miércoles, 7 de diciembre de 2016

Balance de un velorio






Los entierros son casi siempre un rito social al que se asiste por obligación. Nada del último adiós o el intento de una conexión final con un cuerpo ya rígido. Solo un gesto de consideración con los deudos, una respuesta al llamado a lista que hacen los curiosos y los maledicentes. Es tal vez el rito social al que se asiste con menos emoción y se participa de manera más fría. La muerte impone ciertos modales que solo algunos dolientes borrachos o algunos farsantes profesionales suelen romper.
Pero otra cosa sucede cuando el muerto está teñido con algún color que simbolice enfrentamientos políticos o deportivos. En ese caso ya no valen las reservas de los familiares y amigos del difunto, y el silencioso cortejo puede convertirse en manifestación, batalla, misa campal o vuelta olímpica. En Medellín son famosos los entierros de los hinchas muertos en sus correrías de estadio en estadio. Se agitan las banderas desde los techos de los buses, se repiten los recorridos habituales hasta la cancha, se cantan todos los estribillos y las canciones a manera de marcha fúnebre, se hacen los brindis de rigor mortis y se echan los humos correspondientes. Al final no queda más que una algarabía y algunos insultos contra el hombre del palustre que termina por cerrar la ceremonia.
La muerte de los jugadores del Chapecoense y sus acompañantes logró que el rito algo bizarro que se repite cada tanto con hinchas jóvenes muertos en peleas o accidentes, fuera un evento en el que participaron miles de ciudadanos. Aquí no había culpa ni rabia. Era solo un sentimiento de dolor compartido, una necesidad de expresar solidaridad. Pocas veces se logra reunir tanta emoción sin llegar a la estridencia y las estampidas. Una energía colectiva empujó a la gente hasta las tribunas y los alrededores del estadio. No se trataba de un entierro. No había muerto un solo colombiano y casi nadie sabía siquiera los nombres de las víctimas. La gente fue a acompañar a los lejanos familiares de los muertos y terminó encontrando una compañía para su propio dolor.
En la mesa de los mangos de una de las vendedoras habituales en las afueras del Atanasio se fue formando poco a poco un altar. No había virgen ni fotos del malogrado equipo finalista. La gente sintió que la mesa y el paraguas colorido que la cubría eran suficientes para comenzar el pequeño culto. La mesa de los mangos terminó rodeada de cientos de velas y flores. Esos gestos espontáneos le dieron valor a lo que pasó la semana anterior en Medellín. Así como los días de duelo “decretados” por los poderes oficiales e ilegales.
Pero también hubo una especie de autocomplacencia que fue llegando y cubriendo ese silencioso y natural desahogo. Un poco de exhibicionismo. Cuando los gestos ya no eran espontáneos sino calculados, escritos, impresos. En algunos momentos parecía que la ciudad se aplaudía a sí misma por su solidaridad y no faltaron las escenas propias de los farsantes profesionales en los entierros. También estuvo la palabra de los políticos y nuestro exceso de formalismo y de ombliguismo. Los globos desde Barrio Antioquia valieron mucho más que las palabras de los gobernantes. José Serra, el canciller brasilero, soltó una especie de oración dolorida. Por nuestra parte los discursos solo sirvieron para recordarnos que estábamos ante un evento oficial, con orden del día y jerarquías. Un momento apropiado para la rechifla de la noche.





martes, 29 de noviembre de 2016

Paternidad revolucionaria








Nadie tiene la posibilidad de elegir a su padre. Se trata de una imposición biológica contra la cual es imposible resistirse. Tampoco los padres pueden elegir el temperamento, las aficiones, los resabios… el camino de sus hijos. Simplemente pueden hacer intentos, vanos o exitosos, para enseñar algunas posibilidades. Los hijos tendrán siempre la opción de la indiferencia o el repudio. Un portazo puede marcar el fin de las relaciones filiales.
Pero cuando la utopía sueña en convertir a la sociedad en una gran familia todo se complica. Ya no es fácil dar un portazo y las diferencias se convierten en traiciones.  La muerte de Fidel Castro ha mostrado, con sinceridad dolorida, con gestos infantiles, con conmovedora inocencia, la peligrosa paternidad de un líder omnipresente sobre los ciudadanos. La portada del periódico Gramna, papel oficial del régimen, el sábado 26 de noviembre sirvió como homenaje y confesión. La silueta de un joven Fidel, con su fusil a la izquierda, apuntando al aire, se repite por toda la página, copa todos los espacios, se multiplica y se acompaña de una sentencia: “Cuba es Fidel”.
La imagen de ese padre magnánimo y fiero se ha repetido en la visión que desde afuera se construye de la isla y su líder. Marc Frank, corresponsal de Financial Times y Reuters en Cuba, con más de 30 años de vida cubana, escribió en su libro Cuban revelations: Behind the scenes in Havana: “la multitud tenía de algún modo la forma de Castro [...] uno podía advertir su sentimiento de posesión, como si tuviera realmente la isla en sus brazos, ¡la isla entera!”. La sombra de Fidel terminó por empequeñecer a los cubanos, por hacerlos una pieza más para el mosaico hecho con el molde del “hombre nuevo”. Al ser consultado por la posibilidad del avance de los cambios en la isla luego de la muerte de Fidel, el diplomático y profesor cubano Carlos Alzugaray resalta que tal vez ahora sea más sencillo y vuelve sobre la idea del padre: “En cierto modo era algo así como cuando tienes un papá mayor al que no quieres disgustar". Y el mismo Raúl Castro se quejó hace unos años del “enfoque excesivamente paternalista de la revolución”. Tal vez resulte un tío más desprendido.
La peor parte la han vivido los hijos desobedientes de ese padre inevitable, los extravagantes, los “vagos”, los que se acercan a la “peligrosidad predelictual”, los gusanos, los que no marchan al mismo paso y necesitan ser empujados. Reinaldo Arenas ha sido un paradigma para quienes no encajaron en el molde y dieron un portazo al régimen. Cómo él hay muchos agazapados en las esquinas de La Habana, en el malecón y las pequeñas “barbacoas” que convierten una habitación alta en un camarote. No todos tienen la locuacidad de ese hijo insolente, pero les gustaría imprimir unos volantes con un pequeño párrafo y repartirlos por ahí: “Salir era constatar que no había salida. Salir era saber que no se podía ir a ningún sitio. Salir era arriesgarse a que le pidieran identificación, información, y, a pesar de llevar encima (como siempre llevaba) todas las calamidades del sistema: carné de identidad, carné de sindicado, carné laboral, carné del Servicio Militar Obligatorio, carné del CDR, a pesar en fin, de ir, cual noble y mansa bestia, bien herrada, con todas las marcas que su propietario obligatoriamente le estampaba, a pesar de todo, salir era correr el riesgo de caer, de lucir mal ante los ojos del policía que podía señalarlo como un personaje dudoso, no claro, no firme , no de confianza…”






martes, 22 de noviembre de 2016

Vencer y convencer






Hay una buena señal en medio del desencuentro político para acabar el conflicto con las Farc. Fieles a nuestra tradición hemos convertido un asunto práctico, una cuestión de vida o muerte para muchos, en un embrollo jurídico para el deleite de unos pocos abogados con carné de partido. Pasamos de los estragos del Bloque Oriental a los enredos del bloque de constitucionalidad. Es tan cierta la disminución de la violencia ligada al conflicto en los últimos dos años que poco a poco hemos ido olvidando el conteo de tragedias individuales y desgracias colectivas que implica la guerra. Hemos asumido que el conflicto con las Farc terminó y nos centramos en el debate político y la minucia legal, desconociendo los riesgos que implica sentar a siete mil hombres armados a la espera de un acertijo electoral, y olvidando la oportunidad de poner fin a un anacronismo brutal que ya suma 52 años.
En los más de cuatro años de proceso con las Farc han surgido algunas paradojas. Nos dimos cuenta de que las taras ideológicas pueden ser más fuertes en la derecha legal que en la izquierda armada. Cuando al fin las Farc han reconocido la legitimidad y las reglas del Estado para hacer política, algunos partidos pretender convertir un triunfo electoral en un parte de victoria militar. El Centro Democrático y otros de los llamados voceros del No sugieren que los resultados del 2 de octubre son suficientes para convertir una negociación en un sometimiento. Por esa vía las Farc perderían la guerra como consecuencia de su ingreso a la política y su primera derrota electoral. Quienes vaticinaban la llegada de Timochenko al poder, ahora exigen su reclusión como producto de ese vaticinio fallido. Los opositores del acuerdo desestiman los riesgos del regreso a la violencia, suponen que el largo proceso (que antes les parecía un despropósito) logró la capitulación y es hora de imponer las condiciones. Desconocen las diferencias entre vencer y convencer.
Colombia se ha convencido a si misma de su estigma de violencia. Hace unas décadas por hechos incontrovertibles y en los últimos años por una especie de jactancia frívola. Sin embargo, cuando se hace cierta la posibilidad de parar una de las principales fuentes de violencia decide que son más importantes las rencillas políticas, que es mejor extremar los desacuerdos partidistas y elegir un bando que integrar a los violentos. Aquí hay una nueva paradoja. La exacerbación de las diferencias políticas en el Congreso y los escenarios públicos, la necesidad de un enemigo que permita la descalificación puede perpetuar la pesadilla de la mezcla de política y armas. No queda más que recordar una frase de Carl Schmitt, un ideólogo del autoritarismo, que parece perfecta para la realidad de nuestros días: “La distinción política específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción amigo y enemigo”.
Tal vez la última paradoja es que mientras se pretende integrar a las Farc a la sociedad y hacer creíble el Estado para quienes siempre han permanecido al margen de sus promesas y al acecho de sus amenazas, los partidos se encargan de descalificar y poner en duda la legitimidad de las cortes, el congreso y el ejecutivo. A este paso vamos a terminar con Iván Márquez como uno de los pocos políticos que se atreven a emprender la defensa del Estado y su aparataje.











martes, 15 de noviembre de 2016

La parcela de Dios







Los periódicos están llenos de relatos de esa “América profunda” que eligió a Trump con una mueca de venganza burlona. Como si desde allá hubieran dicho, “Ah no nos toman en serio, pues les daremos un payaso, el más bulloso de todos, el que más les molesta”. Los periodistas retratan los problemas de drogas en los pueblos carboneros de Virginia, los condados fantasmas donde un letrero en una vidriera deja constancia del día y la hora en que el Wal-Mart cerró sus puertas, las versiones de un Sheriff que es a la vez pastor protestante y debe arrestar a los jóvenes en la calle y aconsejarlos en la iglesia. Gritos en los muros de Facebook que instan a levantar con orgullo la bandera confederada y declaraciones de blancos que reprochan a quienes llegan al país y no hablan inglés ni “quieren ser americanos”.
Algunas de esas escenas me recordaron una novela llamada La parcela de Dios, publicada en 1933 por Erskine Caldwell, periodista, escritor, jugador de fútbol americano nacido en Georgia a principios del siglo XX, y leída con avidez durante tres décadas en Estados Unidos hasta caer en un confortable olvido. Las cuentas de los editores hablan de más de diez millones de copias vendidas en su país y reseñan los escándalos de censura vividos por una obra donde en una misma casa una misma familia peca y reza todos los días. Georgia y Carolina son los escenarios de la novela donde Ty Ty, viudo y loco por la fiebre del oro, pone a sus hijos, hijas y yernos a cavar en busca de un filón de oro que nunca aparece. Los negros viven en el granero y la superstición, reducidos a una esclavitud blanda que solo les permite la reverencia y el temor. Caldwell busca mostrar un mundo que se resiste a morir, unos pueblos donde reina la insatisfacción y el retrato de los políticos se centra en Pluto, un gordo estúpido que se sonroja ante los insultos de los hombres y las burlas de las mujeres, y termina todas sus frases con una muletilla que destruye sus torpes versiones del mundo: “Y es un hecho”.
Algunas de las fábricas de algodón están cerradas por huelgas, en otras, las mujeres, más condescendientes frente a los patrones, han comenzado a desplazar a los hombres que se dedican a la protesta y el alcohol. Will, uno de los yernos de Ty Ty, mira su mundo con desconsuelo desde la ventana de la casa amarilla que le ha asignado su empresa, una letrina según sus palabras: “Sabía que nunca podría alejarse de esas fábricas que por la noche la iluminación tornaba azules, ni de los hombres de labios ensangrentados que se pasaban el día por las calles, ni del malestar que se respiraba en los pueblos fabriles. Tenía que quedarse allá y ayudar a sus amigos a encontrar la forma de ganarse la vida (…) En los pueblos del valle, la belleza mendigaba y la sed de los hombres fuertes resonaba en el vacío como el gimoteo de mujeres maltratadas”.

Tal vez sea forzado leer La parcela de Dios en clave política luego del triunfo de Trump, más cuando uno de los principales enemigos de ese mundo retratado es un hijo de Ty Ty  que se fue del pueblo, se hizo especulador en el mercado de algodón y compró una casa blanca de dos pisos en un suburbio cercano. Pero hay una frase del patriarca de la familia que puede dar algunas pistas sobre cómo votan una parte de los sesenta millones que marcaron a Trump: “Deberíamos vivir tal y como nos hizo Dios; vivir como intuimos cuando nos sentamos a solas y sentimos lo que hay dentro de nosotros. Alguna gente dice que hay que hacer caso a lo que dice la cabeza, pero se equivoca. La cabeza te da sentido común cuando hay que cerrar una venta o cosas así, pero no puede sentir por ti. Es la gente que deja que la guíe su cabeza la que se complica la vida”. 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Corte de cuentas





En Colombia casi siempre los debates sobre libertad de expresión, libertad de prensa y derecho a la información se dan luego de una denuncia penal contra un periodista. La injuria y la calumnia son las palabras que se repiten en medio de lo que se convierte en un careo personal entre la supuesta víctima y su supuesto agresor. La escena sirve como round de baranda para el exhibicionismo de abogados defensores y oportunidad para la foto digna del presunto agraviado. Muy pocas veces el debate llega a plantear los límites y las tensiones entre los derechos involucrados. Dejamos las decisiones de fondo a los académicos y nos quedamos con la pequeña garrotera.
El reciente fallo de la Corte Constitucional que obliga al programa Séptimo día a rectificar informaciones e inferencias expresadas en tres emisiones sobre la situación de las comunidades indígenas en Colombia, tiene varias particularidades respecto al debate habitual sobre medios, responsabilidad social y derecho al buen nombre. Lo primero es que no se da respecto de unos sujetos específicos sino a las comunidades indígenas y sus líderes en general. Lo segundo es que se trata de una decisión respecto a una acción de tutela por lo que se deslinda de los tipos del código penal y se centra en el ejercicio de derechos y sus correspondientes responsabilidades.
En el fallo la Corte se muestra consciente de los riesgos de convertirse en una especie de última instancia en los procesos periodísticos. Sabe que su tarea no es señalar errores ni decidir sobre la idoneidad de las fuentes elegidas ni imponer la necesidad de un contexto para que se entiendan mejor algunos complejos problemas sociales. Reitera la Corte que su control sobre los medios es “excepcional y flexible”, y que la obligación de los periodistas no es la misma de los jueces o los investigadores sociales. Reconoce que las versiones periodísticas deben tener un deber de diligencia razonable para examinar sus fuentes, deben alejarse de las intenciones injuriosas y no enmascarar mentiras conscientes, pero no se les puede exigir “pruebas incontrovertibles” a la hora de encarar sus historias. También resguarda la Corte un inevitable nivel de subjetividad para alejarse de ese mito de imparcialidad absoluta que se pregona desde las orillas más radicales: “el deber de imparcialidad, correlativo al derecho a informar, no implica el deber de desligarse por completo de la propia subjetividad. Por el contrario, este deber presupone la consagración de un margen interpretativo en cabeza de quien informa. Sin embargo, le impone el deber de guardar un equilibrio informativo.”
Al final la Corte reprocha a director y reporteros de Séptimo día algunas cosas respecto a los tres programas emitidos. Sus generalizaciones a partir de casos particulares. Director y reporteros condenan a toda la justicia indígena luego de mirar tres casos en el Cauca. Y no solo a la justicia sino a los líderes de las comunidades. Igualmente concluye que viola derechos a la igualdad, el buen nombre y pone en peligro a los indígenas señalar, sin pruebas, que diferenciar entre indígenas y guerrilleros en el norte del Cauca es bien difícil. Esas inferencias groseras demuestran para la Corte un nivel de parcialidad que además encubre las diferencias entre hechos y opiniones. Finalmente demuestra el desequilibrio de 10 a 1 entre el tiempo concedido a las acusaciones y a los acusados en los tres capítulos emitidos entre julio y agosto del año pasado.
Una buena advertencia sobre los peligros de encontrar las conclusiones de un problema complejo mucho antes de salir a buscar las pruebas y los testimonios.



martes, 1 de noviembre de 2016

¿Cómo quieren que les escriba?





Los periodistas han pasado de la suficiencia al temor. Hace unos años el periodista sentía que su teclado o sus micrófonos estaban sobre un estrado desde el que se dirigía a su público con la autoridad que le daba alguna cualidad entre el conocimiento y la popularidad. El periodista terminaba su pequeña nota, su comentario, su crónica, y bajaba de la tarima con la cabeza arriba y un gesto de orgulloso declamador. Ahora la realidad le ha entregado un tablado a la audiencia y el periodista habla desde el fondo del escenario, abajo, sometido a la mirada entre burlona y vengativa de quienes lo oyen con creciente desconfianza. Cuando termina su intervención el periodista de hoy agacha la cabeza y sube hasta los  palcos de la opinión pública y las redes sociales con temor a la rechifla y los señalamientos. Ha entendido que hoy su papel es más seguir la corriente que llevar la contraria.
Hace unos días leí una frase de Juan Gossaín que fue replicada vía Twitter durante un día entero: “El periodista es empleado de la opinión pública, no de los medios”. Y lo que pretendía ser un grito de independencia me pareció la confesión de una triste tiranía. Cada vez más los periodistas intentan acomodar sus interpretaciones, sus noticias, su atención sobre los hechos a los prejuicios de una opinión pública en estado de indignación permanente. En su afán de ser crítico del poder y de poner en cuestión a funcionarios y directivos de todos los pelambres, el periodismo se ha ido acercando a la caricatura que repite prejuicios y retiñe los estribillos de los grafitis. Se trata sobre todo de hacer un juicio sumario, lo menos complejo posible, que deje bien saciada la venganza de una ciudadanía que se siente engañada, y entregue un trofeo para el linchamiento en las redes sociales. Los matices, el contexto, las complejidades y los desmentidos que siempre entrega la realidad, las culpas compartidas, los azares que traen las tragedias, la conclusión con interrogantes son vistos hoy como un maquillaje que busca cubrir la perversidad de algunos. Una simple tibieza.
No entiendo por qué los periodistas deben ser empleados de la opinión pública, como si fueran políticos o encuestadores, o publicistas o compositores. Está bien que los periodistas se hayan bajado de esa nube según la cual llevaban de cabestro a su audiencia, pero está mal que ahora sean ellos quienes se aten la soga al cuello para ser arrastrados por la estampida de las redes y los foros de lectores. Creo que el periodista es empleado, ahora que hablamos de mundos ideales, de la historia que ha elegido y sus hechos. Debe responder a esa realidad y contradecir al mundo entero cuando esa realidad se lo dicte con evidencias suficientes. Así tenga que desmentir a su audiencia lista para recibir un veredicto inapelable.
Hace muchos años se preguntaba Roberto Arlt, el cronista argentino de pequeñeces, “¿Cómo quieren que les escriba? Porque unos opinan blanco y otros negro”. Era una pregunta burlona, lejos de la condescendencia, una pregunta que señalaba los inevitables descontentos y al final terminaba apaciguando la pequeña tormenta por una de sus páginas recientes: “Seriamente, no creía que le dieran tanta importancia a estas notas”. De eso se trata, de escribir y hablar sin pretensiones ni presiones.


miércoles, 26 de octubre de 2016

Otras víctimas







Me llamó la atención una frase de un periodista colombiano encargado de cubrir las elecciones en Estados Unidos: “Mientras los medios se concentran en las masacres del Estado Islámico, que ha matado a menos de cincuenta estadounidenses, ignoran que la violencia dentro del país dejó 15.696 personas asesinadas en el 2015”. Fue inevitable pensar en nuestros cerca de cinco años de concentración desmesurada en el conflicto con las Farc, sus consecuencias, sus víctimas, sus tres finales escénicos y su renegociación. Nos hemos olvidado por un tiempo de las víctimas elegidas al azar en las esquinas, las víctimas solitarias, sin organizaciones, sin ideología, sin doliente. Esas siguen siendo la mayoría de las víctimas de la violencia en el país. La fatiga del pomposo “conflicto” nos acerca de nuevo a los muertos de cada fin de semana en las ciudades.
Entre ellos, los jóvenes son tal vez los más expuestos y los más indefensos. Muchas veces pasan de victimarios a víctimas sin siquiera notarlo, y lo que parecía un simple mandado bajo presión se convierte en la primera vuelta para quien será su patrón y “protector”. No se nos puede olvidar ese reclutamiento. En Medellín, por ejemplo, cerca del 50% de las víctimas de homicidio son niños y jóvenes entre los 10 y los 28 años. A mediados de los noventa la tasa de homicidios en la ciudad alcanzó los 381 por cada 100.000 habitantes. Es imposible desconocer los adelantos, el año pasado tuvimos el 10% de los homicidios de 1993,  pero todavía hay barrios y comunas completas donde ser joven implica grandes riesgos. Mientras Medellín el año pasado tuvo una tasa de 20 homicidios por 100.000 habitantes, en los barrios más complejos, como San Javier, por ejemplo, la tasa fue de 57 por cada 100 mil habitantes, y  para los jóvenes llegó a 122. Lo mismo sucede en San Cristóbal (52-108), Castilla (40-102), Altavista (42-75). Según cifras de 2013 y 2014.
A pesar de que solo el 8.8% de los jóvenes asesinados en Medellín en 2013 y 2014 tenía algún antecedente por infracciones penales o de policía, nos hemos acostumbrado a ver la muerte de los pelaos como un asunto inevitable, inherente a la vida del barrio y la esquina, y muchas veces la muerte viene acompañada de una condena social sobre la víctima, una forma velada de justificación. La paradoja es que muy pocas veces esos homicidios terminan en condenas, pero muchas veces las futuras víctimas saben la “sentencia” que les han impuesto. Así lo demostró un estudio publicado el año pasado por la Fundación Casa de las Estrategias. Ahora, ellos mismos proponen un sencillo protocolo para que los jóvenes que se sientan amenazados reciban apoyo, atención y posibilidades de huir de la “calentura” al menos por un tiempo. Si nuestros barrios tienen fronteras invisibles, las autoridades deben hacer posibles unos exilios barriales para salvar vidas y quitarle control a los combos sobre los más vulnerables. Una política sencilla puede salvar la vida de cincuenta jóvenes en un año y mostrar que la administración puede hacer algo distinto a la ronda de unos policías en moto. Una investigación de la misma fundación muestra que la familia de las víctimas, muchas veces madre y hermanos como manda el estereotipo, solo tienen contacto con el Estado, más allá de los trámites legales de levantamiento, luego de tres años del homicidio.
En ocasiones el Estado debería guiarse por el simple pragmatismo de salvar una vida y atender un dolor, poner allá sus énfasis, ser menos dado a la reacción automática frente al ruido y guiarse por intuiciones más silenciosas.