martes, 10 de septiembre de 2019

Rearmar el cuento





En febrero de este año un grupo llamado Colectivos de Seguridad Fronteriza cumplió un papel clave para impedir la entrada de ayuda humanitaria a Venezuela. Armados de fusiles, cubiertos con pasamontañas y patrullando en motos se han convertido en un poder que ejerce y regula la criminalidad en la frontera. Actúa también como grupo de choque frente a manifestaciones contra el gobierno de Maduro y como megáfono de intimidación política. Según analistas de seguridad en la frontera, como InSight Crime, las disidencias de las Farc se han encargado de entrenar esos colectivos de composición binacional con presencia en tres estados venezolanos. El gobierno no ha hecho más que dejarlos ser. Son trabajadores por cuenta propia que prestan algunos servicios a cambio de espacio y tranquilidad. En enero de este año patrullaron en San Antonio y Ureña a la vista de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.
En esa relación de intereses mutuos, de contraprestaciones calculadas entre disidencias y gobierno Maduro, al parecer las primeras tienen algo más para ofrecer que el segundo. Las Farc fueron en el momento de mayor compenetración con el gobierno Chávez, entre 2002 y 2007, una guerrilla que compartía el objetivo de consolidar un proyecto ideológico en América Latina, servía como ficha frente a tensiones con Colombia, mostraba los caminos del enriquecimiento a generales venezolanos y tenía comunicación directa con el presidente Chávez. A pesar de todo eso promesas de misiles tierra-aire nunca se cumplieron y de los 300 millones de dólares prometidos, según correos interceptados, al parecer solo se entregaron 50. Y cuando fue necesario, Chávez traicionó la confianza con capturas, bajas y extradiciones para arreglar desajustes internacionales.
Ahora, la guerrilla teatral de Márquez, Santrich y compañía no tienen mucho que ofrecer al gobierno cercado y famélico de Maduro. Comparten la grandilocuencia en el discurso y el Bolívar de cartón en la escenografía. El gobierno de Venezuela es una camarilla de militares y civiles recelosos, tentados a la traición y temblorosos ante los designios de Rusia y China. La verdad no puede ofrecer algo más que indiferencia en el caos criminal de la frontera al que ahora Márquez y Cia llegan como segundones. Las bandas criminales con algún brochazo político no están dispuestas a acoger a guerrilleros con ínfulas de comandantes. Los militares venezolanos aprendieron hace tiempo a manejar solos sus vueltas rumbo a México. Las relaciones de Gentil Duarte y Jhon 40 en Venezuela tienen cierta estabilidad, se habla de 300 hombres, y no será posible que el “estado menor” de Márquez llegue a pedir mando y plata. Ese emprendedor no les abrirá la puerta tan fácil a socios sin mucho valor agregado. La competencia está tan dura que los principales guiños de la “alocución” de 32 minutos los dirigieron al ELN. La “marqueztalia” está en un punto ciego.
La paradoja es que todos los protagonistas, gobiernos, disidencias y medios, parecen felices magnificando la amenaza, armando una nueva guerrilla y rearmando un cuento alrededor de una sólida y provechosa unión entre un gobierno ocupado en sostenerse y una disidencia encartada en existir. La estrategia es crecer al enemigo armado para ganarle al rival político. Mientras tanto Márquez debe guardar la portada de Semana como su último gran logro, y Santrich tortura a sus hombres con el discurso que ensordece al Paisa y enloquece a Romaña.



martes, 3 de septiembre de 2019

Habla memoria





De repente todo ha ganado unos cuantos años. La realidad está un escalón más abajo en el tiempo, luce más curtida, más cerca del olvido y la nostalgia. La muerte tiene secretos inesperados. La ausencia del padre ha logrado envejecer el mundo. Los espacios en los que vivió hacen ahora parte de una mitología familiar, sus libros son cofres para encontrar un papel perdido, un mínimo subrayado; para un sobrino, su firma, algo deleznable y rutinario, es ahora una huella. Y la risa fácil es un milagro que suplicamos a la memoria.
En la clínica fue capaz de exhibir su humor negro, su capacidad de señalar riesgos propios y tomarse con algo de sorna los asuntos más definitivos. Toda la vida le huyó a la solemnidad. En la habitación, como un comentario suelto, mencionó un letrero macabro visto en un ascensor de servicio. “Solo cadáveres y material quirúrgico”. Un ascensor que solo apuntaba hacia abajo. Lo dijo con una sonrisa temerosa, no como un anuncio, no como una premonición, solo como una posibilidad. No era bueno para mencionar la muerte ni para ubicarse en el bando de los hipocondríacos.
No fue nunca un guía incisivo, obstinado, prolífico en consejos o reconvenciones. Tenía eso sí últimas palabras, órdenes que no admitían muchas discusiones. Era la última instancia. Recuerdo su actitud cuando en la infancia me negaba a bajarme del carro para ir al colegio. Mi mamá me llevaba hasta su trabajo y sin decir una palabra quedaban claras mis obligaciones y mis pasos hasta el salón. Pero en la tarde ya era de nuevo el compinche, el que podía azuzar ciertos desafíos adolescentes. Un amigo me dijo, unos días después de su muerte, que siempre lo había visto como un hermano más de sus hijos. No le faltó razón.
Eran pocas la distancias que marcaba con quienes conocía. No se subía a un peldaño para hablar con nadie, no ponía su mano para guardar un margen con quien hablaba por primera vez. Siempre jugaba de tú a tú. Recuerdo que en una finca de clima frío, que bautizó La montaña mágica con algo de pretensión, hizo varias veces de agricultor en un acuerdo con el mayordomo. Iban 50-50 en un cultivo de papa que casi siempre terminó comido por el mojojoy o vendido al peor precio del año. Nunca regateó nada, ni charlas ni conversaciones.
Sus manos demostraron siempre pocas destrezas motrices, servían para abanicar sus argumentos, para contemplar con un golpe suave sobre la espalda o la cabeza, para sostener el cigarrillo que lo acompañó casi cincuenta años. Pero no creo que haya sido capaz de enhebrar una aguja ni lograr una mínima hazaña con un destornillador. Como excepción a esa ineptitud, recuerdo que hacía unos sutiles aviones de papel y ejercía una mecanografía rápida y enérgica en exceso. Así mismo hablaba, sin delicadezas ni rodeos. Nunca conoció la prudencia, era igual de crudo para el elogio y para la burla.
Siempre apreció el valor de lo inútil. Eso lo hizo una rara avis entre ingenieros o economistas. Recuerdo su alegría cuando podía estar entre artistas. Intentaba comprenderlos desde una tranquila admiración. Siendo alcalde de Medellín se empeñó en un parque de esculturas en el Cerro Nutibara, el antónimo de un pueblito paisa.
Solo tuvo obediencias para su compañera de más de sesenta años. Era el momento de sus docilidades, de su aptitud para aceptar caprichos, del asentimiento como una de las formas del amor. Por algo gozaba refiriéndose a mi mamá como ‘La Patrona’.
Nada nos salva de la tristeza. No hay paliativos en el tiempo o la falla de la memoria. La falta del dolor es solo la aceptación de la distancia. Lo leí de Savater citando a Cesare Pavese, “no hay dolor más atroz que saber que el dolor pasará”.




miércoles, 28 de agosto de 2019

Viejos incendios





Cambia el tiempo los cantos de belleza por los gritos de horror. Mirar con la perspectiva de los años y los estragos tiene ventajas y trae frustraciones. Ahora no se celebran algunos males mayores antes vistos como proezas, por el contrario se señalan, se persiguen, causan revuelos citadinos… Pero siguen sucediendo. Arden igual o peor. Desde la altura de los satélites y los años el humo sigue siendo el mismo. El rastro que deja la tierra al girar, una huella de codicias y necesidades, de alardes y supersticiones.
Hace 152 años se publicó por primera vez, en formato de novenario, la Memoria del cultivo de maíz en Antioquia. Un poema, una epopeya campesina digamos, escrita por Gregorio Gutiérrez González. Alcancé a leerla en el colegio como una tarea que, entre alumnos de séptimo grado, no tenía más reparos que el vocabulario muchas veces indescifrable y el tono de copla que nos parecía digno de tienda.
“Ya el verano llegó para la quema; / La Candelaria ya se va acercando; / Es un domingo a mediodía. El viento / Barre las nubes en el cielo claro. Prenden la punta del hachón con yesca, / Y brotando la llama al ventearlo / Varios fogones en contorno encienden, / La Roza toda en derredor cercando. Lame la llama con su inquieta lengua / La blanca barba a los tendidos palos; / Prende en las hojas y chamizas secas, / se avanza, temblante, serpeando.”
Ahora algunas páginas en Internet, con muestras satelitales día a día, nos dejan ver los focos de incendios sobre toda la tierra. Pequeños puntos sobre un mapa inexplorado para la inmensa mayoría del planeta. “Tiende la noche su callado manto / Bordado con las chispas del incendio / Que parecen cocuyos revolando.” Porque la Amazonia es una especie de geografía de fábula, un “continente” inexplorado e inexplicable al que solo nos queda catalogar el “pulmón del planeta”, en un juego infantil entre anatomía y geografía.
Las imágenes de nuestros más recientes incendios vistas desde los satélites solo dejan perplejidades. El Catatumbo siempre ardiendo, con las calenturas de todo tipo en Tibú y Sardinata. Las obligatorias llamas en Riohacha y en Maicao, los focos, tal vez cocaleros en La Primavera, Curimaribo y Santa Rita en el Vichada. No parece verse el humo sobre los 30 municipios que según el IDEAM concentran casi el 95% de la tala en el país. Es posible que para nosotros no haya “día del fuego”.
“Vese de lejos la espiral del humo / Que tenue brota caprichoso y blanco, / O lento sube en copos sobre copos / Como blanco algodón escarmenado. La llama crece; envuelve la madera / Y se retuerce en los nudosos brazos, / Y silba, y desigual chisporrotea, / Lenguas de fuego por doquier lanzando. Y el fuego envuelto en remolinos de humo, / Por los vientos contrarios azotado / Se alza a los cielos, o a lo lejos prende / Nuevas hogueras con creciente estrago.”
Según las cifras del Global Forest Watch Fire nuestros incendios en lo corrido de 2019, algo menos de 24.000, están en el promedio de lo que ha pasado en las últimas dos décadas, y algo por debajo del año anterior. Ni Caquetá ni Putumayo, señalados los focos más recientes de deforestación, aparecen entre los departamentos con más focos de incendios ni se ven claras coincidencias entre coca y llamas. Desde arriba todo sigue siendo incógnita.
“Y nubes sobre nubes se amontonan / Y se elevan, el cielo encapotando / De un humo negro que arrebata chispas, / Pardas cenizas y quemados ramos. Aves y fieras asustadas huyen; / Pero encuentran el fuego a todos lados, / El fuego, que se avanza lentamente. / Estrechando su círculo incendiario.”







martes, 20 de agosto de 2019

Casar un duelo





El pasado fin de semana se cumplió un año más de un homicidio en el que las autoridades del Estado participaron activamente. Un crimen continuado que comenzó con el asesinato y siguió con las pistas falsas para enredar la madeja, el encubrimiento dirigido por altos oficiales, las amenazas cumplidas y los atentados a manera de escarmiento… En últimas, la mentira y la intimidación oficial como método para encubrir el crimen. Pocas veces se ven actuaciones tan coordinadas y vehementes por parte de uniformados, pocas veces logran verse como una “familia”, según la rotunda acepción que le da la mafia a esa palabra como método para asegurar lealtades.
 Podría estar hablando del homicidio de Luis Carlos Galán que planearon desde el DAS, facilitaron desde la policía de Cundinamarca e intentaron encubrir desde la Dijin. En el crimen que incluyó armas oficiales y disculpas póstumas policiales. Pero me refiero a un crimen menos planeado, un homicidio sin multitudes ni grandes móviles, un simple alarde policial contra una vida considerada menor. El 19 de Agosto se cumplieron ocho años del asesinato en Bogotá de Diego Felipe Becerra con dos disparos por la espalda que le descargó el patrullero Wilmer Antonio Alarcón. El delito fue portar dos aerosoles en su morral, uno azul y uno naranja fosforescente. Porque en ocasiones la silueta de un ciudadano común, de un joven bachiller, puede ser una figura muy deleznable para agentes ávidos de demostrar su poder.
Desde el día del asesinato el padre de Diego Felipe supo que comenzaba un duelo en todos los sentidos de la palabra. Hombres de civil y policías afinaban una versión común de la farsa. Él mismo escuchó las advertencias de los “consejeros” para que las declaraciones fueran firmes y coincidentes. Se plantó un arma en el sitio del homicidio y se intentó asociar al joven con ladrones corrientes de la zona. Han sido ocho años en los que Gustavo y Liliana casi se han convertido en abogados por medio de la más triste y peligrosa de las prácticas: buscar la condena para el asesino de su hijo y luchar contra policías y juzgados. Dos generales, seis coroneles, cuatro tenientes, doce agentes y seis civiles terminaron investigados en una trama que todavía debe capturas y sentencias.
El patrullero que disparó fue condenado hace tres años y aún sigue prófugo. El mismo día del fallo en su contra un juez de garantías lo dejó libre para que los 36 años de prisión fueran una pena para enmarcar. Desde hace dos años se espera un fallo de segunda instancia para que las autoridades se dignen a buscar una captura con algo más de voluntad. Tal vez el fallo del Tribunal tenga más peso. El proceso salió desde 2011 de la justicia penal militar pero continúa la injusticia penal. Solo hay tres condenados entre quienes manipularon la escena del crimen, pagaron a falsos testigos e inventaron la fábula del atraco. Los tres aceptaron principio de oportunidad y están colaborando con la justicia. Los procesos disciplinarios tuvieron que llegar hasta un fallo de la Corte Constitucional porque durante años no se admitió como parte a la familia de la víctima. Se decía que eran delitos contra el Estado. Luego de sesenta meses la causa penal contra los demás implicados está en el Tribunal por apelación de la fiscalía ya que se desconocieron pruebas claves en el proceso, entre ellas el testimonio de quien plantó el arma, testigo que ya sufrió un atentado. Hace dos años y medio el abogado de la familia de Diego Felipe enfrentó el último de los atentados que dejó a dos sicarios muertos a manos de un escolta de la UNP.
No debe ser fácil recordar un hijo leyendo expedientes y huyendo de sombras.


martes, 13 de agosto de 2019

El traje nuevo del emprendedor





Leer promesas de candidatos requiere una vacuna previa contra las enfermedades gramaticales y delirios de optimismo. Y preparación mental contra la condescendencia y el lugar común, y buenas defensas para soportar la redundancia. Asumí la ingrata tarea de leer el programa de gobierno del único candidato a la alcaldía de Medellín al que conocen más del 50% de los ciudadanos según la última encuesta de Datexco. El candidato es un antiguo vendedor de pilas que llegó a la política invitado por el expresidente Uribe al puesto 13 de una lista cerrada al senado. Malos augurios. En su curul solo tuvo una sonada intervención, corta pero elocuente: un hijueputazo dedicado a una contradictora. Pero su programa de gobierno, cuadernillo lo llamaré en adelante, habla de sus participación en grandes debates y “control político respetuoso y propositivo”.
Su primer lugar en las encuestas obedece a la triste nemotecnia electoral, al nombre y los posibles votos heredados de su padre, presunto beneficiario de algunos votos y favores de paramilitares. Pero esa es otra historia. Concentrémonos en el cuadernillo de 125 páginas. Lo primero es que tiene mucho de propuesta de “emprendimiento”, una de las palabras que suena como campanilla en cada párrafo. La inexperiencia de los que lo intentan por primera vez, los llamados grandilocuentes a referentes internacionales, el desconocimiento del día a día más allá del boceto optimista y la creencia según la cual decir tres veces lo mismo es decir más. También tiene el vocabulario aprendido y vacío de quienes han ido a cuatro conferencias de gurús internacionales en un año: gobernanza, innovación, ecosistema y resiliencia.
Lo primero que llama la atención es su delirio por convertir la administración en socia minoritaria de los empresarios. Cuando usa la palabra progreso habla de “una administración pública al servicio del empresariado, a la consecución de inversión y turismo para la ciudad, y a la formalización de quienes no tributan”. De ahí se viene la cascada de propuestas de Alianzas Público Privadas para cárceles, ampliar el Atanasio, museos, renovación urbana e infraestructura vial. Por último llama a EPM a seguir el ejemplo del GEA y convoca al comité intergremial para nombrar el gerente la empresa de servicios públicos. Todo sin mencionar a HidroItuango. Me hizo recordar algunos contratos de Tronex, la empresa donde vendía pilas, con el departamento cuando su papá era gobernador.
En los temas de seguridad invoca las cámaras, exitosas en Jerusalén, con sensores de reconocimiento facial y ubicación de armas, explosivos y drogas en vehículos. Eso sí, combinadas con las luces LED azules de Tokio y sus efectos tranquilizantes. También clama por mejor espionaje y pone a Laureles y El Poblado como referentes para las demás comunas. Me imagino que piensa en una APP con empresas de seguridad. En educación no habla de la deserción creciente a los 15 años sino de la programación de códigos fuente en noveno y décimo grado. Y cuando los profesores de colegios públicos ganan casi igual que los vigilantes busca convertir a Medellín en el Boston de Suramérica.
Menciona tres veces la palabra equidad y confunde “movilidad social” con “movilización social”. Y como no se traga a esa gente que todo lo quiere gratis, pide que quien haya recibido un subsidio lo cubra limpiando parques o calles. Pero es humano y por eso cuando habla de la necesidad de una sociedad feliz termina apelando a la disciplina, el ahorro, la excelencia, la puntualidad, las metas ambiciosas y el respeto a las normas establecidas, una mezcla de curso por comparendo y autoayuda.
No puede ser que le entreguemos el emprendimiento de La Alpujarra a un heredero que, como lo demuestra su cuadernillo, no tiene una sola idea sobre la ciudad.


miércoles, 7 de agosto de 2019

Mareas de coca







El gobierno de Iván Duque dibujó desde sus inicios una postal sugerente para referirse a una de sus prioridades: habló de un mar de coca. El símil se ha usado para señalar la cifra histórica de cultivos ilícitos. La economía naranja tiene derecho a sus figuras poéticas. Hace unos días, cuando el reciente estudio SIMCI que hace la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNDOC), mostró una disminución del 1.2% en las hectáreas sembradas con coca entre 2017 y 2018, el gobierno salió a cobrar ese puntico, señalando que comienza a bajar la marea. Colombia muerta algo asustada su mejor nota, apenas perceptible pero mejor, frente al profesor iracundo en Estados Unidos.
Sin embargo, algunos números en el examen dejan ver que nada ha pasado con los cultivos y que el gobierno mintió con descaro en algunas lecciones orales previas a la calificación de la UNDOC. Lo primero para señalar es que con 2.000 hectáreas menos (se pasó de 171.000 a 169.000) tuvimos una mayor producción de hoja de coca fresca. La renovación de cultivos y las podas (no solo los cafeteros lo hacen) hicieron que la productividad fuera mayor en 2018: se llegó a 5.7 toneladas métricas por hectárea/año. De modo que la producción potencial de clorhidrato de cocaína creció un 5.9%. Hay un poco más de materia prima para trabajar. Por su parte las incautaciones cayeron 4.7%, así que hay un poco más de coca que terminó con éxito su exportación hasta el norte.
El gobierno sigue empeñado en la fumigación como fórmula mágica, pero algunos datos hacen difícil creer en esa solución caída del cielo. El promedio de los cultivos es de una hectárea, el precio de fumigación de esa porción de tierra es de 72 millones, lo que hace difícil, costosa e incierta esa estrategia. Mientras tanto las familias inscritas para el PNIS, programa de sustitución voluntaria, crecieron un 83%, pasando de 54.000 a 99.000. Concentrarse en el territorio y no fumigarlo podría ser más efectivo.
La coca está cada vez más concentrada. Los diez municipios con más cultivos suman el 44% del total nacional, y el 90% de la coca en 2018 está en los mismos territorios del 2017. Cada vez tenemos más coca en menos kilómetros cuadrados. Esa concentración y esa persistencia ilegal demuestran la consolidación de unos espacios en los que el Estado no tiene acceso, no existe como autoridad ni como ejecutor de políticas públicas. Las zonas están bien definidas: El Tambo-Argelia (Cauca); El Charco-cuenca alta del río Telembí (Nariño); Anchicayá (Valle del Cauca); Tarazá-Valdivia (Antioquia), San Pablo (Bolívar), Tibú-El Tarra (Norte de Santander). Difícilmente las siglas de las FAC en los helicópteros que acompañan la fumigación lograrán una disminución en el largo plazo. Solo crecerá la desconfianza, la resiembra y la violencia contra las FF.AA.
Un indicador clave en el informe está dado por la necesidad de la persistencia del Estado en sus intervenciones. Cuando el gobierno llega con cualquiera de sus políticas las cosas mejoran. En los cultivos intervenidos en 2017 y 2018 la reducción de la coca fue del 25 %; en los que solo se intervinieron en 2018 la reducción fue del 16 %, mientras que en los que tuvieron “trabajo” del Estado en 2017, pero no en 2018, la reducción fue del 2 %. El Estado es intermitente y el narco es constante. La concentración de sustitución voluntaria en 2018 en Caquetá y Putumayo produjo una reducción cercana al 8%.
Cerca de 2.5 billones de pesos se quedan cada año en los territorios de siembra y transformación de la coca. Un billete muy largo donde hay recursos muy cortos. Solo la inversión, la inteligencia y la persistencia traerán resultados ciertos.






miércoles, 31 de julio de 2019

Vuelta de suplicios








El 21 de septiembre de 1980 Alfonso Flórez llegó vestido de amarillo a París como ganador del Tour de l’Avenir. La camiseta del campeón escondía las penurias de esos 14 días de batallas desconocidas e inesperadas. Los colombianos tomaron la partida con sus camisas de lana y sus competidores los miraban como una pintoresca bandada tricolor. Matt Randell, autor del libro Reyes de las montañas, un relato de todas las etapas de nuestro ciclismo, cuenta que la figura de los colombianos hizo que se pasara de la gran expectativa a “la conmiseración y la piedad” ¿Quiénes eran esos diminutos corredores que comían piedras azucaradas durante la carrera? En la primera etapa, una crono por equipos, Rogelio Arango llegó tarde a la línea de salida y el Tour comenzó 5 minutos tarde para los colombianos.
A diferencia del fútbol que se ensaña en recordarnos dolorosas derrotas y marcar las desgracias en la memoria, el ciclismo parece solo vivir de las glorias y borrar los infortunios. Recordamos más los brazos en alto que los codos raspados por el pavimento, los ataques que los desfallecimientos, los podios que los escándalos. Pero luego de casi 40 años de ese primer lance han corrido dolores en las carreteras y los hoteles.
El salto a la mayoría de edad en 1983 con la llegada al Tour de Francia de la mano de Pilas Varta y sus 60 millones de pesos para la Gran Aventura, tuvo más llanto que honra. Viajaron 35 periodistas colombianos a seguir a 10 ciclistas y antes de llegar los Alpes solo quedaban 5 escarabajos en carrera. El día de la partida varios de ellos fueron multados con 70 francos por orinar entre las matas; “No entendíamos nada y todo nos daba susto.”, dijo Patrocinio Jiménez pasadas dos décadas del primer tormento. Ni a la llegada en los Campos Elíseos hubo tranquilidad, ‘Patro’ se cayó y debió resignarse con el decimoséptimo puesto a más de 27 minutos del campeón Laurent Fignon, un francés que según el mismo Patrocinio les decía a los periodistas que los colombianos era una raza inferior.
Mientras los mejores colombianos peleaban un lugar en Europa la mafia tenía un puesto muy bien ganado en los equipos nacionales: Joyerías Felipe, Bicicletas Ositto (el equipo de Roberto Escobar), Perfumería Yaneth, Punto Sport Catalina eran importantes patrocinadores con capos por fuera de las carreteras. El Chalo Marín y Alfonso Flórez terminaron asesinados en Medellín a comienzos de los noventa. El ciclismo mostraba sus primeros lunares negros. En esos mismo años oscuros Herrara y Parra cerraban sus carreras con caídas y retiros en la Vuelta España y el Tour respectivamente. Café de Colombia había cerrado de equipo unos años antes. La primera década de gloria terminó lánguida.
La generación que siguió cumplió hazañas parecidas. Álvaro Mejía fue cuatro en un Tour y Oliverio Rincón ganó etapas en las tres grandes. Pero algo deja claro que las cosas no eran fáciles: los 2 abandonaros el ciclismo antes de cumplir 30 años. Luego, a finales del siglo XX, en épocas del Kelme, Víctor Hugo Peña contaría como los colombianos eran timados en la firma de los contratos, usados de conejillos para el doping o parados para que ganaran los europeos, tal como le pasó a ‘Pacho’ Rodríguez en la vuelta del 85 para que ganara ‘Perico’ Delgado.
La historia de ‘Cacaito’ Rodríguez, ganador en Val Thorens en 1994, la cima donde Egan llegó de amarillo y selló su título, deja claro los largos suplicios en Europa. Corría con el humilde Selle Italia, el mismo que sacó a Egan del ciclomontañismo, y esa victoria le marcó su futuro: “Los siguientes seis años los pasé de enero a octubre solo en un hotel”.
Debajo de la amarilla de Egan hay una larga historia de tormentos.