miércoles, 1 de mayo de 2013

Margen de horror






Los negociadores de las Farc en La Habana tildan de “emboscada electoral”  la oportunidad que se cocina para que puedan hacer política sin armas en Colombia. La guerrilla que dice representar al pueblo no cree en encuestas ni en urnas ni en mayorías, se ha acostumbrado a imponer su voluntad con una simple mirada torva.  Por obvias razones le tiene pavor a la aritmética electoral. Tal vez la puerta generosa de la participación en política sea necesaria para dar una lección de realidad a la arrogancia montaraz de la guerrilla. El insignificante apoyo ciudadano será una especie de venganza democrática para los asesinos y sus utopías.
El proceso reciente de El Salvador y la llegada del FMLN al poder sirve para mirar el caso colombiano por la vía del contraste. El conflicto salvadoreño duró un poco más de una década y surgió luego de fraudes electorales y dictaduras sucesivas. Una parte de la clase media y algunos partidos socialdemócratas tuvieron bastante cercanía con el movimiento insurgente. El FMLN era una congregación amplia de posturas de izquierda, tanto que al momento de integrarse a la vida política estaban reunidos en cinco tendencias con distintos líderes y proyectos. En su primera elección, en 1994, el FMLN obtuvo cerca del 20% del congreso y 15 alcaldías. Tres años más tarde ganaron 53 alcaldías, incluyendo la capital y cerca del 30% del Congreso. Arena, el partido de gobierno, peleaba con sus ahorros en los pequeños municipios rurales. En el 2000 los exguerrilleros ya tenían las alcaldías de las ciudades donde vive el 60% de la población del país. Todo estaba listo para la presidencia que se aplazó un periodo, hasta 2009 con Mauricio Funes, en buena parte por la presión de Estados Unidos contra la candidatura de Schafik Jorge Handal.
Según la Corporación Arco Iris las Farc tienen presencia en el 25% de los municipios del país. Territorios de frontera y de selva donde habita el 4% de la población. En las ciudades no tendrían siquiera el voto unánime de los encapuchados que dominan una parte del escenario de delincuencia y participación política en algunas universidades. Los que saben calculan el botín electoral de las Farc entre 50 y 80 alcaldías de municipios pequeños en Caquetá, Cauca, Meta, Nariño, Huila y Cundinamarca. Para lograr un escaño en el Congreso tendrían que buscar alianzas, cosa bastante difícil por su pasado criminal y su dogmatismo blindado.
Las Farc dicen que la politiquería colombiana les produce asco, pero algunos acontecimientos recientes han demostrado que sus técnicas de movilización no están muy lejos del pasaje, el tamal y la promesa. En últimas Marcha Patriótica es liderada por una mujer que creció de la mano de los barones liberales en Antioquia. Las críticas al sistema electoral que se hacen desde La Habana son las mismas que se hacían hace 30 años. Las Farc desconocen los triunfos de la izquierda en Bogotá, el movimiento ciudadano que por poco derrota al heredero hoy repudiado por Uribe, las candidaturas ciudadanas exitosas en Medellín, Cartagena, Santa Marta y Barranquilla. Tampoco deben saber que aquí se cerró la explosión de partidos de garaje para detener a las microempresas electorales. Y será imposible que recuerden que en El Salvador también había un umbral del 3% para la supervivencia de los partidos cuando el FMLN llegó a la política. Su única especialidad sigue siendo el margen de horror.

martes, 23 de abril de 2013

De plazas y ollas









Conozco desde hace más o menos quince años los ires y venires de una de las llamadas ollas en la ciudad de Medellín. No digo que sepa cómo funciona por dentro la maquinita de jíbaros de esquina y su recua de pillos alardosos que sirven como grupo de amenaza y protección, pero al menos tengo idea de los movimientos que se ven a simple vista y de la reseña permanente por la vía del rumor. El sitio no es ningún antro en los extramuros de la ciudad, queda al frente de la Academia Antioqueña de Historia y a unas cuadras del Centro Colombo Americano, en el cruce de dos vías principales en el centro. Un busto de Manuel del Socorro Rodríguez ha hecho que se conozca como el Parque del periodista. Para vergüenza de algunos y sorna de otros.

Hace unas semanas el Presidente Santos dio la orden de acabar con veinticuatro ollas reconocidas en las principales ciudades del país. Se atrevió además a entregar un plazo perentorio: en sesenta días deberían estar desmanteladas. Los comandantes de policía no saben si reír o llorar, y el consejero para la seguridad ciudadana tiembla mirando el calendario y el bochorno que se avecina.

A finales de los noventa la olla del Periodista era solo una plaza menor. Bastaban cinco personas para dominar el negocio y solo uno de ellos marcaba el protagonismo con sus muecas y su aire de reyezuelo enfierrado. Un día las cosas pasaron a mayores y los dueños fueron desbancados a plomo. El líder del pequeño grupo todavía guarda en su cuerpo varios recuerdos de esa toma hostil. Ahora, gracias a su antigüedad, se le permite trabajar frelance vendiendo sus cosas y sus cozos. Sirve además como consultor de la plaza cuando los nuevos dueños, demasiado impetuosos, se sobrepasan en su monopolio como fuerza de ventas. “No calienten el parche, dejen esa vuelta así, sin peleas, sin visajes”, es el mantra de su experiencia como curtido expendedor.

La plaza tiene rotación en su administración más o menos cada año. La última vez el cambio en la composición accionaria se dio por medio de un comando que llegó armado de bates y fierros, y sacó corriendo a la líder del grupo. Una mujer que se mostraba implacable con la competencia, con los clientes desobedientes y con algunos “indeseables” de la zona. Durante su reinado los jíbaros no esperaban a ser llamados con un guiño sino que acosaban a cualquier transeúnte como si fueran vendedores de playa en Semana Santa. En sus manos quedaban los arreglos por el rayón de una moto o la pelea entre dos borrachos. Digamos que a su actividad principal se sumaban sus dotes como conciliadora en equidad.

Pero toda situación, por mala que esté, es susceptible de empeorar. Los nuevos amos han incorporado nuevas tecnologías: ahora tienen un perro que acosa de oficio o por instigación a todo el que no les gusta. Y la última vez que intervinieron para separar una pelea de mujeres, utilizando cuchillo para facilitar el triunfo de una de las pugilistas, demostraron ser mayoría en el Parque. Ante la intervención comedida de un pato, saltaron hombres desde todas las esquinas: unos con pinta de pillos, otros de clientes, otros de jipis, otros de dueños de negocios, de vendedores ambulantes. A esa hora el Parque tenía más jíbaros que potenciales compradores.

Mientras tanto, la policía hace una pantomima cada dos o tres meses. Los jíbaros son los primeros en enterarse. Ese día no llegan. Y los agentes cumplen la cuota al montar a cinco o seis consumidores hasta la jaula rodante. Nadie que haya visitado el Parque durante dos meses desconoce los protagonistas y la lógica del negocio. Jíbaros y policías son solo la válvula de esas ollas inevitables.

martes, 16 de abril de 2013

Templos en venta








La imágen del rayo sobre la cúpula de San Pedro, rompiendo una noche oscura y lluviosa, ocupó la primera página de muchos diarios del mundo. La luz y las tinieblas, parecía un truco más de la escenografía vaticana. Ratzinger acababa de renunciar a su cruz y a su rebaño. El mundo parecía volcado sobre el juego de intrigas de unos ancianos que se pretenden sabios y humildes. Pero el espejismo de las primeras planas y los televisores resulta engañoso. El espectáculo es interesante como la ópera de un momento. Pasados los cantos y los resplandores de los zapatos rojos y las mitras, la gente se aleja y se olvida del susurro que ha sonado por los siglos de los siglos.
Europa es un caso dramático de soledad y abandono de las iglesias. Hace cerca de cien años Marcel Proust comenzaba así una página en Le Figaro llamada La muerte de las catedrales: “Supongamos por un momento que se ha extinguido el catolicismo desde hace siglos, que se han perdido las tradiciones del culto. Solo subsisten las catedrales, secularizadas y mudas, monumentos hoy ininteligibles de una creencia olvidada”. Proust escribía contra una “Cámara anticlerical” que buscaba acabar con las subvenciones públicas a la iglesia para el mantenimiento de sus edificios. Desde hace un poco más de una década su predicción entre poética y política ha comenzado a cumplirse a muy buen ritmo.
Según datos de la Conferencia Episcopal Alemana en el 2011 se cerraron 400 templos católicos en el país. Las iglesias van quedando huérfanas hasta que los párrocos mueren de tedio. Entonces se planta un aviso ofreciéndolas para construir apartamentos, levantar bibliotecas, atender bares y, en el peor de los casos, abrir mezquitas. Las que se ofertan en Alemania están valoradas entre 20.000 y 135.000 Euros. En los próximos 7 años las diócesis del Norte germano cerrarán el 70% de sus iglesias. No es difícil entender la frustración de Ratzinger. Pero Alemania es solo el país con la más amplia oferta de templos. En Holanda se han demolido o acondicionado para usos terrenales cerca de 900 iglesias entre católicas y protestantes durante la última década. Solo el 7% de quienes se dicen católicos asisten a la misa dominical. En Francia las mezquitas han pasado a ocupar el cascaron de muchas iglesias y solo el 4.5% de la población se declara católica practicante. En algunos años Bergoglio será para muchos europeos una extraña criatura americana encerrada en un palacio italiano.
Esa ruina de iglesias que suena a pequeña anécdota inmobiliaria puede ser el futuro luminoso que le espera a una Europa rota por el Euro y la burocracia internacional. Al menos así lo cree una de sus mentes más lúcidas y más ilusas. Hace unos años, George Steiner, otro francés, decía que tal vez la idea de Europa no dependa tanto de las bancas centrales y las tarifas comunes. Y ponía su confianza en el “tsunami de agnosticismo, si no de ateísmo”, que llevará a cambios profundos en el alma del continente. Según su versión Europa sería la encargada de “elaborar y promulgar un humanismo laico” en medio de los fundamentalismos homicidas nacidos en Norteamérica y en los países islámicos. Solo hay un pequeño problema, luchar para que ese trueque espiritual no lleve a la frivolidad absoluta, y para que los estudiantes piensen más en Montaigne, Erasmo, Voltaire y Darwin que en David Beckmhan. 


martes, 9 de abril de 2013

Idea fértil







Los experimentos sociales encarnan siempre un riesgo y una osadía. Preparar un pequeño laboratorio para observar el comportamiento humano y sacar algunas conclusiones ha llevado a las peores tiranías y a los más sonados fracasos colectivos. Utopías que se convierten en infiernos y buenas intenciones que terminan bajo la mueca burlona que componen los años y los imprevistos. Desde algo más de una década Erwin Goggel, un colombo suizo empeñado en el cine y en algunas ideas entre originales y excéntricas, resolvió hacerles una propuesta a varios hombres en la vereda El Tigre, en el corregimiento de Río Cedro, Córdoba. El plan era sencillo: si se hacían la vasectomía les entregaba tres hectáreas y media de tierra con la condición de que no podrían vender ni arrendar, un lote a su nombre para que lo trabajaran. Todos eran hombres jóvenes con hijos y sin trabajo ni tierra, viviendo bajo una especie de círculo tortuoso en el que se suma descendencia y se restan oportunidades.
La idea cayó como una bomba en el pueblo y sus alrededores. Quienes tomaron la decisión de “mocharse” fueron repudiados por amigos y familiares. El pueblo de los “capados” llegaron a llamar al arrume de parcelas en el que ahora viven diecisiete familias. Los llamaron maricas, bueyes, novillos y les aseguraron que luego de tres meses se les iba a morir el “compañero”, el de abajo. Goggel fue bautizado el “cachaco loco” y se le acusó de ser un rey en busca de esclavos o un forastero que iba enriquecerse a punta de operaciones. Un documental hecho por el mismo Goggel muestra la evolución de esas familias luego de diez años largos de la “poda” general. Quienes antes ganaban 15.000 pesos semanales arrancando ñame y veían las opciones del narcotráfico, el abigeato o la mendicidad como salidas posibles; hoy tienen un rancho con maíz, plátano, ñame, gallinas, marranos, un lago común con pescado y una moto para que los hijos mayores puedan ir hasta el bachillerato en Moñitos. “De comida estamos bien…Yo iba mal, sin tierra, sin nada y ya con dos hijos, ya tendría como cuatro o cinco, una cada año…”, dice Cérvulo Zapata uno de los que se atrevió a apostarle a ese extraño intercambio. La pobreza no ha cedido del todo. Comprar el uniforme y los útiles, mandar los hijos a un colegio en Montería, buscar ingresos más allá de la subsistencia sigue siendo un reto difícil.
Pero una conciencia distinta ha llegado hasta los ranchos de esos hombres y mujeres: “El que quiere gozar la juventú que no se case y cuídese con condón, con pastillas con lo que sea…ahora estoy sabroso, ya no voy a tener más hijos”. Le preguntan a una de las mujeres y se ríe con algo de vergüenza: “Ya nos podemos concentrar en gozar, ya no hay miedo de un embarazo”. Y miran con ternura a los burros que no piden uniforme y “estudian trabajando”. Al lado de las parcelas que agrupan ese fértil experimento hay una hacienda de 450 hectáreas en manos de la fiscalía y en trámites de extinción de dominio. No hay parceleros sino ganado pastando. No hablo de la imposición del control natal por parte del Estado. Pero valdría la pena que el documental de Goggel estuviera en las oficinas públicas sobre restitución de tierras y en los talleres sobre desarrollo rural y en la mesa en La Habana. Nunca sobra un ejemplo exitoso en medio de temas tan difíciles como la posesión de la tierra, la descendencia, el sexo, los prejuicios culturales. 

miércoles, 3 de abril de 2013

Traición y verdad






A comienzos de este año, unos meses después de las matanzas en la escuela de Newtown y en un teatro de Colorado, Estados Unidos volvió a discutir sobre el peligro que pueden significar las películas violentas. Es más fácil ponerse de acuerdo sobre el uso de las armas de utilería que sobre el plomo duro y cierto. El Vicepresidente Joe Biden habló con representantes de las industrias del cine, la televisión y los videojuegos, y anunció estudios para identificar una posible relación entre los disparos en las pantallas y la violencia real. El terreno estaba bien abonado para recibir al genio de los chorros de sangre como un efecto cómico. Se abrió el telón rojo de la nueva película de Tarantino y vino una pequeña y vieja polémica.
Pronto, en manos de los críticos y los cineastas, la discusión pasó de los posibles desequilibrios mentales de los adolescentes y su percepción sobre ficción y realidad, a un debate acerca de los imaginarios y la representación de la historia nacional. Spike Lee salió a criticar la banalización de una historia que tenía que ver con su pasado familiar. Django desencadenado, la película de Tarantino, trataba con demasiada sorna, con risas macabras, con chistes de vaqueros el tema de la esclavitud: “La esclavitud en Estados Unidos no fue un spaghetti western de Sergio Leone, fue un Holocausto. Mis antepasados son esclavos. Fueron robados de África. Les honraré”, dijo Lee al negarse a pasar por el torniquete de la película. Los gringos que todo lo miden dicen que buena parte del éxito taquillero se debió a la respuesta de los espectadores negros: cerca del 40% de público podría repetir la historia familiar de Spike Lee. 
"Es un western, no me jodan", fue la última respuesta de un Tarantino ya exasperado por palabras como repercusiones, memoria, frivolidad…
En Colombia, guardadas todas las proporciones, llevamos un mes con una discusión similar. De un lado se dice que una historia reciente y terrible, que involucra el dolor de miles de colombianos, ha sido tratada sin contexto y en clave de telenovela. Se cuestiona que la ficción con un espinazo de realidad sirva para que el público masivo de la televisión se haga una idea sesgada y banal de los dramas nacionales. De otro lado se hace una defensa tímida de la libertad de expresión y se intenta explicar que Julián Román es mucho mejor persona que Carlos Castaño. Nadie en RCN tiene el valor de decir, “es una serie colombiana, casi una novela, no me jodan”.
Seguimos pensando en el público de televisión como un menor de edad sin posibilidades de una mirada burlona y crítica. Si los Tres Caínes fuera un libro de Gustavo Bolívar no habría polémica. Pero la televisión se ha proclamado como una especie de manual de historia para el ciudadano raso; entonces el cuidado debe ser mayor porque podemos estrenar de una manera equivocada el criterio y el cerebro de muchos compatriotas. No hablo de censura pero veo una intención de tutelaje en muchos de los críticos de la serie. En un país lleno de víctimas que se han hecho una idea de los asesinos en carne propia, con proyectos valientes y valiosos como el de Verdad Abierta, con casas de la memoria y cientos de libros y estudios sobre la violencia tenemos ser capaces de soportar una versión barata de la historia. Deberíamos escrutar con más sospecha a los noticieros,  a la prensa, a los mismos protagonistas de nuestras guerras. Hace poco decía Belisario Betancur en radio que Manuel Marulanda era “una realidad de sabiduría campesina”. Nadie se alertó por esa versión tan tierna de su contemporáneo.



domingo, 31 de marzo de 2013

A ras de cielo






Yopal se recuesta sobre los últimos cerros que arrugan el paisaje. Cuando el avión se inclina y muestra las montañas al fondo como última barrera, luce como una ciudad en crecimiento, estrecha sobre sus cuadrículas recién trazadas; cuando aparece el horizonte de la pista y se abre el llano, ese espejismo, parece apenas un campamento levantado hace poco por un nuevo auge comercial, un fortín temeroso de ese mundo al que le sirve de puerta. En tierra nos reciben los contrastes entre el mito de los vaqueros y la simpleza profesional de los pilotos de helicóptero que trabajan con las petroleras. Un hombre espera descalzo frente a las máquinas de rayos X: tiene su pasabordo como equipaje, los pantalones remangados, el sombrero negro de fieltro fino, la franela blanca de manga larga. Al lado, dos hombres de overol azul hablan de la rutina de sus hélices. Nadie se mira con curiosidad.
La avioneta monomotor que nos llevará hasta la hacienda San Pablo, a orillas del río Cravo Sur, luce su nombre con sincero cinismo: La Cansada. Tiene algo más de cuarenta años y el primer ronquido de su motor me hace pensar en un asma prematura. Pero llevo La vorágine en mi morral y ya aprendí a hablar como el poeta Arturo Cova: “Casanare no me aterraba con sus espeluznantes leyendas”. Han pasado los tiempos de las fábulas pero El Llano sigue siendo para muchos -jornaleros de la palma venidos de la Costa, asalariados de las petroleras llegados de Boyacá, agentes de comercio que arrastran sus retazos desde Bogotá- una tierra para la aventura, una promesa de segundas oportunidades.
Al despegar brilla el verde oscuro de los arrozales. Muy pronto el paisaje se hace pálido y se alternan amarillos, verdes suaves, grises fangosos y de nuevo verdes adornados por el ojo negro de los pozos, imanes para el ganado que por momentos se fila en su búsqueda y por momentos se riega sin orden. La hermosa monotonía y el ruido del motor invitan a la alucinación. Ahora entiendo por qué José Eustasio Rivera llamó “desierto” a ese llano de nunca acabar y por qué el espíritu de su personaje debe desafiar esas “pampas libérrimas”. Agradezco no ir adelante conduciendo el motor de La Cansada: la superficie de ese “planeta”, que en ocasiones semeja agua o pantanos o dunas de arena o hierbales secos, impulsa a perderse, a marcar un rumbo y seguirlo hasta el final sin obedecer la luz roja de los controles o el GPS. Frente a ese horizonte no queda mucho más que el extravío o la tranquila resignación. Pocas veces un paisaje me había proporcionado ese momentáneo deslumbramiento. Conste que volamos temprano en la mañana, bajo los pesados efectos de un caldo de costilla servido en el aeropuerto El Alcaraván de Yopal.






La tierra está marcada por innumerables caminos que llegan hasta los morichales –bosques de palmas y árboles que siguen el curso de los caños–, surcan los potreros, dibujan líneas sin lógica sobre la tierra agreste. Son las rutas que sigue el ganado en sus recorridos: también las reses necesitan algún rastro sobre las “llanuras intérminas”. A vuelo de pájaro esas rutas desiguales se confunden con las pocas líneas que marcan las carreteras polvorientas trazadas por los dueños de las haciendas, los palmeros, las empresas de petróleo y las máquinas de algún municipio. La extensión del paisaje y los cuatrocientos pies de altura terminan por igualar las rutas del ganado y las de los hombres.
Desde el aire se puede ver, convertida en una especie de caricatura, una de las nuevas disputas que marcan la tierra sin cercos del Casanare: un carrotanque petrolero espanta un grupo de reses que busca atravesar una carretera. El petróleo hace sonar sus monedas y sus cascabeles, crea nuevas expectativas y sueños, como sucedió en su momento con el espejismo del caucho en el Vichada. Muchos jóvenes de la región miran con desdén los trabajos de vaquería, donde los jornales son menores que en los campos petroleros.
El oleoducto rodante que recorre muchas de las rutas del departamento luce ordenado y lento desde la ventana de La Cansada. Los grandes camiones dejan una estela polvorienta mientras un carrotanque menor y caritativo riega con agua las vías frente a los caseríos para evitar que se asfixien entre el polvo. Cerca de dos mil carrotanques mueven el 14% del petróleo que se extrae en Colombia. Pero no solo el orden cuadriculado de los campos petroleros marca los hitos del llano que liman los cascos de caballos y reses. Cada tanto aparece el brillo de los techos de lata acompañado de un tanque y un molino. Los pequeños oasis de las fincas ganaderas lucen siempre un pequeño bosque de mangos que da sombra a los quioscos. De pronto, ya cerca de nuestro primer destino, surge el río Cravo Sur y su cauce amplio, más playas que agua, y su paisaje que recuerda esos dibujos de arenas coloridas encerradas en una botella. El agua no necesita aquí cavar un cauce profundo, tiene espacio suficiente para trazar un lecho pando y sereno.
He visto las palmas salvajes, los moriches que siguen la ruta de los ríos y los caños con sus hojas como flechas. Pero es hora de admirar otras palmas: los sembrados de la palma de aceite trazados a cordel, en un orden que produce vértigo y hace pensar en algún látigo que las obliga a mantener las hileras perfectas; el verde también es uniforme y desde el aire parece que crecieran siguiendo los impulsos emitidos desde un cuarto de máquinas. No se ve un solo trabajador en ese bosque cuadriculado. También ahí se producen combustibles. Una parte de lo que cultiva Aceites Manuelita será biodiesel y saldrá en carrotanques.







Aterrizamos sobre la larga pista de hierba de la hacienda San Pablo y parqueamos frente a uno de sus quioscos. En tierra la brisa hace zumbar las palmas “finas como un pincel”, los monos aulladores también nos dejan su concierto lejano, y ver el horizonte a ras de piso entrega las verdaderas proporciones de lo que se creía dominar desde el aire. Dependiendo del ánimo, usted podrá entrever las ciudades fantásticas que enloquecían a Arturo Cova al mirar el infinito; o simplemente pensar que faltó una más cálida despedida para las montañas ahora que “solo quedan llanos, llanos y llanos”. Descansamos un rato y volvemos a la cabina de La Cansada. Vamos rumbo a Orocué que está en plenas fiestas de La Candelaria. Al aterrizar nos recibe una valla que resume la política de los pueblos regentados por mayorales: “Bienvenidos. Monchy Yobani M. Alcalde. Orocué 2012-2015”. El cartel para la fiesta de la noche en la plaza ha atraído a la gente de los pueblos cercanos: “Checo Acosta, Rikarena, Rafael Santos, Alfredo Gutiérrez”. Para la tarde de coleo se ofrece un premio de diez millones y un machiro de oro al ganador. Los competidores han llegado de Arauca y Meta a buscar fortuna frente a los locales.
Mientras me bogo tres Poker mirando el río Meta y sus bañistas, el dueño de la tienda me habla de la evolución del pueblo: “esto creció fue en los últimos ocho o nueve años. Antes había cuatro barrios, ahora hay trece”. Orocué guarda solo dos reliquias: una antigua escuela de policía que fue famosa en los años sesenta, y la casa donde vivió José Eustasio Rivera en 1919 mientras peleaba una herencia armado de un maletín. La casa está cerrada con candado y marcada por un pequeño aviso a medio borrar. Los indígenas Guahibos que en la novela de Rivera roban ganado con la amenaza de su arco, ahora andan en moto por el pueblo: “los ‘guajibitos’ saben arrancar la moto, pero no saben frenar”, me dice el policía que está de turno en la estación. “Aquí no pasa nada, este pueblo es muy tranquilo, el único problema son las motos: no hay casco, ni reglas, ni multas. Y si usted los para, ellos responden: ‘ah, es que ustedes los blancos...’”.
Los treinta y cinco mototaxis no son suficientes para llevar a todo el pueblo a la pista de coleo. Toca caminar hasta el aeropuerto bajo un sol acompañado del pito de un motopaseo y el voceo de los agentes de comercio al ofrecer las mismas baratijas de las esquinas de las capitales. Al despegar una mole de cemento nos dice que el auge de los “megacolegios” ha llegado hasta el pueblo. El río Meta hace que Orocué, con sus lanchas alargadas y sus planchones, se vea menos abandonado en medio del llano sin sombras. Al menos hay una ruta expedita para huir.




En la noche, ya sentados en el comedor de la hacienda San Pablo, un vaquero se encarga de descifrar un poco las escenas desoladas que desde el aire hacen creer que las reses viven abandonas a su suerte, casi como manadas salvajes. Solo el lazo de los vaqueros sirve de cerco a las miles de reses de San Pablo. El lenguaje de Andrés, un hombre de unos cincuenta años nacido en Maní, es el mismo de los protagonistas de las campañas de pastoreo de La vorágine: las “fundaciones” en las que se dividen los hatos para su cuidado, el “ganado mañoso” que coge el monte y no aparece más, sus cuatro caballos “silleros” para las jornadas de mañana y tarde, la “saca” del rodeo que exige al menos doce vaqueros para mover doscientas reses. Estoy seguro de que podría repetir el dicho de los hombres de la novela: “Que el yanero es el sincero, que al serrano, ni la mano”. Pero algo ha cambiado. Sus hijos están terminando el bachillerato y piensan en el servicio militar; a uno le gusta el lazo y la vaquería mientras el otro piensa en jornales más prometedores. Y él mismo ha cambiado algunos de sus hábitos. Ahora, cuando el verano lo permite, hace muchas de sus rondas en moto. “Mi patrón me hizo realidad el sueño de tener la moto”, dice, a sabiendas de que está a cincuenta minutos de las promesas de Orocué. También lleva una pistola al cinto como los vaqueros desconfiados de la novela. Todos los días debe darle vuelta a su rodeo: curar las gusaneras, enlazar a las bestias rebeldes, llevar la sal a los bebederos, calentar el hierro y marcar. Conoce las rutas de sus reses como si las hubiera amaestrado, las mismas que desde el aire parecen líneas arbitrarias.
Desde el aire y ras de suelo es posible ver la paradoja de un paisaje y unos pueblos que aún en el momento de sus mayores cambios parecen una copia de las viejas ramadas. Ni las banderas de fuego que lucen los campos petroleros, ni las hectáreas de palma, ni los puentes a medio construir sobre los ríos, logran aplacar la sensación de estar en un planeta con muy pocas señales, una tabula rasa sobre la que aún están por definir el paisaje y las reglas.







miércoles, 27 de marzo de 2013

Un buque desde La Habana







Algo se firmará en La Habana. Parece que al fin han coincidido las necesidades de las Farc y las de un gobierno. También hay cierta simetría entre las debilidades de unos y otros. Ahora casi todo el mundo da por descontado que habrá ceremonia de intercambio de pergaminos entre Santos y Timochenko. Así lo creen personajes tan distintos como Claudia López y Marta Lucía Ramírez, como Pacho Santos y Alfredo Molano, como Roberto Pombo y Fidel Cano. En los últimos días el escepticismo sobre la posibilidad de un acuerdo ha dado un giro hacia el escepticismo sobre el tamaño de las bondades que pueda traer un documento firmado entre gobierno y Farc. La paz prometida ha sido el tema más importante de la política electoral y de la política a secas en los últimos años; hoy en día, luego de 4 meses de negociación, corre el riesgo de convertirse en un asunto menor, una especie de simbolismo que no dejaría mejoras sustanciales en seguridad.
Las zonas donde las Farc ejercen su poder actual coinciden exactamente con los territorios donde ha sido imposible disminuir las hectáreas de coca y otros cultivos ilícitos. A estas alturas parece claro que un acuerdo con la guerrilla dejará intacto -por desobediencia, por venta de franquicias, por simple ambición mafiosa- el poder que durante años ha tenido la guerrilla en el negocio de la coca. Cambiarán algunas siglas, algunos alias y no mucho más. Desde ya se habla de la venta temprana de la “tecnología” y las rutas a los mexicanos que al parecer están aburridos con los intermediarios. De modo que es lógico que el ala más guerrera de las Farc siga en sus “vueltas” por simple inercia. Entraron al más rentable y más sórdido de los capitalismos y le dejaron los discursos y los acuerdos a sus compañeros más amigos de la cháchara.
Antiguos procesos nos han demostrado, además, que solo hacen falta unos pocos disidentes de la paz para armar un nuevo y más macabro aparato de guerra. No solo pasó con el proceso reciente de Ralito y sus herencias de bandas tan poderosas como dispersas. También el proceso del M-19 dejó grandes alumnos en el sicariato en las ciudades; y el dulce acróstico de Esperanza, Paz y Libertad elegido por el EPL entregó toda una camada de jefes paras en Urabá. Un grado justo de pesimismo sobre lo que vendrá luego de un acuerdo en La Habana es necesario para tener claro qué es posible negociar.
Y si las Farc pueden resultar siendo irrelevantes para nuestros más dramáticos indicadores de violencia pues con mayor razón lo serán en la política. No representan a nadie más allá de su círculo amplio de poder criminal: proveedores, protegidos, socios y milicianos. Quizá algunos ideólogos radicales se sumen luego del entusiasmo de los comerciales de televisión con banderas y palomas. Sus propuestas tampoco significan una sola idea progresista. Casi que no significan una sola idea. Están pensadas desde el hemisferio cerebral de los políticos más avaros y desconfiados: solo quieren un terreno abonado que les ayude a garantizar un poder político inexistente. Las Farc solo saben convencer con un cerco impuesto y regentado por ellos,  de ahí su propuesta cerrada de reservas campesinas. El más importante de sus planes hasta el momento. El entusiasmo de Márquez y Santos no puede ser el de todos, de lo contrario vendrá desde La Habana un buque cargado de…