martes, 27 de marzo de 2018

Dosis de encarcelamiento





Es el tiempo de los carceleros, el tiempo de quienes prometen celdas más estrechas y penas más amplias. El código penal constituye su catálogo de ofertas preferido. Lo revisan con sed, ofrecen tapar rendijas y debilidades inexcusables. Es entendible por parte de los políticos, la ecuación más presos, menos pesos, para hablar de política criminal y tributaria es un lugar común en todas las campañas. Por eso, y por obedecer a la obsesión de su jefe, Iván Duque promete acabar con la dosis personal cuando han pasado casi 25 años de la sentencia de la Corte Constitucional que amparó a consumidores. Tal vez por eso quiera también acabar con la Corte. Y por eso Vargas Lleras dice en su publicidad que en 24 horas se dictarán las órdenes para encerrar a reincidentes.
Pero lo verdaderamente preocupante es que el Fiscal General siga la misma huella. Néstor Humberto Martínez, recordando el humor de su familia, salió hace poco con una caricatura sobre el fallo de la Corte Suprema que habló hace dos años de una “dosis de aprovisionamiento”. Según el fiscal esa jurisprudencia es un “escudo de la delincuencia organizada”, y para rematar su opinión soltó su gracia: “Si son 20 papeletas, el comerciante, el malandrín de la droga, dice que son las de la semana; si son 40, dice que son las de la quincena; si son 80 dice que son las del mes; y si es una tonelada, nos dice que son las del resto de su vida”.
Bajo la idea de ridiculizar a la Corte, el Fiscal queda un tanto en ridículo. Por desconocimiento o mentiroso. Uno de los fallos de aprovisionamiento dice claramente: “La Corte ha clarificado que incluso tratándose  de consumidores o adictos siempre se debe analizar si la finalidad de la posesión o tenencia del alcaloide era para su consumo personal, porque puede suceder que la cantidad supere exageradamente la requerida por el consumidor, o la intención sea sacarla o introducirla al país, transportarla, llevarla consigo, almacenarla, conservarla, elaborarla, venderla, ofrecerla, adquirirla, financiarla, suministrarla o portarla con ánimo diverso al consumo personal…” También dice el fallo que un jibaro que tenga en su bolsillo una sola papeleta podrá ser condenado por tráfico: “si el porte de dosis personal carece del nexo al propio consumo, o se advierte su comercialización, tráfico, o su distribución así sea gratuita, la conducta ha de ser penalizada al tener la  potencialidad de afectar los bienes jurídicos de salud pública…” Pero la Fiscalía quiere tirar su red sobre consumidores y traficantes como si fueran uno solo, pretende que su único elemento de investigación sea una balanza, no propiamente la de la justicia. Si solo fueran capaces de que los policías dejen de ser socios en tantas ollas, podrían hacer mejores capturas que las de un soldado con 40 gramos de marihuana o un albañil de San Roque con 5 gramos de perico que viene a “mercar”a Bello, dos de los casos claves sobre dosis de aprovisionamiento.
Pero si al mirar afuera, a la calle, se pifian fiscal y alcaldes de capitales, al mirar adentro, en las cárceles, la cosa es peor. En 9 años, entre 2005 y 2014, Colombia capturó a 727.091 personas por delitos relacionados con drogas, un 30% del total de capturas. Eso significa 80.000 capturas cada año por delitos de drogas, la mitad de los capturados son menores de 25 años, algunos jibaros fácilmente reemplazados, otros simples consumidores. Solo un 24% de los capturados por delitos de tráfico, fabricación y porte terminan con una condena. El resto pasan un pequeño purgatorio que los justicieros consideran escarmiento. Policía, Fiscalía y alcaldes pretenden que la huella del perro adiestrado tras el paquete los lleve hasta la condena, se les olvida que es necesario seguir las reglas constitucionales y esperar el olfato de los jueces.



martes, 20 de marzo de 2018

El derecho a la abulia





La consigna se repite desde orillas ideológicas y corrillos electorales: “¡Es hora de filarse, uno tras otro, si no quieren resultar culpables!” Es un grito a los indecisos y a los desganados, a quienes tienen algo de pudor o de pereza frente a las militancias, a los reacios a la propaganda y el fervor. El llamado al orden se hace subrayando los temores ante el posible triunfo de los adversarios. Resulta más fácil movilizar con el discurso envenenado de los rivales que con el discurso perfumado de la causa propia. La diatriba siempre será más poderosa que el elogio.
El tiempo de las discusiones ha terminado, parecen sugerir. Es hora de las consignas. Señalar los posibles defectos de una idea o de un argumento salido color ideológico elegido es dar ventajas inexcusables a los enemigos. Para qué mostrar simples desperfectos de la causa (ya se corregirán en el camino) si es posible mostrar los estragos del rival. La crítica que no está claramente dirigida al noble objetivo electoral solo puede ser perfidia. Quien no toma partido con decisión solo esconde sus intereses, la falta de fe solo puede ser disimulo, silenciosa traición.
En estos meses en los que hasta los apáticos profesionales, los desentendidos y los despistados se convierten en militantes rabiosos es necesario recordar un poema del marxista italiano Antonio Gramsci llamado Odio a los indiferentes: “Odio a los indiferentes. / Creo que vivir quiere decir tomar partido. / Quien verdaderamente vive, / no puede dejar de ser ciudadano y partisano. / La indiferencia y la abulia son parasitismo, / son cobardía, no vida. / Por eso odio a los indiferentes.
(…)
Pido cuentas a cada uno de ellos: / cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, / qué han hecho, / y especialmente, / qué no han hecho. / Y me siento en el derecho de ser inexorable / y en la obligación de no derrochar mi piedad, / de no compartir con ellos mis lágrimas.”
Es fácil dejarse llevar por las mareas electorales. Es inevitable muchas veces. La idea es resistirse un poco, buscar una pequeña piedra en la corriente, respirar hondo, levantar la cabeza y dar brazadas hasta una orilla, o simplemente esperar que baje un poco esa fuerza que lo revuelve y lo confunde todo. No estamos obligados a ser partisanos ni a elegir a quienes se puede criticar y a quienes se debe ensalzar. Las elecciones también pueden ser un espectáculo para los simples observadores, un ejercicio para votantes displicentes y descreídos. La cólera, el miedo, los gritos del “rebaño de las mentes independientes” o de los salvadores de la patria no pueden ser una obligación.
Es triste el espectáculo de los partidos sin candidato que solo esperan agazapados, que ofrecen sus votos al mejor postor, que solo tienen un entusiasmo fincado en sus posibilidades de obtener algún rédito personal, una pequeña coima. Pero los votantes individuales podemos actuar un poco a su manera. Podemos esperar sin mayores aspavientos, decidirlo todo al final, al momento del cubículo si se quiere, sin mucho dogma ni mucho drama. La apatía también puede ser sinónimo de reflexión, de duda metódica. El bostezo como un arma contra el encanto de los patrones y el temor a los caudillos.

martes, 13 de marzo de 2018

La falange paisa







En el aire se respira la idea de que dios los creo superiores por el solo hecho de haber nacido en su amada comarca. Hoy caminan un poco más erguidos, seguros de que están a punto de cumplir una obligación de vida o muerte. Van a depositar su voto para salvar la patria. Por eso exhiben un poco de agresividad y unas maneras decididas bajo la camisa con un caballito bordado a la altura del corazón grande. Las señoras han gastado toda su laca para ganar un poco de altura con sus penachos recién teñidos. Muestran sus garras arrugadas como en los días de promociones decembrinas. Las camionetas con vidrios polarizados se arremolinan en torno a la puerta del colegio donde está el puesto de votación. Algunos han reforzado sus certezas con la misa de madrugada y van con sus hijos tomados de la mano. Piensan en voz alta, recriminan al aire a los posibles adversarios, se saludan con chistes sabidos que son también veladas advertencias. Su figura y sus actitudes recuerdan el comienzo de un poema de José Manuel Arango: “Hay gentes que llegan pisando duro / que gritan y ordenan / que se sienten en este mundo como en su casa (…) Y no les duele un hueso no dudan / ni sienten un temor van erguidos / y hasta se tutean con la muerte”.
El coliseo acondicionado como lugar de votación es ahora una hirviente capilla partidista. Los tarjetones que alejan el abismo castro-chavista se han agotado y los ciudadanos intentan quedar en los registros oficiales por medio de gritos e insultos. Los jurados de mesa, algunos tan convencidos como los propios votantes histéricos, son increpados como culpables, señalados de traidores, maltratados por supuesta ineptitud. Se impone la “soberanía del odio” y comienzan los coros. Cuando llegan las fotocopias el tarjetón se convierte en una comunión obligatoria para todo el rebaño que asistió a votar. Ya los jurados no esperan la pregunta de los votantes, ni siquiera ofrecen las opciones posibles, ahora suponen que la masa es una sola y pura. Ya el gran líder, el guía, el santón, ha dejado muy claro las obligaciones de orden, disciplina, patriotismo y devoción.
El fascismo hablaba de una noción bélica de la política, de la necesidad de una amenaza invisible, del triunfo al crear una “intensa convicción sin argumentos”. Desde la tribuna un monaguillo del gran líder, un joven de sombrero y camisa rosada empapada por el sudor de su sacrificio, arenga a los fieles que muestran los dientes, que sienten la alegría de ser legión, que pretenden ser partisanos antes de regresar al centro comercial. Cuando los policías le recuerdan al joven de las arengas que no puede soltar su prédica en ese sitio, responde que solo saldrá del coliseo con los pies por delante. Al fin alguien ha mencionado la palabra “muerto”, ya era hora. El termómetro marca 34 grados centígrados bajo el techo del coliseo. El disenso se ha convertido en falta de respeto y el coro unánime grita fraude mientras atestigua que sus mayorías en ese punto son cercanas al 90%. Hay una paradoja en ese puesto de votación. El dominio de una certeza política se hace casi unánime y el temor crece en el ánimo de los vencedores.
En las afueras del colegio vuelven las risas de satisfacción de los votantes, sienten que han entregado una lección, además han liberado un poco de rabia y han soltado una o dos palabras destempladas contra quienes parecían apoyar a esos malditos comunistas, a la izquierda mal nacida. Ahora comen empanadas en los bajos de la iglesia y sueltan las dos monedas de doscientos al señor que cuidó sus camionetas. 


martes, 6 de marzo de 2018

Fiebre electoral







Es inevitable que los políticos adoren las elecciones, el tiempo de sus puestas en escena, la adrenalina de la plaza pública, los alardes de la utopía sin las urgencias del gobierno. Es el momento de usar la mejor máscara y de mandar sobre la camarilla. La elección facilita una especie de desdoblamiento personal en el que Ordóñez puede publicitar su nombre con una champeta. La sociedad por su parte las goza y las sufre. Hay algo de masoquismo en oír a diario a sus posibles gobernantes, algo del peor voyerismo en asomarse a la vida de los políticos. Y luego está la inevitable crispación, el eco insoportable de los amplificadores pagos y los comprometidos, la discordia como obligación y todo el mundo real y entrañable que se suspende y se oculta detrás de esos días opacos y ruidosos en los que solo importa la lucha por el poder.
No hay duda de que el exceso de elecciones puede llegar a producir graves enfermedades democráticas. Sobre cargar la democracia de plebiscitos, nominaciones, cónclaves, encrucijadas y hecatombes producirá lesiones forzosas: dolores en las coyunturas, fiebres ideológicas, disturbios de personalidad. Gustavo Petro ha dicho en varias oportunidades que lo primero que haría si llega a la presidencia sería convocar un plebiscito para preguntarles a los colombianos si quieren convocar una Asamblea Constituyente. También lo dijo Gustavo Bolívar, quien sería el notificador general de la nación, un tono que más parecía una amenaza: “Desde la presidencia Gustavo Petro convocará una Constituyente el 8 agosto. No hay otra forma d acabar estas mafias del poder. Quedan notificados”.
Esa convocatoria traería, además de riesgos sobre los avances que ha significado la Constitución del 91, una cascada electoral para acabar con la paciencia, la resistencia y el mínimo sosiego. La seguidilla de campañas desfondaría cualquier balcón discursero. Ese plebiscito sería solo un hecho político, no tendría por si solo la posibilidad inmediata, en caso de resultar favorable, de convocar a la anhelada Asamblea. Le daría apenas legitimidad a esa idea, insumos suficientes al presidente para decidir sobre esa posibilidad. Es la función limitada de los plebiscitos. De modo que los calendarios electorales se completarían así en una posible presidencia de Petro.
Tenemos elección a Congreso y consultas el próximo 11 de marzo, Petro ha hablado de una especie de primera vuelta en el pulso con Duque que marca la campaña hasta hoy. Luego vendrán la “segunda” y la “tercera” vuelta en mayo y junio. Apenas comienzan a usarse las urnas. Seguiría el plebiscito el 8 de agosto, todavía dando vueltas, esa ya sería la cuarta para una nueva función de SÍ o NO. Un triunfo lo impulsaría y lo obligaría a tramitar una ley para una consulta con el fin de convocar a una Asamblea Constituyente. El artículo 57 de la ley 134 de 1994 sobre mecanismos de participación, deja clara la necesidad de una ley para “disponer que el pueblo en votación popular decida si convoca a una Asamblea Constituyente para reformar parcial o totalmente la Constitución.” En caso de que el Congreso aprobara dicha ley, que implicaría de algún modo su revocatoria, tendríamos una nueva elección para decidir, ahora sí con obligatoriedad jurídica, si se convoca o no a una constituyente. Para su convocatoria se necesitaría el SÍ de una tercera parte del censo electoral. En caso de aprobarse vendría la elección de los delegados constituyentes. Todo ese proceso se podría tardar cerca de un año y medio o dos, de modo que por ahí en el tiempo libre se deberán realizar las elecciones regionales de octubre del 2019. La cuenta es sencilla, de marzo de 2018 a Marzo de 2020 habremos marcado el tarjetón al menos siete veces. Una elección cada tres meses. La impresión de tarjetones, el menudeo de mercados y la venta de calmantes jalonarían nuestra economía. Sería la mejor opción para dejar un país exhausto y en manos del bipolarismo.


martes, 27 de febrero de 2018

Matar a Jesús





Una ciudad habitada por múltiples venganzas. Una ciudad desconfiada e indolente, donde los muertos son solo un asunto privado, una tragedia íntima, una fatalidad de la que debe encargarse cada familia por separado. No hay tiempo ni energía para las compasiones ajenas ni los duelos colectivos. “Guarden la fuerza para su propio dolor, ya les llegara su turno”, parece sugerir la lógica en ese valle.
En el Medellín de hace unas décadas, luminoso y siniestro, transcurre la película Matar a Jesús. El asesinato de su padre, de la directora y la protagonista, desata múltiples preguntas sobre la justicia y el desquite, sobre el castigo que merece el asesino y la forma de resistirse a la violencia, de contener las ganas de matar y comer del muerto. Paula, la protagonista, ha reconocido al sicario que mató a su padre y comienza una persecución que es a su vez un proceso de seducción y conocimiento. Por una vez, la ingenuidad de la joven universitaria parece tener un poder sobre el sicario curtido, ella puede mirar al verdugo, puede planear su muerte y arrepentirse, puede seguir las pistas que entrega Jesús, caminar por esos pasadizos de barrio, por esas ollas y esos miradores hasta dónde él la lleva y le muestra su vida y obra. Ella lo retrata, le dispara con su cámara mientras él intenta cubrirse. En el cuarto oscuro, los ácidos revelan por igual las fotos de la víctima y el victimario, las fotos del padre de Paula y de su asesino aparecen sin remilgos, tardan el mismo tiempo, dibujan los perfiles sin marcar al culpable y al inocente. Jesús ha comenzado a ser un joven común de 24 años, un matón inspirado por un odio abstracto, un odio que vende sin remordimientos. En un momento, cuando intenta enseñarle a Paula a disparar su fierro, le dice con una fiereza instintiva, “eso tiene que ser con odio, tiene que disparar con odio o sino no se muere ese pirobo”. Pero ahora es un poco más que un matón en moto, ha adquirido algunas señales particulares.
Dos jóvenes de 24 años, de orillas distintas en la ciudad, comienzan a compartir las mismas rutas sobre un abismo distinto. Los dos sienten que pueden entregar la vida, que hay razones suficientes para un cansancio prematuro, que los riesgos se justifican. El amor está prohibido entre esa pareja, todo es un juego de tanteos, un intento por descifrar a esa especie de adversario con el que ha tocado compartir. Es inevitable una cierta conmoción cuando el verdugo comienza a cuidar a su víctima, cuando Jesús busca una venganza -es de lo poco que tiene para demostrar- al enterarse de que unos ladrones baratos le robaron y le pegaron a Paula por andar en cruces que no son los suyos.
Buscando los actores naturales de su película, Laura Mora, directora de Matar a Jesús, se dio cuenta de que la ciudad tenía regados los personajes de su drama personal y familiar. Esa búsqueda sirvió como una especie de confirmación de que su dolor iba a ser compartido por miles de personas, de que su sentimiento de vacío y de rabia tiene interpretes agazapados en cada esquina de la ciudad. Más de una década después Medellín sigue entregando actores naturales para las tragedias que han repetido muchas de nuestras películas. Hay material, dirían los más insolentes.
A los críticos de las películas que se encargan una y otra vez de la violencia local habría que decirles como Susan Sontang en su libro Ante el dolor de los demás, que la mirada del artista debe ser, literalmente, despiadada, y la imagen debe consternar. Eso nos pasa con la ciudad mirada desde arriba en Matar a Jesús, la vista sobre una ciudad indefensa y feroz.



martes, 20 de febrero de 2018

Caprichos constituyentes







La Constitución de 1991 tuvo génesis diversas y saludables para el nivel promedio de nuestra política. Primero el acuerdo de paz con el M-19 que dejaba nuevas circunstancias en medio de un escenario marcado más por las esperanzas comunes que por la discordia y la desconfianza. Segundo un bloqueo institucional dado por una constitución que había envejecido mal luego de más de un siglo de trajines y desencantos. Y por último, un espontáneo entusiasmo ciudadano, sin un poder que lo guiara desde arriba en su convocatoria y lo manipulara desde abajo en sus sesiones. Su conformación plural como nunca en la historia de nuestros cuerpos colegiados y sus discusiones lejanas a las garroteras fueron la prueba del clima benéfico del momento.
Hoy en día el ambiente es algo distinto. Tenemos un Estado más fuerte, unos indicadores de violencia bastante menores a los de entonces, unas indiscutibles mejorías sociales y unas amenazas armadas que no encarnan el inmenso poder de los carteles mafiosos de la época. Y sin embargo vivimos un clima de crispación política, de frustraciones ciudadanas, de sectarismos y miedos que han convertido el ejercicio electoral en un juego agresivo y riesgoso. El desarme de las FARC dejó grandes divisiones en la sociedad que alguna vez rechazó sus acciones de forma casi unánime. Las diferencias sobre los métodos posibles para acabar un conflicto anacrónico e inútil fueron suficientes para desatar un peligroso combate político. Por hoy se le presta igual atención a las rechiflas y los saboteos de plaza pública que a la voz de los candidatos.
En medio de esa campaña sorprende que dos candidatos presidenciales que fueron protagonistas de la Constitución del 91 propongan una constituyente para reformarla. Gustavo Petro dice que el primer día de gobierno convocará un plebiscito para preguntarle al pueblo si quiere convocar a una Asamblea Constituyente. Sabe de nuestro fetichismo legal y del entusiasmo que genera un cambio de reglas entre quienes están aburridos en el juego. Petro sufre lo que se podría llamar el síndrome del legislador. Y dice además que su constituyente sería limitada. Solo quiere cambiar la educación, la salud, la justicia, el sistema pensional, la política y el sistema productivo. Hasta el clima quiere cambiar para salvar el mundo del calentamiento global, pero al menos promete dejar intacto el IDEAM. Las garantías constitucionales funcionaron contra las arbitrariedades que intentaron sacarlo de la alcaldía de Bogotá, pero hoy insiste en los cambios. Es llamativo que un antiguo militante del M-19 desprecie de algún modo el pacto social del 91, y más llamativo que en medio de sus llamados a crear una nueva constitución invoque sobre todo el fracaso del Frente Nacional. Petro se salta un periodo de la historia en el que participó activamente. Su idea entonces es meternos en una elección inmediata si gana, un nuevo pulso de Sí o No, luego en una nueva elección de constituyentes y al final en una larga deliberación sobre las nuevas reglas de juego. Será un gobierno electoral y legislativo de cuatro años, en caso de que no se decida algo sobre los periodos presidenciales.
Humberto de la Calle también sorprende con un llamado a una constituyente. Quiere repetir su ejercicio 27 años después. Corregir lo que quedó incompleto o mal redactado. Sus ambiciones son menores, dice que solo quiere reformar la justicia. Coincide con Petro en que el Congreso es incapaz de reformas efectivas, para ellos fallan los hombres elegidos en el Congreso pero los más votados en la constituyente serán visionarios y virtuosos.

De otro lado también Piedad Córdoba e Iván Duque proponen acudir a una Asamblea Constituyente. Entre nosotros la posibilidad de un cambio en las letras más pomposas puede alinear a los contradictores acérrimos. Les aseguro que si se impone la idea no lograremos un justo medio ni una mejor letra. 


martes, 13 de febrero de 2018

Crimen uniforme






Medellín es una plaza interesante para ejercer. Con algunos límites borrosos, con oportunidades y silencios en cada esquina, con rondas conjuntas entre uniformados y civiles, y buenas costumbres para convivir. Algunos policías pagan por venir a trabajar a la ciudad. Las rentas criminales son amplias y siempre es posible conseguir un ajuste al salario por trabajos esporádicos como independiente. Por algo las patrullas voltean por donde toca, vigilan por donde no duele y tranzan por donde conviene. Raspar la olla y cuidar la plaza son parte de las funciones de cada día en la ciudad. Y los grandes golpes muchas veces se dan luego de un cambio de compinche. Desde el aire el helicóptero policial apunta su luz contra las calles con algo de cinismo, levantando polvo y soltando advertencias.
Pero no son solo los policías. El ejemplo viene desde arriba. Todavía no se olvidan las hazañas de Guillermo León Valencia Cossio al frente de la dirección de fiscalías de Medellín. Era un trabajo sencillo, solo necesitaba un borrador y una amplia gaveta. Tapó las vueltas de El Indio y guardó las carpetas de Chupeta. Simples descuidos entre tanto papeleo que le dejaron condenas en la Corte Suprema.
Ahora aparece la condena contra Gustavo Villegas. El año pasado al momento de la captura la Fiscalía habló de “acuerdos siniestros” con un sector de La Oficina. En ocasiones el helicóptero no logra los resultados esperados y las patrullas se ocupan de vueltas menores y toca llamar a los que son. Eso hacía Villegas. Le marcaba a Julio Perdomo, hombre de confianza de Don Berna, desmovilizado del Cacique Nutibara en 2003 y convertido en líder cívico de la Comuna 8 como por arte de mafia. Siete años después de su desmovilización ya estaba pagando cárcel por concierto para delinquir, desplazamiento forzado, extorsión y constreñimiento ilegal. Salió pronto y se convirtió en el “policía malo” del exsecretario de seguridad. Tal vez la falta de confianza en la policía lo obligaba a recurrir a Perdomo, un viejo conocido con el alias de El Viejo. Perdomo le ayudaba a Villegas a resolver pronto los afanes del alcalde por capturar fleteros, encontrar carros, tranquilizar cuadras. Era una vía expedita.
A finales de noviembre del año pasado fue capturado en Medellín el Mayor Héctor Fabio Murillo, jefe del Modelo Nacional de Cuadrantes de la policía. Según la fiscalía el Mayor era una especie de guardaespaldas de alias Inglaterra, uno de los duros del Clan del Golfo abatido hace tres meses en Chinácota. Murillo, en su tiempo libre, le abrió el camino en su último desplazamiento hasta Norte de Santander. Levantando retenes y abriendo trocha. Era además quien le conseguía las armas y aleccionaba a los policías que se ponían estrictos con sus cruces.
La más reciente historia es la de Lindolfo. Quien era capo y miembro de la Red de Aliados para la Prosperidad de la Policía Nacional. Un ciudadano preocupado y al mismo tiempo un cobrador de La Oficina. Su papel en la farándula lo hacía adicto a las cámaras de todo tipo. Tenía radio para contacto directo con la policía y acceso a sus cámaras de seguridad. Ordenaba un asesinato y luego revisaba los videos de la policía para comprobar que no hubiera mucho mugre.
Por aquí se habla de fronteras invisibles en los barrios, de territorios copados por bandas que no pueden cruzar los ciudadanos sin autorización. Cada día se trazan y crecen otras fronteras invisibles, puntos de contacto imperceptibles, barreras porosas entre los pillos y los encargados de purgar sus vueltas.