y cuatro perros que se van curtiendo en vigilancia extrema, duetos de compañía en una sola carreta y jaurías cartoneras en las bodegas de entrega. El perro como el mejor amigo del hambre. 

 

jueves, 15 de abril de 2021

Culpa contagiosa

 




Parece inevitable, las olas de culpa y contagio son coincidentes en todas partes. Y el plural se usa de forma automática para los golpes de pecho: “por nuestra culpa, por nuestra culpa, por nuestra gran culpa…” Hace unos días escribía Martín Caparros que si algo se recordará de esta pandemia es la forma en que la ciencia doblegó a la religión en asuntos de vida o muerte por primera vez en siglos. Reseñaba que el látigo se guardó para dar paso a los modelos epidemiológicos. El Vaticano recomendó abrir a medias en Semana Santa y dejar las representaciones de la pasión de Cristo para la televisión: “Llóralo en casa”, parecía decir el anuncio episcopal.

Pero quedó claro que la culpa no se resigna y se ejerce desde el discurso científico, político o social. Y pronto convierte el mea culpa en acusaciones. Presidentes, alcaldes, policías, médicos y la responsable infantería de las redes sociales han señalado a los causantes del desastre, bien sea libertarios o adolescentes, frívolos de fin de semanas disfrazados de liberales, jóvenes egoístas sin seso, individualistas que solo creen en sus derechos. También el capitalismo inmisericorde lleva a la gente hasta el trabajo en una infame disyuntiva cercana a aquella de la “bolsa o la vida”. “Somos una plaga”, concluyen desilusionados quienes no pueden creer que los humanos no teman a los modelos ni atiendan durante más de un año los cercos epidemiológicos. Bien podrían dejar caer una maldición y un comparendo.

Este fin de semana vimos como unos turistas salieron esposados de una playa en Santa Marta por violar las cuarentenas. Y fue noticia la incautación de cuarenta cajas de cerveza en Luruaco, y la alcaldía de Barranquilla muestra con orgullo escenas cercanas al abuso policial por los “controles” a quienes se escampan del calor en los quicios de las puertas. Una buena parte de la gente celebra el rigor y los médicos han comenzado a insinuar que tal vez solo valga la pena arriesgarse por los enfermos íntegros y responsables. Una sencilla novelita de poca ciencia y algo de ficción podría aventurar una pandemia en tres años en la que se les niega atención en UCI a los ciudadanos que registren más de dos comparendos.

También a mediados de año pasado, cuando Barranquilla afrontaba la primera gran crisis de muertes y contagios, el alcalde Pumarejo, la gobernadora Noguera y el presidente Duque hablaron de la “indisciplina social” como la gran culpable. Era fácil grabar diez fiestas un fin de semana y desconocer lógicas sociales o de propagación algo más complejas. No importaba que en todas partes del mundo los indicadores mostraran que las condiciones de pobreza y las urgencias laborales hacían más vulnerables a unos que a otros, no les sirvió la evidencia de mayores contagios entre los informales que precisamente viven en espacios más pequeños y peor ventilados, era mejor señalar, ganar un poco de poder, castigar y pararse detrás de los policías durante los operativos nocturnos. Ahora vuelve el pico y se repiten los señalamientos, la culpa cala, termina por darle la razón al poder que señala e implica una resignación y una expiación colectiva frente al dolor inevitable.

También Mike Pence culpaba a los jóvenes de Estados Unidos en noviembre pasado y la OMS los señalaba de relajamiento durante el verano de 2020. No importaron los estudios que demostraban que fueron los que menos contacto social tuvieron durante la cuarenta estricta en varios países de Europa. Y la cantaleta da resultado, el 40% de los menores de 29 años en España siente que es culpable de los rebrotes en este año. Y mientras tanto el virus sigue igualando a los países virtuosos y las ciudades obedientes con los territorios del desorden y los excesos egoístas.

 

 

 

miércoles, 7 de abril de 2021

Un genio asintomático

 


 

Frente a la pandemia la política se ha visto pequeña, reducida a los pleitos frente a la imposibilidad de las soluciones ciertas, dedicada a los alardes médicos o tecnológicos a falta de una conexión real con la gente más allá del miedo y la imposición. Dedicada, además, a la argucia máxima de quienes se nombran salvadores de vidas, con esa postura y ese tono capellanesco que pide sacrificios para evitar dolores.

Hace un poco más de diez meses Medellín se vendía como la ciudad ejemplo en América Latina para enfrentar el virus. El alcalde Daniel Quintero lo decía de forma categórica en una entrevista en El País de España: “… esta es la ciudad de América Latina con menor de número de fallecimientos por millón de habitantes y una de las de menor número de casos por millón de habitantes”. La gran herramienta era la plataforma Medellín Me Cuida que “incorporaba el uso masivo y sofisticado de la tecnología para reducir la incertidumbre”.

La plataforma captó datos de más de un millón de familias sin claridades legales sobre su uso, seguridad y posterior destrucción. Nunca fue claro el verdadero papel en la contención del virus: ni una sola cifra de contagios evitados, ni una anécdota que diera claridad sobre cómo funcionaba en el terreno como cerco epidemiológico. Solo instrumento para el abuso. La alcaldía llegó a decir que habían puesto un policía en la puerta “de la gente que creía que la cosa era charlando". Luego encerraron durante quince días El Sinaí, un barrio de tres mil personas, por un simple capricho, usando a sus habitantes como ratones para el escarmiento de sus vecinos en la comuna Santa Cruz. Llevaron caballería, ESMAD y ejército con fusiles y pusieron una cerca para que nadie pudiera entrar ni salir. Eran 42 casos activos y a la gente nunca le hablaron de cuidados y aislamientos al interior, se trataba de maltratar para mostrar poder y meter miedo en la Nororiental. Hoy en día Medellín Me Cuida es una plataforma que reparte SMS a dos manos sin ningún criterio médico, como quien ofrece freidoras o un paquete de cervezas frente a un inminente partido.

Daniel Quintero se parece mucho al gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, que fue héroe en los primeros meses de pandemia y hoy es un político oportunista amparado por algunas mentiras. Promocionó su plan de las 1.000 UCI y lo inauguró hace más de seis meses. Nunca logró cumplir esa meta, solo puso un número y se tomó una foto. Lo más grave es que ha sostenido ese cañazo, mintiendo de frente sobre el indicador más sensible de cualquier ciudad en estos momentos: la disponibilidad de unidades de Cuidado Intensivo. Y falta decir que algo así como la mitad de las cerca de 400 UCI que la ciudad sumó a su sistema fueron dotadas con plata y esfuerzos privados. El acalde inaugura y sus enemigos declarados ponen los recursos y el conocimiento. Un ejemplo, los 15.700 millones de Sura, Corbeta, Nutresa y Fraternidad Medellín para montar 75 unidades nuevas en Medellín mientras el alcalde prometía 300 en la clínica de La 80, en la que invirtió más de 25.000 millones de pesos y no logró montar ni una sola. Y cómo olvidar los ventiladores de Innspiramed que ampliarían la capacidad de atención. El anuncio se hizo en junio del 2020 y hace unos días se entregaron al INVIMA las pruebas de quince de ellos.

Hoy Medellín está en su tercer pico y el alcalde convoca intensivistas por Twitter. Ya no puede culpar a los municipios vecinos de la ocupación porque los pacientes de Medellín se han comenzado a atender en Urabá, Bajo Cauca, Eje Cafetero y Bogotá. Las buenas cifrasen letalidad que aún se ven en la ciudad están relacionadas sobre todo con estrategias impulsadas por EPS privadas. El antiguo salvador de vidas que antes peleaba por tomar las medidas, ahora agacha la cabeza y dice en voz baja al gobernador encargado que se encargue. Definitivamente Quintero es un genio asintomático.

domingo, 4 de abril de 2021

Inmunidad forzada



En el principio fue la superstición. Las vacunas tenían algo de magia, debían inspirar una extraña confianza espirituosa para que la gente dejara acercar a la peste, casi la tragarla, como una manera eficaz para defender el cuerpo de sus estragos. Se dice que los chinos en el siglo X fueron los primeros en usar la “viriolización” contra la viruela. Más que un método de sabios era un experimento de las clases populares que necesitaba algo de respaldo espiritual. De modo que un Taoista “inmortal” figura como uno de sus primeros “predicadores”. No era fácil inhalar el polvo de las costras producidas por la viruela.

Durante más de cien años la ciencia de occidente ha ido cubriendo ese milagro con estudios, fiascos y certezas. Pero la superstición va y viene, cambia de bando según los temores y las desconfianzas. La magia que hace siglos permitía una bendición por parte de la sociedad acorralada por una enfermedad, hoy causa desconfianza en una población creciente en los países más educados del mundo. Desde hace tres décadas en Europa crece un movimiento antivacunas que ha llevado a muchos países del continente – 28 de 53 según un estudio de 2018– a hacer obligatoria la aplicación de al menos una vacuna: multas a los padres e imposibilidad de matrícula a guarderías y colegios de menores no vacunados son algunas de las medidas habituales. Sin embargo, hace un mes una resolución del Consejo de Europa recomendó por amplias mayorías no darle carácter obligatorio a la aplicación de la vacuna contra el Coronavirus. La resolución del Consejo, del que hacen parte 47 países de Europa, propone a los estados “asegurarse de que los ciudadanos están informados de que la vacunación NO es obligatoria y nadie está política, social o de ninguna otra manera presionado para ser vacunado”.

La discusión ha llegado a América Latina con el burdo disfraz de la política. A mediados de diciembre el presidente Bolsonaro en uno de sus discursos que combinan el humor y la severidad clamaba contra los riesgos de la vacuna. Aclaró que Pfizer no se haría cargo de posibles efectos secundarios y luego soltó las probables consecuencias: “…si te conviertes en un caimán es tu problema (...) si te conviertes en superhombre, si a una mujer le sale barba o algún hombre empieza a hablar fino, no tengo nada que ver con eso.” A finales del año pasado el alcalde de Sao Paulo dijo que la vacuna será obligatoria en la ciudad, y un fallo reciente del Tribunal Supremo de Brasil (con amplia mayoría diez contra uno) dictó que la vacuna puede ser obligatoria, aclarando que la imposición no es posible, “nadie puede ser llevado del pelo a vacunarse”, dijo el presidente del supremo, pero sí se pueden imponer sanciones a quienes se nieguen a recibir sus dosis.

En Colombia, según una encuesta del Dane de diciembre del año pasado, el 40% de la población no tiene intenciones de vacunarse. La cifra ha bajado con el inicio de la vacunación pero hay departamentos donde cerca del 50% de la gente se niega a recibir la vacuna. Ya comenzaron voces diversas a hablar de obligatoriedad y con algo de reproche superior mencionan la decisión de algunos consejos indígenas contra el Plan Nacional de Vacunación. Forzar contra la desconfianza solo traerá nuevos recelos y señalamiento a trabajadores de la salud. No crecerá mucho la vacunación contra el Coronavirus y seguro bajará en los demás esquemas. El Estado terapéutico debería ser la más repudiable de las enfermedades del poder. Ya hemos visto los abusos en aras de la mitigación, ojala no lleguen unos nuevos, con sello solidario, en busca de la inmunidad. 

 


miércoles, 24 de marzo de 2021

Aniversario indeseable

 






Se ha cumplido un año exacto de las primeras visitas a la ciudad desolada. Salimos a la calle en busca de las escenas en los tiempos muertos y expectantes. El virus era todavía una amenaza prometida en las noticias desde Europa. Apenas habían pasado quince días desde el primer caso confirmado en Colombia. Afuera todo hablaba de una manera distinta, no había cotidianidad, todos los comportamientos y lugares parecían nuevos, estábamos frente al brillo de los tiempos oscuros. La ciudad limpia era propiedad de los más humildes: habitantes de calle, barrenderos, recicladores, barequeros de acera, domiciliarios. El silencio no era apocalíptico, había algo de deliciosa extrañeza, de tensión y descubrimiento en el gorjeo de las palomas desamparadas sobres las mesas  

Ese primer día apareció el dilema que todavía ocupa las discusiones en parlamentos, informes académicos, estudios médicos y redes sociales. Dos hombres, parados a unos pocos metros, con una edad similar, entregaron sus opiniones contrarias. Uno de ellos, empleado de la empresa municipal de aseo, barría las hojas de un almendro que eran la única basura en las calles. Respondió con el ceño fruncido cuando le preguntamos por la obediencia a la cuarentena en su barrio: “Allá la gente no obedece, se necesita es una ley marcial”, dijo y empuñó su escoba. Al otro lado estaba un reciclador en pinta dominguera. Venía recién bañado y buscando algo para pagar los quince mil de la pieza. Todavía estaba bajo techo porque le tenían algo de confianza en el inquilinato: “Hay que salir, toca buscar algo, como decía mi abuela: ‘al que no sale, no le da el viento’”. Y se llevó dos billetes como multa de los reporteros.

En otra esquina, una semana después, encontramos un drama que apenas comenzaba, un lío doméstico con aires de desplazamiento y abandono. Una pareja de ancianos pasaba la tarde del domingo en la cabina de una camioneta Luv de estaca. Ella acababa de llegar a llevarle algo de comida a su esposo, un latonero en tiempos de quietud, que estaba escondido en ese carro desahuciado. Huían del cerco epidemiológico a los adultos mayores y del ruido y la fiesta de hijos y sobrinos en su propia casa. Un viaje imaginario en esa tarde lenta, los dos de tapabocas, mirando la panorámica de un mundo que los amenazaba de todas las formas. No había ni un partido para pasar la tarde. Ni radio, ni viento, ni ruta. 

También las canchas estaban clausuradas, esas parrillas que producen una buena parte del calor del barrio. En Castilla, por ejemplo, todo estaba cerrado excepto las panaderías y las escotillas de algunos restaurantes chinos. Pero los barrios seguían azarando, guardados pero vigilantes. Todo el voltaje en las casas: La televisión, los celulares, las rejas de las ventanas, el moño en la terraza, los perros, las cervezas y el guaro en la sala, las cartas y el parqués, la loza acumulada, el sexo a escondidas de los hijos. Y los balcones sin distanciamiento y las zonas comunes de las escalas como un privilegio para el chisme que el miedo no vence.

Las ollas comunales fueron las hogueras visibles de esa primera y estricta cuarentena. Leña y caldo en las orejas de los puentes, en las mangas al pie de las autopistas abandonadas, en los parques como campamentos. Hervían a borbotones alimentadas por los carretilleros que no dejaron de empujar sus tubérculos y sus obligaciones.

Parece imposible no mirar con algo de nostalgia y compasión esos días de ingenuidad frente al enemigo ahora más conocido e igual de amenazante. Esas horas en las que todavía las ventanas eran aliadas y cerrábamos con gusto las puertas. Llegaron las nuevas cepas y vendrán los nuevos cepos.