En muchos municipios del país la elección del alcalde ha sido siempre un
asunto de obediencia debida o pagada. Importan más los padrinos que los candidatos.
De modo que todo termina en contrato y poder por interpuesta persona: el
elector vota por un jefe encargado de señalar al candidato, y el elegido
gobierna según las señas, las mañas y los intereses de su poderdante. En el
camino han resultado electos escoltas, conductores de volqueta, sobrinos
turbios, primos bobos, concubinas, consortes y ahijados sosos. Los pueblos son
un poco más dados que las ciudades a sufrir de esa jefatura que devalúa el
poder del votante y las capacidades del elegido.
En Medellín se han quemado los candidatos de algunos barones en su mejor
hora: de los Valencia Cossio, de Luis Alfredo Ramos, de Bernardo Guerra Serna.
Incluso en la pasada elección los candidatos de Uribe a la alcaldía de Medellín
y la gobernación de Antioquia fueron derrotados. El expresidente no tenía
partido propio y su figura era codiciada en la tarima y desobedecida en los
directorios. Uribe terminó haciendo campaña con desgano a manera de castigo
para los desobedientes.
Pero el expresidente ha vuelto con bríos y un muñeco inflable a falta del
don de la ubicuidad. Según una última y dudosa encuesta Medellín estaría cerca,
a pesar de sus alardes de innovación, su presupuesto billonario y su facha
pantallera, de elegir alcalde con la lógica de los pueblos con patrón de plaza.
Siguiendo los modales democráticos de Bello o Tuta, de Lorica o Cereté, de
Majagual o Itagüí. El señalado de turno es Juan Carlos Vélez Uribe, quien tiene
como grandes virtudes el juego trocado de sus apellidos, haber prestado
servicio militar en Urabá y ser un incondicional hasta rayar con la devoción.
Cuando le preguntaron hace cinco años qué papel jugaría Álvaro Uribe en la
política luego de terminar su periodo, dijo con convicción que el país buscaría
que fuera “como una especie de ‘papá’ del próximo presidente”.
Lo triste es que el hijo adoptivo de Uribe Vélez no conoce la ciudad que
pretende gobernar. No vive en Medellín desde hace al menos 15 años, cuando fue
elegido para regentar la Aeronáutica Civil, luego fue congresista de la mano de
su acudiente y más tarde director de Anato como periodo de vacaciones. Desde
que fue concejal de Medellín entre 1994 y 1997 el ahora candidato no ha
planteado una sola idea respecto a la ciudad. Su lema es la seguridad y es
seguro que no sabe que la actual administración ha doblado en presupuesto en ese
campo, que se han firmado acuerdos con la fiscalía y la ciudad cuenta con una
unidad especializada para homicidios, que hay estudios de la academia que se ejecutan
con policías en las calles. Lo suyo es el manido y riesgoso discurso de las
redes de cooperantes, la ciudad vigilada con drones, los chips instalados en
las motos. Un policía con un visor nocturno es su idea de seguridad.
Por simple madurez, Medellín debería elegir entre quien ya se probó en un
periodo y ha dedicado su vida a pensar y escribir sobre los problemas de la
ciudad y quien fue su concejal en dos periodos recientes, ya se mostró una vez
como candidato y ha entregado durante años respuestas concretas para los
problemas concretos, y no un libreto viejo dictado por otro. Salazar y
Gutiérrez, con discursos opuestos muchas veces, son candidatos que se pueden
descifrar, que han propuesto y han actuado, que no piensan en Iberia cuando
oyen Tenerife y no necesitan la bendición de su tutor. Siempre será mejor un
alcalde con fogueo que la pálida ficha del corifeo.


























