martes, 24 de septiembre de 2013

'El reino que estaba para mí'





También Mutis tuvo sus andanzas de desplazado como cualquier agricultor de provincia, siendo en cambio un heredero de haciendas -El cedral, Coello, Cañaveral, El paraíso- recién desembarcado de los espejismos de Bruselas. El primer desplazamiento llegó con la muerte de su papá cuando tenía apenas siete años: “Por primera vez pensé en la muerte, y comprendí que algún día me llegaría la hora. Tal vez ahí comencé a morirme yo también”. No había manera de mantener el sueño europeo y su mamá se lo dijo muy claro, para que no le quedaran dudas en las páginas del pasaporte: “Esto se acabó. Es mejor que piense de una vez por todas que acá no vamos a volver a vivir”.
En los recuerdos de su último viaje en barco desde Europa, ese recorrido que fue su fascinación hasta los nueve años, donde intentaba sentirse como esos “gavieros a los que dejó atrás el radar de las embarcaciones modernas”, se retrata algo de la sensibilidad y los gustos del escritor que velaba su biblioteca con un retrato del Rey de España. Mutis recuerda la escala en La Habana y las grandes casas blancas de los comerciantes españoles. Todavía quedaba algo del reino que acababa de abandonar. En su puerto de arribo a Colombia todo era extrañeza y desagrado. “La llegada a Buenaventura era terrible. Esa ciudad lacustre, donde hacía un calor húmedo espantoso, era uno de los sitios más horribles del mundo”.
Solo subiendo hacia las fincas cafeteras, muy cerca del alto de La Línea, volvía a encontrar una tierra prometida. Por eso la creciente del río Coello es el rumor de su primer poema publicado. Su madre debió encargarse de la finca y Mutis encontró el primer trabajo de su vida siguiendo un cable de teléfono. Alguien había cortado la línea de once kilómetros que mantenía conectada a la hacienda con Ibagué y las fincas vecinas. El joven Mutis decidió ser útil y se hizo capataz de una pequeña cuadrilla que recorría monte para amarrar ese hilo cortado: “Fue una experiencia maravillosa porque, por fin, pude palpar esa tierra que me había cautivado, porque pude comprobar que más allá de las lecturas que me obsesionaban yo servía para algo… Escribir, para mí, siempre ha sido como tender esa línea. Jamás escribo con un plan previo. Siempre estoy abriéndome paso en el papel, como entonces me abría paso entre los matorrales.”
Al final la violencia partidista sacó a la familia de Coello. Mutis dice que siempre tuvo la sospecha de que uno de los agregados llevó a la “guerrilla” para forzar a su madre a entregar la tierra por cualquier precio. Tal vez ese exilio fuera necesario para idealizar un paisaje y gastar buena parte de la memoria personal en recordar las minas, los grandes aguaceros, las caídas de agua, las matas de plátano. Mutis volvió a Coello a llevar las cenizas de su hermano Leopoldo. Un pacto de jóvenes decía que las cenizas de ambos debían ser arrastradas por las aguas del río Coello: “En un acto sencillo -casi diría yo un ritual íntimo- vi como regresaba Leopoldo a esa tierra donde quedaron sentadas las bases de una complicidad que nos mantuvo unidos hasta el último segundo de su vida. Allí estuve con mi hijo Santiago, y le expliqué lo que tiene que hacer con mis cenizas el día que me vaya de este mundo”. Todavía la falta un viaje a Álvaro Mutis.


*Todas las citas son tomadas de El reino que estaba para mí, libro de conversaciones con Álvaro Mutis escrito por Fernando Quiroz hace 20 años.



martes, 17 de septiembre de 2013

Brindar con asesinos





Para sentarse a hablar con un grupo de asesinos se necesitan poderosas razones. Nadie acude por voluntad propia donde matones consumados por el simple gusto de oírlos. El miedo, los recatos morales, el asco y un mínimo respeto por las víctimas hacen que el común de los mortales prefiera evitar el contacto cara a cara con los señores de la muerte. Pero detrás de los asesinos están el poder y las caletas. De modo que muchos deciden visitarlos para prestarles un favor que rendirá frutos, para hacerlos olvidar de su condición de indeseables, para mostrarles el respeto que no merecen o para subir algunos peldaños en un mundo con reglas y lógicas propias. El asesino sabe muy bien que su contertulio de ocasión espera algo a cambio del riesgo que implica llegar hasta su nido de sombras.
Para quienes cumplen una función pública las reuniones con los asesinos son un asunto mucho más delicado. En últimas su investidura representa un poder legítimo, y sus palabras y gestos comprometen a eso que en los discursos y en los libros de texto se nombra como las instituciones. Quien representa un poder público solo tiene dos posibilidades de justificar las tertulias con quienes están condenados por homicidios y señalados de ser capos así se digan comandantes. La primera es que haya sido imposible, a razón de la fuerza y la amenaza de sus anfitriones, decir que no a las citas programadas. En ese caso no son más que víctimas y tienen la opción de denunciar a los generosos chantajistas o renunciar a sus dignidades para no terminar trabajando a su servicio. La segunda es que la charla haga parte de una estrategia encaminada a disminuir el poder de los homicidas, y además, esté autorizada expresamente por la ley. En Colombia para que un representante del Estado pueda programar corrillos con los bandidos se necesita una autorización expresa del gobierno nacional. Una ley aprobada en el año 2002 deja claras las condiciones para acercarse a los líderes de los ejércitos ilegales sin terminar bajo sospecha de ser cómplice.
En los últimos seis años sesenta congresistas colombianos han sido condenados por sus relaciones con los paramilitares. Además de las reuniones entre los hombres de la tarima y los hombres del fusil, bien fuera que terminaran con firma y papel sellado o con un simple brindis informal, se demostró que los paras eran politiqueros muy organizados además de asesinos. Y que eran golosos tanto de las escrituras públicas como de los tarjetones.
Una de esas reuniones, muy en boga por estos días, se desarrolló en Bello en el año 2005. Participaron tres comandantes prófugos y cuatro políticos conservadores bajo el alero de un capo tenebroso. Los congresistas que asistieron se representaban a sí mismos y escondieron el coloquio hasta que fue posible. Se dice que se habló de leyes y procesos de paz. Pero las conversaciones quedaron entre quienes asistieron a la gruta de El Patrón, no fueron insumo para el proceso en ciernes ni sirvieron para mejorar el conocimiento ni la posición del Estado en la negociación. En cambio sí sirvieron para mejorar algunos indicadores electorales de los políticos asistentes y sus pupilos en las zonas donde los matones imponían su ley. La reunión terminó en la madrugada luego de algunos whiskys. Puedo apostar que la botella no tenía estampilla.


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Dos dramas







La vanidad es una de las obligaciones de la política. El candidato es siempre un actor suplicante que busca la admiración con algo de desvergüenza. No importa que sea concejal de Malambo o El Bagre, el político siempre tendrá un corrillo que lo convence de la gracia de su ceño y la oportunidad de sus ideas. Cuando caminan entregando sus manos van pensando en una palabra que los envanece y los excita: elegido. Para lograr la admiración los aspirantes deben ser pretendientes día y noche, esconder sus garras y lucir sus dientes,  fingir la benevolencia o la furia según los vientos de los titulares en las revistas. Las elecciones son el espejo definitivo, las encuestas son reflejos que desvelan, los debates son olimpiadas de la suficiencia, las entrevistas son el teatro para evadir la emboscada y buscar el halago.
En la misma cuadra, en la capital de la República, dos políticos colombianos viven el drama del repudio. Si el color de los partidos y la desconfianza lo permitieran deberían sentarse juntos a rumiar sus cuitas. Eso sí, lejos de las ventanas para que no se vean esas dos siluetas como sombras derrotadas. Juan Manuel Santos y Gustavo Petro han llegado al fondo de las encuestas por vías muy distintas.
El primero es un fanático de la simulación. Como el político que retrata Javier Cercas en Anatomía de un instante, ha aprendido que ya no es la realidad quien crea las imágenes, sino las imágenes quienes crean la realidad. Y se posesiona descalzo en la Sierra Nevada de Santa Marta, igual a como se casan las parejas de la farándula; o se pone solemne, con su corbata azul Naciones Unidas, para firmar la ley de víctimas y restitución de tierras al lado de Ban Ki-moon. Y uno se pregunta, ¿Cómo diablos será el Presidente de Colombia en el tras escena, oculto todavía por el telón que lo separa de nuestros ojos de espectadores, un minuto antes de que su edecán de turno le indique que es hora de enfrentar al mundo? Esa actuación permanente, esa vanidad que lo obliga a contemporizar con cualquiera de sus contradictores, a ajustarse a la imagen que le exige quien lo mira; ese miedo a parecer demasiado real lo ha llevado al peor de los escenarios para un hombre apegado a las opiniones ajenas. Porque estar por debajo de la estampa de Pastrana después del Caguán solo puede ser peor que perder con la foto de Samper luego de que lo absolviera un tal Heyne.
El segundo, en cambio, es un fanático de sus ideas. Ha tallado un código con una variedad de reglas que jura defender cada mañana, y está dispuesto al harakiri antes que violar su credo. Gustavo Petro es sobre todo un moralista que atiende cada uno de sus dogmas como si se tratara de una cuestión de vida o muerte. Lo suyo no es una simulación, pero sí una pose, como todo gesto virtuoso que intenta un político. De modo que Petro se opone a lo racional en busca de lo que queda de las utopías, así deba terminar construyendo sus sueños en compañía de las mañas de los burócratas. Y pelea con los capitalistas porque le dan la comida muy caliente a los niños en los restaurantes escolares, y obtienen mucho margen con en el arroz y el maduro, de modo que decide darles a los escolares una bolsita con panela y arroz crudo, para que todo sea más austero, más limpio y más maluco. Por esa vía ha terminado por sacar de quicio a sus propios apóstoles y ya no queda mucho más que la soldadesca que caminará con él hasta el final de su parábola.
Santos y Petro, pobres pretendientes, dos caras de la misma moneda del desprestigio.


martes, 3 de septiembre de 2013

En traje de campaña







Hace diez meses, con el discurso de Iván Márquez en Oslo, las Farc salieron de un ostracismo político que duró más de una década. La ofensiva militar del gobierno, el desengaño ciudadano luego del Caguán, sus ocupaciones en el negocio de la coca y su ferocidad frente al más mínimo disenso, lograron ocultar por completo su viejo discurso de reivindicaciones. Los partes de guerra se convirtieron en la única noticia acerca de una guerrilla con hoz y sin voz.
La primera actuación política en medio de las conversaciones fue una bravuconada bajo un lirismo inflamado y patético. Ese día Iván Márquez lanzó un reto general al establecimiento al señalar culpables a diestra y siniestra y pedir poco menos que la reinvención del país. El memorial de agravios desmesurado, casi surreal, fue recibido con sorpresa y ofuscación. Habíamos olvidado el lenguaje y las reclamaciones ampulosas.
  Todavía no sabemos si las Farc han cambiado, su caparazón es duro y su dogmatismo ha crecido ante la falta de interlocutores, pero está muy claro que sus aparentes preocupaciones de hoy son muy distintas a lo que oímos en el discurso de Oslo. Poco a poco parecen haber abandonado las pretensiones de refundar la patria para comenzar a hacer política menuda, a opinar sobre los temas de todos los días, a apoyar causas menores y buscar simpatías con el oportunismo radical. Han pasado de cuestionar la Constitución a pelear la redacción de los decretos. Ahora hablan del precio de la gasolina y los fertilizantes, de los abusos de las farmacéuticas y la necesidad de unas curules propias; opinan sobre el umbral que salvará a los partidos minoritarios y defienden a los mineros del Bajo Cauca, hasta hace poco sus enemigos militares y hoy simples trabajadores bajo el abuso estatal. Por supuesto han acogido las reivindicaciones campesinas comenzando por su fortín en el Catatumbo y terminando en el Caquetá. En pocos días hablarán de los conductores borrachos y de la reelección de alcaldes y gobernadores.
El peligro es que las Farc comiencen a sobreestimar su papel en los recientes movimientos campesinos y revueltas citadinas. El gobierno ha señalado a la Marcha Patriótica como culpable de algunos saboteos y empecinamientos. Los jefes guerrilleros en La Habana deben estar excitados viendo los bloqueos por televisión: ahora no solo tienen micrófono y atención diaria sino que suponen una respuesta de las “masas”. En Caguán se equivocaron en el cálculo sobre su poder militar, y en Cuba se pueden equivocar sobre su credibilidad y fortaleza política.
Con la mezcla de política menuda e intimidación vía fusiles no solo se pueden engañar, también pueden confundir al país entero. Ahora mezclamos el reclamo de los campesinos cocaleros y los productores de papa, y en un mismo campamento están los mineros del Bajo Cauca y los Campesinos de Ituango, Petro dice que los vándalos en Bogotá fueron contratados por las Bacrim mientras el ministro de defensa habla de milicianos. La cosa está tan revuelta que Uribe utiliza los grafitis de Robledo. Hace casi 30 años Jacobo Arenas pensó en el proselitismo de la UP como una estrategia para lograr mayor presencia en las capitales. La guerra seguía siendo su mayor obsesión y sabemos cómo terminó el doble juego. Alargar el capítulo armado mientras se busca un papel en los titulares de prensa es una estrategia excitante pero muy riesgosa. El contagio entre proselitismo e intimidación es inevitable. Ojala de la Calle y Timochenko, cada uno por separado, lo tengan bien claro.




miércoles, 28 de agosto de 2013

Tapar las vías






El actual paro agrario es visto por muchos como un despertar del campesinado nacional frente al viejo abandono del Estado. Es imposible negar la grave situación de pobreza en el campo, más del 90% de los municipios colombianos tienen alto índice de necesidades básicas insatisfechas en el sector rural, y las diferencias de ingresos entre los citadinos y los campesinos hacen que muchas veces sea mejor ser informal en las capitales que agricultor en las fincas. Sin embargo, la inversión nacional en el campo ha crecido considerablemente en los últimos diez años. En 2003 llegaba apenas a los 300.000 millones y en 2010 superó el billón de pesos. Por su parte, el ministerio de agricultura dice haber gastado cuatro billones solo en subsidios durante los tres años del gobierno Santos. Más del cincuenta por ciento del presupuesto de inversión del ministerio se entrega de manera directa a los productores, lo que no impidió que el agro tuviera crecimientos negativos durante los tres últimos años del gobierno Uribe y crecimientos cercanos a la mitad del resto de la economía durante el gobierno Santos.
El ministerio se ha resignado al papel de negociador frente las demandas puntuales de cada gremio, convirtiéndose en una especie de caja menor en la puerta de las centrales mayoristas. Mientras tanto la inversión en riego, capacitación, adecuación de tierras, tecnología y desarrollo rural queda sin dolientes particulares, abandonada al sonsonete de los estudios académicos y los buenos propósitos. Los voceros del antiimperialismo han vuelto a señalar a los tratados de libre comercio como culpables de la precariedad campesina. La quema de una bandera foránea será siempre una estrategia vendedora. Al menos al interior. Desde el año 2000 Colombia no importa un solo bulto de papa fresca, y sin embargo, según los voceros del cierre de fronteras, el TLC con Estados Unidos es el directo culpable de lo que pasa en Boyacá, Nariño y Cundinamarca. Luego de un año largo de Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos ha crecido la producción y el área sembrada de maíz y arroz, dos de los productos más vulnerables a las importaciones.
Perú y Chile firmaron tratados de libre comercio antes de Colombia e hicieron del campo uno de sus sectores más productivos. En una década Chile se convirtió en el primer exportador de uvas del mundo y en el quinto exportador de manzanas. Entre el 2000 y el 2008 duplicó sus exportaciones agropecuarias sin necesidad de apelar al nacionalismo. En ocasiones buscar rutas puede ser una mejor opción que tirar la puerta para concentrarse en la milimetría de los subsidios. Perú no se quedó atrás y en el mismo lapso logró ser el primer productor mundial de espárragos y el quinto de mango fresco. En diez años multiplicó por siete sus exportaciones agrícolas.
En su momento el Ministerio colombiano preparó una lista de 36 productos con ventajas comparativas y buenos vientos para la exportación. La lista incluye al coco, la curuba, la fresa, la granadilla, la uchuva y el aguacate entre otros. La lista se quedó en el papel y las exportaciones no tradicionales solo crecieron en el momento de mayor comercio con Venezuela para venirse abajo luego de los problemas conocidos. Ahora el gobierno no tiene nada que mostrar, la atención a las presiones de cada gremio no ha traído desarrollo ni ha frenado el descontento campesino. Solo le queda disculparse por sus errores y seguirlos cometiendo.



martes, 20 de agosto de 2013

Participación en política







Fabio de Jesús Valdelamar fue director del hospital de Cartagena del Chairá durante más de siete años. Tiempo suficiente para lograr que el nombre de hospital le quedara un poco menos grande al puesto de salud. ‘El medico’ comenzó a ser un referente en el pueblo y tuvo la mala idea de buscar la silla del palacio municipal. Otro nombre grande para una oficina chica con una historia de 50 años. Profesores y médicos son los protagonistas de la política en muchos de nuestros pueblos: ahí están buena parte del presupuesto, los principales intereses de la comunidad y la oportunidad de probar finura ante gobernadores y congresistas. Valdelamar se lanzó a la alcaldía en las elecciones de 2007 acompañado por algunos amigos. Luego de las primeras reuniones y el debut en la tarima uno de los compañeros de aventura hizo la pregunta inevitable: “¿Y usted ya habló con esa gente?”. Antes que los avales del Estado la zona exige la autorización de las Farc para buscar los votos. Quien hacía la pregunta era el más cercano a la guerrilla y fue encargado de concretar la reunión. Una simple cita informativa para contarle al comandante quienes estaban detrás de la candidatura y cuáles eran las principales ideas de inversión.
‘El médico’ y dos de sus compañeros tomaron el deslizador río Caguán abajo para llegar a cumplir la cita en Remolinos. Allá los recibió el Negro Mosquera y hablaron del pueblo, de  la revolución, de la guerra y del futuro. Durmieron en el campamento y al día siguiente Mosquera despidió al candidato con un tranquilizador: “Hágale médico, haga su campaña, pero no se meta por aquí, haga sus cosas en el pueblo no más”. Ya tenían la autorización de los duros y habían listado cerca de 400 personas en sus dos reuniones previas en el casco urbano, Valdelamar tenía cara de candidato ganador.
De regreso, más o menos en la mitad del recorrido, en un caserío llamado Puerto Camelia, varios guerrilleros les hicieron señas para que se arrimaran a la orilla. Allí, les dijeron que tenían que entregarle unos documentos a ‘El médico’ y dejaron a sus dos copartidarios tomando cerveza en la única tienda con televisión de ese pueblo con nombre de telenovela. No habían pasado 15 minutos, las cervezas todavía estaban por la mitad, cuando llegó un muchacho corriendo con la noticia: “Hey mataron a Fabio, allí está, allí arriba, le pegaron como seis tiros…” Contra todas las advertencias sus amigos subieron para encontrarlo de cara contra un barranco: “Ni siquiera alcanzó a poner las manos, lo mataron a mansalva”, contaría después uno de sus compañeros en esa aventura política que terminó como muchas otras en el Caquetá.
La orden de matar a Valdelamar la dio el mismo Negro Mosquera que un día antes había dicho con tranquilidad, “hágale médico”. Un radista de las Farc se lo contó a uno de los amigos de Valdemar dos años después del asesinato. Los guerrilleros que estaban en Puerto Camelia preguntaron dos veces por qué no se “podía dejar pasar a ‘El Médico’ si el hombre era bien”, la respuesta fue clara: “No pregunten güevonadas, o lo pelan ustedes o los pelamos”.
Según el proceso penal la orden del Negro Mosquera se habría dado por un video de una de las reuniones políticas donde un coronel del ejército, que llevaba dos meses en la zona, dijo que apoyaba la candidatura de Valdelamar. Fue suficiente para la condena a muerte. Las Farc llevan mucho tiempo participando en política. 

domingo, 18 de agosto de 2013

Tabaco Republic



Ninguno fuma. Fumaron, en otros tiempos, antes de que las cajetillas mostraran la imagen de un cáncer de garganta. Todos sienten una especie de reproche por sus cuidados a las hojas de un arbusto repudiado. Hojas que en realidad son flores, anchas, pegajosas, elásticas, que no pueden ser picadas por los insectos y deben conservarse como un pergamino intacto para que sean valiosas. Las sencillas flores rosadas del tabaco aparecen como una simple anécdota: las hojas son la cosecha para ir armando las sartas verdes y ocres que adornan el caney. Aquí no hay bultos ni arrumes. Son agricultores finos, dedicados a cultivar y a madurar su tabaco, campesinos y artesanos al mismo tiempo. Durante un mes, luego de la cosecha, deberán velar sus hojas con el calor de canecas humeantes en las noches frías; templar las cuerdas del caney cada semana, levantar las hojas maduras, tender las nuevas sartas en lo más bajo, como si lidiaran con un pequeño velero. Al final, entregan sus hojas separadas por grupos según la calidad, apiladas en cajas u ordenadas en círculos como tambores.
Miguel José Mantilla vive muy cerca de Girón, donde todos los miércoles se abre la bodega para la compra del tabaco. La mayor parte del producto va para Cúcuta y los fabriquines de Piedecuesta donde todavía se tuercen y se enrollan chicotes y tabacos finos. Su bigote y su risa tímida me hacen pensar en un candidato perfecto para un nuevo Juan Valdez. Pero el humo de los cigarrillos no se presta para juegos pintorescos. Miguel me dice que hace quince años no se veía más que tabaco en la región: “pero comenzó a pagarse mal y dejó de ser rentable”. Él mismo dejó de sembrarlo durante diez años, cuando aparecieron el melón, los cítricos, la papaya y el maracuyá. “Este ha salido muy bueno porque la tierra está descansada”, me dice, mientras señala sus cerca de cinco mil matas de tabaco. “Ahí donde está había mandarina. El tabaco daña mucho la tierra, necesita mucho abono y fumigación”. Solo un 20 por ciento de los ingresos de su parcela vienen del tabaco; casi podría decirse que lo siembra por una especie de nostalgia por la agricultura con la que creció.
Tres clases de hojas salen de cada cosecha: la capa, la más grande y sana, que será la piel de los tabacos finos; el capote, hoja de menor valía, para envolver los chicotes y el interior de los puros de caja; y la picadura, el simple relleno que debe entregar su humo escondido a los ojos del fumador. Miguel puede cobrar hasta 185.000 por una arroba de capa bien presentada. Desde su casa se oye el viento entre las hojas anchas del tabacal.  La cocina, un cuarto exterior a la casa, tiene vista a las promesas del caney y el gran caracolí que da sombra al sembrado. A solo diez minutos hay un barrio gris con casas de adobe recién levantadas. Uribe lo montó para los damnificados de uno de tantos inviernos. Parece destruido pero la gente apenas se está asentando. Rejas, ventas de minutos, papelerías anunciadas con cartulina y polvo son parte del panorama. Al comparar la casa del campesino con las de los vecinos del barrio resulta extraño que los hijos de Miguel piensen más en la construcción y en las motos que en la agricultura. La ciudad tiende sus trampas así sean deslucidas.





Gustavo Morales también vende sus hojas por fuera del mercado de las grandes compañías tabacaleras. Las empresas de cigarrillos ayudan con algo de financiación pero al final pagan todo como simple picadura; no les interesa la calidad de la hoja y fijan de antemano el precio de las dos cosechas que compran cada año. A diferencia de Miguel, Gustavo es arrendatario en su parcela. “Aquí toca metérsele al tabaco. El cítrico que hay sembrado es de la dueña de la tierra, yo lo trabajo, pero el cultivo propio son mis 18.000 maticas de esto”. Vive un poco más lejos del casco urbano de Girón y dice sin voz baja que sus hojas seguramente pasarán por debajo hasta Venezuela.
Más de la mitad de la finca está sembrada con tabaco y su cosecha la cuida un perro recogido hace unas semanas y amarrado al caney. Gustavo y su familia probaron un tiempo la vida de pueblo en Piedecuesta hasta que una oferta los llevó de nuevo al campo. La decisión fue celebrada por uno de sus hijos que peleó con el colegió y buscó refugió en la siembra de tabaco: “a los jóvenes casi no les gusta trabajar en esto…Encontrar gente que sepa de esto es difícil, hay que buscar es a los abuelos”. Le pregunto cómo empezó y me dice que está viendo sembrar tabaco desde que estaba “entre las costillas”.
Cuando la hoja ha madurado y está arrugada en lo alto del caney, llega el momento de la alisada. Por lo general las mujeres se encargan de esa labor de selección y disposición final. Aplanchan las hojas una a una con la mano para entregarlas al trabajo de armado en los fabriquines. Al terminar sus manos terminan curtidas por un “sarro” pegajoso que se convierte en un compañero inolvidable: “ese pegote huele como a pecueca y uno mismo se pregunta: ‘¿no joda pero qué olor tengo?’”. Gustavo todavía logra que su hija haga el trabajo de alisar, pero sabe que por el pago que le ofrece no durará mucho en ese oficio y le tocará buscar a las abuelas.
En últimas se muestra orgulloso de lo que hace. Sabe que su trabajo como tabacalero independiente es una rareza, intuye que lo suyo es el oficio de unos pocos agricultores que heredaron memoria y terquedad. “Este es un tema de cuidado”, me dice mientras explica que es mejor regar por debajo que mojar la hoja, porque eso le lava el aroma. “Es que cualquiera cuida un limón, para eso está la cáscara, pero no cualquiera cuida una hoja”.








A medida que nos alejamos de Girón bajan los precios que los cultivadores reciben por su tabaco y aumentan las dificultades. Buena parte de nuestra pequeña agricultura está ligada a la economía de subsistencia, pero el tabaco tiene la desventaja de un estigma que impide pedir al gobierno algún tipo de ayuda técnica y económica. El único consejo que les han dado en años se resume en tres palabras: “arranquen todo eso”. Aníbal Cadena me recibe con una especie de espada bajo el brazo. Está picando el tabaco apañado -cortado- en los últimos dos días. La espada es en realidad una aguja gigante para ensartar las hojas recién cortadas y colgarlas en el caney. Es ágil con la mano y la palabra, como corresponde a uno de los fundadores de la asociación de cultivadores de tabaco de su municipio. Lo acompaña su colega y amigo Ángel Custodio Guevara, uno de los 307 campesinos que hacen parte de la asociación en Piedecuesta. “Aquí en el pueblo el 80 por ciento de la economía es tabaco, todo el mundo trabaja en esto. Usted pa trabajar con el tabaco no necesita estudio ni libreta ni decir cuántos años tiene… Esto sirve para lo que sirve el trabajo en el campo: para criar familias sanas”. Aníbal solo siembra tabaco, dice que una vez le dio por el tomate pero eso resultó muy “aventuroso”: “el tabaco hace la vida más hermosa, se puede quedar hasta ocho días sin agua”. Una vieja vocación acompaña el trabajo fluido de esos dos hombres. Dicen casi en coro que aprendieron a caminar detrás de las matas de tabaco, “recogiendo hojitas entre los sembrados”, en la época en la que el humo de los chicotes era bueno para todo. Esperan recibir 130.000 por cada arroba de capa, y saben que sin importar el precio vivirán el resto de sus vidas cuidando las hojas de siempre.
Mientras Aníbal y Ángel Custodio conversan y pican el tabaco bajo un caney, Elvia Ramírez, una señora que ronda los 80 años, alisa algunas hojas ya maduras en un cuarto cercano. Las hojas arrugadas que parecen orugas gigantes se convierten en pellejos lisos sobre sus muslos, en uno está la capa y en el otro el capote. “Esto lo hace cualquiera, lo difícil es la selección. Hacía como tres años que no alisaba, pero es que yo no me puedo estar del balde, se me hace el día eterno”. Viéndola sola en ese cuarto, alumbrada apenas por un bombillo, concentrada en sus hojas, con las manos negras por la hiel del tabaco, pensé en el alfarero de La caverna de Saramago. Me dice que fumó cuando estaba pequeña, pero empezaron a asustarla con enfermedades y lo dejó. Está orgullosa de los chicotes de Piedecuesta: “en otras partes nos podrán ganar por tamaño, pero el de aquí quema blanquito, y quema parejo, derecho”, dice, mientras celebra la grasa en sus manos porque es la que le da la combustión a los tabacos.




Desde los despeñaderos que conducen a la vereda El Regadero, en el municipio de Los Santos, se pueden ver los parches verdes de los pequeños tabacales entre la tierra roja y los pozos de agua que parecen el volcán particular de cada parcela. Rodolfo Pedraza está feliz por el aguacero que el día anterior alivió sus ocho mil matas de tabaco: “Aquí no hay agua, esto es a la voluntad de Dios”, dice y asegura que su tabaco ha resistido hasta tres semanas sin riego. Vive con su padre de 95 años y dos hermanos. No hay hijos en esa casa pequeña con un corredor de tierra sembrado de limones y papayos que separa las habitaciones de la cocina. Su padre y su abuelo sembraron tabaco para las grandes compañías; Rodolfo siembra y vende por su cuenta. Hace 25 años vendió su tierra, aunque se quedó viviendo y sembrando en ella: “le entrego una cuarta parte de lo que sale a la dueña. Esto no da nada, hay veces que toca venderlo muy barato, pero qué hago con él, no me lo puedo comer”. Ha llegado a vender la arroba de capa a 80.000 pesos. Hace unos años vinieron de la gobernación, le sacaron cuentas a su sembrado y todos los saldos dieron en rojo: “pero yo qué más voy a sembrar, igual no hay agua”.
Rodolfo vive prisionero de una tierra y una manufactura que se resiste a desaparecer. Ir desde su finca hasta el casco urbano del municipio puede tomarle cerca de una hora en carro. En la Mesa de los Santos, que sirve de mirador sobre su parcela, hay una ebullición de turismo y fincas de recreo. Abajo, sobre esas tierras calcáreas, el tiempo corre mucho más lento. Terreno apto para las fábulas y los amos. La memoria de su padre y su abuelo también son también una especie de condena para Rodolfo y sus hermanos. Al salir de su finca nos topamos con una fiesta de matrimonio en una vereda cercana donde matarán 35 chivos para los invitados. La escena sería perfecta para las quijotescas bodas de Camacho: animales colgados de los árboles, “seis tinajas” sobre el fuego, “cocineros limpios, contentos y diligentes”, los quesos como “ladrillos enrejados…”.



Rodolfo nunca logró entender bien qué hacíamos allá preguntando por sus esfuerzos. Para él es solo sembrar, rogar por el agua, regar un poco, apañar, picar, alisar y vender. A falta de hijos, contrata dos ayudantes para su cosecha: “este cultivo es de los que más sacrificio necesitan, y no se saca nada. Pero toca tenerle cariño, es lo que le da a uno la papa, así sea lo del diario no más”.
En Piedecuesta las pequeñas casa tabaqueras muestran sus avisos de cien años y sus máquinas alemanas de mediados del siglo pasado siguen girando. Una calculadora manda sobre el escritorio de la secretaria y los torcedores usan sus manos con una agilidad aprendida desde niños. Desde los techos las palomas miran con los mismos ojos el trabajo que se ha repetido por más de un siglo. La inercia y la tradición siguen moviendo a los agricultores y los artesanos.