viernes, 9 de noviembre de 2007

Piloto de guerra




¡Esa bomba atómica es dinamita!
Sam Goldwyn
Productor cinematográfico de Hollywood
agosto 20 / 1945

Todo parece indicar que las misiones atómicas tienen una extraña relación con la longevidad. En el 2002, con 85 años cumplidos y un jardín en flor, murió en Boston Charles Sweeney, el encargado de entregar la bomba atómica en Nagasaki dado el silencio japonés luego de la primera encomienda dejada tres días antes sobre el puente de Aioi en Hiroshima. Ahora, a la edad de 92 años, acaba de morir en Columbus, Ohio, el comandante Paul Tibbets, primer timón del Enola Gay. No han faltado quienes atribuyen a la justicia del remordimiento las largas vidas de los aviadores. Pero es claro que los jefes de semejantes misiones no estaban hechos para jugar a la cara de la culpa sino al sello del honor obligado. El artillero de cola del Enola gay lo dijo con tranquilidad en 1975: “A nadie se le ocurrió pensar entonces que no todo el mundo nos consideraría héroes”. El único implicado que mostró arrepentimiento -y eso que pilotaba un avión acompañante con equipo científico- fue Claude Eatherly, un Joven desequilibrado que primero quiso mostrarse como el jefe de la misión y luego como un loco piadoso que no soportó los efectos del hongo radioactivo. Terminó en un hospital mental de veteranos luego de atracar una tienda con una pistola de juguete. Tretas de un pacifista descocado.
Pero mejor dejo a los actores secundarios en sus cabinas y me dedico a componer el pequeño obituario de Tibbets. A los 13 años, como tripulante de un biplano, dejó caer una carga de barras de caramelo Babe Ruth sobre un hipódromo en Miami. Fue su primera Misión, su primera vez en una cabina. Luego, acompañado por su gorra de béisbol en lugar del kepis oficial, fue el primer piloto americano en bombardear la Francia ocupada. Bombas sobre Rouen en agosto de 1942. Al momento de su gran prueba sobre Hiroshima Tibbets había tenido más de 40 misiones de combate en África y Europa y había sido piloto particular de Eisenshower. Una cicatriz en un brazo, ganada frente a aviones alemanes, era una de sus insignias de vuelo.
Las fotos con su B-29 a la espalda, orgulloso de mostrar las letras del nombre de su madre pintadas a última hora y de mala gana sobre el fuselaje, lo muestran como una especie de mecánico risueño, con su “cara de cómico profesional” y su suficiencia de práctico acostumbrado a unir los cables sueltos siguiendo rutas propias. En contra del padre pastelero que quería un hijo médico, su madre lo apoyó para que entrara a la academia militar y con el gesto clarividente de las señoras de pueblo en las películas gringas de tercera se encargó de bautizar el famoso avión: “Algún día estaremos orgullosos de ti”, dicen que dijo.
Según Gordon Thomas, autor de una muy larga investigación sobre la historia de la bomba, Tibbets no soportaba a los tontos y tenía la impresión de que había demasiados en el mundo. Parco de palabras y de apetito como buen jugador de póker, dueño de una risa y un ceño manejados con la precisión de un altímetro, Paul Tibbets sabía bien con quienes trataba dentro de su empresa de 15 bombarderos y más de 1000 hombres: “Me dijeron que iba a destruir toda una ciudad con una sola bomba. Era algo para pensarlo…En mi organización trabajaba un asesino, tres hombres culpables de homicidio sin premeditación y varios criminales; todos ellos habían escapado de prisión…” En cambio, cuando en septiembre de 1944 fue al laboratorio de los Álamos en Nuevo México, confundió a Enrico Fermi, Nobel de Física y creador de la primera pila nuclear, con un portero de edificio “disfrutando de un pequeño descanso no autorizado tras una noche de juerga”.
Tibbets nunca mencionó a sus hombres la palabra atómica o nuclear. La conversación más descriptiva acerca de “little boy” la tuvo con su artillero de cola unas horas antes de tocar la puerta en el castillo de Hiroshima.
-Bob, ya estamos en camino ahora puedes hablar
-Llevamos a bordo la pesadilla de un químico.
-No, no exactamente.
Acaso la pesadilla de un físico.
-Sí.
De regreso, luego de ver el hongo sobre el Japón, Tibbets cedió el mando y durmió un poco. No se sentía un héroe sino un soldado recién salido del peligro. En tierra recibió su medalla con una tranquilidad cercana a la displicencia, sin firmeza impostada, entregando a su superior un saludo militar de rutina. Tampoco participó en la fiesta de bienvenida que prometía CUATRO(4)BOTELLAS DE CERVEZAS POR CABEZA en la base de Tinian. Luego de más de 12 horas de vuelo sólo había ánimos para el sueño. Un mes más tarde Tibbets visitó Nagasaki como si fuera un simple turista, compró cuencos de arroz y bandejas talladas a mano como recuerdo. Nunca se mostró afectado por la pequeña inspección y habló de sus impresiones como quien visita un pueblo arrasado por un volcán: “ya no se veía gente quemada, solamente seres humanos dedicados a sus tareas e intentando recomponer sus vidas”.
Cuando volvió a Estados Unidos se encontró con las primeras voces de censura. Su odio por la publicidad se convirtió en hermetismo: “No deseaba en absoluto que alguien pudiera leer en mí. No tenía nada que explicar, ni deseaba explicar nada a nadie”. 20 años después de su misión en Hiroshima el general de brigada Tibbets fue enviado a la India como director de la Oficina de Suministros Militares de Estados Unidos. Algunos diarios de Nueva Delhi lo recibieron con un título honorario que levantó un alboroto de protestas: “El mayor asesino de la historia”. Muñecos con la figura de Tibbets colgaban por las calles y el general debió regresar a un escritorio en Washington.
En 1976 hizo su último vuelo con consecuencias. Comandó un B-29 cargado con bombas de humo para un espectáculo aéreo en Texas. Su maniobra era la atracción central de la reunión de “clásicos y antiguos”. Dejaría caer la bomba “An-atómica” frente a los gritos de los aficionados al rodeo. Japón protestó formalmente y el gobierno gringo que había regalado el humito para sacar el hongo inofensivo debió disculparse. Tibbets se encogió de hombros frente al escándalo: “el ruido fue ridículo…la exhibición fue simplemente una recreación de la historia, parecida a tantas otras que se celebran en el mundo entero”.
Tibbets no había leído el famoso poema Sankichi Toge:
“Devuélvanme a mi padre, devuélvanme a mi madre. /
Devuélvanme a mi abuelo y a mi abuela;
devuélvanme a mis hijos y a mis hijas. /
Devuélvanme a mí mismo. /
Devuélvanme a la raza humana. /
Mientras esta vida dure, esta vida,
devuélvanme la paz /
Que nunca se acabe.”
Sería pedirle demasiado, no estaba dentro de sus manuales de instrucción y no era una terapia recomendada para sus sueños tranquilos. Además de un piloto con mando y pericia Tibbets era un hombre con una sensatez a prueba de uranio: “Estaba convencido que no era más que una víctima de una cambiante actitud pública hacia lo que le habían ordenado hacer sobre Hiroshima”. Sabía muy bien que la suya no sería una lápida para descansar en paz. Su cuerpo ya fue cremado y si se cumple su voluntad sus cenizas serán lanzadas desde un pequeño avión sobre Ohio. Una prueba más de que la materia no se destruye, sólo se transforma.

3 comentarios:

Adriana dijo...

La "materia humana" ya se ha transformado demasiado (y no para bien en muchos casos)...hasta cuando?

Sergio Alejandro Henao dijo...

uff pascual.. que cosa mas deprimente. Me recuerda un verso de Ginsberg que dice "para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana "

La "pobre prosa humana" ni mas ni menos.

El poema es "Aullido". lo recomiendo.

suerte.

Sebastian dijo...

Que gringazo ese doblehp!!! se demoro mucho para morirse!! mi pregunta donde estaba todo este tiempo la Jacuza.