martes, 7 de marzo de 2017

Conjuro literario




Es difícil saber si en 2004, cuando publicó su novela La conjura contra América, Philip Roth pensaba como agorero o como historiador. Si simplemente quería rescatar un capitulo norteamericano previo a la Segunda Guerra Mundial cuando los simpatizantes nazis gritaban “America first” y señalaban a los judíos belicistas que querían llevar al país a una guerra europea; o si como un prestidigitador frente al techado trazó las líneas entre los vuelos heroicos de Charles A. Lindbergh, vocero del comité Estados Unidos Primero, y los recorridos de campaña de Donald J. Trump.
En la novela, un triunfo inesperado de Lindbergh sobre F. D. Roosevelt en las elecciones de 1940 hace que comience a rodar un nacionalismo agresivo y un rumor ronco de odio contra judíos y otras minorías.  Sea lo que sea la novela ha resultado un pálpito asombroso, un anticipo profundo e íntimo de las noticias que se publican a diario trece años más tarde de la aparición del libro. El retrato de una familia judía de clase a medias a la que un apellido se le convierte en una especie de hechizo maligno, una palabra como un conjuro suficiente para que el papá pierda la cabeza, la mamá pierda la seguridad, el hermano mayor pierda la devoción por sus padres y el hermano menor pierda sus ídolos y sus escazas certezas de infancia: “¡Aquel nombre de nuevo…! Habría preferido oír la explosión de una bomba que tener que oír una vez más el nombre que nos atormentaba a todos nosotros”. La frase la dice el menor de la familia, un niño de siete años acostumbrado a oír los discursos de Lindbergh, desde los radios de todas las casas del barrio judío, como si fueran el primer asalto de una emboscada.
El temor de las familias inmigrantes ante el discurso de Trump, las cien amenazas falsas de bombas contra escuelas y centros judíos en lo corrido del año en Estados Unidos, los ataques contra dos cementerios judíos, las arbitrariedades oficiales contra residentes legales de siete países árabes, el discurso del odio y la desconfianza que se propaga con facilidad en un país que decía enarbolar una llama para alumbrar en la oscuridad, y ahora la usa para incendiar y prender las mechas disponibles de la discriminación.
El libro de Roth tiene una escena dolorosa de la familia visitando los grandes monumentos y edificios oficiales en la capital, rindiendo homenaje a Lincoln y haciendo reverencias ante Washington. Luego de esas visitas conmovedoras la familia regresa al hotel y descubre que han sacado sus maletas al lobby alegando que la habitación donde los habían acomodado tenía una reserva previa. Todo con una amabilidad áspera que no pretende disimular del todo la discriminación. El padre evocó ante el hombre del mostrador una frase de un discurso de Lincoln que acaba de ver labrada sobre mármol: “Todos los hombres han sido creados iguales”, y los “espectadores” del pequeño incidente soltaron una risita burlona. La familia terminó en otro hotel empujada por la policía mientras la madre solo pudo decir que ya no vivían en un país normal, que nunca volverían a vivir en una casa normal.
Para Lindbergh, el verdadero y el de la novela, el gran peligro para su país era la influencia de la industria cinematográfica, la prensa, la radio y el gobierno de Washington. Sus sobrevuelos eran inspiradores, un sobrevuelo conmemorativo para los americanos de sangre europea y un bombardeo contra la “disolución de las razas extranjeras”. Sus palabras podrían ser un trino del siglo XXI: “Una fuerza demasiado grande para que las potencias extranjeras la desafíen, una muralla occidental de raza y armas que pueda frenar tanto a Genghis Khan como a una infiltración de sangre inferior…”