jueves, 2 de mayo de 2024

Revolución en marchas

 Venezuela: Dos marchas pacíficas, ¿y todo sigue igual? – SurySur


En enero de 2001 un capricho de Hugo Chávez propició la inauguración de las marchas opositoras. La reforma a la educación ponía las hazañas de la revolución en los textos escolares, hacía obligatoria la instrucción premilitar, pretendía el retroceso de las ciencias duras para dar privilegio a relatos menos hegemónicos. Madres de clase media y maestros inauguraron la calle contra el gobierno de Chávez. El presidente no estaba contento con el ruido que comenzaba a manchar su popularidad. Los manifestantes eran tildados de “egoístas”: “Viven muy bien cómodos, tremenda casa, tremendo apartamento, no tienen ningún problema, los hijos van a buenos colegios, viajan al exterior (…) Miran a los demás por encima del hombro como si fuéramos poca cosa, la chusma…”. Chávez se lanzó a las calles contra esos “escuálidos” para defender el decreto, a falta de ley, que el mismo se encargaría de supervisar.

El presidente había acumulado triunfos electorales pero su partido, Movimiento V República, no tenía el fervor suficiente. De modo que a mediados de ese 2001, Chávez hizo un llamado a inscribirse en los Círculos Bolivarianos para conformar una red humana que defendiera la revolución. “Los integrarán los periodistas honestos bolivarianos, los camarógrafos, los campesinos conuqueros, los pescadores, verdaderos líderes que se organicen para trabajar (…) Se necesitan líderes no podemos andar a la deriva”. Chávez pedía un líder en cada cuadra y en cada esquina, y dejaba claro que todo se iba organizar desde el Palacio de Miraflores.

El presidente fue acusado de usar los recursos públicos para impulsar su organización política. “¿Me van a enjuiciar por organizar al pueblo? ¿Por cumplir con mi obligación?”, se preguntaba luego de poner una meta de un millón de voluntarios. Chávez se dedica a las largas alocuciones, está convencido de su halo revolucionario, la provocación se convierte en su principal rasgo político. “Hay egolatría, hay narcisismo, hay cierto grado de inconciencia, de que él no es encantador”, dijo en su momento su amigo Eduardo Chirinos. Pero las encuestas muestran un desgaste de su imagen y Chávez y su esposa dejan de ir a los juegos de béisbol para evitar rechiflas. El ruido de las cacerolas, símbolo de la oposición, descompone al presidente: “por cada cacerola van a sonar 500 cohetes de la gran mayoría que apoya a la revolución”.

El libro Hugo Chávez sin uniforme, publicado hace más de 15 años por Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyzka, describe al mandatario y su ansia popular: “El presidente tiene un problema grave: que nunca termina su fase electoral.” Otro rasgo de su gobierno lo resaltó el periodista y escritor Teodoro Petkof en su libro El chavismo al banquillo: “…su estilo de liderazgo lo ha hecho un solitario, rodeado de una servidumbre en general adulante y temerosa”. Un gabinete con el que no tiene mucho contacto y al que le da instrucciones por televisión.

Las marchas y contramarchas marcaron buena parte de la política venezolana luego de la llegada de Chávez a Miraflores. En los años de mayores movilizaciones (2001, 2002 y 2003) se contaron más de 4.000 marchas. Era una especie de termómetro ciudadano que muchas veces marcaba la fiebre del país. Las marchas se enfrentaban en las calles para ser la batalla de la que se hablaba en los discursos. Chávez modificó la bandera nacional con la que se arropaba la oposición. Las grandes discusiones no giraban alrededor de las políticas públicas y la ejecución de los programas sino del discurso del presidente. Fechas, símbolos, señalamientos y arengas mandaban la política. La calle no encontraba un claro ganador, pero la realidad mostraba que gobierno y oposición encontraban cada vez su peor versión.

 

miércoles, 24 de abril de 2024

Le falta calle

 

Gustavo Petro lanza pullas en su discurso de balcón este lunes 1 de mayo

 

 Ministro del gabinete del presidente Petro se atrevió a reconocer las  marchas del 21 de abril: “un número importante y en muchas ciudades”

Hace un año el presidente Petro anunciaba que acompañaría desde el balcón las manifestaciones del día del trabajo: “nos juntamos este 1 de mayo y ahí, en ese Palacio, que solo recibía oligarcas, narcotraficantes muchas veces, bandidos que se quedaban con el dinero, que casi nunca observaban desde ahí al pueblo, porque se encerraban en la frialdad de los salones dorados. Si ahí entra el pueblo trabajador ¿qué?”. Las reformas ya estaban embolatadas y el presidente hacía un llamado a defenderlas en la calle, con el impulso popular. La convocatoria no estuvo acorde con la grandilocuencia de la invitación. Al día siguiente el ministro Velasco habló de una cifra “insólita” de 65.000 colombianos por las calles de Colombia y un mensaje “bellísimo” por la tranquilidad ciudadana.

Pero no había tiempo para la resignación y diez días más tarde el presidente convocaba a una nueva movilización, para el 7 de junio, al tiempo que lanzaba la frase que se ha convertido en lema y karma al mismo tiempo: “Iremos hasta donde el pueblo colombiano quiera y hasta donde el pueblo colombiano decida movilizarse en pro de las transformaciones sociales”. Ya no sería desde el balcón sino marchando al lado del “pueblo trabajador”. Bogotá fue el centro de la manifestación y se habló de siete mil personas en la Plaza de Bolívar. Funcionarios, sindicatos y estudiantes de los colegios públicos fueron los grupos más visibles. Benedetti y Sarabia acababan de salir del gobierno y las encuestas mostraban saldos rojos. En su discurso “sietejuniero”, Petro habló de una “estrategia para destruir su gobierno”.

Esa fue la última gran convocatoria del presidente a las calles. Se siguió hablando en abstracto de la necesidad de la ciudadanía movilizada, se ha llamado a las asambleas populares, se llegó al punto desconcertante de la convocatoria al constituyente primario, pero ahora las manifestaciones son eventos oficiales: carpas, sillas, refrigerios, gorras, algún anuncio, entrega de recursos y discursos. No vale la pena contar el día cívico que fue más una movilización del ego que un llamado a la ciudadanía.

Las marchas del domingo supusieron para el gobierno una derrota en sus propios feudos. Para Petro cada vez es más difícil movilizar a sus electores y al contrario se ha convertido en un experto para congregar una variada oposición a sus reformas, su modelo de gobierno y su desdén frente a los “formalismos” constitucionales y legales. El presidente convoca las marchas a su favor y en su contra, y es más exitoso en su llamado a las segundas.

Al parecer Petro encajó mal el golpe. Dijo que los manifestantes “añoran la represión, las masacres paramilitares, los asesinatos de jóvenes” y que solo los mueve el odio mientras su gobierno atiende a “la alegría la paz y el amor”. Habló del inicio de un golpe blando y de la intención de asesinarlo. Todo eso mientras decía respetar y garantizar la libertad de expresión.

A pesar de los rótulos de “pueblo” versus “clase dominante”, de la intención de dar más importancia a unos ciudadanos que a otros a la hora de marchar, lo cierto es que el tarjetón se marca uno a uno. El Congreso mira las marchas con atención y pragmatismo. Allá no señalan ni separan a los manifestantes por clase o ideología, solo obedecen a la aguja de la opinión pública. Esos sí que van hasta donde el “pueblo dominante” les diga. Las encuestas marcan sesenta por ciento de desaprobación, la calle está dura y parece no cambiará, la derrota electoral en octubre pasado dejó mensajes más que simbólicos. El gobierno pierde apoyo en todos los sectores y Petro parece destinado al baño popular de las minorías.

 

jueves, 18 de abril de 2024

El cambio histriónico

 


 

El presidente Petro se siente incómodo. El marco constitucional le queda pequeño, advierte que el traje está muy ajustado para sus grandes propósitos, para la audacia de sus movimientos. Desde que era candidato en 2022 anunciaba que lo primero que haría al llegar al poder sería declarar un estado de emergencia para combatir el hambre: “Al ganar las elecciones presidenciales hay que decretar la emergencia económica (…) Qué más emergencia que la población tenga hambre". El intento se hizo de manera tardía, parcial y fallida. En junio del año pasado decretó la emergencia económica para La Guajira. La medida se tomó basada en “análisis climatológicos” por la inminencia del fenómeno del Niño. Unos meses antes había insinuado decretar la emergencia por la ola invernal. El gobierno está urgido de poderes excepcionales bien sea porque llueve o porque escampe. Las cosas no salieron bien y los decretos se cayeron en la Corte Constitucional. El presidente criticó la decisión con su elocuencia panfletaria: “…impidiendo medidas rápidas para que el agua pudiera llegar al niño pobre contrario a lo que la misma Corte había dicho antes, que era un estado inconstitucional de cosas”.

Uno de los cambios constitucionales más significativos del 91 fue quitarles a los presidentes el gusto de gobernar vía decretos en lo que se llamaba “estado de sitio”. Durante la Constitución de 1886, los presidentes gobernaron el 80% de sus periodos en vigencia de estados excepcionales. Eso se tradujo en abuso de poder y presidencialismo extremo. Petro, quien se ufana de que los “peladitos del M-19 derogaron la constitución del 86, añora uno de sus grandes vicios.

En el 2018, cuando el Consejo de Estado levantó la inhabilidad que le había impuesto el procurador Ordóñez, las ambiciones eran aún mayores. Petro era un candidato con ánimos renovados y cantó las intenciones que hoy se repiten: “Se necesitan reformas: Educación, la salud, pensiones, justicia para la ciudadanía, la economía, salir del petróleo, industria y justicia económica. ¿Esas reformas, vitales, que nos permitirían entrar a una era de paz, las puede hacer el Congreso de la República que tenemos? No nos digamos mentiras, no son capaces (…) Por tanto si yo soy presidente de Colombia, el primer acto del primer día es convocar a un referendo ciudadano con una sola pregunta, ¿quiere usted sí o no convocar una Asamblea Nacional Constituyente en Colombia?”.

Un poco más de seis años después, luego de dos años en el poder, el presidente retoma la idea con algunos cambios. Sabe que un referendo no tendría éxito, ni por tiempos ni por apoyo ciudadano, y anuncia una vía popular que no es clara. Los formalismos lo frustran, lo aburren tanto como el Palacio, quiere vías expeditas, revoluciones por fuera de la oficina. Son los riesgos de tener un presidente que desprecia la democracia de su país. Hace dos años, en plena campaña, dijo insistentemente que en Colombia no había democracia.

Petro sabe que no podrá cambiar la Constitución. Como no logró liderar grandes cambios se ocupará de los anuncios grandilocuentes y la campaña de 2026. Ese llamado etéreo al constituyente es solo un ejercicio electoral. Un trino reciente de Iván Cepeda explica de la mejor manera el fin de la intención de gobernar de Petro y su declaración de dedicarse al proselitismo: “Por el bien de Colombia espero que ocurra algo que puede sonar hoy utópico: que en 2026 se logre constituir un gobierno multipartidista y de concertación nacional que saque adelante los cambios y soluciones que requieren los problemas estructurales de la sociedad colombiana.” Se resignó el presidente, regresó el candidato.