jueves, 2 de febrero de 2023

El bodeguero mayor





Existen hombres dispuestos a todas las batallas y todas las maldades. Hombres a los que su cara no les permite ocultar sus intenciones. Sangrientos por naturaleza, oscuros por necesidad, crueles por estrategia y poderosos por “virtudes” innegables. Yevgeny Prigozhin es uno de esos paradigmas de la perversidad bien calculada. Comenzó como cocinero por si le queremos poner algo de caricatura a su perfil. Muchas veces sirvió la mesa de Putin y otras tantas limpió los peores desagües del Kremlin. Cuando los principales medios del mundo eligieron a Volodimir Zelensky como hombre del año en 2022, algunos cínicos señalaron que Prigozhin había sido despojado de sus merecimientos.

En los últimos días su nombre ha sonado en relación a las principales disputas mundiales. Con las guerras en el terreno y las batallas digitales que amenazan las democracias. El ‘cocinero’ o ‘fontanero’, le han puesto los dos apodos de esos oficios opuestos pero conectados de alguna forma, es el creador de dos engendros bien exitosos: el Grupo Wagner, un contingente de mercenarios que barren el terreno y el enemigo antes de la llegada de las tropas rusas a sus objetivos más importantes. Actualmente son cerca del 10% de las tropas rusas en Ucrania, una avanzada que no responde por crímenes de lesa humanidad ni por obligaciones de ningún tipo. No hay insignias ni banderas en sus uniformes y las cárceles son un punto importante reclutamiento. Prigozhin confía en las segundas oportunidades, en su juventud pagó nueve años de cárcel por hurto y estafa.

Su segunda criatura es la Agencia de Investigación de Internet (IRA), una compañía que según muchos investigadores es la pionera de las bodegas digitales en el mundo. La misma que habría sido determinante en las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos y en la salida del Reino Unido de la Unión Europea en el mismo año. Prigozhin sabe de su éxito y lo pregona con gusto. Cuando hace poco le señalaron la manipulación de su propia agencia de inteligencia dijo con orgullo de empresario: “Seguiremos haciendo nuestro trabajo con cuidado, precisión, cirugía y a nuestra manera, como sabemos hacer”.

Prigozhin ha sonado estos días por su aparición en las minas de sal de la ciudad de Soledar donde se dio la más importante victoria de Rusia en los últimos meses. Posa al lado de sus mercenarios y presume de sus aportes a la contraofensiva rusa. Para eso comparte fotos del resultado de las masacres del grupo Wagner en Ucrania. Es uno de los pocos que se han atrevido a criticar, con la saña propia de su carácter, a los altos mandos del ejército ruso por su pasividad en la guerra. Su poder ha llegado a tal punto que Putin ha comenzado a recelar de su protagonismo.

La otra aparición es en la prensa del Reino Unido. Hace unos días su gobierno anunció cambios en sus reglas para imponer sanciones a personajes ligados al poder de Putin. Se comprobó que una instancia del ministerio del tesoro, en ese momento dirigido por Rishi Sunak, actual primer ministro, permitió que Prigozhin utilizará sus recursos para emprender acciones legales contra los periodistas que denunciaron sus bodegas. A pesar del prontuario y el momento permitieron al bodeguero mayor interponer demandas estratégicas para amedrentar periodistas.

Yevgeny Prigozhin es la muestra del juego de sombras en el mundo de hoy. Un caso de estudio del poder y un personaje cercano a la ciencia ficción. Un titiritero puede mover el mundo y ser casi un desconocido. Debe reírse cuando los países rabian en medio de sus decisiones electorales. Nuestras pequeñas grescas políticas son una venda frente a estos ogros llegados del frío.

 

miércoles, 25 de enero de 2023

La popular sabiduría


Tiene grandes riesgos eso de ser gobernados por un genio. Se detiene demasiado en sus decisiones, se mortifica con preguntas irrelevantes, duda, toma los caminos más arduos y más rigurosos cuando sería más eficaz el decreto ramplón. Y al mismo tiempo, pone a todos los ciudadanos tras la huella de su sapiencia, a todos, incluso a los que no entienden sus virtudes y desesperan. Además, el genio gasta buena parte de su tiempo en elucubraciones, busca persuadir más que decidir y, al final, termina conversando consigo mismo en las noches de crisis. Montaigne, alcalde de Burdeos por cuatro años, fue criticado por esa pasividad y se defendió con pacífica inteligencia: “Me acusan de inactividad en una época en la que casi todo el mundo fue culpable de hacer demasiadas cosas”. El sabio es pues buen gobernante por omisión. Ya Platón dejó constancia del fracaso de sus intentos de imponer la sabiduría en Siracusa, donde las gentes dormían de día, bebían y comían sin freno y tenían por patrón a un tirano sin mucho juicio.

Pero más peligroso todavía es ser gobernado por alguien que se tiene por sabio sin serlo. En ese caso, tocará soportar los discursos sobrados de metáforas viejas leídas con el tono de admoniciones nuevas, y las ideas descabelladas se tendrán por visionarias, y las constantes torpezas se tratarán como detalles insignificantes de propósitos más grandes y profundos. El supuesto sabio siente muy pequeño el molde de las fronteras y reniega de los fríos y estrechos muros de su palacio. Sus dotes están hechas para guiar territorios más amplios, para liderar cambios planetarios, para salvar una humanidad equivocada por las ambiciones y los vicios individualistas. De modo que todos los problemas de la plaza que regenta serán menores para su entendimiento. Si se habla de una carretera cortada por un derrumbe, su inteligencia irá hasta los límites de la geología y las cortezas terrestres; y si las quejas son por el precio de un simple galón de gasolina, pues el discurso llegará hasta la geopolítica mundial y los embates del capitalismo ciego contra los casquetes polares.

Los genios convencidos tienen además el defecto de la obstinación. Es imposible mostrar el error a quien está convencido de sus designios. Ni los hechos ni los números ni el ejemplo de las malas experiencias podrán vencer sus certezas. Por eso, cuando llegan las advertencias el líder-sabio busca refrendar sus proyectos e ideales por medio de la aprobación popular. Solo su discurso podrá salvarlo de su fracaso. Va entonces a la plaza pública a exponer sus sueños, a prometer sus bondades, a exhibir su retórica que es a la vez su alegría. Porque este sabio es también un niño soñador, no tiene la culpa de embelesarse a sí mismo. En esto, hay que decirlo, el presidente-genio es completamente sincero, no simula, cree ciegamente en sus propósitos y desconoce cualquier escepticismo, está seguro que la voluntad es suficiente para hacer los milagros democráticos. Y cuando no se pueda, pues para eso están los símbolos, otro modo de salvar las frustraciones.

Y es inevitable que los grandes hombres, bien lo sean de verdad o simplemente lo supongan, caigan en algún tipo de vanidad. Puede ser el simple silencio para fingirse reflexivo y atormentado por la realidad que no obedece a sus mandatos; o el desdén por las leyes, sean naturales o humanas, que desconocen los altos motivos del bien común. O incluso puede ser algo tan sencillo como la impuntualidad, porque los tiempos de la inteligencia son distintos a los tiempos de la diligencia.

 

 

 

 

miércoles, 18 de enero de 2023

La paz parcial





 

Medellín completó tres años y medio con una notable caída en el número de homicidios. No se trata de un milagro de la administración Quintero ni mucho menos. Es el resultado de un pacto entre facciones del crimen organizado, La Oficina y rivales, que han mantenido guerras intermitentes durante al menos dos décadas. Ese pacto se dio en La Picota en el primer semestre de 2019 y de inmediato trajo una rebaja sustancial en la violencia homicida en la ciudad. El año siguiente al acuerdo los homicidios bajaron 65%. Los efectos se dieron durante el último año de la administración de Federico Gutiérrez y se han mantenido en la alcaldía de Daniel Quintero. Algo similar pasó con el llamado “pacto del fusil” en el año 2013, cuando bandas bajo el control de La Oficina y Los Gaitanistas llegaron a un acuerdo que logró que los homicidios cayeran de 1.255 en 2012 a 498 en 2015.

Ahora se anuncia la creación de una mesa de dialogo en la cárcel de Itagüí a donde ya llegaron Douglas, Tom y Albert, hombres de La Oficina y la banda Pachelly. Los anuncios de la paz total del gobierno Petro no tienen nada de novedoso en la ciudad y muy difícilmente traerán efectos distintos a treguas parciales e inestables. Los intentos de acuerdos con el impulso de gobierno y fiscalía se han repetido en los últimos años. En 2015 cuatro capos (incluido Douglas) de las más de doscientas bandas que se dice actúan en Medellín, hicieron un llamado a la Fiscalía para logar un principio de oportunidad a cambio de información y “gestiones” para bajar la criminalidad en las comunas. Incluso se dieron algunas entregas de armas y hombres para ambientar los contactos que se rompieron luego de decisiones del fiscal general Jorge Perdomo y de la captura de Gustavo Villegas, secretario de seguridad de Federico Gutiérrez. Un año después el gobierno de Juan Manuel Santos lo intentó con un decreto que abría la puerta de las cárceles a miembros de “grupos organizados al margen de la ley” que estuvieran participando en acuerdos humanitarios con el gobierno. No es nuevo eso de “gestores de paz”. Al final, el decreto se quedó firmado y los capos en la cárcel.

Hay preguntas claves frente al nuevo intento apaciguador de Petro y la grandilocuencia de la expresión “paz total”: ¿Qué tanto poder tienen hombres como Douglas o Tom, que llevan años en la cárcel, trece y cinco, respectivamente, para lograr una pacificación? ¿Cuál sería la motivación para dejar sus negocios de quienes están libres y han ganado poder territorial y económico? ¿Por qué habrían de poner sus vueltas en bajo para obedecer a unos gestores de paz con un chaleco oficial y una gorra prestada por el gobierno?

Desde los tiempos de Escobar, los ilegales tienen un inmenso poder territorial y social en muy buena parte de Medellín y su Área Metropolitana. Mandan sobre el transporte formal e informal, sobre el pequeño comercio y la distribución de los productos básicos, sobre la producción de licor ilegal (suplantan a la FLA en buena parte de la ciudad) y por supuesto sobre el microtráfico. Ellos no están en guerra con el gobierno, solo sostienen sus negocios con los métodos aprendidos en los noventa y algunas innovaciones. Las buenas intenciones del gobierno y el mea culpa siempre dudoso de los duros caídos en desgracia no hacen milagros. Este gobierno, no se sabe si por ingenuidad o voluntarismo, parece seguro de que el papel puede con todo, bien sea en los decretos o los acuerdos de paz prometidos. Pero aquí nadie renuncia el poder que le ha costado sangre y le genera miles de millones por tres palmaditas en la espalda.