martes, 22 de mayo de 2018

Sufragio regional







Los sobresaltos electorales del 2018 en América Latina comenzaron en la apacible Costa Rica. Un cantante de evangelios logró que la religión fuera la gran protagonista de la campaña. Todos los atriles tuvieron que convertirse en púlpitos. El matrimonio de parejas homosexuales y una cátedra de sexualidad para adolescentes fueron los grandes temas de campaña. “Nos oponemos al Estado laico, porque quienes lo promueven en realidad buscan un Estado ateo”, repetía el candidato Fabricio Alvarado desde su ministerio cristiano llamado Metamorfosis y su movimiento político llamado Restauración Nacional. Desamparados se llama el barrio popular donde creció al sur de San José. Los nombres de su barrio, su iglesia y su partido sirvieron como parábola del candidato que en noviembre del 2017 marcaba el 3% en las encuestas y en febrero de este año ganó la primera vuelta con el 25%. Para quienes la política se ha vuelto un zumbido insignificante y los políticos moscardones insoportables, la iglesia es un refugio para todas sus preocupaciones. Cada vez más el diezmo y el voto van a la misma ranura. En segunda vuelta Fabricio Alvarado perdió ante el temor de los jóvenes y la clase media urbana de un regreso al mundo de sus abuelos.
Venezuela acaba de marcar la segunda elección de latinoamericana con una farsa que ha dejado atrás las encendidas batallas electorales que caracterizaron el Chavismo durante quince años. Lo más importante para los electores que se animaron a salir fue la posibilidad de asegurar una bolsa CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción), un cinismo involuntario hace que miles de bolsas entregadas por el gobierno según sus siglas de hambre suenen como una lluvia de aplausos. El voto puede asegurar un tesoro: cuatro paquetes de harina de maíz, uno de harina de trigo, dos de arroz, dos de granos, una botella de aceite, kilo y medio de pasta, dos bolsas de leche en polvo, una salsa de tomate y otra de mayonesa. La participación cayó 25% puntos si le creemos a las cuentas oficiales y fue reelegido un presidente con una desaprobación del 72%. El hambre, la coacción oficial y el miedo a los “puntos rojos” que vigilaban los puestos de votación marcaron el proceso que desde afuera solo aprobó José Luis Rodríguez Zapatero.
Brasil tiene en octubre una cita con el gran favorito como ausente. Lula en la cárcel condenado a doce años por corrupción. Un reo que no dejará de hacer política y logrará que la campaña gire en torno a los jueces y los militares.  “Yo no voy a parar porque ya no soy un ser humano. Yo soy una idea. Una idea mezclada con las ideas de ustedes”, dijo al momento de entregarse y evocar las detenciones de los años ochenta a manos de los militares. El jefe de las fuerzas armadas, Eduardo Villas Boas, respondió apelando a la coincidencia de los militares y los “buenos ciudadanos contra la impunidad”, y a favor de la paz social y la democracia. La sombra de la dictadura volvió a asomar encarnada en Jair Bolsonaro, un ex policía sin reatos, orgulloso de su racismo, su homofobia y su misoginia. Dedicó su voto contra Dilma Rousseff a un militar golpista y no tuvo problema en soltarle a una ministra una frase de presidiario en pleno congreso: “No mereces ni que te viole”. Bolsonaro, según las encuestas, tiene buenas opciones de segunda ronda.
En México en el último debate los candidatos se llamaron “cínico”, “farsante”, “hipócrita”, “demagogo” y ladrón. También se habla de extremos y se mete miedo con la opción de López Obrador quien asegura la tercera será vencida. Entre nosotros los primeros lugares los disputan un heredero y un elegido. Qué tal que el gran cambio en la región se haya dado en Cuba, con el señalamiento del heredero de los Castro.


martes, 15 de mayo de 2018

Celebrar los males





Durante un tiempo se estancan un poco las ansias de señalamiento, la adrenalina que generan los desastres ajenos, la necesidad de dar algunas lecciones y mostrar inteligencia y sensibilidad. Pero cuando se rompe la presa viene el furor: algo de rabia, mucha energía en la destrucción, todo el oportunismo y la felicidad de nadar sobre la espuma de los acontecimientos. Los recientes problemas en HidroItuango y la creciente del sábado pasado que afectó a las comunidades de Puerto Valdivia, han demostrado una sorprendente fascinación frente a los infortunios de una obra pública. Aguas abajo han corrido las peores ignorancias, las teorías de la conspiración, el regionalismo más ruin y el ambientalismo más frívolo y con menos luces. La rechifla contra las instituciones y las empresas del Estado se ha convertido en un sinónimo de inteligencia y rebeldía. No se trata tanto de argumentar como de soltar una frase lapidaria que se repite en las conversaciones en los taxis, en los muros, en la complacencia crítica de todos los días en las redes sociales.
Algunos, desde sus computadores o sus teléfonos recién cargados, hablan de la inutilidad de un proyecto de esa magnitud. En la mente quieren volver a la austeridad de nuestros ancestros y al fogón de leña, pero en la casa corren al microondas y rabian al sufrir dos minutos sin DirecTv. Para muchos este país debería hacer una especie de corte de cuentas: que haya energía para los cincuenta millones que somos hoy y que quienes vienen se resuelvan como sea. El 85% de nuestra demanda actual de energía puede cubrirse con energía hidroeléctrica. Tenemos la geografía y el conocimiento acumulado para acudir a esa forma de generación. Sin la energía que producirá HidroItuango, Colombia podría tener problemas para atender sus picos más altos de demanda en el año 2023.  No se trata del capricho de uno o dos gobernantes ni de la ambición que señalan algunos. Hoy en día las exportaciones de energía a Ecuador y Venezuela son insignificantes respecto al total de generación.
En Colombia se reclama todos los días la existencia de empresas públicas fuertes, que cumplan sus objetivos y entreguen utilidades para ser invertidas en los ciudadanos. EPM le entrega cada año un poco más de un billón de pesos al municipio de Medellín y ha aportado una buena parte del conocimiento al sector eléctrico en Colombia. Pero aquí las empresas públicas exitosas pueden ser tan odiadas como las fracasadas. El logo y el origen oficial es suficiente para que sea necesario echarles tierra.
Vale la pena mirar una de las críticas claves al proyecto HidroItuango: el supuesto propósito de tapar el rastro de masacres en la zona. Parece que increíble lo visionarios que pueden ser nuestros gobernantes. Desde la década del sesenta se planeó hacer una represa para cubrir los rastros de los asesinatos que se iban a cometer en la década del noventa. El crimen perfecto. Colombia tiene cerca de 35.000 denuncias de desaparición forzada en los últimos treinta años. Una tarea inmensa por hacer en cientos de municipios. En los doce que abarca el proyecto HidroItuango se identificaron 659 casos según la cifra de Medicina legal. Durante el proyecto se firmaron contratos para realizar la investigación y las exhumaciones y se logró avanzar más que en casi todas las zonas con iguales problemas en el país. Se exhumaron 159 cuerpos y se identificaron más de la mitad de los mismos. Esa es solo una de las preocupaciones de las comunidades que recogió el proyecto.
Pero ahora resulta que una sola organización, minoritaria en muchos temas y sectores, representa a los más de 150.000 pobladores de los doce municipios. Y pide que se oiga a las montañas y al agua de los ríos, que se escuche su voz cavernosa. Pero a las montañas les queda difícil acudir al trámite de las licencias ambientales y a las consultas previas.




martes, 8 de mayo de 2018

Viaje a la revolución





Hace un poco menos de cien años, en mayo de 1920, Bertrand Russell fue invitado a Rusia a conocer de cerca los “milagros” de una revolución que daba sus primeros pasos y extrañaba sus primeros pesos. Russell iba en compañía de una delegación del laborismo inglés y llegaba con una saludable mezcla de simpatías y recelos frente a los bolcheviques. Estuvo más de un mes y pasó por Moscú, Petrogrado y distintas zonas rurales. Siempre en trenes de lujo, recibido por pompas militares, hospedado en hoteles de primera con chinches como compañeros de cuarto. Aunque siempre con libertad para hacer sus propios recorridos y hablar con gente muy diversa. El viaje dejó un pequeño tratado, un diario y una serie de cartas que se agrupan en un libro llamado Viaje a la revolución.
Russell intentó una especie de disección a ese experimento marxista que sorprendía al mundo cien años después del nacimiento de su inspirador. Lo primero que advertía el viajero inglés era el carácter heroico de la revolución, el ejemplo que dejaba su tentativa para nuevas aventuras socialistas. Pero los métodos de esos precursores eran “toscos y peligrosos”. Muy pronto Russell comenzó con las advertencias. Entre las tres posibilidades que contemplaba para lo que llamó el bolchevismo se resumen buena parte de los acontecimientos políticos del siglo XX: la victoria de los bolcheviques puede llevar a un imperialismo napoleónico que olvide los ideales que lo inspiraron, una prolongada guerra entre capitalismo y comunismo que haga que la civilización se venga abajo (al menos la versión de esa guerra fue fría) y la derrota definitiva del comunismo por las fuerzas del capitalismo. No se puede decir que Bertrand Russell fuera un turista perdido.
Uno de los grandes peros al nuevo sistema que imponían 600.000 comunistas a un país de 120 millones de habitantes, era el carácter religioso de la revolución, sus doctrinas y sus profetas alejados de cualquier asomo de escepticismo y por tanto tan inclinados a la crueldad. Un sistema económico más justo que obligue al hombre a recluirse de “nuevo en la prisión intelectual de la Edad Media”, implicaría el pago de un precio demasiado alto. Lenin imponía un puritanismo por vía militar, una austeridad con algo de saña, un nivel de esfuerzo que el grueso de la población no consideraba tolerable. Al final Russell dejaba claro las sencillas causas que podían derrocar a los bolcheviques: “llega el momento en que los hombres entienden que la comodidad y el recreo valen más que todos demás bienes juntos”. Una pequeña reivindicación de los placeres inofensivos.
De algún modo Russell intentaba disculpar al sistema que enfrentaba un país recién salido de la guerra y bloqueado comercialmente desde occidente. Pero las condiciones no dejaban lugar a la benevolencia. Todo el mundo trabajaba más de ocho horas: primero las obligaciones colectivas que imponía el Estado so pena de trabajos forzados o campos de concentración, luego las penurias individuales que exigían a rebuscar algo extra para la comida. Ese trajín en medio de la vigilancia y la arbitrariedad policial en busca de posible especulación. Moscú le sirvió para describir el escenario del drama: “La imagen de los trabajadores yendo de acá para allá, con ropas raídas, con el inevitable paquete en una mano y el tarro de hojalata en la otra, por las calles libres de tráfico, produce el efecto de la vida en una vasta aldea y no en una capital”. El odio fue su última conclusión. Ese sentimiento conducía a un dogmatismo que busca cambiar la naturaleza humana por la fuerza y se concentra más en el “deseo de destruir males antiguos que en el de edificar nuevos bienes”.
Algo queda de esa vasta religión y de los modales de la checa soviética.

martes, 1 de mayo de 2018

Calenturas






Al paso que vamos Medellín completara tres años consecutivos con alza en los homicidios. La ciudad enfrenta siempre un equilibrismo contra la violencia, una incertidumbre sobre las urgencias, los correctivos y los propósitos de quienes ejercen el poder armado. Un poder difuso, siempre en cuestión, amenazado y amenazante. Desde hace décadas es claro que las autoridades no controlan los ciclos de violencia, solo registran las cifras con algo de alarma, intentan explicar el fenómeno de la manera menos afrentosa a sus esfuerzos y reaccionan con algo de presencia institucional, casi siempre uniformada, en las zonas calientes. Tanto que los picos violentos más recientes los identificamos por el nombre de los capos desmovilizados, enfrentados o capturados: Don Berna y Doble Cero en 2001-2002, Sebastián y Valenciano en 2009-2010, Capturas de Tom, Carlos Pesebre, Sombra entre 2017-2018. Gobiernos de signo político contrario y con estrategias distintas frente a la colección de más de 300 combos han sufrido reveses similares.
La semana pasada, luego de un día con seis homicidios en la ciudad, algunas voces críticas amanecieron diciendo que habíamos vuelto al terror de los años noventa. Es sin duda un adelanto que la sociedad sea menos tolerante frente al homicidio y que las alarmas ciudadanas sean cada vez más sensibles a la violencia. Pero vale la pena recordar que las diferencias entre los tiempos que corren y la sangre que corrió. En 1991, el año más violento en la historia de la ciudad, hubo 19 homicidios diarios en promedio. La tasa de homicidios fue de 433 por cada 100.000 habitantes. En la década del noventa murieron asesinadas más de 5000 personas en promedio cada año en la ciudad de Medellín. Este año, si las cifras se mantienen más o menos estables, la tasa de homicidios no pasará de 25 por cada 100.000 habitantes. Aunque siempre habrá que hacer la salvedad de que los jóvenes entre 14 y 28 años, habitantes de los barrios más altos, tienen todavía un riesgo de morir asesinados 3 o 4 veces superior al del resto de la población.
La ciudad y las administraciones sucesivas han aceptado una falsa premisa en la estrategia contra la violencia. Las opciones que se han debatido en los últimos 15 años varían entre la negociación o la lucha declarada contra quienes tienen el monopolio de las rentas ilegales y el mando sobre milicias, paras o combos. Por eso se ha criticado el supuesto apaciguamiento, conocido como Don Bernabilidad, durante la administración de Sergio Fajardo, y por eso se critica hoy la postura desafiante del alcalde Federico Gutiérrez frente a los cabecillas en los barrios. Los pactos estables, bien sean auspiciados por las instituciones o acordados por los pillos, son un sueño imposible. Al mismo tiempo el triunfo por medio de capturas de los más buscados es una ilusión que se estrella contra la persistencia de los sucesores y las estructuras que van más allá del jefe de turno.
La pelea más compleja y más importante sigue siendo por las expectativas y las decisiones de los adolescentes. Cada año cerca de 10.000 jóvenes entre 15 y 16 años huyen de los colegios por desmotivación, deslumbramientos frente a oportunidades dudosas o simple obligación. Para los profesores cada día es más difícil pelear con quienes ofrecen un celular, una moto, el estatus de un fierro. Hay cerca de 600.000 jóvenes entre 14 y 28 años en la ciudad, ahí están los grandes retos más allá de los patrones de barrio.




miércoles, 25 de abril de 2018

Política y fiscal






El afán político suele ser un aliciente para variadas torpezas. Alienta por igual los lugares comunes o la retórica más extravagante, intenta sorprender con sonoras fantasías o complace reafirmando simplezas y prejuicios. Huye de la verdad y sabe que más valen las frases hechas que los hechos. Alarmar es una de las principales consignas de quienes buscan atención mediática con fines políticos. El fiscal Néstor Humberto Martínez se ha convertido en uno de esos afanados políticos. Cada semana suelta dos o tres frases en busca de un titular de prensa. Una semana pretende ser gracioso y deja caer un chiste sobre la jurisprudencia de la Corte Suprema. La semana siguiente frunce el ceño y señala las grandes amenazas para ilustración del ministro de defensa. Para la próxima tiene preparada alguna máxima dicha en la postura del pensador. Todo lo hace desde un atril donde se lee en letras doradas su dignidad: Fiscal General de la Nacional. Las declaraciones y la dignidad del cargo sufren efectos contrarios. La cháchara del fiscal toma un halo de importancia y gravedad por venir de quien viene, y el encargo constitucional pierde lustre por la charlatanería de quien lo ocupa.
La semana pasada el fiscal se pasó. Dijo con tono preocupado una frase que recogieron todos los periódicos: “Ha revivido un nuevo enemigo en Colombia: el narcotráfico, y es necesario que en esta transición de poder podamos suscribir los colombianos un nuevo acuerdo que nos permita refundar la política antidrogas en Colombia o vamos a perder nuestra estabilidad institucional con las amenazas que tuvimos hace dos y tres décadas”. Colombia es el principal exportador de cocaína del mundo hace cuarenta años. Las fluctuaciones en las hectáreas de coca se han repetido por décadas y van atadas a las fluctuaciones en las incautaciones de cocaína. El año pasado tuvimos la cifra más alta de cultivos coca en los últimos quince años e igualmente tuvimos el record histórico de incautaciones de cocaína con algo más de 410 toneladas. Que el fiscal general diga que ha revivido el narcotráfico en Colombia demuestra que no solo no tiene contexto real alguno sino que ha pasado inmune a las series de narcos que inundan las pantallas. O demuestra que en Colombia los funcionarios se hacen los bobos para posar de profetas.
El fiscal parece hacer una asociación inmediata entre hectáreas de coca sembradas y crecimiento del poder mafioso. Se le olvida que la coca ha crecido en los mismos sitios desde hace años y que el Estado por allá ha sido siempre un fantasma que fumiga o promete. Según la medición de Naciones Unidas de 2017 el 80% del territorio sembrado de coca alguna vez fue fumigado, erradicado o al menos censado. Pero no se quedó ahí. Dijo además que el Cartel de Sinaloa está en Colombia y que Guacho es su brazo armado. Los narcos mexicanos rondan por aquí hace más de diez años y si se quiere le han quitado poder y plata a nuestros “exportadores”. El fiscal nos acaba de revelar que hay conexiones entre quienes producen el 90% de la cocaína que llega a Estados Unidos y quienes se encargan de pasarla a través de la frontera norte. Del funcionario encargado de dirigir las investigaciones sobre crimen organizado se esperan algunas revelaciones para entender nuestras empresas criminales, pero solo se obtienen obviedades y reducciones con ánimos políticos.  
En 1998 el exfiscal Alfonso Valdivieso se lanzó a la presidencia y la revista Semana reseñó ese acontecimiento en principio exitoso: “El consenso generalizado fue que el salto a la arena presidencial resultó todo un éxito. Los focus groups inmediatamente posteriores así lo confirmaron. La transición de Fiscal a candidato se hizo sin tropiezos, que era precisamente lo que se buscaba”. De esa candidatura, absorbida por el pastranismo, nació el partido Cambio Radical. La historia política reciente entrega reveladoras coincidencias.



miércoles, 18 de abril de 2018

El Tomate








El corregimiento El Tomate en San Pedro de Urabá tiene una larga y macabra historia de violencia. Un alarde de plomo que ha obligado a correr las cercas, a salir corriendo a cientos de familias, a correr sangre y susurros en una tierra donde el silencio es una mínima garantía. Hace un poco menos de treinta años, en agosto de 1988, se dio el bautizo de fuego en El Tomate. El Castaño del momento era Fidel y su grupo no tenía todavía las siglas contrainsurgentes ni los discursos patrióticos, se llamaba simplemente Los Tangueros o Los Mochacabezas, cuando querían ser un poco más explícitos. Esa primera masacre dejó 22 ranchos quemados y 16 personas muertas. Los paras llegaron en un bus de servicio público que desviaron hasta El Tomate y con granadas y fusiles dieron su “lección inaugural”. En su momento se habló de una venganza por el ataque a una base militar en Tierralta por parte de las Farc y el EPL una semana antes. Luego de la masacre el ejército simplemente alzó hombros.
El Tomate es el mismo corregimiento de San Pedro de Urabá donde hace una semana fueron asesinados ocho policías que acompañaban una comisión de la Unidad Nacional de Restitución de Tierras. Dos sentencias de diciembre pasado señalaron las parcelas del caserío que deben volver a manos de sus dueños legítimos. Pero una cosa es el papel y otra el cruento dominio que mantienen los herederos de los paramilitares en la parcela. El Tomate ha servido como campo de entrenamiento y planeación militar, como celda de torturas y escarmiento, como tierra blanda para las fosas comunes e incluso, como territorio para las “acciones comunitarias” de Funpazcor, la fachada social de Sor Teresa Gómez hermanastra de los Castaño Gil.
Luego de la desmovilización de las AUC en 2006 El Tomate sirvió como refugio de los paras reincidentes y zona de reclutamiento para los nuevos bandidos. El poder ilegal siguió intacto, solo que el mando estaba un poco más difuso y era necesario dar nuevos combates para definir poderes, proteger tierras y amarrar lealtades. La falta de un patrón hizo que aparecieran nuevos rótulos para los grupos dispersos: Rastrojos, Águilas Negras, Urabeños, Paisas. Allí mismo, en El Tomate, terminó la vida de Carlos Castaño hace 14 años, y una parte de la tierra acabó en manos de Monoleche, uno de sus hombres de “confianza”. Tierra en el pecho para unos y en el papel para otros.
Tres años después de la desmovilización de las AUC se encontraron 17 cuerpos desmembrados en la finca La 35 en el mismo corregimiento. Monoleche contó cómo procedía la “justicia para”: “A las personas que las llevaban a La 35, era por informaciones que era colaborador de la guerrilla o guerrillero y pues allá en La 35 el comandante Doble 00 los interrogaba y si tenían las pruebas le daban de baja”. El reciente ataque a la comisión de la policía demuestra que las Bacrim, el Clan del Golfo, Los Urabeños, cómo quieran llamarlos, conservan un poder similar al que tuvieron los paramilitares en la región. Un fortín muy parecido al que hay en algunos municipios del Bajo Cauca antioqueño donde han pasado los hombres y han quedado las “instituciones” paracas.
Luego de la masacre de los policías el expresidente Uribe, hombre enfermo de la memoria e incapaz de la autocrítica, dijo que todo era culpa del mal ejemplo que dio el acuerdo con las Farc y la impunidad de la Justicia Especial para la Paz. Por supuesto olvida las zonas donde ha retoñado la semilla paramilitar luego de su proceso con las AUC. Porque donde él jura haber fumigado la violencia, solo dejó caer algo de agua y abono para una nueva cosecha.





miércoles, 11 de abril de 2018

Cobrar la apuesta








Está claro que entre nosotros no importa la razón a la hora de desatar los grandes nudos que impone la realidad. Discernir, pensar, usar la inteligencia para resolver problemas está un poco más allá de nuestras rabias y nuestros entusiasmos. Lo razonable, como aquello que tiene proporción y huye de los excesos, no encaja con nuestras lógicas exaltadas y nuestros ánimos de pendencia. Nos gusta más el pulso que pone rojos a los contendientes ligados por su mano más fuerte, que embota la cabeza con exceso de sangre, que el diálogo que pide algo de sosiego en busca de la menos triste y costosa de las decisiones. No nos gusta la razón como ejercicio, simplemente nos interesa tener la razón como simple alarde. No importa que se imponga una verdad incompleta y costosa, lo clave es que se puede enrostrar una equivocación, que se logre cobrar la apuesta.
La detención de Jesús Santrich ha mostrado con claridad esa alegría profunda e irracional frente a una amenaza. Millones de colombianos celebran y gritan, cobran e insultan, para demostrar que tenían razón, que estaban en lo cierto, que lo habían dicho, que conocen por dónde va el agua al molino. Las consecuencias que puedan tener la detención y la posible reincidencia del ex guerrillero son apenas efectos colaterales, obligaciones para saldar un desafío. Están de acuerdo en cobrar con algo de carne a la manera de Shylock. Para muchos es mejor la desbandada de los enemigos, la desconfianza mutua que puede regresar al conflicto y traer de nuevo las certezas del odio. Renovar la posibilidad de la aniquilación al enemigo es mucho más emocionante que darle una oportunidad al desacuerdo pacífico y la reconciliación. Y si la posibilidad de aniquilación es demasiado al menos las más cobarde y frívola del insulto. Si Jesús Santrich incumplió unos compromisos largamente pactados y avalados por nuestros tres poderes es lógico e forzoso que debe pagar las penas estipuladas. Lo que de verdad sorprende es la avidez para que esa posible culpa personal arrastre todo el proceso y renueve algo de caos y violencia. Los procedimientos pactados en los acuerdos de La Habana, los fallos de la Corte Constitucional, las reformas constitucionales que aprobó el congreso y la ley estatutaria que reglamentó la Justicia Especial para la Paz son vistos como simples obstáculos, farsas para evitar que se aplique justicia. Nuestro simbolismo algo arrevesado hizo que el incidente coincidiera con el 9 de abril y su imagen de los machetes en alto.
Vale la pena recordar que en los últimos 50 años el Estado colombiano ha emprendido, con resultados variados, negociaciones con grupos ilegales más o menos cada década ¿Será que quienes hoy celebran su razón y piden algo más de acción también recuerdan con alegría el desorden de la última negociación? ¿Les gustaría repetir un proceso donde durante la negociación y desmovilización se cometieron cerca de 4000 asesinatos por parte de las AUC? ¿Les parece un triunfo la extradición de cabecillas, la cárcel del 1% de los desmovilizados, y la estampida de mandos medios y combatientes rasos para comenzar de cero? Luego de algo más de 10 años de la entrega de armas de los paras se habla de una reincidencia de más o menos el 25% de los desmovilizados. Hoy tenemos al menos 20 grupos de “combatientes” que apenas durante pocos meses fueron excombatientes. Esos paras que vieron fracasar su proceso son sin duda los principales narcos de hoy. Tendemos a creer que los fiascos del rival político constituyen triunfos. Pero en temas relacionados con la guerra y la criminalidad nos toca compartir las consecuencias de las decepciones. Nos toca cobrar con páginas rojas, con tragedias que siempre confiamos serán ajenas y lejanas.