miércoles, 31 de julio de 2019

Vuelta de suplicios








El 21 de septiembre de 1980 Alfonso Flórez llegó vestido de amarillo a París como ganador del Tour de l’Avenir. La camiseta del campeón escondía las penurias de esos 14 días de batallas desconocidas e inesperadas. Los colombianos tomaron la partida con sus camisas de lana y sus competidores los miraban como una pintoresca bandada tricolor. Matt Randell, autor del libro Reyes de las montañas, un relato de todas las etapas de nuestro ciclismo, cuenta que la figura de los colombianos hizo que se pasara de la gran expectativa a “la conmiseración y la piedad” ¿Quiénes eran esos diminutos corredores que comían piedras azucaradas durante la carrera? En la primera etapa, una crono por equipos, Rogelio Arango llegó tarde a la línea de salida y el Tour comenzó 5 minutos tarde para los colombianos.
A diferencia del fútbol que se ensaña en recordarnos dolorosas derrotas y marcar las desgracias en la memoria, el ciclismo parece solo vivir de las glorias y borrar los infortunios. Recordamos más los brazos en alto que los codos raspados por el pavimento, los ataques que los desfallecimientos, los podios que los escándalos. Pero luego de casi 40 años de ese primer lance han corrido dolores en las carreteras y los hoteles.
El salto a la mayoría de edad en 1983 con la llegada al Tour de Francia de la mano de Pilas Varta y sus 60 millones de pesos para la Gran Aventura, tuvo más llanto que honra. Viajaron 35 periodistas colombianos a seguir a 10 ciclistas y antes de llegar los Alpes solo quedaban 5 escarabajos en carrera. El día de la partida varios de ellos fueron multados con 70 francos por orinar entre las matas; “No entendíamos nada y todo nos daba susto.”, dijo Patrocinio Jiménez pasadas dos décadas del primer tormento. Ni a la llegada en los Campos Elíseos hubo tranquilidad, ‘Patro’ se cayó y debió resignarse con el decimoséptimo puesto a más de 27 minutos del campeón Laurent Fignon, un francés que según el mismo Patrocinio les decía a los periodistas que los colombianos era una raza inferior.
Mientras los mejores colombianos peleaban un lugar en Europa la mafia tenía un puesto muy bien ganado en los equipos nacionales: Joyerías Felipe, Bicicletas Ositto (el equipo de Roberto Escobar), Perfumería Yaneth, Punto Sport Catalina eran importantes patrocinadores con capos por fuera de las carreteras. El Chalo Marín y Alfonso Flórez terminaron asesinados en Medellín a comienzos de los noventa. El ciclismo mostraba sus primeros lunares negros. En esos mismo años oscuros Herrara y Parra cerraban sus carreras con caídas y retiros en la Vuelta España y el Tour respectivamente. Café de Colombia había cerrado de equipo unos años antes. La primera década de gloria terminó lánguida.
La generación que siguió cumplió hazañas parecidas. Álvaro Mejía fue cuatro en un Tour y Oliverio Rincón ganó etapas en las tres grandes. Pero algo deja claro que las cosas no eran fáciles: los 2 abandonaros el ciclismo antes de cumplir 30 años. Luego, a finales del siglo XX, en épocas del Kelme, Víctor Hugo Peña contaría como los colombianos eran timados en la firma de los contratos, usados de conejillos para el doping o parados para que ganaran los europeos, tal como le pasó a ‘Pacho’ Rodríguez en la vuelta del 85 para que ganara ‘Perico’ Delgado.
La historia de ‘Cacaito’ Rodríguez, ganador en Val Thorens en 1994, la cima donde Egan llegó de amarillo y selló su título, deja claro los largos suplicios en Europa. Corría con el humilde Selle Italia, el mismo que sacó a Egan del ciclomontañismo, y esa victoria le marcó su futuro: “Los siguientes seis años los pasé de enero a octubre solo en un hotel”.
Debajo de la amarilla de Egan hay una larga historia de tormentos.




martes, 23 de julio de 2019

El presidente interno








Hace exactamente un año el expresidente Álvaro Uribe anunció por medio de una declaración sollozante que renunciaba a su curul en el Congreso. Según dijo, el llamado a indagatoria por parte de la Corte Suprema lo hacía sentirse moralmente impedido para actuar como senador y al mismo tiempo adelantar su defensa. Todo quedó en una especie de finta para medir a la Corte frente al “estado de opinión” y reiterar que era indispensable para el gobierno de su aprendiz. En su momento varios medios reseñaron la llamada de urgencia de Duque a Uribe para pedirle que ocupara la curul, que fuera su soporte en un Congreso que ya se adivinaba hosco frente al gobierno. Era un pedido de auxilio del presidente electo al “presidente eterno”.  
Uribe se posesionó y el gobierno parecía seguro de que no necesitaba a nadie más en el Congreso. Tenía a un invencible de su lado, los ministros podrían dedicarse a mascar documentos y rellenar cuadros: el político por excelencia sostendría a la tecnocracia desdeñosa de los trucos parlamentarios. Pero Uribe no pudo llevar del cabestro al gobierno durante la primera legislatura. Bastantes veces fracasó impulsando las prioridades legislativas de Duque, y en algunos momentos decidió alejarse del ejecutivo para evitar daños a su partido. Eso hizo que Marta Lucía Ramírez dijera que “una cosa es el Centro Democrático y otra el gobierno”. Y que desde el CD dijeran que el gobierno era un soplo de cuatro años mientras el partido tenía “vocación de permanencia”.
La actuación del expresidente comenzó con una sonada reunión con miembros de todos los partidos, incluidos congresistas de las Farc e Iván Cepeda, para salvar las salas de juzgamiento especial para militares y limitar la llegada de terceros a la JEP. La foto sirvió como portada de todos los diarios pero al final el proyecto se hundió. El gesto conciliador no dio sus frutos. Pero tampoco la batalla a fondo le dejó nada al gobierno en su afán de reformar el acuerdo de La Habana. Uribe se empeñó en las objeciones presidenciales a la ley estatutaria de la JEP y el presidente decidió atender el guiño (no digamos la orden) para evitar una ruptura. Se usaron marrullas, reuniones de “alto nivel”, llamados a la opinión pública, alarmismo del fiscal general y fue derrota para el gobierno y el CD. Al final Uribe llamó a un acuerdo partidista para salvar al menos dos objeciones pero no fue atendido.
Antes, con la reforma tributaria, Uribe decidió alejarse del gobierno cuando el ministro Carrasquilla propuso el IVA a la canasta familiar. El jefe del Centro Democrático descalificó la propuesta y a Duque no le quedó más que retirar el articulito. Días después apareció la grabación de Uribe que sonó a advertencia: “Necesitamos que Duque enderece, porque si no endereza nos va muy mal”. Uno de los pocos logros del Centro Democrático en el Congreso fue el hundimiento del proyecto anticorrupción, pero en esto, al parecer, no estuvo de acuerdo el gobierno que dijo apoyar su aprobación hasta último momento.
La reforma política y la reforma a la justicia, los objetivos más ambiciosos del ejecutivo, hicieron parte del 30% de los proyectos gubernamentales hundidos en el primer año. Al parecer la muñeca de Uribe ya no es la misma. El gobierno le hace ojos a Vargas Lleras y propuestas provocativas al partido de la U. Sin Macías el juego será aún más difícil. Sobre todo cuando el expresidente Uribe amenazó hace unas semanas con vetar a Lidio García Turbay. El veto terminó con su elección como presidente del Congreso. Ahora las grandes reformas parecen imposibles, y Uribe terminó compartiendo fracaso con Nancy Patricia Gutiérrez.




martes, 16 de julio de 2019

La Cosmicómica







Seis años antes de que Neil Armstrong se bajara en la luna, Italo Calvino de divertía entregando sus cuartillas surrealistas para los periódicos Il caffè e Il Giorno. Las páginas de astronomía chiflada se agruparon en 1965 bajo el título de Las Cosmicómicas. Todas comenzaban con una premisa científica hasta deformarse en un relato disparatado de los tiempos primigenios, tiempos sin tiempo y con espacios comprimidos. El protagonista es el viejo Qfwfq, un hombre bien conservado a pesar de tener más o menos la edad del universo. La primera de esas historias narra los tiempos en que la luna “estaba muy próxima a la tierra”. Momentos, creo, cercanos a ese gran encontronazo que hizo que tierra y luna se separaran en dos masas que se vigilan con recelo.
Mientras los astronautas norteamericanos describieron el olor de la luna como áspero, cercano al regusto de la pólvora quemada, “como si alguien hubiera disparado una carabina aquí dentro”, dijo Gene Cernan cuando se quitó su casco al regresar al módulo lunar del Apolo 17; los personajes de La distancia de la luna hacían excursiones en una pequeña canoa con una escalera para llegar a la superficie lunar, “que se iba asemejando al vientre de un pez, y su mismo olor, por lo que recuerdo, era sino precisamente de pescado, apenas algo más tenue, como de salmón ahumado”.
La de Calvino era una luna filosa, de “punzones cortantes y bordes mellados y aserrados”, algo parecido a una gran roca de zinc. Los astronautas por el contrario pisaron una “superficie suave como la nieve, aunque extrañamente abrasiva”. La ciencia ha hablado de una corteza rígida que amplifica los sismos al interior de la luna como su fuera una campana recién golpeada por el badajo. La cercanía del mar con la luna de Calvino, tanta que “había noches de luna llena baja baja y de marea alta alta que si la luna no se bañaba en el mar era por un pelo”, hacía que caracoles, pequeños pulpos, medusas, cangrejos y algas, orbitaran entre el mar y la luna como una molesta nube de insectos. Por alguna extraña razón, al parecer para comprobar posibles efectos nocivos que podrían tener las muestras recolectadas por los astronautas, luego de las misiones las rocas y el polvo lunar fueron guardados en recipientes herméticos con peces, camarones, ostras e insectos entre otros animales. Pero los miasmas lunares resultaron inofensivos.
Los espejos, retroreflectores para ser exactos, dejados por las misiones del Apolo 11, 14 y 15 han comprobado la tesis científica que dio origen a la fantasía de Calvino. Esos reflejos de luz que van y vienen nos dicen que la luna se aleja de la tierra 3.8 centímetros cada año. Tanto que cada vez hay que añadirle un peldaño a la escalera del señor Qfwfq.
Las excursiones de Armstrong y Aldrin fueron distintas a las cotidianas de los personajes de Las Cosmicómicas. La primera estadía de los astronautas en la luna duró 21 horas y 36 minutos, y luego de las caminatas dejó un botín de 21.5 kilos de rocas. Los calvinistas iban por un producto distinto a esa luna al alcance de la mano: “Íbamos a recoger leche con una gran cuchara y un cubo. La leche lunar era muy espesa, como una especie de requesón (…) Se componía esencialmente de jugos vegetales, renacuajos, betún, lentejas, miel de abeja, cristales de almidón, huevas de esturión, mohos, pólenes, sustancias gelatinosas, gusanos, resinas, pimienta, sales minerales y material de combustión”.
Es posible que ninguno de los 12 hombres que llegaron a la luna haya leído a Calvino, un escritor nacido en Cuba como huella sospechosa. Valdría la pena el envío a vuelta de correo para que supieran de ese gran peldaño para la humanidad.

martes, 9 de julio de 2019

Radio instigación




Durante toda la madrugada, un locutor de vieja data, experto en ladridos regionalistas, en gruñidos por encargo y en la ignorancia extravagante, se dedicó a instigar contra una bandera colorida izada en un cerro mediano en la mitad de la ciudad. El bojote extrañaba la bandera de dos colores que es la única que logra explicarle ese mundo a blanco y verde al que está reducido. Muchos han trazado esa misma línea para dividirlo todo: a un lado los aguerridos, los duros, los que aprietan el puño o señalan, los que retan y no se arredran ante el fierro ni ante el filo; al otro lado las lánguidos, los descoloridos, los débiles de casta que son capaces hasta de exhibir su impudicia. Y así pasó toda la madrugada el locutor, despierto por el placer que le genera el odio.
En esa cruzada regional y moralista lo acompañó el periódico de sangre de todos los días en la ciudad. Se apagó la voz del locutor y llegó el papel que se encarga de seguir por las calles a “la paletera” de Medicina Legal retratando cadáveres y evidencias. El periódico de marras le dedicó su contraportada a ese “asalto” en lo alto de la ciudad: “Bajaron la de Antioquia por la del orgullo gay”, decía el titular a dos tintas. En ocasiones es necesario cambiar el menú a los lectores y acompañar el morbo por la sangre con un poco de rabia. No solo el miedo produce adrenalina.
Luego llegaron los energúmenos para hacer respetar sus prejuicios. Es seguro que a esos díscolos militantes del partido mayoritario en la ciudad les hizo falta izar bandera en el colegio. Su gesto incluyó una navaja, una cuerda, una basura y una bandera rasgada. Bien podrían ser los elementos para el escudo de armas de unos extremistas que dan grima por lo fanfarrones. Esos bufones armados contra una tela tienen miles de seguidores, hacen el trabajo sucio de pastores y políticos que deben guardar algunas formas.
El código penal colombiano tiene un castigo para esos promotores del odio. Señala una pena para quienes promueven hostigamientos, con capacidad de causar daños físicos o morales, a personas por su raza, religión, ideología, sexo u orientación sexual. La Corte Constitucional ha dejado claro que no puede considerarse delito las opiniones molestas, ni siquiera los insultos, protegidos bajo el amplio paraguas de la libertad de expresión. Es necesario entonces que esas conductas demuestren una aversión inmediata contra las personas por razón de sus particularidades raciales, sexuales o ideológicas, que muestren así mismo el deseo de causarles daño y manifiesten además un estímulo a ejercer violencia a los espectadores del acto o los receptores del discurso. Ese delito se agrava cuando “la conducta se ejecute a través de la utilización de medios de comunicación masiva”.
Lo que hicieron el locutor y el periódico muy difícilmente podría considerarse como un llamado a ejercer la violencia, una instigación al daño a unas determinadas personas. Es apenas, según creo, un mensaje para acariciar las manías de sus audiencias, para apretar un poco más la ternilla a sus lectores y oyentes.
Pero faltaba la última escena. Ahora una periodista capitalina, atildada y risueña, le abría sus micrófonos al energúmeno del cuchillo y el carriel. A pesar de la conducta, muy posiblemente ilícita del travieso panfletario, la periodista decide amplificarlo para que repita y justifique su discurso del odio. Algo como dedicarse a grabar la segunda aparición del ladrón para que confirme sus habilidades con la cerradura. Es seguro que la periodista sabe que los micrófonos también tienen doble filo, pero a ella solo le importa el doble clic.


miércoles, 3 de julio de 2019

Aquel 94







En junio de 1994 murieron 378 personas asesinadas en Medellín. Ese año mataron en promedio a 13 personas cada día en la ciudad. En septiembre, luego de una semana con más de 90 homicidios, el comandante de la policía de Medellín, Luis Ernesto Gilibert, dijo que no se podía hablar de una nueva guerra en la ciudad. “Si así fuera serían totalmente claros los móviles y los blancos a los que son dirigidos los ataques”. Habló de venganzas, riñas y ajustes personales. Todavía quedaban secuelas de la guerra contra el narcotráfico, “pero se respira otro ambiente en la ciudad”, concluyó. Y dijo que después de las elecciones de octubre se buscaría levantar, con las autoridades militares, la restricción al porte de armas para civiles porque era una medida desgastada.
Pero los civiles armados se contaban por miles sin importar las restricciones oficiales. Ese año el Consejero Presidencial para Medellín, Jorge Orlando Melo, hizo un sombrío diagnóstico unos días después de dejar su cargo: “ninguna sociedad debe tener asesinos, y cuando tiene unas cuantas decenas es preocupante, y si tiene unos centenares algo muy grave tiene que estar ocurriendo: pero en Medellín, repito, son unos cuantos miles, y unos cuantos miles los secuestradores y los que hacen uso de la violencia”. La muerte de Pablo Escobar había creado un desmadre tal que las masacres llegaron hasta el Barrio Mesa en Envigado, un fortín intocable para el capo, un corral de quietudes obligadas.
A finales de mayo de ese año se intentaba bajarle el calor a la ciudad. Una semana antes de que la selección Colombia partiera hacia el mundial de Estados Unidos con un elocuente titular de El Colombiano como despedida, “En pos de un sueño”, se firmó el “Acuerdo final para la paz y la convivencia, Gobierno nacional, departamental y municipal y milicias de Medellín”. Estaba lista la reincorporación a la vida civil de 843 milicianos que actuaban sobre todo en las comunas del nororiente o noroccidente de la ciudad. Eran jóvenes sin formación ideológica y con autonomía para ejercer la violencia en sus tareas de “vigilancia barrial”. Muy pronto muchos de ellos formaron la Cooperativa de Seguridad y Servicio a la Comunidad (Coosercom). De modo que la reincorporación fue solo la compra de uniformes para 306 jóvenes que ahora patrullaban con revólveres calibre 38 y escopetas calibre 12 con amparo de las autoridades. La fuerza parapolicial de la ciudad llegó al 25% del tamaño de la policía, según datos del informe Medellín: memorias de una guerra urbana.
Al final de su gobierno Cesar Gaviria firmó el decreto 356 que autorizó la creación de Cooperativas de Vigilancia y Seguridad Privada (Convivir). En octubre, Álvaro Uribe ganó la gobernación por menos de 5000 votos a Alfonso Nuñez, candidato de Fabio Valencia Cossio. El tercer lugar fue para Jorge Mesa con más de 100.000 votos, el exalcalde de Envigado y hombre cercano a Pablo Escobar durante años de vida política, obtenía su mayor votación luego de la muerte de su padrino.
Con Álvaro Uribe en la gobernación las Convivir se convirtieron en la principal herramienta de seguridad. En Antioquia operaban 82 y en el Área Metropolitana había 31 prestando sus servicios. La Convivir El Condor recibió su personería jurídica el 18 de noviembre de 1996 firmada por el gobernador Uribe Vélez. Ejercía labores en los municipios de Cisneros y San Roque bajo el liderazgo de Juan Santiago y Pedro David Gallón Henao. Apenas 2 años y medio antes, el 2 de Julio de 1994, esos dos personajes, con una larga historia mafiosa, habían tenido un papel protagónico en el asesinato de Andrés Escobar, uno más de los 4777 ciudadanos asesinados ese año en Medellín.