martes, 25 de junio de 2013

Diálogos de carretera





La cofradía de la última banca se arma con una extraña facilidad, se oyen los gritos que anuncian la partida de la flota y los tres condiscípulos ya celebran sus  burlas al chofer todavía ausente y arman sus quejas por el calor insoportable. La ventanilla derecha le corresponde a un joven vestido de negro, armado de una guitarra y un tono docto que cede fácilmente hasta convertirse en ingenuidad adolescente. En el camino sabré que es estudiante de cuarto semestre de medicina. En la mitad va un muchacho zarco, con las manos vacías y la felicidad de haber dejado atrás la preocupación de los exámenes parciales. En la ventanilla izquierda está el director de la banda, un joven aindiado, con el pelo corto y un pequeño bolso, que no resiste el silencio: un impulso que lo obliga a comentar el paisaje de cada curva y los incidentes menores del camino. En voz baja, durante el único momento en el que adoptó un tono grave, ha dicho que lleva ocho años en el ejército.
A pesar de que todos los pueblos del camino están de fiesta y las reinas hacen retén con una sonrisa y una alcancía en la mano, los contertulios se dedican a analizar la actualidad nacional. Durante las cinco horas de viaje el radio no entrega un solo consuelo, de modo que toda la camioneta oye en silencio el cotorreo de la última banca, sus sentencias, su extraña contabilidad, los datos chuecos que confirman la maldad nacional.
El salario de los Congresistas sirve como tema para la primera sesión del parlamento de la banca de atrás. El soldado habla de los cientos de millones de pesos que se pagan cada mes a esos “viejos abotagados”. Uno de los estudiantes dice que hace poco vio que en algunas ciudades ponen vallas para lanzarles tomates a los políticos. “Toda la cosecha del Huila no alcanza para lo que se merecen, mano”, dice el soldado mientras recibe las risas de aprobación. El ex presidente Uribe es un tema inevitable cuando un patrullero de escuadra lleva la voz cantante. El triunvirato decide entregarle a Uribe una medalla por su reconquista de las carreteras, pero se mencionan los nombres de sus hijos y el ex presidente encuentra problemas: “Esos chinos no entraron al ejército, pero están a punto de pagar el servicio en la cárcel”. Deciden que Uribe también tuvo sus manchas y se dedican a hacer un recuento de fincas del ex presidente.
Ecopetrol surge como una posibilidad para los tres compadres. Acabamos de pasar delante de los tanques de un pozo y el soldado dice que quiere dejar al ejército para trabajar en la petrolera. Hablan de los salarios y la necesidad de un padrino para encontrar un contrato estable. Al final el ambientalista del combo logra que se deseche la idea petrolera: “Eso desangra la tierra, eso enriquece a unos pero acaba con el campo y los agricultores”.
Por algún camino llegaron a La Habana. No aparece la rabia ni la tristeza de las víctimas, solo la desconfianza. “Apenas dizque se pusieron de acuerdo para entregarles unas tierras, eso arreglan entre ellos…” Con más entusiasmo hablaron de la desidia de los contratistas en medio de una larga fila por paso restringido.
La extensa cháchara hecha de malentendidos e inexactitudes deja un crucigrama con los lugares comunes de los descontentos nacionales y sus culpables. Muchas veces creemos que la democracia depende de la discusión sesuda de algunos incisos, pero en últimas, todo puede decidirse por el clima apropiado para los mitos populares y las leyendas sobre los políticos y la burocracia. 

1 comentario:

Sergio Alonso Gómez Gómez dijo...

Excelente escrito, historias amenas de nuestra realidad antioqueña, colombia y universal.

Gracias Pascual por estas historias.