martes, 22 de enero de 2013

Insurgencia electoral


 





Desde la década del ochenta las Farc han aprendido que los calendarios electorales marcan los tiempos de la guerra y la paz. Entiéndase de la guerra y la expectativa de la paz. Poco a poco, sin necesidad de votar y reiterando su desprecio por la democracia colombiana, el grupo guerrillero se ha convertido en una especie de fórmula presidencial, bien sea por atracción y negociaciones o por repulsión y declaratoria de guerra a muerte. Pasó en menor medida con el salto de las picanas de Turbay a las palomas de Belisario, dramáticamente con la foto de Marulanda y Pastrana, e inevitablemente en la indignación temerosa y desesperada que llevó a la elección de Uribe. Ahora, una buena porción de la reelección de Santos se juega en La Habana y Marcos Calarcá, negociador parsimonioso, ha comenzado a adornar el escenario conocido: “No podemos permitir que los afanes electorales del gobernante de turno primen sobre el interés de todos los colombianos; poner plazos perentorios no solo no es realista, es una actitud criminal”.
La paradoja de todo esto es que según algunos indicadores sobre seguridad en 2012, Las Farc tendrían más influencia en la política que en la guerra misma. Y aquí es necesario entender guerra no como conflicto entre el Estado y guerrilla, sino como la violencia producida por el crimen organizado. La Corporación Arco Iris calculó hace unos días en cerca de 800 las muertes que se produjeron el año anterior en medio del conflicto con las Farc. La Policía, por su parte, ha hablado de casi de 2500 asesinatos relacionados con las Bandas Criminales en 2012. Pero no son solo los homicidios, cerca del 40% de las alertas tempranas de la Defensoría el año pasado tuvieron como amenaza a las franquicias de Urabeños, Rastrojos, La Oficina, La Empresa y demás. Hace 6 meses el Ministro de Defensa dijo que el 70% de las acciones guerrilleras se concentran en 37 municipios donde vive el 4.6% de la población. Han pasado dos días del rompimiento de la tregua unilateral y las Farc muestran su poder contra estaciones de policía en Cauca, Nariño y Norte de Santander, los rieles del tren carbonero en la Guajira, las torres de energía en el Putumayo, los soldados en Ituango y el oleoducto Transandino cerca a Orito.
Las cifras y los partes del conflicto con las Farc nos muestran que de algún modo la guerra está en otra parte. Mientas las bandas criminales libran las luchas regionales que desangran municipios en el Valle del Cauca, incendian la Costa Pacífica, desplazan en el Chocó y desatan las batallas barriales en Medellín; las Farc se dedican a pelear contra un tubo, las torres de energía, lanzar pipetas contra estaciones de policía y fortalecer sus alianzas con los traficantes en sus viejos refugios cocaleros. La Fundación Ideas para la Paz ha dicho que en las zonas de cultivo hay relativa tranquilidad por el acuerdo entre bandas y guerrilla mientras en las ciudades se pelea por las “plazas”. Todo esto hace pensar en que una desmovilización parcial de la guerrilla, como la que imagina mucha gente, traería un refuerzo en hombres e integración para muchas de las bandas criminales.  Tendríamos, entonces, un nutrido grupo de mercenarios con experiencia, ex paras y ex guerrillos, peleando por la plata del narcotráfico, la minería ilegal y las extorsiones. Don Berna sería el modelo de ese combatiente untado de política, tres bandos y coca.
De modo que las Farc pueden decidir quién gana las elecciones, pero han perdido mucho a la hora de ofrecer la paz. Una cosa es el cese de comunicados y otra nuestras posibilidades de tranquilidad.




1 comentario:

Daniel Jaramillo Ramírez dijo...

“Nos reservamos el derecho a capturar como prisioneros a los miembros de la fuerza pública ..."
Siguen secuestrando miserablemente, definitivamente hay que tener mucha paciencia para no patear el tablero en La Habana.